El pasado
14 de mayo, en este mismo espacio, publiqué un artículo titulado “Colombia, a
las puertas del infierno”, en el que expresaba claramente mi preocupación por
estar a un paso de perder el país si no razonábamos nuestro voto desde la
primera vuelta presidencial. Mi temor más grande era que el hoy presidente
electo de Colombia, Gustavo Petro, se alzara con el triunfo, puesto que considero
sus propuestas como una amenaza de destrucción de la democracia.
Finalmente
se ha cumplido este temor. Me siento tan derrotado como los otros diez millones y
medio de colombianos que no votamos por él. Aquel día aseveré que el país
estaba a punto de entrar en el infierno si no recapacitaba. Hoy, después de lo
que sucedió el 19 de junio, tengo que decirles a mis compatriotas, con mucho
dolor: “Bienvenidos al infierno”.
No,
no lo hago de manera irónica. Tanto los que apoyan el nuevo gobierno como los
que no, estamos abocados a quemarnos en las llamas del averno en el que estamos
próximos a ingresar. Tampoco tengo intención de generar pánico. De eso ya se
han encargado los analistas y los youtubers, y por supuesto, el mismo
Petro. Mi intención es que nos preparemos de la mejor manera ante esta nueva
etapa política que se nos avecina, teniendo en cuenta que todo cambio trae
consigo su propia resistencia.
Ya ha pasado una semana de la elección y hemos tenido tiempo suficiente para analizar los hechos sin la efervescencia que ese día nos puso a hervir la sangre. Ya hemos escuchado a los expertos y no queda más que acostumbrarnos a la idea. Así mismo, los que no tenemos voz en ningún estamento del Estado debemos seguir velando por este país, no importa que sea desde una “oposición digital”, porque la batalla apenas comienza. Yo seguiré escribiendo columnas como un ciudadano corriente, otros seguirán haciendo videos como influenciadores, algunos harán periodismo de información o de investigación, y el grueso de la población resistirá y saldrá a las calles cuando toque defender la patria. Eso, supongo, es lo que debe hacer la oposición. Veremos si los mismos que antes representaban a ese sector, hoy que se encuentran en el poder respetarán el ejercicio del opositor.
Lo
primero que hay que reconocer es que esa es la democracia. Partiendo de que las
elecciones fueron limpias (pues no hay prueba hasta ahora de lo contrario), es
necesario asumir la derrota con estoicismo, saber perder. En esta ocasión, aunque
el 50,44% de los electores están celebrando, yo diría que quien perdió fue todo
el país, ya veremos por qué.
En
primera instancia, hay que señalar el terror económico que supone el solo nombre
de Gustavo Petro. No lleva ni ocho días de elegido, no se ha posesionado en el
cargo, y sin mover un dedo ya ha hecho que la acción de Ecopetrol, la empresa
más importante de Colombia, se desplome y caiga un 13%. Una pérdida de 14
billones de pesos en dos días, lo que equivale a dos reformas tributarias como la
que propuso el gobierno de Duque en 2021, y por la cual le estaban quemando el
país. También está la caída de las acciones de otras empresas colombianas que
cotizan en la bolsa (Grupo Sura, Nutresa), sumada a la desconfianza
inversionista por la inseguridad jurídica que se sospecha, va a venir. Se
sienten pasos de animal gigante en este infierno, y ese es un animal cuyo
principal efecto de su mordisco es el empobrecimiento.
En
segundo lugar, la devaluación del peso esta semana, con respecto al dólar, se
hizo sentir con mucho estrépito. Seguro el pánico que genera el presidente
electo hizo que muchos colombianos, temerosos de perder sus ahorros, salieran
en estampida a comprar dólares y se agotaran en el mercado. Poco a poco el
precio se irá estabilizando hasta que llegue otro rugido del animal y vuelva a
prender las alarmas económicas. Ya la ANDI dijo que “sin exploración petrolera,
el dólar podría subir hasta los $9.000”. Y como bien sabemos, la devaluación
generaría una terrible inflación. A mayor inflación, menos poder adquisitivo
para los colombianos. Por ende, más pobreza; por ende, más hambre.
Tercero, el anuncio de un gobierno dictatorial y tiránico se hizo sentir
desde el mismo discurso de su triunfo electoral, cuando prácticamente Petro le
ordenó a la Fiscalía que dejara libre a los delincuentes que fueron capturados
por la Policía, pues considera que solamente son jóvenes inconformes que luchan
por un país mejor. Vaya forma de irrespetar la separación de poderes que él
mismo tanto decía que los otros gobiernos irrespetaban. También la orden a la
Procuraduría para que restituyera a los alcaldes suspendidos por su
participación en política fue contundente. Una orden que en cierta medida se ha
cumplido. Y ni qué decir la “solicitud” que le hizo al presidente Duque de no
cumplir con un acuerdo ya pactado hacía tiempo para la compra de aviones para
el Ejército, pues Petro tiene claro que lo primero que hará será desmantelar a
la Policía y a las fuerzas militares. A él no le gustan las instituciones de la
seguridad. Con sus esbirros de la Primera Línea le basta. ¿Acaso serán ellos
los nuevos miembros de la Fuerza Pública? No lo dudo.
Cuarto, el infierno nos da la bienvenida con la propuesta de Petro de
diseñar una reforma tributaria por 50 billones de pesos que supuestamente van a
pagar las cuatro mil fortunas más grandes del país. Ya dijo que no serían
cuatro mil, sino cuarenta mil. Pero no somos estúpidos. La reforma la pagará la
clase media, como siempre. Nadie ha puesto el grito en el cielo. Por una
propuesta mucho menos ambiciosa y empobrecedora alentaron el terrorismo urbano.
No sé de dónde le irá a hacer Petro para pagar tanto subsidio sin contar con el
petróleo y sin contar con que lo primero que harán esas cuatro mil fortunas,
será irse del país. ¿De dónde sacará para pagar por el petróleo que piensa
importar de Venezuela, entregándole toda nuestra soberanía energética al
régimen de Maduro?
En
quinto lugar, nos vamos al infierno porque Petro está amarrado a la mafia que
lo apoyó, tanto la política como la del narcotráfico. Gran parte del Congreso
se le está uniendo a su "acuerdo" sin haber comenzado, y al parecer, con las
mayorías en el Legislativo, Petro no va a tener ningún tipo de oposición para
hacer de las suyas, salvo unos cuantos congresistas aislados que se declararon
en contra de su futuro gobierno. Y esa unión tan “patriótica” significa Asamblea
Nacional Constituyente a la vista. ¿Nos suena? Nuevas leyes, nuevo país, hasta
con cambio de nombre.
También
está amarrado a la mafia del Cartel de los Soles, del ELN, de las FARC, del
Partido Comunista, de Cuba y del Socialismo del siglo XXI que le hicieron un
gran lobby internacional, todos apoyando su candidatura. Y cómo no, a los capitales
trasnacionales que ayudaron a financiar su campaña siempre y cuando su discurso
se enfocara en el asunto del cambio climático, y así ha sido.
Petro
es una ficha más del globalismo para implementar la agenda internacional 2030, Objetivos
de Desarrollo Sostenible, que en el fondo es una agenda empobrecedora para
el ciudadano del común. De aquí en adelante lo encontraremos hablando de la
crisis climática y el calentamiento global, porque esa será siempre su bandera,
así como la bandera de Santos fue la paz para ganarse un Nóbel. El cambio
climático, lejos de ser una preocupación real por cuidar el planeta, es un
negocio suculento de las organizaciones supranacionales que tienen sus propios
intereses. El ecologismo será la causa petrista más encarnizada, y por esa
causa —Dios quiera que no— nos podríamos ver en situación de hambre cuando no
tengamos manera de producir energía ni para cocinar nuestro propio alimento.
¿Acaso tendremos que apelar nuevamente a la leña para calentarnos? Eso sí que
ocasionaría un grave daño ambiental.
Yo me
pregunto de qué crisis climática estamos hablando en Colombia cuando los
índices de contaminación dicen que sólo le aportamos el 0,6% de CO2 al mundo,
así que no veo por qué tiene que ser ese el programa principal del nuevo
presidente, como si no existieran problemas más graves. Del narcotráfico, por
ejemplo, no ha dicho nada. Entonces, ¿será realmente el ecologismo una campaña
real del nuevo presidente?
Finalmente dirijo las siguientes palabras a quienes votaron por Gustavo
Petro para no perder esta oportunidad de agradecerles por lanzarnos al abismo
del que estábamos solamente a un paso. Ya dimos ese paso.
También te digo, amigo petrista, que a pesar de tu argumento mamerto de
que ya Colombia estaba como Venezuela, porque eso siempre fue lo que dijiste
cuando advertíamos el peligro de convertirnos en una segunda república
bolivariana; en realidad nunca estuvimos, ni medianamente cerca, de ser como
nuestra vecina, ni lo estaremos hasta el 7 de agosto de este año. Sólo espero
que tu mesías no nos conduzca hacia allá, que al parecer es el propósito de esa
gavilla que nos entrará a gobernar, para luego decir que todo ha sido culpa del
uribismo, de la derecha fascista, del imperio yanqui, etc., etc. Ya los he de
ver repitiendo la monserga y buscando culpables hasta debajo de las piedras.
Tal parece, mi amigo, que el verdadero candidato de Uribe era Petro.
Ahora
sí vamos a vivir sabroso los colombianos, todos quemándonos en la paila
mocha.
Aquí
comienza el camino a la tiranía, pavimentado desde luego por los gobernantes
que precedieron al que entra próximamente. Esto hay que entenderlo como parte
de un proceso que se viene construyendo y no como una coyuntura. Está en juego la libertad.
Amanecerá
y veremos, como dice el refrán, aunque yo sospecho que en esta Colombia
seguiremos siendo ciegos.



























