Hace poco menos de 160 años, promediando el siglo XIX, Abraham Lincoln, uno de los presidentes más icónicos de los Estados Unidos, escribió algo llamado “Ocho reflexiones para una época de crisis”, con las cuales contribuyó a la abolición de la esclavitud y a dejar un legado de valores y sabiduría para la posteridad. Ese legado es menester recuperarlo en estos tiempos de alienación y renuncia porque refleja la visión del recordado presidente para sentar las bases de una sociedad más justa.
Mucho tiempo después, en el siglo XX, en una sesión bastante célebre del parlamento español, un político de derecha realizó una intervención magistral en la que hacía referencia a estas ocho reflexiones, pero adaptándolas a la lucha contra el socialismo, e inmortalizando así un pequeño fragmento de video que circula en las redes sociales y que se titula “Los socialistas y sus dictaduras”, en donde esbozó una explicación de por qué él nunca sería de izquierdas de acuerdo con las lecciones de Lincoln que enumeraba como sigue a continuación:
1. No despreciar la economía para llegar a la prosperidad.
2. No fortalecer al débil debilitando al fuerte.
3. No ayudar al obrero degradando al que le paga su salario.
4. No promover la hermandad de los hombres incitando al odio de clases.
5. No ayudar al pobre destruyendo al rico.
6. No se puede establecer una seguridad bien fundada con dinero prestado.
7. No quitarle la independencia e iniciativa al hombre si se le pretende infundir valor y carácter.
8. No ayudar a los hombres haciendo lo que ellos podrían hacer.
Si Lincoln proclamó estos mandamientos por la época en que Marx comenzaba a hablar de la revolución del proletariado en Europa, justo cuando se presentaban las condiciones más duras de miseria e inequidad para los trabajadores, era porque preveía lo que podría llegar a suceder si la ola marxista se agigantaba. Todo ello dio origen a la recién formada izquierda del momento en reemplazo de los revolucionarios jacobinos que depusieron a la monarquía desde los tiempos de la Revolución Francesa: la izquierda marxista, que hasta hoy intenta subsistir a pesar de que la filosofía de Marx hace rato mutó en un monstruo muy distinto y con tentáculos más peligrosos llamado “progresismo”, que no tiene mucho que ver con Marx, pero que se sustenta en su principio más básico: la opresión.
Así, la izquierda (o mejor las izquierdas, porque actualmente suelen ser de muchos tipos) se convirtió en una corriente tan imperante que hoy es la que determina la hegemonía política del mundo, y lejos de representar a las clases desfavorecidas como pretendía Marx, es una ideología de élites viciosas que hacen parte de la casta política y que viven a costillas de la verdadera clase trabajadora, porque todo lo legitiman con la mesiánica figura del Estado.
Yo no comparto dicha ideología. No soy de izquierda, nunca lo he sido y nunca lo seré. Prefiero la derecha con todas sus imperfecciones y equivocaciones, porque una noción acertada que se desvía del camino o se corrompe en el tiempo tiene más probabilidades de reencontrarse y enderezarse que aquella que ya viene caída por naturaleza. Y la izquierda es eso, una mala semilla plantada en un terreno árido que, lejos de dar frutos, sólo producirá espigas.
La derecha, en cambio, parte de una cosmovisión más elevada que acepta que algo mayor rebasa a los hombres. Cuando su actuar se deforma es porque ha perdido el principio de una autoridad superior y se ha arrogado para sí la potestad de intervenir en el destino de los hombres. La solución, en ese caso, es defenestrar al usurpador de la ley natural y encauzar nuevamente esta por su sendero de justicia y equilibrio. Por el contrario, la izquierda no puede rencauzarse, pues no tiene un camino señalado más que el que le señalan los hombres que se designan a sí mismos como la autoridad superior. No reconoce entidad divina que sobrepase lo humano, ni trasciende a una gloria de infinitud. Los suyo es mero humanismo entendido por humanos, mero inmanentismo en el que toda duda prevalece, y el designio del hombre es el límite del poder. A veces ni eso. Lo suyo es la materia, todo aquello que puede desvanecerse en el aire, como apuntaba el terrible Marx.
Por eso no soy ni seré jamás de izquierda, porque esta le hace creer al mundo que es compasiva, popular, humana, caritativa, defensora de los pobres, inclusiva y tolerante, entre otras muchas bondades de las que más bien carece. Su postura es falsa, desde luego, y aunque intente matizarse a través de niveles de intensidad, ninguna izquierda es buena. Todas comienzan haciéndole un guiño a esa abstracción llamada “pueblo”, preocupadas por las causas sociales y colocándole a todo el apellido de lo social, pero nada más antisocial que una izquierda que parasita del pueblo y se enriquece a costillas de este. La izquierda contraría como mínimo las cinco primeras leyes de Lincoln: no genera riqueza, pero la usurpa de aquellos que con trabajo, habilidad, inteligencia, o hasta algo de suerte, la han conseguido.
No soy ni seré jamás de izquierda, pues no soy partidario del conflicto por el conflicto, y este es el alimento diario del que se nutre esta tendencia para mantenerse a flote: patrón vs. trabajador; capitalista vs. proletario; hombre vs mujer; hispano vs. indígena; blanco vs. negro; maestro vs. alumno; heterosexual vs. homosexual; hispano vs. anglosajón; norte vs. sur; oriente vs. occidente; gordos vs. flacos; animalistas vs. humanistas; cristianos vs. musulmanes; católicos vs. ateos; libertarios vs. comunistas; padre vs. hijo; médico vs. paciente; y así, las izquierdas, en especial las posmodernas, ven en toda relación de opuestos o de categorías particularizantes y subordinadas, una relación de opresores vs. oprimidos. Si no se genera un conflicto en boga en el cual se pueda tomar partido por algún bando para acusar al otro, no se puede sostener el armazón de la ideología izquierdizante.
El mismo Marx se valió de la relación entre el proletario y el capitalista para profundizar un conflicto hasta los confines de una revolución violenta en donde alentaba a tomarse el poder a la fuerza, con derramamiento de sangre y bajo la figura de la dictadura, que es contra lo que supuestamente luchan las izquierdas que hablan de paz. Pero en el fondo y en la forma la izquierda es división, disolución, ruptura, agudización de las diferencias. La derecha, con sus monumentales equivocaciones históricas, gira en torno a la unión alrededor de una referencia trascendente de sentido: Dios, la patria, la familia, la tradición.
No soy ni seré jamás de izquierda porque no comulgo con la exaltación de la debilidad del hombre en procura de su destrucción, o como los mismos militantes lo dicen, de su “deconstrucción”. El sistema necesita de hombres débiles, afeminados, incapaces de asumir la defensa de la familia y de su nación; fácilmente sometidos a las tiranías totalizantes en contra de los valores sagrados que otrora infundieron instituciones como la Iglesia. Por eso te bombardean con la “deconstrucción de la masculinidad”, la ideología de género, los discursos sobre el “patriarcado”, “el cambio climático por culpa del hombre blanco”. O te venden la degradante idea de que tienes que dejar de concebirte como hombre, pues por el sólo hecho de que tus cromosomas sean XY, entonces “ya tienes la violencia insertada en tu ADN”. Por el contrario, apoyo la formación de hombres valientes, guerreros, competitivos, preparados para afrontar la guerra en caso de que sea necesario. Porque solo cuando el hombre es fuerte la civilización prevalece y la especie no se extingue.
No soy ni seré jamás de izquierda porque esta denigra de la figura del padre y de la autoridad que viene acompañada de la noción imprescindible de la fuerza. Sin fuerza no hay autoridad; sin autoridad no hay orden, y sin orden sobreviene el caos, el desgobierno y la falta de sentido que deviene en un mundo de hombres escindidos de su naturaleza masculina, justo como ocurre en estos tiempos.
No soy ni seré jamás de izquierda porque este espectro es el que ha votado para que al hombre se le anule su presunción de inocencia, pues necesita culpabilizarlo y condenarlo, y con ello mellar la voluntad humana. Al quitar del camino el elemento de la resistencia que le pueda plantar cara, a la tiranía le resulta muy fácil la esclavización de una sociedad que no resiste.
No soy ni seré jamás de izquierda porque no quiero un mundo en el que todo esté mediado cien por ciento por la emoción, la autopercepción y los caprichosos sentimientos en lugar de guiarse por la fe cristiana y la razón. La primera porque reconoce que siempre habrá un Dios que nos supera a los seres humanos y por el cual fuimos creados a su imagen y semejanza. Y es a ese Dios a quien nos debemos en lugar de autogobernarnos según el criterio errático de la condición humana. La segunda, porque es la facultad que este mismo Dios nos otorgó para discernir el bien del mal antes que para dudar de su existencia.
Así, la emocionalidad de la izquierda subjetivó las leyes más elementales de la convivencia humana hasta mandar al diablo el sentido común. El pensamiento de derecha, por el contrario, prefiere la racionalidad ante la duda, y si la duda persiste opta por la fe antes que guiarse por el deseo del corazón, que son dos cosas bien distintas. Ya lo dice el proverbio bíblico: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo, Jehová, que escudriña la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras”. (Jeremías 17:9-10).
No soy ni seré jamás de izquierda porque soy contrario a pensar que nada es totalmente bueno o malo; que no hay verdad, no hay mentira y que todo es relativo; reconozco una única verdad que está en Jesucristo, el hijo del Dios verdadero en el que se encuentra el camino, la verdad y la vida. Lo otro es guiarse por el pensamiento de una cultura que viene campeando desde los tiempos en que las filosofías humanas se impusieron por sobre la idea de Dios, y he aquí el resultado de este mundo de hombres confundidos.
No soy ni seré jamás de izquierda porque yo sí creo en la voluntad popular, cosa que la izquierda no hace. La democracia sólo les sirve cuando ganan ellos, y se valen de ella para llegar al poder y ponerse el traje de demócratas ante la comunidad internacional. Su plan de cambiar el sistema político y económico de un país de manera que la gente dependa cada vez más de la limosna que reparten los líderes, es el plato predilecto de las izquierdas hipócritas que simulan ser defensoras de los desvalidos.
Por último, no soy ni seré jamás de izquierda porque la economía planificada, la política de partido único y el control estatal de los medios de producción, lo que se traduce en socialismo puro y duro, es un fracaso donde quiera que se intenta implementar, y es el sistema que defienden los fracasados. No soy de izquierda porque yo quisiera aprender a pararme sobre mis propios pies en lugar de pararme sobre los hombros del vecino. Si no lo lograra, más me vale morir por mis propios medios que vivir por los ajenos.






























