sábado, 28 de mayo de 2022

Culpa nuestra

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    En un mundo ideal, una nación debe generar riqueza como condición imprescindible para sobrevivir y mantenerse activa dentro del mapa geopolítico. Debe también contar con unos administradores justos y honestos que no se roben la riqueza de sus ciudadanos. Para ello es menester que la sociedad que conforma esa nación esté dotada de principios que a su vez se reflejen en sus gobernantes. Si estos cometen abuso, las personas tendrán que estar prestas a denunciarlos, a expresarse en contra de las prácticas insanas. Pero no basta con que la sociedad denuncie, proteste, rechace, o exponga al mal funcionario en la picota pública. Hay que actuar contra los representantes que han malversado los recursos apropiándose de ellos: hacerlos pagar y no descansar hasta que se imponga una condena ejemplarizante. No hay que quedarse en la crítica, sino salir a proponer un modelo de gobierno en donde no se repita el error de volver a encumbrar dirigentes corruptos o tiranos. Eso, repito, en un mundo ideal.

    Pero como tal cosa no existe, volvamos a la realidad. Y la realidad es que mientras la sociedad no se amase con los ingredientes de la ética y los valores, nunca podrá disfrutar del sabor de los buenos líderes, salvo en casos excepcionales en que por obra y gracia de la suerte, un pueblo sumido en la miseria dé con un buen conductor de sus hilos, o al menos con uno que tenga buenas intenciones. Pero no es esa la regla, sino la excepción.

    Una sentencia de vieja data nos aterriza el silogismo de esta manera: “cada pueblo tiene los gobernantes que se merece”. Es inevitable: la rectitud y la sapiencia de los guías encumbrados son el reflejo de la rectitud y la sapiencia del pueblo que los eligió. Son los frutos que da el árbol de la nación, y los principios éticos, el abono.

    También está el consejo bíblico que nos dice “por sus frutos los reconoceréis”, para recordarnos que no son los discursos ni las promesas, sino las buenas ejecutorias del gobernante las que valen. Porque una cosa es lo que dicen antes de tomar el poder, cuando son empáticos con sus electores. Otra cosa es lo que ocurre después, y para la muestra tenemos ejemplos infinitos desde el comienzo mismo de la Historia.

    Así, si le echamos la culpa al gobierno elegido popularmente de los males que nos aquejan, deberíamos mirar primero qué hicimos o qué dejamos de hacer nosotros como sociedad para que dichos males se hubieran acarreado sobre nuestras cabezas.



    Y todo esto lo digo por la sociedad colombiana. Próximamente elegiremos presidente motivados (otra vez) por un gran cambio que se promete como la redención última de nuestros padecimientos históricos. Es probable que dentro de unos años nos estemos quejando (como hoy) de que las cosas salieron mal. Le echaremos en cara el error a los compatriotas obnubilados que se dejaron convencer por las promesas, o que simplemente, cansados de tanta estafa, ardidos de tanto ultraje, eligieron la peor opción para así irnos de una vez al abismo y no tener que seguir muriendo lentamente. Le echaremos la culpa al impostor que la sociedad ungió, ya sea por ingenuidad o por puro despecho, porque al igual que los otros, también se aprovechó. Con el agravante de que por él nunca antes estuvimos tan dispuestos a perderlo todo; tan suicidas.   

    Hay que examinar el entorno dentro del cual se ha forjado el caudillo de marras y determinar por qué se le permitió llegar hasta donde llegó. Hay que identificar la cultura e idiosincrasia que tiene el pueblo que lo eligió; qué tipo de valores encarna; quién influyó en su educación, si acaso tuvo alguna; cuáles son los paradigmas que ese pueblo tiene inculcados en su opinión. Porque una sociedad en conflicto, surcada por la violencia, el odio, el resentimiento; colmada de corrupción; educada en la cultura del avivato y el facilismo; dispuesta a saltar por la borda si no se le conceden sus caprichos mendicantes; vendiéndose al postor que mejor pague por su conciencia; nunca, pero nunca, podrá elegir a un buen gobernante. Ni siquiera tendrá una baraja de candidatos respetable.

 Dentro de unos años, cuando en medio de la pobreza de la nación se quiera ejercer la autocrítica, ya será demasiado tarde. Todo se habrá quedado en un anhelo de que las cosas hubiesen sido diferentes por no haber sembrado con la semilla de la racionalidad.



    Los psicólogos utilizan un término que bien podría acuñarse en la sociedad colombiana: pensamiento ilusorio, que consiste en percibir la realidad a través del deseo para derivar de allí una actitud ilusa, irresponsable, egoísta y tendenciosa. Al final la persona termina creyendo que las cosas se resolverán de la mejor manera sin tener en cuenta que los indicios apuntan hacia otro lado. Es una fase de negación ante las evidencias irrefutables de lo que se viene encima.

    Si los colombianos le apostamos a esa ilusión de que todo seguirá igual en el futuro, que nada malo podrá suceder, no podremos quejarnos el día de mañana. No podremos decir “debimos habernos preparado para la debacle”. No valdrán los lloriqueos ni los señalamientos, diciendo que la culpa es de la derecha oligarca, del capitalismo salvaje, del imperio yanqui. La culpa, la verdadera culpa, será del pueblo mismo por haber tomado esa actitud de escepticismo frente a la realidad política del país. De diversas formas nos lo advirtieron y nos hemos negado a creer gracias a nuestro optimismo desbordado.

    Porque como buenos exponentes de esta región latinoamericana, nos gusta posponer las responsabilidades con tal de no afrontar el dolor de la incomodidad, ignorando de paso la realidad cruda que está tocando nuestra puerta para traernos malas noticias.




    Por los fanáticos nada puede hacerse. Ni hoy, ni dentro de cuatro, diez, o veinte años. Ellos seguirán pensando que su líder, aunque los tenga pidiendo limosna en los semáforos, aunque los suma en la más estólida miseria, les seguirá brindando una luz de esperanza “cuando los enemigos de la revolución al fin caigan y la amenaza extranjera que los bloquea se termine”. Porque cuando los gobernantes son tiranos siempre buscarán los culpables más allá del horizonte.

    Pero me da coraje por los incrédulos, tan cómodos en sus sillones, jactándose de que nada va a pasar y moviendo la cabeza de un lado a otro cuando alguien intenta advertir sobre el peligro.



    Así mismo ocurrió en los tiempos de Noé, y ya ven lo que pasó. Los animales se salvaron, pero a los que se decían ser racionales y se burlaron del pobre Noé, se los llevó el diluvio.

    Ustedes saben a qué me refiero. No hace falta decir nombres ni repetir la monserga de los indignados. En todo caso, por si cualquier cosa pasa dentro de unos años, no metamos a Dios en esto. Culpa nuestra. Aunque en muchos casos tengan que pagar justos por pecadores.      

sábado, 21 de mayo de 2022

De agendas, acuerdos, tratados y otras farsas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Se ha hecho evidente, desde la promulgación de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas en 2015 (17 objetivos de políticas públicas para ejecutar de igual manera en todos los países miembros), que esos objetivos de desarrollo sostenible no son las causas nobles que parecen. Por el contrario, su trasfondo abstracto es peligroso. Hay que poner más cuidado en lo que no dice esa declaración, que en lo que dice. Al mejor estilo de los sutiles mensajes subliminales que los expertos encontraban en la publicidad o en las canciones de rock cuando se ponía a girar en sentido contrario el tocadiscos, la ONU ha plagado su agenda programática de mensajes cifrados que ha encubierto con palabras talismán, eufemismos y lugares comunes para ocultar sus verdaderas intenciones.

    Hablar de paz mundial, de lucha contra la pobreza, de protección del medio ambiente, de garantizar los derechos, etc., es lo más acertado políticamente en aras de mantener una sociedad mundial unificada, pues todo ello corresponde al paquete de anhelos históricos de la humanidad. Anhelos que por cierto ha logrado ver cumplidos durante muy cortos períodos de su existencia, por no decir que ninguno: ¿Acaso se recuerda un momento de la Historia en que los seres humanos no hayamos protagonizado una sola guerra o padecido las infamias de nuestra torcida naturaleza que nos hace tender al egoísmo, al odio y al deseo de aniquilar al prójimo? Porque eso de que el Hombre nace bueno, como decía Rousseau, sí que es uno de los grandes mitos que hay que desmontar. El mal parece ser un componente de fábrica.



    Así, la estrategia de los organismos internacionales con la ONU a la cabeza apunta a ser la farsa más grande de todas. Como en los regímenes totalitarios, la propaganda siempre es una estrategia efectiva a la hora de modificar el pensamiento de las masas. Y la agenda 2030 es una propaganda que toca las fibras más delgadas de una sociedad a la que le han insuflado la idea de cambiar todo, tanto lo que está bien como lo que está mal.

    Y el cambio, desde luego, siempre es la constante, necesario por demás. Sólo que este debe estar cimentado en la mejora de la vida de los individuos, tanto física como mentalmente. Y en lo mental se incluye lo ético y lo moral, que son los aspectos más despreciados por nuestra especie. En este orden la Agenda 2030 nos invita a un cambio de mentalidad para vivir dentro de un sistema que en aproximadamente ocho años al menos nos logre cambiar la percepción de la realidad.

    Pero todo es una farsa. El objetivo central está dirigido puntualmente a controlar la población mundial. Es un discurso para culpar al hombre por el desequilibrio del planeta, de ahí que se concluya que el género humano no merece reproducirse más. Por ello se repiten tanto las palabras desarrollo sustentable, diversidad, salud sexual y reproductiva, calidad de vida, entre otras. No son más que eufemismos para darle carta abierta al atraso económico, a la pobreza, a la escasez de alimento, a la pérdida de la propiedad privada, al aborto, a la ideología LGBT, a la inmigración descontrolada; todo ello arropado bajo la bandera del ecologismo. Muy sutilmente, una narrativa que concibe al ser humano como una plaga que hay que desaparecer para que las nuevas generaciones aspiren a tener un planeta digno para vivir.



    Hace unos años, cuando ya finalizaba mi adolescencia y entraba en la etapa de la adultez, existía por televisión una serie animada que se llamaba el Capitán Planeta y los planetarios. Ya por esa época no veía dibujos animados con fervor, pero recuerdo muy bien que fue tal vez el primer programa de corte ecologista que hubo. Se trataba de cinco jóvenes, cada uno con un poder especial que representaba alguno de los elementos de la Tierra. El menor de todos no contaba con ningún atributo en particular, salvo la fuerza del amor: el poder del corazón, sin el cual el fuego, el aire, la tierra y el agua no podrían imponerse sobre sus adversarios. Está claro que ninguna historia puede generar recordación positiva si no se apela a la emocionalidad del televidente. Juntos invocaban al Capitán Planeta para luchar contra maleantes que cometían alguna acción en contra de la naturaleza: contaminar un río, talar un bosque, enrarecer el aire con sus industrias pesadas, en fin. Allí también se hablaba de la Gaia, que era un espíritu que personificaba al planeta como si este fuera un ser con vida independiente. La serie, que en principio fue realizada para promover la toma de conciencia por el cuidado del medio ambiente, fue financiada por Ted Turner, fundador de CNN y su principal productor.

    Turner es desde hace tiempo partidario del control poblacional y nunca ocultó que lo único válido para salvar el planeta de su devastación era la reducción demográfica. Capitán Planeta fue tal vez uno de los primeros programas de aleccionamiento en materia ecológica. Pronto, Turner se daría cuenta (o ya lo sabía) que a la temática ambiental se le podría sacar importantes réditos. Uno de ellos, convertirla en el caballo de batalla con miras a establecer un nuevo estado de cosas en el que la humanidad fuera dividida en castas. Arriba los detentadores del poder, en el medio los agentes ejecutores, y en la base el resto de sociedad que no tiene voz ni voto en la distribución del mundo.

    En eso consiste también el discurso de Naciones Unidas: nunca antes los financiadores de la causa ecologista habían visto tan llenas sus arcas y tan favorecida su imagen. Mientras destinan dinero a todo tipo de instituciones ambientales, quedan ante el público como los que verdaderamente quieren salvar el mundo: los nuevos Capitanes Planeta.



     Por otra parte, los dueños de los grandes medios de comunicación se dan el lujo de presentar la información como más les conviene. Charlie Chester, el pasado Director Técnico de CNN, admitió que su cadena había manipulado la información en torno a las pasadas elecciones presidenciales en Estados Unidos para favorecer la campaña de Biden. El video fue grabado sin que él se diera cuenta, por ello causa mayor impacto.[1] Allí mismo dice que manipularon de forma peligrosa lo relativo a la pandemia. Cuando la gente se cansó de los confinamientos y comenzó a perder el miedo, Chester anunció que la próxima campaña amarillista estaría apuntando a la tergiversación del cambio climático.

    Una de las maneras de engañar es proclamando el cuidado del medio ambiente a través de tratados internacionales como lo es el Acuerdo de Escazú[2], llamado así porque se adoptó en una población costarricense del mismo nombre, siendo el primer acuerdo regional ambiental de América Latina y el Caribe, pero ni siquiera Costa Rica, país de donde es originario el acuerdo, se suscribió a este. El gobierno arrodillado al globalismo de Iván Duque, por supuesto que lo suscribió. Colombia negoció así su soberanía con la comunidad internacional.



    Se entiende entonces que los metacapitalistas estén comprando tierras a dos manos, en especial en países privilegiados en recursos naturales para hacerse con el control alimentario. La fórmula es muy sencilla: los magnates destinan dinero a los Estados en forma de ayuda filantrópica para la conservación de ciertas reservas forestales; los Estados reciben el dinero, lo gastan en lo que le dé la gana al gobernante de turno y le dan vía libre al “empresario” para que explote los recursos que desee mientras se hacen los de la vista gorda. Otra forma es hacer que la gente de las regiones rurales se empobrezca para que los “empresarios” se adueñen de los predios, ya sea comprándolos a precios reducidos o despojando a los tenedores. ¿Y cómo empobrecer a las regiones con rapidez? Precisamente, a través de la herramienta política del Acuerdo de Escazú, que en Latinoamérica se usa para que en nombre del cambio climático los supra-estados puedan intervenir en los países y confiscarles sus tierras o detenerles los proyectos productivos.

    Cuando los lugareños no quieren vender y los poderosos no quieren pagar, la solución es más simple aún: utilizar grupos criminales que se hacen pasar por indígenas o nativos, pero en realidad son parte de guerrillas y clanes terroristas. Con alguna frecuencia incineran los campos de los pequeños propietarios. El Estado y los organismos internacionales hacen presencia en nombre del acuerdo para expropiar esos campos por supuestas “malas prácticas” o “atentados contra el medio ambiente”. Las quemas son prohibidas y se responsabiliza de ello al labriego que no ha tenido nada que ver. Luego se les otorgan esas tierras a los mismos delincuentes y “empresarios” que fueron tolerados y muy bien financiados. Todo un atentado contra la propiedad privada. Eso sí, sólo atacan a los pequeños propietarios. Nadie jamás se mete con los grandes dueños de las zonas como Soros, Jeff Bezos, la Corporación Benetton o la Fundación Gates. Ellos, los mayores latifundistas, los globalistas internacionales, siempre salen ilesos en todas sus movidas.



    Así las cosas, no hay por qué esperar vientos de cambio. La inflación, la escasez de alimento, el incremento de la pobreza, el auge del socialismo, la pérdida de libertades, el aumento de la delincuencia, el desempleo, la corrupción, la enajenación por los estupefacientes, la locura y la indiferencia, entre tantos otros males con los que hoy tenemos que lidiar como humanidad, seguirán siendo la consecuencia natural de todas estas nuevas agendas, acuerdos, tratados y otras farsas. Igual que las viejas agendas y los viejos tratados que en otras épocas suscribieron otros poderosos.



[1] https://nypost.com/2021/04/13/cnns-charlie-chester-says-network-peddled-anti-trump-propaganda/

[2] https://www.expreso.com.pe/opinion/la-trampa-de-escazu/

sábado, 14 de mayo de 2022

Colombia, a las puertas del infierno

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    A ocho días de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, el panorama que nos pintan las encuestas no ha cambiado sustancialmente: Petro sigue liderando la intención de voto, Fico lo secunda con prácticamente la mitad del porcentaje. Atrás vienen los del llamado centro: Hernández y Fajardo, cuyos votantes son los que definirían esto en segunda vuelta; y muy atrás, con un porcentaje ínfimo, casi que simbólico, vienen los demás: Ingrid, Enrique Gómez y Jhon Milton Rodríguez. Estos dos últimos, los que más se le acercan a una ideología de verdadera derecha en Colombia. Debe estar muy mal la derecha para que no alcance a representar ni el 3% de la intención de voto presidencial.

    Porque contrario a lo que se piensa, Fico no representa la verdadera derecha. Él podría ubicarse en el sector de la centro-derecha, si se quiere, que a veces se corre más al centro o a la centro-izquierda, pero no se ubica en una derecha conservadora y antiprogresista, que es la que anhelan los colombianos que se identifican con esta corriente ideológica. Él mismo no se quiere encasillar en el espectro de las viejas tendencias. Quiere desmarcarse de eso, pero es un error: mientras la extrema izquierda petrista va con toda para asegurarse la presidencia por la razón o por la fuerza, aglutinando lo peor de la política colombiana y pactando con cuanto indeseable tenga que pactar para encumbrarse en el poder, el ingenuo y bien intencionado Fico pretende convencer con un discurso políticamente correcto, en donde pide que nos olvidemos de las disputas ideológicas y nos unamos todos por el bien de Colombia. Ojalá fuera así de fácil, Fico, pero la realidad es otra.


    Esta disputa presidencial hay que entenderla como una lucha a muerte contra la internacional comunista. Los colombianos nos estamos jugando el pellejo en las votaciones más importantes de la historia republicana. Fico intuye que sí, pero no se atreve a tomar el toro por los cuernos. Tal vez desconoce que el poder de la izquierda no es sólo contar con el voto de muchos ciudadanos erráticos, confundidos o malintencionados (que quieren un cambio que nos va a precipitar al abismo), sino que es además el poder de una gran fuerza global en la que interfieren actores de distinta índole, todos estratégicamente organizados y con el plan ya trazado para que el socialismo se encumbre en Colombia: Grupo de Puebla, Fundación Rockefeller, Open Society Foundation, CIDH, CEPAL, ONU, Banco Mundial, Cuba, Venezuela y demás países miembros del Foro de San Pablo, movimientos sindicales, organizaciones guerrilleras como las Farc, el ELN, y otros grupos narcotraficantes, y en general los gobiernos adscritos al socialismo del siglo XXI, son algunos  de esos actores.

    Claro que es una cuestión de izquierdas y derechas, hoy más que nunca. Esa batalla toca darla, y especialmente por el lado de la cultura. O tocaba darla desde hacía mucho tiempo para no haber tenido que pasar por este momento histórico tan peligroso. Desde luego que los organismos internacionales tienen aquí las manos metidas, como las tuvieron en la toma guerrillera urbana de 2021, la que disfrazaron de protesta pacífica. Desde luego que el plan de la izquierda internacional ya está trazado con ayuda de globalistas y grandes financiadores; los mismos que ayudaron a subir presidentes socialistas en toda Latinoamérica.



    No es una teoría conspirativa. La realidad salta a la vista. Tomemos un mapa político de Latinoamérica para que veamos que ya está casi todo pintado de rojo. Sólo faltan Colombia y Brasil por caer. Así como los otros dos países del Pacto de Lima —Perú y Chile—, ya cayeron en manos del socialismo, a Colombia le piensan asestar el golpe en estas elecciones.

    De modo que Fico, el candidato que apoyaré en segunda vuelta en caso de que pase, debe entender que no sólo están las ideologías de por medio, sino los intereses globalistas materializados en agendas que a veces él mismo se ha encargado de apoyar sin darse cuenta, como la agenda LGTB: no sabe Fico toda la estafa y la amenaza para los intereses nacionales que se esconde detrás de esa farsa.

    Por el lado de Petro, a él no sólo lo favorecen las encuestas, sino todo el sistema que se ha montado para que sea el ganador. Es la crónica de una muerte anunciada. Todo está preparado de antemano. Las instituciones ya están cooptadas por la izquierda, entre ellas la Registraduría, que después de las elecciones legislativas tendió un manto de duda acerca de la confiabilidad de sus procedimientos y funcionarios.




    Petro ya se siente presidente. Ya gobierna en las sombras y es el dueño de la orden que obliga a generar el caos o a mantener la estabilidad. Se da el lujo de hacer alocuciones cuasi presidenciales desde sus redes, enviando a su ejército de apoyadores de La Primera Línea a incendiar el país; hace actos de campaña en plaza pública cuando en el momento no lo había permitido el Consejo Nacional Electoral. Luego se va a España a obtener el apoyo del partido socialista español, el partido de gobierno, y seguramente a contratar a los mercenarios… digo, a los escoltas que hacen parte de su equipo de seguridad. A lo mejor fueron los que infiltraron la campaña de su contradictor más próximo. Después se reúne con los directivos de INDRA, la empresa que va a suministrar el software para contar los votos en las elecciones presidenciales. Si se hiciera una comparación con el fútbol, eso tiene el mismo efecto suspicaz de un directivo de un equipo que se reúne con el árbitro a puerta cerrada antes de comenzar el partido. No deja un sabor de juego limpio. Después aparece borracho en un acto de campaña en Soacha y ninguna autoridad se pronuncia. Luego manda gente de su campaña y de su familia a las cárceles a que se entrevisten con condenados por corrupción, los que se robaron a Bogotá, y luego sale a proponer un perdón social para los que han delinquido, qué belleza. Después sale a decir que los paramilitares son bienvenidos a su campaña y protesta por la extradición de Otoniel, porque pareciera que a Petro le gusta el narcotráfico. De hecho, él es partidario de la legalización y la no extradición. ¿Acaso pensará ser el jefe del cartel más grande de Colombia cuando esté en el gobierno, al mejor estilo de Nicolás Maduro? Si así es como candidato apenas, no quiero imaginarme lo que será como presidente.



    Y no hablemos mucho de su vicepresidente (no vicepresidenta), la señora Francia Márquez, la misma que recibió el beneficio del Ingreso Solidario, el cual se suponía que era para las personas más pobres, creado durante la pandemia para hacerle frente al hambre que muchas personas tuvieron que pasar ante la imposibilidad de salir a ganarse su sustento. Ella, a sabiendas de que no lo necesitaba, se quedó muy calladita porque aparecía en la lista de los beneficiarios, y pues ella qué culpa, ¿verdad? Aparte, Francia repite de memoria el discurso de la nueva izquierda, el de la victimización, el de la reivindicación, el del feminismo, el racismo, el ecologismo, la agenda LGTB, el igualitarismo, en fin. Encarna todo lo progresista que se puedan haber inventado, importándonos problemas de otras sociedades para tratar de gestarlos aquí, porque las instrucciones que le dieron parecen ser muy claras.

    ¿Y qué decir de los aliados del Pacto Histórico? Dejan mucho que desear. Uno duda que sean ellos los que van a representar el cambio. Basta mirar quiénes acompañan a Petro: Gustavo Bolívar, el financiador de la Primera Línea, que de ninguna manera son muchachos perseguidos injustamente: son terroristas urbanos, muchos de ellos pertenecientes a las células urbanas del ELN, como se demostró. Roy Barreras, el discutido y eterno senador que ha militado en todos los partidos y del que todavía no se conoce su participación en los desfalcos de Caprecom y Saludcoop porque precluyó la investigación sin saberse la verdad. El desfachatado Armando Bennedetti, investigado por corrupción y enriquecimiento ilícito, aunque esas investigaciones son las que nunca avanzan. El amigo de los delincuentes de las Farc, el senador Iván Cepeda, el que al parecer tiene licencia para entrar a las cárceles con grabadora en mano para registrar testimonios sin que nadie le cuestione por ello. En honor a su padre bautizaron las Farc el frente Iván Cepeda Vargas, de manera que el senador tiene que estarles muy agradecido. Fue el mismo que apoyó al bandido de Santrich cuando la JEP se negó a extraditarlo; le levantó las manos en señal de victoria como una burla hacia el país, pues el “cieguito” se hizo la víctima de un entrampamiento, pero se descubrió que seguía delinquiendo después de la firma del espurio acuerdo de paz.

    En conclusión, el panorama electoral en Colombia es turbio, y cualquier otro candidato que gane sería un alivio temporal que nos pospondría el fantasma del comunismo por cuatro años más, aunque no estaremos a salvo.



    Como apuesto a que no habrá ganador en primera vuelta, si estuviera en mi país votaría por Jhon Milton Rodríguez o por Enrique Gómez, pues es un voto de opinión en el que se vota por el candidato que más lo puede representar a uno. De hecho, me parecen mejor las ideas de Jhon Milton, que es cristiano y está del lado de la familia y la fe. Por eso considero que nunca será un voto perdido, así los pragmáticos digan lo contrario.

    En segunda vuelta sí me voy con todo con Fico, que me parece un buen tipo y se ve que quiere hacer una buena presidencia. No creo que sea el continuismo de Duque, aunque tengo mis reservas cuando los financiadores de las agendas progres lo cojan por su cuenta y lo convenzan de hacer parte del avance por los derechos, la diversidad, el desarrollo sostenible y cuantas patrañas se les ocurra en nombre de la pérdida de las libertades.



    Por Petro nunca. Jamás. Hay que ser un desalmado, un bruto o un mediocre para votar por él. Como lo dijo alguna vez el periodista Felipe Zuleta: “si gana Petro el país se va a la mierda”. Porque no estamos en ella todavía, como dicen los zurdos, pero con su ayuda, pronto estaremos allí.

    Porque si al final de este periplo electoral, el nuevo presidente de Colombia se llama Gustavo Petro, el país deja de estar a las puertas del infierno para adentrarse en él.

sábado, 7 de mayo de 2022

Extradición de doble moral

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




 

    Por fin alias Otoniel fue extraditado. Una parte de los colombianos nos mostrábamos escépticos frente a esa posibilidad, y en el transcurso de esta semana se hizo realidad.

    “Debería pagar su pena en Colombia, entregar sus bienes, reparar a las víctimas y decir todo lo que sabe de sus socios del poder”, escuché que dijo uno de los líderes de la oposición política, siempre tan dispuestos a criticar cualquier medida que tome el gobierno. En este caso no fue el Ejecutivo, sino el Poder Judicial el que aprobó la extradición, de modo que los vainazos que le están tirando a Duque por haberla firmado, deberían tirárselos primero a la Corte Suprema de Justicia. Para efectos de su conveniencia política, ahí la oposición ya no celebra la independencia de los poderes.

    “Como si desde Estados Unidos no pudiera hablar”, escuché que dijo el contradictor.

    “El gobierno lo extradita porque no quiere que Otoniel diga la verdad. ¿Qué es lo que tanto teme Duque?”, continuó otro político en medio de un debate acalorado de una emisora nacional. Ahí me puse a hacer las cuentas y pensé que si este narcoterrorista, como hay que llamarlo (mucho más acertado que decirle rata de alcantarilla), llevaba más de seis meses detenido y no había dicho ninguna verdad, pues ¿qué tanto había que esperarlo? ¿Por qué la corte respectiva no adelantaba la diligencia para ver qué era lo que tenía que decir?



    Nada, seguro no tuvo nada que decir. La verdad impajaritable es que el sujeto es un delincuente. Las maniobras que se intentaron buscando dilatar su extradición iban a ser un papayazo para darle tiempo a que se fugara de la cárcel, como en efecto estaba planeando. Se iba a repetir la historia deshonrosa que el país tuvo que vivir con ese otro narco de las Farc, el alias Santrich que sí se pudo perder del radar de la justicia gracias a las dilaciones y laxitudes de la JEP.

    Por fortuna a Otoniel se lo lleva la DEA a un lugar donde al menos no va a poder seguir delinquiendo. Porque en ninguna parte hubiera quedado más dispuesto para continuar con su actividad delictiva este rufián, que en una cárcel colombiana. No nos digamos mentiras: aquí a ese tipo de reos los consienten con toda clase de lujos y comodidades: parrandas, trago y mujeres, como en el paraíso del criminal colombiano. (Véase el caso Monsalve). Siempre un poder oscuro y corrupto está dispuesto a dejarse untar la mano.

    Que pague primero en Estados Unidos, estoy de acuerdo. Que se lo lleven bien lejos de sus socios. Y después de unos buenos años de condena, que venga a pagar los crímenes que debe aquí. Espero que para ese tiempo hayan purgado todo el sistema carcelario colombiano. El gobierno americano no va a impedir que un juez de la República lo pueda interrogar vía Zoom, como tantas veces se ha hecho. Pueda ser que allá ese salvaje aprenda una lección que conlleve no pocos padecimientos físicos y morales, como penitencia en vida por sus atrocidades.    

    Lo que no me sorprende es la posición desgreñada de políticos e influenciadores de oposición, que fueron los primeros en pegar el grito en el cielo. Para ellos el gobierno no debió extraditar a Otoniel porque con ello se lleva la verdad que necesitan las víctimas, así como los bienes que debiera entregar para la reparación, con los que seguramente negociará con el gobierno del país del Norte para obtener una rebaja de penas y convertirse en un colaborador de la DEA. Luego saldría libre después de pagar unos pocos años de condena y regresaría a disfrutar del dinero que le quedó y posiblemente a seguir delinquiendo, pues la extradición, tal parece, ya no es un arma de presión para los narcos. Visto así, no es alentador para Colombia el panorama de prebendas que le aguardaría a Otoniel con el gobierno americano. Aún así, es peor que lo dejen en Colombia.



    Los candidatos de izquierda a la presidencia de la República tampoco están de acuerdo con la extradición. Especialmente el de la extrema izquierda, que se queja de que al extraditar a Otoniel, Colombia estaría renunciando a su soberanía, cuando es todo lo contrario: la firma del tratado de extradición es válida precisamente porque Colombia es un país soberano.

    Pero no debe extrañar que la ultraizquierda se rasgue las vestiduras cuando Colombia, en ejercicio de su soberanía, decide aplicarle el tratado de extradición a un narcotraficante. Se duelen porque están tomando una posición desde su conveniencia política. ¿Acaso no fue uno de los de la cúpula del Clan del Golfo el que dio la orden en las poblaciones bajo su dominio terrorista de votar por Petro? Porque aparte de levantar votos en las cárceles, ahora Petro le da la bienvenida a los paramilitares (o más bien a los narcotraficantes de cualquier pelambre). Siendo enemigo de la extradición, el candidato de los pactos con delincuentes se convierte en el principal aliado. No sea que también estén buscando que les otorguen el perdón social, cuando lo promulguen ley de la República.

    Y ahí están los centros de pensamiento, las universidades públicas con Fecode a la cabeza (que se manifestó abiertamente a favor de Petro), haciendo política cuando lo que deberían estar haciendo los maestros es educando a los jóvenes y no instruyéndolos en ideologías que les arruinarán su futuro. Porque es en la academia donde se promueve el debate político inclinado hacia un lado de la balanza. Se escriben toneladas de literatura denunciando las causas de nuestro desastre histórico; se hace un recuento de todo aquello que nos tiene como nos tiene; se pronuncian alocuciones en donde se quejan de la corrupción (de la cual ellos también son partícipes), de la continuación del feudalismo en pleno siglo XXI, pero al mismo tiempo omiten los pecados que cometieron algunos de los miembros de esas colectividades que dicen que los representan.


    Tal vez coincidamos en el recuento de muchos de los baches de nuestra historia, pero en el presente omiten algo muy importante, y es que el gran lastre nacional se llama cocaína.

    De eso no se habla; es algo que cuesta reconocer, como si fuera prohibido mirarse en el espejo y señalar el lunar en la cara, que son las más de 250.000 hectáreas de tierra que nos quitó el crimen organizado, porque es comida que se deja de producir para sembrar muerte. Es suelo del que se apropiaron los carteles que difícilmente vamos a recuperar. La deforestación y la esterilidad a la que ha sido sometida, impedirán que esa tierra algún día pueda volver a producir alimento de calidad. Nada que desangre más la fertilidad de nuestros suelos que arrancar monte para sembrar coca.

    La solución que proponen para este flagelo es simple: dejar de combatirlo. Legalizarlo. No proponen una alternativa distinta para la lucha contra las drogas que sea efectiva y mengüe el poder de los carteles y las mafias. Todo lo contrario, su genialidad consiste en hacer posible que el nuestro sea un narcoestado ya legalizado.  

    Y tampoco ve uno a los partidos verdes de corte ecologista/progresista protestar por el abuso al que se han sometido nuestros recursos naturales en aras del negocio al que no se debe combatir, porque según ellos, el glifosato es dañino para la salud. Como si lo que comemos no estuviera fumigado de antemano con pesticidas y fertilizantes que contienen toda clase de químicos.

    Se quejan de la explotación ilegal de nuestras selvas por parte de mineros, madereros, empresas petroleras e industrias contaminantes; de la ganadería que según ellos está destrozando miles de hectáreas, generando una pobreza sin precedentes; de los desastres ambientales generados por ciertos proyectos productivos que debieran detenerse. Raro que ninguno sale a protestar cuando vuelan los oleoductos y se generan los derrames de petróleo; se contaminan las quebradas y los ríos, sustento de muchas familias de pescadores que ya no pueden sacar el pescado inservible. Curioso que en los discursos veintejulieros de sus reclamos todo sean arengas contra el gobierno y ni una sola afrenta contra los grupos de narcotraficantes (sean guerrilleros, paramilitares, organizaciones armadas de cualquier índole, porque todos son lo mismo). Estos son los que están provocando el verdadero desastre ambiental y social del país. Pero ni una palabra en contra.



    Porque de nuestras violencias históricas enmarcadas por desplazamientos por parte de las élites que se han quedado con las tierras; de los asesinatos, secuestros, crímenes de Estado y demás; sí hablan. Se habla de la arrogancia de nuestros empresarios, que por su ambición desmedida, ascendieron de clase social, y ahora son considerados unos tecnócratas con ínfulas de modernidad a pesar de provenir de las huestes más profundas del pasado agrícola y campesino de sus predecesores. Se habla de la lucha de clases, de la reivindicación de los oprimidos, de los derechos de las minorías, de la explotación de los ricos, las desigualdades.

    De todo se habla, menos de lo que se tiene que hablar, y es que la coca nos comió. Y de allí provienen tanto la violencia como la corrupción.

    Son estos nuevos narcos los que están generando el desangre del país: los que asesinan líderes sociales, los que están comprando conciencias en las cortes, los que están financiando proyectos de ley para que no les toquen el negocio. Y la alianza con las clases políticas no respeta ideologías: ahí está tanto la izquierda como la derecha.

    ¿Acaso importa que Otoniel pertenezca al Clan del Golfo, a las Farc o al ELN? ¿Acaso no son todos iguales, narcotraficantes? Porque para la izquierda todos tienen que confesar una verdad, menos la de ellos. ¿Han obligado a confesar a los ex miembros de las Farc que ahora están en el Congreso un delito de lesa humanidad? Claro que no. Los delitos siempre los cometen otros, comenzando por el gobierno.



    Esta extradición de Otoniel dejó un sabor amargo de la izquierda a la hora de cuestionar a un delincuente: si es considerado paramilitar del Clan del Golfo, se oponen a la extradición por cuanto el sujeto tiene mucho que confesar acerca de sus supuestos socios, que son generales del ejército y funcionarios del gobierno. Si es un guerrillero de las Farc, se oponen porque según ellos, todo ha sido producto de un entrampamiento, una persecución, una injusticia.

    Ah, la doble moral.

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...