viernes, 25 de abril de 2025

El papa que los católicos necesitamos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Apenas está el alma del papa Francisco tocando las puertas para que le abran en el cielo, si acaso será aceptado allá, cuando ya se ponen sobre la mesa los nombres de los candidatos a sucederlo en el trono de San Pedro. Es lógico, la Iglesia católica desde hace rato viene urgida de un verdadero líder que la encamine nuevamente por la senda correcta, y ahora que el papa Francisco deja su silla vacía debido a los designios naturales de la vida, no queda de otra que convocar a un nuevo cónclave y volver a barajar las cartas.

     Mientras escribo esta entrada, están llevándose a cabo los funerales del papa, y aunque su cuerpo aún no se ha enfriado, y sé que no es momento para despotricar de la figura de Jorge Mario Bergoglio, porque está claro que uno no debe hablar de los muertos tan recién muertos, y menos de un hombre que se supone que tiene la gracia de Dios, sí tengo que hacer un par de críticas con respecto a su ministerio como líder del catolicismo. Ya en otras columnas me he referido a Francisco resaltando sus puntos a favor y sus puntos en contra, aunque quienes me conocen saben la distancia que mantuve con respecto a este papa, al que no considero el mejor que haya pasado por el trono de San Pedro.

     Qué oportunista puede parecer tener que criticar al papa tan recién muerto, y máxime cuando ha sido uno de los más carismáticos y queridos de la Iglesia, pero déjenme decirles que no pasará Francisco a la Historia por ser uno de los mejores papas, sino simplemente por ser eso, el más querido, el más “buena gente”, el más humilde, el más modesto, el menos ostentoso, el más sencillo; en fin, todas esas cualidades que el mismo Jesucristo nos conminaba a cultivar. Sólo que, como líder de la religión más influyente a nivel mundial, no era este el papa que los católicos necesitábamos.




     Porque el líder de una iglesia debe ser más que un viejito bonachón y simpático, estimado por propios y extraños, por buenos y malos, por santos y pecadores, y muy prudente a la hora de referirse a los temas álgidos que giran en torno a la misma. En fin, este fue el papa de la simpatía, porque mantuvo una corrección política a prueba de fuego y nunca quiso entrar en malas relaciones con el mundo.

     Fue, como dijeron contradictores y partidarios, un papa ambiguo, evidenciado esto en discursos como “Las religiones como caminos hacia Dios”, en donde se muestra en favor del pluralismo religioso. También le hizo varias críticas al capitalismo salvaje, apoyó la inmigración de todo tipo, incluyendo la ilegal (aunque todos aquellos que intentaban colarse a través de los muros del Vaticano sí eran capturados y encarcelados), y le tendió puentes disimulados al progresismo con esos discursos que no afirmaban, pero que tampoco negaban, y que terminaron por erosionar los cimientos de la Iglesia y desencadenar diferentes vertientes que la comenzaron a implosionar desde adentro. Fue tan ambiguo Francisco, que muchos progresistas pensaron alegremente que iba a transformar la Iglesia: quedaron frustrados, porque no lo hizo. Y muchos conservadores pensaron que este papa venía a destruirla, pero tampoco lo hizo, porque la voluntad de Dios siempre es más fuerte.




     Hoy en día, desde el punto de vista moral y teológico, la Iglesia está más escindida que nunca, llena de conflictos y divisiones internas. Es increíble que se hable de facciones progresistas y conservadoras en ella, cuando la única que debiera existir es la facción católica. Se habla de una infiltración al interior que la ha hecho debilitar: la misma infiltración que hizo renunciar a Benedicto XVI y que Francisco se proponía desbaratar. Sólo que el poder de esa curia romana, que era una organización administrativa y burocrática muy fuerte, se encargó de la dirección de los asuntos importantes de la Iglesia, tales como los financieros y los escándalos por pederastia. Al final, Francisco no pudo erradicar ese poder y terminó por ceder el manejo a quienes dejaron entrar las ideologías y el rechazo a la palabra de Dios. Lo malo era que el Papa necesitaba de esa pesada organización burocrática para articular su mensaje, de modo que terminó ejerciendo su papado sin libertad, secuestrado por la voluntad de una mafia (“La mafia de San Galo”) reformista y liberal que respondía a otros intereses que no eran los del catolicismo como doctrina.

     Si el mundo católico quiere mantener la esperanza de una iglesia que pueda recuperarse de los golpes tan fuertes que le han propinado sus mismos ministros pecadores y corruptos, lo que necesita es un papa de otro talante bien distinto al del fallecido Francisco. No se requiere un papa simpático, popular, que le caiga bien a todo el mundo, como lo fue Francisco, sino uno combativo, inquebrantable en su fe, que no tenga miedo de hacerse odiar por el mundo ni de enfrentarse a los poderes globales que quieren destruir la Iglesia. Que no se acomode a las exigencias del laicismo como ideología mundial ni se vanaglorie con el aplauso cuando hable en favor de los pobres. Antes que simpatías con los feligreses, el papa debe ganar antipatías con sus enemigos, no con los de él, sino con los de que quieren destruir a Cristo y a la Iglesia. Si no es popular entre los medios y entre los gobernantes, mucho mejor, porque sin duda alguna que las fuerzas más oscuras y demoníacas son las que gobiernan y dirigen la opinión del mundo. Más vale que el papa que vendrá no pacte con ellos; de esa forma el catolicismo volverá a tener alguna posibilidad de ser una religión creíble.




    Si el progresismo se convierte en el peor enemigo del papa de la Iglesia, entonces este último será digno de Cristo, porque Él mismo nos lo manifiesta en su palabra, que por su causa sus seguidores serán perseguidos, no aplaudidos. El mundo moderno, en cambio, bulle de alegría con un papa progresista como Francisco, que sirvió a dos señores al mismo tiempo y que optó por darle la espalda a sus cardenales pecadores siendo previo conocedor de su pecado antes que hundirse con ellos en los escándalos. Un papa fiel a Cristo no tiene simpatías con ese mundo moderno ni negocia con él, y ese es el gran pecado de la cúpula de la Iglesia católica que nos correspondió en estos tiempos.
 
     Necesitamos un papa que defienda la vida desde la concepción, la Ley Natural, la Verdad, la familia, la fe; que la haga respetar y no tema dar la batalla para limpiarla desde adentro, porque se necesita purgar la Iglesia de todos aquellos malos ministros que quieren impregnarla de ideologías y encaminarla por un mal rumbo.
 
     Necesitamos un papa que tenga el tesón para corregir, siendo fiel a la tradición de la Iglesia. Es cierto que los tiempos modernos le han pedido transformaciones a la forma de celebrar la eucaristía, como por ejemplo la decisión de que el sacerdote oficie la misa en el idioma de cada país y no en latín, y tampoco de espaldas a los feligreses, sino de frente, lo cual ha sido positivo, pero la eucaristía no debe convertirse en un show, como están haciendo algunos sacerdotes demasiado eufóricos que vienen vaciando de sentido la conmemoración del sacrificio de Cristo y haciéndole perder sentido de trascendencia. Allí la conmemoración eucarística pierde su centro en la figura de Jesucristo y pasa a ser el ministro el centro de atención, al punto de volverse tan célebre y determinante, que muchas veces los feligreses siguen es al sacerdote y no al Dios verdadero.




     Necesitamos los católicos un papa que, más que en reformas, piense en ser fiel a la tradición de la Iglesia, a la figura esencial, Cristo Jesús, que se manifiesta a través de la eucaristía. Hay que rescatar el sentido profundo del sacrificio en la cruz y para ello es menester mantener en pie las tradiciones, porque la tradición hace referencia al conocimiento transmitido por generaciones en siglos de historia. La tradición es la memoria viva de la Iglesia, que es imprescindible para afrontar las situaciones actuales. Sin tradición, la Iglesia muere, se vuelve maleable, se “deconstruye”, y eso es lo que está pasando en estos tiempos.

     Y en ese sentido, el papa que llegue debe tener un buen discernimiento para saber qué reformas son las que necesita la Iglesia, comenzando por las reformas al interior de la propia institución, llena de pecadores y hasta delincuentes que no tienen cabida allí. Urge un papa que se atreva a hacer la purga más grande que jamás se haya hecho en el seno de la institución, aunque difícilmente esto pueda ocurrir, pues “la sal se ha corrompido”. Lo mismo trató de hacer Benedicto XVI, y la mafia vaticana lo persiguió de tal modo que lo llevaron a renunciar a su cargo. La inmoralidad y la confusión doctrinal con la que se encontró era la infiltración más grande que ha hecho el progresismo en la Iglesia católica: desfalcos financieros, malversación de fondos destinados a la caridad, bendición de uniones homosexuales por parte de cismas que se revelaron a la autoridad suprema de la Iglesia, en fin, todo lo condenable que pueda haber dentro de una iglesia. 

     Ahora la estrategia no es que la Iglesia tenga un enfoque pastoral, sino que asuma un rol de supervivencia, de guerra, de confrontación, de lucha por mantenerse firme como la institución religiosa más antigua y robusta del mundo. La Iglesia tiene que recuperar su prestigio, y una forma de lograrlo es confirmar la fe y la Palabra de Dios antes que sembrar confusión y ambigüedad. Por desgracia, estamos en tiempos en que la Iglesia ha dejado permear la moral con los valores del progresismo. 




     Por esta razón es necesario un papa que hable claro, sin ambigüedades, que defienda la verdad de Cristo, aunque esto le cueste la animadversión de los enemigos. Se necesita un papa que confirme en la fe a los fieles católicos. La iglesia no es para entretener, no debe actuar solamente como un bálsamo para consolar y decirle a la gente lo que quiere escuchar, ni mucho menos para instarlos a que se adapten al mundo, como hizo Bergoglio, sino que debe ser una iglesia que confirme la fe de Cristo y que actúe con el coraje con que este actuó cuando echó a los mercaderes del templo.

    Se necesita, finalmente, un papa que no sea reflejo de la cultura, sino uno que, antes bien, marque la cultura para el mundo. Que esta sea un fiel reflejo de una iglesia unificada y en comunión con la palabra de Dios y no en comunión con el mundo, aunque no sé si esto ya sea demasiado pedir. Si la Iglesia ya ha perdido más de treinta por ciento de sus feligreses en un siglo no ha sido precisamente por asumir posiciones dogmáticas, ni basadas en los principios de las Escrituras, sino todo lo contrario; por asumir la actitud laicista que relativiza la moral y la fe; porque ha bendecido el pecado y se ha puesto de parte del mundo en lugar de ponerse al servicio de Cristo. Recordemos que “la ambigüedad es el lenguaje del demonio”, y en esto Bergoglio sí que tenía conocimiento, porque todo lo que hablaba era ambiguo.




sábado, 19 de abril de 2025

La tríada (Primera parte)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Cuento)



LA TRÍADA
(Primera parte)




     Me parece que la vez que asumí dichoso mi nuevo cargo como rector de la Escuela del Buen Jesús Samaritano, llevaba ropa nueva. Tal vez un pantalón de pana café y una camisa blanca de manga larga para tolerar mejor el clima de la vereda El Páramo, allá en el frío pueblo de Marulanda.

     El Magisterio me dio la asignación de dirigir un pequeño claustro por mi buen desempeño como maestro de escuela rural durante más de diez años. A pesar de mi experiencia, sería el más joven rector que hubiese pisado la institución encumbrada en las montañas del Alto Oriente de Caldas. Comencé a enseñar desde los dieciocho años, y aunque más tarde cursé estudios de licenciatura por ciclos, antes de los treinta ya contaba con un currículo extenso que las directivas del Magisterio vieron con beneplácito. Mi juventud, entonces, no fue impedimento para hacerme merecedor a un cargo de responsabilidad. He demostrado amor por la docencia y reafirmado que se puede confiar en mí.

     El rector saliente me hizo la presentación ante los alumnos y el profesorado. Juntos no pasaban de cincuenta personas. Realmente era una escuela pequeña, humilde, y como la mayoría de las escuelas rurales del país, escasa de fondos. No obstante, asumí una postura erguida, haciendo gala de mis logros con actitud de sapiencia, no tanto para causar buena impresión en mi antecesor y en los alumnos, como para llamar la atención de las tres atractivas maestras que enseñaban en la escuela. Sentí que estaba volando en una nube y que al fin, en este espacio pequeño que iba a administrar, sería respetado.




     El ex rector se refirió a ellas con aprecio. Me aseguró que me apoyarían en todo lo que fuese necesario para realizar una valiosa labor. En vista de la escasez de maestros, cada una había tenido que doblarse y suplir así la ausencia de por lo menos tres educadores. La deserción escolar y la negativa de muchos docentes a enseñar en estas zonas tan alejadas de los centros urbanos habían provocado una apatía por parte del Estado en cuanto a suplir las plazas de los maestros faltantes: dejaban que los que allí permanecían se defendieran solos. Le dije que no importaba, pues yo sería el primer maestro de la institución; así sería más loable mi labor. Las tres maestras y yo haríamos el mejor equipo para hacer de estos infantes unos hombres y mujeres de bien en el futuro. Quedé como un rey, y por supuesto, ellas aplaudieron mi iniciativa.

     La primera en ser presentada fue Paula, a la que mejor (¿o peor?) recuerdo. Tenía unos ojos profundos y melancólicos, como los que a mí me solían gustar. Su piel era trigueña y se notaba cuidada; su rostro denotaba a la perfección la belleza de la mujer caldense. Para qué negar que me impactó desde el principio. Cuando estreché su mano sentí una suavidad esquiva y atrayente. Sé que se turbó con mi mirada directa y que a partir de ese momento ambos sospechamos que tendríamos una relación mucho más cercana a la de rector y profesora. La idealicé como la esposa que estaba necesitando.




     La segunda fue Jenny, una chiquilla de baja estatura y muy conversadora, de ojos claros, grandes y vívidos, pero de dientes desperfectos y manos ríspidas. Al estrechar la suya, sentí el tallón de una lija sobre la palma de mi mano. Era simpática y de carácter extrovertido, con una risa que sonaba como una cascada apacible. Por donde pasaba dejaba el ambiente impregnado de alegría y los chicos menores la querían más que a las otras; más no despertó en mí la emoción que sí me produjo Paula.

     En último lugar el rector antiguo me presentó a la mayor de todas, la maestra Martha. Era una solterona ya entrada en los cuarenta. Se veía que no disfrutaba la vida y que se abstenía de cualquier tipo de relación personal por su forma de vestir y de dirigirse a los demás, siempre mirando hacia otra dirección. Le adiviné una amargura congénita que la hacía infeliz. Llevaba ojeras de varias noches sin dormir, el pelo revolcado, las uñas sin arreglar. Usaba las mismas botas pantaneras que solían usar los campesinos de la región. Claro que por lo escabroso del camino en el que a veces el invierno hacía estragos, no lo percibí como un detalle de mal gusto. Supuse que debía vivir en alguna finca de la vereda. No necesité hablar mucho con ella para inferir que aquel descuido era producto de una angustiante soledad y una privación de sexo de varios decenios. A lo mejor en mí —adepto a seducir espíritus reprimidos— podría encontrar a un servidor para darle un buen remezón. Si había lugar en donde hallar una buena mujer, la Escuela del Buen Jesús Samaritano me daba la bienvenida. Ya tenía un ramillete de tres para elegir, pero la maestra Paula sería mi primera —y ojalá única— alternativa.




     Con el paso de los días descubrí una influencia profundamente perturbadora en los ojos de ella. Me producía una gran agitación sostenerle la mirada o tocarle el brazo cada que acudía a mi pequeña oficina en solicitud de tizas, cinta o algún material didáctico, y yo, complacido, le suministraba lo que ella me pedía y le daba unas palmadas suaves en el brazo como un signo de aliento por su labor. Sin embargo, su presencia se me revelaba inquietante y endiablada. Al llegar a mi morada, a unos dos kilómetros de la escuela, cerraba la puerta y deseos pecaminosos y viscerales se apoderaban de mi cuerpo. Me sentía hervir.

     Cierto día la risueña de Jenny me hizo notar con un gesto pícaro que no debía dar una clase a los niños de primer grado en el estado en que me encontraba. Me señaló el pantalón y me percaté del bulto vergonzoso que podría dañar la mente inocente de los chiquillos. Salió muerta de risa y de inmediato me acordé que su compañera Paula había acabado de pasar por el aula hacía unos minutos, cuando fue en busca de unas revistas de recorte. A ella debía atribuírsele el bochorno. Me disculpé con Jenny, quien me lanzó una mirada maliciosa y me senté de inmediato a esperar que mi cuerpo recuperara la cordura.




     En otra ocasión sentí una inesperada angustia cuando en la mañana llegó un padre de familia para hablar con Paula acerca de su hijo, quien presentaba problemas de comportamiento y era alumno de ella. No obstante, lo estremecedor de la situación fue ver desde lejos al señor observándola con la misma lascivia mal disimulada con que yo la observaba a ella. Tuve que amarrarme al escritorio en sentido literal para evitar sufrir un ataque de celos. Pensé en atentar contra la vida de aquel anodino hombre. Sentí un fuego violento, una necesidad de matar y destruir a todo aquel que se acercara siquiera a preguntarle algo a la señorita Paula. Y encima ella regresó nuevamente a mi oficina y me clavó los ojos en un acto torturante, como incitándome a la violencia. Mis manos comenzaron a temblar, no sabía lo que me estaba sucediendo. La presión sanguínea aumentó y los temblores se hicieron tan fuertes que en un arranque de ira reventé la correa con la que me había atado y salí a buscar al hombre para matarlo con mis manos. Ya no estaba. La excitación de mis sentidos cesó, y entonces busqué a Paula, convencido de que me debía una explicación, más ella tampoco estaba. 

     Cosas extrañas comenzaron a sucederme en aquella escuela en la que descubrí un halo de sofocante de maledicencia. Algo ocurría en aquel lugar que cada día me arrastraba más al borde de la locura, como si fuera un personaje de Poe. Comenzaba a desconocerme. Traté de acercarme entonces a la otra maestra, a la señorita Martha. Se suponía que era la más antigua de la institución y debía saber cosas acerca de sus compañeras y de la escuela. Debía conocer el misterio oculto que encarnaba la señorita Paula. A lo mejor estaría relacionado con la salida de mi antecesor, quién sabe. En todo caso me interesaba una segunda opinión, y para ello le pedí que se quedara una tarde después de las cinco, cuando todos se hubieran marchado, de modo que pudiéramos estar a solas y hablar tranquilos sobre la energía tan inquietante de aquella escuela y sobre esa muchacha por la cual yo estaba perdiendo el control. Me imaginé que la señorita Martha, como comencé a llamarla, tenía muchas cosas que contar, y que en parte lo que estaba demandando para dejar su amargura era un buen desahogo. Pues bien, yo sería todo oídos para ella.

continuará...




sábado, 12 de abril de 2025

Los aranceles de la discordia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Que se fregó la economía; que el 7 de abril de 2025 será recordado como el lunes negro para las bolsas de valores en el mundo; que por culpa de los aranceles que impuso el gobierno de Donald Trump viviremos la peor de las carestías; que ese presidente es un loco que nos va a llevar una guerra y a un hambre sin precedentes. Todo esto escucho que dice la gente, y en especial los analistas económicos de los noticieros que podrán saber mucho de economía, pero les falta saber de Realpolitik. Porque una cosa es lo que dicen los teóricos del libre comercio (léase Adam Smith o Milton Friedman) de cómo deben interactuar los mercados unos con otros, y cómo el comercio debe ser regulado por una “mano invisible”, y otra cosa es saber que la economía también necesita ser pragmática y priorizar los intereses nacionales y las circunstancias reales cuando el exceso de libre mercado esté poniendo en peligro sus aspiraciones. 

     Y esto es exactamente lo que está aplicando el presidente de los Estados Unidos. Lo cierto es que las bolsas de valores se vinieron a la baja apenas por un día, pero ya se recuperaron otra vez. Tampoco su caída superó el 5% en promedio, y tal vez la más afectada fue la de Hong Kong, que sufrió una caída del 13,22%; la más grave desde 1997. El índice S&P 500 cayó un 10% en los dos días posteriores al anuncio de aranceles. El Dow Jones perdió 0,84%, el Nasdaq cayó 2,15%, y el S&P 500 bajó 1,57% en una jornada de alta volatilidad, mientras en Europa, el Euro STOXX 50 bajó 4,7%. ¿Se le podría llamar desplome a esto? De ninguna manera. Sólo quienes sucumbieron al pánico económico generado por los medios y las corporaciones anti trumpistas y que vendieron desesperadamente sus acciones, fueron los grandes perdedores de la jornada.




     El denominado lunes negro quedó atrás, y los aranceles de la discordia ya fueron renegociados, hasta el punto de que Europa y Latinoamérica no salieron tan perjudicadas como sí salió China, porque la verdadera guerra comercial es con la potencia del dragón. Hay que reconocer que esta fue una jugada muy arriesgada de Trump, pero hasta el momento de subir esta columna, le está saliendo, pues más de cincuenta países estuvieron dispuestos a renegociar los aranceles.

     Es cierto que Trump se echó un poco para atrás en estas negociaciones, aunque dejó los aranceles en la tarifa justa en la que los quería colocar. Él puede parecer loco, pero no es tonto, ni mucho menos un irresponsable que quiera arruinar la economía mundial. Tal vez sea su estilo el que no guste a muchos (a mí, en particular, me convence); tal vez sean sus maneras, si acaso no encuentra otras por no obtener el apoyo debido de la Organización Mundial del Comercio. Lo que queda claro es que sus votantes lo eligieron para reactivar la economía estadounidense, y eso es lo que está intentando hacer, además de verse obligado a reducir su deuda con China. Su estrategia de subir aranceles para luego volverlos a bajar después de obtener una negociación que le dejara satisfecho es propia de los hombres de negocios, pero sobre todo de los hombres de negocios en una posición de poder, como nunca la debió de haber perdido Estados Unidos. 
 
     El mismo J.D. Vance, su vicepresidente, fue tajante al defender la postura arancelaria de su jefe, y argumentó lo siguiente: “Estamos tomando una cantidad de deuda gigantesca de China para comprar los mismos productos que se fabrican en China, lo cual no es receta para ninguna clase de prosperidad económica ni para obtener buenos empleos”. Como quien dice, usted se endeuda con su vecino para comprar en la misma tienda de su vecino, así él gana por partida doble cuando le vende y cuando usted tiene que pagarle con intereses.




     En cualquier caso, los aranceles de Trump no son un golpe a la economía mundial, sino más bien a la economía de los globalistas dueños de las grandes trasnacionales, a quienes no les interesa el bienestar económico de la nación, sino simplemente seguir acumulando riqueza a costa de la economía del país. Por eso, ni la clase media, ni mucho menos los pobres, que somos todos consumidores, debiéramos preocuparnos si las acciones de las grandes compañías se caen o se recuperan. ¿Acaso tenemos nosotros acciones en esas empresas? ¿Acaso un pobre participa del mercado bursátil como para que la noticia de la caída de las bolsas lo desvele? Lo que debe interesar es que no haya una inflación sostenida en el largo plazo que perjudique el poder adquisitivo de las personas. Claro, algunos productos importados subirán de precio en Estados Unidos, y muy probablemente se acabe la feria de los artículos chinos a precio de huevo, pero el productor nacional tendrá la oportunidad de competir en franca lid y generar más empleo que pueda mejorar las perspectivas del consumo interno.

     Lo que pasa con Estados Unidos es que es una gran potencia que no tiene por qué estar importando más de lo que exporta, porque tiene toda la capacidad para autoabastecerse con sus propias empresas. Caso diferente si fuera un país subdesarrollado que no produjera tecnología ni bienes con valor agregado, y tuviera que conformarse con ser un productor de materias primas. En ese caso no puede darse el lujo de cerrar sus importaciones.




     Los aranceles de Trump desafían directamente al globalismo porque necesita priorizar los intereses económicos de los Estados Unidos, entre los cuales se encuentra la creciente inflación del país, el déficit de la balanza comercial y las altas tasas de interés. Sus objetivos son muy claros: subsanar el déficit comercial, traer de vuelta las empresas para que produzcan en Estados Unidos y no por fuera de sus fronteras, hacer que las mismas paguen sus impuestos allí y contraten el personal a la tasa salarial justa en lugar de contribuir con la proliferación de mano de obra esclava, evitar que las empresas tengan que entregar las patentes de fabricación de los bienes que involucran alta tecnología, poniendo en riesgo la seguridad y la confidencialidad, y sobre todo, reducir la deuda con China, para lo cual es posible que tenga que devaluar su propia moneda.

     Lo que está haciendo Trump en este momento no es otra cosa que lo que ya hizo en su primer mandato, sólo que parece que los medios no lo recuerdan. Y fue justo en ese período cuando Estados Unidos vivió su mayor esplendor económico a pesar de que dijeron en ese entonces que aquello supondría una crisis inflacionaria sin precedentes. Pues bien, la inflación solamente aumentó el 1% y la industria manufacturera americana tuvo un renacimiento como no se había visto en los gobiernos de Obama ni de Bush. Las empresas llegaron a registrar pleno empleo, por lo cual fue posible que obtuvieran rebajas de impuestos que las favorecieron.




     La conclusión de todo esto es que hicieron una tormenta en un vaso de agua: los aranceles para la mayoría de los países, a excepción de China, no se incrementarán más del 10%, además de que quedaron pausados por 90 días. Se le da un golpe a la economía globalista de los grandes emporios, pero tampoco se la destruye. Sólo que ahora Estados Unidos no pondrá su conocimiento y su industria al servicio de potencias competidoras, como cuando diseñó los chips para la IA que hoy se fabrican en China. Lo mismo ocurrió con la industria armamentista, en la que China ya está fabricando los misiles que luego le vende a los gringos. Esto se volvió un problema mucho más complejo que solamente confeccionar camisetas y ensamblar celulares, porque ya se está poniendo en riesgo la seguridad nacional. Los empleos que se generan son de mano de obra no calificada, y por ello se necesita traer de vuelta a los ingenieros, a los programadores, a los cerebros que se han fugado de su tierra. El déficit de E.U. llegó a un trillón de dólares en 2022, la deuda es insostenible, y se vienen tiempos duros para los americanos, no se puede negar, pero a veces un presidente tiene que hacer lo que tiene hacer y no lo que la gente quiere que haga, si de lo que se trata es de rescatar a una nación de su propia debacle.




sábado, 5 de abril de 2025

Se embobaron con los muñequitos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Desde hace una semana hasta este día noto que se viene recreando en las redes sociales una tendencia de animación a través de la inteligencia artificial basada en la conversión de fotografías comunes a imágenes ilustradas del estilo de animación Ghibli o Studio Ghibli, como ya se le conoce popularmente.

     Admito que soy un neófito en el mundo del anime y de la inteligencia artificial, por lo cual debo ponerme a investigar más sobre el tema antes de este me sobrepase, si es que ya no lo hizo, pero a lo que me quiero referir aquí no es particularmente a la tecnología, sino a la sociología. Ya está bueno de tanta fotico animada que a todos al tiempo les dio por publicar en las redes como si eso fuera la panacea del siglo XXI. Definitivamente, entre más progresa la ciencia, más retrocede la inteligencia, y si mi abuela estuviera viva, no dudaría en exclamar: “¡Se embobaron con los muñequitos!”.

     ¿Quién está detrás del movimiento que ha sido furor por estos días y que según los entendidos en el tema ha consumido alrededor de 216 millones de litros de agua para poder enfriar los servidores que se sobrecalentaron por el desaforado uso de la IA en el cometido de convertir las imágenes de la red a una imagen Ghibli? ¿Por qué se viralizó de tal forma esta tendencia que puso a la mayoría de los usuarios de internet a convertir sus fotografías, incluyendo las de su archivo personal, en dibujitos a color muy bien detallados con una estética particular del Lejano Oriente? 
     
     En el caso del Studio Ghibli, se conoce que este es considerado uno de los mejores estudios de animación del mundo. Fue fundado en Japón, en 1985, por Hayao Miyazaki, y es reconocido por sus largometrajes y cortometrajes animados, comerciales de televisión y videojuegos, entre otros desarrollos audiovisuales. La expresión Ghibli es una palabra italiana que se refiere a “un viento cálido del desierto”.[1] Es esta misma sensación de calidez las que las imágenes del estudio transmiten, pues corresponden a una estética en la que predominan los colores suaves, los paisajes cálidos y los personajes expresivos; los mundos de ensueño que transportan a las personas a una atmósfera de ilusión.




     Pero ¿cuál es entonces el objeto de que estemos hoy utilizando como locos la inteligencia artificial para convertir las fotos a dibujos animados? Podría ser la simple curiosidad de saber cómo seríamos si fuéramos una caricatura, no ya solamente del tipo Ghibli, sino también del estilo Disney de los noventa, de Los Simpsons, los Muppets, un Lego, o un tipo de marioneta, entre otras. Podría ser alguna sutil y divertida forma de escapar de la realidad, que ya se ha vuelto pesada hasta en las fotografías. O podría ser que estamos siendo el experimento de otra más de las herramientas con las que nos mantienen anclados a la red, de forma tal que nos exacerban la estupidez mental y nos masifican bajo el modelo del rebaño. Lo cierto del caso es que estas animaciones han sabido capturar la esencia de cada persona y transportarla a un estado de nostalgia y fantasía. No es un anime cualquiera el estilo Ghibli, sino uno que le toca el corazón al público y lo emociona al punto de querer volver a la sencillez y a la magia de la infancia. 

     Esta conexión profunda con la gente hizo que la tendencia se extendiera para ser aplicada a todo tipo de fotografías de la red: famosas, icónicas, ramplonas, chistosas, memes reconocidos, escenas de películas, situaciones de la vida real, posters publicitarios y hasta el archivo personal de los usuarios. Ninguna imagen se le ha escapado a los internautas, porque el mundo quiere verse ahora como un dibujo animado a color: es la pretenciosa fantasía de querer salir del cuerpo de carne y hueso para volverse un avatar virtual. Es una pequeña muestra de cómo la Cuarta Revolución Industrial ya está comenzando a dar pasos de animal grande, no porque la inteligencia artificial pueda realizar la intrascendente tarea de convertirnos en muñequitos tiernos, sino porque la puede hacer más rápido y hasta mejor de lo que pueden hacerlo los humanos. Puede dibujarnos mejor, escribirnos mejores libros, pintarnos cuadros mucho más artísticos, componernos canciones más emotivas y construirnos un mundo hecho a la medida si queremos. Sólo que este mundo ideal será digno de que lo disfruten apenas unos pocos privilegiados que ya lo tienen todo con solo chasquear los dedos, y a veces ni eso tienen que hacer. El resto de los mortales quedará en riesgo de perder sus medios de supervivencia y su razón de existir.




    La inteligencia artificial utilizada para crear todas estas animaciones tan vívidas, elaborar discursos, escribir tesis, componer canciones, crear diseños, ilustraciones, campañas publicitarias, redactar leyes y hasta inventarse mejores historias de entretenimiento, nos va a dejar a muchos sin sustento y sin sentido. El escenario más deseable es aquel en el que el hombre encuentra su realización a través del trabajo, y no aquel en el que ya no tiene que trabajar porque estará todo hecho. ¿De qué podrá alimentar su cuerpo y su espíritu, entonces, si no tiene oficio ni beneficio en un mundo en el que todo, hasta el arte, lo realizan las máquinas? El panorama que nos está planteando la inteligencia artificial es angustiante, y algo tan simple como el hecho de obtener en segundos una imagen animada derivada de otra real, dejaría por fuera del mercado laboral a cantidades de personas que llevan toda su vida preparándose para eso. ¿Quién podrá competir contra la máquina en el futuro?




     Otra gran controversia con respecto a la tendencia desatada por las imágenes del Studio Ghibli surge porque la inteligencia artificial se basa en modelos con los cuales han alimentado el algoritmo, y algunos de ellos se encuentran protegidos por derechos de autor. El uso de estos se ha vuelto indiscriminado, además de que no es permitido, y no demoran las compañías dueñas de sus derechos en comenzar a demandar a las empresas de inteligencia artificial (como Open IA, que además es propietaria de Chat GPT) y a algunos usuarios que se han valido de dichas imágenes para monetizar sus contenidos. Es decir, aparte de que se vale del trabajo humano de los artistas, la inteligencia artificial replica su trabajo para beneficiar a otros y no les reconoce nada. Y esto no solo incluye a los artistas visuales, sino a todo tipo de artistas: pintores, escritores, ilustradores, cineastas, músicos, diseñadores, incluso actores de doblaje a los que les han usurpado su voz para generar audios sin su consentimiento.




     Una tercera crítica que supone el uso de la IA es la relacionada con el impacto ambiental, pues los servidores de las empresas, al calentarse, requieren millones de litros de agua para enfriar sus centros de datos. Aunque hay que aclarar que este es un problema no sólo de la IA, sino de todo el internet, que consume grandes cantidades de agua y energía para operar. Cada consulta de Chat GPT, por ejemplo, consume medio litro de agua para poder enfriar los servidores, y cada video que vemos en internet implica mucha más cantidad de agua que la que utilizamos para asearnos diariamente. Empresas como Microsoft, que es el principal dueño de ChatGPT no tiene políticas de aguas residuales, a diferencia de Amazon y Meta, que se valen de procesos de purificación de las aguas que utilizan para el enfriamiento. En este sentido no podemos ser tan hipócritas de quejarnos por el uso del agua que algunos hacen al consultar con la IA, puesto que todos usamos internet y demandamos agua y energía eléctrica, y pretender que no se haga uso de la tecnología para no gastar agua es como pretender que no nos volvamos a bañar para conservar el recurso. De lo que se trata es de tener conciencia y saber que el uso de una herramienta como la IA tiene prioridades mucho más relevantes que la de querer verse uno como un muñequito. 

     El mismo creador de Studio Ghibli, Hayao Miyazaki, no está de acuerdo con el uso de la IA para realizar animaciones. No por la técnica, sino por lo que la labor de dibujar e ilustrar representa para él. Afirma que el arte gráfico es una manera de transmitir emociones reales que de ninguna manera puede transmitirlas una máquina por muy perfecta que sea la réplica del humano.




     De todos modos, esto de las IA no tiene reversa, y como toda nueva tecnología, planteará cambios en la manera de hacer las cosas, pero no podrá acabar con el arte ni podrá reemplazar al ser humano en su integralidad. Algo tendremos que inventarnos para valernos de los avances tecnológicos sin perjuicio de nuestro bienestar económico y mental.

     He de admitir que hasta yo me vi tentado a transformarme en una caricatura del Studio Ghibli, como para no quedarme por fuera de la moda, pero ya para esas alturas Open IA estaba cobrando por la conversión en vista de la demanda de imágenes que conllevaron a un recalentamiento de los servidores, así que hasta ahí me llegó el impulso. Por fortuna, porque hubiera sido otro más de los tantos incautos en hacerle el juego a las poderosas BigTech. Ellas saben cómo manipularnos y explotarnos con cada entretención pasajera que nos lanzan. Se inventan algo que se vuelva tendencia para recopilar luego una cantidad de datos sobre nosotros con propósitos de continuar realizando la ingeniería social que tan bien les está saliendo. No olvidemos que hace unos años nos deslumbraron con la aplicación que pronosticaba cómo íbamos a ser cuando estuviéramos viejos a partir de una foto del momento, o con la que nos regresaba a la niñez, o la otra que nos convertía en una persona del sexo opuesto. También nos obnubilan con las inteligencias que nos ponen a decir lo que no hemos dicho a través de un programa para moverle los labios a los protagonistas de las fotos, o nos ponen en los lugares en los que no hemos estado jamás, o nos hacen abrazar y besar a personas que nunca hemos abrazado, porque con la inteligencia artificial todo se puede modificar, incluyendo la realidad, así esta no pase de ser realidad virtual.




     En este mundo de engaños, en donde dicha red se vuelve un espejismo y es tan fácil cambiar la percepción de las cosas con unos cuantos filtros por allí, una animación por aquí, un montaje videográfico por allá para hacer de nosotros mismos unos seres extraordinarios, hay que andarse con mucho cuidado con todas estas tendencias virales, porque es muy fácil caer en el juego aparentemente inocuo y divertido que nos proponen, pero ignoramos cuánto de nosotros le estamos entregando al sistema tecnológico que nos rige por completo.


[1] Carolina Castillo. (1 de abril de 2025). ¿Qué es el Studio Ghibli y qué hay detrás del tren viral? El Comercio. https://www.elcomercio.com/tecnologia/fiebre-ghibli-redes-trend-viral-estilo-ghibli


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