viernes, 21 de febrero de 2020

¿Para qué sirve escribir?


Por  Juan Felipe Giraldo Trejos









¿Para qué sirve escribir? Me cuestionó un día la voz de la conciencia, cansada ya de que la hostigara con la implacable orden de pedirle palabras raras, tiempos verbales compuestos, sobrios adjetivos, composiciones gramaticales de calidad; cansada de aportarme tanta prosa sin sentido y con ganas de que realizara una labor realmente productiva. Entonces comencé un diálogo beligerante con ella, para que entendiera quién era el que mandaba, y acto seguido se me rebeló y me mandó al demonio, como quien dice, me cortó los servicios literarios. Desde ese día no he vuelto a acercarme a los contornos de la inspiración, ni me ha vuelto a fluir la tenue palabrería que antes el raciocinio me dictaba sin tener que apelar a la visión borrosa de los sueños, a la hipnosis, o a las drogas sicodélicas para que animaran el subconsciente a dictarme lo que el consciente no quería. Todo por esa incapacidad mía de no saberle responder para qué sirve escribir.


    Y entonces, cegado por esa soberbia que los aprendices de escritores tenemos cuando alguien nos cuestiona la vida, tuve que apelar a un nuevo diálogo con la conciencia y al fin di con ella una tarde calurosa en que no encontraba una razón válida para existir. La invité a un café, y poniéndomele serio le dije en un tono de preocupación: “tenemos que hablar”. Nos sentamos en una mesa apartada, por allá en la región más apartada del hipotálamo, donde no nos escuchara el inconsciente porque ambos sabíamos lo peligroso que era y lo manipulador, y comenzamos a decirnos las verdades en la cara.
    —Me tienes harta— me dijo sin esperar que el café llegara a la mesa, supuestamente llevado por la insulina a través del flujo sanguíneo. Continuó después de mi silencio—: Sólo piensas en escribir, como si ya no hubieran suficientes escritores, y mucho mejores que tú, créeme, porque también los he leído. El problema no es que escribas, sino que sólo quieras vivir para eso, y me obligues a mí a pensar todo el día en función de tus estúpidas e inmaduras historias que no tienen ni pies ni cabeza. Yo no puedo darte más ideas, ni proporcionarte más argumentos de los que te he dado. ¡Basta! Aprende que antes de ser escritor hay que ser un hombre. Hay que vivir, y te niegas a eso, como si en lugar de afrontar la realidad, mejor decidieras evadirla. ¿No sabes acaso que los mejores libros son de grandes hombres que han decidido afrontar los retos de la existencia y han aportado valor a la humanidad? Y a veces no son ellos los que los escriben, sino que lo hacen por encargo, a través de un amanuense, pero tú ni para eso sirves. Entiende que no es lo que inventas lo que a la gente le interesa, sino la experiencia ajena de la que pueden extractar una enseñanza. ¿Qué experiencia tienes tú? ¿Qué viajes importantes has realizado? ¿Qué culturas conoces? ¿Qué erudiciones valiosas puedes transmitir? Nada en absoluto. Tienes una vida en blanco, y pretendes escribir sobre ello. Te quedas apoltronado en tu silla de escritorio esperando a que te dicte las palabras que atiborrarán la hoja. No me obligues a disolverme en la fantasía, que eso no es lo que quiero para los dos. Vive el mundo de verdad. Hay gente que espera que hagas cosas, que seas productivo. Hay que generar ingresos, no porque este sea un mundo cruel capitalista (que sí lo es, pero hay que afrontarlo), sino porque es lo mínimo que debe hacer un hombre. ¿Quién va a proveer tus necesidades si te sigues aislando y me sigues sumergiendo en la ensoñación? ¿Quién va a pagar tus gastos de manutención, tu comida, los recibos de los servicios, la renta, tus medicinas, el mantenimiento de tu equipo de cómputo para escribir, el tratamiento con el psiquiatra que tanto te hace falta, y hasta la deuda en la que te metiste para publicar ese fallido libro de erotismo femenino? ¿Quién, por Dios, te seguirá sosteniendo hasta el fin de tus días, cuando llegues a viejo, solo y enfermo, porque ni siquiera te preocupaste por formar una familia ni por aspirar a un estilo de vida convencional? Eres un patético fracasado, y sabes que escribir de nada sirve; que ni un solo peso provendrá de tu imaginación aviesa o de tu escasa habilidad escritural, además porque eres tan burdo que estarías dispuesto a escribir de gratis.
   «Mira, reacciona, eso que estás haciendo es ir en contravía con el mundo, y tú sólo no podrás aguantar el estrellón que te vas a dar cuando se acabe tu fuente de recursos económicos. Nadie necesita a los escritores, entiende. Cada cual puede escribir su propia historia, mucho más emocionante, real y aleccionadora que las tristes aventuras de seres solitarios que te inventas. No está de moda la soledad, ni la introspección. Eso cualquiera lo puede tener. En plena revolución de las comunicaciones no podrás seguirte clausurando por dentro y por fuera, como si fueras un ente exclusivo de la farsa literaria. ¿Quién te leería? Si yo, que soy tu conciencia, ni siquiera coloco demasiado cuidado a lo que leo de lo que tú escribes, imagínate a alguien que no sienta el más mínimo afecto o la más sutil admiración por ti.
    «Me pasa que cada que me enfrento a tus escritos llega ese enemigo mío tan irracional y me retira de la pantalla. Sí, sabes de quién hablo, del maldito inconsciente que parece que es el que maneja tu vida. A mí ya no me haces caso, pero a él, ¡já!, a él sí que le obedeces ciegamente. Te dejas arrastrar por sus deseos. Te domina de principio a fin y lo malo es que aún terminada la actividad escritural, cuando ya te paras de la máquina, continúas apelando a él como si fuera un consejero; te olvidas del resto del mundo. Sólo tienes sensibilidad para el dolor que atormenta a tus personajes melifluos, más nada te importa cuando un ser querido llama solicitándote un favor, y aunque le prometes que lo vas a ayudar, enseguida desvías la atención hacia el drama inventado de tu monstruosa creación y te olvidas de los seres de carne de verdad. Por eso, creo que hasta aquí llegamos tú y yo. No voy más. Sé que soy tu conciencia, pero esa obsesión de escribir está arruinando esta relación, y te está autodestruyendo. Deja esa insulsa actividad, no sirve para nada».
    Hacía poco que habían llevado el café, pero ella no se dignó siquiera a probarlo y lo dejó enfriar. Yo en cambio me embebí en un granizado de fruta que me congeló el cerebro y por poco mato a mi conciencia. Alcancé a percibir que ella salía corriendo con la firme intención de no volverme a ver nunca más. La había perdido, pero me negaba a ello, triste y desestabilizado porque sentí que algo me faltaba. Un tipo con mala estampa se paró de una mesa vecina del café y se sentó en el lugar en donde la conciencia había estado reprochándome. “No se angustie”, me dijo. “Usted no la necesita”. Lo miré con cierta rabia, pensando que un desconocido no tenía por qué meterse en mis asuntos. ¿Cómo no iba a necesitar de la conciencia? ¡Claro que la necesitaba! Le pregunté quién era, y me respondió en forma tajante: “Soy su subconsciente”. Me habló de las maravillas que podríamos hacer juntos si lo dejaba obrar a su antojo en mi vida, como lo había estado haciendo todo ese tiempo sin que yo me diera cuenta. “Le puedo dictar las más sórdidas historias”, me sugirió al oído, “esas que a usted le gustan tanto”. Tal vez tentado por la idea de llevarme bien con mi subconsciente, dejé que este tomara posesión de mi cerebro. El problema fue encontrarlo cada noche en el desvelo, cuando estaba listo a teclear lo que me dictara, así como hizo la conciencia tiempo atrás. Pero aquel sólo se me aparecía en sueños y me hacía ver el destino de mis personajes, y la manera de expresar, con sabio lenguaje, las trampas a las que estos eran conducidos. Lo veía claro, definido, tal cual como si lo estuviera viendo en una pantalla de alta resolución. Pero al despertar lo olvidaba todo y me quedaba con una sensación de impotencia por no poder recordar los detalles más elementales del sueño. Intentaba dormirme a ver si volvía el hilo conductor, pero ya el cerebro, al estar renovado y vigilante, no me arrojaba luces sobre el asunto. Invoqué nuevamente al subconsciente a través de la hipnosis y el yoga, pero no me encontré con esa parte de mí mismo. Acudí al desdoblamiento, cosa que tampoco dio resultado. Las drogas sólo consiguieron pervertir mi cerebro y convertirme en un tipo más ansioso y desesperado. Comencé a desarrollar manías y a volverme poco confiable. La producción literaria bajó ostensiblemente, y la vida real, aquella que me enfatizaba tanto la conciencia que viviera, me atacó como un ladrón al acecho. De un momento a otro se acabaron los recursos económicos, no hubo más comida en la despensa, los servicios públicos fueron cortados, tocó a mi puerta el desalojo, me suspendieron el tratamiento psiquiátrico, y tuve que vender mis pertenencias para sobrevivir, incluyendo el viejo ordenador en el que escribía. Las antiguas palabras dictadas por la amigable conciencia se las había llevado el viento. Sólo quedaba una copia de ellas en la nube informática, pero una vez allí, sin la posibilidad de agregar ni corregir nada, carecían de sentido. Entonces sí me apabulló la certeza de la importancia material, y a pesar que no la había llamado, la conciencia volvió a mí para intentar salvarme otra vez. “Te lo dije”, me reprochó una y mil veces, cada vez que tenía que levantarme en una cama de un inquilinato barato para salir a buscar el pan diario y lo de la pieza. Por amancebarme con la literatura perdí hasta las comodidades más elementales. Del subconsciente no quiero saber nada. Es el más traicionero de los seres. Gracias a la inconsciencia es que estoy como estoy. Dirán ustedes que la lección que queda de esta historia es que uno debe mantenerse alerta y dirigirse con sensatez; tener siempre los pies en la tierra para no perder el sentido de la realidad, o que simplemente hay que tomar conciencia de nuestra vida… blá, blá, blá.
    Yo no lo creo así. A mí me importa un rábano la vida. Yo lo que creo, y lo creo además con una estéril rabia, es que escribir no sirve para nada, al menos para nada productivo.
    Eso le servirá a los célebres que ya publican en las grandes editoriales y se lucran sólo con el nombre. A algunos buenos escritores tal vez les haya funcionado, pero a mí, más me hubiera valido que hubiera estudiado administración de empresas o una cosa por el estilo.

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