miércoles, 28 de agosto de 2024

Por qué no soy ni seré jamás de izquierda

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Hace poco menos de 160 años, promediando el siglo XIX, Abraham Lincoln, uno de los presidentes más icónicos de los Estados Unidos, escribió algo llamado “Ocho reflexiones para una época de crisis”, con las cuales contribuyó a la abolición de la esclavitud y a dejar un legado de valores y sabiduría para la posteridad. Ese legado es menester recuperarlo en estos tiempos de alienación y renuncia porque refleja la visión del recordado presidente para sentar las bases de una sociedad más justa.

     Mucho tiempo después, en el siglo XX, en una sesión bastante célebre del parlamento español, un político de derecha realizó una intervención magistral en la que hacía referencia a estas ocho reflexiones, pero adaptándolas a la lucha contra el socialismo, e inmortalizando así un pequeño fragmento de video que circula en las redes sociales y que se titula “Los socialistas y sus dictaduras”, en donde esbozó una explicación de por qué él nunca sería de izquierdas de acuerdo con las lecciones de Lincoln que enumeraba como sigue a continuación:

     1. No despreciar la economía para llegar a la prosperidad.

     2. No fortalecer al débil debilitando al fuerte.

     3. No ayudar al obrero degradando al que le paga su salario.

     4. No promover la hermandad de los hombres incitando al odio de clases.

     5. No ayudar al pobre destruyendo al rico.

     6. No se puede establecer una seguridad bien fundada con dinero prestado.

     7. No quitarle la independencia e iniciativa al hombre si se le pretende infundir valor y carácter.

     8. No ayudar a los hombres haciendo lo que ellos podrían hacer.

     Si Lincoln proclamó estos mandamientos por la época en que Marx comenzaba a hablar de la revolución del proletariado en Europa, justo cuando se presentaban las condiciones más duras de miseria e inequidad para los trabajadores, era porque preveía lo que podría llegar a suceder si la ola marxista se agigantaba. Todo ello dio origen a la recién formada izquierda del momento en reemplazo de los revolucionarios jacobinos que depusieron a la monarquía desde los tiempos de la Revolución Francesa: la izquierda marxista, que hasta hoy intenta subsistir a pesar de que la filosofía de Marx hace rato mutó en un monstruo muy distinto y con tentáculos más peligrosos llamado “progresismo”, que no tiene mucho que ver con Marx, pero que se sustenta en su principio más básico: la opresión.

     Así, la izquierda (o mejor las izquierdas, porque actualmente suelen ser de muchos tipos) se convirtió en una corriente tan imperante que hoy es la que determina la hegemonía política del mundo, y lejos de representar a las clases desfavorecidas como pretendía Marx, es una ideología de élites viciosas que hacen parte de la casta política y que viven a costillas de la verdadera clase trabajadora, porque todo lo legitiman con la mesiánica figura del Estado.



     Yo no comparto dicha ideología. No soy de izquierda, nunca lo he sido y nunca lo seré. Prefiero la derecha con todas sus imperfecciones y equivocaciones, porque una noción acertada que se desvía del camino o se corrompe en el tiempo tiene más probabilidades de reencontrarse y enderezarse que aquella que ya viene caída por naturaleza. Y la izquierda es eso, una mala semilla plantada en un terreno árido que, lejos de dar frutos, sólo producirá espigas. 
     
     La derecha, en cambio, parte de una cosmovisión más elevada que acepta que algo mayor rebasa a los hombres. Cuando su actuar se deforma es porque ha perdido el principio de una autoridad superior y se ha arrogado para sí la potestad de intervenir en el destino de los hombres. La solución, en ese caso, es defenestrar al usurpador de la ley natural y encauzar nuevamente esta por su sendero de justicia y equilibrio. Por el contrario, la izquierda no puede rencauzarse, pues no tiene un camino señalado más que el que le señalan los hombres que se designan a sí mismos como la autoridad superior. No reconoce entidad divina que sobrepase lo humano, ni trasciende a una gloria de infinitud. Los suyo es mero humanismo entendido por humanos, mero inmanentismo en el que toda duda prevalece, y el designio del hombre es el límite del poder. A veces ni eso. Lo suyo es la materia, todo aquello que puede desvanecerse en el aire, como apuntaba el terrible Marx.

     Por eso no soy ni seré jamás de izquierda, porque esta le hace creer al mundo que es compasiva, popular, humana, caritativa, defensora de los pobres, inclusiva y tolerante, entre otras muchas bondades de las que más bien carece. Su postura es falsa, desde luego, y aunque intente matizarse a través de niveles de intensidad, ninguna izquierda es buena. Todas comienzan haciéndole un guiño a esa abstracción llamada “pueblo”, preocupadas por las causas sociales y colocándole a todo el apellido de lo social, pero nada más antisocial que una izquierda que parasita del pueblo y se enriquece a costillas de este. La izquierda contraría como mínimo las cinco primeras leyes de Lincoln: no genera riqueza, pero la usurpa de aquellos que con trabajo, habilidad, inteligencia, o hasta algo de suerte, la han conseguido.



     No soy ni seré jamás de izquierda, pues no soy partidario del conflicto por el conflicto, y este es el alimento diario del que se nutre esta tendencia para mantenerse a flote: patrón vs. trabajador; capitalista vs. proletario; hombre vs mujer; hispano vs. indígena; blanco vs. negro; maestro vs. alumno; heterosexual vs. homosexual; hispano vs. anglosajón; norte vs. sur; oriente vs. occidente; gordos vs. flacos; animalistas vs. humanistas; cristianos vs. musulmanes; católicos vs. ateos; libertarios vs. comunistas; padre vs. hijo; médico vs. paciente; y así, las izquierdas, en especial las posmodernas, ven en toda relación de opuestos o de categorías particularizantes y subordinadas, una relación de opresores vs. oprimidos. Si no se genera un conflicto en boga en el cual se pueda tomar partido por algún bando para acusar al otro, no se puede sostener el armazón de la ideología izquierdizante.

     El mismo Marx se valió de la relación entre el proletario y el capitalista para profundizar un conflicto hasta los confines de una revolución violenta en donde alentaba a tomarse el poder a la fuerza, con derramamiento de sangre y bajo la figura de la dictadura, que es contra lo que supuestamente luchan las izquierdas que hablan de paz. Pero en el fondo y en la forma la izquierda es división, disolución, ruptura, agudización de las diferencias. La derecha, con sus monumentales equivocaciones históricas, gira en torno a la unión alrededor de una referencia trascendente de sentido: Dios, la patria, la familia, la tradición.



     No soy ni seré jamás de izquierda porque no comulgo con la exaltación de la debilidad del hombre en procura de su destrucción, o como los mismos militantes lo dicen, de su “deconstrucción”. El sistema necesita de hombres débiles, afeminados, incapaces de asumir la defensa de la familia y de su nación; fácilmente sometidos a las tiranías totalizantes en contra de los valores sagrados que otrora infundieron instituciones como la Iglesia. Por eso te bombardean con la “deconstrucción de la masculinidad”, la ideología de género, los discursos sobre el “patriarcado”, “el cambio climático por culpa del hombre blanco”. O te venden la degradante idea de que tienes que dejar de concebirte como hombre, pues por el sólo hecho de que tus cromosomas sean XY, entonces “ya tienes la violencia insertada en tu ADN”. Por el contrario, apoyo la formación de hombres valientes, guerreros, competitivos, preparados para afrontar la guerra en caso de que sea necesario. Porque solo cuando el hombre es fuerte la civilización prevalece y la especie no se extingue.

     No soy ni seré jamás de izquierda porque esta denigra de la figura del padre y de la autoridad que viene acompañada de la noción imprescindible de la fuerza. Sin fuerza no hay autoridad; sin autoridad no hay orden, y sin orden sobreviene el caos, el desgobierno y la falta de sentido que deviene en un mundo de hombres escindidos de su naturaleza masculina, justo como ocurre en estos tiempos.

     No soy ni seré jamás de izquierda porque este espectro es el que ha votado para que al hombre se le anule su presunción de inocencia, pues necesita culpabilizarlo y condenarlo, y con ello mellar la voluntad humana. Al quitar del camino el elemento de la resistencia que le pueda plantar cara, a la tiranía le resulta muy fácil la esclavización de una sociedad que no resiste.




     No soy ni seré jamás de izquierda porque no quiero un mundo en el que todo esté mediado cien por ciento por la emoción, la autopercepción y los caprichosos sentimientos en lugar de guiarse por la fe cristiana y la razón. La primera porque reconoce que siempre habrá un Dios que nos supera a los seres humanos y por el cual fuimos creados a su imagen y semejanza. Y es a ese Dios a quien nos debemos en lugar de autogobernarnos según el criterio errático de la condición humana. La segunda, porque es la facultad que este mismo Dios nos otorgó para discernir el bien del mal antes que para dudar de su existencia.

     Así, la emocionalidad de la izquierda subjetivó las leyes más elementales de la convivencia humana hasta mandar al diablo el sentido común. El pensamiento de derecha, por el contrario, prefiere la racionalidad ante la duda, y si la duda persiste opta por la fe antes que guiarse por el deseo del corazón, que son dos cosas bien distintas. Ya lo dice el proverbio bíblico: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá? Yo, Jehová, que escudriña la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras”. (Jeremías 17:9-10).



     No soy ni seré jamás de izquierda porque soy contrario a pensar que nada es totalmente bueno o malo; que no hay verdad, no hay mentira y que todo es relativo; reconozco una única verdad que está en Jesucristo, el hijo del Dios verdadero en el que se encuentra el camino, la verdad y la vida. Lo otro es guiarse por el pensamiento de una cultura que viene campeando desde los tiempos en que las filosofías humanas se impusieron por sobre la idea de Dios, y he aquí el resultado de este mundo de hombres confundidos.

     No soy ni seré jamás de izquierda porque yo sí creo en la voluntad popular, cosa que la izquierda no hace. La democracia sólo les sirve cuando ganan ellos, y se valen de ella para llegar al poder y ponerse el traje de demócratas ante la comunidad internacional. Su plan de cambiar el sistema político y económico de un país de manera que la gente dependa cada vez más de la limosna que reparten los líderes, es el plato predilecto de las izquierdas hipócritas que simulan ser defensoras de los desvalidos.

     Por último, no soy ni seré jamás de izquierda porque la economía planificada, la política de partido único y el control estatal de los medios de producción, lo que se traduce en socialismo puro y duro, es un fracaso donde quiera que se intenta implementar, y es el sistema que defienden los fracasados. No soy de izquierda porque yo quisiera aprender a pararme sobre mis propios pies en lugar de pararme sobre los hombros del vecino. Si no lo lograra, más me vale morir por mis propios medios que vivir por los ajenos.

viernes, 23 de agosto de 2024

La suerte de llamarse Rupertino

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     ¿Por qué tendría que llamarse Rupertino si ya de por sí venía condenado con el sino de la soledad?

     Un nombre como ese, en estos tiempos, es un síntoma que augura el fracaso. Con ese nombre no se puede ir muy lejos, no se pueden abrir muchas puertas, y eso lo sospechó Rupertino Díaz desde el instante en que tuvo conciencia de sí mismo.

     ¿En qué estarían pensando sus padres cuando decidieron bautizarlo de manera tan pintoresca, jocosa y hasta burlesca en una época en que todos los nacidos se llamaban Juan, Andrés, Camilo, Felipe o Sebastián? Con cualquiera de esos nombres hubiera combinado su apellido tan corriente, y él habría podido considerarse un hombre normal con un nombre normal: Felipe Díaz, Julián Díaz, Robinson Díaz, Luís Díaz; en fin. Hasta actor o futbolista hubiera podido ser.

     Pero si Para Rupertino Díaz el nombre no debía significar otra cosa que la forma de uno ser reconocido en el mundo y punto, para la cultura cabalística el nombre significaba mucho, hasta el punto de que podría marcar el destino del portador. Es así como alguien que se llame Rupertino no puede tener sino un destino pesaroso, risible, lastimero. No podría ser, por ejemplo, un ganador de la vida. 

     ¿Cuántos Rupertinos de éxito conocía él? ¿Cuántos tocayos suyos habrían restado importancia a su nombre y se habrían concentrado en lo esencial, que es la búsqueda de la felicidad sin fijarse en minucias?

     A ninguno conocía, ni bueno ni malo, ni ganador ni perdedor. Ese nombre, bien escaso en los hombres del nuevo siglo, debería constituir un motivo para sentirse único, especial, bendecido. No para sentirse apenado, disminuido, opacado. Rupertino, que debía ser un sobreviviente entre todos los viejos Rupertinos a quienes les correspondió la suerte de llamarse así desde los tiempos de la Independencia y la época republicana, tendría que estar orgulloso de su denominación en la cédula, que a su vez era la misma denominación de su padre y de su abuelo.


     El primero, Rupertino José Díaz Villegas, comerciante de la ciudad de Pereira, ya extinto a causa de una neumonía, fue su padre virtuoso para los negocios y para todos los menesteres de la vida. El segundo fue su abuelo, Rupertino de la Concepción Díaz Montoya, arriero y colonizador antioqueño de esta villa de Cañarte que apenas hace 160 años comenzó su vida administrativa. Fue este un patriarca de numerosa descendencia, forjado con el tesón bragado de la generación de antaño que ya se perdió y que nunca volverá. No tuvo la oportunidad de conocer el abuelo al último de los Rupertinos, a su nieto dubitativo tan distinto a él. Porque si algo caracterizó al abuelo fue la voluntad de no temerle a nada ni a nadie más que a Dios, pues era un hombre de fe. Y con la ayuda de Dios supo siempre para dónde iba. El nieto, en cambio, el sencillo Rupertino Díaz, sin más nombres, no sólo había llegado al mundo con el nombre equivocado, sino también con el destino equivocado, producto de la actitud equivocada.



     Renegó de su nombre hasta que alguna vez buscó su significado, pero sólo apareció la variante genérica de la cual provenía el sufijo diminutivo Rupertino, que era el nombre de Ruperto. Ruperto: Nombre de origen germánico que viene de la palabra gloria. Significa ilustre, glorioso, “el que gobierna con gloria”; un buen nombre para aquellos que desean inspirar a otros.

     Por esa razón nunca más se le pasó por la cabeza la idea de cambiarse el nombre. Podría no sonar muy apropiado, pero significaba algo muy grande. Además, si se lo cambiaba, eso hubiera sido como renegar de su padre y de su abuelo a la vez. Al uno lo recordaba con afecto y admiración, y al otro lo recordaba en los recuerdos de su padre, que le decía siempre “mi papá fue muy berraco para trabajar”, porque el modelo se repitió en el hijo, aunque no así en el nieto, con el cual se rompió la continuidad de la berraquera. 

     A Rupertino le tocaron otros tiempos llenos de mucha comodidad, lo cual le permitió vivir sin esforzarse demasiado, ya que sus ancestros habían despejado el camino para él. Por eso se daba el lujo de dormir hasta tan tarde, que en eso sí no tenía competencia.

     A veces podían ser horas que se convertían en días sin despertar, y Rupertino dormía como un koala sin oficio, con la profundidad de un mar inexplorado, doce, trece o catorce horas de sueño ininterrumpido. Cuando se levantaba, Rupertino sólo quería un café, no para despertarse, como todos, sino para seguir durmiendo a pesar de que esto le quitaba el sueño. No importaba: para dormir no se necesitaba tener sueño, así como para comer no es necesario tener apetito. Para dormir en apariencia, porque Rupertino solo dormitaba en su cama. Lo único que tuvo desde que llegó a su adultez tardía, fue ganas de no levantarse.



     Pero incluso con su nombre, su destino equívoco y su desidia por la vida, Rupertino tuvo una habilidad en la cual se sentía único. Nadie como él para recitar de memoria las alineaciones de los equipos campeones de la copa del mundo en toda su historia, desde 1930 hasta 2018, porque todavía estaba por aprenderse la del último mundial, que ya no quiso ver. Además del equipo campeón del mundial, no podía citar ninguna otra alineación, como por ejemplo la del subcampeón, o la de algún club de fútbol ganador de una Eurocopa, porque lo suyo era exclusivamente la copa del mundo. Tampoco podría recordar la calidad de los jugadores, ni la trayectoria que tuvieron. Sólo memorizaba los apellidos que formaron ese día en la cancha de juego y ya estaba. Una habilidad, por supuesto, que no servía para nada, pero Rupertino, amante de los mundiales de fútbol, se consideraba único en su especie si alguien le preguntaba, por ejemplo, con qué nómina salió campeón Francia en el mundial de 1998: “Barthez, Thuram, Leboeuf, Desailly, Lizarazu, Karembeu, Deschamps, Petit, Zidane, Djorkaeff, Guivarch”, respondía Rupertino, y enseguida agregaba “entraron Boghossian, Dugarry y Vieira para el segundo tiempo”.

     Alguna vez, intentando sorprender a una mujer con la que salió a comer en una cita que pretendía ser romántica y resultó ser todo un fiasco, trató de engañarla diciéndole que sabía hablar italiano. “A ver, dime algo en italiano”, lo desafió la acompañante curiosa por escuchar el pintoresco idioma en la voz de Rupertino, quien comenzó a recitar de la siguiente manera con entonación cantora: “Combi-Allemandi-Monzeglio-Bertolini-Ferrari-Ferraris-Monti-Meazza-Guaitia-Orsi-Schiavo”. “¿Eso qué es?”, preguntó fastidiada, “ahí no está diciendo nada”. “Claro que sí”, dijo él, “te estoy haciendo una declaración de amor”. Era la nómina de la selección italiana campeona del mundial de 1934. La mujer no le creyó ni un ápice porque ella sí conocía el idioma de verdad, y con una frase contundente lo despachó para siempre y se marchó dejándole toda la cuenta al ridiculizado Rupertino: “vai a dire bugie a tua mama”.



     “Podrá saber mucho italiano”, pensó él, “pero apuesto a que no sabe quién metió el gol de la final en Italia 90, ni cómo quedaron España-Holanda en 2010". Ni falta que le hacía a ella saber de mundiales, ni falta que le hacía a él saber conquistar a una mujer. Por eso siguió por el mundo tan campante con su nombre a cuestas, memorizando las alineaciones de los países campeones del mundial y aprendiendo todo lo innecesario e impráctico para vivir.

     Pero no aprendió las cosas más importantes de la vida, como la capacidad de tener disciplina, esforzarse y trabajar duro, transitar el camino hacia el éxito, construir un hogar decente para conformar su propia prole y dejar una pequeña huella por el bien de la humanidad.

     Seguramente Rupertino morirá sin dejar legado ni descendencia, aunque sabiendo una cantidad de datos inútiles que lo harán acreedor a una gloria inexistente. No como la gloria a la que alude el significado de su nombre, sino como la gloria que viene de la mano de la pena, más inadvertida que notoria.

     En síntesis, Rupertino Díaz, a pesar de su pensamiento conservador, habrá vivido como el más obnubilado de los progresistas de estos tiempos; como esos existencialistas que no le encuentran propósito ni sentido a la vida y les basta sólo con existir, y se inventan causas sin pies ni cabeza para justificar la insensatez de su existencia. Por eso Rupertino se merece ese nombre con el que lo habrán de relacionar con la estulticia y la necedad, porque según el Diccionario de Americanismos, también eso quiere decir una persona ruperta: tonto, necio. Le queda mejor ese significado, por lo pronto, porque, aunque se trate de una persona con gran potencial, el Rupertino de esta historia no se ha dado cuenta de lo que tiene, que es mucho más que la suerte de llamarse como se llama.


sábado, 17 de agosto de 2024

El incendio

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    “Soy un escritor irrefrenable, soy un genio”, pensó Rupertino Díaz a las cuatro de la mañana de aquel domingo 2 de junio, cuando estaba guardando en su computador personal el borrador de la columna que acababa de escribir y que publicaría en su ignoto blog al día siguiente.

   “Definitivamente tengo madera de columnista y nadie ni nada podrá detenerme en esta nueva empresa”, se ufanó mientras el documento de Word le indicaba “guardando columna 2 de junio…”, pues aún no titulaba el artículo en ciernes: todo sería cuestión de que al día siguiente, cuando hubiera dormido y descansado bien, la inspiración le disparara un título sorprendente para ese escrito que, según él, no tendría nada que envidiarle al mejor columnista de opinión (según el establecimiento periodístico) de Colombia; pongamos por caso un Daniel Samper Pizano, un Ricardo Silva, un Héctor Abad , un William Ospina, un Constaín, etc.

    Lo cierto es que aquel amanecer de domingo, Rupertino estaba eufórico, pletórico, henchido de orgullo por su intelecto escritural como cada vez que lograba redactar cualquier párrafo mediocre que él consideraba la panacea de la literatura. “Esta carrera al mundo de las letras no hay quien la detenga”, se repitió otra vez mientras cerraba el portátil, más que satisfecho por lo trabajado y con el cansancio en los ojos. A las once de la mañana se levantaría de nuevo, encendería su dispositivo y le lanzaría al mundo su obra por medio de un blog que escasamente conocía su mamá y que nadie, absolutamente nadie, estaba interesado por revisar, pues cuando Rupertino soltó la bomba de que era un columnista de opinión consagrado bastó que sus pocos amigos leyeran una o dos cosas de lo que había subido al internet para darse cuenta de que allí no afloraba el más mínimo talento ni había nada de especial. Lo que hacía Rupertino bien lo podía hacer cualquiera con mejores resultados. De hecho, de opinadores ya estaba lleno el mundo en las redes sociales, incluso con apoyos audiovisuales y efectos especiales que los hacían más atractivos que una simple columna de opinión, como si para eso no existieran los periodistas de verdad.

    Pero Rupertino se sentía único, original, especial. Soñó que sus columnas de opinión, sus cuentos, sus divagaciones y sus reflexiones solitarias eran luz para la humanidad, y que todos lo referenciaban como la eminencia a la que había que consultarle sobre los temas políticos y sobre la vida misma. ¿Que si hay una polémica por alguna situación que surgió en el mundo de las artes, la cultura, la geopolìtica y las humanidades? Pues que le pregunten al escritor, filósofo y pensador Rupertino Díaz, la cabeza más brillante de Colombia y el que ha influenciado a jóvenes y adultos para tener una vida mejor y tomar mejores decisiones. ¿Qué si hay que hacer un programa de televisión, un debate o un streaming en cualquier canal de Youtube en donde se toquen temas sociales, políticos y hasta religiosos? Pues ahí está, que inviten al experto Rupertino Díaz, quien es la figura prominente que más se acerca a la verdad.


    Eso soñaba, profunda y celosamente dormido, dueño de su fantasía intelectual. Se soñó en un panel televisivo poniendo en su sitio a un par de progresistas necios que defendían la supremacía del animal sobre el maléfico ser humano, y se arreciaban puntos de vista de un lado a otro hasta que el debate se puso caliente. Los asistentes aplaudían al doctor Rupertino Díaz a rabiar cada que destrozaba con argumentos afilados a sus oponentes y los dejaba en vergüenza. La muchedumbre gritaba su nombre y lo ensalzaba, y fue entonces cuando los zurdos hijos del wokismo estallaron por la humillación que les estaba haciendo pasar aquel sabio; chillaron como monos a los que les quitan una banana y agarraron las lámparas de escenografía del set para aventarlas al público, y luego tiraron las cámaras, los trípodes, las consolas, arrancaron los cables que vieron por ahí esparcidos y provocaron un cortocircuito que dio inicio a una conflagración en el estudio y se extendió por todo el plató de grabación, mientras en medio del calor y las llamas la gente aplaudía y ovacionaba el nombre de “Rupertino” sin importar que el fuego los consumiera, puesto que lo más importante era corear su nombre: ¡Rupertino! ¡Rupertino! ¡Rupertino!, y este era sacado y protegido por los agentes especiales de seguridad que el Servicio Secreto, tal vez, le había asignado a raíz de las amenazas contra su vida por parte del espectro del progresismo. Los panelistas zurdos que ocasionaron el desastre fueron alcanzados por las llamas, y al tiempo que se consumían en su rabia y se incineraban más por el ardor de su violencia que por la explosión que habían provocado, gritaban también el nombre de su oponente en una incitación a la venganza y la muerte: ¡Rupertinooo!, ¡Rupertinooo….! ¡Pagarás por esto!


    ⸺¡Rupertino!, ¡Rupertino! ⸺escuchó el quimérico hombre en medio del calor sofocante de una mañana que apenas iniciaba. No se quiso mover, obstinado en terminar la historia de su sueño, pero la voz seguía llamando con angustia.

    ⸺¡Rupertino, salga, salga que se prendió este apartamento!

    Era la voz de su madre que lo llamaba con desespero mientras iba por un extintor para apagar un incendio que al parecer se había generado en el punto del aire acondicionado, posiblemente por una sobrecarga.

      ⸺¡Salga, Rupertino!

 ⸺¿Qué pasa? ⸺se despertó tremendamente asustado, como activado por un resorte y sin tiempo para analizar la situación. Salió corriendo hasta la puerta sin ponerse las chanclas ni los zapatos, sin agarrar sus anteojos, sin llevar su celular para pedir auxilio, sin acordarse de llevar su billetera con sus documentos personales, su pasaporte, sus tarjetas del banco, su licencia de conducir, su cédula de ciudadanía, y mucho menos acató a rescatar su ordenador personal, que estaba a un lado del aire acondicionado, porque lo único que vio Rupertino al salir fue una inmensa bola de fuego en el ventanal, rodeando el aire y adentrándose en el apartamento, a punto de devorarlo todo. Del susto llegó hasta las escaleras para bajar a la entrada, olvidándose de su portátil, sus historias, sus anhelos de gloria intelectual, y hasta de su madre, que lo único que le ordenó fue que corriera como nunca en su vida, que saliera, que se salvara. Y Rupertino corrió como si fuera Forest Gump hasta hallarse en la esquina del apartamento mientras los vecinos preguntaban qué sucedía, y él tratando de explicar que el aire acondicionado se había prendido, pero su madre que venía detrás le decía “no diga nada que no sabemos”. El dueño del edificio, que en ese momento entraba a alertarlos a todos, apenas pudo golpear las puertas de los otros apartamentos para que los residentes evacuaran. Cerró la puerta del apartamento en llamas y se resignó a su suerte, y dijo “the fucking barbecue”, porque él sí sabía qué había ocasionado el incendio. Luego todo el mundo hallándose escandalizado afuera del edificio mientras esperaban los bomberos, y Rupertino a cuadra y media pálido y acobardado deseando que eso fuera una pesadilla y que la verdadera realidad fuera su heroico combate contra los progresistas en el estudio de televisión; acordándose luego del computador, de sus escritos, de los apuntes a mano para su libro, de las consultas que había realizado y que guardaba a un lado del ordenador, del material bibliográfico subrayado, de los discos duros en donde tenía unas fotografías digitales de inmenso valor histórico, de todos los libros que le iban a servir como fuente para escribir su propio libro, de las estadísticas que llevaba y la cantidad de hojas escritas de su puño y letra que eran el sustento de su obra, de todo lo extractado durante tres o cuatro años de investigación, de las memorias USB donde tenía las copias de sus archivos que en ese momento debían estar ardiendo junto con el disco duro del computador.

    Se acordó de todos sus sueños que en ese instante se volvían ceniza, pues tanto la información digital como la escrita a mano se pulverizaron en un mar de destrucción, y Rupertino no podría volver a recuperar jamás aquellos datos, aquellas fuentes, aquellos apuntes pasados en limpio una y otra vez, porque para eso tendría que volver a nacer de nuevo en el año en que nació.



    Ahí sí rogó que la mano de Dios todopoderoso apagara las llamas. Los bomberos nada que llegaban y esas infernales llamas comenzaban a devorar el tercer apartamento y la casa de atrás, mientras los vecinos salían asustados y temblorosos pidiendo la intervención de esos héroes con cascos y mangueras, porque estaban en un país donde los bomberos supuestamente eran efectivos y estaban bien financiados, y no tenían que vivir de hacer rifas. Entonces ahí sí todos se acordarían de esos hombres que arriesgan sus vidas por otros, y nadie habría querido rechazar sus boletas y les habrían comprado hasta tres o más bonos con tal de que llegaran y les salvaran sus pertenencias del incendio. Pero no, porque aquello era Nueva York, la ciudad en la que los bomberos tenían más trabajo y no había por qué dudar de su respuesta, y todo eso pensó Rupertino cuando aparecieron los primeros carros haciendo ulular su sirena, y fueron llegando uno a uno hasta sumar alrededor de 80 miembros que entraban con sus mangueras destruyendo todo a su paso y compitiendo con las lenguas de fuego en una labor igualmente destructiva pero necesaria, porque lo que no destruyó el fuego lo destruyó el agua, y así tenía que ser.

    Más de hora y media tardaron en apagar el incendio, y fue tiempo suficiente para que el apartamento en donde estaban viviendo Rupertino y su madre se convirtiera en una ruina total. Ninguna de sus pertenencias logró salvarse, excepto los tenis que este dejaba en la puerta de entrada para no ensuciar la alfombra y que aparecieron cubiertos de hollín. Excepto, también, lo que tenía puesto: una camiseta de dormir con más agujeros que un colador, una pantaloneta para hacer ejercicio y un par de medias que bien habrían podido romperse con el trajín de la carrera para no admitir que Rupertino ya las venía usando así desde hacía tiempo. Nada más, porque ni siquiera los pantaloncillos pudo salvaguardar, pues a veces Rupertino solía dormir sin ropa interior, como aquella vez.


    ⸺Quedamos en la calle ⸺le dijo a su madre cuando por fin los bomberos lograron detener la conflagración y pudieron ingresar a lo que quedó de apartamento. Todo reposaba bajo la pavesa revuelta con trozos de madera quemados, escombros y clavos diseminados, y un olor penetrante a corto circuito que no permitía respirar con libertad. El aire aún estaba caliente y la humareda no terminaba de disolverse. Por el momento no hubo nada por rescatar.

    ⸺Pero estamos vivos y salvo ⸺le respondió ella para que su hijo fuera consciente de que las cosas habían podido ser mucho peor.

    ⸺Se quemó todo, no tenemos nada ⸺insistió Rupertino.

    ⸺Nos tenemos el uno al otro.

    En realidad, habían quedado, de momento, en condición de indigencia: sin dinero, sin ropa, sin comida y sin casa. La brigada de la Cruz Roja que acudió al lugar no tardó en auxiliar a todos los damnificados, que eran los habitantes de por lo menos cinco residencias, dándoles una ayuda para que tuvieran con qué comprar algo de comida y de ropa. Se abría allí un nuevo caso por calamidad doméstica, tanto para ellos como para los vecinos afectados por el incendio.

    Días después, Rupertino y su madre fueron asignados a un albergue de mala muerte en las afueras de Nueva York que no quisieron aceptar, no tanto por vanidad, como por salubridad, seguridad y bienestar emocional. Era un cuchitril triste con dos camastros cuyas paredes habrían podido ser testigos de quién sabe cuántas tropelías y degradaciones. Apenas entraron sintieron la energía que se siente en los sitios donde han matado gente y salieron despavoridos. Lograron después encontrar una habitación decente en un vecindario decente dentro de lo que se puede encontrar en una ciudad tomada por la indecencia y continuaron la vida como si nada, como si todo fuera parte del diario vivir, porque los incendios son tan cotidianos en Nueva York como los aguaceros en la Pereira natal de Rupertino.


    Ahora Rupertino Díaz anda con ajuar y tenis nuevos, gracias a todas las ayudas que vinieron de parte de las donaciones de la Cruz roja, del dueño del apartamento, del jefe noble que tanto apreciaba a la madre de Rupertino por ser buena trabajadora, de las valiosas y antiguas amistades que ella conservaba, de la generosidad de la familia, de los allegados y conocidos. Si no hubiera sido por esto, si Rupertino hubiese estado solo, difícilmente habría podido retomar su vida anterior, teniendo en cuenta que él siempre ha sido un hombre de pocos amigos y pocas simpatías hacia la gente. Su torpeza social lo ha hecho un hombre taimado y huidizo, carente de aquel magnetismo personal que se necesita para triunfar en la vida, o al menos para ser feliz, como lo es su madre, agradecida y regocijada con el mundo.

    Pero la vida le dio una lección a Rupertino, y es que más vale conservar los lazos sociales y familiares que ser reconocido como un hombre sabio y eminente. Más vale tener amigos que admiradores. Mejor ser querido que admirado, porque a nadie se admira tanto como a alguien por quien se siente afecto. Porque fue mucho más fácil para él y para su madre retomar su vida después del incendio que si nadie les hubiera dado la mano, y por eso se encuentran tan agradecidos con todo el mundo.

    Rupertino no sabe si la experiencia del incendio lo cambió, pero ahora que ya tiene computador nuevo, mejor ropa que la que tenía antes, medias y calzoncillos por racimadas, zapatos de moda, y mucho más de lo que uno requiere para vivir en este mundo consumista, ha entendido que no son necesarias tantas cosas; que con pocos objetos personales se puede estar medianamente bien, que no hay que comprar todo lo que el mercado ofrezca ni antojarse de llevar la vida que llevan los otros. Que basta con unas pocas camisetas, un par de bluyines, el mismo saco para el frío, unos zapatos resistentes al camino y lo que se pueda echar en una maleta liviana que se cargue sin mucha dificultad, porque es mejor ir ligero de equipaje si de todas maneras todos vamos a terminar el viaje en el mismo destino y nuestras pertenencias quedarán por ahí diseminadas en manos de los otros o tragadas por los fuegos fatuos.


    Hoy en día le sobra todo, pero le escasean las ganas de ser escritor. Ya no quiere empezar de cero otra vez, como tantas veces ha tenido que empezar en su empeño de escribir. No se siente con arrestos para retomar el camino ambicioso que se había trazado con miras a ser un hombre célebre, influyente, interesante. Le da lo mismo lo que piensen de él, porque sabe que por más que se esfuerce, por más ahínco que le ponga nuevamente a su quimérica ilusión de ser un tipo respetado en el gremio de la literatura, nunca tendrá el nivel de los que verdaderamente son grandes: le falta disciplina, talento, convicción. No está llamado a inscribir su nombre en la Historia porque en el fondo es un sujeto minúsculo, pusilánime, sin capacidad de sacrificio. Tal vez su misión es la de ser un hombre normal, como el 99% de los hombres del planeta. Eso lo sabe bien. No tendría por qué ser de otro modo. Él, que se decía para sus adentros que tenía madera para escribir y que nadie le cortaría el vuelo, se vio obligado a aterrizar sus ilusiones a raíz de un incendio: el incendio fue la excusa, porque en realidad Rupertino nunca ha hecho nada para perseguir sus sueños.


jueves, 15 de agosto de 2024

Esperanza para preservar la democracia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Mucho se ha especulado sobre el escenario geopolítico que comenzó a configurarse a partir de la segunda década de este siglo, cuando el planeta, que ya venía cambiando soterradamente hacia un nuevo ordenamiento mundial, se sacudió por una pandemia de la que todavía queda una de sus mayores secuelas: la incertidumbre.

    La Tierra sigue girando como un trompo descabalado que en su desesperación tambalea para no detenerse, pero también sabe que, tarde o temprano, se le acabará el impulso y terminará colapsando con sus ejes invertidos. Y no me refiero aquí a una cuestión de tintes catastróficos por obra y gracia de la naturaleza, sino más bien al evidente descalabro al que asistimos hoy día los habitantes de este mundo al revés que no sabemos para dónde coger.

    Ese nuevo escenario que se configura globalmente atañe a todos los habitantes de todos los países; desde las potencias más desarrolladas y expandidas hasta el país más pequeño e insignificante que generalmente es un lote de tierra perdido en altamar al que alguien le adjudicó un himno y una bandera.

    Estados Unidos, China, India, Rusia, Irán, Korea del Sur, Japón, la Unión Europea y los califatos árabes, como para mencionar solo algunos protagonistas, siguen siendo los actores principales de esta puesta en escena llamada geopolítica. Sólo que, en el pulso por no ser actores de reparto, la competencia los ha exacerbado a sacar uñas y dientes como en una lucha por la supervivencia en la que al final resultan unos vencedores y otros vencidos. Es posible, como lo demuestra la Historia, que esos vencedores de hoy sean los vencidos de mañana, y viceversa.



    Sabemos que antes de que se termine esta década, y de mantenerse las tendencias económicas, políticas y militares de las potencias mundiales, China sería la primera en poco menos de cinco años, y la India ascendería al segundo lugar antes de 2040. Puede que la economía no lo sea todo a la hora de establecer la conclusión de un análisis, pero sí representa un medidor muy importante para darnos cuenta cómo está el panorama. Hablemos, por ejemplo, del Producto Interno Bruto. China tiene actualmente un PIB de 17.79 billones de dólares, mientras el de Estados Unidos está por el orden de los 27.36 billones. Teniendo en cuenta que la tasa actual de crecimiento de China es de un 5.2% anual y la de Estados Unidos está apenas en un 2,5%, no es difícil deducir que en un lapso aproximado de cinco años la primera potencia mundial sería la China comunista de Xi Jinping. ¿Modelo para el mundo? Bueno, pues al menos así lo han promulgado desde el mismo Foro Económico Mundial.

    Estados Unidos, por su parte, descendería a la tercera, cuarta, o quinta casilla a medida que su economía y su construcción de Estado-nación se vayan destiñendo, si acaso no se desmiembra la Unión Americana en una guerra interna que los enemigos de Occidente vienen caldeando desde hace rato.

    Porque de darse esta división, los estados constituidos en independientes no tendrían ningún peso en el tinglado de la hegemonía mundial. ¿Qué puede hacer el Estado de Nueva York devenido en una república autónoma, enemistado con el Estado de Florida, enfrascado en una competencia por superar a California, y fatigado por ostentar una casa de gobierno más imponente que la que durante siglos se situó en Washington D.C.? ¿Qué opción les queda a los estados más pequeños que no podrían pensar en alianzas ahora que ha llegado el momento de la desunión, como es el caso de Vermont, Delaware o Rhode Island? ¿Qué podrían hacer por sí solos?



    El fraccionamiento desde adentro de Estados Unidos como nación significaría el fin de una era y la caída de un imperio, y eso es precisamente lo que están buscando, no sólo las potencias competidoras, sino otros actores que ya no se definen como cuerpos políticos delimitados por fronteras, sino como entes económicos, grupos de poder y agentes externos encabezados por dinastías metacapitalistas que en últimas son las que tienen el control del mundo. Es decir, que la guerra actual no es una guerra en caliente contra otra potencia extranjera en específico, sino contra una coalición de países, sociedades ideológicas, organizaciones trasnacionales y hasta magnates muy influyentes, cada uno haciendo su parte según su especialidad: lanzando misiles, promoviendo la migración ilegal y la invasión, financiando movimientos antipatriotas, esparciendo ideologías destructivas, atentando contra las tradiciones y los valores, operando el cambio en la cultura, inyectando capital para dictar los lineamientos de las organizaciones internacionales, planeando agendas de cómo tiene que ser el mundo; en fin, repartiendo los pedazos de un planeta al estilo de un poscolonialismo disfrazado de progreso, igualdad y diversidad.

    De cumplirse esta desgraciada predicción, ya no sólo en la tierra del Tío Sam, sino en el llamado “mundo libre”; si los Estados Unidos se separan, habrá que decirle adiós a la democracia.

    ¿Cuál democracia? Preguntarán los escépticos de izquierda a los que sólo les sirve esa palabra cuando ganan ellos. Pues bien, la única válida, que es la que puede representar el deseo de la mayor parte del pueblo. No aquella que se ha corrompido por la mano negra de los que manipulan las elecciones y se las roban. Si no es a través de la participación ciudadana, ¿cómo más se puede construir una sociedad en donde primen las oportunidades, la posibilidad de buscar la propia felicidad, la justicia, la libertad, la seguridad y el orden?

    Es cierto que la democracia es un concepto cuyo verdadero significado ha caído en desgracia, no sólo en nuestras Banana Republic, sino en el corazón mismo del imperio que ya parece otro más de los estados fallidos de Latinoamérica. Pero el otro camino es el de la dictadura, y esa no debe ser nunca una salida en la que, se supone, es la “Tierra de la libertad”.



    Y es que cuando no se puede garantizar siquiera la seguridad para un candidato presidencial que se avizora como el más opcionado a ganar las próximas elecciones de los Estados Unidos, y que de paso es opositor a la administración de turno, se le deja un pésimo mensaje a la ciudadanía de que las cosas seguirán por ese camino incierto que tiene tambaleando dicha democracia. El atentado de muerte contra el expresidente y candidato presidencial Donald Trump, así lo demuestra.

    Él, que viene pidiendo a gritos hacer fuerte la Unión Americana y devolverle la grandeza (sí, porque Estados Unidos tiene tradición de nación grande, aunque muchos se nieguen a aceptarlo) a una nación que la viene perdiendo, incluso desde cuando él fue presidente por primera vez, es el que hoy está en la mira de los asesinos. Si este es el candidato que la izquierda gringa pintaba como fascista, como guerrerista y como altamente peligroso, entonces ¿qué podemos decir de sus enemigos? ¿Es realmente Donald Trump el sujeto nefasto que llevaría a su país a la debacle, o existen otros actores en la tras-escena que serán los encargados de asestar el golpe contra la primera potencia mundial? Porque Trump ya gobernó una vez, y quedó demostrado que no fue un buen presidente: fue un excelente presidente, y las cifras así lo respaldan. ¿Hay una élite enmascarada, un Deep State, un poder todavía más peligroso que no es una teoría de conspiración y que está dispuesto a borrar del mapa a sus enemigos políticos con tal de imponer su visión de las cosas para mantener su propio control del mundo?

    Ese atentado da para muchas suspicacias, pero ni la prensa hegemónica ni los estamentos del poder quieren profundizar en ello. Lo de Trump pasó como el acto de un lobo solitario que por su cuenta y riesgo decidió eliminar al expresidente, tal vez por fanatismo o porque no soportaba sus excentricidades. Nada más lejos de la verdad. Una verdad que seguirá oculta porque se encuentra en manos de los autores intelectuales que muy posiblemente también tenían pensado matar a su propio chivo expiatorio desde que se planeó el ataque. La complicidad del Servicio Secreto, agenciado por el mismo gobierno, es del tamaño de un continente. Y esos autores, aunque no podamos lanzar sus nombres al aire porque no tenemos pruebas, están muy bien definidos por un concepto que los cobijaría a todos: son los verdaderos enemigos de la democracia.



    No, no es Donald Trump el peligro que se cierne sobre el mundo. Él, en todo caso, es quien denuncia el alcance de un poder secreto que busca una agenda atentatoria contra los valores del patriotismo americano. Es un outsider antisistema que no está dentro de la “rosca” en la que pudo haber estado y no quiso, o de la que en algún momento hizo parte y lo sacaron porque su prepotencia y ligereza de lengua no se llevaban bien con los cánones de la obediencia y la discreción que requiere el poder en las sombras del “Estado Profundo”.

    Sí, seguramente la vanidad de Trump le hizo pagar caro su empeño por ser lider. Como sea, es el candidato que representa en los Estados Unidos las ideas correctas. Porque no es quien sea Trump; no es su personalidad, su arrogancia ni su actitud combativa. Es lo que representa. Y Trump representa la vuelta a la grandeza de un país que perdió su norte por seguir el camino equivocado, yendo en contravía de los principios de justicia, defensa común, bienestar general y tranquilidad interior, que se refiere a la seguridad.

    Como a raíz de esa incertidumbre a la que vienen conduciendo a los ciudadanos después de 2020 se ha generado un pánico colectivo y un deseo por ser rescatados, muchos ciudadanos estadounidenses ven en Trump la fortaleza de un líder imperfecto y desmedido, pero que le atina al sentimiento nacional de que no se pierda la patria que tanto ha costado construir. No es un salvador, desde luego, pero al querer devolverle la dignidad a la Unión, permite vislumbrar un conato de esperanza para que no caiga la potencia que ha sido el espacio para la concreción de muchos sueños.



    De ahí que lo quieran matar para quitarse una piedra del camino: un camino que sus enemigos quieren transitar a expensas del ciudadano bueno que paga sus impuestos y recibe a cambio una condena por disentir en lo que la élite se está gastando su dinero. De ahí que los que quieran asesinar a Trump sean los mismos interesados en configurar ese escenario geopolítico del que hablé al inicio para imponer un nuevo estado de cosas, un nuevo orden mundial, que en últimas es un viejo orden comunista.

    Al final es Trump contra el globalismo, contra el “Estado Profundo”, contra la Agenda del mal, contra el comunismo disimulado del “no tendrás nada y serás feliz”. Pero al final también es todo un país que entiende que tampoco se puede ser feliz sin libertad. Que mientras haya una forma de preservar la democracia, redoblar el esfuerzo, mantener el trabajo duro y aspirar al ahorro, esta opción siempre será preferible por la gente trabajadora antes que la opción de la dictadura, del ocio improductivo, del desempleo, de la pobreza, de la renta condicionada, de la esclavitud.

miércoles, 14 de agosto de 2024

Ese ahorrito se perdió

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Imagínese, estimado lector, que usted tiene un amigo en el que confía mucho y que sabe bastante de inversiones, y por ende decide entregarle una suma X de dinero para que se la administre y le reporte alguna mínima utilidad mientras decide qué va a hacer con esa cantidad cuando sea el tiempo del retiro, o cuando una urgencia apremiante lo haga requerir del monto que su amigo le administra.

     Imagínese que cuando usted le pida la plata a su amigo, porque esa es su voluntad y porque tiene la libertad de hacerlo en el momento en el que usted quiera hacerlo, este le diga que no se la puede devolver completa, o que incluso ha perdido parte de esa pequeña fortuna porque apareció un tipo de mala estirpe, el ladrón del barrio, que además es un embaucador y tiene fama de matón, y que lo ha obligado a que le entregue su dinero para usarlo como a él le dé la gana sin garantizar que se lo retorne con el respectivo pago de intereses, o incluso arriesgando a que usted no vuelva a ver su capital jamás en la vida, porque ya se sabe que no se puede confiar en la palabra de un bandido.

     ¿Qué podría decirle usted al amigo que ha sido el depositario inicial de su dinero, en el que ha confiado siempre porque lo ha considerado un tipo correcto? Pues que así las cosas, ya no hay trato. Que lo mejor es que él le devuelva sus ahorros y que cada uno siga por su lado. Su amigo, sin embargo, le va a contestar lo siguiente:

     —Hombre, es que no me has entendido. Je, je…. Cómo te dijera… Aquí mi patrón, el que estás viendo con esos escoltas armados hasta los dientes, me ha solicitado tu dinero porque tiene unos asunticos en los cuales invertir. Cuando él me lo devuelva, pues ahí podríamos hablar vos y yo, a ver qué podemos hacer. Por el momento toca dárselo y esperar, je, je...

     —De ninguna manera, socio —responderá usted con fulgurante indignación—, yo a usted le entregué mi plata y usted me la devuelve completa en este mismo instante.

     Pero su amigo, que por conveniencia y por miedo debe tener buenas relaciones con el poderoso capo que ha tomado su dinero, le responderá con algo de vergüenza y algo de cinismo:

     —Hombre, yo hice lo que pude, pero tengo las manos amarradas. Si querés yo te llamo al patrón para que te entendás con él directamente.

    Entonces hará una seña para que el forajido, que espera en la silla de atrás de una camioneta blindada, baje el vidrio polarizado de la ventanilla y les pida que se acerquen a pesar de que usted claramente le ha dicho a su amigo que no quiere conocer a nadie ni meterse en líos. Usted tendrá que ir con su amigo a encarar al bandido porque no quedará de otra, y así, en un tono amable y sugestivo, a usted le dejarán las cosas claras.

     —Este es el cliente del que le hablé, patrón —le dirá su amigo al pistolero matachín.

     —Mucho gusto —lo saludará usted no queriendo la cosa, y apenas intente hablar, una voz autoritaria y mañosa le responderá con mucha sutileza.

     —Vea, mijo, no se busque más problemas y quédese calladito. Entienda que ese ahorrito se perdió.

     ¿Qué haría usted si eso sucede? ¿Enfrentaría al mafioso a pesar de que no está en igualdad de condiciones? ¿Le retiraría la amistad a su amigo en quien tanto confió por haberlo traicionado? ¿Iría a la Policía sabiendo que ya ha sido cooptada completamente por el peligroso delincuente?




     Pues bien, estimado ahorrador. Prepárese, porque una escena muy parecida vamos a tener que vivir todos los colombianos que tenemos una cuenta bancaria cuando se apruebe un proyecto de ley en el Congreso con el nombre de “Inversiones Forzosas”, propuesto por el presidente Gustavo Petro, que consiste, según palabras del mismo mandatario, en “sacar del ahorro público, que está quieto en los bancos, un porcentaje para destinarlo como crédito barato con costo financiero pequeño a las actividades de la producción”, y en “llevar parte de ese ahorro público a Bancoldex, Banco Agrario, Finagro o al Fondo Nacional del Ahorro para traducirlo hacia los sectores de la producción industriales, agrarios, de vivienda y de turismo”.

     Haciendo la analogía, usted es el ahorrador inicial; su amigo, en quien confió, es el banco en el que tiene su dinero; y el pillo armado es el gobierno que ha decidido utilizar su ahorro como le parezca, sin garantizar que la inversión que haga sea rentable, porque no sabemos hasta qué punto ese hampón, perdón, ese gobierno, esté en capacidad de devolverle el dinero al ahorrador a través del banco, el cual podría lavarse las manos con una facilidad pasmosa.

     Si todavía no entendemos cómo funcionaría esa “Ley de Inversiones Forzosas”, traduzcamos esa palabra como la apropiación del ahorro privado de los colombianos por parte del gobierno para dilapidarlo en los lujos que sólo el presidente, sus áulicos y sus lamebotas van a disfrutar. Derroche, viajes, contratos, burocracia, vida sabrosa, como les gusta a ellos.

     Porque aquí no hay lugar para las mentiras: las inversiones forzosas son “el inicio del concepto de expropiación de los ahorros para que se constituyan en el cajero automático del gobierno”, de eso no nos quede duda. Y aunque esta opinión haya sido dicha por un expresidente, yo creo que tiene razón: suficientes razones tenemos para sospechar que esa será otra platica que se van a feriar en las altas esferas del poder.




     Un especialista en el tema, el director ejecutivo del Instituto de Ciencia Política (ICP), Carlos Augusto Chacón, nos dice que las inversiones forzosas no sirven: “el ahorro de los particulares se politiza al obligar a los bancos a invertir en los sectores que el gobierno determine”. Esto, como es lógico, crearía un escenario de dependencia de los sectores “favorecidos” en relación con el gobierno. Al depender exclusivamente de la inyección de capital que va a suministrar el Estado, se generará una inflación a largo plazo sin precedentes, porque la inversión privada, que es la que sostiene la dinámica económica, se reduce a sus mínimos, y eso no permitirá que la economía se reactive como piensa el gobierno, sino que por el contrario se contraiga. La incertidumbre aumentaría el riesgo económico del país, trayendo como consecuencia más desinversión, mas desempleo, más pobreza.

     Para los entendidos en economía, esto es volver a las políticas keynesianas de los años treinta del siglo pasado, que consistieron en el aumento del gasto público por parte del Estado para levantar la economía: el resultado de esto se vio poco después en Europa, cuando el aparato productivo se cayó por completo en países como Alemania, en donde sobrevino la hambruna, la miseria, y el consecuente fanatismo nacionalista de un loco que culpó a los que no tenían culpa, y todo desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

     No hay que olvidarse de que el progreso de una nación es el ahorro. Si hay algo que un socialista no quiere, es que la gente tenga recursos a futuro con qué solventar sus emergencias, pues la premisa de estos enfermos es el empobrecimiento general.

     Todos los países que han aplicado políticas keynesianas como la que propone Petro han terminado en crisis inflacionarias de gran magnitud. El caso más patético es Argentina, en donde el kirchnerismo llevó a la devaluación de su moneda en forma vulgar. Lo más afrentoso de la propuesta es que a Petro ya no le basta proponer un modelo para quebrar la economía de la nación, sino que seamos nosotros mismos, los que tenemos algún pesito en el banco, los que le financiemos ese modelo de quiebra.




     Pero el embeleco de las “inversiones forzosas” no es algo nuevo. Ya se han realizado en otros gobiernos, siempre con lamentables resultados. El motivo de la angustia es que se van a hacer utilizando los ahorros de los colombianos, por una parte, y porque quien lo va a hacer se llama Gustavo Petro, un nombre que causa escozor si se trata de quien va a manejar nuestros ahorros. La primera razón es clave: los ahorros no se tocan, son propiedad privada y ya bastante tiene el ciudadano de a pie con tener que morder sus reservas para poder sobrevivir, y que parte de estas se vayan en pagar impuestos y costos bancarios, como para que ahora lo pongan a cargar una cruz llamada “inversiones forzosas”.

     La segunda razón para la negativa es todavía más justificada cuando uno sabe que detrás de esta propuesta está el gobierno más corrupto de la historia de Colombia, los que más han robado, los pillos más pillos, y esos son los que nos quieren manejar la plata. Más bien los que se la van a robar. Ninguno de los funcionarios actuales es de fiar.

     Nada más miremos quién es el ministro de Hacienda, el señor Bonilla, que está involucrado en el entramado de corrupción de la UNGRD, en donde se robaron más de un billón de pesos. ¿No fue este el mismo ministro que ordenó pagar la nómina de los funcionarios de su cartera dos, tres, y hasta ocho veces “erróneamente”? A propósito, nunca se supo si los funcionarios extra remunerados devolvieron el premio que no se habían ganado. 

     Sólo es ver cómo este gobierno se ha caracterizado por el derroche, el aumento del tamaño del Estado, la compra de conciencias, el robo a manos llenas, la dilapidación del erario, la financiación de delincuentes. Es un gobierno de delincuentes patrocinando a otros delincuentes. ¿No son estas suficientes razones para poner el grito en el cielo y decirle a Petro “con mi plata no se meta”?




     Definitivamente el ahorro es sagrado. Es una propiedad privada individual o familiar, producto del esfuerzo y las carencias que cada uno tuvo que soportar para adquirirla, y no tiene por qué constituir parte de un colectivo, porque de ninguna manera es un bien público.

     ¿Por qué, entonces, de un día para otro al cabecilla de la Casa de Nariño le dio por meter sus mugrosas manos en lo que el ciudadano de bien ha podido ahorrar, incluso pagando impuestos sobre ese ahorro?

     Porque eso de nacionalizar las pensiones, estatizar la salud, y ahora socializar el ahorro es propio de los sistemas autoritarios y dictatoriales en donde prima el control total de los medios de producción, la economía central planificada, la supresión de las libertades y la pauperización prolongada en el tiempo. Palabras más, palabras menos, socialismo puro y duro.

     Y el socialismo es un sistema voraz que lo depreda todo. Por eso al gobierno del cabecilla de la Casa de Nariño no le alcanza la plata de la Reforma Tributaria, ni la que va a recoger cuando se apodere de los ahorros pensionales, ni la que recogió con el desmonte del subsidio a los combustibles, ni toda la plata del mundo, porque es un socialista, y el socialismo es insaciable. No descansa hasta no ver al último de los mortales bajo su dominio con los bolsillos arrasados y clamando por una bolsa de comida al gobierno que lo arruinó.

     Churchill decía que el socialismo es tan rapaz, que si le das el desierto a los socialistas para que lo administren, en cinco años te lo devuelven sin arena.




     “Tranquilos, tranquilos”, dicen los petristas, “no armen escándalo, que esto no es una expropiación de los ahorros. Todos podemos seguir manteniendo nuestras cuentas bancarias. Es sólo un cambio en la dirección de las inversiones”. Es decir, ya no le estamos entregando nuestra plata al banco para que la administre, sino directamente al gobierno, que la manejará con la transparencia que lo caracteriza.

     ¿En dónde he escuchado esto antes? ¿Acaso en la reforma a la salud, en donde ya no serán las EPS’s privadas sino el gobierno el que se encargará de “proveernos” el servicio? ¿Acaso en la reforma pensional, en donde las pensiones serán nacionalizadas y metidas a un fondo común para que el gobierno meta la mano y comience la repartija?

     Claro, es que no hay que olvidar que este es el inicio de un régimen en donde el individuo no tiene derecho a mayor cosa, porque “todo es de todos”, o más bien, “lo de todos no es de nadie más que del Estado”.

     De esta manera nadie tendrá que preocuparse por cómo manejar su ahorro y en qué invertirlo: papá Estado se encargará de hacerlo por nosotros. Él sabe mucho más de estas cosas que cualquiera, pensando siempre en el beneficio social.

     “Hombre, que no es una expropiación”, insisten los mismos socialistas, “no cause terror con eso”, me dirán, pero lo estamos advirtiendo desde ahora: la expropiación al ahorro nunca será tan descarada y de frente como la que nos van a hacer. Al menos los otros gobiernos, que tampoco se salvan de la herida propiciada al patrimonio, disimulaban con impuestos como el 4 x mil, leyes sobre cuotas de manejo permitidas a los bancos, cobros de comisiones, cláusulas de letra chica en donde le mordían a uno la platica de la cuenta, pero esto ya es “la tapa”, como se dice en mi país. La tapa del robo que a todas luces no tiene tapa.




     “Que no, que no, que el Congreso jamás permitirá que se apruebe una ley así”, insisten los más escépticos, que fueron los mismos que nos dijeron que Petro nunca llegaría al poder que porque las instituciones en Colombia son muy fuertes. Pero ya sabemos que el Congreso es una feria, una subasta donde se compra y se vende al por mayor, que el tipo tiene mayoría y que le van a aprobar todo lo que diga.

     Sabemos bien el trasfondo de estas inversiones forzosas. No están preocupados por invertir para el desarrollo del país. Ya uno conoce cómo son las cosas con este desgobierno. Aquí sólo se necesita plata a dos manos, no importa cómo, para dar y convidar, porque están pensando en la reelección. Toca ir comprando los votos, ir pagando la publicidad de la campaña. Politiquería, que es lo que los socialistas saben hacer.

     Así pues, nuestros ahorros se irán en el soborno a los congresistas, en la nómina de los asesores y los burócratas, en el sueldo de los bodegueros como los que ya conocemos en redes sociales para que sigan hablando en favor de Petro, inventándose datos y moviendo la línea ética, que es su especialidad.

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...