sábado, 30 de noviembre de 2024

El país de los estoicos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








     En estos días en que he vuelto a estar más activo socialmente; en que he salido un tanto de mi ostracismo de académico aficionado y he tenido la oportunidad de hablar con familiares y amigos a raíz del suceso que cada año nos convoca a reunirnos, como lo es la visita de un ser querido que reside en el extranjero, he estado pensando con preocupación en el futuro incierto que se nos avecina a todos, y he llegado a la conclusión de que lo más duro está por venir. Y no precisamente lo mejor es lo que está por venir, como dice el refrán, sino lo peor.

     Lamento el tono pesimista de mi entrada de esta semana. Habría sido mejor atisbar en la vida secreta de ese personaje llamado Rupertino Díaz, que a veces nos hace algún guiño de complicidad ante el infortunio humano, o nos aburre con su fracaso perenne, pero el contacto con otras personas en los días recientes me ha procurado una dosis de realidad que no puedo dejar pasar. Rupertino podrá morir cualquier día con dignidad en el momento en que su creador deje de convocarlo en sus historias, pero la gente del común, mi familia, mis amigos, yo mismo, al contrario, no tenemos esa posibilidad de escabullirnos del futuro con el manido recurso de la fantasía. En esta vida corpórea no hay escapatoria: algo tendremos que inventarnos, alguna decisión tendremos que tomar, para algún lugar nos tendremos que ir, aunque nos convirtamos en los nuevos parias.

     Si uno se queja de la situación con aquellos que son afines a los propios pensamientos, encontrará que en el fondo de toda queja alienta un mensaje de resignación, pero también de esperanza. “Esto está muy duro, pero Dios proveerá”, o “Dios quiera que todo mejore”, dicen las personas invocando la mediación del Ser supremo, porque si nos atenemos a las acciones humanas, aflora el desencantamiento.




     En el caso de ese país que se olvidó del Sagrado Corazón por estar resintiendo de la bienaventuranza ajena, las lamentaciones de los buenos se han escudado en el silencio, porque estos no se quieren parecer en nada a los necios que hasta hacía poco berreaban a todo pulmón exigiendo sus reivindicaciones. La mayoría de las personas honestas y trabajadoras pasan el trago amargo a punta de estoicismo, la escuela de la antigua filosofía griega que nos dice que si nos caemos nos tenemos que volver a levantar y que hay que hacer lo que haya que hacer para no quedarnos en el piso.

     Colombia es un país de aguantadores en donde la mayoría ha tenido que llevar su procesión por dentro, mientras que una minoría ruidosa alega ser víctima de las circunstancias y de una historia que ni siquiera ellos vivieron en carne propia. Aquí, cuando se trata de renegar del panorama que nos aguarda, son pocos los que se atreven a señalar a los culpables o a poner el dedo en la llaga. Nadie quiere hablar de política a profundidad, de economía, de religión, de cultura, de ningún tema que pueda ser motivo de discordia o que nos inste a sacarnos de la zona de confort. ¿Para qué, si ya suficiente tenemos con los problemas que nos plantea el día a día? ¿Para qué devanarnos los sesos buscándole soluciones a los problemas que otros han causado si al fin y al cabo no podemos ni solucionar nuestras propias afugias personales?




     Estamos en un punto tan crítico que sentimos que cualquier opinión que emitamos será utilizada en nuestra contra, pues con toda esta polarización que existe al respecto, uno ya no puede estar seguro de lo que piensa, y mucho menos de lo que habla. No falta el que se alebreste por algo que alguien dijo y le quiera dar cátedra para poner en evidencia la ignorancia ajena con respecto a un tema en el que ese alguien medianamente se desenvuelve, pero sobre el cual tiene el derecho de opinar. Ya saben que hoy en día todo el mundo es experto en todo, aunque nadie sepa de nada. Y lo peor, que los demás siempre saben más que uno. Nuestra opinión no cuenta si hay otro que considera que tiene una mejor, y por lo general siempre es así. ¿Que si hay una guerra en Siria y alguien celebró la caída de Bashar al-Assad? Mucho cuidado, porque puede haber un Basharista a las espaldas que lo haga a uno sentir un tonto con el enunciado de la siguiente réplica: “A lo mejor usted dice eso porque no conoce la historia”, y ya está. El argumento infalible para anular la opinión del otro. También está la típica frase de “debería informarse mejor”, o “no hable de lo que no sabe”, que es básicamente lo mismo. Uno no sabe nada, porque los que saben son los demás.




     Volviendo a Colombia, encuentro que aquí la gente guarda sus reservas al opinar en vivo y en directo por la misma cultura de censura que se está promoviendo desde los grandes medios de comunicación y las redes sociales. O más bien, aquí los únicos que tienen derecho a opinar son los influencers y periodistas de oficio de los programas radiales o televisivos. De hecho, las personas los seguimos y escuchamos su opinión, pero poco nos atrevemos a dar la nuestra en las conversaciones presenciales. Por ello, extraño los tiempos en que uno podía alegremente reunirse a despotricar del presidente al calor de un tinto o unos aguardientes, y así, entre copa y copa, se arreglaba el país en una noche de tertulia. Ahora las reuniones se caracterizan porque cada uno está metido en su celular con su influenciador particular o su entretenimiento de turno, como si estuviera atrapado en una cápsula, y ya nadie se atreve a interactuar con nadie. Y si lo hacen, el tono de la conversación es tan sutil y moderado que es vergonzoso permitirse un acaloramiento, justo en los tiempos en que más motivos tenemos para estar indignados.

     Lo políticamente correcto es lo que prima hoy, y por ello el miedo de incomodar es tan latente. No sólo eso, sino que la gente está cansada de hablar siempre de lo mismo. Para evitar debates y malas vibraciones preferimos adentrarnos en los tópicos más gaseosos posibles: la farándula, la vida misma de las personalidades, pero vista desde el ámbito más superficial. Entonces se habla de que un sinvergüenza “le puso los cachos” a la primera dama con un travesti, pero no se ahonda en la gravedad que tiene para el país estar presididos por un hombre de baja estatura moral. En tiempos de mi padre el rumor de un mandatario degenerado y adicto era motivo suficiente para provocar la defenestración. Ahora lo que menos importa es la honorabilidad, porque entre más hampón sea el sujeto, más posibilidades tiene de triunfar en la política.




     Pero como todo ha cambiado, y dicen que es por el progreso del Hombre, pues la mayoría de las personas contribuyen a la espiral del silencio para no perder la comodidad de no tener que defender posturas. Más bien se entra en la onda tan propagada de la empatía, a pesar de que muchas veces es de dientes para afuera. Lo que sea, con tal de no sumarle negatividad al universo emocional que cada uno se ha construido para sí mismo.

     Así, la gente buena va aceptando que el mundo es tal cual se les presenta y no hay por qué quejarse tanto. Que si el presidente es el peor ladrón de todos los que ha habido, es normal, porque todos han robado; Que si medio país se está marchando a otro lado por la mala situación económica y el desempleo, no hay por qué asustarse, pues igual, en Colombia la migración es producto de un malinchismo que se nos viene contagiando desde hace décadas. Que si están cerrando los negocios y están vendiendo las casas y los apartamentos no es porque soplen los vientos socialistas, sino porque la mala situación es por todas partes, así que no culpen al gobierno. Que si la izquierda está acabando con el país, no hay que hacer aspaviento ni criticar, porque cuando estuvo la derecha no estábamos mejor.




     Bajo esa lógica nos han obligado a practicar el estoicismo por resignación. Nadie habla, nadie opina, nadie se queja, nadie critica en voz alta, pero todos sabemos lo que nos pasa. Nos da miedo quedar mal, perder amigos, volvernos impopulares o invisibles. Por eso ha aflorado la indiferencia, la impavidez, la insensibilidad. No porque nos hayamos vuelto muy serenos y hayamos decidido tomar las cosas tal y como vienen, sino porque hay una mordaza invisible que nos insta a dejar todo tal y como está.

     Si en algún momento alguien quiere reaccionar y levantar la cabeza ante esta sumisión silenciosa en la que nos mantienen, los necios berretas nos harán saber que el mundo siempre ha estado mal, que el pasado nunca fue mejor, que nada hay por aprender ni rescatar de él, pues todo hay que destruirlo para comenzar a edificar desde cero con otros constructores. Por eso nos conminan al silencio, a no quejarnos, a no protestar, a no reflexionar sobre el presente ni aprender de las lecciones del ayer, porque sin pasado ni presente les será más fácil robarnos el futuro.











sábado, 23 de noviembre de 2024

De cómo nos iremos a una Constituyente para que el guerrillero se perpetúe en el poder y nos imponga una dictadura

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     El pasado martes 19 de noviembre, mientras los colombianos se entretenían con el partido de la Selección Colombia frente a Ecuador, que por cierto terminó en derrota para el combinado patrio, en el Congreso de la República nos estaban metiendo un gol de inusitada gravedad: el gol definitivo para sepultar las aspiraciones de los colombianos, no de clasificar a un mundial, sino de librarnos de la peste petrista que está haciendo todo lo posible por permanecer en el poder después del 7 de agosto de 2026.

     Este era un partido en el Congreso que no se podía perder, pero la izquierda aprovechó la entretención futbolística y la desconcentración del pueblo colombiano para asegurarse el trono presidencial a perpetuidad. De la misma manera en que la Selección anda de capa caída, el pueblo colombiano no levanta cabeza gracias a la elección de un guerrillero como presidente.

     Y no me refiero a una nueva Reforma Tributaria, que muy pronto vamos a tener que soportar, sino a uno de los hechos más bochornosos en lo que tiene que ver con la obligación del Congreso de elegir a los magistrados de las altas cortes mediante un sistema de ternas elaboradas por el Consejo de Estado, la Corte Suprema y el Presidente de la República, respectivamente. En este caso, se trata de la elección del nuevo magistrado de la Corte Constitucional, el señor Miguel Efraín Polo Rosero, petrista de corazón, y ahora una ficha más del guerrillero en su aspiración de ser el amo y señor de este platanal por los siglos de los siglos.




     Este sí es el verdadero golpe blando a la democracia. Gracias a esa votación tan irregular Petro quedará con mayoría en la Corte Constitucional, y eso que falta por elegirse a dos magistrados más que, aunque no los ternará el presidente, serán nombrados en enero de 2025 de la misma forma como se eligió al recién designado Miguel Efraín Polo: comprando congresistas, como sabe hacer el "Gobierno del Cambio”. Para eso tiene la chequera nacional, y para eso contamos con legisladores de la peor calaña que no conocen de principios. Porque de no ser por el hambre de dinero de estos politiqueros del Legislativo, Petro no tendría los alcances que tiene.

     La forma en la que Miguel Efraín Polo Rosero fue elegido parece sacada de una de esas películas de género bizarro en donde todo es retorcido, oscuro, surrealista y tétrico a la vez. Para empezar, la primera votación se había realizado el lunes pasado, obteniéndose un extraño empate de 50 votos a favor y 50 en contra del magistrado, pero al final se descubrió que resultaron más votos que votantes, como si alguno o algunos hubieran votado dos veces. La votación se suspendió y se reanudó al día siguiente. Fue en el transcurso de una sola noche cuando desde el gobierno pudieron voltear a siete congresistas para que votaran a favor del candidato ternado por Petro en lugar de que le dieran el voto a la candidata Claudia Dangond, quien era la más opcionada. ¿Que cómo estos congresistas cambiaron de opinión? No se sabe, pero todo apunta a que hubo una nueva repartición de “mermelada” parlamentaria, o un gran miedo a Gustavo Petro, que cuando quiere y como quiere mete las manos en las votaciones del Congreso, como si fuera él el dueño del recinto. Es que hay que tener mucha suerte para encontrarse siete votos a última hora de un día para otro. O tres millones de votos en veinte días.




     Tampoco se puede esperar nada de un Congreso sin escrúpulos, sin sentido de patria, sin principios. Muchos de los senadores y representantes a la Cámara que ganan 48 millones de pesos al mes no tienen méritos para estar allí, y eso involucra a gente de todos los partidos. Hasta los movimientos cristianos como el MIRA se vendieron a Petro.

     El momento de mayor descaro fue cuando varios de los senadores y representantes pasaron uno por uno al cubículo a votar, valiéndose del teléfono celular para tomarle foto al voto o hacer un video del procedimiento, no se sabe con qué fin.




    Se vienen meses de zozobra. Si Petro consigue la mayoría en la Corte Constitucional, como efectivamente parece que va a ser en enero, podría sacar sus hordas violentas y sus “primeras líneas” a la calle e incendiar el país bajo cualquier pretexto, como que no lo dejan gobernar sus detractores, que el Congreso no le aprueba sus reformas para que se produzca el “cambio”, o que le quieren hacer un golpe blando. Así, todo será cuestión de declarar un Estado de Emergencia debido a la situación de orden público y a la imposibilidad de controlar a lo que él llama “las fuerzas populares” por parte de las fuerzas de seguridad, a las que por cierto les dará la orden de no intervenir, so pena de ser castigadas y difamadas. Una vez haya declarado el Estado de Emergencia podrá gobernar a su antojo por decreto, posiblemente posponiendo las elecciones de 2026 ante la “falta de garantías electorales” por los mismos desmanes que su gente ha causado. Así, las elecciones se aplazan y él pediría poderes especiales a su corte de bolsillo para ampliar el período presidencial o quedarse hasta cuando considere que puede volver a convocar a elecciones.

     O podría, simplemente, elaborar un Decreto de Emergencia en el que convoque a una Constituyente. Como ya tiene las mayorías en la Corte Constitucional, no tendrá ningún problema en que se lo aprueben. Una Constituyente para ser reelegido, desde luego, o incluso para ampliar el período presidencial por dos años más, de modo que ya no piense en gobernar por dos períodos de cuatro años, sino por dos de seis: doce años de esclavitud, peor que una película de Hollywood.




     Si el sinvergüenza cuenta con mayoría en la Corte Constitucional, ¿qué problema tendrá en que le aprueben la Constituyente para buscar su reelección? Mucho peor, ¿qué problema habrá en que decida reelegirse sin necesidad de Constituyente, sino tan sólo gobernando por decreto a través de los poderes especiales que le otorgue la Corte? Lo mismo hizo Chávez en su tiempo, y en este “gobierno del cambio” todo puede pasar.

     Ya con la Corte Constitucional cooptada, con la Procuraduría, la Fiscalía, la Contraloría, la Defensoría, y demás órganos de Control metidos en su bolsillo; con la Policía y el Ejército de su parte; con el sometimiento irrestricto de la Registraduría y con el Congreso comprado, no hay nada que impida que Petro sea presidente en 2026 de la manera en que tenga que serlo, ampliando el período, reeligiéndose, o ambas. La dictadura está prácticamente asegurada para Colombia. Ese fue el golazo que nos metieron el martes pasado.




     Sin embargo, como de lo que hay que hablar es de fútbol mientras el país se hunde en la miseria, la gente todavía está hablando de lo mal que está jugando Colombia y del mal presagio que se anuncia por la pérdida de dos partidos consecutivos. ¡No, queridos compatriotas, es hora de despertar! Lo que pasó el martes 19 de noviembre en el Congreso es muy grave y no nos damos por enterado: comenzó el fin de la democracia en Colombia. 
     
     Mientras tanto, los congresistas que votaron por el magistrado Polo a esta hora deben estar pasando la cuenta de cobro para que les desembolsen esa platica a través de la UNGRD o del Departamento de Prosperidad Social. O les consignen directamente a sus cuentas, qué más da. Ellos no tienen vergüenza, pero sí tienen guardada la foto del voto en sus celulares. Es el comprobante de que sí hicieron bien el mandado.


sábado, 16 de noviembre de 2024

La presidente periodista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Ha renunciado la periodista Vicky Dávila a su cargo de Directora de la Revista Semana. Lo veíamos venir, por lo tanto, no nos sorprende. Sus alocuciones e intervenciones en todo evento empresarial o conversatorio en donde ella fuera invitada, así nos lo dejaron ver. También sus videos en redes sociales y los trinos de su cuenta de X eran una clara muestra de una periodista que hablaba como una candidata en campaña y hasta lanzaba propuestas económicas que para nada resultaban ser descabelladas. El pasado jueves 14 de noviembre Vicky Dávila dio el primer paso en su aspiración presidencial al renunciar a su cargo de directora del medio periodístico más importante de Colombia, y la noticia, como la misma esencia de Vicky, generó el contento de muchos y el descontento de otros. Vicky es una mujer de odios y amores, como deberían ser todas las personas coherentes con su pensamiento. Nada hay que me genere más desconfianza que un hombre (o en este caso una mujer) sin enemigos.

     Desde luego, todavía no es oficial que se vaya a lanzar a la presidencia, pero es algo que se da por descontado. Muchos se preguntan si su renuncia será acaso parte de una estrategia populista o la aspiración seria de una patriota que quiere ser presidente de su país apelando a la figura del outsider, es decir, a la figura del candidato antipolítico que está por fuera del establecimiento tradicional de la política. Veremos qué sucede.




     Mi humilde opinión sobre esta noticia político-periodística, con tintes incluso farandulescos, es que si alguien ha hecho oposición al cartel mafioso del Palacio de Nariño, ha sido la señora Vicky Dávila, hasta el punto de que tiene a todos los izquierdópatas con los pelos de punta, porque a ellos, más que a nadie, les ha molestado por mucho el salto de la periodista. Mientras estos descargan su veneno, Petro tiembla: el que la futura candidatura de Vicky Dávila haya caído mal en los sectores gobiernistas es un buen síntoma. El que sus enemigos sean Petro y toda la mamertería colombiana, afines a este desbarajuste de gobierno, es una medalla de guerra. No me disgusta para nada la idea de una presidente periodista, talentosa, con valentía y liderazgo, conocedora de los temas de la nación, y además muy bella. Nada que ver con el impresentable ignorante que nos gobierna.




     Porque el primer ataque del zurderío resentido no se hizo esperar: que cómo se podía apoyar la candidatura de una mujer de “extrema derecha”, “aliada de clanes paracos” y hasta “uribista”. Que eso sería volver a la guerra, como si viviéramos en un remanso de paz. Que cómo es posible que la gente pretenda votar por alguien que no tiene ninguna experiencia en la administración pública, que nunca ha ocupado un cargo de elección popular, que no ha pasado por un Congreso o una alcaldía, y que nunca se ha sometido a ninguna votación democrática. Pues para dolor de los zurdos y petristas, esa ausencia de roce político es precisamente la fortaleza de Vicky. Que nunca haya sido una política de oficio es lo que la hace ser diferente; por lo menos no está contaminada del germen de la corrupción, no tiene aún los vicios y las prácticas putrefactas de nuestra clase política por antonomasia. Porque de Vicky Dávila se puede decir lo que quiera, menos que es de extrema derecha, que tiene alianzas con clanes mafiosos, que es una periodista vendida a un partido o a un sector político, o que es uribista, pues ella ha dicho lo que ha querido y nadie ha podido coartarle su libertad de expresión. Hasta ahora. El fruto de su trabajo así lo demuestra.

     Por otra parte, no sé cuál es el miedo que los mamertos le tienen a una periodista cuando no le tuvieron miedo a un guerrillero. Mientras Vicky Dávila se preparaba en su juventud estudiando la carrera de Comunicación Social, el actual presidente de Colombia pertenecía a un grupo terrorista y empuñaba el fusil contra ciudadanos inocentes. Qué diferencia tan grande hay entre armarse de una cámara y un micrófono y armarse de un fusil. Tal parece que en la lógica izquierdista es menos grave lo segundo, porque hace poco más de dos años los mismos que hoy critican a Vicky por buscar la candidatura presidencial, eran los mismos que le aplaudían a rabiar al ex guerrillero asesino. Sí, asesino, porque en algún momento de su vida como delincuente tuvo que haber jalado el gatillo contra algún otro ser humano, ya que no es creíble que el fusil lo portara apenas como un adminículo decorativo.




    Y arremeten nuevamente las “bodeguitas” al decir que Vicky será una fascista que le quitará los derechos a los menos favorecidos, que se irá en contra de la clase trabajadora, que retornarán las masacres y regresará el paramilitarismo si se le permite ganar las elecciones. La están quemando desde ahora, diciendo que es la de Uribe, que es de extrema derecha, que es ultraconservadora, racista, clasista y homofóbica, casi que medieval, y eso que faltan poco menos de dos años para las elecciones, si acaso las hay. Lo cierto es que están desesperados los zurdos porque ella no es de su bando. Por supuesto que Vicky despierta muchas más simpatías en la derecha patriótica y que la victoria de Trump en Estados Unidos resulta ser un trampolín para ella lanzarse y sumarse a la ola de una nueva derecha que está tomando mucha fuerza en distintas partes de la región, pero lejos de ser todo aquello de lo que ya la están acusando los militantes de Petro, es la persona que quizá en Colombia tiene la mayor coherencia y la autoridad para ser candidata presidencial. Su oposición a Petro ha sido real, con pruebas, y su trabajo ha derivado en investigaciones que a la justicia colombiana, ya cooptada por el régimen, le ha tocado asumir, aunque no quiera.

     Pero hagamos un breve recorrido de quién es Vicky Dávila y por qué está levantando tanta roncha su intención manifiesta de llegar al centro del poder político en Colombia.




     Comenzó en el mundo del periodismo en la década de los noventa, y desde entonces ha dejado huella en cada uno de los medios por los que ha pasado. Primero estuvo en Noticiero QAP, luego en Caracol, donde comenzó a hacerse conocida. Después fue a RCN Radio y de allí a Noticias RCN, donde se hizo célebre por el gran cubrimiento de reportería que realizó a raíz del terremoto del Eje Cafetero en 1999. En la FM marcó un hito en los programas radiales de la mañana y además se le recuerda por haber sido una de las que destapó el escándalo de “La Comunidad del Anillo” al interior de la Policía Nacional, en la cual se conoció una presunta red de prostitución donde se vieron involucrados altos oficiales de la Fuerza Pública, congresistas y otros funcionarios del Estado acusados de promover ascensos u ofrecer dinero a los policías a cambio de relaciones sexuales. Este informe le valió su salida del medio gracias a los malos oficios del sátrapa de Juan Manuel Santos. La franja del mediodía de la W Radio fue la que tuvo más rating en el tiempo en que la periodista la estuvo liderando. Finalmente la dirección de la revista Semana la catapultó como la mejor periodista del país. Desde allí destapó escándalos de alto impacto en la política, especialmente en los dos primeros años del gobierno Petro. Fue así como se conoció la forma como este llegó al poder financiado con dineros del narcotráfico y gracias a los pactos con lo peor de la clase política del país, reconocido incluso por su propio hijo, hoy protegido por la fiscalía de bolsillo del presidente.

     Así las cosas, ¿más de veinte años de periodismo en donde además dirigió medios de comunicación no son suficiente experiencia para poder gobernar un país? Porque Vicky ha liderado procesos, grupos de trabajo, ha tenido personas bajo su mando. Carisma y liderazgo no le faltan, como tampoco conocimiento.




     El estilo directo y sin miedo de Vicky para confrontar el poder le ha valido que una parte del país la aborrezca, y otra parte (donde me incluyo) la aprecie. Porque no importa que Vicky no sea del todo una mujer con ideas de derecha (en algún recodo de su cerebro todavía alberga por ahí alguna neurona progresista), pues tendrá que mejorar mucho su conocimiento para implementar una estrategia contundente de batalla cultural contra la izquierda si no quiere que se la coman viva. No importa que la acusen de tomar posiciones que supuestamente favorecen a un sector político, o que digan que es amarillista, que sólo le importaba el rating; que será la defensora de los grandes cacaos del país si llega a ser presidente. Más bien ha demostrado estar en contra de los monopolios al irse contra los dueños de las EPS y de los fondos de pensiones que transaron con Petro para que este pudiera imponer sus reformas a la salud y a la pensión. Lo que importa es que en este momento es la enemiga número uno del principal enemigo de Colombia, Gustavo Petro, y la noticia de su candidatura presidencial se recibe con beneplácito en vista de que la oposición en Colombia no ha logrado calar en el sentimiento del electorado, ni ha sido una verdadera oposición: demasiado pasiva para mi gusto. Lo que importa es que si Vicky quiere ser presidente, se cuide de las alianzas, los pactos y las fotografías con los politiqueros de la clase tradicional de este país y no permita que la utilicen como caballo de batalla para que esos mismos políticos obtengan réditos electorales más adelante.

     Enhorabuena por Vicky Dávila si se lanza a la arena política. Le deseo todo lo mejor. Ya está liderando las encuestas sin siquiera haberse lanzado oficialmente, lo que tiene molestos a los políticos de profesión, tanto de izquierda como de derecha. Pero qué le hacemos, si el país está cansado de los estafadores que sólo piensan en sus propios intereses, y lo que necesitamos es una opción diferente a lo que ya estamos acostumbrados. Bravo por Vicky, aunque la extrañaremos como periodista para que le siga descubriendo las porquerías a este gobierno de bandidos.




sábado, 9 de noviembre de 2024

-14

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








     Lo que voy a referirles a continuación es la historia de una chica traviesa, rebelde, de aquellas que viven bajo sus propias reglas. Una noche salió de juerga azuzada por su amiga, quien la llamó a las doce y media de la noche para que fueran a un sitio nocturno de una ciudad que a todas luces es Medellín. Le mintió a su novio y le apagó el celular para que este no pudiera localizarla, además de que se voló de su casa. Al filo de la noche se encontraba perreando en una discoteca, borracha y drogada, y más tarde despojada de su ropa en algún cuchitril de mala muerte, ofreciéndose en medio de una bacanal. ¿Regresaría esta muchacha a su casa feliz, luego de haber sido tal vez abusada por un sinnúmero de hombres que la sometieron a toda clase de prácticas sexuales? ¿Le gustó a ella entregar su cuerpo por placer o por dinero y se sintió después bien consigo misma? ¿Le importa una higa cómo se sienta, porque ya ha comenzado a transitar un camino sin retorno y ni siquiera la abruma un sentimiento de culpabilidad?

     Esta chiquilla es lo que en la cultura desechable de nuestro tiempo se ha dado en llamar una “mujer empoderada”, que es también astuta, indomable, dueña de sí misma, “mala, pero inteligente”. El ambiente está plagado de mujeres así, cuya conducta es reprochable, inmoral, indeseable, vergonzosa. Lo que sucede es que como la vulgaridad y la indecencia campean en el reino del mundo al revés, hoy se considera todo ello muy normal, muy común, muy moderno y de avanzada. Criticar ese tipo de comportamientos pasó a ser un asunto de retrógrados, moralistas, santurrones y envidiosos: esa es la conciencia social que modela nuestra personalidad.




     El problema se agrava cuando la protagonista de la historia no es una mujer realmente, sino una niña de catorce años a la que le celebran todas estas actitudes de mujer envilecida. Y esta historia no es una crónica de denuncia de una problemática social para generar conciencia y echar a andar un programa de prevención contra la explotación sexual infantil, sino la nueva canción que un puñado de reguetoneros colombianos le entregaron al mundo el pasado 7 de noviembre: “+57”, así se llama la “obra”, pero debió llamarse -14, por involucrar allí a una menor de catorce años. Nos aseguramos entonces de dar un paso adelante en la carrera desenfrenada hacia la perversión del ser humano, porque lo que antes se consideraba un delito, ahora es visto como arte.

     Resulta que se juntaron ocho genios que se hacen llamar artistas y que son los faros de nuestra juventud en decadencia para concebir esta canción a la que no le encontraron un mejor título que el número del indicativo telefónico que le corresponde a Colombia (+57), porque este tipo de gente piensa que cualquier banalidad que se les ocurre es una genialidad sin precedentes. Pero el título es lo de menos. Como siempre pasa en el reguetón, todo tiene que hablar de sexo, de tetas, de culos, de licor, de droga, de fiesta, de excesos, de prostitución y de cosificación de la mujer, porque las cabezas huecas de sus exponentes no dan para más. De hecho, el reguetón es otra vertiente de la degeneración del arte musical, porque un verdadero músico, de esos de conservatorio que han estudiado y se han pasado toda su vida consagrados a las figuras musicales, a la armonía, al ritmo, a la melodía y a la gramática de este idioma de los sonidos, de ninguna manera puede terminar siendo un reguetonero. En caso de serlo, está demeritando la profesión.




    El punto es que la canción tiene una protagonista que, según dice su letra, es “una mamacita desde los fourteen”. En esa frase se consumó el delito, porque sexualizar a un menor de catorce años es catalogado por el código penal como Pedofilia.

     Esta canción es una clara apología al crimen, y de ahí la polémica que ha suscitado. Si lo que pretendían sus creadores era generar controversia para monetizar con las búsquedas y las reproducciones de su esperpento, pues entonces doble delito, porque quiere decir que desde el principio estuvieron conscientes de que lo que hacían lo estaban haciendo mal adrede. Y no sé qué están esperando las autoridades para tomar cartas en el asunto. Bueno, qué se puede esperar en un país en donde su máximo representante es otro sinvergüenza degenerado como los reguetoneros autores de esta asquerosa composición (más bien descomposición).

     Lo peor de todo es que estos bandidos se inventan una canción en donde claramente se sexualiza a una menor de catorce años, y somos los críticos los que les salimos a deber. Como quien dice, que si no nos gusta el temita es nuestro problema, no el de ellos. Un momento, señora Karol G; un momento, señor Maluma; señor J. Balvin, Ryan Castro, Ferxxo, Feid y demás payasos de este circo de miseria: ustedes podrán ser las estrellitas de toda esta generación idiota que los idolatra por llevarlos al abismo ensalzando toda la temática de la perdición, pero como celebridades también tienen una responsabilidad, y por ello deben asumirse como blanco del rechazo social cuando no se comportan a la altura. Está claro que no son ustedes los que pueden educar a nuestros hijos, pero por ser figuras públicas están en la obligación de dar buen ejemplo, o de lo contrario deben atenerse a la andanada de críticas justificadas y al castigo social que se tienen bien merecido desde el día mismo en que se metieron a esta industria en donde pulula el libertinaje, la inmoralidad, la ambición por el dinero, el placer desenfrenado, la mezquindad, la mediocridad, y por supuesto, todo lo malo que tiene la sociedad y que ustedes se encargan de reflejar: promiscuidad, drogas, licor, pornografía, armas, crimen, hampa, corrupción, narcotráfico, utilitarismo al cien por ciento.




     Y como si fuera poco, creen que el sector de la crítica es como su público estúpido al que pueden engañar: uno de estos miserables piensa que a la gente le gustó tanto la canción, que agradece cínicamente por el “apoyo” que cree que le han brindado. Dice que lo más importante es la unión de tanto “talento colombiano” para cantar este bodrio. Habrase visto semejante descaro. Otros dos, en medio de una traba descomunal que se puede oler a la distancia, asumen la actitud desafiante para con el público en la que dejan claro que si no les gustó la canción, bien se pueden ir al demonio, porque a ellos todo les resbala y no viven de lo que dicen los demás. Como quien dice, se sienten con el derecho a hacer lo que les da la gana y que la gente los tenga que aplaudir por eso. Ídolos con pies de barro que en cualquier momento se convertirán en fango.

     El tema de fondo aquí es la maldita obsesión por corromper a los menores. ¿Por qué ese afán de explotar la sexualidad de los niños? ¿por qué se insiste en que las protagonistas de sus canciones sean mujeres cada vez más jóvenes, ya no sólo adolescentes de 15 o 16, sino que ahora se bajan hasta 14 y quizás en un futuro lo quieran hacer con una niña de 10 o 12 años? ¿No acaba un maldito miserable hace un par de semanas de violar y asesinar a una niña de 12 años, a la niña Laura Sofía, víctima de un pervertido al que se le ocurrió (como a los creadores de la canción) que una menor podría brindarle el placer sexual para satisfacer su cochino deseo? Mucho cuidado con ese tipo de licencias que se conceden los que hacen música, cine, literatura, y arte en general; los que manejan medios de comunicación y redes sociales, o los que tienen alguna clase de poder mediático sobre las mentes débiles. Al ser personas influyentes tienen una bomba entre sus manos que puede detonar en cualquier momento.




     En lugar de contribuir estos reguetoneros a mejorar el mundo, contribuyen a pervertirlo más con sus sórdidas letras que si para algo han servido es para sembrar la semilla de la corrupción moral, especialmente en el público joven e inexperto que se divierte con sus canciones pensando que es diversión sana y que una canción no es para tanto. Pues bien, por ese resquicio de la laxitud es que se empiezan a filtrar todas las consecuencias derivadas de escuchar una música mal sana. Desde luego, el reguetón no es sólo el problema, sino que es parte de una problemática mucho más amplia y compleja que lo abarca, y en la que están inmersos todos los factores desencadenantes de la violencia y el abuso, y que al ser retroalimentados y machacados por el género musical una y otra vez, el problema, en lugar de disminuir, se agranda.

     No se crea que es cuestión solamente de educar en valores, porque lo que se construye en la casa o raras veces en la institución educativa se destruye en la calle, con la ayuda también de los propagadores de una cultura que no aporta nada bueno a los menores. Pero supongamos que no hubiera sido una menor de edad la protagonista de la canción, sino una mujer hecha y derecha. ¿Se justifica de todas maneras que una música degradante instrumentalice el cuerpo de la mujer y lo rebaje a la categoría de animal solamente porque esa es la consigna cultural del momento? ¿No es además un irrespeto para todas las mujeres el hecho de que las canciones de reguetón se refieran a ellas como meros vehículos de placer? ¿Está bien que ese sea el paradigma de la mujer moderna, aquella que se siente empoderada, que se cree una bichota y hace lo que le da la gana, como sugiere la señorita Giraldo, creadora principal de la canción, que es la adalid para apologizar todo aquello que se menciona allí como las pepas, el sexo, la rumba pesada, el licor, la vida licenciosa y la prostitución?




     Pues si ese es el empoderamiento femenino que Karol G defiende, así como dice defender a la niñez, más vale que revise el rumbo que está tomando su carrera, porque su vida, tanto artística como personal, va cuesta abajo. Además de que ella, como la única mujer que participó en la creación del tema musical, debió haber hecho respetar a su género y sobre todo haber hecho respetar a la niñez. Luego dice que la sacaron de contexto, pero el contexto está más que claro, con palabras tan explícitas que ni siquiera se pueden repetir para hacer una crítica.

     Ni aun cambiando la palabra 14 por 18 se quitarán el estigma de hacer música para promover pedófilos, porque de todas formas siguen promoviendo el estereotipo del bandido, del gamín, del drogadicto irredento, del traqueto, de la prostituta, de la materialista, del pendenciero, del mal hablado y demás. Y esto no sólo aplica para el reguetón, sino para todas esas clases de música que se hacen llamar populares.


miércoles, 6 de noviembre de 2024

Hay esperanza

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Ha sido elegido Donald Trump como el presidente número 47 de los Estados Unidos. Obtuvo la mayoría de los puntos que dan los Colegios Electorales al mismo tiempo que la mayoría del voto popular, como para no dejar dudas sobre su elección. Por segunda vez gana la presidencia, y por segunda vez compitiendo contra una candidata mujer, así como en 2016. Si no sucede nada extraordinario, Trump retornará a la Casa Blanca a partir del 20 de enero de 2025: un hecho que a muchos nos llena de esperanza, incluso de alegría, mientras otros se están rasgando las vestiduras. Porque el triunfo de Trump es, de alguna manera, un retorno a los valores patrios que por allá en 1776 los Padres Fundadores de los Estados Unidos alentaron en su Declaración de Independencia y en la posterior proclamación de su Constitución un año más tarde.

     Lo que estaba en juego en esta elección era el rumbo que iba a tomar la Unión Americana; el futuro que sellaría dependiendo de quién fuera elegido presidente.

     Si ganaba Kamala Harris, el país ahondaría en la agenda globalista, partidaria de la inmigración ilegal y las políticas antinatalistas como el aborto y la ideología de género, además del catastrofismo climático como excusa para frenar el desarrollo económico y fomentar la dependencia económica a través del empobrecimiento sistemático que esto conlleva. También un gobierno de Harris habría sido la perpetuación de los conflictos internacionales, la pérdida de libertades como la patria potestad y la cesión paulatina de la propiedad privada con el aumento de los impuestos; la entrega de la soberanía nacional, la imposibilidad de establecer familias cimentadas en valores cristianos, la agudización del adoctrinamiento educativo a las nuevas generaciones levantadas con los falsos dogmas de la ciudadanía mundial, la autopercepción del género, el victimismo, la dialéctica del oprimido-opresor y el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, aunque en realidad se trate de dos cuerpos con vida propia.




     Si ganaba Donald Trump, Estados Unidos asumiría nuevamente las riendas de su destino y se avocaría a rescatar los valores de su tradición patriótica, que difieren profundamente de la agenda globalista. Significaría una esperanza para poner fin a las guerras en las que sus antecesores han metido a su país. Significaría también el cierre de las fronteras para desarticular el movimiento de la inmigración ilegal descontrolada, cuyo único objeto es el de implosionar a Estados Unidos desde adentro a través de una invasión financiada por agentes externos para destruir la cultura y pervertir los valores nacionales. Si ganaba Trump sería factible el repunte de la economía, la reducción de la inflación, la desfinanciación de las causas woke y de las ONG’s que abogan por el alarmismo ambientalista y los supuestos derechos cercenados de las minorías “victimizadas” que, de hecho, ya están amparados por la Constitución, que garantiza los derechos para todos sin excepción. El triunfo de Trump era la vuelta a la reducción de impuestos y la recuperación de la seguridad, que es un tema en el que todos los ciudadanos concuerdan que se ha reducido a niveles de países del tercer mundo. Si ganaba Trump era la reivindicación de las grandes referencias de sentido como la familia, la propiedad, la patria, los derechos universales, la fe, el valor del trabajo, el esfuerzo y el ahorro. El triunfo de Trump era el triunfo del patriotismo contra el progresismo de Kamala Harris.

     Y ganó Donald Trump, por fortuna, y con una ventaja contundente. Fue una paliza sin precedentes, porque a pesar de que Kamala sí obtuvo muchos votos, fue Trump el que le sacó la ventaja en todos los Estados “bisagra” o Estados indecisos: siete de siete. Así, el triunfo de Trump es el triunfo de los que están en el lado correcto de la Historia, en una contienda que sobrepasaba las rencillas entre dos partidos políticos para elevarse a la categoría de una batalla entre el bien y el mal.




     Gran parte del pueblo norteamericano lo entendió así y por eso salió a votar en masa. Los que apoyaban a Kamala eran los partidarios de la izquierda cultural que se ha extendido por todo el mundo, o lo que comúnmente conocemos como progresismo, que no solamente se suscribe a las izquierdas, sino a algún tipo de derechas libertarias. Por eso no es extraño ver a sujetos como Maduro o Petro que, aunque no lo dijeran, estaban haciéndole fuerza a la candidata del partido demócrata, y asimismo ver a periodistas como Jorge Ramos, Jaime Bayly, o a medios como CNN que, a pesar de ser anticomunistas, son claramente progresistas y no entienden que apoyar a Kamala es darle aire a las dictaduras socialistas en Hispanoamérica como la de Venezuela, y azuzar la hoguera de los conflictos en Ucrania, Israel, Oriente Medio o Taiwán. A aquellos les gusta el capitalismo, pero odian a Trump por sus maneras, en lugar de reconocer que fue el presidente que mejores cifras arrojó en materia de pacificación durante el cuatrienio 2016-2020.

     Los medios hegemónicos estaban, en su mayoría, con Kamala Harris. Por eso no es sorpresivo que, en sus encuestas, pagadas con plata de los demócratas, la dieran siempre como ganadora, aunque por una ventaja no muy superior. Dieron la impresión de haber estado recibiendo aportes de aquellos magnates interesados en que el gobierno demócrata continuara otros cuatro años más, porque son los que gobiernan para sus intereses. Pero fallaron en sus pronósticos y en sus deseos. Las encuestas y los medios se equivocaron. Por tanto, perdieron la credibilidad de la gente, quien, al parecer, está utilizando las alternativas de información independiente que ofrecen las redes sociales. Este es el principio del fin de las cadenas informativas tradicionales.




     Por Trump votó el 60% de los hombres blancos, el 53% de las mujeres blancas, un 55% de los hombres latinos, un 38% de las mujeres latinas, 21% de los hombres negros, 7% de las mujeres negras, 39% de los hombres asiáticos, 65% de los nativo-americanos indios, así como el 63% de las personas que no tienen educación superior, pero que saben leer mejor la situación de su país como si hubieran ido a la universidad; votó la mayoría de la clase media y la clase baja, preocupados por el alto índice de inflación que se les está comiendo sus ingresos; votaron la mayoría de personas en los sectores rurales, los habitantes de los pueblos más pequeños y olvidados, la mayoría de los cristianos católicos y cristianos evangélicos, el 53% de los padres de familia que todavía tienen viviendo a sus hijos consigo, el 51% de las mujeres casadas, la mayoría de los militares y las comunidades que nunca antes o que muy poco han participado en el ejercicio de la democracia. Tal es el caso de los Amish, esta comunidad religiosa que todavía parece vivir en el siglo XIX, pero que le aportaron por lo menos 150.000 votos a Trump en Pennsylvania, que era el Estado clave para estas elecciones. Y qué curioso que Trump ganó allí por sólo130.000 votos, de manera que se puede decir que fueron los Amish los que le dieron el triunfo a Trump en Pennsylvania.

     Por Kamala votaron, en su mayoría, los ateos, los gnósticos y los musulmanes. También los partidarios del aborto, las feministas, los chicos de la generación emotiva del wokismo, muchos de ellos votando porque Kamala les caía muy bien, y en cambio veían a Trump como el villano a odiar. El 60% de las personas que no votaban a favor de un candidato, sino en contra, decidieron votar a Harris por estar en contra de Trump, a quien odian de corazón. También votaron por ella en las ciudades grandes y superpobladas, y fue la candidata favorita de la mayoría de las celebridades cuya moralidad no es precisamente de una gran rigurosidad. Asimismo, estuvo apoyada por todas las izquierdas internacionales, fueran estas de corte socialista o progresista, y por las personas más privilegiadas a nivel económico, como los grandes metacapitalistas del tipo Soros y Gates que aportaron alrededor de mil millones de dólares para la campaña. Porque, si hubo una campaña a la que le inyectaron grandes cantidades de dinero, fue a la campaña de Kamala Harris.




     Lo que queda demostrado con las elecciones del pasado 5 de noviembre en Estados Unidos es que hay un inmenso sector de la población que está despertando, y no sólo están abogando por un cambio en la economía, sino por un cambio de la cultura. La gente está hastiada del wokismo y sus victimizaciones. El sector conservador se ha hecho sentir y el sentimiento patrio americano está aflorando nuevamente, despertado por ese anhelo, tal vez un poco utópico, de hacer grande a América otra vez.

     Independientemente de si se recupere la grandeza perdida o no, lo cierto es que con Trump al menos regresa la esperanza y el ciudadano se permite soñar, por lo menos por un par de meses, y creer que todo irá por buen camino. Sabe que a Trump no le gusta el intervencionismo, tampoco la idea de un “Estados Unidos Policía del Mundo”, porque él sólo quiere mirar hacia adentro, América primero. Menos estado, menos regulación, menos gasto público, menos impuestos. Al menos es la idea que pretende llevar a la práctica, y por el hecho de ser la idea correcta, la gente la apoyó.

     Pero también Trump es partidario de políticas que pueden resultar impopulares, y eso le ha valido el rechazo de muchos sectores que, por estar mal informados, han tomado a mal las motivaciones que tiene el presidente electo para atacar, por ejemplo, el tema de la inmigración ilegal, que se ha convertido en una bomba de tiempo para todo Estados Unidos. Y tendrá que hacerlo para ser coherente con sus promesas de campaña. En este punto es inevitable el uso de la fuerza del Estado para defender sus fronteras, como inevitable será también la crítica que le sobrevendrá.




     Porque ya se están preparando las Panteras Negras, los Black Lives Matter, los Antifa, y todos esos grupos radicales y violentos que se disfrazan de defensores de derechos humanos, pero que no son otra cosa que la subversión organizada y muy bien financiada para atentar contra el poder establecido en la Unión Americana. Ellos están para sembrar el pánico y van a reaparecer de la manera más extremista posible, como lo hicieron en 2019 y 2020, cuando precisamente Trump era presidente. La idea es sabotearle su gobierno, porque la progresía no se quedará de manos cruzadas cuando empiecen a combatirla. La idea es también hacer ver a Trump como un loco, un fascista, un violento, un racista, un misógino, y cuanto adjetivo le puedan endilgar con la ayuda de los medios de comunicación tradicionales para mermar su capacidad de gobernanza.

     Ya estuvo Kamala dando un discurso en una universidad pública, haciendo un llamado a la movilización y lavándole el cerebro a los idiotas útiles de los estudiantes con el pretexto de que no se rendirán. ¿No se les parece ese llamado al mismo que hizo un guerrillero colombiano cuando perdió las elecciones en 2018? ¡Y vaya cómo no dejó gobernar al presidente de turno!, que hasta le armó una toma guerrillera urbana y lo puso a tambalear. Pues bien, eso mismo es lo que viene para los Estados Unidos.




     No creamos que viene la paz, sino la confrontación. No creamos que se vienen tiempos de tranquilidad y abundancia, sino una situación tan tensa que pude poner a la nación a las puertas de una guerra civil, y no porque Trump esté dispuesto a hacer esa guerra, sino porque esa guerra se la querrán hacer a él y a su gobierno elegido democráticamente. El globalismo es un enemigo encarnizado, y más vale que los patriotas americanos estén dispuestos a dar la pelea para salvar a su patria de las garras globalistas, pues de lo contrario sobrevendrá algo mucho peor que lo que hoy se vive. Lo que está en juego es el futuro, la patria, la familia. Si estas cosas no movilizan a una defensa hasta con la propia vida, el americano estará perdido.

     Bien, ya reeligieron a Donald Trump, que era lo primero que se necesitaba. Ya ganó las elecciones por segunda vez; ahora lo que falta es que lo dejen ser presidente, que pueda llevar a cabo su programa de gobierno y terminar su mandato. Porque existe un gran riesgo de que esto no se cumpla: los perdedores ya están urdiendo su plan para que Trump no pueda ejercer el cargo ahora que ya fue elegido. Ustedes saben a lo que me refiero.




Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...