sábado, 25 de mayo de 2024
Los petristas tienen piojos
sábado, 18 de mayo de 2024
¿Y si dice sí?
¿Han escuchado hablar de La ventana de
Overton?
Joseph P. Overton (1960-2003), ex
vicepresidente del Centro Mackinac de Política Pública, es considerado el autor
de esta teoría. Este politólogo estadounidense desarrolló un modelo vertical de
categorías políticas que varían en un rango de “aceptable” a “impensable” con
relación a la intervención gubernamental y lo que el público considera como
bueno o malo. Así, la viabilidad política de una idea se define por este hecho
de opinión pública antes que por el pensamiento de los actores políticos.
En otras palabras, La ventana de Overton
es un tanteo a través del cual una política o una idea puede ser aceptada o
rechazada por el público. Dependiendo de la respuesta, esta ventana estaría lo suficientemente
abierta ante alguna medida disruptiva que en la sociedad pretenda implementarse.
En caso de que no, el trabajo de los gobiernos, organizaciones internacionales,
grupos de poder, entre otros, consiste en mover la ventana de modo que la
sociedad admita y avale ciertas políticas públicas y tenga una preferencia
especial por las opiniones que operen en beneficio de sus intereses a través de
la promoción de ideas radicales, del cambio de mentalidad, de la redefinición
de la moralidad, la exacerbación de las emociones, o de la mal intencionada
desinformación. Para no ir más lejos, La ventana de Overton es una
teoría que políticos, grupos de presión, ideólogos, intelectuales, activistas, medios
de comunicación, entre otros, saben usar muy bien para realizar manipulación
social y normalizar acciones que antes se habrían considerado censurables. Es
para saber hasta dónde pueden llegar.
Y es precisamente a través de la aplicación
práctica de esta teoría como ya han venido dando pasos en grande para legalizar
la pedofilia en el mundo que se dice ser “libre”.
Hace cuatro días apareció en Almería,
España, un cartel promovido por el Ministerio de Diversidad de España en el que
se ve el rostro de un niño de no más de diez años, y debajo el siguiente letrero:
“si dice no, no es sexo, es agresión.”. La campaña supuesta para prevenir el
abuso sexual infantil puede pensarse desde otra óptica: que sólo si el niño
dice no, entonces es ilícita la relación sexual con él. Pero… ¿y si dice sí?
Menos mal tuvieron en cuenta el
consentimiento de los niños; se ve que estos les importa mucho a los burócratas que
promueven esas políticas. ¿Por qué no tendrán en cuenta también su opinión para
poder votar, poder casarse o poder decidir cómo utilizar su tiempo libre? Es
obvio que a los degenerados que están detrás de todo este lobby sexual contra
los niños sólo les interesa corromperlos y tener vía libre para abusar de
ellos. Quieren legitimar la pedofilia y violarlos a todos. ¿Somos conscientes
los adultos de lo que le quieren hacer a la niñez del mundo? ¿O acaso nos han
corrido tanto la ventana de Overton que esto no nos mueve a ninguna reacción y
nos parece normal que el niño pueda consentir o no consentir una relación
sexual, todo porque nos dijeron que esto hace parte de sus derechos
fundamentales?
De modo que si un niño, afectado
por su ignorancia y su incapacidad de raciocinio, y movido por una curiosidad
mal sana que le han inculcado adultos pervertidos dice que sí, entonces ahí ya
no se consuma el abuso.
Según Irene Montero, la abominable ex ministra
de la Igualdad de España (Ministerio que en sí mismo es una abominación), todo
niño, niña, y hasta niñe (¡imbécil!) tiene derecho a tener relaciones
sexuales con quien quiera siempre y cuando el acto sea consentido. Esta tipa, que
lo más suavecito que se merece es una cachetada en la cara, habla muy
seguramente en nombre de Lucifer. Es una emisaria del mal, y mientras el diablo
no la reclame para su infierno, esta tipeja debería estar pudriéndose en una
cárcel.
Por cierto, hace unos meses estuvo en
Colombia asesorando a la vicepresidente Francia Márquez (otra emisaria del maligno)
para que pusiera en marcha su fallido Ministerio de Igualdad, que ya está
demandado. Pese a todo, dejó regada su semilla de corrupción y abuso de menores. No por nada, el Congreso colombiano va a aprobar un proyecto de ley que
se llama “Inconvertibles”, que busca castigar a los profesionales y a los padres
de los niños que sean tratados psicológicamente como producto de una disforia
de género. Según esta ley, si el niño dice que se identifica con el sexo opuesto,
ni los padres ni los médicos especializados tienen ningún derecho a realizarle
una mal llamada “terapia de conversión”, que en realidad sería una terapia de
afirmación, porque busca afirmar al niño en actitudes acordes con el rol del sexo
biológico con el que nació. Bajo el amparo de que hay que respetar la identidad
sexual del niño, que vaya uno a saber cómo adquirió esa identidad trastocada
con su sexo, no se lo puede orientar profesionalmente ni educarlo en los valores
que son facultativos de los padres en el seno del hogar en el que ese niño está
creciendo.
Desde luego, ni en esa ni en ninguna
terapia está permitido atentar contra la dignidad humana de ninguna persona, y
los casos de maltrato y tortura que se han denunciado tienen que ser castigados
por la ley, faltaba más. Sólo que se ha llevado al extremo la satanización de
las terapias de conversión, que de ninguna manera admiten profesionalmente los
tratos crueles, ni los choques eléctricos, ni la destrucción de la integridad
de la persona. Se trata más bien de un proceso terapéutico en el que el
acompañamiento de los médicos, los consejeros espirituales y los padres es imprescindible. Lo violento, en
todo caso, sería respaldar el tratamiento para encauzar la identidad sexual del
niño hacia el sexo contrario a su sexo biológico y proporcionarle hormonas,
medicamentos y hasta cirugías de amputación para amoldarlo a la imagen
distorsionada que tiene de sí mismo.
Pero la sexualización de los niños es una perversión
que no sólo legalizaron en España, sino que también se está extendiendo por los
países latinoamericanos. En Medellín, Colombia, bajo el mandato del “presuntamente”
corrupto alcalde Daniel Quintero, se impuso como política de su Secretaría de
Cultura que los Drag Queen les “leyeran cuentos” a los niños en los
jardines infantiles. Ya esta política se extendió a otras ciudades del país, y
ahora estos hombres maquillados obscenamente están reemplazando a los payasos y
a los titiriteros. ¿Por qué no dejan que los más indefensos de la sociedad
vivan su infancia en paz en lugar de que les estén pudriendo la cabeza con los
cuentos de la identidad sexual?
De modo que todo se reduce a si el niño quiso
o no quiso. Todo se suscribe a una voluntad que, dicho sea de paso, no está en
capacidad de ejercer. ¿Puede un niño elegir a un gobernante, comprar una
botella de licor o hacerse un tatuaje? Desde luego que no, porque entendemos
que todavía no está capacitado para tomar esas decisiones; no es un ser autónomo
ni independiente y además no posee la estructura ni las funciones cerebrales
desarrolladas para poder tomar una decisión a conciencia. ¿Por qué, entonces,
sí puede el niño elegir con quién acostarse? ¿Acaso esa no es una decisión que
lo marcará para el resto de la vida? ¿Acaso está capacitado para decir que sí?
Sentido común, que en la lógica del mundo
al revés no existe. Un niño o niña jamás podrá tener derecho a las relaciones
sexuales porque todavía ello no es de su dominio, y un adulto jamás podrá
someterlo a la pregunta de si quiere hacerlo o no. El que lo haga es un
pederasta, así de simple. ¿De qué consentimiento habla la asquerosa de Montero?
Repito: un niño no puede saber qué es lo que está consintiendo simplemente
porque es una persona en estado de vulnerabilidad e incapacidad de consentir, y
mucho menos frente a un adulto abusador.
De eso se trata el progresismo y sus
aberraciones, que siguen destruyendo la vida de los más vulnerables: a los no
nacidos los aborta, a los más pequeños los abusa, a los jóvenes los adoctrina, a
los adultos los empobrece y a los viejos los mata dizque por dignidad. Por eso
insisten con los tales derechos sexuales del niño. Pero permítanme tomarme la
licencia de decir que un infante tiene derecho a muchas cosas, menos a tener
relaciones sexuales. Debe tener derecho a la educación, a crecer en un ambiente
sano, a tener una familia compuesta por un papá y una mamá, a ser protegido de
los abusos por parte de quienes se inventan las políticas de la mal llamada “Educación
Sexual Integral”.
Pero el sexo no es un tema que deba tratarse
con los niños a no ser que sea para advertirlos de los abusadores. Y eso es
precisamente lo que no está haciendo la educación sexual. Al contrario, los
manuales que les enseñan están llenos de basura ideológica y los alientan a prácticas
sexuales prematuras y equivocadas, justo cuando no están en edad de comprender
el tema. Les enseñan a explorarse el cuerpo, a hacerse tocamientos, a tocar el
de los compañeritos, a asumir una identidad sexual que no se corresponde con su
biología, les hacen preguntas indebidas. En síntesis, los corrompen en las
escuelas y colegios, les desgracian la vida.
Vuelvo al inicio: ventana de Overton. Van empujando
de a poco el marco para saber hasta dónde les permitimos que lleguen. Lo que
antes era motivo de escándalo, con la apertura de la ventana de Overton se ha
ido normalizando. Un día se celebra una fecha por el orgullo de una orientación
sexual determinada en la que no tendría alguien por qué sentir orgullo de con
quién se va a la cama; otro día se aprueba que pueda existir el “matrimonio”
entre personas del mismo sexo; luego se permite que las parejas homosexuales
puedan adoptar niños; más adelante se ve con buenos ojos el asunto de la niñez trans;
luego se hace eco de que el sexo biológico no significa nada y que uno puede ser
lo que quiera; más adelante se legalizan las drogas, el aborto, el robo; en
fin, ahí nos van llevando, corriéndonos cada vez más la maldita ventana. Hasta
que llega el día en que nos parecerá hermoso que un niño o niña pueda consentir
su participación en una orgía con depredadores sexuales. Y a eso le llamamos
inclusión, diversidad, igualdad; los tres lemas de la revolución progresista
que está echando por tierra los valores de la humanidad.
Tengamos presente que si esta gente se ha atrevido a tanto es porque se lo hemos permitido con nuestro silencio y nuestra inacción. Esto ha permeado en nuestro sistema por falta de valentía de nuestra parte. No podemos unirnos como sociedad para rechazar duro estas iniciativas porque seguimos metidos en las redes, pensando en el partido de fútbol, en el paseo de vacaciones, en la rumba del fin de semana, en caerle bien a los demás, en cómo generar dinero para pagar las cuentas, en no ganarnos enemigos, pero somos incapaces de defender a nuestros propios hijos de una corriente que todo lo devora gracias a nuestra exasperante pasividad. Hablo como sociedad, porque en mi caso particular no tengo hijos, pero está claro que lo que estos degenerados, criminales, abusadores y pedófilos están haciendo con los niños es hablarles de su identidad sexual por delante, para poder sexualizarlos por detrás.
sábado, 11 de mayo de 2024
Perseguidores de Cristo
Recuerdo cuando en 1992, tras la recién
estrenada Constitución Política de Colombia, miles de ciudadanos salieron a
manifestarse, especialmente desde el sector educativo, contra el decreto que
abolía la cátedra de religión en los colegios oficiales y dejaba la puerta abierta para aplicarlo a los
privados. En ese entonces yo cursaba mi séptimo grado en el colegio Calasanz de
Pereira y no entendía nada de determinaciones políticas, pero los sacerdotes
escolapios nos decían que había que pronunciarse, porque sin la clase de
religión, toda la esencia de la educación perdía su razón de ser. Y una de esas
tardes, después de la jornada escolar, nos hicieron salir a la Plaza de Bolívar
para reclamar por nuestra debatida catequesis junto con estudiantes, profesores
y padres de familia de otros colegios de la ciudad.
Me acuerdo que las consignas nos la daban escritas
los profesores de cada curso en unos papelitos que debíamos aprendernos para salir
después a entonar los mensajes en la calle y asimismo exigir que se restituyera
la enseñanza religiosa en los colegios y nos respetaran la fe católica que
hasta 1991 había sido declarada como la religión oficial del país.
Nada de eso sucedió. Desde luego, la Constitución ya estaba redactada, aprobada y firmada, y lo que hicieran unos niños ridículos que no sabíamos ni dónde estábamos parados, y unos padres “camanduleros” que pagaban sus colegios de monjas y de curas, a los cuales les convenía continuar su proyecto eclesiástico para seguir obteniendo privilegios del Estado, no iba a servir de nada. Al menos así nos veían quienes se empeñaron en acabar con la clase de religión.
El catolicismo dejó de ser el único culto porque la Constitución estableció la libertad de cultos, y por tanto la enseñanza religiosa no podía imponerse como una cátedra obligada en los centros educativos. Fue así como la antigua clase de catequesis en la que nos enseñaban los conocimientos básicos de teología católica-cristiana quedó abolida de una vez y para siempre, sustituyéndose por materias como Comportamiento y Salud, Axiología, Ética y Valores, Convivencia Ciudadana, Cátedra de Paz, y por supuesto, la controvertida Educación Sexual Integral.
Esta última, hoy día no es más que un
instrumento para corromper menores y despertarlos a la práctica prematura y
desordenada de las relaciones sexuales. En ello son cómplices los padres de
familia inconscientes, los maestros indolentes, los directivos ambiciosos y los
funcionarios de la educación que le vendieron su conciencia a las imposiciones
del Estado para poder seguirse comiendo su plato de lentejas sin que nadie los
molestara.
Todo, con tal de quitar a Dios de la mente de los niños y los jóvenes. Máxime al Dios de los católicos, acusado de perpetrar los más horrendos crímenes de la Historia de la humanidad y de mil años de oscurantismo en donde la ciencia no pudo avanzar. Tema que habría que revisar, pues el desprestigio de la Iglesia ha servido para alimentar la narrativa de sus enemigos, quienes no reconocen, por ejemplo, que el modelo de la educación en las escuelas y universidades comenzó desde el mismo seno de la Iglesia. Baste recordar de dónde viene el término escolástica.
Volviendo al tema, de eso se trataba el
plan, puesto en marcha para que quienes no se sintieran parte del catolicismo
pudieran tener la oportunidad de ser respetados en sus creencias. Lo cual está
muy bien, pues estos no entendían por qué a sus hijos se les tenía que hablar
en los colegios de la Doctrina de la Iglesia, del papa, de la Santísima
Trinidad o de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. No se le puede imponer
a nadie la fe por la espada.
Hasta
cierto punto tenían razón. Sólo que estos padres no previeron que a través de
la educación laica el Estado no les estaba otorgando propiamente el aval para profesar
sus propias creencias. Al contrario, la educación laica habría de convertirse,
treinta años más tarde, en la nueva religión. El laicismo, propuesto como modelo
de comportamiento e independencia ideológica, no es tanto la decisión de
subordinar las creencias al fuero interno de cada uno, como la imposición paulatina
de una nueva doctrina oficial; lo que implica que ya no se educa en nombre de
Dios, sino en el del Estado. Ni siquiera de la patria, sino en el del absoluto y
soberano Estado, que es una cosa muy diferente.
Nos preguntamos, entonces, en qué consiste
esa religión laicista que nos conmina a abrir nuestra mente y no creer en relatos
mitológicos que “lo único que le han dejado a la humanidad han sido guerras y
odio en nombre de Dios”, como dirían los antirreligiosos. Y no debiera ser así,
desde luego. Los hombres se han equivocado y han cometido toda clase de
perversiones, incluso en la manera de amar a un ser superior, pero no por eso
hay que olvidarse de Él. Pues bien, la ideología que se propuso como canje no
es la defensa de ningún valor católico. Ni siquiera cristiano. No es la defensa
de la vida, ni de la familia, ni de los derechos naturales que Dios ha
concedido al hombre y que ningún ser humano debiera quitarle. En este sistema
no existen las Sagradas Escrituras como fuente para la construcción de un
Estado.
La Carta Magna que nos rige desde 1991 y
que ahora pretende ser reemplazada por el gobierno de turno en aras de validar una
Constitución donde debe primar el laicismo (léase comunismo o ateísmo), ha sido
válida para no tener un Estado confesional, algo en lo cual coincidimos la
mayoría de los colombianos. Pero también fue la puerta de entrada a todo tipo
de creencias que devinieron en la desaparición del Dios Creador. La libertad
que nos dieron los hombres no ha sido suficiente para vivir en paz y armonía,
como se supone que deberíamos vivir si aceptamos todas las confesiones y las
respetamos unas a otras. No fue suficiente, porque al restarle valor al Dios cristiano
de la cultura occidental permitimos que toda clase de afirmaciones sin sustento
permearan la sociedad y las ponderamos como fruto de la libre expresión del ser
humano. El resultado: la decadencia de nuestra sociedad.
En estos tiempos en que la palabra moral
pasó ser un vocablo en desuso, tanto a nivel lingüístico como al nivel de la
vida práctica, no nos debemos aterrar, pues, que los nuevos vientos traigan consigo
la degradación que es propia de las sociedades en donde el juicio de lo bueno y
de lo malo tiene que ser aplacado por el ethos reinante, cuyo dominio
insiste en que la clave de la resolución de los problemas no está en la
arrogante facultad de catalogar algo como bueno o como malo, sino definir ese
algo en términos de la diferencia: ninguna opinión será buena ni mala per sé,
simplemente, diferente.
Vaya pues el eufemismo que se idearon los progres
de los tiempos contemporáneos para decir que todo se valora según el criterio
unívoco de cada quien. “Cada quien tiene su verdad”, dicen, por ejemplo, a modo
de paraguas contra el buen juicio y el sentido común, que es lo mismo que decir
“no existen hechos, sólo interpretaciones”. Con esa sombrilla moral se podrá
uno proteger contra una leve brizna, pero el día en que caigan rayos y
centellas todos vamos a salir chamuscados.
Si la verdad estuviera en el corazón de
cada uno, entonces seríamos buenos por naturaleza y la maldad se habría
extinguido hacía rato. Seríamos seres de luz y no tendríamos necesidad de
recurrir a Dios porque todos seríamos los dioses de nuestro universo. ¿No es
acaso eso mismo lo que está experimentando la humanidad entera? Habitamos un
planeta en donde somos ocho mil millones de planetas, cada uno con su propio
sistema de luces y de sombras, y en donde existe esa misma cantidad de dioses para
regir los destinos de la humanidad.
Pero si nos atenemos a lo que dicen las
Escrituras del cristianismo, tenemos que aceptar que nadie más que Dios decide
lo que es bueno y lo que es malo. Y nadie más que Él es quien conoce la verdad.
De hecho, Él es en sí mismo la verdad. ¿Y cómo se llega a esa verdad? Por un
camino, que también lleva su nombre: el camino, la verdad y la vida de los que
nos habló Jesús en las escrituras, además de señalarnos que es a través de Él
como se llega al Padre.
Hoy, cuando la fe en nuestro país y en el
mundo sigue en picada, cuando creemos tontamente que las leyes humanas son las
que nos van a salvar, encontramos cada vez más ancho el diámetro del hueco que abarca
nuestro vacío. De nada sirven tratados de paz, acuerdos internacionales, asambleas
de la ONU, organizaciones para la cooperación, fondos para ayuda, agendas
medioambientales, luchas contra la discriminación racial, religiosa, étnica y
demás, y no sé cuántas otras causas, constituciones políticas con sus
respectivas reformas, asociaciones civiles, oficinas para la defensa de los
derechos humanos, instauración de políticas educativas nuevas para combatir los
abusos y las fobias, ministerios de la igualdad, discursos de reivindicación de
las minorías, ideologías baratas que son adaptadas según las conveniencias de
los grupos de interés; en fin, de qué sirven tantas leyes humanas, tantas
políticas, tanta energía invertida por parte de unos e interés secundario de
parte de otros, cuando nos hemos olvidado de las leyes divinas.
Quitemos a Dios de nuestras vidas y estaremos destinados a fracasar. Con seguridad. Luego nos preguntamos por qué fracasan los países, las sociedades, las asociaciones de personas, los sistemas económicos, la educación, la mentalidad humana. Todo fracasa porque nos ausentamos de la verdad, nos despedimos de la moral, nos despojamos de la compasión. Eso que nos hace humanos no es la humanidad en sí, sino un pequeño componente divino con el cual fuimos confeccionados. Quitemos ese componente y sabremos lo que es el envilecimiento, la degeneración, el salvajismo, la maldad del corazón.
Y con medidas aparentemente tan “igualitarias”
e “inclusivas” como la de quitar la clase de religión de los colegios o cerrar
las capillas en los aeropuertos con el simple pretexto de que debe haber
libertad de cultos, estamos removiendo a Dios de nuestras vidas. O más bien nos
lo están removiendo a la fuerza. Por congraciarse con la minoría, a la cual se
le garantizan hoy todos sus derechos, se sacrificaron los derechos de la
mayoría. ¿Habrá alguien que se atreva a quitar una mezquita en Medio Oriente
sólo porque no se siente identificado con las creencias islámicas?
Puede ser que a algunos no nos guste la
religión o tengamos serios cuestionamientos contra el papa, pero en Colombia,
por ejemplo, somos un país de mayoría católica-cristiana, y eso no hay que
olvidarlo. Sólo que hoy gobierna la minoría; los que nos quieren despojar de nuestra
fe, los que no creen en nada más que en el poder del Estado… y el Estado son
ellos mismos.
No por ello habría que volver a los tiempos de la inquisición ni a la persecución de los credos diferentes. Y en eso se están convirtiendo, precisamente, los laicistas: en los perseguidores de Cristo.
sábado, 4 de mayo de 2024
Otra fecha que se robaron los comunistas
Los
invito a que nos transportemos a una época coyuntural de la Historia Universal,
como suelen ser casi todas las épocas vividas por la Humanidad. Está finalizando
el siglo XIX, más exactamente, vamos al año de 1886. La industria metalmecánica
y siderúrgica se expande rápidamente en los Estados Unidos, especialmente en el
Estado de Illinois y su capital, Chicago, que por ser el único puerto con
salida a la zona este del país a través de una imbricada conexión de lagos y
ríos hacia el norte, se ha convertido en este tiempo en un punto clave para el
desarrollo de la industria y un centro de economía mundial. Las fábricas tienen
sus calderas encendidas a toda potencia día y noche, y así como las máquinas y
los hornos no descansan, pareciera que los trabajadores que los operan tampoco
lo pueden hacer. Hay un auge de la productividad, y es un momento para poner en
marcha los avances y los descubrimientos científicos que trajo consigo la
llamada Segunda Revolución Industrial.
No obstante, las condiciones infernales en las que pueden trabajar las máquinas son imposibles para los seres humanos, quienes están expuestos a situaciones extremas de temperatura, gases, polvo, contaminación y mala higiene. Los obreros no tienen condiciones de seguridad, están asumiendo el riesgo de enfermarse y perder su vida, quedando así fuera de circulación antes que cualquier ingenioso artefacto surgido del avance tecnológico. Los seres humanos no son máquinas de trabajo, y eso tiene que hacérselo entender el obrero a los patronos capitalistas.
Por
otra parte, las protecciones legales son inexistentes y los salarios son apenas
para subsistir en condiciones miserables. Hay que ver que en este tiempo de
finales del siglo XIX se trabajan jornadas mínimas de dieciséis horas al día
durante seis o hasta los siete días de la semana, y no se tiene contemplación
para personas que por su condición no pueden desarrollar el mismo potencial
físico, como los niños o los ancianos, que “trabajan en minas, fábricas e
industrias en las mismas condiciones laborales degradantes que los adultos”.[1]
Por
dichas razones, los movimientos obreros activos de la ciudad de Chicago,
azuzados por sindicalistas socialistas y anarquistas, se movilizaron el 1 de
mayo de 1886 en diversas y masivas protestas que duraron más de tres días, en pos
de unos derechos justos, entre los cuales exigieron una jornada laboral de ocho
horas y mejores ambientes de trabajo.
Pero las
marchas no hubieran pasado de ser unas marchas comunes del movimiento obrero,
como otras tantas que ya se habían intentado, si no hubiese sido por el
componente trágico que tuvieron las del día tercero de la jornada. Ese día,
mientras los obreros protestaban en la Plaza de Haymarket de Chicago, una bomba
estalló matando a agentes de policía y varias personas que se encontraban allí.
Como respuesta, las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra los
manifestantes, agravando así el saldo trágico de la situación.
Lo
que siguió de allí en adelante fue una cruzada intensa de represión contra los líderes
del movimiento sindical obrero por parte de los cuerpos policiales, los cuales
detuvieron a más de treinta personas; tres de ellos fueron sentenciados a
prisión, y cinco fueron condenados a muerte. A estos condenados se les conoció
más tarde como Los Mártires de Chicago.
Fue
en 1889 cuando el Congreso Obrero Socialista estableció el 1 de mayo como la
fecha para hacerle honor a los trabajadores del mundo: el Día Internacional del
Trabajador, conmemorando al tiempo lo que fue La Masacre de Haymarket,
en memoria de los obreros líderes del movimiento que fueron culpados y llevados
al patíbulo.
También
en Francia, en 1919, surgió la confirmación oficial para la conmemoración de
esta fecha, cuando se ratificó la jornada de trabajo de ocho horas. En 1920, la
efeméride fue adoptada en la Unión Soviética. Allí se convirtió en una jornada
importante que los líderes socialistas usufructuaron para animar a sus
seguidores a unirse en la lucha contra el capitalismo. Especialmente, en los
países del bloque socialista se hicieron grandes desfiles en los que el
despliegue del poderío militar soviético estuvo a la orden del día.
El 1o de mayo se convirtió, entonces, en una celebración de la que se apropió el Partido Comunista a nivel mundial, sobre todo en el escenario de la Guerra Fría.
Por
esta y otras razones que aquí no vienen al caso, en países como Canadá y
Estados Unidos no se acogió la fecha del primero de mayo como el día de los
trabajadores, sino que la adoptaron en septiembre, para evitar que los
sindicalistas radicales miembros del Partido Comunista, identificados como
parte de la izquierda Internacional, salieran ese día a las calles y se
valieran de ello como un pretexto para fortalecer una revolución comunista en
los Estados Unidos. “El grueso del movimiento laboral no se identificaba con la
izquierda radical, por lo que escogieron otro día”[2],
y ese día se denomina actualmente el Labor Day, siendo el primer lunes
de septiembre.
Con
la caída del socialismo y en especial con la disolución de la URSS en la década
de los noventa, las marchas del día del trabajo perdieron fuerza, especialmente
en Europa del Este. No obstante, en casi todos los países del mundo se siguió
teniendo presente esta celebración al punto de que hoy se reconoce como un día
feriado en honor a “las luchas históricas y logros de la clase trabajadora y
del movimiento obrero”[3]
para revalidar los derechos de los trabajadores y de los ciudadanos en general.
Sólo que durante todo el siglo XX y lo que va corrido del XXI hemos sido testigos de cómo la Internacional Comunista se apoderó de la defensa de los trabajadores como si sólo a esta ideología le perteneciera la clase obrera. Cada primero de mayo se enarbolan las banderas del martillo y la hoz y el comunismo saca pecho por los trabajadores, aunque sabemos que esta es una falsa defensa.
Hoy,
cuando comprobamos el fracaso del comunismo en donde quiera que se ha querido
implementar, este nefasto sistema trata por todos los medios de ponerse en pie
con el disfraz del progresismo. Por fortuna, se está comenzando a ejecutar la
operación inversa; es decir, que son los trabajadores los que le están
arrebatando el sentido de la conmemoración del primero de mayo a la causa
ideológica que los ha instrumentalizado desde siempre.
Porque fueron las luchas de los verdaderos trabajadores las que lograron
la mejora de los salarios y la reducción de la jornada laboral. Cuando la clase
obrera presiona para obtener leyes justas y luego recibir con beneplácito unas mejores
condiciones para continuar trabajando, son los anarquistas del comunismo los
que se molestan con ellos porque estos últimos no quieren que el conflicto
termine allí. No les interesa si los obreros tienen vacaciones, horas extras o
pago de bonificaciones. Lo que buscan es utilizar al trabajador para llevarlo a
una revolución.
Al
contrario de lo que predican, es al comunismo al que no le conviene que el proletario
gane más, mejore su calidad de vida o tenga más tiempo libre, pues para ellos
la felicidad del obrero es su principal enemigo. Si este percibe un mayor
salario, eso lo empodera para adquirir bienes y servicios, y por tanto llegar a
ser el dueño de su propiedad. Al comunismo le aterra esa salida digna. Para dicho
sistema conviene más un trabajador derrotado, cansado, resentido, pobre, pues
así es fácilmente manipulable, como en efecto ocurrió durante las revoluciones obreras
de fines del siglo XIX y principios del XX.
Porque
el comunismo no representó nunca a los trabajadores, y paradójicamente fue el
capitalismo el que los sacó de la pobreza, no al revés. El trabajador del siglo
XX está interesado en cambiar de auto, comprar una casa y poder viajar. La
izquierda, entonces, tuvo que buscar otros actores para su fallida revolución. Al
no poder profundizar la división y el odio a través de la exacerbación del
trabajador, que gracias a los avances tecnocientíficos ahorró tiempo y esfuerzo
en su labor, viró hacia un nuevo sujeto para conducirlo a una lucha por la mal
llamada “justicia social”: el intelectual. De ahí que las universidades se
hayan convertido en centros de adoctrinamiento y semillas de resentimiento.
Marx, que habló en
favor de los obreros, nunca trabajó en su vida. Jamás vivió como un obrero,
sino como un parásito. Primero de los ahorros de su familia, y luego del
patrocinio que le brindó Engels, el hijo de un capitalista que también lo tuvo
todo y se atrevió a desafiar a su padre.
Por ello no nos
extrañe ver hoy día a los comunistas que reniegan del trabajo duro. Muy pocos
de ellos suelen ser obreros contratados en empresas del sector privado que
quisieran salir adelante por sus propios méritos. Generalmente, se ubican en el
sector público, pues las competencias en las que se especializaron no son
apetecidas por el mercado ni desembocan en el trabajo material orientado a la
producción, que es propio de los obreros que ellos tanto dicen representar. No
hay nada más delicado que las manos de un comunista, que carecen de callos.
El
mismo comunismo, que es una ideología materialista, invita hoy a no tener nada,
pero ser feliz a pesar de todo. Desde luego, ese despojo de los bienes
materiales lo desea para sus militantes, mas no para los líderes de los
partidos, que gustan vivir a cuerpo de rey y disfrutar de todos los bienes y
servicios que el capitalismo ha generado. Los comunistas, que por excelencia
han sido los propagadores de la violencia, hoy son los adalides de los derechos
humanos y de la “justicia social”.
Pero
esa justicia social no es quitarle a los que tienen y darle a los que no tienen
para tratar de compensar las carencias. Yo diría, más bien, que para ser justos
lo que toca es ser responsables primero. Responsabilidad social, sería el
nombre adecuado del término, pues es el compromiso de devolverle a la sociedad
lo que es justo que ella reciba. Cuando actuamos con responsabilidad estamos al
mismo tiempo siendo justos en correspondencia con los derechos de los demás.
Esa debiera ser la tal “justicia social”.
Pero no
importa cuán legítima sea la manifestación de los trabajadores si la ideología
empobrecedora que los pone en contra de sus patrones siempre está ahí para incitarlos
a una fallida revolución de la que solo queda miseria y muerte.
El
pasado miércoles 1o de mayo, por ejemplo, se evidenció el robo de la
conmemoración internacional del trabajador por parte del presidente colombiano.
Fiel a su tradición de apropiarse de lo público, se apropió de la marcha de los
trabajadores para capitalizar sus intereses demagógicos, difundir el odio, la
lucha de clases y la combinación de todas sus formas, así como la división de
su propio país. Se aprovechó de una clase social, la clase trabajadora, para
seguir esparciendo el veneno de un comunismo que no ha hecho otra cosa que
empobrecer al pueblo y envilecerlo. Desde luego que llenó la Plaza de Bolívar,
pero con gente de la minga indígena que mandó a traer del Cauca en las chivas
destartaladas que van arrasando todo a su paso como si se tratara de un convoy de
pandilleros, tanto que ni las normas de tránsito respetan.
Y
allí se congregaron, el Día del Trabajador, a gritarle vivas al presidente: los
de la minga, que no trabajan, pero a los que hay que pagarles su venida con la
plata del presupuesto nacional.
Por
su lado, los obreros, campesinos, mineros, jornaleros, informales y demás
trabajadores honrados del país salieron a las calles a exaltar una lucha que
cada año se conmemora en honor a ellos, que son los verdaderos héroes de la
nación, pues son los que están en la base del aparato productivo. Pero se les
veía en los rostros la decepción y la vergüenza. Por una parte, porque debieron
ser ellos los protagonistas de una marcha que cada vez más se sigue satanizando
por el prurito de la ideología aborrecible que se les coló en su causa. Por
otra parte, porque el presidente colombiano les robó su celebración para
exaltarse a sí mismo y lanzar ataques contra sus detractores hasta que saliera espuma
de su boca.
[1] National Geographic. (1 de mayo de 2023). ¿Por qué se celebra el 1
de mayo el día del trabajador? Historia y Cultura.
https://www.nationalgeographicla.com/historia/2023/04/por-que-se-celebra-el-1-de-mayo-el-dia-del-trabajador
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