jueves, 31 de diciembre de 2020

Noticias del mundo al revés

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Me siento a ver las noticias y quedo ingratamente sorprendido (decepcionado del mundo, sería el término) de las cosas que pasan:

    A los congresistas en Colombia, que son los que más ganan y menos trabajan, les subieron su salario en un 5,12%, mientras que al trabajador raso, el de salario mínimo con el que a duras penas puede sobrevivir, le aumentan sólo el 3.5%.

    En Argentina celebran la decisión que tomó el Congreso sobre la libertad para poder matar niños hasta de poco más de tres meses de gestación. A eso se le conoce como la legalización del aborto “seguro, legal y gratuito”, pero no nos metamos mentiras: es un vil asesinato.

    La nueva cepa del Coronavirus, más mortífera y más contagiosa que la cepa del virus original, ya llegó a Latinoamérica y muy pronto estará en Colombia, sin necesidad de un tratado comercial ni ningún tipo de negociación. Nos asustan con que eso contagiará a casi la mitad de la población, pero ahora la gente está en fiestas decembrinas y no tiene tiempo para atender el llamado de las autoridades para que tengan cuidado.

    Mientras tanto en Yemen tres ataques con misiles en el aeropuerto dejan un saldo de veinticinco muertos y ciento diez heridos en el momento en el que aterrizaba el avión con los ministros de gobierno; en Croacia un terremoto de 6,3 grados en la escala de Ritcher deja un número indeterminado de muertos e incalculables daños materiales, en fin, tragedias y catástrofes por donde se mire.

    Los anteriores fueron algunos de los tantos sucesos que ocurrieron en el mundo esta semana y que me confirman que el mundo sigue al revés, y que la esperanza de enderezarlo está cada vez más lejana. Entramos así a la tercera década del milenio con la peor expectativa de felicidad de la que se tiene registro desde hace años.




    Comencemos por el primero. El aumento del salario de los que más ganan en un mayor porcentaje con relación a los que menos ganan, se debe a una norma absurda que rige para los congresistas, cuyo aumento anual se realiza después de una certificación que emite la Contraloría “en la que se promedia el aumento de salario de los altos funcionarios del Estado”. Así pues, el promedio los favoreció esta vez por encima de lo decretado por el gobierno con respecto al salario mínimo, y qué culpa tienen los pobres congresistas si la ley es la ley. No fue por mala intención, como creímos algunos. Hasta ellos mismos se indignaron porque les aumentaron el sueldo y dijeron que lo iban a rechazar. Habrá que ver qué pasa el día en que tengan que cobrar su primer chequecito. Si se le pregunta a cada uno dirán que eso es injusto, desproporcionado, inmerecido. Pero cada que se propone una reforma para congelarse o bajarse su salario, esta milagrosamente se cae; cosas que tiene la política. Tal parece que el sentido de austeridad para fijar el aumento del salario en Colombia sólo aplica para los ciudadanos de a pie y no para nuestros “excelsos” Padres de la Patria. Que viva Colombia.



    Y si por aquí llueve, por Argentina no escampa. Las feminazis y los pro-muerte están saltando en una pata con el mandado que les hizo el Congreso de aprobar su aclamado aborto. Hubo dinero de por medio, no lo duden. Esas fundaciones de Soros y de los otros magnates tienen mucho poder, y congresista que se respete se sienta a negociar su voto. A veces no hay acuerdo en el negocio, aunque esta vez parece que unos cuantos aceptaron el ofrecimiento. Todo sea por la agenda progresista que ahora goza de buena salud. “Es que a nadie pueden obligar a ser mamá”, esbozan como argumento las militantes del trapo verde. Entonces me acuerdo de un comentario que vi por ahí en alguna sección de las redes: “Si la maternidad es deseada, ¿por qué la paternidad es obligatoria?”

    A propósito de salud, los mismos que aplaudieron el aborto en Argentina lo están pidiendo para Colombia. Dicen que son defensores de la mujer, y que este es un problema de salud pública. ¿Saben cuántas mujeres en promedio se mueren por año en Colombia por causa de las malas prácticas de aborto? ¡Setenta! Así es, setenta mujeres a las que se les puede salvar la vida de otra forma que no sea un aborto. ¿Por setenta víctimas de las clínicas ilegales habrá que cambiar la Constitución? No entiendo esos defensores de mujeres, ¿por qué no hacen campaña para salvarle la vida a las miles de mujeres que mueren cada año por cáncer de mama, de ovario o por otras causas? ¿Por qué no defienden a las millones que en los territorios marginales no tienen acceso a la educación reproductiva y sexual? Esos sí son problemas de salud pública. No setenta muertes que se pueden evitar a través de otros mecanismos como la educación o la ayuda de centros de adopción. Suena muy fácil decirlo, pero más fácil es la salida de quitarle la vida a una persona antes de nacer.   



    Y por otro lado qué tan raro, que cuando hace menos de un mes se anunció la salida de la vacuna para combatir la pandemia, nos vienen ahora con el cuento de la nueva cepa. ¿Será que no quedaron contentos con el terror que nos metieron con el virus original y nos quieren encerrar de nuevo para darle otro traspié al modelo de economía capitalista? Ya en Londres comenzaron a suspender vuelos, a restringir el comercio, a meter terror por doquier, pues tal parece que lo de la segunda ola en pleno diciembre no le funcionó mucho a los dueños del show. En Colombia mucho menos; desobedientes como somos nos ha valido madre que las UCI’s estén copadas al 100% y salimos a abarrotar los centros comerciales como si la tradición fuera más importante que la salud. Lo único que recomiendo es que nos sigamos cuidando igual, usando el tapabocas bien usado, lavándonos las manos, guardando la distancia y saliendo a lo necesario. Si nos provoca salir a tomarnos un café no hay nada de malo en ello, tampoco exageremos. Lo importante es que no nos vuelvan a prohibir el trabajo, y mucho menos respirar. Y nada raro se nos haga que para el 2021 nos apliquen la formulita de “año nuevo, virus nuevo”… es que somos tantos en la tierra…



    Y en el otro lado del mundo, como aquí, no nos dejamos de matar ni la tierra deja de temblar. Parece que en el fondo las razones siguen siendo las mismas para atentar los unos contra los otros. La gran pandemia es la violencia que cada ser humano lleva inserto en su corazón y por la cual el planeta, de vez en cuando, tiene que convulsionar. Cada vez lo está haciendo con mayor frecuencia a través de sismos, nevadas, huracanes, climas extremos. ¿Qué nos deparará el nuevo decenio que comienza? ¿Será acaso que los cinco mil millones de humanos que le estamos sobrando al planeta según la agenda del Nuevo Orden mundial nos tendremos que despedir en medio de males cada vez más dolorosos?

    Una de dos. O comienzo a ver lo malo como bueno, o mejor apago el televisor, porque no me gusta nada lo que veo.

 

31/12/20  


Un año para olvidar

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Siempre que termina un año salen a flote toda suerte de balances y remembranzas que nos hacen evaluar la calidad de los trescientos sesenta y cinco días que acaban de pasar. Algunos lo toman con alegría por la parranda que se avizora; otros, en cambio, sucumben a la tristeza por los seres que ya no estarán, por las bancarrotas que no se superaron, los propósitos que no se cumplieron, las oportunidades que se perdieron, y hasta por los amores fallidos que se terminaron en medio de la desazón. 




    Pero existirá siempre un grupo de mortales para los cuales la celebración es una simple formalidad de los que quieren despedir el año con bombos y platillos, de modo que quienes pertenecemos a esa cofradía asumimos las fiestas decembrinas con la más pasmosa indiferencia. De unas décadas para acá mi costumbre fue pasar al lado de mi padre: acostándonos temprano, mirando la televisión, o cada uno en un asunto diferente: él rezando el rosario y yo leyendo boberías en internet. A veces nos levantábamos el primero de enero y nos dábamos el Feliz año si nos acordábamos, pero no era menester darle importancia a la tradición.

    De hecho la única vez que no estuve con él fue el año pasado. En aquella ocasión asistí impávido a una reunión familiar en la que se hizo un repaso ordenado de toda la gala de ritos supersticiosos para despedir el año: las uvas a media noche, el brindis infaltable, el papelito donde hubo que escribir los nuevos propósitos, la quema de los malos recuerdos que había que dejar atrás, así como tampoco se olvidó la moneda en el zapato o aferrarse al fajo de billetes guardados en el bolsillo apenas dieran las doce; y cómo no, el tan temido abrazo de “¡Feliz Año!” al momento de gritar la cuenta regresiva, y luego los compases alegres (aunque para mi gusto más bien melancólicos) de ese tema de Tony Camargo en el que se agradece por la chiva, la burra negra la yegua blanca, y la buena suegra. No faltó sino quemar el muñeco de año viejo, que no se pudo porque estábamos en un apartamento. En mi fuero interior comprendí que no existe nada más patético que una celebración de fin de año.



    Para colmo de males, ninguno de esos propósitos que escribí en el papelito se cumplió; ninguna conducta defectuosa quemada en la llama de la vela se superó, y como si fuera poco, mi padre falleció faltando un mes para que terminara este período, a causa del Covid-19. Este 2020, que para gran parte del planeta fue un año de mierda, será el gran año para olvidar, pero al mismo tiempo el que dolorosamente más tendremos que recordar. Ya no tengo a mi viejo para abrazarlo, aunque si estuviera aquí estaría repitiendo con él el perpetuo ritual de indiferencia y aversión por la fiesta decembrina, cosa que es mucho mejor que no tener con quién criticarla. 




    Por esta razón he decidido que jamás en mi vida volveré a celebrar un 31 de diciembre, o una Nochevieja, como ya les dio por bautizar el ágape. De paso quiero borrar de mi calendario esa superflua temporada que se conoce como la navidad, que para mí no es más que una época para llenarle las arcas a los comerciantes. Ser una especie de Grinch es la mejor forma de pasarlo. Al asumir la indiferencia como estado de ánimo no se sufre tanto cuando llegan estas festividades masivamente sentimentales; no es preciso alegrarse por una fecha que en realidad tiene un trasfondo triste: despedir un año que nos dejó “cosas muy buenas” y cosas muy malas. Toda despedida siempre es dolorosa. Al contrario, quienes estamos en el grupo de los indiferentes como mi padre y como yo, somos los que mejor pasamos. Amanecemos como si nada, damos la vuelta al almanaque y continuamos la rutina sin la presión de que a partir de ese primer día tendremos que ser mejores personas, comenzar una dieta insufrible, cambiar de carro o encontrar el trabajo soñado. Lo bueno es que cualquier momento del año es una oportunidad para hacer propósitos, o para no hacerlos si no nos da la gana.



    Cada día somos más los indiferentes, los que no vemos motivo para hacer bullicio el último día del año. Se nos engrosa el club. Así que este treinta y uno de diciembre a las doce de la noche me encontrarán viendo una mala película, leyendo un libro o escribiendo una crónica de bienvenida al 2021. Mi padre, por su parte, estará saludándome desde el cielo, pero también estará viendo un programa de animales en televisión, rezando el rosario o durmiendo desde temprano para no tener que oír el estallido de los voladores. Sí, este fin de año volveremos a pasarlo juntos, aunque en cuerpo estemos separados. 

    No siendo más, desde ya les dejo mi saludo de Feliz Año a todos, celebren o no.

                                                                                                                                       31/12/20  


jueves, 24 de diciembre de 2020

Me cago en la nueva normalidad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



Cuántas veces uno escucha que cuando una cosa se daña, lo mejor no es repararla, sino cambiarla por otra. Por otra nueva. “De gastar dinero arreglando, lo mejor es comprar nuevo”, dicen los expertos a la hora de sopesar el costo beneficio entre reparar y cambiar.

    Acostumbrados como estamos a esta época en que todo debe ser recién sacado de la agencia, incluyendo los valores tradicionales; y en que hasta a las personas se les endilga con el término “desechables” para enfatizar que la gente se puede usar y destruir como un vaso plástico; la sociedad, poco a poco, ha ido despuntando en su conciencia el valor de lo nuevo, que trasladado al ámbito individual, se convierte en la moral de lo nuevo. 



    ¿A qué hace referencia esta moral? Muy simple: nos invita a que entremos en el ciclo del consumismo perenne diciéndonos que todo lo nuevo siempre será mejor que lo viejo cuando en la mayoría de los casos no es así.

    Echemos un vistazo a los productos de hace por ahí cincuenta años en comparación con los que se producen hoy, fabricados sólo para durar unos cuantos meses. La manufactura de otros tiempos requería de decenios para ser reemplazada, y más que todo por razones de gusto y no de funcionalidad. En mi casa, por ejemplo, tenemos una nevera comprada en 1979 que nunca ha requerido de un servicio técnico, y sólo hasta ahora le hemos invertido dinero para ponerle unos rodachines, pues llevamos más de diez trasteos cargando con ella al hombro, mientras que el electrodoméstico sigue impasible en su función de durar otros cuarenta años.

    No ocurre lo mismo con los aparatos que fabrican ahora. La queja general es que las cosas ya no son como las de antes: los carros, la ropa, la calidad de los materiales, la pureza del agua, la resistencia de la madera, la solidez de los matrimonios, y hasta la palabra empeñada de las personas, quienes también pasamos a ser cosas.  


A diferencia de lo anterior, hay otra corriente que viene difundiendo ese discurso de doble filo en el que nos quieren hacer creer que lo nuevo es y será siempre mejor. Se promueve el cambio, y no sólo en lo ateniente a las mercancías, sino en todos los aspectos de la vida. Se dice que es tiempo de renovar, de abandonar el viejo pensamiento, de progresar y avanzar hacia el futuro; nada de mirar atrás, como si quisiéramos olvidarnos del pasado que hace parte también de nuestra evolución. Según ese criterio, todo lo que teníamos antes de la pandemia, por ejemplo, era una basura. Lo bueno será lo que está por llegar; es decir, “la nueva normalidad”, la vida en la que no tendremos nada pero “seremos felices”. Gústenos o no, tendremos que acostumbrarnos a ella.

    Ya sabemos que esa nueva realidad que tanto sugieren los medios habrá que vivirla de manera virtual, incluso después de superada la emergencia de salud. Nuestras relaciones con el mundo tendrán que ser entonces revestidas de apariencia, de mentira, de impersonalidad. Nos instan a quedarnos en casa para no compartir con los demás seres humanos, ni siquiera de la misma familia. Nos invitan a comer del plato de la soledad y el miedo, siempre en función de los dispositivos electrónicos para evitar hoy el contagio; y mañana otra peste, un huracán, la guerra, o de lo que se quieran valer con tal de fragmentarnos por dentro y volvernos esclavos del sistema. Aun así nos dicen que eso es benévolo, una sabia forma de vivir: menos tráfico, menos estrés, menos fuentes de agua contaminadas, menos sobrepoblación, y por supuesto, menos problemas de inseguridad y conflictos humanos. No nos dicen que también es menos libertad, que en últimas es el propósito que persigue esta nueva normalidad. Es así como la moral de lo nuevo facilita la expansión del poder.


    Los viejos (de cuarenta para arriba ya nos consideran así) somos dinosaurios, quedados en el tiempo. Las ideas de las nuevas generaciones, en cambio, son positivas, mejores que todas las anteriores. Ese es el postulado. Eso incluye renovar la ética, los valores cambiarse por otros, la religión incluir nuevos dogmas, dioses, ritos y tradiciones. Si uno hace parte de la Nueva Era, por ejemplo, o le rinde tributo a la Madre Tierra, logrará una aprobación social mucho mayor que la que logra si se declara cristiano o católico, de esos retrógrados que van a misa los domingos. Lo que está de moda es el pensamiento humanista y no el conservador, catalogado como fuera de contexto y realidad.

    La sola palabra “nuevo” aspira otorgar un matiz positivo al sustantivo “normalidad”, cuando en verdad esta no es otra cosa que el nuevo orden mundial al que tanto hacemos referencia los temerosos de la conspiración. Ese modelo de mundo tan temido y repudiado por quienes no entendemos cómo el hecho de perder la libertad y la privacidad puede ser visto como algo positivo y deseable. Cómo puede ser bueno ver al prójimo como a un enemigo; sembrar la duda en las relaciones entre los seres humanos; ser educado y adiestrado por poderes supremos y deshumanizantes; ser controlado y vigilado a través de la bio-tecnología; fragmentar las familias, las sociedades, las naciones; vivir muertos de miedo; conferirle a los estados el poder para cuidarnos y dirigir nuestros destinos; depositar en los gobernantes nuestro valor supremo, que es la vida.




Nos hablarán de la nueva conciencia global, que será mejor que la vieja conciencia por el sólo hecho de llamarse así. Ahí está la retórica globalista para destruir a los estados. El pensamiento uniforme será mucho más fácil de imponer si todo un planeta obedece a un solo régimen fusionado.

    Ya lo profetizaba George Orwell en su libro 1984 (aquella novela en donde el dominio del Gran Hermano diseñó una realidad paralela que tenía que aceptarse como la única posible), que viviríamos en un mundo al mejor estilo del Realitie Show: dejando de ser personas para devenir en personajes. No viviendo una vida normal, sino una vida de espectáculo y de mentiras como la que bien sabemos mostrar en las redes sociales. Pero ojo. Para quienes quisiéramos cagarnos en esta nueva normalidad, tengamos cuidado, porque como reza el repetido eslogan de la mencionada novela, “The big brother is watching you”.

 

16/12/20



viernes, 18 de diciembre de 2020

Me declaro antiprogresista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




Cuando escucho hablar de ciertos temas que son presentados en los medios tradicionales con la corrección política más depurada, y ceñidos con el velo sutil de la conveniencia, me alarmo: aguzo mi entendimiento y activo los detectores de la mentira, pues tras ese velo engañoso se agazapa una sombra aparentemente inocua pero peligrosa, la cual intenta saltar sobre la presa del colectivo humano para tomarlo por el cuello y aprehenderlo para siempre.

    Términos como “Democracia Participativa”, “Igualdad”, “Justicia Social”, “Inclusión”, “Tolerancia”, “Diversidad Cultural”, y otros tantos que se vienen utilizando con mayor intensidad en el discurso político de los últimos tiempos como si este hiciera parte de un dogma religioso, llegan a ponerme los pelos de punta. Estos conceptos que en otro tiempo hubieran representado el ideal de las causas políticas y sociales más justas y por ende más equitativas y humanitarias, hoy son cuñas envueltas en papel regalo que hicieron carrera con el Progresismo.




Pero ¿qué es eso del Progresismo?, se preguntarán quienes aún albergan la esperanza de que aquello sólo sea una ideología basada en el progreso a través del mejoramiento —o perfeccionamiento— de la tecnología y los medios de producción, pero no hay que creer que es así de benigno. El Progresismo, en mi opinión, es otra más de las agendas de la élite mundial que se ha ido desarrollando a fuerza de batalla cultural. A fuerza de lavado de cerebro, de publicidad, mercadeo y adoctrinamiento. Una corriente política utilitarista, relativista y totalitaria, que así como la vieja doctrina Socialista que se enfocaba en defender las causas de los más humildes, pretende hoy hacernos creer que lucha por un estado de bienestar, por la redistribución de la riqueza, la defensa de los derechos civiles y la participación ciudadana. Nada más alejado de su puesta en práctica, nada más falaz que los postulados que proponen cercenándole al hombre su capacidad de encontrarse consigo mismo en esa otra dimensión que los judeo-cristianos solemos llamar vida espiritual. Una concepción bastante materialista en la que se rechaza la idea de la religión cristiana por la de una religión de corte humanista, cientificista y pragmática.




¿Dónde había escuchado yo esto antes? Ah, claro, la historia nos demuestra otra vez que somos una rueda de noria, un círculo que se repite cada que al hombre le da por sustituir el papel de Dios. Se me vienen a la memoria El Renacimiento, La Ilustración, la proclama de la Revolución Francesa, el Pensamiento Moderno, la Revolución Industrial el Socialismo, el Post-modernismo, el Positivismo, y hasta el Existencialismo; todas fases de la humanidad en donde el hombre confundido tenía que apelar a sus propias capacidades para establecer un nuevo pacto con la historia, dejando de lado la fe y reafirmando el individuo (y en otros casos el Estado) como fuente de toda verdad y poder.

    Desde los tiempos en que existe el hombre como habitante del planeta, no es raro que la idea del progreso lo haya tentado siempre con miras a satisfacer sus necesidades de una manera más efectiva. Es natural la tendencia a ser cada vez mejor y a escalar en la pirámide de Maslow. Lo extraño es que para llegar a la cúspide hayamos tenido que prescindir de la idea de Dios, a lo mejor porque es también una creación humana que últimamente anda rezagada y distraída, pero a la que hay que seguirle teniendo fe a pesar que los que dicen representarlo en la tierra sean tan sátrapas y tan hipócritas como quienes defienden la causa progresista, o sino que le pregunten al Papa Francisco a quién le convendría más ese discurso de su última encíclica en la que pretende igualarnos a los hombres bajo la proclama de que todos somos hermanos, aun sabiendo que no todos somos iguales (o quizá sólo ante los ojos de Dios), ni lo podemos ser ante la realidad del mundo.

    En fin, que como la idea surgió de la Revolución Francesa, los progresistas de aquel entonces eran los revolucionarios y terminaron siendo reformistas en vista de que los que más ganaron con la Revolución fueron los burgueses, clase social a la que ellos se oponían con todo rigor.

    Pero qué contradicción que hoy en día quienes más apoyan el progresismo son los burgueses de izquierda, esos que ofrecen su discurso contra las oligarquías y ponen al pueblo contra el empresariado mientras ellos gustan de viajar en primera clase y adquirir los productos de las mejores marcas capitalistas. Así es todo en esta corriente solapada.




    En Colombia, por ejemplo, tendremos un candidato con muy grandes posibilidades de ser presidente para el 2022, el cual representa esta ideología que impone su criterio en favor de las minorías a costa de la voluntad de las mayorías. Y no me extrañará si gana porque hasta sus más encarnizados enemigos le han allanado el camino para que llegue al primer cargo del país. Nadie hay más feliz que este caballero con la debacle de la nación, pues sabe que su discurso populista (como lo fue el discurso del que hoy preside el cargo) calará en los corazones (no en las mentes) de los incautos colombianos que todavía esperamos que nuestro proyecto de Estado-Nación tenga nombre de caudillo, porque aunque seamos un país de mayoría católica, nos sigue quedando ese arraigo judío que todavía nos tiene esperando la venida de un mesías.

    Por esas intuiciones personales —que son las que guían mi conciencia— es que me declaro antiprogresista. Hay cosas que por el hecho de ser nuevas y conducir a una aparente modernidad y a un engañoso progreso, no necesariamente son buenas.



 

    Sigo siendo un conservador romántico, de esos aferrados al pasado, que ingenuamente piensan que aquel tiempo fue mejor. Me critican porque tiendo a mirar mucho para atrás, por ser un nostálgico de lo que ya fue. Pero a veces me pongo a reflexionar con objetividad y me pregunto: ¿qué de bueno hay en el presente que sea mejor que el pasado y que no tenga que ver con el progreso material?

    Si alguien sabe la respuesta, por favor dejarla en la sección de comentarios. Advierto que no valgo los términos que para sus intereses ha sabido manipular el Progresismo: “Igualdad social”, “Pluralidad”, “Participación ciudadana”, “Derechos Civiles”, “Diversidad”, “Legislación exclusiva para las Minorías”… etcétera, etcétera. 


14/12/20   



martes, 8 de diciembre de 2020

Cosas de la mala suerte, de Dios o la Conspiración

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    No sé si lo que me ha sucedido en los últimos días sea producto de la mala suerte, un designio de Dios, o el simple resultado del devenir azaroso de la humanidad, que desde su creación siempre ha estado en malas manos. Creo que me identifico más con el tercer evento, porque si en algo creo, es en la maldad del hombre.

    El pasado siete de noviembre mi padre fue internado de urgencia en una clínica de la ciudad por una insuficiencia cardíaca congestiva. Antes de ingresar le realizaron la fatídica prueba del Covid, y casi le arrancan la nariz por su tabique desviado. Salió negativa. De todas maneras lo llevaron al piso de los pacientes enfermos de las vías respiratorias. Dos días estuvo soportando la calamidad de estar aislado y en riesgo junto a otros enfermos mientras le hacían la prueba de reconfirmación, porque la ciencia y las instituciones de salud parecieran estar confabuladas al punto de que han hecho pública la versión de que los tests negativos probablemente resulten ser falsos negativos, mientras que los resultados positivos sí son indudables e incuestionables. Como quien dice que si la prueba te resulta favorable, lo más aconsejable es que no celebres, porque eso no quiere decir que a la salida del centro de salud no te van a contagiar.

    La prueba de reconfirmación le salió negativa otra vez. El sospechoso de Covid debía ser trasladado a un piso de enfermos no respiratorios, y la platica del gobierno para la clínica no iría a desembolsarse en nombre de mi padre. Al menos no por esa vez.

    El jueves 12 de noviembre fue dado de alta por la tarde, luego de haber superado la emergencia cardíaca y haber sido descartado como paciente Covid. Pero dos días más tarde comenzó a sentir los síntomas del maldito virus chino. Una desgraciada coincidencia. Al tercer día fui yo el que desarrolló el malestar, y en efecto me hice la prueba: salió positiva. Sin necesidad de reconfirmación.



    Todo apunta a que fue dentro de la misma clínica, estando en su período de hospitalización —por una causa ajena al Covid—, donde posiblemente él adquirió el virus. O tal vez lo adquirí yo primero cuando ingresé para cancelar los servicios y retirarlo de la institución, y tuve que deambular por pasillos, escaleras y ascensores del centro hospitalario. O fue en el taxi de regreso, o en la cafetería donde tomamos jugo. Nunca se sabe.

    No valió que nos cuidáramos, que no saliéramos sino a lo indispensable, que usáramos el asqueroso tapabocas, que mantuviéramos la distancia hasta con la misma familia. No valieron de nada las prevenciones porque las circunstancias nos obligaron a meternos al foco de contagio: la clínica.

    Por desgracia, caer en una hospitalización en este momento es sinónimo de hacer la carrera para ganarse el premio del Coronavirus. En las mismas clínicas y hospitales campea el bicho a sus anchas, y a diario este se sortea para ver a quién le toca. La mañana del jueves 12 de noviembre, muy posiblemente, fue el día en que nos ganamos ese mortal premio. Cosas de la mala suerte, dirán algunos. Otros dirán que son cosas de Dios, y yo, que soy más mal pensado y más mal hablado, me suscribo a la teoría de que son cosas de la conspiración.




    Quién sabe: bien sabemos que los pacientes con preexistencias como mi padre, mayores de ochenta años y con todo el riesgo de morir, son carne fresca para el sistema que nos quiere aniquilar. Es más conveniente que sean diagnosticados con el mal de moda. “Esa platica no se puede perder”. ¿Cómo iban a dejar escapar a un ancianito que en los últimos años le ha generado tantos costos al sistema? No tenían el respaldo de la prueba, pero a lo mejor en ella misma estaba la posibilidad del negocio futuro: un negocio que sabe conjugar muy bien el verbo inocular.

    Yo tampoco tengo pruebas para decir cómo fueron las cosas, pero dentro de mi dolor y mi desesperanza, y siendo consecuente con lo que vengo diciendo en este blog desde que toda esta campaña asesina comenzó, reitero mi creencia, mi opinión, ratifico mi intuición, y me afianzo en la idea de que a veces no son cosas de la suerte ni de Dios, porque si hay algo que está bien planeado, es el poder de destrucción de la humanidad.

    A mi papá no hubo más remedio que entregarlo al sistema de salud cuando comenzó con la asfixia, cuando su saturación no pasaba de sesenta o setenta y estaba completamente desesperado. Se hizo todo lo posible para no remitirlo a la cueva del lobo, pero hay un momento en que no se puede hacer nada más. Quedaba la esperanza de que se recuperara, de que existiera un milagro de Dios a través de la oración, pero está visto que a Dios le importa un culo la humanidad.

    Mi padre falleció tres días después. El diagnóstico fue Covid 19, pero nunca tuvimos la información adecuada sobre su estado de salud gracias al régimen dictatorial en el que operan las clínicas ahora. Dependíamos de la voluntad del personal médico, que no es mucha, y al final del día siempre flotaba esa misma pregunta: “¿cómo seguirá mi papá?”.




    Sé que él murió solo, sin una mano afectuosa que le diera fuerza en sus últimos instantes de vida, sin la posibilidad de pedir ayuda, esperando que yo fuera en su rescate y lo sacara de aquel lugar. Conociendo uno el carácter del personal médico —que no son ningunos héroes— sospecho que le faltó asistencia oportuna.

    Pero dijeron que estaba muy mal, apelando al viejo consuelo de que hubiera podido ser peor; y al parecer no tenía posibilidades de recuperarse. Sospecho que lo que más lo mató fue la soledad, la depresión, la certeza de saber que estaba atrapado, en manos de gente forastera que no sentía ningún afecto por él. Soy de la creencia de que a mi padre le faltó mi compañía, verme a su lado apoyándolo y alentándolo, ayudándolo a remover el plástico de los alimentos, poniéndole las pantuflas, llevándolo al baño bajo cuerda, dándole la seguridad que sólo yo le hubiera podido dar. No pudimos ni siquiera despedirnos, ni pude hacer su voluntad de sacarlo de ese infierno porque no había otra opción, ni pude hacerle un funeral decente porque la orden es cremar a todo el que fallezca por Coronavirus y no permitirle un sepelio digno.




    Algunos dirán que eso no es así, que eso tiene una razón de ser, que estoy equivocado. Pero yo hablo desde mi experiencia y mi percepción, y esa es la sensación que me queda a mí, al que cada noche llora por su padre, independiente de la edad y las enfermedades que tuviera, porque sólo yo sé cuál es el tamaño de mi dolor, y sólo yo decido qué razones aceptar y cuáles no. Porque por más que digan que estaba viejo y enfermo, ni la edad ni las enfermedades per sé lo pudieron matar. Tuvo que ayudar el maldito virus, ese extraño agente que más parece un arma biológica y eugenésica.

    Siendo así las cosas, siendo esa la  nueva normalidad en la que nos han insertado por la fuerza, siendo este el nuevo orden mundial sobre el cual me cago una y mil veces, no queda más remedio que pensar que lo que nos va a matar no es el Coronavirus, sino la soledad. No será una pandemia sino la desnaturalización de los instintos humanos. Será el miedo; la certeza de saber que una vez ingresemos a una unidad de urgencias (por la enfermedad que sea), nos convertiremos en un candidato óptimo para seguir engordando las cifras. 

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...