sábado, 1 de junio de 2024

El ex tenía razón

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Pensarán los que no conocen la línea de este blog que esta columna versa sobre la farándula, tal vez sobre alguna canción de Karol G que anda bien pegada por estos días y que hasta tiene buen ritmo. Lamento decepcionarlos, "lectores de mi corazón", porque no es de la cantante paisa de quien hablaré a continuación, ni de su ex, ni mucho menos de su música, que no me merece ningún comentario, salvo la acotación de que la obra musical de Carolina Giraldo (¿acaso parienta mía?), a pesar de ser tan querida por el público, es otra más de las vulgares expresiones pseudo artísticas con las que la sociedad idiota se entretiene mientras se le acaba el pan y el circo. El pan que cada vez está siendo más racionado y el circo que cada día es más decadente.

    Pues bien, la señorita en cuestión hace parte de esa decadencia. Ella, que no es ninguna autoridad política competente de nada, hace unos años se atrevió a postear un trino diciendo que le gustaría “el cambio”, aludiendo a las pasadas elecciones presidenciales. Ese apoyo soterrado al guerrillero que hoy nos desgobierna, y del que debiera estar avergonzada, seguramente le valió muchos votos al entonces candidato presidencial. Porque así son los fanáticos que piensan con el deseo. Su creencia el día de las elecciones pudo sintetizarse con esta hipotética proposición: “si lo sugirió Karol G, que es una vieja tan bacana, entonces votemos todos por Petro”.


    A lo mejor ella, como muchos petristas arrepentidos, hoy en día piense distinto. Estar en los zapatos de un petrista debe ser muy complicado, y sobre todo si se es figura pública. Y si no pregúntenle al actor Robinson Díaz, quien despotricó a rabiar de la derecha, apoyó abiertamente al guerrillero y ahora le echa la culpa a 200 años de historia patria para no aceptar que se equivocó.

    Pero bueno, así son la mayoría de los artistas, qué le vamos a hacer. Lo suyo es pura teatralidad, pura expresión de las emociones, pura visceralidad, pura introspección, pura subjetivación, puro sentimiento, puro corazón, pero nada de cerebro ni de razón. Ellos, por el bien de su carrera, deberían seguir en lo suyo y guardarse sus opiniones políticas para sí. No hay nada que le quite tanto la credibilidad y la condición de ídolo a una figura del espectáculo como su adherencia a una corriente política.[1] Por fortuna, los simples mortales podemos darnos el lujo de opinar a nuestras anchas, pues al fin y al cabo nuestra opinión no cuenta en el mar del anonimato. Sí, ya sé que dije que no hablaría de Karol G, y ya llevo medio artículo haciéndolo. Qué cosa tan irresistible esto de la banalidad de la farándula que jala tanto.


    El ex al que me quiero referir aquí es el otro ex; el expresidente, ese sí odiado a rabiar por una “gran parte” de la población y querido de dientes para adentro por una pequeña “mayoría” silenciosa. ¿Quién más? Pues el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

    Permítanme meterme entonces con un ícono de la política al que, por cierto, ya bastante duro le han dado. Sólo que a estas alturas del paseo ya no es ninguna gracia echarle a Uribe la culpa de nada; eso se lo dejo a los petristas resentidos que no pueden vivir sin invocarlo.

    Pero el país que teníamos cuando Uribe era presidente era muy distinto a lo que tenemos en este momento. Así a muchos no les guste el ex, no pueden desconocer que otros vientos soplaban en ese entonces. En materia de seguridad fue mucho lo que se avanzó contra la guerrilla terrorista, contra los cultivos de coca; así como en materia económica su pilar de la “confianza inversionista” que él tanto recalcaba llegó a fijar el crecimiento económico hasta en un 5%. Los lunares de su gobierno fueron la corrupción (casi la mitad de sus ministros procesados), la parapolítica, las chuzadas de las agencias de seguridad y los llamados falsos positivos. Pese a ello, no hay una sola prueba fidedigna de que Uribe haya dado la orden para que se ejecutara todo eso. Ni siquiera esa serie biográfica que le sacaron antes de las elecciones para debilitar su partido pudo probar que en realidad Uribe era el “matarife” que allí pintaban. Tanto así que la Corte Suprema de Justicia tuvo que hacer rectificar a Daniel Mendoza, creador de la serie, ante la denuncia impuesta por el mismo expresidente por calumnia y difamación. Lo que pasa es que esa rectificación nunca se hizo tan viral como la serie. Al menos yo no la he visto.


    De modo que tuvieron que montarle el proceso por compra de testigos a raíz de una plata que supuestamente este envió con su abogado para comprar el silencio de un delincuente que testificaba en contra suya. ¡Qué coincidencia con lo que le pasó a Trump!

    Y sí, puede que el expresidente no haya sido el santo que sus seguidores pintan, y alguna que otra jugarreta haya cometido. Sabemos que es un viejo zorro de la política. Sólo que en materia judicial todo el mundo es inocente hasta que no se le compruebe lo contrario. Y para bien o para mal, a Uribe no le han probado todos esos delitos por los cuales sus enemigos políticos buscan ponerlo tras las rejas. A veces hay gente que me dice que qué bueno sería ver a Uribe preso, y yo les pregunto ¿bajo qué cargos? Desde luego, no saben exactamente de qué se le acusa al expresidente, pero les ha calado tanto la narrativa de la extrema izquierda, que odian a Uribe sin saber por qué. ¿Compra de testigos? Bueno, en ese caso tendrían que poner preso también a Iván Cepeda, quien se comprobó que se paseaba por las cárceles con grabadora en mano para recoger testimonios en contra de Uribe, pero de Cepeda nadie dice nada. ¿Y cómo obtuvo el reo Monsalve, testigo en contra, una finca en el Eje Cafetero avaluada en 400 millones de pesos? Nadie ha podido explicarlo, así como tampoco se entiende cómo es que la compañera sentimental del testigo contra Uribe es nada más y nada menos que una ex fariana, ni bajo qué acuerdo por debajo de la mesa al preso se le han dado privilegios de narco en la cárcel, con mujeres, whiskey y otras licencias deshonrosas.

    Ese es el proceso contra un expresidente que, aunque nunca le di mi voto, hoy debo reconocer que hizo más por este país de lo que han hecho los otros presidentes que me ha tocado conocer en 40 años. Por lo menos en materia de resultados las cifras lo respaldan.


    Lejos de intentar gobernar con ideologías fracasadas o cambiar el modelo político-económico, dejó el país un poco mejor de lo que lo encontró y terminó incluso su segundo período con más del 60% de popularidad. Y eso es lo único que uno le pide a un presidente: que haga alguna cosa buena de todo lo que prometió, que mejore algún aspecto de la vida de los ciudadanos, que deje alguna obra, o que al menos no nos jorobe tanto la vida.

    Porque si vamos a hablar de políticos que quieren hacerse los héroes, para la muestra un botón con el presidente que tenemos. Razón tenía el expresidente Uribe cuando hace poco más de dos años nos advertía: “cuidado con el 2022”, “cuidado con el castrochavismo”. Y esa expresión del castrochavismo que Uribe se inventó no resultó ser del todo una invención fabulesca como lo calificó la izquierda. Resultó que ese castrochavismo era la verdadera esencia del programa de Gustavo Petro y nadie de los que votaron por Petro lo supo ver.

  Nos dijeron locos, extremistas, conspiranoicos y brutos cuando advertíamos que la principal razón para no votar por ese sujeto era que convertiría al país en una segunda Venezuela. Los zurdos nos respondieron con actitud de soberbia y sobradez: “ya estamos como Venezuela”, y enseguida comenzaban a darnos cátedra sobre los niños de La Guajira que se morían de hambre, de los líderes sociales asesinados a los que fielmente les llevaban la cuenta, de la carestía, del sistema de salud deficiente, de la falta de inversión en educación, de la desigualdad, y sobre todo de la falta de justicia social; ese apellido tan conveniente que le pusieron a la justicia para confundir al ciudadano que no sabe diferenciar entre lo que es justo y lo que es equitativo, que son dos cosas bien diferentes. Se burlaron hasta la saciedad de la palabra “castrochavismo” acusándonos de generar terror político y desinformación.


    Pues bien, como el estúpido es aquel que no aprende de los errores ajenos, bienvenidos al castrochavismo en Colombia. Cuando ya el presidente está implementando una Asamblea Constituyente sin consentimiento del Congreso para tener poderes especiales y reelegirse indefinidamente, la dictadura comunista está tomando cada vez más forma, y todo ocurriendo en nuestras propias narices. La reelección indefinida (y talvez infinita) de Petro que será posible gracias a su nueva Constituyente, hará que no volvamos a tener país.

    Los socialistas no van a soltar el poder por la vía democrática, nunca más. Son tan atrevidos que no sólo admitieron su intención de cambiar la Constitución, sino de decir que la actual Constitución que nos rige es una constitución neoliberal. Y sí, ya dijeron con cinismo que su deseo es reelegirse en el poder, y por eso necesitan abrir esa puerta de la Constituyente.


    Tenía razón el expresidente Uribe: el castrochavismo vino para quedarse, y en últimas el socialismo no era tan fantasma como lo hicieron ver, sino una realidad palpable. Se palpa en las calles de Colombia, en la incertidumbre de la gente, en el ánimo de los ciudadanos. ¿Para qué otra cosa iba a proponer el guerrillero una Constituyente sino para eternizarse en el poder? A como de lugar lo hará, con sus primeras líneas, sus mingas, sus colectivos, su guerrilla, su discurso de “paz total”, su odio incendiario de clases… y todo con el aval de los organismos internacionales, cuyo negocio más lucrativo es el de los “derechos humanos”.


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[1] Me pasó hace poco, por ejemplo, con Robert de Niro, que cuando salió a atacar a Trump en pleno juicio contra este, se me desdibujó por completo, con todo lo buen actor que ha sido. Y no sólo porque prestó su reconocimiento internacional para avalar una persecución política, sino porque le sirvió como idiota útil a la causa equivocada: la de los globalistas del partido demócrata, pero ese será tema a tratar en otra entrada.


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