Me siento a ver las noticias y quedo ingratamente
sorprendido (decepcionado del mundo, sería el término) de las cosas que pasan:
A los congresistas en Colombia, que son los
que más ganan y menos trabajan, les subieron su salario en un 5,12%, mientras
que al trabajador raso, el de salario mínimo con el que a duras penas puede
sobrevivir, le aumentan sólo el 3.5%.
En Argentina celebran la decisión que tomó
el Congreso sobre la libertad para poder matar niños hasta de poco más de tres
meses de gestación. A eso se le conoce como la legalización del aborto “seguro,
legal y gratuito”, pero no nos metamos mentiras: es un vil asesinato.
La nueva cepa del Coronavirus, más mortífera
y más contagiosa que la cepa del virus original, ya llegó a Latinoamérica y muy
pronto estará en Colombia, sin necesidad de un tratado comercial ni ningún tipo
de negociación. Nos asustan con que eso contagiará a casi la mitad de la
población, pero ahora la gente está en fiestas decembrinas y no tiene tiempo
para atender el llamado de las autoridades para que tengan cuidado.
Mientras tanto en Yemen tres ataques con
misiles en el aeropuerto dejan un saldo de veinticinco muertos y ciento diez
heridos en el momento en el que aterrizaba el avión con los ministros de gobierno;
en Croacia un terremoto de 6,3 grados en la escala de Ritcher deja un número
indeterminado de muertos e incalculables daños materiales, en fin, tragedias y
catástrofes por donde se mire.
Los anteriores fueron algunos de los tantos
sucesos que ocurrieron en el mundo esta semana y que me confirman que el mundo
sigue al revés, y que la esperanza de enderezarlo está cada vez más lejana. Entramos
así a la tercera década del milenio con la peor expectativa de felicidad de la que
se tiene registro desde hace años.
Comencemos por el
primero. El aumento del salario de los que más ganan en un mayor porcentaje con
relación a los que menos ganan, se debe a una norma absurda que rige para los
congresistas, cuyo aumento anual se realiza después de una certificación que
emite la Contraloría “en la que se promedia el aumento de salario de los altos
funcionarios del Estado”. Así pues, el promedio los favoreció esta vez por
encima de lo decretado por el gobierno con respecto al salario mínimo, y qué
culpa tienen los pobres congresistas si la ley es la ley. No fue por mala
intención, como creímos algunos. Hasta ellos mismos se indignaron porque les aumentaron
el sueldo y dijeron que lo iban a rechazar. Habrá que ver qué pasa el día en
que tengan que cobrar su primer chequecito. Si se le pregunta a cada uno dirán
que eso es injusto, desproporcionado, inmerecido. Pero cada que se propone una
reforma para congelarse o bajarse su salario, esta milagrosamente se cae; cosas
que tiene la política. Tal parece que el sentido de austeridad para fijar el
aumento del salario en Colombia sólo aplica para los ciudadanos de a pie y no
para nuestros “excelsos” Padres de la Patria. Que viva Colombia.
Y si por aquí llueve, por Argentina no
escampa. Las feminazis y los pro-muerte
están saltando en una pata con el mandado que les hizo el Congreso de aprobar
su aclamado aborto. Hubo dinero de por medio, no lo duden. Esas fundaciones de
Soros y de los otros magnates tienen mucho poder, y congresista que se respete
se sienta a negociar su voto. A veces no hay acuerdo en el negocio, aunque esta
vez parece que unos cuantos aceptaron el ofrecimiento. Todo sea por la agenda
progresista que ahora goza de buena salud. “Es que a nadie pueden obligar a ser
mamá”, esbozan como argumento las militantes del trapo verde. Entonces me
acuerdo de un comentario que vi por ahí en alguna sección de las redes: “Si la
maternidad es deseada, ¿por qué la paternidad es obligatoria?”
A propósito de salud, los mismos que
aplaudieron el aborto en Argentina lo están pidiendo para Colombia. Dicen que
son defensores de la mujer, y que este es un problema de salud pública. ¿Saben
cuántas mujeres en promedio se mueren por año en Colombia por causa de las
malas prácticas de aborto? ¡Setenta! Así es, setenta mujeres a las que se les
puede salvar la vida de otra forma que no sea un aborto. ¿Por setenta víctimas
de las clínicas ilegales habrá que cambiar la Constitución? No entiendo esos
defensores de mujeres, ¿por qué no hacen campaña para salvarle la vida a las
miles de mujeres que mueren cada año por cáncer de mama, de ovario o por otras
causas? ¿Por qué no defienden a las millones que en los territorios marginales
no tienen acceso a la educación reproductiva y sexual? Esos sí son problemas de
salud pública. No setenta muertes que se pueden evitar a través de otros
mecanismos como la educación o la ayuda de centros de adopción. Suena muy fácil
decirlo, pero más fácil es la salida de quitarle la vida a una persona antes de
nacer.
Y por otro lado qué tan raro, que cuando
hace menos de un mes se anunció la salida de la vacuna para combatir la pandemia,
nos vienen ahora con el cuento de la nueva cepa. ¿Será que no quedaron
contentos con el terror que nos metieron con el virus original y nos quieren
encerrar de nuevo para darle otro traspié al modelo de economía capitalista? Ya
en Londres comenzaron a suspender vuelos, a restringir el comercio, a meter
terror por doquier, pues tal parece que lo de la segunda ola en pleno diciembre
no le funcionó mucho a los dueños del show. En Colombia mucho menos; desobedientes
como somos nos ha valido madre que las UCI’s estén copadas al 100% y salimos a
abarrotar los centros comerciales como si la tradición fuera más importante que
la salud. Lo único que recomiendo es que nos sigamos cuidando igual, usando el
tapabocas bien usado, lavándonos las manos, guardando la distancia y saliendo a
lo necesario. Si nos provoca salir a tomarnos un café no hay nada de malo en
ello, tampoco exageremos. Lo importante es que no nos vuelvan a prohibir el
trabajo, y mucho menos respirar. Y nada raro se nos haga que para el 2021 nos
apliquen la formulita de “año nuevo, virus nuevo”… es que somos tantos en la
tierra…
Y en el otro lado del mundo, como aquí, no
nos dejamos de matar ni la tierra deja de temblar. Parece que en el fondo las
razones siguen siendo las mismas para atentar los unos contra los otros. La
gran pandemia es la violencia que cada ser humano lleva inserto en su corazón y
por la cual el planeta, de vez en cuando, tiene que convulsionar. Cada vez lo
está haciendo con mayor frecuencia a través de sismos, nevadas, huracanes,
climas extremos. ¿Qué nos deparará el nuevo decenio que comienza? ¿Será acaso
que los cinco mil millones de humanos que le estamos sobrando al planeta según
la agenda del Nuevo Orden mundial nos tendremos que despedir en medio de males
cada vez más dolorosos?
Una de dos. O comienzo a ver lo malo como
bueno, o mejor apago el televisor, porque no me gusta nada lo que veo.
31/12/20
























