sábado, 29 de enero de 2022

La felicidad es cosa de plebeyos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Antes de entrar en materia con el tema que titula esta columna, es decir, el tema de la felicidad, quiero hacer referencia de una pequeña historia que le sucedió a un amigo mío y que sirve para reflejar lo que sienten millones de seres humanos en todo el mundo. A lo mejor después de esta reflexión podamos ver la vida de otra manera y pensemos diferente frente a ese imperativo social que nos dice que tenemos que ser felices a toda costa. A lo mejor a mi amigo, que se llama Rupertino, le puedan servir de algo las siguientes palabras, porque últimamente lo veo deprimido y me late que él ya conoce el remedio para su depresión. La historia sigue de este modo:

 

*     *     *

 

    Rupertino Díaz no pudo dormir en toda la noche. El ruido de infierno de la fiesta electrónica proveniente de ese antro que quedaba justo detrás de su casa colaboró mucho para ello, pero aún si hubiera habido un silencio de sepulcro, tampoco hubiera podido conciliar el sueño: el verdadero desasosiego estaba dentro de su cabeza. Llevaba varios días así, presa del ansia, de la desilusión, de la insatisfacción, de la soledad. Su vida, aunque valiosa para la creación, era una mierda para él y para el mundo. Poco a poco lo estaba intuyendo, pero no quería darse cuenta. A él le bastaba con atiborrarse de somníferos y sortear así el abismo de no saber ni siquiera quién diablos era. Esa noche las pastillas no surtieron efecto. Se levantó de la cama, encendió la luz y se miró al espejo que había detrás de la puerta. La imagen que vio reflejada fue muy fácil de determinar: era la imagen de un hombre infeliz. No sabía exactamente qué era aquello que los libros de autoayuda y los expertos en todo —que a diario brotan en las calles— tanto le predicaban sobre la cuestión intrínseca de la felicidad. “La felicidad está dentro de ti”, le decían siempre, pero él miraba para sus adentros y sólo encontraba el vacío. No entendía por qué, si no tenía apuros económicos graves, se sentía tan desdichado. Pensaba que las únicas personas que no tenían motivos para ser felices eran aquellas que en su país y en el resto del mundo se encontraban viviendo bajo la línea de la pobreza; las que tenían que salir huyendo de sus países por los malos gobiernos; las víctimas de la violencia política y social de su nación; las que no tenían empleo ni medios de subsistencia; los damnificados por las catástrofes naturales; en fin, todas aquellas víctimas de las tragedias que salían cada noche reseñadas en los noticieros.

    Esas eran para Rupertino las únicas personas a las que quién sabe por qué exacerbada conspiración, el destino les había negado la posibilidad de ser felices. ¿Pero él? Él bien podía serlo.



    No era rico, pero no le faltaba nada por el momento. Su situación económica estaba casi resuelta gracias a la propiedad que le dejó su padre y que él podía rentar para tener con qué comer, pagar servicios y medio vestirse, y así no preocuparse por su eterno desempleo, pero al menos le quedaba tiempo libre para dedicarse a lo que quería.

    Y lo que quería era escribir un libro. Llevaba casi toda su vida de adulto tratando de terminar ese librejo al que cada día le cambiaba la temática, y aunque sospechaba que nunca se lo publicaría ninguna editorial de respeto, escribía como si estuviera redactando un tratado de alta ciencia con el que propondría la solución a los problemas del mundo, y soñaba con que su nombre apareciera alguna vez impreso con letras de molde en la carátula de un libro exhibido en una vitrina, y abajo el título de su primera novela, o su primera compilación de cuentos, o su serie de crónicas sobre la vida, o su colección de columnas de opinión, o su breve poemario. Cualquier cosa que pudiera mostrar para engañarse con la quimera de que era un escritor consagrado.

    Acaso fuera esa frustración lo que no le permitiera sentirse feliz, pero Rupertino no parecía angustiarse por ello, porque era indignante verlo apenas conformarse con su sueño y nunca ser capaz de plasmarlo en la realidad. Le daba lo mismo si no terminaba su proyecto literario fallido, pues tenía la esperanza de morirse antes de los cincuenta y veía poco probable culminar ese propósito, además porque se sentía corto de inspiración.



    De resto, Rupertino podía darse por bien servido. No tenía deudas impagables, ni retos por los cuales sentirse presionado, ni hijos qué mantener, ni mujer para querer. No sufría por amor ni por dinero, y aunque su salud se había menguado en los últimos meses como resultado de su mala alimentación y sus malos hábitos, además de su prematuro envejecimiento, sentía que sus dolencias no eran tan graves como las de muchos que conocía y estaban peor que él. “Es que usted tiene suerte, Rupertino”, “es que usted es un privilegiado, Rupertino”, “es que ojalá todos tuviéramos sus oportunidades”, le decía la gente que lo trataba de aconsejar, y Rupertino se sentía tan mal por la comparación y el reproche, que prefirió aislarse, encerrarse en su casa y no volver a conversar con nadie. ¿Para qué? ¿Para que todo el mundo se burlara de él por las oportunidades que no supo aprovechar cuando estaba joven? ¿Para tener que estar dándole explicaciones a la gente de lo que hacía o dejaba de hacer? ¿Para tener que inventarse emprendimientos interesantes con tal de no parecer tan poca cosa cuando en realidad lo que hacía era pernoctar y ver programas de la época de su niñez hasta que lo sorprendía el amanecer despierto? Fue entonces cuando Rupertino comenzó a perder el sueño, a sufrir de ansiedad, a encontrarse cansado y sin ganas de hacer nada, a sentirse un fracasado. Se sintió infeliz, lo mismo que la gente de los noticieros. Se dejó atrapar de la soledad, la frustración y la ansiedad. Se dejó tentar del resentimiento. Sin nadie con quien hablar en su casa, se dio a la tarea de vigilar por un visillo de la cortina los movimientos del mundo de afuera, esperando que algo sucediera para ser espectador de primera mano, pero nunca sucedió nada en su calle. Los residentes ni por enterados se dieron de la vida de ese vecino huraño que dormía de día y deambulaba en la noche como un fantasma.   

    La vez que tomó conciencia de su infelicidad, cuando se vio irreconocible en el espejo, recordó los momentos más hermosos que él hubiera catalogado como los más felices de su vida: algunos pasajes de su niñez, las charlas con su madre, ciertas actividades que realizó junto a su padre —al que extrañaba y se arrepentía por no haber tratado mejor—, el tiempo en que afrontó momentos difíciles, la época en que tuvo su primera novia y no se percató que ella lo amaba hasta que se cansó de él y comenzó a aborrecerlo, y todas esas vivencias que él recorrió antes sin emoción y que tantos años después ahora recordaba con una gran nostalgia. Tuvo que llorar porque no aguantaba más.



    Esa había sido su felicidad perdida, que no estaba dentro de él, como le decía la gente, sino en el pasado, en lo que había dejado ir y ya no podía recuperar. Entonces entendió que de nada servía tomar la decisión de ser feliz si no se tenía a nadie alrededor para compartir también en la tristeza.

    Nunca en su vida Rupertino fue tan feliz como cuando compartió con los demás, obró en bien de alguien, o acompañó en una causa justa. Fue en esos momentos incómodos, cuando él deseaba que el tiempo pasara ligero para irse a descansar, que se validó el sentido de su vida y no se dio cuenta. Cómo añoraba ese tiempo ahora para haberlo vivido de manera diferente.

    Ahí estuvo la felicidad, en la oportunidad. No hubo que buscarla en ningún sitio, ni ir corriendo tras ella, ni encontrarla adentro: la felicidad no es subjetiva. Si así fuera, esta chocaría con la ley natural, porque la felicidad del asesino es matar, y la del violador, violar; por tanto no es una cuestión de sentirse a gusto, de poder hacer lo que se quiera, ni de encontrar el placer. Simplemente estaba ahí, en la posibilidad de estar bien con los demás, de hacer lo que había que hacer.

    El mito de alcanzar la felicidad como la aspiración máxima de la vida tan promovido por consejeros e intelectuales quedó hecho trizas para Rupertino. Se dio cuenta de que todo el mundo quería ser feliz, que se predicaba esta emoción en todos lados como si de una nueva religión se tratara. Y lamentó que los seres humanos fueran tan erráticos, que persiguieran el ideal de una felicidad mal entendida en lugar de un ideal de virtud.

    Si él lo hubiera hecho desde que estaba joven, si hubiera seguido un ideal de valores cristianos, Rupertino no habría dejado pasar los momentos importantes de su vida sin ser consciente de lo que debía hacer. Porque la verdadera felicidad es Dios, y quien prescinde de él prescinde de la verdad, que es la condición indefectible para ser felices.



    ¿Qué le puedo decir a mi amigo Rupertino? Que la religión de la felicidad es una idea que nos venden con carácter obligatorio. Algunos hasta se atreven a proponerla como el deber de todo hombre, como el ideal supremo, o la compilan en los manuales de superación y la venden como pan caliente.

    Seamos serios. El destino del hombre no es la felicidad, no puede serlo. Si así fuera, se cumpliría a cabalidad esa célebre ocurrencia de Goethe de que “la felicidad es cosa de plebeyos”.   

sábado, 22 de enero de 2022

Ese asuntico de la identidad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    La identidad es algo sobre lo que la gente históricamente no se ha puesto a pensar en profundidad. Sólo hasta la edad contemporánea comenzó a plantearse el asunto de la crisis de identidad porque se constituyó en un problema de la postmodernidad, y este problema no se había hecho tan latente como hasta ahora.

    Pero centrémonos en la palabra identidad. ¿Cómo la definimos? Dice el psicólogo clínico Jordan Peterson, en una entrevista realizada por Miklos Lukacs, titulada “La Identidad Humana”, que:

 

Se han propuesto soluciones simplistas para definir la identidad… Por ejemplo, parte de tu identidad es tu sexo y parte de tu identidad es tu personalidad… es quizá tu etnia o tu raza... Yo definiría la identidad como la manera de actuar y como la representación… Diría que hay un elemento religioso porque la pregunta sería ¿qué soy en esencia?, ¿un ser humano soberano?[1]

 

    Según Peterson, en una sociedad tradicional, ordenada, no se plantea la cuestión de la identidad “porque las personas fluyen sin problemas en su papel culturalmente establecido”. El problema surge cuando esa excesiva cantidad de libertad, de soberanía de la que el hombre se siente dueño lo pone frente al espejo de la confusión existencial. ¿Libertad para qué? Para ser felices, dice la cultura popular moderna. Porque la libertad ha abierto un sinfín de posibilidades para hacer lo que se quiera hacer, sólo que al sujeto no se le advirtió de la responsabilidad que esto conlleva. Y la responsabilidad implica compromiso, sacrificio, esfuerzo, incomodidad, dolor, enfado, frustración, tristeza, miedo. Cuando queremos evitar todo eso pensando que la felicidad está en el extremo opuesto de los sentimientos negativos nos topamos de frente con la realidad. Al menos la verdadera felicidad no es la que prescinde de lo que nos compone como seres humanos, sino aquella que está inmersa en cada uno de los actos de la vida, caminando de la mano con las emociones tristes y las decisiones erradas. 

    Sólo quien tiene una razón poderosa para romper los esquemas del mundo y navegar contra la corriente con el convencimiento de que es un escogido entre los hombres, debería hacerlo. Sólo aquel que esté dispuesto a dar la vida para dejarle un gran legado a la humanidad, asumiendo un destino excepcional en el que posiblemente se tope de frente con la muerte y las penurias; que lo haga si así lo considera. Los demás no somos ungidos ni estamos llamados a una gloria esplendorosa aunque así lo queramos creer. La gran mayoría de las personas necesitamos seguir dándole curso a la historia: estudiar, trabajar, formar familia, amar la patria, ser buen ciudadano, y en lo posible, contribuir a la civilización con una conducta ejemplar. Eso es más que suficiente.



    Pero hoy nos preocupa con suma urgencia ese asuntico de la identidad: definir quiénes somos, qué designio de grandeza nos espera, para qué proyecto trascendental estamos aquí; cuando la mejor forma de engrandecer la condición humana es servir al prójimo en lo más elemental. Al parecer no hemos logrado superar el existencialismo.

    A veces se cree que la identidad es aquello que se siente sobre sí mismo en un momento dado, cuando la actitud egocéntrica lleva a pensar que la vida de los demás gira en torno al ombligo propio, igual que un niño que no puede articular su identidad con la de otras personas. Eso nos pasa a menudo a los adultos, que pretendemos que los demás nos reconozcan cuando ni siquiera sabemos reconocernos a nosotros mismos. Pero realmente, al preocuparnos porque los otros acepten nuestra identidad (la identidad de género es un reflejo de esto), nos centramos tanto en nuestro Yo, que perdemos la perspectiva de la verdad que tenemos por delante.  “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32), les decía Jesús a sus apóstoles. Nótese que les decía que los haría libres, no felices, puesto que Jesús no predicó sobre la felicidad como el sentido último de la vida o el fin de todas las cosas. Más bien aconsejaba sobre la humildad, el amor, la caridad, la gratitud, el respeto, la piedad, el perdón, y otras virtudes que la vida contemporánea y los medios no le insuflan al hombre como parte de su progreso. Se alaba, sí, la idea de progreso que está íntimamente relacionada con el aspecto del dinero, del éxito, de la prosperidad, de la comodidad y la seguridad como ideales de vida.



    Nos refiere Peterson que Aleksandr Solzhenitsyn, el escritor ruso que documentó los horrores de los campos de trabajo forzados en la Unión Soviética, decía que “la lamentable ideología de que las personas han sido creadas para ser felices se derrumba con el primer golpe de garrote del capataz”.[2] Sin duda la vieja noción de felicidad se hace polvo ante el sufrimiento humano que puede parecer interminable y una condición inherente de este  mundo. Lo que resalta Peterson es que la felicidad no es el objetivo natural del individuo. Es una búsqueda que carece de estructura, de cimientos. Afirma que el objetivo tiene que ver más con el desarrollo personal ante el sufrimiento que con la felicidad en sí misma.

    No recuerdo hace poco quién me hablaba o a quién leía sobre el holocausto de la Segunda Guerra Mundial y preguntaba si se conocía de algún suicidio que se hubiera registrado en los campos de exterminio por parte de los judíos. Tristemente recordé la historia y me imaginé que millares de ellos habrían tomado la decisión de quitarse la vida ante la desesperación y el tormento que estaban padeciendo. No los juzgo, pues en ese caso nadie puede resistir tanto sufrimiento. No obstante, la historia cuenta que aquellos seres morían porque los asesinaban en las cámaras de gas, los torturaban, o porque a veces intentaban escapar; rara vez porque se suicidaban. El instinto de supervivencia siempre triunfa ante el peligro, y entre más grande es la amenaza más se aferra el hombre a la vida. El pueblo judío estaba en las peores condiciones, y aun así lucharon por su vida con un sentido del deber como ningún otro pueblo lo ha hecho.

    Hoy en día, cuando el mercado y el modelo de consumo nos han prodigado de todo, se ha despojado a la existencia de su conjunto de valores. Precisamente ello, los valores, las creencias en el bien superior, son cosas de las que carece la humanidad que se acostumbró a la indiferencia ante el mal ajeno; a exaltar su propia vanidad y a hacer épico su inconformismo.

    Por el contrario, cuando se hace parte de un sistema de creencias compartidas, las personas reproducen los deseos y expectativas de los demás: hay cooperación y la vida se simplifica. Si el sistema falla, entonces surgen los conflictos y se ve amenazada la paz porque no se sabe cómo reaccionarán los otros. El moverse en la incertidumbre suscita una gran desconfianza. Al final nos envuelve un halo de incapacidad para reconocer la identidad del otro.

    Creencias compartidas, repito, puntos en común que es obligatorio encontrar porque el planeta no resiste una emoción negativa más. Sólo el conjunto de valores es el que podría enlazar las emociones positivas, pues si el sentido de nuestra identidad no está antepuesto a un profundo sistema de valores, no hay ni para qué mirarse al espejo, porque allí no nos vamos a reconocer siquiera en la imagen que el reflejo nos devuelve.




    Retomo al Dr. Peterson con esta frase: “La desaparición de las creencias colectivas de un grupo hace que la vida sea caótica”.[3] Anular los sistemas de valores arraigados en la tradición, la religión, la patria, entre otros, todo para evitar los conflictos con los contrarios, nos hace caer en el abismo de la insignificancia, en el agujero negro de la incertidumbre, lo cual constituye un antiprogreso espiritual.

    Queda entonces la alternativa de encontrar el sentido a través del deber, no del placer, ni del ejercicio de los derechos. Lo sólido, como lo afirmaba el errático Marx, se disuelve en el aire, pero al individuo le queda la conciencia, y es a través de ella como se hace cargo de la responsabilidad que tiene para consigo mismo y para con el prójimo.




    Lo otro es seguir alimentando el ego con mentiras, seguir creyendo que somos seres de luz cuando en realidad la imperfección y las sombras anidan en nuestro subconsciente, en esa zona oscura que nos impide saber quiénes somos en verdad, porque nuestra condición humana nos hace proclives a ignorar las pasiones más escabrosas; a no reconocer la materia perniciosa de la que estamos hechos. Y el asunto aquel de la identidad queda sin resolverse. No tiene en qué cimentarse.



[1] https://www.youtube.com/watch?v=1zK1LpOhRBI

[2] Peterson J. (2017). 12 reglas para vivir. Un antídoto al caos. Traducción de Juan Ruíz Herrero. Planeta. Canadá. 2017. P 11.

 

[3] Ibíd. p.12


sábado, 15 de enero de 2022

Qué cobarde soy para suicidarme

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Mi padre falleció hace poco más de un año y todavía no he asimilado su ausencia. La falta que me hace es terrible, no sólo por el hecho de que ya no esté conmigo acompañándome, sino también porque al irse, se fue un pedazo muy grande de lo que soy yo como ser humano. Mi vida cobraba sentido porque él se encontraba conmigo y ambos teníamos un proyecto en común por el cual luchar, fuere el que fuere: comprar los víveres, hacer arreglos en la casa, realizar tareas manuales, asistir a exámenes médicos, en fin. Nuestra rutina era la de un padre y un hijo que la mayor parte del tiempo se acompañaban y hacían todo juntos, aunque en términos de productividad ninguno generara un peso. Sobre todo yo, que he estado la mayor parte de mi vida desempleado, y cuando tengo empleo siento que estoy en el lugar equivocado, pues nunca he podido saber qué es lo que quiero. De modo que pierdo el empleo, el dinero, el respeto, y al final nunca sé qué es lo que quiero.

    Mi vida estuvo los últimos años en función de mi padre, y él en función de la mía. De un momento a otro caímos víctimas del arma biológica creada por el hombre (aunque hay quienes sostienen que es un virus de la naturaleza), con la que comenzó el reseteo del mundo, y mi padre no pudo resistir el embate, además porque él venía muy debilitado con sus padecimientos crónicos. No se le pudo hacer un tratamiento oportuno gracias a la parálisis que vivió el mundo en ese fatídico año 2020, donde el sistema de salud se dedicó a combatir al virus de marras y se olvidó de los demás pacientes con enfermedades crónicas; a los que por falta de control se les agravaron sus males. Además porque el mundo no estaba preparado para una pandemia y no hubo personal ni elementos de trabajo, ni logística suficiente para atender la emergencia. Entonces él se vio muy mal y hubo que llamar a la ambulancia para que lo llevara a la clínica. Ambos presentimos que era el fin, porque por aquellos días, todo aquel que era hospitalizado no salía con vida. No sabe uno si es que acaso el personal médico estaba confabulado con el Sistema para dejar morir por negligencia a los que no tenían muchas posibilidades. Y más tratándose de adultos mayores. Lo que sí supimos es que probablemente no nos íbamos a volver a ver, y en nuestra despedida tuvimos que tragarnos el llanto y dejarlo para cuando estuviéramos a solas.



    En todo caso mi padre me faltó y a mí se me acabó la vida. Me vi en la más absoluta soledad, sin un centro sobre el cual girar, sin un proyecto con el cual disciplinarme, sin nada que me atara a este mundo porque mi vida estaba en él. Yo no podía concebir mi identidad desligado de mi padre. Al faltarme, perdí mi norte, mi identificación conmigo mismo. Ya no supe quién era yo, ni para qué estaba aquí, ni qué clase de hombre podría ser sin el apoyo irrestricto de mi padre que siempre estuvo ahí para ayudarme a solucionar los problemas. Yo en el fondo seguí siendo un niño y nunca crecí.

    Me di cuenta que mi angustia era una dependencia emocional, pero más que eso, que era también una angustia existencial desde que me hice adulto y comencé a sentir temor porque no sabía qué hacer conmigo. Nunca lo supe y no sé si algún día lo sabré.



    A lo que voy con esta triste historia es que de nada vale que uno encuentre algo que lo haga feliz o que le dé sentido a su vida si no se es capaz de hacer algo con eso, si de todas maneras al mundo no le importa y eso no será suficiente para sobrevivir. De qué sirve creer a los cuarenta y pico de años que uno encontró algo en lo que podría llegar a ser bueno si ya el tiempo no se puede retroceder y los achaques que comienzan no se van a detener, y la vista perdida no se va a regenerar, y allá, en el mercado, en el mundo de afuera, nadie te comprará tu discurso si no tienes unos diplomas que respalden tu perorata ni unos buenos contactos que te certifiquen la mucha o nula experiencia que se tenga. Porque todo en la realidad tiene que ser referenciado, porque hay que saberse ganar un nombre, un prestigio, porque el mundo vive de la imagen y tú no eres la excepción. De qué sirve tanto esfuerzo, tanto soñar, si al final uno se queda con las manos vacías.

    A veces sí es demasiado tarde. Hay personas que no vivimos el sueño del optimista y estamos tan ancladas en la tierra, que a veces preferiríamos hundirnos. Para mí lo más deseable es que una noche me quede profundo y no me vuelva a despertar, y cuando abra los ojos esté en la otra vida abrazando a mi padre y pidiéndole que me perdone por lo tanto que él luchó por mí y por lo tan poca cosa que yo fui, a pesar que tuve las oportunidades que él no tuvo.



    Y no es que la esté pasando mal aquí, pero el miedo que se siente ante el futuro y la incertidumbre de no saber a qué fue lo que vine a este puto planeta, me hacen desear el retorno a la nada, allá donde debe estar mi padre y de donde yo nunca debí de haber salido.

    Esta zozobra me pide abandonar el mundo antes de tiempo, pero me doy cuenta que no tengo valor, que soy un cobarde, tanto para vivir la vida como para suicidarme.

sábado, 8 de enero de 2022

Pequeña reflexión sobre la moral

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    A propósito de la discusión que sostuve con un conferencista libre-pensador en la sección de preguntas de un evento al que asistí, me surgió hacer esta pequeña reflexión sobre la moral. Me generó un poco de escozor algo que el intelectual afirmó sin titubear: “la moral es relativa”.

    Llevo varios días buscando información y pidiendo opiniones para ver quién me puede dilucidar el interrogante de si la moral es relativa o no lo es. No hay una respuesta tajante, no hay consenso. Algunos responden de acuerdo con el conferencista en mención; otros, menos liberales y más recios en su postura, me dicen que definitivamente no, que es un error pensar así: “la moral es absoluta porque hay un canon que llamamos virtud. La virtud permite al hombre distinguir lo bueno de lo malo para guiar su vida y alcanzar la plenitud, que es el fin de toda persona”.[1] Fue la respuesta que más me gustó, y la encontré en un blog sin mucha difusión.  

    El pensador y divulgador argentino Horacio Giusto, que es todo lo opuesto al de la conferencia, me deja esta frase —no sé si suya— para analizar: “la moral es la adecuación de la voluntad al bien”.[2] Pero también desde la orilla opuesta un contradictor salta y cuestiona acerca de la idea del bien, esa parte de la dualidad que no es tan fácil definir sin apelar a lo metafísico. (¿Tendrá alguien la potestad para decir lo que es el bien sin caer en los preceptos religiosos?).  

    Pues bien, como este espacio virtual me pertenece (por ahora), y como me siento en la obligación de aclararme yo mismo lo que dijo el conferencista, me aventuro a emitir aquí mi opinión. Juzguen ustedes si estoy equivocado y déjenme un comentario al final. De antemano les digo que no todas las opiniones son verdaderas, ni siquiera la mía.



    En mi modesta forma de ver las cosas, que es una forma todavía en construcción, creo que la moral implica actuar con responsabilidad, discernimiento, intención; ejerciendo la libertad plena. El bien, creo, es la consecuencia de ese proceder: lo que se logró en adhesión a la agencia moral.

    Pero existe otra instancia a la que no le importan esas disquisiciones del bien y del mal conforme a las interpretaciones: la ley. Para la ley no se trata de percepciones personales, sino de que no se trasgredan sus disposiciones, no se haga nada que atente contra ellas.

    Ahora, no por el hecho de que no haya lugar a la coacción de parte de la ley quiere decir que los individuos actúen con validez moral. En otras palabras, no porque la ley permita ciertas acciones se puede catalogar el positivo derecho de lo permitido como algo bueno. Ejemplos de ello podrían ser la drogadicción o la prostitución. ¿Son buenas o malas? La discusión sigue sujeta a lo subjetivo. ¿Son legales? Sí, hasta cierto punto.

    Pero vamos a la moral, a la cuestión subjetiva según el conferencista progre. Para ellos está bien cualquier elección fundada en la libertad. Es su creencia lo que cuenta. Mientras la decisión final no provenga de una situación de constreñimiento, todo acto del hombre es bueno. Si a una mujer, por ejemplo, le gusta prostituirse, ¿cabe la arrogancia de juzgarla como inmoral sabiendo que su oficio lo realiza por gusto y no por necesidad, y que lo ejerce con plena facultad de su conciencia? Bajo esta perspectiva la decisión de prostituirse está moralmente bien mientras no conlleve una situación de infelicidad.

    Pero esa es la perspectiva liber-progre. Para el conservador, por el contrario, está moralmente mal. Él no considera que la moral sea subjetiva, sino que esta proviene de lo que Aristóteles llamaba la recta razón (o la prudencia) en su “Ética a Nicómaco”.  




La virtud no es sólo la disposición moral que es conforme a la recta razón, sino que es igualmente la disposición moral que aplica la recta razón que ella posee; y la recta razón, bajo este punto de vista, es precisamente la prudencia.[3]

 

    Si la cultura rechaza el adulterio, por ejemplo, se señalará de inmoral a aquel que incurra en dicha práctica, así la ley no legisle sobre ello. En ese caso los elementos para juzgar qué está mal y qué está bien no vienen de una creencia, sino de un razonamiento más complejo. ¿Está la conducta adecuada a la recta razón, obedeciendo a un criterio libre de elección que además de conveniente no destruya el fin de la persona? Si no lo está, perfectamente el acto es inmoral, no por subjetividad, sino porque el acto en sí es imprudente. Toda acción que el hombre cometa en contra de su naturaleza es desde su concepción una inmoralidad, pues no podrá hallar virtud en ello.



    Otro ejemplo: si una transacción comercial entre dos personas es moralmente abominable, pero estos dos sujetos están haciendo uso de su libre albedrío y piensan que ello está bien, ¿debería el Estado respetar esa transacción entre adultos aunque lo que se negocie carezca de adecuación de la voluntad al bien y fomente antivalores?

    En este caso opino como el conferencista y me atrevo a decir que sí, que el Estado no debe meterse, que este no actúa sobre preceptos morales, sino sobre la violación o no de las normas civiles. El Estado debe dejar en libertad a los individuos para que sean ellos, de manera consciente y voluntaria, los que decidan qué es bueno y qué es malo conforme al orden establecido por las leyes. Pero tampoco debe desaparecer del todo de la regulación y el arbitrio de la sociedad. Se necesita cierto nivel de autoridad que garantice esa libertad, porque no hay libertad sin límites.

    Por desgracia, eso de que el individuo por su propia convicción obre solamente lo que está bien, sólo pasa en las utopías. Ahí es cuando la subjetividad como termómetro de la moral se queda corta.

    Y si las leyes del derecho, que son positivistas, no deben legislar sobre la moral, ¿existe alguna ley que lo pueda hacer? Se llama Ley Natural, aquella que atañe a la relación del hombre con todo lo trascendente; es decir, con la religión en general. La ley natural sí tiene la potestad para determinar el talante moral de las actuaciones humanas y juzgarlas, porque no es la ley de los hombres, sino la disposición que conduce a toda persona a encontrar el sentido común en este mundo; ese sentido que puede determinar la condición benévola o malévola de las cosas. Los creyentes lo llamamos Dios.





    El papa Benedicto XVI, cuando todavía era el Cardenal Ratzinger (2002), sostuvo una charla con Jürgen Habermas, el último sobreviviente de la segunda generación de La Escuela de Frankfurt. Allí dijo que había que volver a la ley natural en la política: defender los diez mandamientos de la ley de Dios, por ejemplo, hace parte de la ley natural, y esta es el fundamento de los valores de la naturaleza humana.[4] También lo preocupaba ese reformateo constante de la cultura que él denominó “la dictadura del relativismo” (Abril, 2005). En realidad estaba haciéndole una crítica a ese sistema impuesto mediante la psicopolítica que ha inducido el cambio de la mentalidad de las personas. Reproduzco parte de su discurso antes de ser elegido Papa:

 

El relativismo, dejarse llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio Yo y sus antojos[5]

 


    La moral, de la que el conferencista del principio sostenía que era relativa, sufre ahora un ataque proveniente de las nuevas doctrinas que han normalizado y doblegado el pensamiento ante lo malo, sin que este oponga resistencia. Se acepta paulatinamente el lavado de cerebro en el que la repetición mediática y el bombardeo publicitario hacen las veces de agua y jabón.  

    Después de este lavado no sabremos cuál será el nuevo rostro de la moral. Posiblemente necesitemos unos buenos lentes porque no la reconoceremos desde la distancia. Eso sí, para algunos todo dependerá del cristal con que se mire.

 





[1] https://opusprima.wordpress.com/2008/04/16/%C2%BFla-moral-es-relativa-o-absoluta/

[2] https://www.youtube.com/watch?v=ZOp5kVuodUY

[3] Aristóteles. Moral a Nicómaco, libro sexto, capítulo XI, de las virtudes naturales. Descargado de https://www.filosofia.org/cla/ari/azc01171.htm

[4] https://www.youtube.com/watch?v=8VU3H1bPJ7Q&list=PL18sLbv

   MjYxdkx0Qt1Y1qXavd5rCXDq3X&index=13

[5] https://www.youtube.com/watch?v=37PuFbfGy9I


sábado, 1 de enero de 2022

Deconstruir al hombre es matar a la familia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Engels, en su libro El origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, sostenía que la causa de todos los males era justamente la propiedad privada, pues era la responsable de las desigualdades. Era este régimen de propiedad el que sometía el orden familiar, y por tanto al interior de la misma familia se daba la lucha de clases. En este sentido afirmaba:

 

Se trata de una sociedad en la que el régimen familiar está completamente sometido a las relaciones de propiedad y en la que se desarrollan libremente las contradicciones de clase y la lucha de clases que constituyen el contenido de toda la historia escrita hasta nuestros días.[1]

 

    En este punto, lo que estaba intentándonos decir Engels era que la propiedad privada, que él consideraba la causa de la explotación, se sostenía en pie gracias a una institución social llamada familia. Al mejorar las condiciones económicas con la división del trabajo y el aumento de la productividad, ello se reflejó en dicha institución. La riqueza generada le permitió al hombre apropiarse de los medios de producción y las herramientas, constituyendo así una forma de propiedad privada a la que Engels culpó de la lucha de clases y la lucha de sexos. Para que la Revolución tuviera éxito, había que atacar la entidad familiar, de modo que así mismo se pudiera terminar con la posesión de bienes.

    Una de las primeras tareas para lograr este cometido era liberar a la mujer de su esposo. Un artículo de la fundación que lleva el mismo nombre del autor del libro en cuestión, nos refiere las consecuencias del cambio en el papel del hombre y la mujer en el ámbito familiar:

 

En este modelo de familia la mujer termina por ser una posesión más del hombre. Es en esta fase de la historia en la que surge la prostitución y no antes, como pretenden hacernos creer cuando nos dicen que la prostitución es el oficio más viejo del mundo.[2]

   


    Así, con la idea de que la mujer tenía que liberarse de su esposo porque ésta representaba una pertenencia, germinó la idea del feminismo de segunda ola, fundado sobre los principios del Partido Comunista que se arrogó para su gloria el logro de haberle conferido a la mujer el derecho al sufragio gracias a sus luchas. No fue así. Lastimosamente la verdadera intención estaba camuflada, y es que se le abrió la puerta al voto femenino con la secreta aspiración de que la mujer le votara exclusivamente al partido. ¿Le importaba a ese feminismo politizado el bienestar real de la mujer? ¿Peleó por sus otros derechos y abogó por que esta tuviera una mejor representación en la sociedad? ¿Se fortaleció la familia con las ideas feministas de avanzada de finales del siglo XIX? En absoluto. Aparte de serle dado el derecho al voto, la mujer no mejoró sustancialmente su calidad de vida. El objetivo real de aquellos movimientos siempre fue una manera truculenta de hacer que las mujeres se incorporaran a las fábricas, porque se necesitaba fuerza de trabajo barata para maximizar la producción industrial.

    Tanto comunistas como capitalistas son profundamente materialistas.

    El hecho de haber logrado emancipar a la mujer del hombre fue producto de un ataque directo a la cultura; esa súper estructura que es tan decisiva a la hora de construir un país. Igual que ahora.

    Y si la cultura es aquello sobre lo que se cimentan los valores de una nación, cuán importante es para el comunismo permearla y corromperla a como dé lugar, inyectando enormes sumas de capital a las causas feministas y a todas aquellas que promuevan nuevos modelos de familias en los que no existe complementariedad, como bien nos lo explica el Dr. Pablo Muñoz en el video que cito.[3]



    Anteriormente nos decían que la familia era la base de la sociedad. Ahora parece que no es así. Por lo menos no se ciñe este concepto exclusivamente al tipo de familia patriarcal, esa que en otros tiempos era numerosa y con parientes de varios grados como único centro fundante de la sociedad. Pero es un hecho que al inicio fue una institución fuerte porque en cabeza de ella se encontraba un hombre masculino, valiente, dispuesto a todo con tal de defenderla de los embates del enemigo.

    Porque la familia, aunque no se crea, tiene enemigos, y unos muy poderosos. Aparte del feminismo, la cultura de consumo, por ejemplo, es otro de ellos. Un buen padre tiene que alejarse de esa cultura para forjar un hogar sólido en donde reine el ejemplo para sus hijos. Sin familia el sentido del individuo queda deshecho. El hombre que por el contrario tiene en su haber un grupo familiar que lo llena de plenitud y le da un motivo por el cual luchar, es muy difícil de derribar.

    En la antigüedad era menester que un padre que moría en la guerra fuera sustituido por su hermano o por otro pariente para que la mujer no quedara sola. Había mucho de sensatez en esto: sin la figura del hombre que ejerciera la defensa, la familia quedaba expuesta a los invasores enemigos, y por tanto la comunidad entera se ponía en riesgo de desaparecer.



    Qué contraste el que se ve hoy con los movimientos feministas radicales y los militantes de la ideología del género que abogan por des-masculinizar al hombre, albergando el malsano deseo de desaparecerlo. La publicidad de las grandes compañías que han absorbido el discurso de la inclusión, no por convicción, sino por ganar consumidores, refuerza cada vez más esto de bajarle a la testosterona para que la mujer no se sienta inferior ni quede expuesta al peligro.

    Cuánta falacia hay en esta manipulación. Antes bien, entre más identificados estén los hombres con las cualidades de su sexo, más posibilidades hay de que estos puedan llegar a practicar una sana paternidad. El cuento perverso de la “masculinidad tóxica” no es otra cosa que un ardid del progresismo para destruir a la familia. Que no nos engañen con estas delicadeces. El hombre, por naturaleza, posee el instinto de agresividad sin el cual no podría haber sobrevivido como especie, porque en antropología, la supervivencia del macho es a la vez la preservación del resto de la manada. ¿Qué hubiera sido de los guerreros de la caverna sin su dosis de valentía, su deseo de conquista y su templanza para afrontar las dificultades? Otra cosa es que esos poderes se perviertan y el hombre abusador los use en contra de su propia prole. En ese caso no es el exceso de masculinidad lo que se debe corregir, sino la tiranía, la violencia, el despotismo, la crueldad que lo hace ser malo.

    Por el contrario, el hombre en cabeza de su familia es aquel que imparte la guía espiritual en su hogar, que con autoridad y mano firme conduce a los hijos por el buen camino para evitarles vicios y corregir la mala conducta.




    Lo de hoy es un absurdo. Lo que se promueve desde los medios hegemónicos es la no represión y la absoluta permisividad; es la tolerancia con la indisciplina y la indulgencia desmedida que deviene en chiquillos irascibles, débiles y caprichosos. Y esta mentalidad, por supuesto, es un resquebrajamiento de la moral y el orden.

    Por último, vale recalcar que la patria se salva a través de la familia, generando los hombres del mañana que, bien educados y formados en principios y valores, le prestarán un servicio de grandeza a su país. Está comprobado que ninguna nación sobrevive si no conserva estructuras familiares sólidas, regidas por hombres que, como afirma el pensador Horacio Giusto, se arriesgan a perderlo todo con tal de defender el bien.[4]

 

 

 



[1] Engels, Friedrich. El Origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado. Ciudad de México, Berbera Editores, 2007, Prefacio a la primera edición de 1884, p.i

 

[2] https://www.fundacionfedericoengels.net/index.php/36noticias2/

noticias/202-el-origen-de-la-familia-la-propiedad-privada-y-el-estado-de-federico-engels

[3] https://www.youtube.com/watch?v=lgvDqw6yAOI

 

[4] Giusto, H. (2022, febrero 2). La derecha debe recuperar al hombre. Ensayo tomado de https://laresistenciaradio.com/la-derecha-debe-recuperar-al-hombre/

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