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Rupertino Díaz no pudo
dormir en toda la noche. El ruido de infierno de la fiesta electrónica
proveniente de ese antro que quedaba justo detrás de su casa colaboró mucho
para ello, pero aún si hubiera habido un silencio de sepulcro, tampoco hubiera
podido conciliar el sueño: el verdadero desasosiego estaba dentro de su cabeza.
Llevaba varios días así, presa del ansia, de la desilusión, de la
insatisfacción, de la soledad. Su vida, aunque valiosa para la creación, era
una mierda para él y para el mundo. Poco a poco lo estaba intuyendo, pero no
quería darse cuenta. A él le bastaba con atiborrarse de somníferos y sortear
así el abismo de no saber ni siquiera quién diablos era. Esa noche las
pastillas no surtieron efecto. Se levantó de la cama, encendió la luz y se miró
al espejo que había detrás de la puerta. La imagen que vio reflejada fue muy
fácil de determinar: era la imagen de un hombre infeliz. No sabía exactamente
qué era aquello que los libros de autoayuda y los expertos en todo —que a
diario brotan en las calles— tanto le predicaban sobre la cuestión intrínseca
de la felicidad. “La felicidad está dentro de ti”, le decían siempre, pero él
miraba para sus adentros y sólo encontraba el vacío. No entendía por qué, si no
tenía apuros económicos graves, se sentía tan desdichado. Pensaba que las
únicas personas que no tenían motivos para ser felices eran aquellas que en su
país y en el resto del mundo se encontraban viviendo bajo la línea de la pobreza;
las que tenían que salir huyendo de sus países por los malos gobiernos; las
víctimas de la violencia política y social de su nación; las que no tenían
empleo ni medios de subsistencia; los damnificados por las catástrofes
naturales; en fin, todas aquellas víctimas de las tragedias que salían cada
noche reseñadas en los noticieros.
Esas eran para Rupertino las únicas
personas a las que quién sabe por qué exacerbada conspiración, el destino les
había negado la posibilidad de ser felices. ¿Pero él? Él bien podía serlo.
No era rico, pero no le faltaba nada por el
momento. Su situación económica estaba casi resuelta gracias a la propiedad que
le dejó su padre y que él podía rentar para tener con qué comer, pagar
servicios y medio vestirse, y así no preocuparse por su eterno desempleo, pero
al menos le quedaba tiempo libre para dedicarse a lo que quería.
Y lo que quería era escribir un libro.
Llevaba casi toda su vida de adulto tratando de terminar ese librejo al que
cada día le cambiaba la temática, y aunque sospechaba que nunca se lo
publicaría ninguna editorial de respeto, escribía como si estuviera redactando
un tratado de alta ciencia con el que propondría la solución a los problemas
del mundo, y soñaba con que su nombre apareciera alguna vez impreso con letras
de molde en la carátula de un libro exhibido en una vitrina, y abajo el título
de su primera novela, o su primera compilación de cuentos, o su serie de
crónicas sobre la vida, o su colección de columnas de opinión, o su breve
poemario. Cualquier cosa que pudiera mostrar para engañarse con la quimera de
que era un escritor consagrado.
Acaso fuera esa frustración lo que no le permitiera
sentirse feliz, pero Rupertino no parecía angustiarse por ello, porque era
indignante verlo apenas conformarse con su sueño y nunca ser capaz de plasmarlo
en la realidad. Le daba lo mismo si no terminaba su proyecto literario fallido,
pues tenía la esperanza de morirse antes de los cincuenta y veía poco probable culminar
ese propósito, además porque se sentía corto de inspiración.
De resto, Rupertino podía darse por bien
servido. No tenía deudas impagables, ni retos por los cuales sentirse presionado,
ni hijos qué mantener, ni mujer para querer. No sufría por amor ni por dinero,
y aunque su salud se había menguado en los últimos meses como resultado de su
mala alimentación y sus malos hábitos, además de su prematuro envejecimiento,
sentía que sus dolencias no eran tan graves como las de muchos que conocía y
estaban peor que él. “Es que usted tiene suerte, Rupertino”, “es que usted es
un privilegiado, Rupertino”, “es que ojalá todos tuviéramos sus oportunidades”,
le decía la gente que lo trataba de aconsejar, y Rupertino se sentía tan mal
por la comparación y el reproche, que prefirió aislarse, encerrarse en su casa
y no volver a conversar con nadie. ¿Para qué? ¿Para que todo el mundo se
burlara de él por las oportunidades que no supo aprovechar cuando estaba joven?
¿Para tener que estar dándole explicaciones a la gente de lo que hacía o dejaba
de hacer? ¿Para tener que inventarse emprendimientos interesantes con tal de no
parecer tan poca cosa cuando en realidad lo que hacía era pernoctar y ver programas
de la época de su niñez hasta que lo sorprendía el amanecer despierto? Fue
entonces cuando Rupertino comenzó a perder el sueño, a sufrir de ansiedad, a
encontrarse cansado y sin ganas de hacer nada, a sentirse un fracasado. Se
sintió infeliz, lo mismo que la gente de los noticieros. Se dejó atrapar de la
soledad, la frustración y la ansiedad. Se dejó tentar del resentimiento. Sin
nadie con quien hablar en su casa, se dio a la tarea de vigilar por un visillo
de la cortina los movimientos del mundo de afuera, esperando que algo sucediera
para ser espectador de primera mano, pero nunca sucedió nada en su calle. Los residentes
ni por enterados se dieron de la vida de ese vecino huraño que dormía de día y
deambulaba en la noche como un fantasma.
La vez que tomó conciencia de su infelicidad,
cuando se vio irreconocible en el espejo, recordó los momentos más hermosos que
él hubiera catalogado como los más felices de su vida: algunos pasajes de su
niñez, las charlas con su madre, ciertas actividades que realizó junto a su
padre —al que extrañaba y se arrepentía por no haber tratado mejor—, el tiempo
en que afrontó momentos difíciles, la época en que tuvo su primera novia y no
se percató que ella lo amaba hasta que se cansó de él y comenzó a aborrecerlo,
y todas esas vivencias que él recorrió antes sin emoción y que tantos años
después ahora recordaba con una gran nostalgia. Tuvo que llorar porque no
aguantaba más.
Esa había sido su felicidad perdida, que no
estaba dentro de él, como le decía la gente, sino en el pasado, en lo que había
dejado ir y ya no podía recuperar. Entonces entendió que de nada servía tomar
la decisión de ser feliz si no se tenía a nadie alrededor para compartir
también en la tristeza.
Nunca en su vida Rupertino fue tan feliz
como cuando compartió con los demás, obró en bien de alguien, o acompañó en una
causa justa. Fue en esos momentos incómodos, cuando él deseaba que el tiempo
pasara ligero para irse a descansar, que se validó el sentido de su vida y no
se dio cuenta. Cómo añoraba ese tiempo ahora para haberlo vivido de manera
diferente.
Ahí estuvo la felicidad, en la oportunidad.
No hubo que buscarla en ningún sitio, ni ir corriendo tras ella, ni encontrarla
adentro: la felicidad no es subjetiva. Si así fuera, esta chocaría con la ley
natural, porque la felicidad del asesino es matar, y la del violador, violar;
por tanto no es una cuestión de sentirse a gusto, de poder hacer lo que se
quiera, ni de encontrar el placer. Simplemente estaba ahí, en la posibilidad de
estar bien con los demás, de hacer lo que había que hacer.
El mito de alcanzar la felicidad como la
aspiración máxima de la vida tan promovido por consejeros e intelectuales quedó
hecho trizas para Rupertino. Se dio cuenta de que todo el mundo quería ser
feliz, que se predicaba esta emoción en todos lados como si de una nueva
religión se tratara. Y lamentó que los seres humanos fueran tan erráticos, que
persiguieran el ideal de una felicidad mal entendida en lugar de un ideal de
virtud.
Si él lo hubiera hecho desde que estaba
joven, si hubiera seguido un ideal de valores cristianos, Rupertino no habría
dejado pasar los momentos importantes de su vida sin ser consciente de lo que
debía hacer. Porque la verdadera felicidad es Dios, y quien prescinde de él
prescinde de la verdad, que es la condición indefectible para ser felices.
¿Qué le puedo decir a mi amigo Rupertino?
Que la religión de la felicidad es una idea que nos venden con carácter
obligatorio. Algunos hasta se atreven a proponerla como el deber de todo
hombre, como el ideal supremo, o la compilan en los manuales de superación y la
venden como pan caliente.
Seamos serios. El destino del hombre no es
la felicidad, no puede serlo. Si así fuera, se cumpliría a cabalidad esa
célebre ocurrencia de Goethe de que “la felicidad es cosa de plebeyos”.
























