lunes, 29 de junio de 2020

Los malos ejemplos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    ¿A quién se le ocurre hacer un plantón en medio de una pandemia? A Fecode y a las centrales obreras. ¿A quién se le ocurre proponer el día sin IVA? Al Gobierno Nacional. ¿A quién se le ocurre salir y hacer cola a la entrada de los almacenes sin tomar las medidas de protección? A los ciudadanos inconscientes. ¿A quién se le ocurre hacer fiestas en esta época? A los necios irresponsables.
    No importa que no se guarde la distancia, no importa el riesgo de contagio, no importa que se reúnan cientos de personas cuando se supone que está prohibido. Eso no importa, porque lo que importa es vender, protestar, obstaculizar, comprar, beber trago, fregar la vida. La Federación Colombiana de Educadores ya nos dio su ejemplo el pasado 15 de junio: un aplauso para los maestros desobedientes a su sindicato que se quedaron en casa. Ellos son hombres sabios. El 19 de junio el gobierno ayudó a que la gente rompiera sus propias leyes, y a la gente le importó un comino su salud y la de los demás. A la porra los tres meses de cuarentena.

Fecode y los sindicatos

    Empecemos por Fecode. Cada que yo escucho su sigla de tres sílabas, como que comienza a darme un jaqueca que no se imaginan ustedes. No sé por qué, pero algo han hecho los miembros de este grupo para que sean el sindicato más aborrecido del país. No estoy diciendo que los aborrezco, cuidado pues con lo que vayan a interpretar de aquí. Estoy diciendo que Colombia no los ve con muy buenos ojos, que es distinto, así que cualquier reclamo se lo hacen al país, como siempre.
    Señores de Fecode, estoy de acuerdo con su lema de mejorar la educación, de exigirle al gobierno recursos, y si es necesaria la protesta, ¡háganla!, porque está consagrada en la Constitución Política, pero por favor, sepan hacerla. En primer lugar, no utilicen a los menores como objetos de su ideología. En segundo lugar, no obstruyan el paso en las calles a los demás ciudadanos que tenemos tanto derecho como ustedes a transitar en este país. En tercer lugar, si no quieren perder sus privilegios, que de hecho los tienen, demuestren que son competentes para enseñar: mejoren, aprendan. En cuarto lugar, les informo que hay un virus suelto que está dando ahora y que se llama Covid, por si no lo sabían, y es supremamente contagioso. A las personas inteligentes también les da. Qué bueno que ustedes gozan de perfecta salud para animarse a hacer plantones, pero nos pueden poner en riesgo a los demás.  
    No es como dicen los sindicalistas de Fecode, que nos parece un “un pecado mortal que salgan a marchar”. Nada de eso. El pecado está cuando interfieren con la libertad de movilización de las demás personas. Es lo que siempre hacen ellos, los maestros que debieran dar ejemplo. Soy testigo de innumerables marchas en las que detienen el tráfico y perjudican a los que deben asistir a cumplir con sus obligaciones de trabajo, de estudio, con sus citas médicas, con sus demás quehaceres. Sabemos de su derecho a la protesta por una mejor educación, pero entiendan que también hay otros derechos que los demás tenemos, como el derecho a la vida, el cual riñe ásperamente con la protesta en este momento en que la peste está en curva ascendente.
    No es momento de protestar, ni de hacer fiestas, ni de atiborrar los almacenes de cadena por ganarse un descuento; no es responsable, no es solidario con una ciudadanía que quisiera salvarse del Covid-19. Quienes nos guardamos en casa también queremos vivir sin enfermarnos. En las circunstancias actuales, lo que se genera en esos escenarios es un foco de contagio inevitable que luego alcanzará a los que estamos tratando de protegernos. Porque la brutalidad del gobierno nacional, o de Fecode y las centrales obreras, o de los ciudadanos que rompen la cuarentena y no toman medidas, es intolerable. Los llamados a plantones, los días sin IVA, las fiestas, las aglomeraciones, todo ello atenta contra la vida.
    Así que no me digan, en el caso de Fecode, que los que estamos en desacuerdo con su protesta sólo generamos ruido cuando se sabe que estamos en emergencia sanitaria.
    No veo que hayan hecho ningún despido masivo de maestros del sector público durante este confinamiento, a diferencia de muchos otros colombianos que sí han perdido su empleo. Ha tocado laborar con limitaciones, es cierto, porque la enseñanza virtual es una modalidad muy poco explotada en nuestro país, y el virus nos obligó a considerarla como un instrumento valioso. A pesar de ello, no podemos engañarnos: como no estábamos preparados para la educación a distancia, el resultado fue un aumento de la mediocridad académica.
    Sin embargo no veo que estén pensando en estrategias para mejorar la educación virtual, que seguro que como vamos, se tendrá que seguir apelando a ella. No se ven propuestas que aminoren el impacto de la emergencia, ni de parte de Fecode, ni de parte del gobierno, que tampoco entiende que no todos los estudiantes tienen acceso a un computador y a internet, y en eso les doy la razón a los maestros, pero ¿será acaso que marchar en plena pandemia solucionará en algo las cosas? Como tampoco salir desbocados a comprar artículos suntuosos sin IVA nos va a servir de nada. Al contrario, todos saldremos damnificados en un juego de pierde-pierde, así que no hay que empeorar la situación. 
    No basta sólo con exigir recursos como si estos fueran ilimitados. A este país no le cabe una deuda más encima y lo que se viene es una explosión social por la recesión que estaremos próximos a vivir.
    Salvo unos cuantos que se preocuparon por implementar métodos de enseñanza ajustados a las condiciones difíciles que nos ha tocado padecer, pareciera que muchos otros fueron rebasados por las circunstancias y que no supieron ponerse a la altura del reto. Rescato por ejemplo aquellos docentes que cambiaron su metodología para romper con el paradigma de la pedagogía tradicional, trabajando en el desarrollo de la capacidad oral y el pensamiento crítico a través de lo audiovisual que sustituyó a la tarea escrita. Eso se logra mediante la convicción de que es posible crear otra realidad; cuando se piensa más en una sustancial mejora de la educación con el uso de la herramienta tecnológica, que en invertir el tiempo en plantones que en este momento son tan inconvenientes como las reuniones sociales. Tuvo que venir el Covid para pensar en reinventarnos, no sólo a nivel educativo, sino también a nivel laboral, y al menos eso será algo bueno que saquemos de esta crisis.
    Ya sé que con lo que acabo de escribir sumo un nuevo grupo de detractores a mi columna, y eso me encanta. Fecode será sin duda un enemigo muy aguerrido, con su caterva de intelectualoides que están más en la función sindical que en la pedagógica; seguro tendrán argumentos para destrozarme en el debate y no tendré cómo defenderme. Pero no me van a convencer. Debería darles vergüenza. Creo que es de esos gremios que no se necesitan, pues poco valor le aporta al sector educativo cuando sus miembros y sus directivos tienen privilegios que la gran mayoría de colombianos no tenemos.
    “Si los demás no luchan por lo suyo, ¿por qué nosotros tenemos que quedarnos callados y no exigir lo que nos corresponde? No es culpa nuestra que otros no reclamen”, me decía un día uno de los sindicalizados con la empatía que los caracteriza. Hoy que conozco más de este gremio, yo le respondo a este docente, al que me consta que no le falta nada, que en justicia todos deberíamos tener los mismos derechos, y que para hacerlos valer, también hay que cumplir con nuestros deberes como ciudadanos. No contrariar las normas es uno de esos deberes.

miércoles, 24 de junio de 2020

Incitación a la violencia


Por Juan Felipe Giraldo Trejos


Para tener enemigos
no hace falta declarar la guerra;
sólo basta decir lo que se piensa.

 Martin Luther King






    En días pasados di a conocer un artículo que se titula “Sociópatas”, en este mismo espacio, en el que se narra la historia de mi amigo Nicolás y su drama con el proveedor de internet: un pésimo servicio técnico dejó a Nicolás sin conexión durante varios días. Allí expuse también la sensación de frustración de la que yo mismo fui presa, porque me ocurrió una circunstancia similar. En ambos casos nuestra reacción se encuadró dentro de un marco figurado de violencia. En el caso de él, a través de un intento premeditado —y a Dios gracias frustrado— de matar al personal de la compañía valiéndose de un cuchillo; y en mi caso, a través de la fantasía, pues en medio de mi impotencia y la burla de la cual me sentí objeto por parte de la empresa de internet, recreé en mi aturdida columna que era yo quien tomaba venganza convirtiéndome en un kamikaze.
    Fueron centenares las cartas de los lectores (porque aquí todavía nos gustan las cartas físicas, pues no tenemos redes sociales) que llegaron a la oficina del director del mundo al revés exigiendo mi salida definitiva del medio ante mi cínica “incitación a la violencia”, que según dichos lectores, ostenté en el escrito. Los insultos a este servidor no fueron pocos. Entre ellos me tildaron de “Matarife II” y “Yihadista criollo”, y hasta amenazaron con reportar el semanario al Ministerio de Comunicaciones, y con llamar a los censores si continuaba en esa tónica tan ofensiva. Me acusaron los lectores de ser un sociópata peligroso, tal como lo reconocía el título de la columna; de incitar a los compatriotas a inmolarse en las empresas de servicios públicos y de telecomunicaciones, y en las oficinas del Estado dedicadas a la recaudación de impuestos u otros cobros gubernamentales. Manifestaron su temor de que oficinas como la Secretaría de Hacienda, la de expedición de pasaportes, las notarías, el Tránsito, Las Cámaras de Comercio, la Alcaldía Municipal, Catastro, los fondos de pensiones, y hasta los bancos privados y las EPS; estuvieran en peligro.
   
Alarmado por la gravedad del asunto, el director me llamó a su oficina para hablar de mi publicación. Lo había previsto desde que leí la primera carta de un lector. Este me advirtió que tuviera cuidado de no cometer un exabrupto en la empresa de internet: su novia era la que asignaba los turnos en el lugar, y si algo le pasaba, él ya sabía en qué subterfugio del Hades  encontrarme. Temí lo peor, que no era la muerte, sino el despido, pero recordé que no sería la primera vez que estaría en esa oficina. En otras ocasiones me citaron por cartas que enviaron los lectores quejándose abiertamente de mi tendenciosa hostilidad por las figuras de la izquierda; o por sufrir de una presunta homofobia de la cual era sospechoso al no haber hablado en defensa de la marcha LGTBXXX durante un foro sobre derechos especiales. Se quejaron por mis aparentes rencillas contra los maestros públicos sindicalizados y contra los muchachos de la nueva generación; por mi falta de juicio para el planteo de temas psicológicos, y por mi escasa y errática información que era sospechosa de ser extractada de las redes sociales, las cuales no me permitían ser imparcial. De todo eso injustamente me acusaron.
    Llegué a la oficina del director, y este me hizo sentar y me sugirió que me tomara un agua aromática. La conversación sería aguda. Enseguida apareció doña Rosita, la amable señora que se encarga de los servicios generales del informativo, y depositando el pocillo del agua en mis manos, me dijo con sonrisa maliciosa:
    —Uy, Juan, leí su artículo del sociópata. Qué malo usted pensando eso, pero seguro que como siga abusando esa gente con el mal servicio, algún día van a tener un loco que les explote una bomba; es que no le digo, que son mucho lo descarados. Cuando lo van a engrampar a uno con el contrato de afiliación, le prometen un poco de canales y que no sé cuántas megas de velocidad, y que el paquete de no sé qué, y después se da uno cuenta que son puros canales de relleno y que ese internet mantiene caído, y luego le suben la tarifa sin que se cumpla un año, y si uno llama a pedir un mantenimiento se demoran lo que les da la gana, qué porquerías…
    —Rosita —interrumpió el director en tono seco—, muchas gracias por el agua y se puede retirar.
    Rosita se marchó de la oficina y sentí que me quedaba enfrentando a un juez temible. Comenzó preguntándome por qué había escrito esa columna de forma tan visceral sabiendo que mis anteriores razonamientos habían sido tan profundos, y mis conceptos tan lúcidos, y mi mensaje intrínseco tan moral y políticamente correcto.
    — ¿Qué pasa, Juan? —cuestionó—. Ya no se ve en usted esa escritura analítica y coherente que tan bien se identificaba con los principios de nuestra editorial. De un tiempo para acá sus escritos parecen más una opinión larga y banal de cualquier twittero peli pintado que forma bronca en las redes, que la de todo un… bueno, la de un opinador serio que pensábamos que usted era. Se le nota una especie de irreverencia tardía que ya no le queda. Ya tiene cincuenta y dos años, y aunque sigue siendo soltero y todavía vive en su casa materna, ya es hora de que deje de comportarse como un adolescente rebelde de esos que usted tanto critica. Dígame una cosa, ¿está incitando a la violencia?
    —No señor, de ninguna manera —respondí sumiso.
    —Déjeme le voy a leer textualmente lo que encontré en el Código Penal, a ver si logra dimensionar la gravedad de sus palabras. —me dijo el director poniéndose sus lentes y sacando un grueso libro que tenía en su escritorio. Yo tragué saliva, y supe que de esa oficina no saldría completo. Entonces leyó:
Artículo 348. Instigación a delinquir. El que pública y directamente incite a otro u otros a la comisión de un determinado delito o género de delitos, incurrirá en multa.
Si la conducta se realiza para cometer delitos de genocidio, desaparición forzada de personas, secuestro extorsivo, tortura, traslado forzoso de población u homicidio o con fines terroristas, la pena será de ochenta (80) a ciento ochenta (180) meses de prisión y multa de seiscientos sesenta y seis punto sesenta y seis (666.66) a mil quinientos (1.500) salarios mínimos mensuales legales vigentes.
    El director se detuvo y me miró después de leer:
    —Usted no quiere eso, ¿o sí?
    —No, claro que no.
    —¿Se imagina cuántos locos no estarán en alguna de las oficinas públicas queriendo cumplir ese mismo sueño criminal? ¿Qué cree que pasaría si ocurre una tragedia tal y como la describe? Habría inocentes muertos, todo por un odio alimentado por su artículo. No crea que todos son unos cobardes como usted que sólo sueñan sin atreverse. En este mundo real hay gente que no sueña, sino que actúa sin pensar, como ese amigo suyo, Nicolás. O mire por ejemplo Rosita, celebrándole muerta de risa su incitación, porque ella hace parte del grupo de colombianos que anhela con tomar justicia por su propia mano ante la opresión, y encima gente como usted alentándolos.
    —Perdón, señor director. No volverá a pasar —le dije sumergido en la indignación.
    —Es que no debería escribir más, pero para que vea que no soy tan mala gente, le voy a dar la oportunidad de retractarse. Me hace el favor y escribe otro artículo pidiendo disculpas y aconsejando que esa actitud no la debiera tomar nadie. Ni pensarlo si quiera.
    Así terminaron las cosas en la oficina del director. Yo me he tenido que tragar mis palabras. Desde ese día no volví a expresar mis pensamientos “incorrectos” por el temor de una demanda. Tuve que escribir la nota de rectificación, y aquí se las dejo “para que vean que yo no soy tan mala gente”, como dice el director.

Junio 21 de 2020.
Queridos lectores de El mundo al revés

    En vista de mi convulsionada cabeza, que a veces me juega unas malas pasadas, quiero expresarles, desde lo más hondo de mi corazón, que en ningún momento he sentido ganas de atentar contra el personal de la compañía de internet ni contra su buen nombre. Todo lo contrario, me parece que es una organización con gente muy valiosa, profesional, servicial, honesta, diligente, cuyos directivos se han encargado de hacernos la vida más fácil a los colombianos prestándonos ese fenomenal servicio al cliente y en especial esa pronta acción de reparación técnica cuando por alguna razón esporádica presentamos fallas con la red. Es tan correcta esta empresa que no sé por qué no incluyen un cobro aparte para que los clientes compensemos todos sus esfuerzos, así sea que debamos pagar una factura aumentada; todo sea por el bien de nosotros, quienes somos la prioridad número uno para la compañía; esa misma a quien en estos tiempos le debemos prácticamente la vida. Así que lo que dije no es cierto y me rectifico. Jamás vayan ustedes a apropiarse de esos malos pensamientos. No intenten eso en sus casas ni en las oficinas de servicios públicos o gubernamentales de sus ciudades. Les propongo mejor, que en aras de la paz, los llamemos, no a importunarlos con nuestras peticiones, quejas, ni reclamos, sino a agradecerles por existir. Son lo máximo. Se despide este servidor. Muchas gracias, etc, etc.

    Cerrado este capítulo, quisiera decir, para terminar, que aparte de las situaciones hipotéticas que los aprendices de escritores nos planteamos, también existen muchos factores que inducen a la violencia en nuestro país. Espero que la ley los tenga en cuenta algún día, para equilibrar las cargas.
    La corrupción de nuestros gobernantes, los abusos de las empresas, los excesivos e injustos impuestos que cobra el Estado a los más pobres, las leyes que oprimen, la burocracia, el robo del erario público, el abuso de autoridad, la inseguridad, el desplazamiento forzado, el cinismo con el que el gobierno y las grandes corporaciones se nos burlan en la cara al decir que trabajan para nosotros, la depredación de nuestros recursos naturales a manos de narcotraficantes y multinacionales que vienen a desangrar la tierra que no les pertenece; el abuso contra las mujeres, los niños, los ancianos y los débiles que no se pueden defender, incluso contra los animales; la injusticia misma de nuestro sistema; todo ello son cosas que por su sola existencia generan dolor en el corazón de los hombres, que por más que quisieran ser buenos, no los dejan ser. Ya lo decía sabiamente Roussseau: “El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”. Desde luego, la justicia por mano propia va contra la ley, pero nos están asfixiando de tal manera, que se ve venir el estallido social; el efecto de la olla a presión en la que nos cocinamos todos.
    No sé si los lectores me harán a rectificar nuevamente, pero advierto que estamos atravesando un período de la historia demasiado susceptible, en el que cualquier excusa se utilizará como Florero de Llorente para desatar una locura colectiva, una guerra sin cuartel de todos contra todos.    
    Incitar a delinquir no se logra solamente con palabras ni con relatos de horror como los que se gestan en las mentes más delirantes. Acorralar al pueblo desde todos los ángulos como lo están haciendo hoy, es llevarlo a que su única respuesta sea esa, la violencia. 
  Todos hemos asesinado a alguien en nuestras umbrosas fantasías. Todos, en algún instante de la vida, hemos vislumbrado en la mente la muerte de nuestro ofensor, así en la realidad no seamos capaces de empuñar un arma. Y si usted no lo ha sido, amigo lector; si usted jamás ha tenido esas ideas homicidas, ni ha ofendido siquiera con la imaginación a su prójimo, es porque a usted es al que han querido matar. Aunque sea con el pensamiento. 


viernes, 19 de junio de 2020

El verdadero significado del 20-20


Por Juan Felipe Giraldo Trejos


    ¿Cómo es que nadie se dio cuenta, antes de comenzar el año, lo que significaba el número veinte (20) escrito o pronunciado dos veces? El veinte-veinte, abreviación del dos mil veinte, nos estaba hablando con su grafía. La cifra la vimos en los almanaques y pequeños calendarios que a veces cargamos en la billetera con la imagen al dorso de una modelo sexy, en las noticias, en los sueños, en el calendario tributario que nos presentó la DIAN, o sencillamente en los propósitos de fin de año que escribimos el pasado 31 de diciembre. Siempre estuvo el misterioso 2020 guiñándonos un ojo con su malignidad secreta y nunca pudimos desentrañar sus oscuros propósitos antes de que los comenzara a ejecutar.
    Que ahora sí íbamos con todo, que esa cantidad tenía magia porque indicaba el comienzo de un nuevo decenio y por ende el surgimiento de una luz de esperanza que se encendía en los corazones más optimistas. Que vendría una era crucial de la humanidad, una revolución del pensamiento, y que después de esa lánguida y malograda generación que encarnaron los Millenials; el mundo depositaría su esperanza en los Centenials, esos jóvenes despiertos que nacieron durante el cambio de siglo y que vendrían a empoderarse de la situación de la mano de la tecnología y las comunicaciones para no naufragar como sus antecesores, que en su mayoría fracasaron por buscar un éxito profesional egoísta y estereotipado.
    Y sin embargo nos pifiamos todos con las expectativas que nos hicimos frente al 2020. No entendimos las señales que nos trataron de enviar los profesionales de las predicciones. Ahí está por ejemplo el caso de la vidente —si es que eso es una profesión— Nube de María, la española, que predijo en diciembre el Coronavirus, no diciendo exactamente que sería un virus letal que nos confinaría en casa y nos alteraría el ritmo de la vida, sino diciendo que se vendrían días grises para el hombre, y que la naturaleza y los animales descansarían. Muy brutos los humanos si no supimos traducir ese lenguaje a pandemia; es que no somos capaces de interpretar los signos. Claro que después resultó que ese video no era de diciembre, sino de marzo, y que todo habría sido un vil montaje. Que por el contrario, en las predicciones para el 2020 había dicho que comenzaba un ciclo positivo. Al parecer intentaron recrear la entrevista con los mismos protagonistas en el mismo set, y curiosamente aparece ella con una blusa de un estilo ligeramente distinto, con unas libras de más (seguramente por comer en la cuarentena), confirmando lo que sucedería en el 2020 con una teatral afectación que cualquiera diría que estaba siendo iluminada por los espíritus de la revelación. Es que ni con los hechos cumplidos somos capaces de predecir una lluvia cuando ya se anuncia la tormenta.
    Para más fue Bill Gates, ese nerd multimillonario que en 2015 dijo que podría haber una pandemia, que cuidado, que debíamos prepararnos porque era un riesgo inminente; y todo el mundo tranquilo y nadie se mosqueó porque pensaron que estaba hablando de una simple gripe, y ese bicho estaba más que controlado. Ahora le vienen a sacar a relucir los videos acusándolo de que sabía algo, y yo creo que hasta él mismo se dijo frente al espejo: “mierda, le atiné sin querer queriendo”; o quién sabe, a lo mejor fue que se zafó ese día y los de producción le tuvieron que decir: “Bill, no te adelantes, que ese negocio está presupuestado para el 2020. Por ahora sigamos con lo de los antivirus, que lo tuyo es crear otro tipo de vacunas”.
    Como a mí también me gusta vaticinar sobre los hechos cumplidos y criticar después de jugarse el partido, yo sí que me aventuro a decirles lo que significa el número veinte dos veces seguidas, y créanme que mi análisis no es cualquier disertación barata de nigromantes de programas mañaneros. Lo mío tiene el sustento científico que se necesita porque yo sí me culturizo y me preparo. Yo leo las redes sociales, y no me digan que allí no hay profundidad ni sapiencia: precisamente ellas están dominadas en su mayoría por la generación nueva, la de los muchachos irreverentes que todo lo saben y a los que no se les puede rebatir porque con un movimiento de dedos en su pantalla táctil están en capacidad de contradecir a sus padres y a sus maestros, y hacernos ver a los más adultos como los equivocados del paseo. Ellos nacieron con el saber incorporado en esas maquinitas que los educan y los entretienen, así que no veo por qué desvirtuar el conocimiento de las redes.
    Para empezar, según la ciencia de la numerología, la energía que representa el 2020 tiene un enfoque de relaciones, de conciencia, de pragmatismo y trabajo en equipo. Todo eso se ha cumplido, sólo que les faltó decirnos que esas relaciones iban a ser virtuales, porque de lo contrario esta fue la excepción a la regla.
    Según el calendario Chino es el año de la rata (yo diría que del murciélago), y como dato curioso, es bisiesto. También tiene cuatro dígitos que si se leen de a dos, forman una pareja que se repite: veinte-veinte. Sólo en once ocasiones en la historia ha habido años de cuatro dígitos cuyos dos primeros caracteres se repiten, y esto ocurre cada 101 años (1010, 1111, 1212, 1313, 1414, 1515, 1616, 1717, 1818, 1919 y 2020).
    Por otra parte, si sumamos cada uno de los componentes del guarismo por separado, obtendremos un total de cuatro, reduciéndolos siempre a una sola unidad (2+0+2+0). Los años cuyo número base es cuatro acontecen cada noventa y nueve años, y también se han presentado once veces en la historia (1030, 1129, 1228, 1327, 1426, 1525, 1624, 1723, 1822, 1921, 2020). Y si sumamos los dos primeros dígitos con los dos últimos, nos da cuarenta. Tanto el cuatro como el cuarenta son números con alta carga simbólica en las escrituras. El cuatro es signo de lealtad, fuerza, rigidez y estabilidad. Hay muchas cosas con este número: los elementos básicos, los jinetes del apocalipsis, los puntos cardinales, los evangelistas   
    El cuarenta, por su parte, representa la idea de un cambio, el final de un ciclo y el comienzo del otro. Miren que por ahí va la cosa. Por ejemplo, el Diluvio Universal duró cuarenta días con sus noches, y la gente que se salvó debió permanecer confinada en el arca, como pasa hoy que tenemos que cuidarnos en la casa. Jesús estuvo cuarenta días en el desierto meditando, sin probar un bocado de comida y siendo tentado por el diablo, muy similar a la situación que viven muchas personas que actualmente están aguantando hambre y pensando en que la única manera de sobrevivir será convirtiéndose en delincuentes (el diablo hablando al oído). Los israelitas tuvieron que vagar cuarenta años en el desierto sin poder hallar la tierra prometida, y así están algunos esperando tierras y ayudas prometidas del gobierno que no les van a entregar. Aparte, que la cuaresma es un período de cuarenta días que simboliza la ascensión de Jesús a los cielos, y la cuarentena también es ese mismo tiempo. (Cómo me suena de familiar esta palabra, ¿a ustedes no?). Ni qué decir de lo que dura un período de gestación humana: cuarenta semanas. Ese podría ser el tiempo que tarde el nacimiento de una feliz esperanza para la humanidad, acaso sea la vacuna, o en el peor de los casos la costumbre.
    ¿Cuál es la relación entonces de todos estos hechos y de esa numerología ambigua con el verdadero significado del 2020? ¿Qué tienen que ver los episodios bíblicos con los del presente? Se preguntarán ustedes, y yo no puedo más que responderles que no hay ninguna relación, y que en los períodos que mencioné no ocurrió nada más extraordinario que lo que ya refiere la historia conocida.
    Salvo que se ha hablado del cuarenta para hacer referencia a años, semanas y días, no hemos escuchado hablar de algo que dure cuarenta meses. Pues bien, sea esta una oportunidad para acomodar un nuevo augurio diciendo que la pandemia podría tener esa duración: tres años y cuatro meses. ¿Será acaso que este mal de la tierra también cumple con su sino cuaresmal?
    Para que vean que predecir no es tan difícil, yo también me aventuro a decir que el fin del mundo está cerca porque los hechos escabrosos nos lo están anunciando. Eso lo vengo escuchando desde que nací. Lo esperaba para el 2000 y no pasó nada. Después para el 2012 y tampoco. Veremos si en los seis meses restantes tendremos que hacer el equipaje. Eso sí, tampoco preciso fecha exacta, porque como lo decía nuestro Señor Jesucristo, nadie sabe el día ni la hora. Ya sé que son meras conjeturas y generalizaciones simbólicas, que al final no estoy diciendo nada concreto, pero ¿acaso los grandes videntes no hacen lo mismo?
    Este veinte-veinte no será significativo por cualquier hallazgo mágico en la composición de sus dígitos, sino por el recuerdo que nos dejará marcado a las actuales y futuras generaciones. Con el paso del tiempo nos acordaremos que hubo una época de la historia en que la naturaleza —o la conspiración, si es del caso— nos enseñó a valorar las cosas importantes, a retornar al hogar para estar con nuestros seres queridos, y a prescindir de aquello que antes del virus nos resultaba trascendental y que a la larga era simple vanidad.
    De algo no me queda duda, y es que será el año más famoso de la historia postmoderna: la entrada a un nuevo orden mundial. No tanto en el sentido político, sino en un sentido de mentalidad. No desfallezcamos, que el veinte-veinte promete.

Sociópatas


Por Juan Felipe Giraldo Trejos



    A propósito de cierta serie que transmiten por las redes sociales sobre la cual tengo mis reservas, y que está poniendo de moda la palabra sociópata, preciso darles la definición que encontré en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM 5).
    Un sociópata es alguien que sufre de un trastorno de personalidad antisocial definido como “una afección mental por la cual una persona tiene un patrón prolongado de manipulación, explotación, o violación de los derechos de otros”. Se caracteriza por el desprecio, la falta de empatía, la ausencia de remordimiento, y la aparente normalidad de un comportamiento que oculta una violencia agazapada. A ese trastorno se le conoce como sociopatía, producto, en muchos casos, de una fallida educación en la que prevalece la omisión ante la indisciplina.
    Dicho lo anterior, les cuento que tengo un amigo muy famoso cuyo nombre no diré para que luego no lo señalen en la calle, y al que yo cariñosamente lo identifico como El Sociópata. Él, desde luego, desconoce el mote cordial que le he puesto, ya que surge de una idea propia que me guardo para mí y que sólo expongo de manera anónima en este medio que muy pocos leen, por fortuna. Digamos que se llama Nicolás.
    Mi amigo Nicolás padece de intolerancia a la frustración, lo cual le ha desencadenado una especie de personalidad sociópata. Nuestra amistad, aunque se nutre de pensamientos comunes que de vez en cuando compartimos a la distancia, está también motivada por cierto grado de temor de mi parte, pues soy testigo de su conducta violenta y en varias ocasiones lo he tenido que sacar de apuros. Su comportamiento frente a los demás adquiere un carácter enfermizo cuando no puede controlar su ira retenida, desbordándose como una presa que se rompe sin poder evitar el desastre, causando estragos y dejando lamentables consecuencias.
    Mi amigo ha estado en tratamiento varias veces con psicólogos y psiquiatras, pero de poco le ha servido: su odio a la sociedad es, en parte, un resultado de un odio a sí mismo. Algo en su interior falla cuando no es capaz de perdonarse o aceptarse tal cual es, y entonces explota como un volcán, siendo otros los que tienen que pagar por sus errores. Yo lo entiendo perfectamente, pues a veces a mí también me gustaría ser un kamikaze cuando las cosas no me salen bien. Sin embargo, en lugar de salir a matar gente, prefiero atrincherarme en este pasquín virtual y expresar aquí toda mi frustración, como ustedes bien saben que lo hago.
    Pero no escribo para criticar a los sociópatas como Nicolás, sino para intentar ayudarlos. Por lo menos a él, que me llamó la otra noche a decirme que había estallado en cólera contra un funcionario negligente de la empresa que le provee el servicio de internet. Por fortuna fue por teléfono, ya que de lo contrario hubiera podido suceder un hecho lamentable. No sé por qué prefiere hablar conmigo antes que con su psicólogo. Creo que es una cuestión de confianza, y de ahí mi empeño en guardar su identidad, aunque si ya saben quién es Nicolás, ruego no difundirlo.
    Le pregunté entonces la razón de su enojo, y me contó que al quedarse sin conexión desde hacía seis días, pretendió comunicarse con la línea de atención al cliente. Pero por más que intentaba, la voz robótica de una contestadora le salía al paso, sometiéndolo a un procedimiento de cinco minutos de indicaciones sobre cuál tecla debía oprimir según su requerimiento. Al cabo de la interacción con la contestadora vino una interminable secuencia de música instrumental que podía durar hasta treinta minutos, y luego una cínica publicidad en la que le decían que para la empresa, él era la persona más importante. Luego le hacían escuchar una amplia exposición de los medios que los clientes tenían a su alcance para ponerse al día con el pago de sus facturas, de las múltiples opciones de estos adalides de las comunicaciones para que conocieran ofertas y demás promociones, y de nuevo la musiquilla burlesca que sólo sirve para exacerbar los ánimos. Resultado: la llamada se interrumpió abruptamente al cabo de tres cuartos de hora y había que recomenzar el procedimiento. Igual que llamar a una EPS a pedir cita con especialista.
    Los días pasaron con los intentos de mi amigo por comunicarse con un ser humano, sin lograr el éxito de su cometido. Lo más que pudo obtener fue que un operador del Centro de Llamadas o Call Center —como dicen los que se las dan de saber inglés para descrestar en un país donde se habla español—, lo atendiera y le hiciera exponer su caso para decirle al final que desde allí no podían hacer nada y que enseguida lo transferirían con un técnico de su ciudad. Luego lo invitaban a responder una encuesta sobre la calidad del servicio. Alguien le tomó unos datos y quedaron de ir a revisar al día siguiente. No fueron. Y el fin de semana tampoco apareció nadie de la empresa a resolverle su problema, así que Nicolás completó una semana sin su servicio de internet y se perdió la oportunidad de estar informado, de ver sus tutoriales de meditación, de enterarse quién había escrito en su perfil, de adelantar el trabajo de investigación sobre la conducta humana, de comunicarse con su familia que vive lejos y por supuesto, no pudo tele-trabajar, lo cual le ocasionó cierta inquina de parte de su jefe que no le creyó mucho el cuento de llevar una semana sin internet por negligencia del proveedor.
    —Hombre, Nico —le dije en tono conciliador—, no se aflija por esas cosas que no tienen importancia. Esos son gajes del oficio y a muchos nos ha pasado que nos quedamos sin conexión y tenemos que esperar. Mire por ejemplo en esta crisis de la pandemia cómo se han perdido de vidas humanas, cómo se han resquebrajado anímica y económicamente los hogares, cómo toda la humanidad ha estancado el nivel de vida que llevaba hasta el momento, cómo se han derrumbado los sueños de la gente, y usted se queja por una situación mínima en lugar de estar agradecido por la vida que Dios le da. No se preocupe, hermano. Si mañana no tiene pico y cédula véngase para mi casa y desde aquí puede trabajar tranquilo, que yo no voy a estar —le ofrecí una solución sin darle importancia al asunto, pero Nicolás me dijo que aún no terminaba la historia, y me contó cómo, después de haber hecho catorce intentos frustrados solicitando servicio técnico, se despachó contra el primer operador que le contestó y lo trató de desgraciado y de hijo de…
    —Bueno, pero eso ya pasó —dije aterrado por su actitud inmadura—. Vaya mañana a la oficina y pone la queja personalmente —le recomendé—. Pero vaya calmado, no pierda el control, y por favor use el tapabocas que los contagios se siguen incrementando.
    Sin embargo, tratar de razonar con un sociópata es como tratar de convencer a un progresista. Nunca te darán la razón y se enfrascan en su ceguera. Nicolás dijo que ya no había nada que hacer. Ante la imposibilidad de coger a batazos al empleado que le colgó el teléfono por su grosería, fue él quien se olvidó de lo que estaba haciendo y tiró su computador contra la pared, pateó sus libros, destrozó las ventanas de su casa, rasgó su ropa y se arrancó el cabello. Quiso salir con cuchillo en mano a destazar el incauto funcionario que le dijo que no podía ayudarle y que debía seguir intentando, pero se acordó que el Centro de Llamadas estaba en Medellín, y él estaba en Pereira. Me aseguró que madrugaría el lunes a primera hora, y así se contagiara de Coronavirus, llegaría a la compañía de internet y los atravesaría a todos, desde el gerente hasta la recepcionista, pues ellos, con su inoperancia, lo llevarían al extremo de convertirlo en un criminal, eso me dijo.
    Reprendí severamente a Nicolás, ¿cómo era posible? Esos pensamientos no son de un hombre, y mucho me temí que a pesar de ser amigos, no iba a poder sostener esa difícil amistad. Ya Nicolás me estaba pareciendo un mal sujeto. Los empleados de la empresa no tenían la culpa, y si estaban prestando un mal servicio por políticas de la compañía, habría que hacer el reclamo ante otras instancias, pero no así.
    —Usted no sabe —me dijo meditabundo—, a mí ya no me importa mi vida, ni lo que vaya a pasar. Esté pendiente en las noticias, que mañana va a ocurrir una tragedia en Pereira, en esa empresa de internet que está cerca de la Plaza Cívica.
    Traté de advertirle que no fuera a cometer una locura, pero ya me había colgado. Su propósito, más que dejarme preocupado, fue el de llamar la atención. Sin duda se sentía ignorado y necesitaba brindar un espectáculo para que atendieran su justo reclamo, aunque no supe si se iba atrever a tanto. Bueno, viniendo de Nicolás cualquier cosa podía suceder.
    La otra vez fue arrestado por quebrar el vidrio de la ventanilla donde se pagaban los impuestos, en la oficina de la DIAN, pues le estaban cobrando no sé qué cantidad astronómica por concepto de multas y sanciones. Tuve que prestarle un dinero para pagar la fianza.
    Mi amigo, en definitiva, también estaba adquiriendo tintes del Síndrome de Amok. En psiquiatría, el Síndrome de Amok está ligado a una explosión súbita de rabia salvaje que hace que la persona atente contra su vida y la de los demás hasta que sea neutralizado. La idea de matar a los miembros de una empresa sólo podía provenir de una mente con ese trastorno, que también es una manifestación de la sociopatía. Claro, llevar eso a la práctica resultaría catastrófico para Nicolás, porque en esos sitios tienen alarmas y sistemas de seguridad, y personal capacitado para detener loquitos con cuchillo.        
    Se me viene a la memoria ese personaje llamado William Foster que encarnó Michael Douglas en la película Un día de furia, quien decide enfrentarse a las adversidades de la forma más violenta. El detonante fue el daño del aire acondicionado de su carro, algo que no debía revestir mayor importancia, pero lo que lo hizo actuar como un destructor, al parecer, fue esa carga de tensión y resentimiento que llevaba acumulada hacía mucho, igual que esos asesinos seriales que cada cierto tiempo resultan en Estados Unidos y en países del primer mundo masacrando gente en las escuelas, en los paraderos de bus, en los parques, en los centros comerciales, y que al estudiar su perfil, descubren que tenían todas las condiciones de un sociópata afectado por el Síndrome de Amok. Ese pudiera ser el caso de Nicolás.
    Como no pude hacerlo entrar en razón, lo único que pude hacer fue llamar a la policía y alertar sobre el posible peligro. Tenía que denunciar a mi amigo y traicionar su confianza por lo que me acababa de confesar, pero había que evitar una tragedia a toda costa. La policía apostó una patrulla en la carrera décima, al lado de la plaza, y estuvo pendiente. Cuando vieron llegar a Nicolás con intenciones secretas de atacar, lo detuvieron a tiempo por sospecha, antes que agrediera a alguien; le quitaron el cuchillo y se lo llevaron detenido por porte ilegal de armas. La tragedia se evitó. Mi amigo nuevamente manchó su historia judicial con otra detención, pero mi conciencia quedó tranquila. Me imagino que esta es la hora que en la casa de Nicolás todavía no han restablecido el servicio de internet, pues le estoy enviando un mensaje de ayuda psicológica y no me aparece como recibido.
    Hace unos días me dispuse a elaborar un ensayo sobre Charles Mason, el criminal sectario. Quise indagar unos datos en internet, y qué sorpresa me llevé al encontrarme sin servicio. Probé los cables, el modem, rectifiqué las conexiones, y nada. Llamé entonces a la línea de Atención al Cliente y escuché la voz del contestador comunicándome las opciones, luego la publicidad de lo buena que es la empresa y lo mucho que piensan en nosotros para facilitarnos el pago de nuestras facturas, que hasta recogen la plata a domicilio si es del caso. Después la infernal melodía que pareciera contener mensajes subliminales que en el fondo hacen una invitación al verbo “matar”. Otra vez la espera, la música, un operador contestándome desde una ciudad lejana, haciéndome contar el cuento para luego decirme que me va a transferir con un técnico de mi ciudad, y luego nada, el repiqueteo, más música, más espera, la publicidad, el jingle que me dice que soy el más importante, otra vez la despiadada canción, otro operador diciéndome lo mismo, que espere, que no me puede contactar, que intente más tarde, y tras ello la llamada que se corta abruptamente, y mientras tanto mi ensayo frustrado.
    He realizado veintisiete intentos para que al menos un funcionario me radique la queja de que me encuentro sin servicio hace más de diez días y que la factura me sigue llegando como si nada. A diferencia de Nicolás, yo jamás pensaría en clavarle un cuchillo a nadie, eso es de salvajes. Yo mejor optaría por el sofisticado uso del arma de fuego, que es más práctico, o en su defecto, abrirme el gabán antes que comience a llegar el público y mostrarles el circuito con la cuenta regresiva que dice que quedan cinco segundos para el boom. Y cuando todo esté en llamas, decirles desde el más allá que mi suscripción queda cancelada, que su música de espera me ha convertido, ya no en un sociópata, sino en un psicópata.

domingo, 7 de junio de 2020

No hay razas, sólo racistas


Por  Juan Felipe Giraldo Trejos



    Me robo el título de este artículo de la conclusión a la que llegaron cuatro científicos alemanes en la ”Declaración de Jena”, durante la reunión de la Sociedad Zoológica Alemana, respaldada por 500 investigadores. Ellos dijeron que no existe base biológica en el concepto de raza como tal. Al menos no para los seres humanos. Al analizar el ADN humano, no se encontró evidencia suficiente de un gen que diferenciara las supuestas razas. La palabra, por lo tanto, debería desaparecer de la Ciencia y la Constitución.
     Esto me da pie para decir que invocar la raza como causa de discriminación, y hacer de ello una bandera para emprender una guerra abierta contra la sociedad, es una completa ignorancia. En pleno siglo XXI, en el que las constituciones ya proclaman la igualdad de derechos universales, se supone que no deberían existir distinciones de ninguna índole racial, religiosa, sexual, política, sexual, entre otras. El alegato por esas causas no debería ser refrendado como la razón única de un conflicto. Se supone, aunque a veces no es así.
    A propósito del asesinato atroz de George Floyd por cuatro policías que tuvieron diferente participación, parece que existen ciertas organizaciones que se aprovechan de la desgracia para promover una ruptura entre la comunidad afroamericana y el Estado. Una justa protesta de rechazo a la violencia no debería ser empañada por esas corporaciones a las que les conviene mucho más presentar el hecho como un caso de racismo sistemático, en lugar de presentarlo como un caso de brutalidad policial. Anunciar al mundo que cuatro hombres blancos mataron a un hombre negro genera más escándalo que decir que cuatro uniformados asesinaron a un civil indefenso al que ya tenían esposado. Se ha conminado a la comunidad para que despierte y se rebele frente al mundo por el atropello de parte de una institución como la Policía Estatal, y de paso de todo un gobierno nacional que promueve su discurso en una línea xenófoba. Hasta ahí pudiera pensarse que los reclamos son más que justos. Pero se patrocinaron saqueos y se promovió la destrucción que ya vimos esta semana y la anterior en varios estados de los Estados Unidos. Bastó con generalizar el problema y endilgárselo a toda la sociedad para que la barbarie quedara justificada. Los términos se redujeron a que lo mataron porque era negro. No hay cabida a otras hipótesis, todo estaba muy claro. Bastó extender el pecado de estos asesinos a toda la policía, y así revivir un racismo de base que surge en el seno de los ofendidos, que a su vez se convirtieron en ofensores, y por tanto, en unos nuevos discriminadores. Es tan racista quien comete un delito contra un ser humano, por el sólo hecho de ser de otro color, como quien insufla a través del discurso un resentimiento contra los que no pertenecen a su misma cofradía.
    Me van a tratar de insensible los defensores de las minorías afro con lo que voy a decir, ya me lo imagino, pero yo sí quisiera saber el real motivo por el que Derek Chauvin y los otros tres policías asesinaron a George Floyd de la manera más abyecta. ¿Fue exclusivamente porque Floyd era negro? ¿Fue porque se les fue la mano con su brutal manera de someterlo sin pensar en lo que iba a suceder después? ¿Acaso fue por un odio personal que llevaba consigo el señor Chauvin, el principal asesino, teniendo en cuenta que se conocía desde antes con Floyd porque habían trabajado juntos como personal de seguridad en una discoteca? La razón que más se acomoda para incitar un movimiento que reviva el conflicto es la primera. El “divide y vencerás” que haría ver a los Estados Unidos como la gran nación racista, como la bestia que vulnera los derechos de los civiles, como la democracia fallida. No existe afrenta más grande que satanizar a todo un país por el crimen de cuatro racistas, si es que la razón fue esa.
    El reverendo Al Sharpton, líder de derechos civiles, y quien ofició el primero de los tres funerales de Geroge Floyd en Minneápolis; convirtió a Floyd en un símbolo de la historia de los negros. Culpó a los que están poniendo la rodilla sobre el cuello de haber frustrado los sueños y los deseos de sus hermanos de raza durante cuatrocientos años, a través de un mensaje cargado de sentimientos de impotencia con el que se identificaron muchos de los que saquearon las vitrinas de los almacenes. Así las cosas, exaltar los ánimos desde el púlpito, promoviendo el resentimiento, es una actitud tan peligrosa y racista como el crimen cometido. Porque Sharpton enfocó su discurso ensalzando los valores de la raza negra, que según el estudio inicial que menciono en este artículo, no deben existir, porque genéticamente ninguna raza es diferente a otra, y son las meras percepciones de la visión las que nos han hecho incurrir en diferencias a través de la historia.
    Un mal no se salda causando otro peor. Le diría al reverendo si pudiera, que George Floyd no es la historia de los negros, sino sólo una parte terrible de ella. Si Estados Unidos es uno de los países en donde persiste ese flagelo repudiable del racismo, es porque también existen afroamericanos que lo practican, lo mismo que lo practican blancos, latinos, orientales, o cualquier otro grupo. No culpe a otros, señor Sharpton, por lo que no pudieron hacer sus hermanos. No saque a relucir una historia de cuatrocientos años que ya debió haber quedado superada, pues aquellas épocas aciagas de la esclavitud todavía pareciera que persisten en su corazón y en el de muchos de sus discípulos. Victimizarse es la mejor forma de justificar el fracaso. Y no es que queramos el silencio para que callen sus protestas por el abuso, sino que hay que poner las cosas en su justo contexto.
    Todos los asesinatos de todos los hombres son dignos de protesta; incluyendo los que cometen los negros, o afroamericanos, como eufemísticamente, y para no herir susceptibilidades, la corrección política del lenguaje optó por llamarles. No porque el delito se visibilice en la figura de cuatro oficiales de policía discriminadores, quiere decir que toda la sociedad americana lo sea. Sabemos que si existe un país en el que hay cabida para todo tipo de colores, nacionalidades, grupos étnicos, credos, tendencias sexuales y políticas; es Estados Unidos, en donde si te portas bien tendrás la libertad garantizada. Para la muestra, tuvieron a un hombre que siendo negro pudo llegar a ser presidente de la nación en dos ocasiones, y su color no fue impedimento para no salir adelante, ni condición para no triunfar. Personas con todos los matices de piel han llegado a ser grandes figuras allí: artistas, deportistas, científicos, políticos, actores, líderes sociales; los ejemplos abundan.
    En una entrevista que le hicieron al actor Morgan Freeman, este aseveró que no estaba de acuerdo con que se eligiera un día para honrar la raza negra, como si toda ella fuera una creación extra humana. Dijo que esas concesiones que se le hacen a las minorías, lejos de reivindicarlas, las apartan más y no permite que todos sean tratados por igual. Porque cada uno es un ser diferente, tiene un nombre, un apellido, una identidad sin importar el grupo racial al que pertenece.
    No se justifica ninguna de las dos acciones: ni el bestial crimen de George, tan escalofriante como despreciable, ni la reacción vandálica de quienes dicen protestar; muchos de ellos pagados por pseudo-organizaciones que tienen intereses carentes de toda fraternidad y hermandad. Desde su trinchera alientan la desestabilización de una sociedad que en el fondo no está de acuerdo con el racismo ideológico que esos mal intencionados quieren difundir.
    Eso sí, advierto que por estos días lo mejor es no portarse mal para no tener problemas con la ley. No faltan los abusadores tipo Chauvin que se quieran aprovechar de nuestra debilidad ante su autoritarismo, y esos los hay de cualquier pelambre.

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...