sábado, 13 de diciembre de 2025

De procastinadores y arrepentidos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Reflexión)







     A poco menos de un mes para que finalice el año ya comienzan a hacerse los balances de lo que fue este 2025. Si lo que realmente importa, como lo enseña la lebenphilosophie, es la vida como valor fundamental en el sentido de que debemos sorprendernos y agradecer por el solo hecho de poder despertar cada mañana —que eso ya es mucho decir—, entonces este año será de un éxito abrumador para las más de ocho mil millones de personas que lograrán llegar vivas a diciembre 31 en el Planeta Tierra. Dios quiera que no tengamos que contar más muertos en estos 17 días que faltan, o más bien descontar.

     Uno hace un repaso de lo que fue el año, cual si la vida fuera un ciclo similar al que efectúan las empresas al cierre del período contable. Allí se asientan las experiencias que constituyen los activos y los pasivos de nuestra empresa personal, según lo mucho de positivo o negativo que haya en cada uno de los movimientos realizados. Lo que se encuentra como patrimonio resultante siempre será una queja, una amargura, una frustración por todo aquello que no se pudo hacer, obtener o mejorar. Siempre quedan sueños truncos y obras inconclusas que prometemos zanjar para el período siguiente. Siempre hay promesas incumplidas y asuntos inacabados que muchas veces no son siquiera los del año en curso, sino las ejecutorias atrasadas de años anteriores que se siguen posponiendo y que parecieran ocupar un lugar sempiterno en la lista de los pendientes.

     Le llaman a eso procrastinación. A todos nos ha pasado.




     En mi caso llevo procrastinando la publicación de un par de libros que todavía no salen de mi cabeza y que, aunque los prometo cada año a familiares y amigos, nunca les cumplo, porque siempre tengo la justificación inaceptable de que todo está en proceso, de que faltan detalles, de que estoy a punto de terminar cuando ni siquiera he podido comenzar. O peor todavía, cuando ya he comenzado y me quedo a mitad de camino, perdido en unas nebulosas que me impiden finiquitar el libro que una vez intenté en vano, como si estuviera entrando en un puente partido en dos y no tuviera manera de cruzar al otro lado, pero tampoco me fuera posible regresar.

     Les soy sincero: el día que logre editar un libro en cuya portada aparezca mi nombre, mucho me temo que será mi debut y mi final como escritor. Me da pavor que pueda llegar a sentir ese sospechoso alivio de la satisfacción personal, que es tan comprometedor y traicionero a la vez. Correría el riesgo de relajarme y decir “bueno, ya he cumplido mi promesa”, y ante la certeza de la “cosa juzgada”, que en este caso sería “cosa terminada”, sentirme liberado de toda atadura hasta el punto tal de no querer escribir nunca más.

     Porque eso suele ocurrirles a los artistas de una sola obra. Luchan toda su vida por terminarla, y cuando lo hacen se dan cuenta del vacío tan grande que les queda una vez son conscientes de que ya no tienen más obra por corregir, por pulir, por reformar; y que en cambio tienen que comenzar un nuevo emprendimiento desde cero. Ese aplazamiento no es otra cosa que refrenar su trabajo para mantener viva la esperanza de poder terminarlo, pero sin terminarlo nunca para no perder esa esperanza. Muy parecido a lo que le sucedía al coronel Aureliano Buendía con sus pescaditos de oro. Tal vez es el mismo síntoma del trabajador que ve cercana la hora de su retiro y se llena de terror ante la posibilidad de levantarse un día y no tener empresa a dónde ir.




     O puede el artista caer en el otro escenario: el de volverse adicto a publicar y comenzar una cruzada prolífica de obras y más obras con las cuales no permitiría que el público se diera a basto, para entrar luego en un período de atosigamiento artístico que al final también le va a dejar un vacío igual al de aquel que solo pudo hacerlo por una única vez. Y ojo, que esto no solamente aplica para los artistas, sino para cualquier tipo de oficio o profesión que se pueda medir por resultados.

     Entonces subyacen dos miedos que inducen a la procrastinación. El primero es el miedo de haber agotado las ideas. El miedo, por ejemplo, que le tiene el escritor a la página en blanco. Sobreviene la excusa de la falta de preparación, del cansancio, de la escasez de tiempo libre o de la pérdida de la inspiración. El otro es el miedo de desatar el monstruo febril de la imaginación. El artista se esclaviza, es preso de sus delirios y sus fantasías, y se olvida del mundo material por el puro placer de crear su mundo paralelo. Uno se compromete de tal manera con su proyecto, que relega todos los otros compromisos, porque el torrente de las ideas no da espera y no se puede desaprovechar. Es, por el contrario, sentirse demasiado preparado, demasiado combativo para acometer la obra; lleno de ideas que temen perderse en el fragor de la batalla. De este otro miedo se sale victorioso o muerto, pero nunca derrotado por no haber dado la pelea.

     Así, uno empeña su palabra a final de año para no prorrogar más aquello en lo que tanto se ha invertido. Se hace un nuevo pacto, se instituye otra fecha que posiblemente tampoco será la definitiva. En ese caso habrá que correr el riesgo de ser un artista efímero, de una sola obra sin reconocimiento; o lanzarse hacia el espejismo de la gloria, y entonces, ahí sí, empezar a trabajar duro, porque una vez se está metido en el vicio de escribir, de pintar, de realizar cualquier actividad pragmática o artística, es muy difícil salirse de allí. En esa instancia se habrá tomado una decisión de vida: aceptar irremediablemente que uno es eso que hace y que lo seguirá haciendo por convicción y vocación; sin pena, con la frente en alto y dispuesto a asumir las tres grandes desventuras del artista: la soledad, la pobreza y el fracaso; o contrariar ese destino manifiesto y continuar difiriendo la felicidad para la otra vida.




     Con demasiada frecuencia me sale en los videos de YouTube una canción de una publicidad que dice: “la procrastinación no es tu culpa, es una mentalidad rota alimentada por la autocompasión”. Si los expertos en psicología afirman que la autocompasión alimenta el fracaso y se manifiesta a través del círculo vicioso de la postergación, hay que creerles. Pero también es necesario poner de parte de uno para hacer un alto en el camino hacia ese fracaso y echar marcha atrás.

     Desde luego que es culpa nuestra no ponerle un freno a la desidia para con nuestros propósitos. Todo se trata de un proceso que hay que ir abordando paso a paso. Una cosa a la vez. Porque si hay algo que el aplazamiento sistemático nos crea, es una autopercepción errada de nosotros mismos. Nos acostumbramos tanto a dilatar lo que nos conviene hacer, que al final terminamos pensando que no podemos, que somos inferiores al desafío. Dejamos de creer en nosotros. Dejamos de soñar en grande porque pensamos que vamos a abdicar. La existencia se nos vuelve un caos y el sueño de coronar nunca llega. Después de todo, la gran mayoría de las personas fracasa en sus planes, pero eso no tiene por qué condicionarnos. Cada día es digno de trazar un nuevo plan para empezar de cero.

     Mi pequeña recomendación para el próximo año, que en el fondo no es más que un consejo para mí mismo, es que nos volvamos a enamorar de ese proyecto que creemos insalvable. Que abramos la agenda y le demos un cupo allí, muy sutilmente, día por día, hasta que lo tengamos integrado otra vez por completo. Que, si la procrastinación no es nuestra culpa, como asevera el comercial, que sea culpa nuestra retomar, combatir la indisciplina, hastiarnos del temor para enfrentar el reto. No importa que no nos salga bien a la primera, ya habrá tiempo para mejorar.

     Cualquier sacrificio que haya que hacer es mejor que sentir la culpa por no hacerlo, pero esto lo he venido a saber después de muchos años de vivir hundido en el fango de la mediocridad. Que, si de algo está infestada la humanidad moderna, es de procrastinadores y arrepentidos, y de ese costal hay que salir a como dé lugar. Porque si no, nos sorprenderá el próximo 31 de diciembre repitiendo el consuelo de que “para el otro año sí”, pero al final resulta que no.








sábado, 6 de diciembre de 2025

Amores de instituto

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Cuento)








     Aún no llegaba el profesor. Era el primer día del nuevo período académico: nivel 14. Rupertino Díaz retornaba a sus clases después de un receso innecesario que retrasó la terminación de su intrascendente cursito de inglés, no tanto para él, como para la oferta que tiene el mundo en materia de educación.

     Para Rupertino, en cambio, ese curso significaba todo: era la excusa para disimular el mediocre uso de su tiempo libre y justificar su vulgar existencia ante la sociedad.

     —Estoy estudiando inglés —decía cuando le preguntaban por su vida, y aunque era bien ponderada la importancia de aprender un segundo idioma, resultaba una actividad tardía para un hombre ya entrado en la cincuentena y sin un norte preciso. No porque no fuera importante saber inglés, sino porque Rupertino Díaz se había pasado la mayor parte de su tiempo divagando en proyectos inconclusos, inútiles e improductivos. Clases de lo uno y de lo otro que nunca redundaron en ningún beneficio profesional; talleres de escritura de los que no surgió ningún escrito; clubes de lectura o conferencias sobre batalla cultural que no se tradujeron en ningún tipo de liderazgo carismático ni convincente. Todas esas distracciones se convirtieron, repito, en la excusa social de Rupertino para perpetuar su miserable existencia. Estudiar inglés podría ser otro más de esos embelecos.

     Así que esa mañana llegó al salón, tarde como siempre, cuando ya sus compañeros estaban sentados, pero notó que el profesor no había llegado. Sus compañeros, todos jóvenes entre los dieciocho y los veintitrés, lo miraron con cierta expectativa.

     —Good morning —saludó con la falsa seguridad que le proporcionaba el anonimato hasta ese momento. Los muchachos le respondieron y se dispusieron a atender al que parecía ser el teacher. Rupertino se paró en mitad del salón, los miró a todos con suficiencia, como si fuera a presentarse, pero luego tomó asiento. Habría querido hacerles una broma haciéndose pasar por el profesor durante un buen rato para poner a los jóvenes en afugias, pero se habrían dado cuenta de inmediato de la falsedad de su papel, y además el verdadero profesor estaba por llegar en cualquier momento. Temió ser sancionado si lo sorprendían cometiendo una suplantación.




     Se dirigió a uno de los pupitres de la primera fila, descargó sus cosas, pero seguía sin sentarse, cuando de repente apareció la que sería el motivo de sus desvelos de allí en adelante: Valentina.

     —Good morning, teacher, sorry for coming late —le dijo esta entrando apurada al salón de clases, todavía con el cabello sin secar y ocupando una silla próxima a la puerta antes que la prisa la hiciera tropezar.

     —No se preocupe, señorita —le contestó Rupertino pretendiendo adquirir un tono de galán—. En primer lugar, yo también acabo de llegar un poco tarde. En segundo lugar, me puede llamar Rupertino, con confianza, pues no soy el teacher. Al igual que usted soy estudiante, y desde hoy seré su compañero.

     Lo que en un principio creyó que iba a ser una salida magistral terminó siendo un rotundo desatino. Todos se miraron entre sí, como preguntándose quién era ese señor raro que se las quería dar de chistoso y estaba cayendo en el ridículo. La señorita Valentina, 26 años, piel de durazno, cabello de ébano y piernas rellenitas, como le gustaban a Rupertino, le hizo un comentario en voz baja a su compañera de al lado. Ambas estallaron en una carcajada. Por enésima vez, Rupertino comenzó con el pie izquierdo en un heterogéneo grupo de compañeros. Las cosas no iban a ser fáciles a partir de ese día. Al parecer, sería una expedición sin aliados.

     La verdad es que Rupertino siempre llegó tarde a todo: a la vida misma, puesto que nació en la época equivocada. Su pensamiento, su forma de vestir, la música que escuchaba, sus ideas retrógradas, la ingenuidad de sus acciones y su forma de ser en general correspondían a las de un hombre nacido una o dos generaciones antes que él. Por eso, cuando ya su abdomen estaba transmutado en una barriga prominente e indeleble, y los surcos de su frente dibujaban un pentagrama sin notas musicales encima de sus cejas, era extraño verlo aún con maletín y libros deambulando por un instituto para muchachos que apenas terminaban el bachillerato y se metían a estudiar inglés mientras resolvían qué hacer con su vida.




     Pero Rupertino se iba en un par de meses para Nueva York; de ahí que su afán por aprender inglés no fuera solamente una cuestión de cultura general o de matar el tiempo. También era un asunto de extrema necesidad. Entonces, en lugar de comportarse como un adulto que tiende a superarse a pesar de la edad y se convierte en el modelo a seguir de toda la institución, Rupertino se devolvió a sus veinte para volver a ser estudiante. Se volvió a vestir de yines y camisetas de cuello redondo, y se puso unos tenis viejos que lo mismo servían para hacer ejercicio que para salir de fiesta.

     Luego de la primera semana de clase, y cuando ya los muchachos le habían “medido el aceite” al verdadero profesor que apareció el primer día con un retraso de media hora, y cuando ya más o menos se conocían las habilidades de unos y otros en el idioma, Rupertino fue sorprendido una mañana por Valentina. Él siempre se sentaba adelante, como si estuviera en una isla desierta mientras el resto del grupo se hacía atrás. Entonces un día el profesor decidió hacer una mesa redonda, justo cuando Rupertino llegó tarde al salón. Todos los puestos estaban ocupados y no halló en un primer momento un lugar donde sentarse. Valentina, con su pelo negro y liso, su faldita liviana que enseñaba unas piernas como torneadas por un alfarero y una expresión impune de coquetería criminal, levantó el morral del pupitre que tenía al lado y le hizo un gesto al desconcertado compañero con la mano para que se sentara allí. El hombre, algo turbado pero reconfortado, se dirigió al pupitre y le agradeció. Ella le guiñó el ojo para acabarlo de rematar, y aunque en un momento dado pensó él que se trataba de un tic nervioso, se dio cuenta después de que la lindura lo hacía con toda la intención. Comenzaron a hablar en inglés a propósito de una actividad que el docente les asignó. Se dio cuenta de que no era muy habilidosa pronunciando. Le tuvo que explicar los pattern verbs y los modal verbs que el profesor había acabado de enseñar, pero se regodeó con la experiencia y se figuró con que todos los días pudiera sentarse con Valentina para  interactuar con ella, practicar diálogos, hacer ejercicios de gramática y aprovechar para hablar de cosas personales. Él, que siempre había sido invisible para las mujeres, no podía creer que por primera vez alguien lo tuviera en cuenta, aunque fuera para guardarle puesto en el salón. Tenía que ser una señal de Dios.




     La misma escena se repitió por espacio de dos semanas. Rupertino, siempre retrasado para llegar a todo, incluyendo a su clase de inglés, entraba al salón cuando ya todos estaban acomodados, y era Valentina la que le hacía señas moviendo la silla con una sonrisa que le hacía a él aflojar las rodillas.

     —Aquí, Ruper —lo llamaba.

     —Ruper, aquí —le indicaba como si fuera parte de un ritual diario, y “Ruper” se encaminaba para estar al lado de la muchacha como un cordero obediente, porque en el fondo estaba feliz de que su verduga lo condujera al matadero.

     Ruper. Nadie lo había llamado así en su vida. Ni su mamá.

     Desde ese tiempo, Rupertino alimentó una ilusión secreta y dedicó ocho horas de su día a estudiar inglés: dos en el instituto y seis en su casa. La idea fue tratar de avanzar lo que más pudiera en los temas del libro, hacer todos los ejercicios y practicar bastante los diálogos para poder ayudar a su compañera. No sólo la ayudó enseñándole, sino dándole copia de sus tareas e ideándose métodos para hacer que saliera airosa de las presentaciones en las que demostraba una pobre pronunciación, indigna de un curso 14. Rupertino ya no tenía la motivación inicial de aprender inglés por necesidad, sino por una causa noble que en su corazón aspiraba a convertirse en amor, en amistad, en sexo casual, en un beso fortuito, en cualquier cosa que le hiciera sentir que podía tener la atención de una mujer; él tan inexperto e ingenuo en las temáticas amorosas, se convertiría en presa fácil de una serpiente cazadora de romanticones.

     —Compañerita, mira, el should es para recomendaciones. El must funciona para obligaciones, prohibiciones o deducciones. —le indicaba Rupertino con la paciencia del enamorado.

     —Ay, Ruper, tú sí sabes —decía ella, tocándole el brazo. Ese toque lo dejaba en coma emocional por tres días.

     —Entonces puedes decir, por ejemplo, I should always practice English with my partner.

     Ella siempre pareciendo estar a punto de reírse, haciendo brillar sus gigantescos ojos marrones; él nervioso, agasajado por la posibilidad de que una mujer atractiva se riera con él y no de él, como ocurría siempre. Era la felicidad encarnándose en un salón de clase, el vértigo que se siente cuando se está llegando al cielo, o las dos cosas al tiempo, no sabría precisarlo. Rupertino Díaz ya habitaba en otro mundo para cuando esos toques en el brazo y esos guiños de ojo se sucedían estando tan cerca el uno del otro.




     En los primeros exámenes del curso se anticipaba lo que iría a ser el examen final. Valentina se inclinaba hacia él y susurraba:

     —Compañero, ¿qué significa although?

     —Aunque —respondía él, sin pensarlo.

     —¿Y however?

     —Sin embargo.

     —Pásame tu hoja, please.

     —¿Qué?

     —Pásame tu hoja un momento, yo copio. El profe está distraído.

     Y Rupertino, sudando, agarraba su examen con las dos manos sin atreverse a nada, hasta que la intrépida de Valentina se la arrebataba y se quedaba ella haciendo el trabajo sucio mientras él temblaba ante la posibilidad de que le anularan el examen y lo sometieran a una vergüenza, sobre todo a su edad. Solamente le volvía el alma al cuerpo cuando ella le regresaba la hoja en otro descuido del profesor y le pronunciaba ese “gracias” emanado de una boca que a él le parecía que podría convertir el agua en miel.

     Al llegar a su casa de soltero irredento, Rupertino era asaltado con enfebrecidas ensoñaciones de amor de estudiante a sus cincuenta años. ¿Podría una joven de 26, soltera, sin hijos y además hermosa, enamorarse de un hombre mayor como él, que no tenía más que ofrecerle que un añejo corazón agotando sus últimos estertores de romanticismo? Por supuesto que no, y la parte racional de su mente se lo repetía en silencio. Pero ¿quién no se ha dejado llevar por la sensación que produce fantasear al estilo de una cinta cinematográfica, con escenas románticas y ridículas, pero a la vez ardientes y pecaminosas? Porque Rupertino no solo estaba obnubilado con el trato que la sagaz Valentina le brindaba, sino con la materia corpórea que ella ofrecía a sus ojos ávidos mediante las faldas cortas y las blusas sugestivas que le enseñaban un poco más de piel de lo permitido. Saber que se trataba de un amor imposible era lo que más lo perturbaba, pero aun así se permitía soñar como un adolescente. Se imaginaba invitándola a salir, llevándola por un parque que no existía en su ciudad, besándola apasionadamente en su habitación, hundiendo su cara en los dos muslos portentosos que ella le convidaba como una dádiva en sus sueños. Valentina lo estaba echando a perder y se convertía en la diezmilésima ilusión imposible del buen Rupertino; tan solitario, tímido e inseguro, al punto tal de que se había prometido no manifestarle nunca nada por muchos guiños de ojo que la pícara le hiciera. Por lo menos no hasta que el curso terminara y los exámenes fueran aprobados. Que ella no pensara que era un necesitado. La invitaría a salir, pero después, a ver qué podía pasar.




     Mientras tanto, seguía explicándole idioms, phrasal verbs, offers and rejects, y ella lo escuchaba con una atención que parecía devoción. Tomaba notas, asentía, sonreía, le decía que sí, que entendía todo, pero que era muy difícil aprenderse eso en un par de días para el examen final.

     —¿Cómo? ¿No te sientes preparada para el examen? —le preguntó con inquietud.

     —Sí, compañerito, pero necesito que me ayude como la otra vez.

     Era un riesgo alto. Ser sorprendido dando copia en un examen cualquiera no tenía el mismo efecto que en el examen final. Podría resultar expulsado o perder el curso que iba a ganar con sobrados méritos si se aventuraba a ayudar a Valentina. Ella estaba dispuesta a correr el riesgo, y ante esa mirada que invitaba al más delicioso de los éxtasis sin tener que prometer nada, Rupertino le dijo que la ayudaría si las cosas se complicaban. Ella le propuso un plan: tener una hoja de sobra en donde él copiara las respuestas de las preguntas y luego se la pasara sin necesidad de entregarle el examen original.

     Llegó el día del examen. Todo resultó a pedir de boca. Rupertino resolvió su prueba, copió las respuestas en el papel de emergencia y lo deslizó sigilosamente al pupitre de Valentina. Ella a su vez respondió su examen y luego se deshizo de la hoja delatora. Cuando salieron del salón se encontraron en la cafetería.

     —¿Qué tal todo? —le preguntó él un tanto contrariado por lo que acababa de hacer.

     —Magnífico. Lo respondí tal cual tú me lo anotaste.

     —Entonces vas a sacar un cinco, seguro.

     El día de la presentación final Rupertino se puso su mejor camisa. Una azul que usaba solo en ocasiones especiales: matrimonios, funerales y ahora presentaciones de inglés. Se echó perfume. Se peinó con más gel del necesario. El profesor les entregó el examen a todos con muy buenos resultados tanto para ella como para él: cinco. Restaba el speaking. Valentina llegó tarde, pero radiante. Llevaba un vestido sencillo que produjo en su compañero el mismo efecto hipnótico de los días previos.

     —Ruper, ¿estás listo? —preguntó ella.

     —Listo —respondió él, sabiendo que cuando todo ello terminara se vendría su examen más duro: la prueba para saber si Valentina le aceptaría una invitación a salir.




     La presentación salió perfecta. Valentina habló mejor que nunca. Pronunció through sin trabarse. Dijo comfortable sin decir confortabol. Hasta usó un nevertheless que Rupertino no recordaba haberle enseñado.

     —Excellent job, guys. Perfect teamwork —les dijo el profesor feliz por los resultados que habían logrado. Al parecer surtió efecto la trampita que hicieron los compañeritos en el examen.

     Valentina abrazó a Rupertino cuando salieron del salón. El enamorado sintió que flotaba, que era el momento de lanzarse al ruedo. Hora de declararle sus intenciones.

     —Te felicito, compañerita. Se ve que te preparaste —le dijo él.

     —Eso fue gracias a ti, Ruper.

     —¿De verdad crees?

     —Sí, y al amor.

     —¿El amor? —preguntó Rupertino con el corazón queriéndosele salir.

     —El amor al inglés, bobito.

     —Ahh, claro —manifestó con desgano. Siempre había sido un iluso y había vuelto a caer. Valentina entonces volvió a encender esa llama oscilante:

     —Sí, tengo que confesártelo. Nunca imaginé que lo iba a decir, pero tengo que admitirlo. Le tomé amor al inglés.

     —Bueno, ya que lo dices, a mí me pasa lo mismo —dijo él y agregó—: yo también siento que me está moviendo el amor. Por eso quiero invitarte a…

     —No digas nada, Ruper —le dijo ella poniendo el índice sobre los labios de Rupertino.

     —¿Por qué no quieres que diga nada? —preguntó él con extrañeza.

     —Yo sé lo que me vas a decir, pero te pido por favor que no lo hagas.

     Rupertino se sintió desfallecer. Su prueba más difícil no había sido superada.

     —¿Por qué? ¿No sientes lo mismo que yo? ¿No te gustaría salir conmigo? —preguntó.

     —Ruper, compañerito, yo a ti te aprecio mucho, pero tú sabes que no podemos estar juntos como algo más que compañeros de estudio.

     Valentina bajó los ojos con un poco de pena, pero de algún modo tenía que decírselo.

     —Está bien, entiendo —dijo él con decepción—. Estaba preparado para esto. Tú eres joven y bonita, yo muy viejo para ti, pero disfruté mucho tu compañía y me alcancé a ilusionar.

     —No te sientas mal por eso, a todos les pasa conmigo.

     —¿Y se puede saber quién es el afortunado que sí va a salir contigo?

     Ella miró para otro lado, se sonrió con cierto dejo de desdén y le hizo señas de que no con la cabeza.

     —Dime —insistió Rupertino—. ¿Quién es el galán que te trasnocha y que hubiera querido ser yo?

     —Bueno, pero no le digas a nadie—dijo ella adquiriendo un matiz de vergüenza en su semblante—. Es el teacher Jorge Luis.

     —¿El teacher? ¿De verdad? No puedo creer.




     Fue una puñalada certera a su corazón. Habría preferido que ella le dijera que era un galán de su trabajo, o tal vez de la universidad donde estudiaba, pero jamás el profesor de inglés. El mismo que le daba clases a Rupertino y al que nunca se le vio un coqueteo hacia la compañera que él inútilmente estaba tratando de conquistar durante todo el tiempo. Se sintió burlado.

     —Sí —aceptó Valentina—. Pero no es por lo que tú crees. Tuve que aceptarle una salida. A mí no me gusta él, pero si no salgo con él, me temo que no me certifican —le confesó.

     —No entiendo, ¿acaso no acabamos de ganar este curso? Nos fue bien en el examen y en la presentación.

     —Ay, mi Ruper, la cámara del salón captó cuando tú me pasaste la hoja para que yo copiara las respuestas. El profe tiene la prueba y me chantajeó para que saliera con él a cambio de no reportarlo al Consejo Académico.

     —¡¿Cómo?! ¡¿Nos descubrieron?! —se alarmó Rupertino—. ¡En ese caso yo también estoy comprometido! ¿Qué va a pasar conmigo?

     —Nada, compañerito, tranquilo. Yo voy a pagar el castigo por los dos. Con eso a ninguno nos anulan el examen. Yo me sacrifico esta vez. Tú ya te sacrificaste mucho por mí, y muchas gracias por todo.

     Valentina abrazó a Rupertino, le dio un beso en la mejilla, dio media vuelta y salió del instituto. Al cabo de un rato bajó el profesor Jorge Luis a la cafetería, pasó por un lado de Rupertino y le sonrió. “Good job”, le dijo. Rupertino sintió un estremecimiento de pavor, pero al mismo tiempo lo invadió un sentimiento de admiración, porque por primera, y tal vez por última vez, una mujer hermosa se sacrificaría por él para salvarle el pellejo. Pero, sobre todo, para salvarse ella misma, porque el mundo era así: práctico, utilitario, eficiente.
El amor, en cambio, era un lujo que no estaba reservado para almas como la suya.




sábado, 29 de noviembre de 2025

El candidato es Cepeda

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Parece que la reciente encuesta de Invamer sobre intención de voto del ciudadano colombiano para las elecciones presidenciales de 2026 ha dejado un mal sabor de boca entre quienes no queremos que el país termine de perderse. Parece que los vaticinios de la firma encuestadora, y quien sabe si los deseos también, es que esta aporreada nación se vaya de una vez para la mierda, que no por casualidad rima con izquierda.

     Algo debe haber podrido en Colombia para que después de tres años el pueblo quiera repetir la dosis de esa palabra que escribí en cursiva en el párrafo anterior. (Cualquiera de las dos, porque son lo mismo). O algo debe haber podrido en las encuestas una vez que están poniendo a liderar al candidato comunista del régimen, Iván Cepeda, con un 45,6% de la intención de voto si las elecciones se realizaran el próximo domingo.

     La verdad es que resulta difícil de creer, si después de estos tres años y tres meses de pesadilla que hemos vivido con el desgobierno del aprendiz de tirano vicioso, su heredero político es el que se alza con el favoritismo. Y sobre todo tratándose de un sujeto mucho más capacitado para hacer el mal que su mentor, porque a ese individuo no le preocupa en lo absoluto justificarse ante el pueblo para cometer sus fechorías.

     Como lo dijo algún analista contradictor del sinvergüenza: Petro es un bebé al lado de Iván Cepeda. Estaba queriendo significar que Petro no es ni la mitad de perverso de lo que podría llegar a ser su pupilo. Por una parte, la incompetencia de Gustavo Petro es innata. Ni con toda su enfermedad mental y su megalomanía ha podido destruir al país, pero lo tiene agonizando. Al sinvergüenza le falta capacidad de ejecución: sus vicios y sus delirios de grandeza no lo dejaron aterrizar en la realidad. Para cada salida en falso siempre tuvo un trino infinito y retórico que le excusara de su mediocridad. Petro se quedó viviendo la fantasía de un mesianismo enfebrecido que solamente se concretó en su alucinada cabeza. 




     Cepeda, por su parte, tiene algo que Petro jamás tendrá: disciplina. No es un malo mediocre, sino uno muy acucioso al que no le interesa el reconocimiento mundial ni la simpatía de los biempensantes del poder global. Se hace el recto, pero es un trásfuga que no tiene límites cuando de perseguir a sus opositores se trata, o cuando de apoyar a criminales de lesa humanidad también. Se ha reunido a la vista de todos con los terroristas de las Farc bajo el supuesto de la falsa paz. Los ha acompañado, los ha defendido y hasta les ha agradecido por ser lo que son. No en vano existió el frente guerrillero Manuel Cepeda Vargas, en honor a su padre. Pues Iván Cepeda es de esa línea ideológica de la guerrilla de las Farc. Se vende como un hombre de paz, pero en realidad es quien ha estado del lado de los que han masacrado a los colombianos. No tendrá ningún reparo para llevarse el país por delante. Exhala odio y resentimiento contra esta patria por todo su cuerpo, al punto de que —dicen las malas lenguas—, su olor lo delata. Por algo es conocido en el bajo mundo de la libertad de expresión popular como muela picha.

     Pero así Cepeda sea otro imbañable comunista, no hay que subestimar su capacidad de hacer el mal. No es un desequilibrado mental como Petro, ni se conoce que sea esclavo a sustancias estupefacientes. Su vida personal no tiene la naturaleza aberrante que tiene la del “líder intergaláctico”, pues al menos en público tiene otra forma de conducirse. Tampoco le interesa codearse con la realeza, ni lucir las grandes marcas de ropa, ni robarse el foco de las miradas. No sueña con pasar a la historia como un líder mundial. Si Petro es el comunista de caviar que sólo busca ser agasajado y reconocido en cuanto coctel y foro de zurdos se encuentra por el mundo, Cepeda es el comunista de pantano y de trinchera; el guerrillero de doctrina y de milicia, de esos que escasamente se afeitan y que ni se lavan los dientes. Bastaría ver su aspecto para inferir que en su persona habita un espíritu rebelde de naturaleza caída. Porque creció viendo a su padre entregando su vida por la causa subversiva. Se educó en la Bulgaria comunista durante los años de la Guerra Fría, apoyó la Revolución Cubana y le agradeció a Fidel Castro por su “contribución inmensa a la paz de Colombia”. Toda su actividad política ha estado enmarcada por la defensa del comunismo. Por tanto, es un comunista doctrinario y sectario. Lo tiene interiorizado desde pequeño, y está dispuesto a morir por esa ideología llevándose por delante a cincuenta millones de colombianos. Odia la propiedad privada (menos la de él), pero apoya la causa que ha destruido las libertades económicas y civiles de los ciudadanos en países como Cuba, Venezuela y Nicaragua. 




     Si de lo que se trata es de empujar a Colombia al más profundo de los abismos, el candidato es Cepeda. El huracán Cepeda al que están inflando en las encuestas sería diez veces más destructivo que el huracán Petro, al que todavía le restan poco más de ocho meses para seguir devastando todo a su paso. Sólo que Cepeda sería mucho más activo, más incisivo, más estructurado, más metódico. Su plan es muy simple: aplicar a rajatabla el Manifiesto del Partido Comunista y encarcelar a todo disidente que no esté de acuerdo con su forma de pensar. Así llegó a erigirse como candidato presidencial: ofreciendo demandas a dos manos a sus enemigos. El proceso judicial (al final fallido) que encabezó contra Álvaro Uribe fue lo que lo catapultó a las arenas de la contienda presidencial, ya que de propuestas no hay nada en la cabeza de este sujeto. Ya lo veo censurando medios, enjuiciando opositores, silenciando conciencias. Ya lo veo instalando Gulags en el Catatumbo o en el Páramo de Santurbán para llevar allí a los que insistan en oponerse a su régimen.

     Si lo que busca Colombia es una dictadura clásica de corte estalinista, no me queda duda de que con este simpático y risueño prospecto de dictador lo conseguiría con éxito. Una vez más, el candidato para lograr eso es Cepeda. Por su “carisma”, por su “amor a la humanidad”, por su “devoción a la patria”. De sobra está advertirles mi sarcasmo. 
   



     Pero si las encuestas van a comenzar a posicionarlo en el primer lugar de la intención de voto es por algo que subyace en unos intereses bastante oscuros que hay detrás de los que manejan la opinión pública: dar por hecho que la izquierda extrema estará, sí o sí, en segunda vuelta, y que la “derecha” no tendrá chance en esta elección. Sugerir que la derecha, la verdadera derecha en cabeza de Abelardo De la Espriella perdería en una eventual segunda vuelta con Cepeda, es darle aire a los candidatos del centro y de la centroderecha que se quieren vender de derecha, pero no les alcanza para eso. Son politiqueros de oficio que toda la vida han vivido del Estado y que muestran sus credenciales de experiencia para decir que ellos son los únicos que pueden arreglar este desbarajuste porque sí saben cómo llevar las riendas del Estado. Si tanta experiencia tienen, ¿por qué no han hecho nada en todos estos años que llevan de políticos?

     Sí, la intención secreta de la encuesta es vendernos al centro tibio, a Fajardo, a los santistas, a los progres que se hacen llamar independientes y que a la hora de la verdad están con el Establecimiento. La intención es aterrorizar a la gente para vendernos al centro como lo más sensato para no perder en segunda vuelta, y a Abelardo de la Espriella como un extremista de derecha que no ganaría nunca. La intención, incluso, es vendernos a Cepeda como un moderado, porque la casta política que maneja los hilos de este país no le teme realmente a muela picha, con el que terminarán pactando, sino al outsider De la Espriella, que recortaría sus privilegios y les quitaría su poder político y electoral. Y si hay algo a lo que le teme un político de oficio, es a perder la teta que toda la vida le ha dado de mamar. 




     Por eso nos quieren inflar a Cepeda, para irlo posicionando, metiendo poco a poco en la conversación, aunque la mayoría del pueblo no quiere un segundo Petro en cabeza ajena. Ya analizaremos en otra columna la belleza de candidato que nos quieren vender como la renovación y el camino hacia la paz. La cloaca hay que destaparla.

     Por lo pronto, no sobra advertir que mientras la izquierda está unida en torno a un segundo mandato del petrismo, o en este caso al mandato de las Farc; la derecha, o lo que el país conoce como derecha, está dividida. Cepeda va solo, nadie lo critica, hace campaña por todo el territorio y los delincuentes garantizan su protección. Aparece ganando, las encuestas le ayudan. A De La Espriella, por el contrario, todos lo atacan. La misma aparente derecha se canibaliza y le hace el mandado a la izquierda extrema. Pero son los del centro tibio; no son derecha. En su mayoría ex ministros de Santos, politiqueros de poca monta, junto con una periodista manipulada por un grupo económico y un militante de las ideologías de la nueva izquierda que atentan contra la familia.

     Mucho cuidado, compatriotas, con el país que queremos para el futuro. Si lo que queremos es cambiar el rumbo de esta nave extraviada, hay una esperanza que está en el clamor popular, no en los políticos de oficio ni en los tecnócratas. 




     Si por el contrario, lo que queremos es hundirnos definitivamente y ser un Estado fallido como el venezolano, el candidato es Cepeda, no tengan duda: el continuador de un trabajo de demolición nacional para someternos poco a poco a un poder estatista que nos subyugará por el hambre y la debilidad, lo cual se traduce en comunismo puro y duro. La elección de Iván Cepeda será sellar nuestro definitivo de derrota y desesperanza, porque ese destino ya comenzó hace tres años con la elección de Gustavo Petro, y urge hacer algo para torcerlo. El pueblo lo pide a gritos.









sábado, 22 de noviembre de 2025

Tigre que ruge y muerde

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(crónica comentada)








     Cuando estaba encinta de ocho meses, la señora María Eugenia Otero y varios de sus parientes se embarcaron en una lancha por el río Sinú con rumbo a una finca en La Mojana, Sucre, donde habían decidido pasar la Semana Santa de aquel año reunidos en familia. Durante el trayecto por el río, y debido al sobrepeso, la lancha zozobró estrepitosamente, quedando María Eugenia justo debajo de la embarcación, imposibilitada para respirar y literalmente ahogándose. Fue la acción heroica de su esposo Abelardo la que la salvó de la muerte, pues sin pensarlo se zambulló en el agua para rescatar a su mujer y a su hijo de ocho meses de gestación. Por fortuna lo logró, aunque el señor quedó a punto de perder la vida en su intento. Los llevaron de emergencia a un centro de salud, y gracias a un milagro, el episodio no tuvo un desenlace fatal.

     Debido a esa marcada experiencia, el niño debía llamarse Moisés, en honor al Moisés del Antiguo Testamento que fue “salvado de las aguas”. Al final decidieron que tuviera el mismo nombre del padre, del abuelo y del hermano mayor: Abelardo. Un mes más tarde, ese niño nació en la ciudad de Bogotá el 31 de julio de 1978, aunque fue criado en Montería, donde pasó su infancia y adquirió su identidad caribe. De ahí que él mismo diga que nació en Bogotá, pero que es costeño. ¡Y vaya que sí lo es! Cuarentaiséis años más tarde su nombre, que ya es una marca reconocida, se está constituyendo en la esperanza para enderezar el destino de la patria que los colombianos estamos perdiendo desde que en mala hora algunos descabezados decidieron votar por la anarquía. Abelardo de la Espriella, así se llama, y es hoy el candidato con más posibilidad de ganar la presidencia de Colombia para el 2026. 




     Colombia está atravesando sus horas más oscuras, es la frase que repite en cada entrevista, como para que seamos conscientes del momento histórico que estamos viviendo. O sacamos el cáncer socialista de la patria antes de que haga metástasis y le destruya su futuro, o el petrismo repite en cabeza propia (no lo descartemos todavía), o en la del terrible Iván Cepeda, y ya no habrá retorno posible.

     Pero a pesar de estarse convirtiendo en un fenómeno político en Colombia, al Tigre, como se hace llamar, lo critican por muchas cosas. Lo cuestionan por su actividad profesional, en la cual ha tenido que defender a personas que después resultaron comprometidas con la justicia o directamente declaradas culpables. Los casos más sonoros son el de David Murcia Guzmán, con el que se destapó el escándalo de las estafas piramidales por allá en el año 2008, y el de Alex Saab, el empresario barranquillero que después resultó siendo ser el testaferro de Maduro y la dictadura venezolana. Ya De la Espriella ha aclarado infinidad de veces a los medios que su profesión liberal no le impedía defender a una persona que, hasta ese momento, no había sido condenada. De hecho, por ley, a todo acusado hay que suministrarle un abogado si no tiene la forma de conseguirlo. Si el ejercicio del derecho en la defensa de un convicto es motivo suficiente para impedirle a una persona aspirar a un cargo público, entonces ningún abogado penalista podría aspirar a la presidencia, porque todos han tenido que representar alguna vez a personas que han obrado por fuera de la ley. Lo cierto es que de ninguno de sus casos controversiales se ha derivado sanción disciplinaria o acción judicial alguna en su contra. 




     También lo critican por ser un show man; por intentar hacer de la política un espectáculo. Es bien sabido que ya la política no es lo que era antes, y que los primeros en hacer de ella un show fueron los gobernantes de izquierda, en especial los del Socialismo del Siglo XXI. No por casualidad era habitual ver a Chávez y ahora a Maduro bailando grotescamente en tarima y hablando sandeces a un pueblo cuyos sueños fueron  arrebatados. Luego la derecha replicó el camino que la izquierda propuso con tan buenos resultados, y por eso ahora está conquistando votos con una metodología emocional. Trump y Milei son un ejemplo de cómo se puede hacer de la política algo más que una contienda electoral. Pero el espectáculo en sí no tiene nada de malo mientras no se engañe al pueblo y se le cumpla.

     De Abelardo de la Espriella el pueblo esperará, si llega a ser presidente, que ponga en marcha todo lo que dijo que podía hacer por Colombia, no importa si su estilo es directo, sin filtros y con algo de folclor, que de eso está plagado el sentimiento patrio. Lo importante es que cumpla con lo prometido. Y si no lo hace por el motivo que fuere, bastará el consuelo de haber votado por alguien que al menos no contribuyó a imponer un sistema socialista, que es lo peor que le puede pasar a una nación.




     Asimismo, se le acusa de exhibir un ego político inadmisible para una campaña en donde se supone que hay que mostrar el lado más humilde. Sólo que Abelardo ya lo lleva consigo sin necesidad de demostrarlo en cámaras. El aprecio que le profesa la gente en todas partes a donde llega se ve genuino. Es un hombre auténtico, desinhibido, sin falsas poses. Dice siempre lo que piensa, y hasta ahora ha hecho lo que ha dicho. Gran parte de la prensa progre lo tilda de ser un “costeño fantoche”, como le dijo una periodista del statu quo bogocentrista. Lo tachan de ser un tipo engreído, prepotente y sobrador por el hecho de que les parece que está prometiendo demasiado: No estoy aquí por vanidad, sino porque soy capaz de hacer lo que Colombia requiere que se haga, responde cuando le preguntan, y un sector del periodismo se alarma de que un abogado salido de la provincia se atreva a decir que sabe lo que hay que hacer y que es capaz de hacerlo; algo que muy pocos políticos de profesión ven con buenos ojos, pues los está haciendo quedar mal. ¿Cómo es que ellos, que llevan tanto tiempo en cargos del Estado no han hecho lo que hay que hacer para mejorarlo?

     En eso, hay que reconocer que Abelardo sí es valiente, y que hasta ahora todo lo que dijo un día que iba a hacer, lo ha hecho, y no con poco éxito. Además de abogado penalista prestigioso ha sido empresario en sectores como el de bienes raíces y el de construcción; en la industria licorera, el sector de las confecciones y el diseño de modas. En un tiempo fue periodista, columnista de opinión, analista político, escritor, y hasta cantante. Nada le ha quedado grande.

     Pero su mejor profesion, dice él, es ser padre de familia. Un padre de cuatro hijos a los que adora y un esposo de una mujer con la que después de 20 años de matrimonio todavía sigue disfrutando de las locuras del erotismo como si fuera la primera vez. De la Espriella es un hombre entregado a su familia, porque conoce el verdadero sentido de esta institución tradicional. Manifiesta abiertamente y sin ambages su posición en contra del aborto, de la ideología de género, del adoctrinamiento educativo en filosofías contrarias a Dios. En esta defensa de la familia tradicional conformada por papá, mamá e hijos, está alineado completamente a la derecha, porque sabe que la familia es el núcleo fundamental de la sociedad, y que su resquebrajamiento es el vacío del individuo. Basta ver su propio núcleo para entender por qué la gente quisiera quedarse con un modelo familiar como el del Tigre. 




     Por ello anuncia que será frontal contra los criminales, aunque sus oponentes lo tratan de extremista o de ultraderechista cuando lo dice. Está dispuesto a fumigar los cultivos de coca y a bombardear los campamentos de los grupos terroristas, porque la seguridad es el valor fundante de una sociedad. No sé qué hay de extremo en eso. Propone una guerra directa contra quienes reclutan niños y los ponen como carne de cañón, destruyendo su vida y la de sus familias. Igualmente anunció una cruzada contra el narcotráfico que permea la sociedad y arruina la vida de millones de jóvenes que diariamente caen presos en la drogadicción. No habla de falsos procesos de paz con los delincuentes, sino de capturarlos, juzgarlos y castigarlos con las leyes de la República. Es lo menos que se espera de un gobernante de “extrema coherencia”, como se define a sí mismo.

     Por otro lado, en lo que concierne al tema electoral específicamente, El Tigre ha tenido la mano extendida para proponer la unidad como salida, pero son aquellos otros políticos de carrera, quienes no figuran con más del 4% en las encuestas, los que no quieren unirse a su proyecto. Son ellos los que están dividiendo el voto del sector de la derecha sin siquiera ser de derecha verdadera, porque nunca han pasado de ser socialdemócratas tibios que no definen su ambigüedad para agarrar votos de ambas orillas. Ha sido receptivo cuando le preguntan por alianzas con políticos, aunque el candidato recalca que la verdadera unión es con el pueblo. Y sí, apela al pueblo, porque es al pueblo al que deberá conducir. De ahí que sus contradictores lo llamen despectivamente populista, como si ello fuera un insulto y no la vieja táctica de ganar el favor de la plebe que existe desde que la democracia es democracia. Porque el populismo, o apelar al pueblo, no es malo per se. Lo malo son las promesas vacías que se utilizan para seducir al elector, y eso se llama demagogia, que sí es una práctica muy utilizada de politiqueros y manzanillos que viven de engañar a ese pueblo.




     Aunque realmente no estoy tan seguro de que siga extendiendo la mano de la unión para hacer una coalición de derecha. Solamente ha recibido ataques de parte de los competidores de su mismo sector ideológico en apariencia. Más que una consulta, Abelardo propuso una gran encuesta nacional para así, entre todos, apoyar al que tenga más posibilidades de ganar la presidencia y unirse en torno a esa campaña para derrotar al petrismo nefasto que está acabando con la patria. De paso, se le ahorran unos buenos pesos a la nación, pero los precandidatos no le quieren jalar a esa propuesta. Saben que El Tigre los arrasaría y ellos son los del club del uno por ciento en las encuestas. Ellos insisten en esperar hasta una consulta en marzo, lo cual sería un craso error dilatar por cuatro meses la elección de un candidato de la derecha mientras Cepeda, el candidato de la narcoguerrilla, está tranquilo haciendo campaña solo, sin detractores. Con el agravante de que es al único al que lo dejan entrar a hacer política a las zonas de conflicto, donde están sus amigos guerrilleros.

     Me atrevería a vaticinar que esa consulta en marzo va a ser un fracaso, y si Abelardo logra recoger las cuatro millones de firmas que tiene proyectadas para diciembre, no tendría por qué someterse a dicha consulta: cuatro millones de firmas es casi un mandato popular. La gente está hablando en las calles con su rúbrica, y eso no lo puede desechar El Tigre. ¿Por qué el que marca segundo en intención de voto debe someterse a los que aparecen por debajo de él con porcentajes irrisorios que desde ya nos llevan a pensar que no son presidenciables? Basta con echar un vistazo a lo que fue el evento del 2 de noviembre en el Arena Movistar, donde reunió a más de 16.000 personas, y otras miles que siguieron la transmisión por las redes, para darse cuenta de que este tigre es un fenómeno imparable. Ningún otro de los candidatos del “1%” ha logrado demostrar un potencial electoral de semejante magnitud. Abelardo, es seguro, irá derecho a Primera Vuelta. 




     Así pues, que esta andanada contra El Tigre no es más que el temor de la casta política y económica a que se la coman viva. Le tienen terror a De la Espriella porque saben que les cortará los privilegios con su política de reducción del Estado y libertad económica al estilo Milei en Argentina. Por ello tiemblan los politiqueros, los monopolios, los banqueros, los dueños de los grupos económicos poderosos que toda la vida han vivido de obtener gabelas y favorecimientos del Estado. Le tienen terror los grupos guerrilleros y criminales como las FARC y todas sus disidencias, El clan del Golfo, el ELN y demás organizaciones narco criminales a las que les va imponer una ley de sometimiento a la justicia o ser dados de baja. Para ello se inspiraría en la política de seguridad del presidente Bukele de El Salvador. También lo detestan las ONG’s globalistas, la ONU y demás entes corporativos contra las cuales enfilará baterías en caso de llegar a la presidencia para no permitir la imposición de ideologías, consignas y política     s que redunden en la destrucción de los valores fundacionales de la civilización occidental, apropiándose para ello de las medidas implementadas por el presidente Trump en los Estados Unidos con el objeto de recuperar la grandeza de su nación. Abelardo entiende la importancia de dar la batalla cultural contra las ideas posmodernistas que atentan contra los valores y la tradición.

     He aquí al Tigre que quiere tomar las riendas de la nación. Un verdadero representante de la nueva derecha para contrarrestar a las izquierdas y a la derecha falsa y cobarde. No será necesario decir por quién pienso votar, porque por primera vez habrá en el tarjetón un candidato que me representa, a diferencia de las otras veces, que solo he votado para rechazar al petrochavismo miserable. Si voto, veré que sea por una opción que esté ¡Firme por la patria!





sábado, 15 de noviembre de 2025

Crónicas de mi niñez (La revelación)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Crónica vivencial)







     Llega en la vida de todo hombre el momento en que un suceso extraordinario, una experiencia traumática o una revelación inesperada marcan el inicio de una nueva era en su forma de percibir el mundo. Para un hombrecito de seis años, este punto de quiebre significa la pérdida de su inocencia, o parte de ella. Es darse cuenta de que las cosas no eran como había creído que eran a lo largo de su corta vida, y que el engaño, por muy benigno que parezca, conlleva alguna forma de decepción.

     El mundo de la infancia está lleno (o debería estarlo) de cuentos de hadas y de magia. El mundo de los adultos es un mundo plano, donde salvo los milagros de Dios, en los que muy pocos creen ya, pocas cosas los sacan de su mutismo y les encienden a los mayores la chispa de la fantasía. Pero en la realidad cotidiana no hay magia ni superhéroes. Nuestros padres, por lo general, resultan ser los verdaderos guardianes de nuestro universo, pero de eso nos damos cuenta muy tarde, cuando ya hemos dejado la etapa de la niñez y miramos hacia el pasado, y estando en el mundo adulto nos enteramos de cuántas proezas, sacrificios y combates libraron esos hombres y esas mujeres para darnos lo mejor que podían con lo poco que tenían y que sabían. 




     La anécdota que les voy a referir ocurrió en 1987, pero comenzó un año antes, en la navidad de 1986. Mi padre recién había comprado una finca de recreo en una vereda llamada Nuevo Sol, a cinco minutos de Cuba. La finca todavía existe, pero ya no es de la familia, y prácticamente está circundada por negocios y urbanizaciones. Hoy es una casa de campo de lujo muy cerca de una variante llamada Condina. Pero en aquellos tiempos era una finca de cuadra y media, con casa de material y corredores exteriores, cercada con alambre de púa y protegida por un cafetal frondoso en el que jugábamos a perdernos siendo niños. Con el pasar de los años se convertiría en nuestro paseadero favorito. Hasta que una mala tarde de 1995 mi padre nos llegó con el anuncio de que había vendido la finca, y eso nos entristeció mucho: ya no más paseos de fin de semana, ni partidos de fútbol en la manga, ni fiestas, ni visitas, ni borrachos, que era lo que él más detestaba, y tal vez por eso decidió venderla. En esa finca debimos pasar el 24 de diciembre de 1986, la primera navidad allí, pero esperando a que amaneciera, porque supuestamente El Niño Dios no sabía dónde íbamos a estar, y los regalos llegarían a nuestra casa del barrio Centenario. También fue ese el último año en aquella casa en la cual mis padres se encontraban residiendo cuando yo nací.

     Así las cosas, los niños (mi hermanita, mis primos y yo), bien dormidos, nos levantamos al día siguiente y comenzamos a hacer planes de lo que haríamos apenas llegara cada uno a su respectiva casa: buscar los regalos, abrir los paquetes y luego tal vez salir a compartir los juguetes nuevos con los primos y los demás niños de la familia. Supongo que fue así, porque ya saben ustedes que a los seis años se magnifican los recuerdos, así que, si estoy diciendo alguna cosa de más, les ruego me excusen por las mentirillas de forma. 




     Ese año El Niño Dios me trajo un Mario Baracus de plástico de unos cuarenta centímetros, con todos sus perendengues y colgandejos, y con los músculos bien marcados. Yo era fan de Los Magníficos en esa época, y con mis primos jugábamos a asumir el rol de alguno de los personajes, pero como ninguno era negro ni musculoso, nadie representaba a Mario, el que mejor recordación tuvo de toda la serie. Otros regalos como carritos, legos, platillos voladores y demás se añadieron a la lista, pero yo andaba con Mario para arriba y para abajo. Mi hermanita apenas contaba con algo más de dos años de nacida, así que todavía no confeccionaba esas colosales listas de regalos que escribiría unos años más tarde para poner a "voltear" a mi madre, sobre todo a última hora, cuando cambiaba de opinión y ya no quería la muñeca que había pedido la semana anterior (y que “El Niño Dios” supuestamente ya había comprado), sino una nueva que había visto en otro comercial.

     —Mire lo que le trajo El Niño Dios —me dijeron, y yo creía que sí, que era normal que un ser al que nunca había visto antes y que no me imaginaba cómo era, me trajera regalos a mí y a todos los niños. Pero sobre todo a mí, porque en mi casa El Niño Dios siempre fue muy generoso y nunca me decepcionó. Los regalos aparecían encima de la cama por arte de magia. Yo me preguntaba por dónde entraba este niño, porque si de algo estaba seguro, era que no debía de tener llaves de la casa, y que tampoco era por el techo, como me había dicho alguien. ¿Cómo un niño tan santo y pequeño iba a romper las tejas de cada casa para entrarse por el tejado como si fuera un ladrón? Sí, uno sabía que algo no tenía mucha lógica allí, pero ¿a quién le importaba? 




     Fue entonces al año siguiente, cuando ya viviendo en nuestra casa del Popular Modelo, noté algo sospechoso, aunque la fascinación que me produjeron los regalos me hizo olvidar pronto del asunto. Habíamos pasado la nochebuena seguramente en la casa que había sido de mis abuelos paternos, que para ese año ya habían fallecido. Como siempre, tuvimos que esperar hasta el amanecer para llegar a nuestra casa y descubrir los aguinaldos que debían estar sobre cada una de nuestras camas. Ya estaba yo presuroso subiendo las escaleras hacia la segunda planta, y mi hermanita intentando subir, pues apenas estaba dando sus primeros pasos, cuando mi padre nos dijo que mejor buscáramos en el armario de la última habitación; o sea la habitación del servicio, o “pieza de la empleada”, como coloquialmente le llamábamos en ese tiempo. Ahora, con la estupidez moderna dicen que suena feo decir “pieza”, y ya ninguna casa cuenta con este lujo arquitectónico para albergar a la muchacha del servicio (La corrección política le dirá “auxiliar del hogar”).

     “¿La pieza del servicio?”, me pregunté. ¿Por qué razón El Niño Dios iba a dejarnos los regalos ahí si era más fácil hacerlo en nuestros respectivos dormitorios? No le eché mucha cabeza al asunto, porque enseguida mi padre abrió los cajones del chifonier de ese cuarto y comenzó a sacar paquetes para que yo destapara ávidamente, y entonces vi un gran buldócer de pilas y un títere de Rocky, de esos que lanzaban puños al accionar unas palanquitas desde adentro, y un armo-todo, soldaditos, carritos a control remoto y hasta pistolas, y no me acuerdo qué más, porque yo estaba embelesado con Rocky para ponerlo a pelear con Mario Baracus, como en una de las películas de la saga. De esta forma terminé el año y comencé el siguiente llevando mis muñecos a toda parte e inventándome combates y situaciones en las que le otorgaba el triunfo al que me diera la gana en el momento.

     La verdad era que mis padres, que habían escondido los regalos en la última pieza para que no los descubriéramos antes de tiempo, no alcanzaron a subirlos a la segunda planta antes del 24, así que no hubo más remedio que conducirnos allí, a ese cuarto donde jamás entrábamos, para recibir las dádivas de nuestro amado Niño. Me pareció atípica la situación, y de todos modos, por si las dudas, verifiqué en mi cama si había otros paquetes, pero me dijeron que eran todos, que ya no había más. Definitivamente pensé que El Niño Dios era despistado y que había dejado los regalos en cualquier parte de la casa por salir corriendo a repartir a los otros hogares. Eso debió haber sido. 




     Así seguí tan campante con mi inocencia durante 1987. Ya estaba en segundo de primaria. Había ganado el año escolar y esperábamos una nueva navidad. Yo estaba pidiendo una metralleta ruidosa que disparaba en ráfaga, de esas de la película Rambo, que no tenía por qué haber visto a esa edad, pero que en lugar de sobresaltarme, me cautivó por la violencia con que Rambo fulminaba vietnamitas, y que me perdonen los vietnamitas, pero eran otros tiempos en que estaba permitido que los niños tuviéramos armas de juguete y no pasaba nada, porque sólo jugábamos a la guerra. Hoy obligan a los niños a la guerra de verdad. Mi hermanita, que ya comenzaba a despertar al mundo, había pedido una muñeca Burbujitas. Esta vez los regalos llegaron a la casa de la abuela Carmen Rosa, donde se crio mi madre. Como nosotros íbamos a dormir allá, buscaron un lugar seguro para esconderlos. La idea era que cuando dieran las doce pudiéramos destapar los regalos sin tener que esperar hasta altas horas de la madrugada a que se acabara la reunión y pudiéramos regresar a nuestra casa. Así de harto nos consentían nuestros alcahuetes y adorados padres. Alguna de las primas que estaba en casa de la abuelita descubrió el origen de todos esos movimientos sospechosos, y me lo contó todo un día antes de navidad: ella ya lo sabía.




     —Juancho, ¿usted sabe quién es El Niño Dios? —me preguntó.

     —Pues El Niño Dios es El Niño Dios —le dije sin intuir la trampa de su pregunta.

     —El Niño Dios son los papás —me dijo a bocajarro, sin anestesia. Yo no cogí la respuesta al vuelo. Estaba todavía procesándolo en mi mente, sin entender lo que me decía.

     —Óigala. 

     Después até cabos, y tenía toda la lógica del mundo. La magia se había perdido, la inocencia se había esfumado ante aquella revelación, pero también ya era tiempo. Si a los siete años no me sacaban de aquella burbuja iba a vivir engañado por lo menos hasta los ocho o nueve, y eso ya era demasiada candidez. Mi reacción fue más bien tranquila, pero decepcionante. Como darse cuenta de algo que era tan evidente y no haber tenido la suficiente malicia para descubrirlo. Entonces le pregunté a mi madre, todavía incrédulo, y ella me corroboró la respuesta, ¿qué más podía hacer?

     —Pero no le vaya a decir a la niña —me advirtió. A mi pequeña hermana todavía le quedaban otros tres o cuatro años de inocencia.

     Yo creo que a mi madre le dio más pesar que a mí saberse descubierta; claro indicio de que su chiquitín estaba creciendo. Esa tarde me dijo que los regalos estaban en el cuarto de los abuelitos, pero que mejor esperara hasta las doce, para que mi hermanita no se enterara de nada.

     —Mi amor, pues usted ya sabe quién es el Niño Dios, pero igual él le trae los regalos a medianoche, que tiene más gracia, o usted verá si los quiere destapar ya. —manifestó mi madre. Y yo, contento porque de todos modos iba a tener regalos, esperé hasta las doce, aun cuando estaba que me caía del sueño. 




     A pesar de todo, la navidad siguió siendo una fiesta de regocijo hasta que crecimos y se nos escabulló la tradición. En mi casa no faltaba el pesebre que armábamos cada año debajo de las escalas con el papel encerado y las figuras de caucho hechas en Italia, que después replicaron en Colombia y se conseguían en las cacharrerías del centro. Tampoco faltaba el árbol de pino de plástico gigante que mi madre compró y lo llenábamos de bolas rojas a pesar de que finalizando los noventa a la gente le dio por imponer los moños y otras modas para adornar el árbol, que porque las bolas ya no se usaban. Pues decidimos que en mi casa se seguirían usando. Tampoco faltaban la natilla, ni los buñuelos, ni las cenas de nochebuena que hacían la familia Giraldo o la familia Trejos, que eran familias numerosas y convocaban un gentío para esas fechas. Eran unas fiestas espléndidas que hoy llegaron a su fin para nosotros, porque se ha extinguido casi en su totalidad esa generación original de la familia con la que uno creció por ambos lados. La mía se ha ido envejeciendo, y sigo pensando que lo mejor de la navidad se disfruta cuando se es niño.

     Debo confesar que fui yo el que a su vez le reveló el secreto a mi hermanita tres años después. Luego me arrepentí y le dije que no, que el Niño Dios sí existía, pero ya había sembrado el germen de la duda en ella como me lo sembraron a mí. Al principio su reacción fue de no creer, luego de rabia por darse cuenta del engaño, y después de resignación. Sí, uno no tiene derecho a dañarle la ilusión a nadie, pero todos sabemos el poder que otorga hacerle poner a alguien los pies sobre la tierra. Y a los seis años no se es consciente de ese poder tan devastador.

     Después vendrían otras revelaciones más complicadas de lidiar cuando uno crece. Una de ellas sería, por ejemplo, descubrir que no se puede comenzar desde cero con la misma vida; que solo es una y es pasajera, y que el único antídoto que existe para contrarrestar el olvido de la muerte es escribir, cantar, pintar, dejar huella... arreglárselas con lo que mi Dios le dio a uno.




Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...