sábado, 26 de octubre de 2024

No le pertenece al hombre dirigir su camino

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     En las escasas conversaciones que tengo con amigos y conocidos, me encuentro con frecuencia a algunos de ellos que, con la autosuficiencia de la que los ha revestido la moda del “librepensantismo”, dicen sin ningún asomo de temor: “yo creo en Dios, pero no creo en la iglesia”, o dicen “yo creo en una relación personal con Dios, pero no creo en los curas, los pastores, ni en la religión”. Otros, más orientados a la postura agnóstica, dicen “yo creo que existe una fuerza superior que está más allá del Hombre, pero todavía no sabemos qué es”. Los hay todavía más alejados de la idea de un Creador, convencidos de la concatenación del universo, de la alineación de los astros o de los misterios de la Madre Tierra como constituyentes de las causas primeras que ordenan este mundo sin que necesariamente exista detrás el atributo de una personalidad. Otro tanto ni siquiera considera la posibilidad de un Dios omnipotente y omnipresente, pues de plano lo niegan. Sólo creen en la capacidad del Hombre, cuya naturaleza humana y racional lo llevaría a la búsqueda del bien supremo y al “conocimiento de sí mismo para conocer el universo”. Creen en la Ciencia, en la materia, en el poder de lo terrenal, en la energía de lo cósmico, pero no creen que un Dios de amor, de justicia, de autoridad y de verdad, sea capaz de guiar su corazón.




     Tomemos, por ejemplo, el caso del ateísmo. Esta creencia sostiene que el componente moral del hombre se puede mantener sin necesidad de decretar la existencia de Dios, porque “es la negación de todo tipo de experiencia metafísica, mística o espiritual”. Pero ¿cómo puede hablarse de moralidad en una filosofía que no tiene a Dios como su centro? ¿Acaso es el componente moral a la luz de los hombres? ¿Cómo pretender ser bueno si no se tiene una relación con Dios, si no se reconoce ese principio, si todo se deja al albedrío de la naturaleza imperfecta del ser humano? Los actos buenos nos acercan a Dios. Sin Él no podrían existir esos actos buenos, o en su defecto existirán actos vacíos que no nos conducen a nada. Siempre se necesitará del elemento sobrenatural, de una gracia suprema para que el ser humano pueda equilibrar su propia debilidad. El ateo piensa que el ser humano puede bastarse a sí mismo. El creyente sabe que no está solo y que tiene de su lado a la fuerza que creó al mundo, nada más que eso.

     A pesar de las variadas posiciones que asume el hombre de mundo, liberado ya del yugo de la obediencia y la fidelidad a un ser superior; liberado para siempre de las doctrinas eclesiales y los postulados religiosos, queda a la mano, como un salvavidas de emergencia ante cualquier eventualidad, el argumento de la fe. Porque si bien en Occidente se ha prescindido sin ninguna dificultad de la religión de Cristo, mezclándola con sincretismos orientales que nada tienen que ver con ella, prostituyéndola con magias y misticismos de credos que están en las antípodas del pensamiento cristiano, manchándola con paganismos y simbolismos masónicos, que es en donde realmente mora el enemigo con semblante de ángel beatífico; entonces hay que decir que el hombre de Occidente hace rato perdió su plataforma religiosa y se entregó a pensar y a cimentar su fe guiado por las sombras de su propio corazón. 




     Y ya lo advirtió el mismo Dios a través del profeta Jeremías hace siglos, cuando nos dijo que el corazón es engañoso y perverso, más que todas las cosas. ¿Quién puede decir que lo conoce? (Jeremías 17:9-10). Y recalca que es Él quien lo conoce, porque es quien escudriña la mente y lo pone a prueba, y paga a cada uno según su conducta y según el resultado de sus obras. Nótese que no dice según su fe.

     Independientemente del credo que se profese, toda manifestación religiosa necesita hacerse extensiva en una iglesia, templo o lugar de adoración sin la cual el creyente no podría compartir con otros y manifestar sus dudas a las autoridades de su institución. La Iglesia, más que lugar de congregación y adoración, es la fortificación de la fe mediante la unión de sus creyentes. No puede aislarse el hombre en su propia concepción de lo que es la comunión con el Creador, porque al renegar de la comunidad de aquellos que han sido llamados a seguir a Cristo reniega al mismo tiempo de la organización de Dios.




     La importancia de la Iglesia radica en su papel como guía espiritual y soporte moral para sus miembros. En un mundo lleno de incertidumbres y desafíos, la Iglesia ofrece un sentido de pertenencia a la casa de Dios y esperanza. El teólogo y filósofo Paul Tillich en La estructura de la religión sostiene que "la Iglesia tiene la función de ser un lugar donde la esperanza se hace tangible y donde la comunidad se construye en la fe". Esto muestra cómo la Iglesia se convierte en un refugio para aquellos que buscan un sentido más profundo en sus vidas.

     De modo que la próxima vez que reflexionemos sobre nuestra forma de acercarnos a Dios, si acaso pensamos que creemos en Él, o si acaso respetamos su autoridad y su figura de redención exclusiva, pues es el único que puede ayudarnos si nos encomendamos a él, pensemos en que no basta simplemente con adorarlo con toda la fe de nuestro espíritu, pero desconociendo sus leyes y el espíritu de la comunidad. La fe sin creencia religiosa y sin iglesia es una fe sin soportes. Es una fe que viaja suspendida en el tren de la vida, pero al primer sacudón sale disparada y va a dar al fango, pues no estaba sujeta a los otros dos soportes indispensables para mantenerla firme: la religión y la Iglesia.

     De ahí la importancia en una fe integral, que no reniegue de las instituciones ni de los guías que Dios nos puso en nuestro camino para ayudarnos a sobrellevar las penas que implica toda existencia. 



     Por ello es mejor pertenecer a una religión de amor cristiano, saberse parte de una comunidad, respetar los los lineamientos que consignaron los profetas en las Sagradas Escrituras. Porque esa fe que pensamos que tenemos, hecha a la medida de nuestros deseos, es la misma fe que tuvo el ángel caído, Satanás, cuando pensó que no necesitaba de Dios y su creación divina, y que podía bastarse a sí mismo, y arrogarse el poder del Creador. 

    Desde luego, las Iglesias están constituidas por seres humanos que pueden obnubilarse por su posición y llegar a estar en la condición de pecadores irredentos, pero en ese caso lo que hay que rechazar es a los malos ministros y no a la institución, y esto aplica para todas las iglesias cristianas. Las manzanas podridas no tienen por qué hacernos alejar de Dios, si al fin y al cabo los que pecaron fueron ellos, y los demás necesitamos seguir recibiendo la gracia del Señor.

     Que no termine la búsqueda de nuestra fe en nosotros mismos. Dios está allá afuera, en la necesidad del prójimo, en los actos que le devuelven la esperanza al mundo, no en la satisfacción de nuestra propia conciencia; esa que nos dice que no necesitamos de religiones ni de iglesias para creer en Dios. 



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1. Paul Tillich. La estructura de la religión.

Comienza la persecución

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Existe una delgada línea entre lo que es un gobierno de tintes autoritarios y una dictadura. El primero es aquel que no respeta a sus ciudadanos al no considerar que el equilibrio de poderes es un límite que no puede traspasar para no convertirse en dictadura. Simplemente, como pretende imponer su autoridad por encima de las instituciones, e incluso hasta de la misma Constitución con la que se hizo elegir en democracia, se siente con el privilegio de un soberano para mandar a su antojo y hacer lo que se le dé la gana. Eso es exactamente el “gobierno” de Gustavo Petro: un modelo autoritario y narcisista.

     En el caso de la dictadura, esta comienza a operar cuando se ha cruzado esa delgada línea en donde no importan ya los cometidos de la Ley, porque el dictador no se siente regido por un orden jurídico ni constitucional. Aparte de cooptar a las demás ramas del poder público y a las fuerzas de seguridad, que debieran estar al servicio de la ciudadanía y no velando sólo por los intereses del dictador, el papel de este se materializa cuando pasa del autoritarismo a la vil persecución.

     Pensar en contravía a lo que piensa la dirigencia de turno es motivo suficiente para hacerse merecedor a una cacería despiadada. En una dictadura no se permite ser disidente. Los primeros en verse perseguidos son los opositores que se van contra el régimen de frente y sin rodeos, y los segundos son los periodistas que le destapan los “torcidos” al dictadorzuelo y a sus cortesanos. Lo que en el imaginario democrático uno llamaría “prensa libre e independiente”, aunque en Colombia es muy difícil que se de esta condición, sobre todo porque los grandes medios de comunicación pertenecen a poderosos grupos de interés; ya sean estos grupos económicos o dinastías de políticos, aliados o contradictores del gobierno, pero cada uno con la editorial que conviene a sus jefes de partidos y socios.




     Como en Colombia no tenemos una oposición firme y enérgica, sino apenas unos políticos que por ahí de vez en cuando hacen una que otra crítica, más por aumentar su caudal electoral a futuro que por una real preocupación por el país, pues entonces queda la prensa que no se deja arrodillar del poder y que valientemente insiste en denunciar lo que al gobierno le conviene callar.

     Esa prensa a la que me refiero está encabezada en Colombia por la revista Semana[1] y su directora Vicky Dávila, hoy víctima de la infame persecución que el gobierno le está haciendo a través de su fiscal de bolsillo con una figura llamada “Noticia Criminal” que han decidido entablar contra ella sin tener una sola prueba más que la del testimonio de un denunciante amigo del presidente.

     Si por algo se ha caracterizado la periodista Vicky Dávila es por su estilo directo, la tenacidad de sus entrevistas e investigaciones y la familiaridad con que trata a cada uno de sus invitados a su espacio periodístico, aun cuando no son de su misma línea editorial. También la hemos visto poniendo en su sitio con energía a uno que otro avivato que se ha querido pasar de listo y ha intentado acorralarla sacando a relucir aspectos familiares sin que ella se acobarde por ello, pues como dice Vicky, el apellido del cónyuge o de cualquier otro familiar no es prueba de que se es delincuente, porque eso equivaldría a decir que todos los que tienen el apellido Escobar son mafiosos, cosa que no es así.




     A uno podrá gustarle o no el estilo de Vicky Dávila, su voz, sus maneras, su carisma, su trabajo, su persistencia preguntando, en fin (a mí personalmente me encanta), pero lo que uno no puede negar es que es una de las periodistas más reconocidas en el país, de mayor prestigio y credibilidad, y que al medio donde llega se le dispara el rating de sintonía. Prueba de ello ha sido su paso exitoso por medios como RCN Noticias, la FM, la W, y ahora la vemos como directora de la Revista Semana y su canal digital. Ella es una reina Midas del periodismo, no hay que dudarlo, pero también su creciente exposición y las ollas podridas que le ha destapado a este gobierno la tienen en la mira de sus enemigos; uno de ellos, el sinvergüenza que habita en la Casa de Nariño, quien la quiere ver presa, ya que asesinarla sería muy evidente, y por eso le han montado un proceso penal para intentar silenciarla.

     Vicky Dávila está en peligro, pero no es sólo Vicky, sino la prensa opositora del país. Y cuando un gobierno busca silenciar a la prensa opositora o a una periodista incómoda para sus intereses, no tengamos duda de que se ha cruzado el límite para vivir en dictadura. Petro está quebrando esa línea, no le importa.

     Sólo que los colombianos somos tan pasivos e ingenuos que no queremos darnos cuenta de que estamos transitando lentamente el camino de la dictadura. La prueba no sólo es la persecución a cierto sector de la prensa, sino el modo en el que el presidente pretende perpetuarse en el poder, apelando a golpes de estados imaginarios, inventándose softwares espías, montándole procesos a periodistas y próximamente volviendo a incendiar el país para que en el fragor de la violencia el pueblo le apruebe una Constituyente con tal de que cese la anarquía. Ojalá me equivoque, pero cada vez que auguro un escenario negativo me quedo corto, porque Petro siempre ha ido más allá. A él sólo le falta el uniforme, porque el alma de dictador ya la tiene.




     Para nadie es un secreto que quien ha destapado la mayor cantidad de escándalos del gobierno ha sido Vicky Dávila con la revista Semana. Desde los petrovideos en la campaña presidencial de 2022, pasando por las platas recibidas (y confesadas a Semana) por parte del hijo del presidente para financiar la campaña con dinero de un narco y un ex paramilitar, los audios de Armando Benedetti en donde este hablaba en tono arrabalero y confesaba que había conseguido quince mil millones de pesos para la campaña, además de que acusaba a Petro de ser un cocainómano; hasta el abuso al que sometieron a una empleada del servicio en los sótanos del Palacio con la prueba de Polígrafo y un muerto de por medio para que no se supiera quién había dado la orden; todo ello denunciado por Revista Semana. Es entendible que el presidente quiera sacar del camino a su directora. Por esa razón no le ha quedado de otra que dedicarse a hostigar a Vicky, llamarla despectivamente, acusarla, aventarla a las jaurías y bodegas rabiosas para que destruyan su buen nombre.

     De esta forma, un señor de nombre Orlando José Serpa Teherán, amigo de Petro, entabló una demanda contra Vicky Dávila por unos delitos gravísimos como el de espionaje, concierto para delinquir, traición a la patria, entre otros. La única prueba que tiene es un discurso del presidente acerca del software Pegasus que el gobierno anterior supuestamente compró y que según el denunciante está siendo utilizado por Vicky para chuzar al presidente. Pero lo descabellado de este montaje no para ahí. No sólo que la Fiscalía se tomó muy en serio la denuncia del señor Serpa, sino que además la rotuló con carácter de prioritaria. La Fiscal de bolsillo de Petro comenzó a empapelar a Vicky Dávila con la diligencia que no ha tenido en el caso de Nicolás Petro, por ejemplo, al que le está dando todo el tiempo del mundo para que los términos de su investigación se venzan. ¿Así o más disimulado? Porque ni siquiera tienen el esmero en la Fiscalía de parecer imparciales.




     El hecho de que a una periodista como Vicky Dávila le abran una Noticia Criminal no es prueba de que la justicia debe ser para todos y nadie tiene corona, sino más bien que corrobora el sesgo de la justicia en un país con miles de delincuentes sueltos en las calles a los que se les nombra “gestores de paz”, o donde pululan funcionarios públicos y hasta ministros involucrados en las corruptelas más asquerosas, pero a ninguno de ellos le han abierto una Noticia Criminal. A Vicky, por el contrario, siendo una persona cuya hoja de vida es intachable, conocida hasta la saciedad en los medios periodísticos y en la farándula, pues es una figura pública a la que todo el mundo le sabe la vida; a ella, en cambio, sí encuentran motivos para abrirle una investigación y ponerle una mordaza, o en el peor de los casos, una lápida sobre sus hombros.

     Pero Vicky Dávila, valiente como ha sido para enfrentar a este nefasto gobierno con tan solo su micrófono, no se deja amedrentar y está dispuesta a defender la verdad con su vida misma. El presidente ya cruzó la línea que no podía cruzar a través de su empleada, la fiscal Luz Adriana Camargo, quien por cierto tiene unas cuenticas pendientes en Guatemala y se reúne en fiestas con sindicados. No descansarán hasta no ver a Vicky tras las rejas por delitos que ella no ha cometido. El país le cree y la apoya, y esperamos que si el demandante no presenta a la Fiscalía las pruebas contra Dávila, exista la misma celeridad para procesarlo por calumnia.




     Lo cierto es que en Colombia, por el momento, no hay libertad de prensa. Recordemos cómo hace apenas dos semanas al periodista Luís Carlos Vélez lo echaron de la FM por emitir una opinión sobre la COP que se celebró en Cali, de la cual dio a entender que era un evento de poca monta. Y tenía razón. La COP no sólo fue un fracaso, un evento para gastar plata a dos manos, sino que ningún actor político de peso se unió a ella. Ahí se ve lo que les importa a los socialistas el cambio climático. Pero existían grupos de interés que tenían sus negociados en la COP, y esos grupos de interés eran, a su vez, los dueños de la emisora donde trabajaba el periodista. Y la misma Susana Muhamad, ministra de Ambiente, direccionó la queja contra el periodista a los dueños de la emisora. El resultado fue que lo sacaron como a un perro, todo por ejercer su libertad de prensa.

     Ya comenzó la persecución contra la periodista más importante del país. Si los demás periodistas no tienen en cuenta este precedente y siguen el camino trazado por Vicky Dávila, ya se imaginarán cómo les va a ir con este gobierno, que al perseguir con encono a la prensa que denuncia sus suciedades, deja de ser gobierno democrático para convertirse en dictadura.



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[1] Valga aclarar que también la Revista Semana pertenece al grupo empresarial Gilinsky, dueños de reconocidas marcas como Yupi, Rimax, Lulo Bank, Hoteles Four Seasons en Colombia, Bom Bril, Banco GNB Sudameris, Hotel Santa Teresa y Nutresa, y con una participación accionaria importante en Bancolombia, entre otros.



sábado, 19 de octubre de 2024

Mario Mendoza y la decadencia de los intelectuales

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Hace veinte años, cuando era un ingenuo estudiante de primer semestre de literatura y pensaba que ese era el camino que debía seguir —a pesar de que ya había terminado una carrera profesional y mi obligación debía ser la de ejercerla—, conocí la pluma del escritor bogotano Mario Mendoza a través de su novela Satanás.

     Sin ser una novela extraordinaria, me gustó el modo en el que fue escrita y la temática de las patologías psiquiátricas, tan propias de los países industrializados y que llevan a una persona con desequilibrios mentales a convertirse en un asesino serial. Luego entraron a formar parte de mis lecturas otras novelas como Relato de un asesino, Scorpio City y Cobro de Sangre, en las que la temática de la violencia descarnada recorría cada una de sus páginas. El novelista bogotano se instalaba, así, como el pionero de la novela negra en Colombia, un género que en algún momento me hubiera gustado abordar, pero mi vena literaria, por desgracia, no dio para tanto.

     En 2008 leí Los hombres invisibles, siendo el libro suyo que más me gustó por la temática del escape de sí mismo para emprender “el camino del héroe”, ya expuesto en centenares de libros de superación personal que han salido al mercado. Luego leí un libro de crónicas llamado La importancia de morir a tiempo, y en él se me presentaba a un Mario Mendoza distinto al que yo tenía percibido desde el inicio, pues comenzó a desnudar su verdadero pensamiento político y el imaginario de las opiniones me lo ubicó en el espectro de la izquierda idealista; en esa misma franja en donde se ubican los intelectuales de bohemia que sueñan con un mundo mejor, pero que están desconectados de este mundo real. Para ese entonces yo ya no estudiaba literatura y estaba desvinculado completamente del ámbito de la cultura, dedicado a otras cosas, alejado de la escritura con la que no me he podido reconciliar.




     Debo decir que nunca me he sentido identificado con el pensamiento de izquierda de los eruditos que aclaman la utopía. De facto, ese ambiente me parece bastante jactancioso y resentido, porque se habla allí desde una posición de superioridad moral e intelectual por el hecho de que esta gente se ufana de haberse leído todos los libros del mundo y creen que tienen algo muy importante que decir, además de que se conjugan allí las frustraciones de todo tipo. Yo nunca hubiera podido encajar en ese ambiente, siendo un joven al que se le dio la oportunidad de estudiar en universidad privada y económicamente lo tuvo todo a su disposición, a Dios gracias.

     Por esa razón no avancé como estudiante de Literatura, ni terminé metido en aquel medio. De haber sido así, hoy sería un mamerto más de esos recalcitrantes que en 2022 se hicieron matar por apoyar la candidatura del guerrillero Gustavo Petro a la presidencia. Por fortuna me alineé del lado bueno de la Historia, y el tiempo nos está dando razón a los de derecha. Hasta el literato se quiere desmarcar de su líder, pero esa será una cruz que cargará consigo toda su vida y aquí estaremos para recordárselo.

     Aparte de su postura política que influenció a miles de sus lectores, en su mayoría jóvenes adoctrinados, también tengo que hablar de su escritura. Cada vez me identifico menos con la pluma de Mario Mendoza. Me parece repetitiva, deprimente, y de un matiz tan lóbrego que ya a uno le da ansiedad coger un libro suyo porque probablemente se contagiará de las ideas pesimistas, fatalistas, llenas de una alucinación exacerbada que no produce sensibilización sino rechazo, como la del fin de la humanidad debido al desastre ecológico, el apocalipsis, la aniquilación de la Tierra por parte de extraterrestres, el reinado de la muerte en ciudades pobladas por hombres que parecen zombis, delirantes y obnubilados, en medio de una guerra nuclear en la que sobrevivirán aquellos que hayan podido esconderse en los laberintos subterráneos que ya existen y que el narrador utiliza convenientemente como el escenario de sus destrucciones. Uno se satura de tanto catastrofismo, como si en el fondo lo estuviera invocando para que suceda de verdad y después salir a decir “yo se los dije”.




     Si García Márquez, un escritor brillante, pero hipócrita de izquierda y amigo de los comunistas, que vivía como el más rico de los capitalistas burgueses, estuviera vivo, diría que Mario Mendoza tiene “la pava”, como él la llamaba. La mala espina, la mala vibra. Eso mismo que produce el presidente; esa sensación de querer apagar el televisor cuando sale su imagen en pantalla.

     Leí las novelas mencionadas arriba con deleite, porque en ese entonces este tipo de literatura era una novedad en Colombia, pero eso fue hace veinte años, y uno cambia, así como el literato pretende hacernos creer que está cambiando en su forma de ver al delincuente que nos gobierna, que para él es apenas un “indisciplinado y un delirante”, como para no quedar tan mal con su ídolo de barro. Honestamente, decir que Petro es un “indisciplinado” es un halago. Yo diría que es un hampón y un sinvergüenza, y también me quedo corto.

     Pero la crítica que le hago como escritor es apenas una opinión que no tiene importancia, porque estamos hablando de un best seller en Colombia que tiene millones de lectores a los que él influencia con su discurso y sus libros. La real crítica que le hago es al militante, lo cual me parece más grave aún. Al que apoyó abiertamente al guerrillero, que lo encumbró a la posición de hombre sabio y pensó que su “política del amor” le iba a ser mucho bien a Colombia.




     Uno no entiende a estos intelectuales que, se supone, son tan conocedores de la vida y el universo; de las ideas, de la buena voluntad y los nobles corazones, y sin embargo se dejan embaucar por estos demagogos socialistas. O son muy ingenuos, o en realidad alientan el mismo resentimiento en su corazón. Porque nos han demostrado que lo que los llevó a votar en las pasadas elecciones no fue una decisión razonada y bien pensada, sino el odio que llevan adentro, especialmente contra eso que Mario Mendoza llama “la derecha ignorante y asesina”. Porque estos zurdos conciben que quienes somos de derecha somos asesinos e ignorantes. Sólo que no fuimos nosotros los que votamos por un sujeto que empuñó las armas y manchó de sangre al país, y que además no tiene ni idea de cómo llevarlo por el buen camino una vez que logró llegar al poder gracias al apoyo de hombres como el escritor en cuestión. Repito, nosotros no fuimos los que votamos por un asesino y un ignorante.

     En serio, Mario, ¿no se había dado cuenta quién era Petro después de todo lo que advertimos y después de demostrar su talante de anarquista cuando hizo incendiar el país en 2021? ¿No se dio cuenta que este impostor al que usted consideró un outsider brillante había sido el peor alcalde en la historia de Bogotá y alentaba el odio de clases y la división cada que hablaba? ¿No sabía que había pertenecido a un grupo terrorista que mató magistrados y gente inocente, que recibió financiación del narcotráfico, que obedecía las órdenes de Pablo Escobar? ¿Quién le dio a usted las clases de Historia de Colombia? En serio, ¿qué esperaba de un guerrillero si lo colocaba en el poder?

     Tenía que saberlo, porque se supone que ustedes, los intelectuales, son los que tienen un conocimiento superior y cuentan con información privilegiada; que sus opiniones pesan mucho e influyen en el grueso de sus seguidores que les creen, precisamente, por ser mentes esclarecidas.




     Pero si casi todos los intelectuales, artistas, actores, cantantes, humanistas, y la mayor parte de la gente del arte y la cultura se volcaron a la izquierda y llevaron a sus fans a votar por el candidato de este espectro, eso quiere decir tres cosas: o son pensadores de pacotilla que apenas guardan la pose de hombres lúcidos, es decir, que son unos farsantes; o son otro puñado de resentidos que apoyan la izquierda porque sienten que no les va bien en la vida y necesitan de un Estado que les patrocine sus proyectos; o votaron más por el odio infundado hacia la derecha que por una real convicción por la izquierda, dejando ver así su lado hipócrita, pues ellos, que tanto hablan del amor y de la paz, llevan el incendio en sus entrañas. Se creen rebeldes antisistema, pero quieren ser beneficiados por el sistema. Si de verdad fueran inteligentes, estudiosos, letrados, jamás hubieran apoyado a un personaje tan nefasto.

     Hoy, cuando el artista se despacha contra su presidente en la columna que publicó la semana pasada en la Revista Cambio, no creamos que está arrepentido de haber votado por el guerrillero. Al contrario, está es dolido con él porque lo ha hecho quedar como un imbécil, como un pensador en decadencia.




     Lo siento mucho, señor Mario Mendoza, pero si usted era de los que pensaba que Petro era una figura diferente, al estilo de los socialdemócratas europeos, un antisistema, un pacifista, un hombre lleno de amor, se equivocó de cabo a rabo. Su pensamiento es propio de los intelectuales desconectados de la realidad. Su ingenuidad es digna de ternura. Usted sigue siendo un idiota útil al guerrillero a pesar de que haya escrito sobre su paranoia, porque todavía es de los que conciben al presidente víctima, valiente, torturado en la cárcel, cosa que nunca se comprobó. Pero el que es no deja de ser. Más bien acepte la idea del presidente bandido, terrorista, enemigo del país y deje de creer que ese sujeto puede hacer “la bondad como revolución”, que usted siendo escritor queda muy mal parado, ya habiéndose quitado la venda de los ojos, pero todavía dudando de lo que ve.

     Al final nos terminó dando la razón en su columna. Qué bueno que por fin se desasnó. Demasiado tarde, pero más vale tarde que nunca. El daño ya está hecho, y figuras de renombre como Mario Mendoza fueron las que contribuyeron con su influencia a hacerlo, aun sabiendo la calaña que era Petro y quienes lo rodeaban. Pero no quisieron descorrer el velo, como aquel que se niega a aceptar la infidelidad de su cónyuge teniendo todas las pruebas a la vista. En ese caso no es culpa del que engaña, sino del que se deja engañar.


sábado, 5 de octubre de 2024

¿Quién es el paramilitar entonces?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Si dos sujetos —otrora enemigos— que tienen las manos manchadas de sangre se abrazan en un acto simbólico, hacen un teatro en nombre de la paz, y hasta intercambian sus mugrientos sombreros como símbolo de que los une la misma mentalidad de verdugos, ¿quiere decir eso que se han encontrado para cesar su odio y no atacarse entre ellos, o se han aliado para continuar haciendo la guerra juntos contra el pueblo indefenso?

     Si les digo que uno de esos delincuentes es un exguerrillero y el otro es un exparamilitar, hoy uno convertido en presidente y el otro en gestor de paz, ¿sería creíble que en verdad ya hayan desarmado sus corazones y se dediquen a trabajar por la paz de Colombia?

     La respuesta es un rotundo NO si uno de esos delincuentes se llama Gustavo Petro y el otro se llama Salvatore Mancuso, ambos protagonistas repulsivos del baño de sangre que se ha producido en Colombia en los últimos cuarenta años.

     Primero fue el guerrillero, que militando en el grupo terrorista del M-19 fue autor y partícipe de cientos de asesinatos y desapariciones, pues cuando se opera dentro de un grupo criminal se es responsable por todos los delitos cometidos por ese colectivo: se presume que la pertenencia avala la complicidad.





     Después se supo del paramilitar, perteneciente a las extintas AUC, en donde se le juzgó como autor de más de cuatro mil asesinatos, se sometió a un proceso de paz en el que sólo tenía que pagar una condena irrisoria por sus crímenes, pero continuó delinquiendo desde la prisión y fue extraditado por un gobierno al que siempre se le acusó de ser aliado suyo.

     Hoy, cuando el miembro de las Autodefensas ha quedado libre en el exterior apenas por cargos de narcotráfico, y cuando se supone que debe terminar de pagar por sus masacres en suelo colombiano, el gobierno del guerrillero lo deja en libertad y lo pone a trabajar para él, nombrándolo “embajador de paz”. A él y a la cáfila de sátrapas que lo acompañaron en sus fechorías, con el pretexto de iniciar una nueva “mesa de conversación”.

     Si durante el mandato de Álvaro Uribe Vélez fue extraditado el paramilitar por haber traicionado un acuerdo que en su momento también estuvo plagado de errores y concesiones, como todos los acuerdos que se hacen con los bandidos; y si durante el mandato del actual presidente ese mismo paramilitar es recibido casi que con honores, además de otorgársele status político, brindarle garantías de seguridad y ponerlo a “vivir sabroso” por cuenta del Estado, entonces ¿quién es el verdadero paraco aquí?

     Va uno viendo las contradicciones de la izquierda, que hizo campaña durante 20 años con el discurso contra el paramilitarismo, que logró poner contra las cuerdas a un expresidente al que acusó de aliarse con dicho movimiento, que puso en el trono a otro presidente que prometió la “paz total” con la verborrea de que quien no se adscribiera a sus ideas era un fascista de extrema derecha o un simpatizante de los paracos. He aquí que él mismo ahora le da la mano a uno de ellos, y lo encumbra en un cargo público, como lo hace con cada bandido peligroso que decide azotar a Colombia y al final es nombrado en la burocracia o premiado con algún subsidio.




     De modo que para Petro no sólo son unos jóvenes rebeldes los guerrilleros del M19 que se tomaron el Palacio de Justicia en 1985, o los de las Farc, el ELN o El Clan del Golfo, todos grupos narcoterroristas. También los paramilitares que él tanto dice detestar le parecen ahora unos muchachos incomprendidos, aunque con motosierra. Los paramilitares, que ya no existen como la organización criminal que tuvo lugar antes, se convierten ahora en el instrumento de campaña para reelegirse en 2026. Hay que revivir la narrativa, porque si no, ¿cómo va a alimentar Petro el odio de clases y con qué caballo de batalla se hará elegir de nuevo? Menos mal que el okupa de la Casa de Nariño lo dijo una vez en una entrevista: la paz no se hace con bandidos. Si esos con los que él tanto disfruta sentarse a “hablar de paz” no son bandidos, ¿qué tal, entonces, que sí lo fueran?

     Queda demostrado que este es un gobierno que ni siquiera respeta sus propios ideales: los del comunismo, que se supone, rechaza a su ideología hermana: el fascismo.

     Porque han sido ellos los que históricamente han relacionado a la extrema derecha con este último, aunque este sea más bien un producto derivado de la extrema izquierda desde los años diez del siglo pasado, por allá cuando un político llamado Benito Mussolini militaba en el Partido Socialista de Italia. ¿De cuando acá fascistas y comunistas son tan amigos? Desde que se criaron juntos en la supresión de las libertades y la iniciativa privada, no importa que el uno exalte la idea de la Nación por encima de todas las cosas y el otro la idea del Estado, si al final ambos derivan en un proyecto totalitario que no garantiza los derechos de la población y de igual forma siempre será el Estado el que regule todo, como decía Mussolini: Todo dentro del Estado, nada fuera de él.




     Queda demostrado también que el único ideal del gobierno Petro es el de la demagogia para defender a los criminales; es el del retroceso que nos va a llevar al hambre cuando no tengamos con qué alimentarnos por falta de producción agrícola, ni cómo cocinar lo poquito que se logre cosechar si tampoco hay gas, energía eléctrica, ni petróleo. El ideal de la depravación que destruye la vida de miles de niños al confundirlos desde su más tierna infancia y al asesinarlos desde el vientre materno; de la inmoralidad que nos está convirtiendo en la nueva Sodoma celebrando el mal con orgías dionisíacas y “diversas” para evadir la realidad de la miseria en la que nos van a sumir. Es el gobierno al que no le importa la política para buscar el bien común, sino su afán utilitarista de saquear a la nación y destruirla, empoderando para ello a los bandidos de toda laya, porque al fin de cuentas son ellos su futuro caudal electoral y hay que mantenerlos contentos. Es el gobierno que representa todo lo que está mal en el mundo, pero que se vende como el impulsor de la paz, la concordia, la felicidad, y sobre todo la improbable igualdad.

     ¿Quién es el paramilitar, entonces?, ¿quién es el guerrillero, el narcotraficante, el asesino, el vándalo, el terrorista, el enemigo del país? Si el vociferado “cambio” era para premiar a la delincuencia, mejor se hubiera ahorrado el discurso y lo hubiera dicho de frente: Me llamo Gustavo Petro y soy su delincuente.


martes, 1 de octubre de 2024

Nada por qué pedir perdón

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     La recién elegida presidente de México, Claudia Sheinbaum, no invitó al rey de España para que asistiera a su toma de posesión como la primera mujer presidente de México, que se llevó a cabo el pasado martes 1 de octubre.

    Sheinbaum, del partido que representa la extrema izquierda del país centroamericano, y quien continúa con el legado del saliente presidente, López Obrador, le exigió a Felipe VI que pidiera perdón a México por lo que se conoce en la Historia como la Conquista española en tierras mexicanas, y por los excesos y los millares de crímenes cometidos por los españoles contra los nativos aztecas. Ante la negativa del rey, no se le extendió la carta de invitación al evento diplomático.

     Ya antes, su antecesor, había hecho lo propio, insinuando que España debía pedir perdón por la Conquista en México, sólo que no tuvo eco y salió corriendo cuando uno de los académicos más importantes en materia de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, el doctor Marcelo Gullo, lo desafió a un debate que el mandatario no se atrevió a aceptar.

     En su trilogía compuesta por los libros Madre Patria, Nada por lo qué pedir perdón, y Lo que América le debe a España, el doctor Gullo resalta de una manera muy completa la importancia del legado español en América, y argumenta por qué no debe seguirse alimentando más la teoría de la Leyenda Negra contra España, tan promovida hoy día en los ámbitos académicos de las izquierdas. Al contrario, sostiene que “lo primero que tiene que hacer México es realizar un acto público para darle gracias a la España del siglo XV”[1], que no tiene nada que ver con la actual España, por haber llevado al continente americano lo mejor de su cultura y sus valores, de los cuales se nutre hoy día el gobierno mexicano y todos los que de este lado repudian a España, pero hablan su idioma.




    Son varios engaños los que el doctor Gullo señala, y en los que han caído los promotores de dicha teoría que hoy pertenecen al sector progresista, incisivo en seguir reviviendo viejos odios.

     El primero de ellos es pensar que antes de la llegada de los españoles América era un paraíso en donde todas las tribus convivían felices, cantando odas a sus dioses y haciendo rondas tomados de la mano. Así es como desde el progresismo se quiere pintar la escena, cuando en realidad, para la época en que llegaron los españoles, ya existía toda una carnicería entre civilizaciones indígenas que se mataban entre sí, llegando a desaparecer incluso muchas de ellas, y en donde los españoles no tuvieron responsabilidad alguna. Literalmente, en América, se estaban comiendo unos a otros: la práctica del canibalismo y los rituales en los que se incluían sacrificios bárbaros de inocentes, estaba extendida por todo el continente, especialmente en la región que luego se conoció como los Estados Unidos Mexicanos, en donde la civilización Azteca fue pionera en este tipo de bestialidades, llegando a sacrificar hasta 20.000 seres humanos por año, según los historiadores, y cuyos cadáveres echaban a rodar por la imponente pirámide de Tecnochitlán. Sólo que ahí no terminaba la ofrenda, pues los cadáveres, ya destrozados al caer al fondo del precipicio, eran terminados de despedazar y servidos a la nobleza azteca para que se alimentaran con ellos.

     En segundo lugar, en la trilogía de libros citada, se desmiente el mito aquel de que Hernán Cortés con 700 hombres llegó a someter a todo un Imperio Azteca conformado por miles de guerreros. Si no es por la ayuda que las tribus sometidas por los aztecas le prestaron a Cortés, jamás se hubiera podido poner fin al esclavismo y a la antropofagia de los aztecas. Así las cosas, los españoles fueron responsables, en gran parte, de detener a un monstruo salvaje, peleando de la mano de los mismos indígenas que se aliaron a ellos contra los nativos opresores. Desde luego que la Conquista supuso cruentas batallas entre indígenas y españoles en muchos territorios de América, y también que muchos nativos fueron acribillados a manos de los conquistadores, pero no fue ese el modus operandi exclusivo de la Conquista.




     De hecho, fue la misma Corona Española la que se encargó de reglamentar y poner en cintura a todos aquellos que cometieran abusos de ambos lados a través de las Leyes de Indias, de modo que el proceso de aculturación fuera lo menos violento posible. La cooperación de las tribus, que aceptaron a los conquistadores españoles como una suerte de regidores del orden e impartidores de la justicia frente a la dominación ejercida por los pueblos enemigos, fue vital para que estas no desaparecieran. Es por ello que aun subsisten diferentes tribus indígenas en América Latina que no se extinguieron gracias a la protección que les otorgó el sistema de leyes de aquel entonces, más no fue así en los territorios en donde predominó la conquista anglosajona, cuyos nativos fueron borrados del mapa casi por completo.

     ¿Qué habría sucedido si el conquistador Hernán Cortés no llega a México en el momento en que llegó, sino que se tarda un par de décadas más, o si no se atreve a luchar contra el temible Imperio Azteca con ayuda de las tribus mermadas por este? Habrían resultado más muertos de los que hubo en la batalla, y habrían desaparecido definitivamente los pueblos de la periferia del imperio sin que dejaran rastro de su existencia. No es que España hubiera propiciado un genocidio en lo que hoy es la unión mexicana y el continente en general, sino que el genocidio ya estaba en marcha desde antes de que desembarcaran los primeros navegantes que llegaron en 1492. Para el doctor Gullo, España no conquistó a América, sino que la liberó del imperialismo caníbal de los aztecas.

     El hecho es que todo aquello que contribuye a alimentar la Leyenda Negra y a satanizar a España no es gratuito: viene movido por unos intereses imperialistas que buscaban acabar con los vestigios de la civilización cristiana. El imperio británico, enemigo acérrimo de la España de los reyes católicos en ese tiempo, contribuyó en gran parte a fomentar la mala prensa, pues allí estaba la esencia de la cristiandad.




     No olvidemos que el protestantismo de Lutero y Calvino se arraigó mayoritariamente en la cultura anglosajona, y que de esa división entre católicos y protestantes propiciada en el siglo XVI nació una tremenda rivalidad en la que primó la guerra a través de la difamación. La Reforma protestante propuso una nueva manera de ver el mundo: la de darle importancia a la búsqueda de la riqueza y el poder sin buscar el bien común y la verdad; y la de impulsar la idea de que sólo por la fe el hombre es salvo, como lo infería Lutero, sin tener en cuenta sus obras. Al mismo tiempo se atacaba férreamente al catolicismo representado en España más que en ningún otro reino europeo en ese momento. Francia se desvió por el camino de las ideas liberales de la Ilustración en el siglo XVII. Italia, aunque era la sede del papado, no estaba al servicio de la fe, sino de un renacer artístico ya tardío y desgastado que lo dejó sumido en las simples formas y le hizo perder la sustancia. Alemania estaba con las ideas de la Reforma. Así, España detentaba en el medioevo todo el poder del catolicismo manteniendo la idea original de la búsqueda del bien común, la verdad y la belleza. Aparte de ello, el poderío militar de España era demasiado difícil de derrotar por parte de Inglaterra. No quedando manera de conciliar las dos visiones surgidas desde La Reforma, y urgida a ganar en la carrera por la conquista de América, Inglaterra derrotó a España en el campo de la cultura.

     La Leyenda Negra de la Conquista, según el académico Marcelo Gullo, no la crean los ingleses, sino los italianos por una cuestión de celos. Italia no tenía el poderío de España, y habiendo sido el reino más damnificado por la Peste Negra del Siglo XIV, afectado económicamente por las invasiones extranjeras, Las Guerras Italianas y las disputas entre los Médici y los Borgia que corrompieron a la Santa Sede, no pudo emprender con la misma grandeza la carrera por la conquista de América. Se obnubiló con el Renacimiento, así que encendió la chispa de la difamación para que después los ingleses convirtieran esa leyenda en política de Estado.




     Cinco siglos después del Descubrimiento de América, y ya supuestamente superadas todas las rencillas que generó La Conquista y el consecuente colonialismo de los imperios, todavía existen personas como Sheinbaum que alimentan su odio contra España por una leyenda que se gestó en el medioevo. Cuán ignorante se tiene que ser para que a estas alturas todavía se sienta uno acreedor a un perdón histórico por parte de una nación extranjera que ya es completamente diferente a la que antes era, y de la que apenas conserva el nombre.

     Claro, hubo batallas, conquistas a sangre y fuego, invasiones, arbitrariedades, ¿quién lo duda? Pero aquellos fueron los actos de unos hombres que sólo pudieron ser juzgados con el paso del tiempo. Por fortuna ninguno de los opresores sobrevive.

     España se nos llevó todo el oro, pero nos dejó la riqueza de su idioma. Se llevó a los dioses del sol y de la luna, del trueno y el viento, de la lluvia y el mar, pero nos dejó al Dios verdadero, nuestro señor Jesucristo. Se llevó a su lecho a las mujeres más hermosas cosechadas en esta tierra abonada con sangre indígena, pero nos dejó una nueva raza, la mestiza, y en ella engendró la sustancia de la hispanidad que no podemos negar. Se llevó los conjuros, los dioses paganos, los sacrificios, y nos dejó las universidades, los colegios católicos, el modelo de la educación que todavía hoy se sigue manteniendo, a pesar de que quienes hoy reniegan de su hispanidad lo están corrompiendo con la enseñanza de ideologías perniciosas para los niños. Se nos llevó muchas vidas de aborígenes inocentes, y nos dejó su decendencia. Fue una invasión no deseada, seguramente; un proceso forzoso de culturización, a no dudarlo; una evangelización a garrote, por desgracia, pues no se comprendió que los indígenas eran tan seres humanos como los misioneros. Por fortuna, después de muchos años, las prácticas canibalescas de los imperios indígenas y los excesos de los conquistadores han terminado. La Historia puede ser tomada en cuenta para no repetirla, pero jamás podrá cambiarse. Nuestros padres son tan españoles como aborígenes indígenas, y a ambos debemos honrarlos. No todo fueron violaciones, no todo fueron saqueos.




     Pero fuera cual fuera la suerte de América, ese choque de culturas tarde o temprano se iba a tener que dar, y cualquiera de los imperios reinantes de la época habría llegado a estas tierras. Si no hubiera sido España habría sido Inglaterra, Francia, Portugal, Holanda, o incluso los musulmanes si Carlos Martel no los hubiera detenido en la Batalla de Poltier, por allá en el 732. Y de todos esos imperios reinantes de la época, fue España la que tuvo el mejor trato para con los nativos indígenas, la que tenía al mejor de los dioses y el más rico de los idiomas. Gracias a las Leyes de Indias todavía subsisten indígenas latinoamericanos, y hoy son reconocidos como pueblos autónomos a pesar de que se encuentran insertos dentro de las fronteras de las nuevas repúblicas.

     De manera que la presidente Sheinbaum le exige al rey de España que pida perdón a México por el hecho de haber llevado la civilización a su país, las universidades, la cultura occidental, el idioma y hasta el mensaje de la evangelización cristiana. Un perdón que el México de hoy le exige a la España de hoy por unos hechos tergiversados que sucedieron en un pasado en donde era otra España, y México ni siquiera existía. Como quien dice, tener que asumir culpas por algo de hace más de trescientos años, cuando ya ninguno de los conquistadores de la época, acusados de genocidio, se diluyen en el polvo de la tierra. Y México, que en ese entonces era el antropófago imperio de los aztecas, es la víctima de hoy. Eso equivale a exigirle a un ofensor, ya muerto, que pida perdón a un ofendido por los crímenes que cometió cuando este todavía no había nacido. Así de descabellada es la petición de la recién posesionada presidente Sheinbaum.




     Si alguien debiera pedirles perdón a los mexicanos, deben ser ella y su antecesor. Porque son los promotores de un gobierno anticristiano para destruir a la nación. Esa nación que con tanto esfuerzo han levantado aquellos que al grito de guerra aprestan el acero y el bridón para que retiemble en sus centros la tierra al sonoro rugir del cañón.

     Lo mismo aplica para todos esos déspotas apátridas de Latinoamérica. Ellos están arruinando sus países por el capricho de gobernar bajo los preceptos de la religión del Estado mundial; esa sí una conversión forzosa y despiadada: Petro, Lula, Díaz Canel, Maduro, Ortega, Boric, Evo Morales; toda la plaga izquierdista y atea que odia al extinto Imperio Español, pero ama el imperio de las élites globalistas que propenden por la división y la fragmentación de las patrias.



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[1] Basado en la entrevista al doctor Marcelo Gullo con Pablo Muñoz Iturrieta. www.youtube.com (30 de septiembre de 2024). Por esto España no debe pedir perdón a México. Respuesta a Sheinbaum. www.youtube.com/watch?v=m4umag0_y-k





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