sábado, 25 de junio de 2022

Bienvenidos al infierno

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    El pasado 14 de mayo, en este mismo espacio, publiqué un artículo titulado “Colombia, a las puertas del infierno”, en el que expresaba claramente mi preocupación por estar a un paso de perder el país si no razonábamos nuestro voto desde la primera vuelta presidencial. Mi temor más grande era que el hoy presidente electo de Colombia, Gustavo Petro, se alzara con el triunfo, puesto que considero sus propuestas como una amenaza de destrucción de la democracia.

    Finalmente se ha cumplido este temor. Me siento tan derrotado como los otros diez millones y medio de colombianos que no votamos por él. Aquel día aseveré que el país estaba a punto de entrar en el infierno si no recapacitaba. Hoy, después de lo que sucedió el 19 de junio, tengo que decirles a mis compatriotas, con mucho dolor: “Bienvenidos al infierno”.

    No, no lo hago de manera irónica. Tanto los que apoyan el nuevo gobierno como los que no, estamos abocados a quemarnos en las llamas del averno en el que estamos próximos a ingresar. Tampoco tengo intención de generar pánico. De eso ya se han encargado los analistas y los youtubers, y por supuesto, el mismo Petro. Mi intención es que nos preparemos de la mejor manera ante esta nueva etapa política que se nos avecina, teniendo en cuenta que todo cambio trae consigo su propia resistencia. 

    Ya ha pasado una semana de la elección y hemos tenido tiempo suficiente para analizar los hechos sin la efervescencia que ese día nos puso a hervir la sangre. Ya hemos escuchado a los expertos y no queda más que acostumbrarnos a la idea. Así mismo, los que no tenemos voz en ningún estamento del Estado debemos seguir velando por este país, no importa que sea desde una “oposición digital”, porque la batalla apenas comienza. Yo seguiré escribiendo columnas como un ciudadano corriente, otros seguirán haciendo videos como influenciadores, algunos harán periodismo de información o de investigación, y el grueso de la población resistirá y saldrá a las calles cuando toque defender la patria. Eso, supongo, es lo que debe hacer la oposición. Veremos si los mismos que antes representaban a ese sector, hoy que se encuentran en el poder respetarán el ejercicio del opositor. 

    Lo primero que hay que reconocer es que esa es la democracia. Partiendo de que las elecciones fueron limpias (pues no hay prueba hasta ahora de lo contrario), es necesario asumir la derrota con estoicismo, saber perder. En esta ocasión, aunque el 50,44% de los electores están celebrando, yo diría que quien perdió fue todo el país, ya veremos por qué.



    En primera instancia, hay que señalar el terror económico que supone el solo nombre de Gustavo Petro. No lleva ni ocho días de elegido, no se ha posesionado en el cargo, y sin mover un dedo ya ha hecho que la acción de Ecopetrol, la empresa más importante de Colombia, se desplome y caiga un 13%. Una pérdida de 14 billones de pesos en dos días, lo que equivale a dos reformas tributarias como la que propuso el gobierno de Duque en 2021, y por la cual le estaban quemando el país. También está la caída de las acciones de otras empresas colombianas que cotizan en la bolsa (Grupo Sura, Nutresa), sumada a la desconfianza inversionista por la inseguridad jurídica que se sospecha, va a venir. Se sienten pasos de animal gigante en este infierno, y ese es un animal cuyo principal efecto de su mordisco es el empobrecimiento.

    En segundo lugar, la devaluación del peso esta semana, con respecto al dólar, se hizo sentir con mucho estrépito. Seguro el pánico que genera el presidente electo hizo que muchos colombianos, temerosos de perder sus ahorros, salieran en estampida a comprar dólares y se agotaran en el mercado. Poco a poco el precio se irá estabilizando hasta que llegue otro rugido del animal y vuelva a prender las alarmas económicas. Ya la ANDI dijo que “sin exploración petrolera, el dólar podría subir hasta los $9.000”. Y como bien sabemos, la devaluación generaría una terrible inflación. A mayor inflación, menos poder adquisitivo para los colombianos. Por ende, más pobreza; por ende, más hambre.



    Tercero, el anuncio de un gobierno dictatorial y tiránico se hizo sentir desde el mismo discurso de su triunfo electoral, cuando prácticamente Petro le ordenó a la Fiscalía que dejara libre a los delincuentes que fueron capturados por la Policía, pues considera que solamente son jóvenes inconformes que luchan por un país mejor. Vaya forma de irrespetar la separación de poderes que él mismo tanto decía que los otros gobiernos irrespetaban. También la orden a la Procuraduría para que restituyera a los alcaldes suspendidos por su participación en política fue contundente. Una orden que en cierta medida se ha cumplido. Y ni qué decir la “solicitud” que le hizo al presidente Duque de no cumplir con un acuerdo ya pactado hacía tiempo para la compra de aviones para el Ejército, pues Petro tiene claro que lo primero que hará será desmantelar a la Policía y a las fuerzas militares. A él no le gustan las instituciones de la seguridad. Con sus esbirros de la Primera Línea le basta. ¿Acaso serán ellos los nuevos miembros de la Fuerza Pública? No lo dudo.

    Cuarto, el infierno nos da la bienvenida con la propuesta de Petro de diseñar una reforma tributaria por 50 billones de pesos que supuestamente van a pagar las cuatro mil fortunas más grandes del país. Ya dijo que no serían cuatro mil, sino cuarenta mil. Pero no somos estúpidos. La reforma la pagará la clase media, como siempre. Nadie ha puesto el grito en el cielo. Por una propuesta mucho menos ambiciosa y empobrecedora alentaron el terrorismo urbano. No sé de dónde le irá a hacer Petro para pagar tanto subsidio sin contar con el petróleo y sin contar con que lo primero que harán esas cuatro mil fortunas, será irse del país. ¿De dónde sacará para pagar por el petróleo que piensa importar de Venezuela, entregándole toda nuestra soberanía energética al régimen de Maduro?



    En quinto lugar, nos vamos al infierno porque Petro está amarrado a la mafia que lo apoyó, tanto la política como la del narcotráfico. Gran parte del Congreso se le está uniendo a su "acuerdo" sin haber comenzado, y al parecer, con las mayorías en el Legislativo, Petro no va a tener ningún tipo de oposición para hacer de las suyas, salvo unos cuantos congresistas aislados que se declararon en contra de su futuro gobierno. Y esa unión tan “patriótica” significa Asamblea Nacional Constituyente a la vista. ¿Nos suena? Nuevas leyes, nuevo país, hasta con cambio de nombre.

    También está amarrado a la mafia del Cartel de los Soles, del ELN, de las FARC, del Partido Comunista, de Cuba y del Socialismo del siglo XXI que le hicieron un gran lobby internacional, todos apoyando su candidatura. Y cómo no, a los capitales trasnacionales que ayudaron a financiar su campaña siempre y cuando su discurso se enfocara en el asunto del cambio climático, y así ha sido.



    Petro es una ficha más del globalismo para implementar la agenda internacional 2030, Objetivos de Desarrollo Sostenible, que en el fondo es una agenda empobrecedora para el ciudadano del común. De aquí en adelante lo encontraremos hablando de la crisis climática y el calentamiento global, porque esa será siempre su bandera, así como la bandera de Santos fue la paz para ganarse un Nóbel. El cambio climático, lejos de ser una preocupación real por cuidar el planeta, es un negocio suculento de las organizaciones supranacionales que tienen sus propios intereses. El ecologismo será la causa petrista más encarnizada, y por esa causa —Dios quiera que no— nos podríamos ver en situación de hambre cuando no tengamos manera de producir energía ni para cocinar nuestro propio alimento. ¿Acaso tendremos que apelar nuevamente a la leña para calentarnos? Eso sí que ocasionaría un grave daño ambiental.

    Yo me pregunto de qué crisis climática estamos hablando en Colombia cuando los índices de contaminación dicen que sólo le aportamos el 0,6% de CO2 al mundo, así que no veo por qué tiene que ser ese el programa principal del nuevo presidente, como si no existieran problemas más graves. Del narcotráfico, por ejemplo, no ha dicho nada. Entonces, ¿será realmente el ecologismo una campaña real del nuevo presidente?



    Finalmente dirijo las siguientes palabras a quienes votaron por Gustavo Petro para no perder esta oportunidad de agradecerles por lanzarnos al abismo del que estábamos solamente a un paso. Ya dimos ese paso. 

     Amigo petrista, pensaste que elegiste a un gran líder latinoamericano que te ofreció el cambio y la oportunidad de vivir en un país mejor. Te engañaste. Acabas de elegir a un representante de la misma calaña política que durante tantos años se ha enquistado en el poder, sólo que con un traje diferente. ¿Acaso no sabes lo que es en el fondo el gran “Acuerdo Nacional” que este pseudo líder propone? No es otra cosa que la unión con los politiqueros de toda la vida y las oligarquías que detentan los mismos apellidos. Algunos muy conocidos: Gaviria, Samper, Santos, y hasta el propio Uribe que tú tanto detestas —quién lo creyera—, porque él también fue llamado a este pacto a “conversar”. Amigo petrista, no te engañes, no te ciegues a la realidad y acepta que con tu voto has contribuido para llevarnos a todos al infierno que aún no se ha inaugurado y ya nos comienza a quemar con su chispa empobrecedora.

    También te digo, amigo petrista, que a pesar de tu argumento mamerto de que ya Colombia estaba como Venezuela, porque eso siempre fue lo que dijiste cuando advertíamos el peligro de convertirnos en una segunda república bolivariana; en realidad nunca estuvimos, ni medianamente cerca, de ser como nuestra vecina, ni lo estaremos hasta el 7 de agosto de este año. Sólo espero que tu mesías no nos conduzca hacia allá, que al parecer es el propósito de esa gavilla que nos entrará a gobernar, para luego decir que todo ha sido culpa del uribismo, de la derecha fascista, del imperio yanqui, etc., etc. Ya los he de ver repitiendo la monserga y buscando culpables hasta debajo de las piedras. Tal parece, mi amigo, que el verdadero candidato de Uribe era Petro.


 

    Ahora sí vamos a vivir sabroso los colombianos, todos quemándonos en la paila mocha.

    Aquí comienza el camino a la tiranía, pavimentado desde luego por los gobernantes que precedieron al que entra próximamente. Esto hay que entenderlo como parte de un proceso que se viene construyendo y no como una coyuntura. Está en juego la libertad.

    Amanecerá y veremos, como dice el refrán, aunque yo sospecho que en esta Colombia seguiremos siendo ciegos.  

sábado, 18 de junio de 2022

Con ganas de suicidarnos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Al fin ha llegado el día tan esperado y tan temido. Mañana, domingo 19 de junio, los colombianos elegiremos nuevo presidente de la república. Suponiendo, claro está, que la palabra “elegir” esté correctamente utilizada en este acto. Porque a decir verdad (para felicidad de muchos y tristeza de otros), yo creo que al presidente hace rato nos lo eligieron desde afuera y no nos hemos dado cuenta.

    Si me equivoco mañana y resulta que no gana el candidato de la extrema izquierda, sino que se nos hace el milagrito y en lugar de ello gana el viejo, saldré a decir que cometí un grave error y que juzgué mal. Que mi opinión es completamente sesgada y que esta columna no tiene valor alguno, para que nadie más la vuelva a leer, aunque mucho me temo que yo la seguiré escribiendo con los mismos errores y los mismos sesgos.

    Sí, reconoceré que soy un hombre de poca fe y que el electorado colombiano no es tan imbécil como yo creo que es. Ojalá me equivoque. Ojalá me callen la boca. O en este caso, que se me entumezcan los dedos para no seguir escribiendo sandeces y ustedes no tengan que leerlas. Pero mucho me temo que aquí el presidente ya está puesto, y estas son las razones de mi desalentador pesimismo:



 1. La narrativa de la izquierda. Es indudable que la Internacional Comunista ha hecho un gran trabajo en Latinoamérica cubriendo todos los frentes —especialmente el cultural— para ganar adeptos y simpatizantes que ante los problemas de pobreza, corrupción y violencia que viven estos países, encuentran un bálsamo de consuelo en el discurso izquierdista de la igualdad, la justicia social, la reivindicación de los derechos de las minorías y la lucha contra la opresión. Causas que desde ningún punto de vista se pueden desconocer, sobre todo porque parten de problemáticas reales; sólo que a la izquierda, en lugar de mitigar esas problemáticas, le interesa acrecentarlas más. Así se mantendrá vivo su discurso. Como la lucha contra la pobreza, apelando al odio de clase, de modo que los más pobres se sienten identificados con la idea de que son pobres porque los ricos les han robado su dinero. No importa si se trata de empresarios, o industriales que han hecho su fortuna a pulso. La narrativa les dice que la riqueza de otros les pertenece en partes iguales: la redistribución del ingreso como política central de un sistema socialista es la base de toda expropiación. Y esa narrativa ha logrado salir triunfante en las universidades, los colegios, la academia, los medios de comunicación hegemónicos, las redes sociales y los organismos internacionales que dicen ser de tipo no gubernamental. 



    Así lo afirma Julio César Iglesias en su libro “¿Y si gana Petro?”, que es todo un “manual para sobrevivir a la extrema izquierda” en caso de que mañana resulte vencedora:      

 

Lo que explica la muy probable victoria de Gustavo Petro en las próximas elecciones tiene que ver con el éxito que ha tenido la izquierda más radical en viralizar su narrativa sobre la situación de Colombia, es decir, su explicación sobre el pasado y el presente del país.[1]

 

    De modo que este sector político, al adjudicarse la propiedad de la verdad y querer reescribir la Historia, puede darse el lujo de seguir generando problemáticas que antes no existían, o no eran motivo de conflicto. Por ejemplo, insufla aires de revolución utilizando las diferencias naturales que se pueden presentar en la sociedad con base en las características de la población: sexo, raza, clase social, religión, orientación sexual, educación, ingresos, lugar de procedencia, grupo étnico, etc. Y digo diferencias naturales porque en toda sociedad siempre van a existir las desigualdades. No por nada los seres humanos somos todos diferentes, y la igualdad que se promueve debería ser sólo ante la ley.

    Para la izquierda, en cada una de estas categorías poblacionales, hay un conflicto potencial digno de explotarse, y han sabido cómo hacerlo a través de la narrativa. Lastimosamente, para que un país se desarrolle necesita de menos ideólogos y de más visionarios. Una vez la izquierda llega al poder, los problemas que ella misma ha originado con su narrativa, lejos de solucionarse, se acrecientan, pero vaya si les ha sacado buenos réditos electorales.



    2. Petro ha hecho lo que le ha dado la gana. Así de claro. Si de verdad estas fueran unas elecciones limpias, las instituciones del Estado, que se supone que deben vigilar que haya transparencia electoral, habrían tenido que sancionar a este candidato, o al menos llamarle la atención por haber comenzado a hacer campaña en plaza pública cuando todavía no estaba permitido por el Consejo Nacional Electoral; por reunirse con los directivos de la empresa encargada de aportar el software para el conteo de los votos, lo cual es supremamente grave; por hacer campaña sucia contra sus contendores; por emborracharse en la tarima; por los desmedidos gastos de su campaña política, que aunque no han rebasado el tope, es el candidato que más dinero ha invertido sin que se investigue de dónde salen sus recursos; por ser apoyado por los grupos delincuenciales del país y él mismo aceptar este apoyo; por rodearse de politiqueros corruptos y engrasarse con las maquinarias que toda la vida han detentado el poder y se han robado el país. Pero como es Petro, el candidato de izquierda, el que tiene el buen visto de la CIDH, no pasa nada. Como es el candidato de la Fundación Rockefeller, de la ONU, del Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla, del Socialismo del Siglo XXI y la Internacional Comunista, el globalismo de Soros, y el FEM, no pasa nada. Petro ha hecho y deshecho siendo candidato, y esto nos abre los ojos ante lo que podría hacer siendo presidente. Sus nexos con los politiqueros tradicionales que están siendo investigados por corrupción tampoco son motivo de alarma. Al parecer sus seguidores le aceptan todo, y a sus detractores nos toca tragarnos ese sapo en silencio. Un candidato así no teme perder, pues sabe que pase lo que pase, ya es presidente. No por nada está seguro de que va a ganar las elecciones, y que si no gana alegará fraude, y el país “retornará a las tinieblas”, como él mismo aseguró. Tanto que si pierde, él volvería a sus andanzas de juventud intentando revivir el M19, del cual aseguró que aún conservaba su espíritu. ¿Así de arreglado está el tamal?



    3. La Registraduría Nacional no es garantía de transparencia. Se vio en las elecciones parlamentarias. De la nada le aparecieron más de 390.000 votos al Pacto histórico sin que hubiera un reconteo, sin que desde la orilla opuesta alguien protestara. Ni modo. Se trata de Petro, hay que dejarlo llegar. Así no más, Alexander Vega dijo que fue un error de los jurados y como que aquí no pasó nada grave. Debió renunciar porque no quedó claro lo que sucedió. Después de tres meses, los colombianos aún no tenemos la certeza de quiénes quedaron de congresistas. Con una Registraduría que en cualquier momento puede meter la mano, y un software proveído por INDRA, una empresa cuyos directivos son cercanos al ex guerrillero; no hay garantía de transparencia. Es casi seguro que encontrarán la manera de ponerle los votos que hagan falta.



    4. No hay rival. Del otro lado tampoco podemos esperar mucho. Rodolfo Hernández no tiene una agenda clara, no le podría sostener un debate a Petro, no tiene los datos en la cabeza, y su única arma de campaña es decir que hay que “acabar con todas esas ratas sinvergüenzas de los politiqueros”. Con ese lugar común le ha bastado para llegar a segunda vuelta, y aunque tiene un gran apoyo popular, hace falta más que eso para derrotar a toda esa cofradía de bandidos dispuestos a hacer lo que sea para tomarse el país. A veces pienso que lo del viejito en segunda vuelta fue una jugada de la izquierda para dejar por fuera a Fico Gutiérrez, a quien consideraban el candidato de Uribe. Dejar a Fico eliminado en primera vuelta significó el entierro del uribismo. Y entonces hacen que llegue Rodolfo para enfrentarlo o para acallarlo, como en efecto han hecho. Saben que es más factible proponerle una unión, y aunque el ingeniero no la aceptó para no defraudar a sus electores, en el fondo sabemos que es más afín a Petro de lo que los colombianos creemos. Rodolfo, al igual que el ex guerrillero, también apoya la agenda globalista, la legalización de la droga, y el diálogo con el ELN para terminar dándole los mismos privilegios que se le dieron a las FARC. De modo que Petro está solo en la contienda, no tiene rival. A lo mejor podría perder las elecciones, pero su ejército de violentos urbanos harían que el viejo gobierne para los intereses del Pacto Histórico.



    5. La estupidez humana no tiene límites. Esta es la razón más importante por la que pienso que Petro va a ganar las elecciones, y ojalá me equivoque. El votante colombiano es estúpido. Se deja llevar por las apariencias y las desacreditaciones; por los estilos y la retórica; por la emoción y el sentido de humanidad que le presentan desde afuera. No por nada el partido de Petro se llama la “Colombia Humana”; además del tamal, del ladrillo, de los cien mil pesos o de un puesto de trabajo a cambio del voto para un político que luego te va a desangrar. Los petristas están hechos de la misma sustancia con que se coció el uribismo. Y hasta con ingredientes peores. La desesperación convierte en áulicos a ciudadanos que se dejan llevar por caudillos y reyezuelos, por líderes cuyo culto a la personalidad los convierte en dioses. Así llegaron Hitler y Lenin al poder; Mussolini, Stalin, Hugo Chávez, y posiblemente llegue Petro: gracias a unos esbirros que se dejaron seducir por el canto de sirenas. No sé si llenarme de coraje o dejar salir la risa cuando veo, por ejemplo, a esos maestros de Fecode sumándose a la campaña de Petro. Me cuentan que en las aulas de clase le hacen repetir arengas y cantar coros a los estudiantes en favor de ese encantador de serpientes. Y si no, pregúntenles a los niños del colegio La Asunción en Medellín. Peor todavía esos jóvenes que defienden a capa y espada a su mesías. Universitarios que se supone, tienen criterio para discernir, y aún así se enceguecen ante las evidencias que les muestran. Lo niegan todo, lo justifican, no les importa lo que haga el candidato, pues ese es su salvador y así lo quieren seguir viendo. No hay nada que hacer. Para Petro, es vital que esa estupidez se siga manteniendo para garantizar su llegada al poder.



    Siendo así las cosas, no veo con optimismo la elección de mañana. Aunque confieso que en el fondo albergo la esperanza de que la estratagema no le salga al pacto diabólico y gane el mal menor.

    Pero ¿qué se puede hacer ante nuestras ganas de suicidarnos? Cuando un país elije el socialismo es porque a sus habitantes se los carcome la envidia y el resentimiento, o porque sufren de una incurable estupidez: la misma estupidez de los que piensan que vamos a vivir sabroso odiando la riqueza ajena cuando no podemos fraguar la propia.



[1] Iglesias, Julio César. ¿Y si gana Petro? Guía para sobrevivir a la extrema izquierda. Edición electrónica. Colombia. 2022. P 22.


sábado, 11 de junio de 2022

Entre dos males, el menor

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Siempre existirá el mismo dilema: tener que elegir entre dos alternativas que suponen, cada una por separado, un resultado negativo con sus respectivas consecuencias. Ninguna de dichas alternativas es deseable, sino todo lo contrario. De hecho, en ambas se sacrifica un bien personal o uno común. Hay un costo de oportunidad en esta decisión. No se pueden escoger las dos al tiempo ni se pueden evitar. Lo único seguro es que cualquier camino que se tome conducirá inevitablemente a una derrota; tal vez a la pérdida de la vida misma. No hay ganancia posible, pero es obligatorio elegir una de las dos. Sopesadas las opciones, habrá que determinar cuál de ellas es la que acarrea el menor daño posible. Precisamente ese es el nombre del principio: la ley del mal menor, que consiste en afrontar un dolor para evitar otro peor.


    Remontándonos a la mitología griega, hay que recordar que Ulises tuvo que afrontar este dilema cuando navegaba con sus hombres y tuvo que pasar por un estrecho canal en cuyas orillas opuestas se asentaban dos monstruos marinos que atacarían la embarcación sin clemencia. El uno era Escila, una criatura de pies deformes y seis cabezas que no dudaría en tragarse con cada una de sus bocas a toda especie humana o animal que se acercara por allí. El otro monstruo era Caribdis, quien sorbía y soltaba el agua negra para que toda nave que surcara su orilla se hundiera. Ulises, calculando que era mejor perder unos cuantos hombres y no que todos naufragaran, se arriesga a pasar más cerca de Escila que de Caribdis, perdiendo tan solo a seis de sus compañeros. Tuvo que elegir la alternativa del mal menor y de esta manera la dificultad no estropeó totalmente sus propósitos. De otra forma habrían muerto todos. 
    Fue Aristóteles en el S. IV antes de Cristo el primero que defendió este principio considerando la Virtud como el punto medio entre dos vicios, proponiendo que es aconsejable caer en el vicio menos inicuo cuando no se pueda mantener la recta conducta. Cicerón, en su momento, también defendió el principio del mal menor y lo postuló como un ejemplo de heroísmo antes que como una salida cómoda.
    En la Edad media, el VIII concilio de Toledo apoyó la perpetración de un mal menor ante un peligro inexcusable, entendiendo que había de elegirse el mal que provocara menos culpabilidad. Eso sí, aunque existiera la obligación de cometer el mal menor, no por ello se eximía de la responsabilidad y la culpabilidad, pues igual se estaba cometiendo un mal.
    No son pocos los aspectos de la vida moderna en el que se tiene que apelar a la ley del mal menor. Cuando una enfermedad ataca una parte del cuerpo y amenaza con extenderse y causar la muerte, el mal menor se concreta en la extirpación del órgano afectado o la amputación del miembro gangrenado. 


    En términos del belicismo, se suele decir que la guerra, aunque es un mal muy grande, es a veces el menor de los males, y es inevitable. Al menos así lo refería Orwell cuando hablaba de que "para sobrevivir a menudo debemos pelear, y para hacerlo hay que ensuciarse". Ya nos advertía desde mediados del siglo anterior de la necesidad de sacudirnos de la manipulación a la que nos someten los grandes poderes a través de la utilización del lenguaje y la propaganda, tanto así que consideraba la guerra contra estos enemigos como el mal menor.

 
    El socialismo, esa doctrina perversa que propugna por el control estatal de la propiedad y los medios de producción para "lograr la igualdad política, económica y social de todas las personas", muchas veces ha pretendido enfrentarnos al dilema del mal menor con su consabido y asqueroso lema de: "patria, socialismo o muerte". Tengo mis dudas sobre cuál sería el mal menor en este caso. Pienso que la muerte, frente a la alternativa de vivir en la patria socialista, no sería una opción tan indeseable. 
    Pero no siempre debe entenderse la ley del mal menor como la solución al dilema. Para Putin, por ejemplo, el mal menor está en invadir y destruir a su vecina Ucrania por miedo a que se le meta la OTAN y el globalismo a su territorio, y arropen a sus ciudadanos con el manto de unos valores culturales muy distintos a los que él desea para su nación. Él prefiere la guerra, a la que de seguro considera un mal menor en defensa de sus intereses. 
    El dilema también presenta sus propias debilidades cuando quienes lo promulgan se confunden o se fanatizan y terminan eligiendo el mal mayor. Sucedió en el Holocausto. Las justificaciones de la persecución a los judíos estuvieron precedidas de unas medidas leves que aparentemente eran aceptadas por el pueblo alemán pensando que si no cooperaban, las cosas podrían ser peores. Esas medidas fueron escalando, y el mal menor en el que se pretendió incurrir por evitar una tragedia mayor, alcanzó proporciones tan devastadoras que ya nada hubiera podido resultar peor. El efecto: más de seis millones de judíos asesinados de manera vil en campos de concentración.


    En psicología existe algo llamado Teoría de la Decisión, utilizada en mercadeo y en campañas electorales, y que procura orientar la preferencia del consumidor o el elector mediante comparaciones cuando se presentan dos opciones. Si se presenta una tercera opción con un cierto parecido a una de las dos primeras, el elector tendrá más clara su preferencia, pues podrá establecer paralelos que le sirvan de marco de referencia. Es justamente lo que viene sucediendo en la campaña electoral colombiana, donde se descubrió que uno de los candidatos apeló a una estrategia sucia de desprestigio de su contendor, consistente en relacionarlo hasta el cansancio con una figura decadente de la política nacional para restarle credibilidad: eso es asimilarlo a la tercera opción. Es lo que se conoció en las redes sociales como la "uribización de Rodolfo". Ya saben de qué pacto hablo. 
    En política la opción del mal menor se convirtió en la cruz de cada elección. Especialmente en los países latinoamericanos en donde el socialismo del Siglo XXI se ha expandido como maleza y constantemente amenaza a los países que aún no han incurrido en él. Chile y Perú fueron los dos ejemplos más recientes de cómo la ciudadanía tuvo la oportunidad de elegir un mal menor, puesto que ninguno de los candidatos era bueno, pero se quedaron con el mal mayor. ¿Acaso en Colombia vamos por el mismo camino? Todo parece indicar que sí.
    De mañana en ocho días tenemos elecciones presidenciales, y nuevamente estamos abocados al dilema del mal menor. Por una parte está Gustavo Petro, que bien podría ser el Caribdis de esta epopeya. De otro lado está Rodolfo Hernández, que sería el monstruo de Escila. Con el primero no parece haber lugar a la supervivencia. Con el segundo hay alguna luz de esperanza de que no todos sucumbamos, y que los más ilusos estemos entre los favorecidos. Es decir, el uno es un tiro en el pie, y el otro apenas un tiro al aire, como le escuché decir a un periodista. Aunque ese tiro al aire se nos puede devolver y pegarnos en la cabeza, y ese tiro en el pie a lo mejor pueda tener una curación a tiempo. No se sabe. Lo único cierto y comprobado es la suciedad de una de las campañas y la improvisación de la otra; la falta de ideas y programas; la política rastrera y concebida para favorecer a los mismos que siempre se han beneficiado del engaño al elector; la ambición por llegar al poder como meta final y no como medio para poner la política al servicio del pueblo. 


    Pero también aquí, como en la historia de Ulises, estamos sometidos al principio del mal menor. Ninguno de los candidatos es de mis afectos, no me identifico al cien por ciento con sus propuestas, pero si de escoger se trata, no lo dudo ni un instante. Elijo al que sabe generar riqueza y ha trabajado toda su vida para ello en el sector privado, generando además empleo y prosperidad para muchas familias, en lugar de elegir al que lleva la mitad de su vida delinquiendo y la otra mitad viviendo de la teta del Estado. Ese que dice que es el cambio, pero que no ha sabido generar un peso por su cuenta, porque todo lo ha extraído del sector público, de la plata de nuestros impuestos. Ese que no es capaz de crear un emprendimiento, pero que sí sabe cómo le podría quitar la plata al que produce para repartirla entre quienes tampoco saben producir. Ese jamás. Prefiero el que al menos nos brinda la tranquilidad para seguir en esta democracia endeble por otros cuatro años más. Lo otro es puro cuento de socialistas resentidos y de comunistas frustrados, y ese cuento ya abunda mucho en las universidades públicas y en la academia, donde se lee mucho de utopías pero no se sabe nada de la vida práctica.
    De modo que entre estos dos candidatos me voy por Rodolfo Hernández, que parece ser el mal menor. Un mal que dadas las circunstancias, y ante el peligro del monstruo que nos acecha, podría ser, a la larga, una bendición. 



    Lo otro es la tercera opción, la del voto en blanco dizque para salvar la dignidad: una dignidad que en este caso no sirve ni para limpiarse el trasero, aunque le vendría muy bien a Petro para que Rodolfo deje de sumar. Teniendo en cuenta que en segunda vuelta el voto en blanco no tiene ningún efecto jurídico, que no sirve para nada, es la opción más insensata e irracional que puede existir. Eso sí es votar el voto. Para esa gracia, mejor no votar. Aquí toca escoger, y no nos dejaron de otra. Entre Escila y Caribdis, es preferible hacer lo que hizo Ulises.  

sábado, 4 de junio de 2022

Este barrio se puteó

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    “Este es un barrio muy bueno, muy calmado, muy seguro. Un sector, como se dice ahora, exclusivo”. Anunciaba el vendedor de bienes raíces a un cliente interesado en adquirir una casa grande para vivir con su familia, ojalá en un sitio apacible y de buen gusto.

    El barrio se llamaba (y se sigue llamando) el Popular Modelo. Fue una de las colonias pioneras de la clase emergente compuesta por comerciantes y pequeños industriales que por allá a mediados de la década del cincuenta encontraron en la ciudad de Pereira un lugar propicio para progresar: un “oasis de bienestar y de paz”, como era vendida la ciudad en las cuñas radiales de ese entonces.

    Popular, porque sus primeros habitantes no eran las familias de apellidos ilustres que le dieron honor a la ciudad, sino los advenedizos y visionarios que fueron haciéndose a su pequeña fortuna con arduo esfuerzo, comenzando desde abajo y tratando de avanzar en sus aspiraciones sin llegar a ser del todo ricos. Es decir, los que con los años vendrían a conformar el estrato medio-alto.  

    Modelo, porque fue uno de los barrios antiguos que sirvió de inspiración para la construcción de otros vecindarios que requería esa clase social en ascenso. Y aunque durante décadas no se fundaron muchos parecidos a ese, cuando al fin la urbanización despiadada se tomó la ciudad de Pereira, ya el espacio de las nuevas casas comenzó a ser muy reducido, y ya la construcción se había modernizado. El Popular Modelo, entonces, comenzaría a formar parte del inventario de casas viejas; las mismas casas que hoy están siendo arrasadas para darle paso a la explosión comercial: restaurantes, bares, asaderos, hamburgueserías, cafés, tiendas de ropa, bancos, peluquerías, clínicas, consultorios, veterinarias, más locales de comida, tiendas deportivas, gimnasios, salas de webcam, e ineludiblemente, antros y discotecas en donde acude toda la diversidad sexual y cultural. En síntesis, todo lo que implica el progreso.     



    Por otra parte, ese cliente al que el vendedor le estaba hablando, me parece que es mi padre. Mi padre acompañado de mi madre. Él intentando negociar la casa a un precio razonable (aunque en aras de la verdad, la casa fue adquirida en un remate), y ella inspeccionando la cocina, los cuartos, el patio, los baños; conociendo los recovecos de la que sería su futura morada e imaginándose que allí encontraría su porción de paraíso.

    Fue en 1986 cuando nos fuimos a vivir al barrio Popular Modelo. Yo contaba con escasos seis años, aunque por la nubosidad de los recuerdos me parece que llegué antes. El trasteo se realizó en una de las tractomulas de mi padre. La parquearon en la calle y nadie llamó a la autoridad de tránsito como hubieran hecho ahora.

    En la cuadra de la carrera doce entre calles primera y segunda aprendí a montar bicicleta, jugué al fútbol con los vecinos y también al escondite, y el poste que nos servía para cantar el “1,2, 3 por mí” aún sigue en pie junto a mi casa, ya un poco ladeado. En cada extremo de la cuadra existía lo que en ese entonces llamábamos “policías acostados”, y sobre ellos dábamos toda clase de piques con las bicicletas. Era posible subirse por las rampas de los parqueaderos y pedalear a toda prisa por los andenes. Y aunque la calle era de doble vía, nunca los escasos vehículos que por allí transitaban representaron un problema. La gente conducía despacio. Los niños podíamos jugar afuera sin correr peligro. Es más, la calle era nuestro espacio natural porque en la interacción con otros niños redescubríamos el universo que los mayores habían olvidado. Era afuera donde se suscitaba la vida, nos hacíamos superhéroes y nos ganábamos enemigos hasta que llegaba la hora de comer y nos entraban. Uno conocía cada vecino, cada integrante del barrio. Uno se daba cuenta qué amistad convenía y cuál no.   

    Era tan residencial el sector, que para comerse una hamburguesa había que ir hasta Monos, en la Circunvalar, más o menos a unas ocho cuadras, pues era la hamburguesería más cercana que existía en 1987. Treinta y cinco años después, nada más en la manzana donde vivo, hay más locales de hamburguesas que casas de familia. Desde la calle cuatro hasta la urbanización La Aurora no había más que casas; ni un solo negocio, excepto por el supermercado Comfamiliar y la panadería Gnomos, que quedaba diagonal a la iglesia San Antonio, y en la que vendían los mejores pasteles de arequipe y queso que jamás hube probado. Más adelante montaron una caseta de guadua en el parque La Rebeca que se llamó “Ranchos Perros”, y fui feliz allí comiendo porquerías hasta que me intoxiqué.



    Del barrio recuerdo mucho los jardines exteriores enrejados y sembrados con prados y árboles ornamentales. Todas las casas los tenían. Nada más en nuestra cuadra hubo dos araucarias gigantescas; una en el antejardín de don Ramón, el vecino que todavía vive y se mantiene sentado en el corredor evocando tiempos mejores, y la otra en nuestro antejardín. Creció tanto esa araucaria que pronto llegó a ser más alta que el edificio de cuatro pisos de enseguida, pero hubo que cortarla porque ya sus ramas se estaban enredando en el transformador que durante años estuvo instalado en el poste, amenazando con provocar una tragedia eléctrica. Fue en esos antejardines donde pudimos ocultarnos detrás de los arbustos, brincarnos de la reja al pasto sin lastimarnos o revolcarnos en una pelea justiciera. Hoy se han convertido en andenes y parqueaderos de motos, en negocitos de garaje, en pavimento puro y duro. De nuestro jardín y nuestra araucaria solo queda un recuerdo benévolo.

    De los vecinos de hace treinta y siete años todavía moran allí tres o cuatro: la señora del edificio, don Ramón, don Danilo, y yo, que en reemplazo de mi padre quedé como el más joven. Los otros se han ido a barrios más modernos, han vendido, o se han muerto. Las únicas viviendas que permanecen intactas en aquel barrio pertenecen a los propietarios de la generación vieja. El resto han sido modificadas o derribadas para construir edificios y poner locales. Me atrevería a aseverar que mi casa es una de las más originales, pues aún conserva sus pisos y su techo de madera. Esa sigue siendo la casa grande en la que he vivido prácticamente todos mis años y de la que no quisiera desprenderme nunca, aunque sé que ese momento va a llegar muy pronto, tal vez este mismo año. Porque como decía mi padre, “todo tiene su principio y su fin”.

    El barrio Popular Modelo no es ni la sombra de lo que fue ese otro barrio tranquilo y seguro que yo conocí. Es apenas una prolongación del centro de la ciudad y una expresión de la necesidad de esa clase emergente que al principio convirtió sus casas en pequeños negocios como una alternativa al desempleo, y que luego traspasó su propiedad a comerciantes mucho más avezados y poderosos que mejoraron el goodwill y transformaron el sector. Posiblemente los descendientes de los antiguos propietarios han tenido que migrar, no a otro barrio, sino a otro país.



    Un día, alguien en el barrio Corocito puso un fogón de carbón para vender arepas, y todos le fueron a comprar. Otro vio los buenos resultados y también montó su venta de arepas, pero diversificó el negocio con empanadas, papa rellena y plátano asado, y la clientela fue brotando como si estuviera debajo de las piedras. Más vecinos se acogieron a la idea, y en menos de una década todo el sector estaba inundado de asaderos de carne y otros comederos que en el día funcionaron como restaurantes de comida ejecutiva. Y así fueron llegando los de la comida rápida, la mexicana, la italiana, la argentina, la cocina de autor; hasta que tuvieron que extenderse al barrio vecino, es decir, al Popular Modelo. Como este se encuentra dos estratos por encima de Corocito, los nuevos restaurantes mejoraron la presentación de sus negocios y cobraron acorde con la estratificación, aunque en esencia todo fue lo mismo. Como la arquitectura arcaica de las casas no servía de mucho, optaron por demoler y volver a construir, ya con estructura liviana, y ese barrio de casas semi coloniales y rejas en punta cambió totalmente su fisonomía para convertirse en una mini zona rosa con todas sus implicaciones: tráfico, ruido, inseguridad, invasión de espacio público, mendicidad, suciedad, escándalos y molestias para los residentes.




    Pero más allá de la decadencia de un barrio otrora paradigma de la familia en ascenso, son muchas las historias por contar de aquellas aproximadas quince manzanas que constituyen el Popular Modelo; ese barrio que además es el hermano menor y adinerado de sus semejantes de Berlín y Corocito. Estos últimos lo rodean y lo contemplan con delectación y envidia. Aspiran algún día a ser como él, pues saben que no podrán igualar jamás a ese otro hermano nacido en cuna de oro que tienen a un lado: La Circunvalar. Porque cómo olvidar que hasta hace poco se consideraba que vivir en la Circunvalar era un asunto de gente de la high. Con el auge del comercio el sector se ha consolidado, pero se le ha perdido la clase.



    Entre las historias que se sucedieron en el Popular Modelo durante las casi cuatro décadas en que he vivido allí, no puedo olvidar la del hombre que mató a su madre, a su hermana y a su sobrino en la calle primera con carrera once, y que luego dejó abierta la pipa del gas para incendiar la casa lanzando un fósforo desde afuera. La explosión fue devastadora. Al hombre, un peligroso drogadicto, lo capturaron las autoridades y lo condenaron. Fue en la cárcel donde lo ajusticiaron los demás reclusos. Lo habían considerado un monstruo hasta que por esos días capturaron a otro sujeto —ese sí el verdadero monstruo—, culpable de haber violado y asesinado a más de ciento setenta niños en todo el país; de apellido Garavito y que había estado viviendo tranquilamente en el barrio vecino, el barrio Berlín, sin que nadie sospechara de sus fechorías.

    O la vez que se presentó una balacera en la calle 2 bis con carrera doce, en un ajuste de cuentas en el que cayó abatido un joven de una familia prestante que se había metido en malos pasos. No fue el único. Los muchachos del barrio crecimos, y algunos torcieron su camino, encontrando un tempranero y trágico final. El hijo de un vecino corrió con esa suerte. Por fortuna estuve protegido de las malas compañías y eso me salvó de darle muchos dolores a mis padres. Yo mismo me salvé una vez de la violencia cuando en el parque del barrio dejaron un petardo dentro de un tarro de pintura con puntillas. Las esquirlas volaron por todas partes, y yo había acabado de pasar por allí mientras me dirigía a mi casa.  

    Tampoco olvido la vez que en esa misma cuadra de la calle 2 bis, donde mataron al muchacho, grabaron las escenas exteriores de una de las películas más mentadas en la ciudad a inicios de la década del dos mil: “Las pereiranas”, con Nacho Vidal. Confieso que me vine a dar cuenta de ese suceso muchos años después, cuando vi el video (por pura curiosidad intelectual) y reconocí al fondo el Parque de La Rebeca mientras desde la carrera doce el camarógrafo seguía a una joven oriunda de mi región, ¡a veinte metros de mi casa! Luego aparecía la muchacha en un apartamento, ya sin minifalda y haciendo toda clase de cabriolas prohibidas para hombres casados. (Por fortuna sigo siendo soltero). Lo que me impactó no fue el hecho de que en ese momento ya filmaran porno colombiano, sino que el equipo de Nacho Vidal estuvo haciendo su producción a un paso de donde yo vivía y ni siquiera me di cuenta. Al menos habría podido ofrecerme como guionista.   




    Una antigua habitante del barrio se encontró hace poco con mi vecina “cara de limón” del edificio. Hablaron y rememoraron momentos alegres de cuando la señora vivió allí. “Ay, mija”, decía la antigua habitante, “yo daría todo por volver a vivir por aquí. Esto es muy amañador”. “¡¿Cómo?!”, respondió mi vecina con un dejo de insatisfacción: “eso era antes, mija. Ya este barrio se puteó. Yo que llevo más de cuarenta años aquí me voy a ir a vivir a un conjunto cerrado”.

    Sabia decisión. Los residentes del Popular Modelo ya no tenemos vida ni de día ni de noche. Cuando no son los griteríos de los niños del jardín infantil o los silbidos del instructor de aeróbicos del gimnasio animando a sus alumnas, es la música electrónica a todo taco del antro gay o del bar de muchachitos puppies, o el extractor gigante de la clínica oncológica haciendo su estruendo y contaminando el aire residencial. Nada que hacer, allí nadie tiene paz. Ni siquiera el vecino de esa casa que mantiene a oscuras, el que se pasa toda la noche en vela andando de un lado a otro y asomándose por el visillo de la cortina. Él se da cuenta de todo lo que ocurre en el barrio; es un espía silencioso. Y es un peligro, porque ese señor todo lo escribe.

    Lástima que de la casa del frente, donde están las niñas del webcam, no se escuche ni un susurro ni se vislumbre una sola sombra delatora. Lástima, porque le darían la razón a la vecina, y entonces ya no sabríamos si cambiarnos de barrio o dejar que se termine de putear.

 


Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...