sábado, 28 de enero de 2023

El peligroso delito de oración

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Nos pintan en el imaginario un mundo donde la libertad es posible, donde gracias al pensamiento moderno y a las redes sociales, que son producto de los avances de la tecnología de las comunicaciones, podemos expresar nuestra opinión libremente sin temor a ser censurados. Hoy día cualquiera que tenga acceso a un computador o a un teléfono puede opinar e influir sobre la sociedad, nos dicen convencidos los internautas, pero nada más alejado de la realidad. No es así. Nunca antes habíamos tenido tantas leyes que nos dieran la sensación de ser libres, y nunca antes hemos sido más esclavos. La única libertad posible es la que te permiten los detentadores del poder, y eso incluye no opinar ni hacer nada distinto de lo que a estos les convenga.

    Ocurrió en Inglaterra finalizando el año pasado, cuando Isabel Vaughan-Spruce fue sorprendida por una patrulla de la policía “violando el nuevo mandato de la ciudad de Birmingham”, el PSPO, u Orden de Protección del Espacio Público por sus siglas en inglés.[1] Según esta ley, nadie puede acercarse a menos de 150 metros de una clínica —en la que se practiquen abortos— con intenciones de realizar alguna manifestación o protesta en contra de este asesinato permitido, que al igual que en Colombia, también está despenalizado en el Reino Unido.  



    Entre esas protestas y manifestaciones que quedan prohibidas por violar la Ley del Espacio Público, se ha catalogado el acto de rezar en silencio (y con los ojos cerrados) como una alteración del orden: la más peligrosa de las actividades para la mentalidad atea; algo que para las autoridades inglesas es motivo de detención e imputación de cargos, y más si se realiza cerca a uno de estos centros en donde se ejecuta el sacrificio de niños por nacer.

    Es que cuando las feministas queman iglesias y destruyen monumentos o pintan grafitis en los murales, o muestran vulgarmente sus senos pintarrajeados con lemas insultantes y gritan como posesas; esto no es considerado como una trasgresión al orden público de ninguna manera: ellas, y quienes exigen el aborto “libre, seguro y gratuito”, están ejerciendo su derecho a protestar de forma autónoma. Ahora, si alguien decide que, para ejercer este mismo derecho desde una posición contraria, lo mejor es rezar en silencio frente a la clínica en cuestión, esta persona debe ser considerada como un sospechoso de alta peligrosidad. Así está el mundo. 



    Cuando el agente de policía se le acercó a Isabel y le preguntó por lo que estaba haciendo, al verla impávida en actitud reflexiva, la señora le respondió que podría estar rezando en su cabeza. ¡En su cabeza!, porque esto ha llegado al punto tal de que no se pueden tener pensamientos propios.

    Acto seguido requisaron a Vaughan-Spruce hasta en el pelo y la condujeron a la patrulla. Vale decir que los agentes en ningún momento la maltrataron ni la agredieron físicamente, pero se mostraron como los fieles guardianes de “La Policía del Pensamiento” de la que hablara Orwell en su tan mentada obra “1984”.

    Resulta que Isabel Vaughan-Spruce es la directora de la ONG Cuarenta Días por la Vida en Birmingham, cuyo propósito central es convocar principalmente a mujeres para que recen por el fin del aborto, además de apoyar a las embarazadas, madres e hijos en situación vulnerable. Su único pecado fue ir contra el aborto, y sobre todo a través de un arma poderosa a la que la dictadura de la nueva gobernanza le tiene pavor: la oración.



    Sí, esta actividad pacífica e inofensiva que el sistema de la nueva tiranía desdeña es hasta ahora la fórmula más personal de los creyentes ante la avalancha de censura y restricciones que los gobiernos vienen imponiendo en todo el mundo. Acudir al poder de Dios es la mejor defensa para pedir protección y suplicar por la piedad de nuestro creador, y para que su espíritu obre en nuestras mentes confundidas y nos inhiba de hacer el mal.

    Pero estamos ante un escenario en el que quieren despojarnos de nuestra libertad mediante el control total y la uniformización del pensamiento. El gran pecado aquí es oponerse a una ley perversa que el Estado obliga a ser abrazada.    

    Y es que esta dictadura que se está metiendo lentamente y sin que nos percatemos, se camufla precisamente en la falsa autonomía. Ofrece un buenismo hipócrita, comprensivo, liberador, pero al tiempo promueve la abolición de la verdad, la supresión de la Historia, la negación de la naturaleza, el empobrecimiento de la lengua y la propagación del odio contra todo aquello que se oponga a la ideología que aspira a ser imperio.

    De manera, pues, que casi que se debe estar a favor del aborto para no ser encarcelado en Inglaterra. No demoran esos avances legislativos en aplicarse por estos lares. Como mínimo se nos exige que no nos pronunciemos en contra de esta práctica, lo cual es ya un atentado contra la libertad de expresión: un crimen de pensamiento.



    Eso sí, la progresía es libre de pensar, manifestarse, actuar, y en muchos casos atacar a sus contradictores, pues la mano déspota de los gobiernos les da el aval para hacerlo. Ellos no atentan contra la moral y el orden público. Los malos somos los que tenemos fe en Dios y queremos obrar con el bien.

    ¿Fue suficiente con que detuvieran a esta activista provida para que las autoridades dejaran en paz a quienes piensan diferente? Claro que no. Además, se le prohibió a esta señora participar en oraciones públicas, incluso estando lejos de las clínicas abortistas. La persecución apenas comienza. Practicar la fe será, dentro de poco, una actividad de alto riesgo.

    Es que no pasa nada si los abortistas manifiestan abiertamente su opinión y exponen sus argumentos. De todos modos, la legislación favorece sus posiciones. El problema (para ellos) está cuando los defensores de la vida del niño por nacer influyen o aconsejan a una mujer para que no lo haga. Si informan de los riesgos y persuaden a las mujeres de que se abstengan de practicarse un aborto, la cláusula 9 del Proyecto de Ley de Orden Público en Inglaterra caería con todo su peso. Podría haber prisión hasta de dos años.

    Algo como esto le sucedió a una pareja de ancianos en España, donde hay una ley similar. Según otro artículo de la profesora y columnista Mamela Fiallo, se nos informa que los ancianos “entregaron un folleto a una mujer que entró a una clínica de abortos y desistió de hacerlo al recibir la información”.[1]  No valió que la aconsejada atestiguara a favor de ellos, pues el delito aquí fue haberle hecho perder un negocio jugoso a la clínica abortista, además de que se salvó una vida, y eso, para los intereses del control demográfico, es una pérdida irreparable.



    Tal parece que rezar sí sirve. El poder de la oración, infinitamente superior a cualquier medida de restricción que se ejerza sobre la libertad religiosa, es temido por los cultores del despotismo más que cualquier otro poder. Ellos, anticristianos y relativistas morales, no saben, al fin y al cabo, cómo es que obran los milagros. Si no son capaces de reconocer en dónde empieza la vida, mucho menos lo serán para contrarrestar “el peligroso delito de oración”. 





[1] Mamela Fiallo Flor. (22 de diciembre de 2022). Crimental es una realidad en Reino Unido: mujer fue detenida por pensar. Panam Post.  Descargado de  

https://panampost.com/mamelafiallo/2022/12/23/crimental-en-reino-unido-detenida-por-pensar/

[2] Mamela Fiallo Flor. (31 de mayo de 2022). Inició juicio en España contra dos ancianos por ayudar a salvar una vida. Panam Post. Descargado de 

https://panampost.com/mamela-fiallo/2022/05/31/juicio-espana-dos-ancianos/

 

sábado, 21 de enero de 2023

Dolor de patria

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




     Existe una bandera nacional compuesta por tres colores: el amarillo, el azul y el rojo; cada color representando una característica indefectible de la república que todavía hoy no se ha terminado de configurar. Se continúa saqueando el oro y la riqueza, contaminando los ríos y los mares y derramando la sangre de los coterráneos, pero no importa, porque ahí está la bandera que lo representa todo.

    Ese paño se puede ondear según convenga, y si dado el caso expira un prócer de la nación, o la naturaleza se ensaña con nuestros compatriotas, o infamemente se produce la dolorosa tragedia de la desaparición de mil anónimos, la bandera servirá para exorcizar todo el mal generado cuando sea izada a media asta.



    Existe un escudo de armas encabezado por el ave insignia de nuestro país, la cual agarra con su pico una corona de laureles que significa la victoria y la nobleza del pueblo. El cóndor mira a la derecha —nunca a la izquierda—, y sobre sus garras, entrelazada en la corona, pende la cinta con el lema nacional de Libertad y Orden.

    En el escudo hay una granada de oro atiborrada de semillas —con su tallo y sus hojas— para evocar el nombre que tuvo nuestra patria en épocas pasadas: la Nueva Granada.

    Aparecen en el blasón las dos cornucopias; con oro la una y frutas tropicales la otra, que nos recuerdan que este es un país de riqueza y de suelos prodigiosos. Abajo está el gorro frigio de la libertad que reposa colgado de la punta de una lanza, y más abajo serpentea el agua de un istmo que ya no nos pertenece, y sobre el que navegan dos barcos en cada uno de los océanos que bañan a Colombia.


    

    Muy poco queda ya del oro que una de las cornucopias exhibe: ese mineral que antes tapizaba nuestra tierra de manera exuberante se lo han robado impunemente. Y lo que queda es un motivo para que maten a los ciudadanos que aspiran a encontrar en alguna veta la salida a la pobreza. Las frutas, el grano y las semillas que muestra la otra cornucopia parecieran ser un asunto de la representación pictórica; una alegoría de un escudo que no refleja la realidad. Aunque posamos nuestros pies sobre un terreno fecundo, lo que escasea en este caso no es la fertilidad del mismo, sino la falta de voluntad para sembrarlo. Otro producto más rentable ha sustituido el alimento: el “oro blanco” y maldito que sólo sirve para destruir al ser humano. No se siembra la tierra, no se cosecha, no se usa para lo que fue creada. La consecuencia es hambre, guerra y desolación.

    En cuanto al gorro frigio, lentamente se va perdiendo la libertad que representa. En manos de un Estado que le quita a unos para darle a otros, que busca compensar la insuficiencia con pauperización, no se vislumbra mucha libertad que digamos. El pueblo pide pan y el Estado se lo arroja cuando le conviene. No inculca en sus ciudadanos la condición de hombres emancipados, sino la de esclavos.  

    El resto del escudo es un chiste que se cuenta solo: se le rinde homenaje a Panamá, que ya es un país extranjero. El cóndor, nuestra ave insignia, está en peligro de extinción como la nación misma está en peligro de sucumbir a una tiranía. Y en lugar del Orden, lo que viene reinando desde hace tiempo es la anarquía.



    Existe un himno nacional que nos ilusiona con que “cesó la horrible noche” para luego decirnos que la “libertad sublime entre cadenas gime”. El horror, de hecho, nunca terminó, y por ello el autor nos insta a comprender “las palabras del que murió en la cruz”. Un himno que al parecer sólo se saca a relucir para los partidos de fútbol, pero al que se le resta significado cuando las cifras que registran las masacres no paran de aumentar. Un himno que se canta a veces con entusiasmo, sobre todo si se está lejos, extrañando no poder entonarlo dentro de las fronteras nacionales por esa suerte de destino errante llamado migración.  

    Existen, pues, símbolos patrios. Y una Constitución que se supone, es la Carta Magna sobre la que no hay poder superior ni se puede transgredir ninguno de sus derechos. Cosa   extraña que el primero de ellos, la vida, se suprime todos los días por obra de la irracional violencia. Esta Constitución se torna en pesada literatura; en palabra muerta.

    Toda esta alusión crítica a los emblemas de la república es para decir que cada día me duele más la patria. Inútil tanto símbolo y solemnidad vana si lo que subyace en la esencia de la nación es un espíritu de bajeza y falso patriotismo.  



    Dolor de patria porque a medida que se sienten los pasos del animal gigante que es el pensamiento uniformizado, nuestra identidad de colombianos, si es que existe, estará quedando diluida en el implacable mar del desarraigo.

    Dolor de patria cuando comenzamos a vivir en carne propia las consecuencias de nuestra equivocación: corrupción, carestía, negligencia, clientelismo, escasez, retroceso, empobrecimiento, recrudecimiento de la violencia, humillación. No sirvieron de nada los espejos, las admoniciones, las advertencias, las opiniones de los expertos. Quisimos experimentar por nosotros mismos el horror, conscientes de caer en el abismo porque ya no nos importa nada. La filosofía de esta época posmoderna es el nihilismo por doquier para exaltar la muerte. Que se pierda el país que teníamos, dijeron unos, que será mejor inventarse otro de la nada y borrar lo que antes existía. Nos damos cuenta ahora de que no es tan fácil construir en la realidad como en los imaginarios, y que sí, que lo más fácil es destruir lo que otros construyeron.



    Dolor de patria al percibir cómo comienza el camino a la debacle. Al principio suele haber una queja por los altos precios, luego una ausencia de las cosas que antes encontrábamos con relativa facilidad. Después la crisis por lo que escasea, por la inoperancia de las instituciones, la falta de autoridad, la indulgencia con los abusadores, la indiferencia del Estado que solamente se dedica a fantasear, la degradación de unos valores que antes eran necesarios para cimentar una nación y que hoy ya no se admiten más. Todo comienza a dañarse, a funcionar mal. Lo poco bueno que había termina por desaparecer y se profundiza el descontento que no podrá terminar en rebelión porque el aparato del Estado ya se ha encargado de sofocar a los elementos disidentes. Solamente los áulicos del poder se niegan a aceptar la realidad, pues de eso se trata el cambio, de tapar el sol con un dedo.

    Mientras tanto quienes detentan el mando saltan jubilosos celebrando un triunfo que nunca será del pueblo, sino de las élites a las que ellos obedecen. Celebran siendo premiados con el reconocimiento a unas ejecutorias que apenas existen en papeles, pues la realidad objetiva evidencia el retroceso de la sociedad que estos canallas se han encargado de resquebrajar.

    Al final, cuando contemplen su propia obra de destrucción y no puedan acrecentar el mito de sus elucubraciones, dirán que fueron los otros, sus enemigos, sus contradictores, los que no permitieron la materialización de la utopía. Porque siempre habrá a quien culpar de los fracasos. La culpa será en todo caso del imperio, del detractor, de la naturaleza, de la riqueza ajena, de quien no piense como ellos, del ciudadano honesto; nunca de ellos, porque ellos son dioses, y a los dioses no se les achaca ningún defecto.   



    Dolor de patria porque lo que era un proyecto de nación soberana con miras a desarrollarse, mañana será parte de un entramado mafioso y planetario que nos dejará sin bandera, sin escudo, sin Constitución, sin democracia, sin libertad y sin futuro. Qué dolor que se acabará la patria, y más dolor que fuimos nosotros mismos los que la dejamos acabar. Permitimos que unos fanáticos de su propia quimera gobernaran nuestras vidas.

    Contra esos impostores es que debiéramos descargar todo el peso de nuestro dolor de patria.


sábado, 14 de enero de 2023

El globalismo y el poder maligno del dragón

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






El bueno pierde en un mundo de malos.

Por eso confúndete.

 

Maquiavelo, El Príncipe.

  

    Acabo de mirar la entrevista que le hizo la periodista Isabel Cuervo al doctor en economía y analista político Rafael Marrero en su canal de Youtube[1] y deduzco de las apreciaciones del experto que definitivamente la geopolítica está dando un giro radical, que una vez que complete los 180 grados, será imposible de reversar. 

    Para nadie es un secreto que Klaus Schwab, director del Foro Económico Mundial (FEM) concibe que el modelo que debe seguir el mundo con miras hacia un nuevo ordenamiento mundial debe ser el modelo de la China comunista. Tanto el Partido Comunista Chino (PCCh) como El Foro Económico Mundial tienen sus afinidades en común. Miremos qué es lo que están buscando.

    Lo primero es la creación de un gobierno central unificado al que se le obedezcan sin cuestionamientos sus directrices. Ese gobierno será el que diga qué puede hacer el individuo, no sólo en su contexto civil, sino incluso en su contexto personal. Definirá las pautas desde el número de hijos que puede tener el ciudadano, cómo educarlos, qué valores transmitirle, hasta la forma en que puede gastar su dinero si acaso lo tiene.

 Schwab representa a una ONG de metacapitalistas que al mismo tiempo pregonan por la abolición de los Estados y la imposición del globalismo como nueva forma de gobierno mundial. El globalismo, palabras más, palabras menos, es la emulación del comunismo del que hablara Marx, sólo que con unos ribetes nuevos en donde no se requiere de ningún sujeto revolucionario como el que estaba representado en la clase proletaria.



    En vista de que el comunismo nunca se ha puesto en práctica de manera exitosa; su fase anterior, el socialismo, sirvió como un sistema previo que ha sido adoptado por diversos países con unos resultados lamentables. El socialismo soviético, el cubano, el de la revolución maoísta, el de Corea del Norte, el del Siglo XXI implantado en Latinoamérica, no ha dejado otro saldo que el de muerte, hambre y miseria para quienes han tenido que vivir obligatoriamente dentro de ese régimen. No existe un caso de un país socialista en donde sus pobladores sean felices. No hay tal cosa como un país socialista exitoso, si se habla de que ese éxito lo disfruten los ciudadanos y no los gobernantes.



    Eso que en un principio quiso imponerse como comunismo, que después se transformó en socialismo y ahora en el mal llamado capitalismo inclusivo; se le ha rebautizado como globalismo, apalancándose con unos falsos preceptos de socialdemocracia para dar el efecto de benevolencia que se requiere. Pero al globalismo no le interesa la democracia ni la sociedad, y en todo caso se vale de lo que ha sido el capitalismo para pervertir ese sistema: comprar a los gobernantes y acumular un poder económico inmenso concentrado en las manos de unos pocos.

    Es el globalismo lo que está deviniendo en el nuevo sistema hegemónico, liderado a futuro, no por las grandes potencias, por bloques económicos o por la unión de países con fines en común, sino por un solo estado mundial que operaría en todo el mundo y sería encabezado por China en contubernio con la camarilla de poderosos que hoy fungen como filántropos, pero que son los que deciden el destino del mundo.



    Lo segundo es poder llegar a controlar la humanidad a través del “esclavismo moderno” que se conseguiría con ese gobierno mundial regentado por el PCCh. No es tampoco un secreto para nadie que China utiliza mano de obra esclava, que tiene un dominio tal sobre sus habitantes, que los confina cuando quiere y como quiere, les roba su propiedad privada e intelectual, y que, a través de la economía planificada y el desarrollo de la tecnología de vigilancia en tiempo real, de algoritmos de predicción del comportamiento y la ayuda de la IA más desarrollada del mundo, los somete de forma vulgar e inhumana. Es la fábrica del planeta, el gran proveedor de bienes y servicios del mercado. Uno lo percibe al tiro cuando se da cuenta de que la mayoría de nuestros aparatos en el hemisferio occidental son made in china.

    De hecho, a través de la tercerización, las grandes empresas, en especial las de tecnología, subcontratan la mano de obra esclava, la cual tienen hacinada en especies de campos de concentración que son ciudades enteras donde trabajan día y noche para producir, por ejemplo, los paneles solares de la empresa Canadian solar, o los dispositivos de Apple. Posteriormente estos productos fabricados en China son introducidos sin pagar aranceles y modificados en su lugar de procedencia. Para poner un ejemplo del daño de la subcontratación extranjera, sólo el 3% de la ropa que hoy se fabrica en Estados Unidos es originalmente estadounidense. A inicios de la década del dos mil los norteamericanos producían el 40% de su indumentaria textil. Por ahorrar en costos de manufactura terminaron cediendo el mercado. De esta forma, en palabras del doctor Marrero, “China está creando una economía hegemónica mundial para desbancar a su enemigo principal”. No le interesa su apertura comercial al mundo, como muchos pensábamos, sino dominarlo y quebrar las economías occidentales.



    Pero nada de esto lo habría podido lograr sin el concurso del mismo Estados Unidos y de las organizaciones internacionales como la ONU y el FEM. No nos olvidemos que fue Nixon, ex presidente de Estados Unidos, quien en 1972 decidió abrir relaciones comerciales con China en su visita a Mao. Hoy esas relaciones ya no son comerciales, sino de poder geopolítico, y ese poder está del lado del PCCh.

    Hoy China opina en favor del Acuerdo de París y sonríe al Foro Económico Mundial cuando se habla de políticas verdes, pero aun así es el país más contaminante del mundo: 35% de las emisiones de dióxido de carbono se le deben a la nación del dragón. Su contradicción no es impedimento para encaminarse como el país más desarrollado, pues todos aquellos que están implementando las políticas ambientales a ultranza lo están haciendo en detrimento de su economía.

    Véase por ejemplo el caso de Alemania (que depende del gas ruso por abstenerse de producir el suyo), Reino Unido, España, y el mismo Estados Unidos, que actualmente le tiene que comprar petróleo a un narcotraficante como Nicolás Maduro. Además, el gobierno de Biden le vende las reservas de petróleo a las refinerías chinas, sabiendo que es su principal enemigo. ¿Será acaso que los negocios de Hunter, su hijo, influyeron para que las relaciones comerciales fueran tan cordiales con los comunistas de la China? En todo caso, según palabras del doctor Marrero, “[Estados Unidos] está al punto más bajo de las reservas de petróleo de los últimos cuarenta años”.[2]   



    Dice, además, que dos cosas son imprescindibles para llegar a ser la primera potencia mundial: la red 5G para la distribución de data y el desarrollo de la Inteligencia Artificial, por un lado; y por otro lado el poderío militar. Con la primera pueden perseguir a las personas y predecir su comportamiento, controlar sus gastos, restringir sus actividades con respecto a la huella de carbono que deja cada quien según los bienes y servicios que utiliza y de paso reducir la autonomía y la libertad al máximo. Con la segunda pueden someter por la fuerza a sus enemigos. Y China tiene ambos factores en crecimiento.

    Pero si China se encuentra en una posición superior en lo relativo a su poder económico, geopolítico y hegemónico, no lo es menos en su aspecto armamentístico. Es el único país con la capacidad para desafiar el orden mundial liderado por Occidente hasta ahora. Actualmente cuenta con 340 buques, 12 submarinos de misiles balísticos y 44 de ataques de propulsión nuclear, 250 lanzadores de armas de alcance intermedio. Se estima que para 2025 China tenga dentro de su flota naval 400 barcos de guerra. En poco menos de diez años se prevé que triplicará su arsenal a 1.500 ojivas nucleares intercontinentales, Como si fuera poco, China está instalando bases militares en países donde ha consolidado sus relaciones, ya no tanto cercanos en territorio, sino cercanos en ideología, tales como Venezuela, Nicaragua, Cuba; y ya Colombia está en la lista después de que el socialismo llegó al poder con Petro.



    El PCCh, además, cuenta con un arma tan poderosa como ilegal para contribuir al derrumbamiento de su principal enemigo, y por ende del mundo occidental: controla alrededor de 5000 laboratorios clandestinos en diferentes partes del mundo en donde se produce el fentanilo y que envían luego a los Estados Unidos vía México y sus carteles de la droga. Fentanilo que, por cierto, se cobró la vida de 107.000 americanos durante 2022. Esta es una de las peores armas de destrucción social.

    La amenaza del PCCh es inexorable. Tiene de su lado a gran parte de la conspiración global de poderosos a los que no les interesa la libertad de la humanidad, sino que son una alianza mortal para los deseos de supervivencia de nuestra civilización.

    Tal vez no podamos hacer nada para combatir a esos monstruos que, evidentemente, nos superan en fuerza a los ciudadanos de a pie que estamos desarmados y desprotegidos. Porque la mayoría somos "hombres buenos habitando en un mundo de malos". Por ello llevamos las de perder. Pero es mejor saber lo que nos tienen reservado en vez de no saber. Así podremos atender el consejo de Maquiavelo cuando tengamos que enfrentar los horrores del globalismo y el poder del dragón: confundirnos con los demonios para que no sepan de qué lado estamos.



[1] Cuervo, I. [Isabel Cuervo]. (9 de enero de 2023). Comunismo global ¿Fusión civil militar en marcha? PCCh y Fem alineados [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=i_Rf8O0kpBY&t=2416s

[2] Ibíd. (17:09)





sábado, 7 de enero de 2023

Anda suelto el diablo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





La fundación

     Cuenta la anécdota que, cansado de la enemistad entre la gente de su pueblo y los habitantes del pueblo vecino, el cura párroco de Quiebralomo, José Ramón Bueno, se levantó un 7 de agosto de 1819 (día en que las fuerzas patriotas se enfrentaban contra el ejército realista en la Batalla de Boyacá), y decidió que la violencia que había provocado gran cantidad de muertes en ambos caseríos se tenía que acabar.

    Del otro lado, en La Montaña, apenas a cien metros de distancia, el sacerdote José Bonifacio Bonafont, que oficiaba como párroco de este pueblo, se levantó ese día pensando lo mismo que su correligionario: que la disputa por el territorio al pie del cerro del Ingrumá entre los habitantes de Quiebralomo y La Montaña debía llegar a su fin.

    De modo que cada uno de los curas convocó a sus respectivos feligreses y todos se dieron cita en la línea divisoria que separaba los poblados.

    —Padre— le dijo un párroco al otro—, ¿Para qué dos pueblos,n dos plazas y dos iglesias principales en un territorio tan pequeño si eso ha significado que nos matemos los unos con los otros?

    —Tiene razón, padre— le contestó el segundo—. Lo mejor es que tumbemos esta barricada y nos quedamos con un solo pueblo, porque si seguimos con esta enemistad nos va a llevar el diablo.

    Cuenta la historia que así fue como se instauró la paz duradera entre los dos villorrios con tal de evitar cualquier castigo del maligno. Que a ese pueblo unificado lo bautizaron como Riosucio, y que, aunque la anécdota se narra fácil, aquello no fue de un día para otro. Existen muchos más detalles para precisar, pero más o menos fue ese el cuadro que llevó a la fundación del único pueblo de Colombia que tiene dos plazas principales con sus respectivas iglesias. Y no fue sino hasta 1847 cuando Riosucio, hoy perteneciente al departamento de Caldas, fue unificado por decreto.



El carnaval

     Un seis de enero los indígenas y los cimarrones de La Montaña, en el día libre que le otorgaron sus amos esclavistas, intervinieron con sus ritos en la fiesta de los Reyes Magos que celebraban los de Quiebralomo. Allí se entremezclaron, entre danzas africanas, cantos ancestrales, representaciones sacro españolas y bailes europeos, todas las razas que hicieron parte de la diversidad del pueblo. Surgió así la “fiesta de los matachines”, que posteriormente se convirtió en el desfile de las cuadrillas de disfraces en las que participaba la comunidad entera. En 1912, esta celebración pasa a conocerse como el Carnaval de Riosucio, declarado Patrimonio Oral, Cultural e Inmaterial de la Nación en 2006, y cuyo eje protagónico gira en torno a la figura mítica del diablo, adoptado desde el año 1915 como símbolo del acontecimiento.

    No es el Carnaval del diablo, como erróneamente se publicita desde afuera. Los lugareños y organizadores enfatizan en que esta no es una fiesta anticristiana con motivo de adorar al embajador del mal en la tierra, ni mucho menos de agredir la religiosidad; sino más bien que es un bailoteo cuyo diablo pintoresco y alegórico sirve como pretexto para entrar en el estado anímico de la tradición; esa tradición que rememora que, gracias a la paz que sellaron los habitantes de los pueblos divididos, fue que pudieron derrotar al pérfido a punto de llevar sus almas. Por eso se hace hincapié en denominarlo el diablo del Carnaval, y no al revés.

    Los organizadores cuentan también que es una manera de integrar la cultura de un pueblo conformado por indígenas, negros y blancos; las tres razas sobre las que se dio todo el proceso de mestizaje en América. Por ello a Riosucio acuden, cada dos años, miles de personas deseosas de vivir la experiencia de un jolgorio cuyo protagonista es un diablo “carente de maldad”, según se dice. 



El protagonista

     El diablo, personaje central de la fiesta, tiene la apariencia de un engendro horripilante cuya furia está dispuesto a desatar, aunque en la concepción de este alboroto nada tiene que ver con el Lucifer bíblico que es al tiempo el padre de la mentira y el autor de toda la maldad.

    Brillan como flamas las cuencas de sus ojos y los cuernos afilados se replican en las cabezas de los danzarines y los asistentes cuyos rostros se ocultan tras la máscara del endemoniado. Unas alas de murciélago parecen desplegarse a su paso, como si estuviera a punto de volar al firmamento reclamando su venganza, aunque en este caso él solamente vino a traer unión, alegría y fiesta. La gente acude a su encuentro y lo aplaude como a un rey. Se toman fotos a su lado, se atavían con su indumentaria y visitan su casa-museo. Unos lo idolatran y le aplauden; otros lo desaprueban en silencio, pero nadie podrá ignorar el poder que tiene su convocatoria.

    En torno a él estamos los curiosos que observamos con ojos desconfiados: no nos parece que en aquella efigie de madera, metal, yeso y trapos coloridos esté el espíritu de las tinieblas, pero su expresión es tan sádica que nos hace dudar de que verdaderamente el diablo no se encuentre allí: su figura se exhibe en los avisos de los negocios, en los carteles publicitarios, en los disfraces, en los souvenirs, en la cara de los políticos que no han de faltar. Tal vez este diablo se camufla en la actitud de idolatría antes que en la marioneta.

    Es licencioso, borrachín, orgulloso de su bufonesca entraña de malvado. Preocupado de que el diablo me haya poseído el alma mientras miro el espectáculo, converjo en que él ya está habitando en cada uno de los asistentes para obrar a su manera: tal vez incitando a la embriaguez con maléfica alegría, haciendo que muchos encantados beban de unas cantimploras con forma de vejiga. Esa vejiga, en realidad, representa el calabazo del diablo; el recipiente donde se fermenta la bebida ritual del carnaval: el guarapo. Terminando el carnaval, el calabazo finalmente es enterrado como símbolo de que no se volverá a tomar guarapo hasta la siguiente llegada del diablo, dos años después. 



La fiesta

     Esta parece ser la fiesta más larga del mundo, puesto que no comienza en enero, sino en junio, con la instalación de la República del Carnaval. A partir de esta proclama se realizan eventos culturales cada mes y se leen decretos en público para ambientar la próxima festividad.

    Ya en enero, se da inicio oficialmente a la celebración con el desentierro del calabazo que dejó el diablo. No obstante, el evento principal se centra en las cuadrillas. Estas están compuestas por familias, asociaciones, delegaciones, o grupos de amigos en general que se disfrazan con temáticas diversas (demonios, matachines, piratas, faunos, etc.). Vienen de muchas ciudades; cada cuadrilla con una comparsa alusiva a un tema en específico, acompañándose por lo general de chirimías. Adaptan letras de canciones reconocidas y realizan su propia versión dedicada a Riosucio, a algún personaje de la vida pública, a la situación de moda. El sábado las cuadrillas desfilan por las calles ante un nutrido público que las ve pasar desde andenes y balcones, y el domingo se presentan en diferentes tarimas dispuestas por todo el pueblo, o peregrinan de casa en casa para que los jueces decidan cuál es la mejor. La jornada es agotadora, pero los participantes están dispuestos a resistirla con tal de ofrecer al público el performance que vienen preparando desde hace meses.

    También los decretos hacen parte de la tradición. Son versos satíricos que se recitan como parodia de un decreto real, haciendo alusión a la República del Carnaval. Como son de carácter burlesco, aluden a los personajes del pueblo y sus intimidades; todo en un estilo jocoso, sin herir la susceptibilidad de los mismos.

    El acto del conjuro, por su parte, involucra la lectura de otros versos en los que se alejan los malos espíritus, y ya como epílogo de la fiesta.

    Se sabe que durante los seis días que dura el evento, la población promedio de Riosucio se quintuplica con las personas llegadas desde todos los rincones del país, y que un camastro o un colchón inflable para dormir en cualquier rincón de la vivienda más humilde del pueblo se vuelve tan apetecido y solicitado, que puede llegar a valer lo que vale una habitación de un hotel cinco estrellas en la capital. Porque literalmente “no hay cama pa’ tanta gente”.

    Y seguirá llegando gente, pues esta fiesta en Riosucio, como ha sido declarada patrimonio inmaterial, está atrayendo en cada nueva versión a un número mayor de visitantes, no sólo del país, sino también del extranjero. Con razón dicen por ahí que para hacer las obras del diablo lo que resulta es quién.



    Yo no juzgo si está bien o mal que una multitud se entregue frenética durante seis días a rendirle honor a una figura de apariencia demoníaca. Uno entiende el contexto de la celebración que aquí tiene lugar y sabe que el mal no está en los cachos ni en la cola; ni en las máscaras, ni en el tridente. Pero no se puede negar que las imágenes que captura la retina impresionan por su particular frenesí y permanecen en la memoria como un instrumento que fustiga el alma. Tampoco en los oídos deja de retumbar el redoble de la azarosa batucada cuyo estruendo da la sensación de que se va a acabar el mundo. Claro, todo es una puesta en escena, y el propio diablo no está en esa estatua de seis metros que sacan a desfilar por las calles y a la que le llaman “Su majestad”, pero algo de intranquilidad queda en la conciencia del creyente cuando sabe que acaba de ser partícipe de un acto que seguro no le debe parecer gracioso a Dios. Y esa intranquilidad es la certeza de que se trasgredió una ley sagrada: la que prohíbe hacer apología al enemigo.    

    Hay quienes piensan que, aunque esto sólo se trate de una burda sátira, en el trasfondo de esta celebración pagana subyace un homenaje que se le rinde al asesino de la fe; al que azuzó para que asesinaran a nuestro Señor Jesucristo. Pues, así como el que no cree en las brujas sabe que las hay, lo mismo aplica para quien no cree en el diablo: su figura podrá ser una representación bastante quijotesca que se adaptó durante la Edad Media, pero que no quepa duda de que el mal —y un ser maligno— existe.



    Yo no sé ni qué pensar al respecto. Tampoco se puede ser tan cándido de asumir esta celebración como una fiesta de ambiente familiar para ir con la señora, los niños y la suegra. Tuve la ocasión de ver a varios pequeños disfrazados con cachos y cola danzando al son de las tamboras, pero los padres son quienes tienen la responsabilidad. Hay tradiciones que pesan incluso más que la tradición cristiana, y esta es una de ellas. Aquí dicen que no hay que atribuirle cualidades religiosas ni anticristianas al diablo, porque es apenas un símbolo para infundir un estado de ánimo. Mi reflexión es que si el que juega con candela puede terminar quemado, ¿qué le podría suceder al que juega con el diablo?

    Si el Carnaval de Riosucio es un carnaval pagano al que la misma Iglesia se debiera de oponer, eso no lo podría dilucidar un mortal desapercibido como yo, que apenas hasta hoy lo vengo a presenciar por el asunto de buscar pachanga más que de buscar al mismo “Patas”. Cada uno con sus creencias y a cada uno se le respetan. Yo aún me mantengo en la disyuntiva de si debiera tolerarlo o rechazarlo, pero confieso que de todos modos he pecado, como todo el mundo en esta vida. Incluso estando en la misma Tierra Santa o en la Casa del Señor, todos somos pecadores.



    Lo que sí es cierto, es que con la fiesta en Riosucio se genera una dinámica social tremenda que une a los habitantes, como ocurrió cuando se fundó el pueblo en 1819, y eso, para beneficio de los riosuceños y del municipio, hay que resaltarlo como positivo.

    Por lo menos queda el consuelo de que, con el último conjuro, el diablo debe ser incinerado frente a la multitud para que de esa manera haya redención de nuestras culpas, si es que en medio de la algarabía se cayó en la tentación de enaltecerlo. Desde luego, lo que se quema es una pequeña efigie rellena de pólvora, pues la imagen grande se conserva en señal de que el diablo no muere, sino que es derrotado por dos años; tiempo durante el cual la maldad del mundo será nuevamente recogida, y el amo y señor de las tinieblas retornará triunfal, ávido de reinar en este suelo.

    De modo que en la siguiente edición del carnaval el pueblo tendrá la ocasión de redimirse y volver a conjurar el mal para que este se vaya con el diablo y sus cenizas. De lo contrario, se cumplirá esa temible sentencia que hicieron los curas a quienes continuaran atentando contra la paz: “se los va a llevar el diablo”. 

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