sábado, 25 de mayo de 2024

Los petristas tienen piojos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Confirmado, comprobado. La evidencia es irrefutable. Yo siempre tuve la sospecha de que los militantes petristas eran unos piojosos, y he aquí que el petrista mayor, el modelo de estadista a seguir, la cabeza más brillante de Colombia; es decir, el mismo Petro, nos dio la razón a los que desde el primer momento lo intuimos.

   Supongo que esa es la verdadera explicación de su ya confirmada alopecia. El presidente no se ha quedado calvo por un asunto de edad o de genética, o porque ello sea un requisito para pertenecer a alguna logia masónica, o por un mal procedimiento en un implante folicular hecho por los médicos cubanos que próximamente serán importados a Colombia, producto de la Reforma a la Salud. Nada de eso: el presidente ha tenido que prescindir de su otrora exuberante cabellera (no la que tenía en sus tiempos de congresista, sino la de sus tiempos de guerrillero) debido a que por desgracia fue portador de unos insectos sin alas que succionan la sangre humana: los piojos.

  Aclaro que cuando utilizo el término “piojosos” no lo hago en forma peyorativa, o por lo menos no es esa mi intención. En ningún momento estoy diciendo que los petristas son unos sucios, unos desastrados, unos andrajosos, unos miserables. No hablo de eso, Lo que quiero decir es que tal vez su mayor problema se deba simplemente a que tienen piojos en la cabeza, o sea, que sean unos piojosos porque son portadores de este bicho que produce una comezón irresistible, y no por otra cosa. Y si así fuere, habría que dar gracias a la “Madre Tierra”, porque si la cosa es por los piojos, no hay nada que no se pueda solucionar con un buen pesticida, como el que habría que esparcir sobre los cultivos de coca. Algo así como un glifosato, pero para la cabeza.


    En todo caso yo siempre sospeché de la comezón petrista porque cada que discutía con uno de ellos y le hacía una pregunta de la cual no podía zafarse tan fácilmente, el primer acto reflejo era llevarse una mano a la cabeza y rascarse como quien está pensando una respuesta inteligente. Al principio creí que se trataba simplemente un mecanismo de compensación, una postura intelectualoide para hacerse ver como gente letrada, pero a medida que el gobierno de Petro fue agravando la crisis del país, a los petristas no les quedó más remedio que hurgarse el cuero cabelludo como si estuvieran frotando la lámpara de Aladino para encontrar algún argumento en defensa de su ídolo. Ahí está la prueba de que lo que tenían no eran argumentos, sino piojos.

    Tal vez a esto se deba la pobreza de sus ideas y la incapacidad para razonar: los piojos no sólo han hecho estragos en su epidermis, sino que también les han venido succionando la materia gris. Se han incubado en las neuronas, y el problema se ha agudizado de tal manera, que a estas alturas ya no vale un buen champú antipiojos, sino un trasplante de cerebro.

    Por eso preocupa que los piojos, que a nuestro presidente ya le han saqueado los folículos capilares, le terminen carcomiendo el juicio. Eso explica muchas de sus salidas en falso, de sus ínfulas de dictador y de su mala sangre para con el pueblo. Ya entiendo que quien habla no es el representante de una “Colombia humana”, sino de una “Colombia piojosa”.


    Según estudios recientes que han hecho los profesores de biología de Fecode, existen dos hipótesis para lo que le está pasando al presidente Petro. La primera hipótesis es que la que él llama “La señora de siempre” le ha generado una cantidad de cortisol tan abrumadora por todos los escándalos que le ha sacado a la luz pública, que hizo que el presidente se estresara más de la cuenta, y por tanto su cabello no resistiera la embestida.

    La segunda hipótesis es que podría tratarse de una enfermedad llamada sarna, pero los dermatólogos especialistas aún no han descubierto los túneles bajo la piel que escarba el ácaro responsable de dicha infección. La obsesión de este parásito por cavar túneles es tan intensa que al final termina produciendo lesiones en la piel como ampollas y costras. Quién sabe, a lo mejor ello tenga que ver con el obstinado empeño del presidente en que el metro para Bogotá sea subterráneo. Él, hombre experto en la clandestinidad, sabe que bajo la superficie y en las sombras el mal se mueve a sus anchas.

 Pese a todo, las hipótesis quedan descartadas porque el presidente muy seguramente tuvo que aplicar medidas de choque para erradicar el mal de su cabeza. Él tendrá que reconocer su intención de entablar unos diálogos con los piojos y sus disidencias, y de hecho les permitió todo tipo de desmanes hasta que el ardor fue más fuerte que su voluntad de paz total. Intentó tranzar con ellos enviándoles dinero a través de unos cuantos funcionarios corruptos que se le colaron en su gobierno, pero los piojos no se dejaron sobornar. Así las cosas, no hubo más remedio que llevarlos al “suicidio”, como suelen suicidarse los testigos que se vuelven una piedra en el zapato.


    Hay que anotar que el prolongado uso de la gorra durante estos últimos dos meses sirvió para tapar el piojicidio que se estaba llevando a cabo en la mollera presidencial. Por los espinosos temas de la paz que abandera el gobierno, no era conveniente dejar ver los cadáveres de los piojos auto masacrados con el pediculicida que, según Medicina Legal, los piojos mismos esparcieron sobre la cabeza del presidente para inmolarse. Una aclaración: cuando menciono la palabra pediculicida en ningún momento estoy insinuando que el caballero en cuestión tenga alguna tendencia o aberración de esas que son tan comunes hoy en día, gracias a la ideología de la Nueva Izquierda.

   Yo sólo espero que este lamentable episodio por el que atraviesa nuestro presidente Petro no sea tomado como motivo de burlas y como pretexto para crear memes en las redes sociales habiendo cosas tan importantes que discutir en Colombia, como por ejemplo el rescate de los cadáveres de los “obreros revolucionarios” que construyeron el Canal de Panamá hace más de cien años.

    Es que no veo por qué hay que reírse del aspecto físico del presidente. Un petrista jamás haría eso ni siendo caricaturista. Jamás se ha tenido noticia de que en otros gobiernos los petristas se hayan burlado por los zapatos que usa un mandatario o porque este se parezca a un animal de buen sabor. Esta noble gente que siempre se distinguió por la mesura y el respeto al que piensa diferente jamás se hubiera atrevido a hacer un chiste de mal gusto sobre la apariencia de un contradictor. El expresidente Duque puede dar fe de eso.


    Pero tampoco hay por qué alarmarse por esta pérdida de pelaje. Según la ciencia, muchas especies animales (incluido el hombre) se quedan sin pelo cuando afrontan una etapa crucial de su desarrollo. En el suborden de los miomorfos, mamíferos roedores Rattus, por ejemplo, estos mudan su pelaje al promediar su edad adulta y sobre su cuero crece una pelambre roída, cochambrosa y dispareja de consistencia débil y espinosa en algunos tipos, o lanuda y espesa en otros, muy similar a lo que está ocurriendo hoy sobre la cabeza del presidente.

    No sé si sea ese su caso, pero ya habría que acudir a un taxonomista muy versado para que aclare si el presidente pertenece a la especie de las ratas o no. Al menos en su equipo de gobierno ya se ha descubierto que se filtraron unas cuantas. Se dice que unas están en Londres, otras en Italia, y otras presiden algunos ministerios, dirigen empresas del Estado y oficinas de prosperidad social.


      Seguiremos informando cómo evoluciona la salud capilar del presidente. De momento se están recibiendo donaciones de gorras en la Casa de Nariño con todo tipo de estampados y símbolos culturales a nivel mundial, excepto aquellas que tienen la estrella de David.

    Los dejo por hoy: ya ha comenzado a picarme la cabeza y eso sí que me preocupa, no tanto porque me quede calvo, que es muy posible de aquí a unos años, sino porque corro el riesgo de volverme petrista.

sábado, 18 de mayo de 2024

¿Y si dice sí?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    ¿Han escuchado hablar de La ventana de Overton?

    Joseph P. Overton (1960-2003), ex vicepresidente del Centro Mackinac de Política Pública, es considerado el autor de esta teoría. Este politólogo estadounidense desarrolló un modelo vertical de categorías políticas que varían en un rango de “aceptable” a “impensable” con relación a la intervención gubernamental y lo que el público considera como bueno o malo. Así, la viabilidad política de una idea se define por este hecho de opinión pública antes que por el pensamiento de los actores políticos.

    En otras palabras, La ventana de Overton es un tanteo a través del cual una política o una idea puede ser aceptada o rechazada por el público. Dependiendo de la respuesta, esta ventana estaría lo suficientemente abierta ante alguna medida disruptiva que en la sociedad pretenda implementarse. En caso de que no, el trabajo de los gobiernos, organizaciones internacionales, grupos de poder, entre otros, consiste en mover la ventana de modo que la sociedad admita y avale ciertas políticas públicas y tenga una preferencia especial por las opiniones que operen en beneficio de sus intereses a través de la promoción de ideas radicales, del cambio de mentalidad, de la redefinición de la moralidad, la exacerbación de las emociones, o de la mal intencionada desinformación. Para no ir más lejos, La ventana de Overton es una teoría que políticos, grupos de presión, ideólogos, intelectuales, activistas, medios de comunicación, entre otros, saben usar muy bien para realizar manipulación social y normalizar acciones que antes se habrían considerado censurables. Es para saber hasta dónde pueden llegar.   



    Y es precisamente a través de la aplicación práctica de esta teoría como ya han venido dando pasos en grande para legalizar la pedofilia en el mundo que se dice ser “libre”.

    Hace cuatro días apareció en Almería, España, un cartel promovido por el Ministerio de Diversidad de España en el que se ve el rostro de un niño de no más de diez años, y debajo el siguiente letrero: “si dice no, no es sexo, es agresión.”. La campaña supuesta para prevenir el abuso sexual infantil puede pensarse desde otra óptica: que sólo si el niño dice no, entonces es ilícita la relación sexual con él. Pero… ¿y si dice sí?  

    Menos mal tuvieron en cuenta el consentimiento de los niños; se ve que estos les importa mucho a los burócratas que promueven esas políticas. ¿Por qué no tendrán en cuenta también su opinión para poder votar, poder casarse o poder decidir cómo utilizar su tiempo libre? Es obvio que a los degenerados que están detrás de todo este lobby sexual contra los niños sólo les interesa corromperlos y tener vía libre para abusar de ellos. Quieren legitimar la pedofilia y violarlos a todos. ¿Somos conscientes los adultos de lo que le quieren hacer a la niñez del mundo? ¿O acaso nos han corrido tanto la ventana de Overton que esto no nos mueve a ninguna reacción y nos parece normal que el niño pueda consentir o no consentir una relación sexual, todo porque nos dijeron que esto hace parte de sus derechos fundamentales?

    De modo que si un niño, afectado por su ignorancia y su incapacidad de raciocinio, y movido por una curiosidad mal sana que le han inculcado adultos pervertidos dice que sí, entonces ahí ya no se consuma el abuso. Habrase visto la clase de porquería de personas que tenemos en los gobiernos que están legislando para empujar a los niños a la cama de los depredadores sexuales.



    Según Irene Montero, la abominable ex ministra de la Igualdad de España (Ministerio que en sí mismo es una abominación), todo niño, niña, y hasta niñe (¡imbécil!) tiene derecho a tener relaciones sexuales con quien quiera siempre y cuando el acto sea consentido. Esta tipa, que lo más suavecito que se merece es una cachetada en la cara, habla muy seguramente en nombre de Lucifer. Es una emisaria del mal, y mientras el diablo no la reclame para su infierno, esta tipeja debería estar pudriéndose en una cárcel.

    Por cierto, hace unos meses estuvo en Colombia asesorando a la vicepresidente Francia Márquez (otra emisaria del maligno) para que pusiera en marcha su fallido Ministerio de Igualdad, que ya está demandado. Pese a todo, dejó regada su semilla de corrupción y abuso de menores. No por nada, el Congreso colombiano va a aprobar un proyecto de ley que se llama “Inconvertibles”, que busca castigar a los profesionales y a los padres de los niños que sean tratados psicológicamente como producto de una disforia de género. Según esta ley, si el niño dice que se identifica con el sexo opuesto, ni los padres ni los médicos especializados tienen ningún derecho a realizarle una mal llamada “terapia de conversión”, que en realidad sería una terapia de afirmación, porque busca afirmar al niño en actitudes acordes con el rol del sexo biológico con el que nació. Bajo el amparo de que hay que respetar la identidad sexual del niño, que vaya uno a saber cómo adquirió esa identidad trastocada con su sexo, no se lo puede orientar profesionalmente ni educarlo en los valores que son facultativos de los padres en el seno del hogar en el que ese niño está creciendo.

    Desde luego, ni en esa ni en ninguna terapia está permitido atentar contra la dignidad humana de ninguna persona, y los casos de maltrato y tortura que se han denunciado tienen que ser castigados por la ley, faltaba más. Sólo que se ha llevado al extremo la satanización de las terapias de conversión, que de ninguna manera admiten profesionalmente los tratos crueles, ni los choques eléctricos, ni la destrucción de la integridad de la persona. Se trata más bien de un proceso terapéutico en el que el acompañamiento de los médicos, los consejeros espirituales y los padres es imprescindible. Lo violento, en todo caso, sería respaldar el tratamiento para encauzar la identidad sexual del niño hacia el sexo contrario a su sexo biológico y proporcionarle hormonas, medicamentos y hasta cirugías de amputación para amoldarlo a la imagen distorsionada que tiene de sí mismo.  



    Pero la sexualización de los niños es una perversión que no sólo legalizaron en España, sino que también se está extendiendo por los países latinoamericanos. En Medellín, Colombia, bajo el mandato del “presuntamente” corrupto alcalde Daniel Quintero, se impuso como política de su Secretaría de Cultura que los Drag Queen les “leyeran cuentos” a los niños en los jardines infantiles. Ya esta política se extendió a otras ciudades del país, y ahora estos hombres maquillados obscenamente están reemplazando a los payasos y a los titiriteros. ¿Por qué no dejan que los más indefensos de la sociedad vivan su infancia en paz en lugar de que les estén pudriendo la cabeza con los cuentos de la identidad sexual?

    De modo que todo se reduce a si el niño quiso o no quiso. Todo se suscribe a una voluntad que, dicho sea de paso, no está en capacidad de ejercer. ¿Puede un niño elegir a un gobernante, comprar una botella de licor o hacerse un tatuaje? Desde luego que no, porque entendemos que todavía no está capacitado para tomar esas decisiones; no es un ser autónomo ni independiente y además no posee la estructura ni las funciones cerebrales desarrolladas para poder tomar una decisión a conciencia. ¿Por qué, entonces, sí puede el niño elegir con quién acostarse? ¿Acaso esa no es una decisión que lo marcará para el resto de la vida? ¿Acaso está capacitado para decir que sí?

    Sentido común, que en la lógica del mundo al revés no existe. Un niño o niña jamás podrá tener derecho a las relaciones sexuales porque todavía ello no es de su dominio, y un adulto jamás podrá someterlo a la pregunta de si quiere hacerlo o no. El que lo haga es un pederasta, así de simple. ¿De qué consentimiento habla la asquerosa de Montero? Repito: un niño no puede saber qué es lo que está consintiendo simplemente porque es una persona en estado de vulnerabilidad e incapacidad de consentir, y mucho menos frente a un adulto abusador.



    De eso se trata el progresismo y sus aberraciones, que siguen destruyendo la vida de los más vulnerables: a los no nacidos los aborta, a los más pequeños los abusa, a los jóvenes los adoctrina, a los adultos los empobrece y a los viejos los mata dizque por dignidad. Por eso insisten con los tales derechos sexuales del niño. Pero permítanme tomarme la licencia de decir que un infante tiene derecho a muchas cosas, menos a tener relaciones sexuales. Debe tener derecho a la educación, a crecer en un ambiente sano, a tener una familia compuesta por un papá y una mamá, a ser protegido de los abusos por parte de quienes se inventan las políticas de la mal llamada “Educación Sexual Integral”.

    Pero el sexo no es un tema que deba tratarse con los niños a no ser que sea para advertirlos de los abusadores. Y eso es precisamente lo que no está haciendo la educación sexual. Al contrario, los manuales que les enseñan están llenos de basura ideológica y los alientan a prácticas sexuales prematuras y equivocadas, justo cuando no están en edad de comprender el tema. Les enseñan a explorarse el cuerpo, a hacerse tocamientos, a tocar el de los compañeritos, a asumir una identidad sexual que no se corresponde con su biología, les hacen preguntas indebidas. En síntesis, los corrompen en las escuelas y colegios, les desgracian la vida.  



    Vuelvo al inicio: ventana de Overton. Van empujando de a poco el marco para saber hasta dónde les permitimos que lleguen. Lo que antes era motivo de escándalo, con la apertura de la ventana de Overton se ha ido normalizando. Un día se celebra una fecha por el orgullo de una orientación sexual determinada en la que no tendría alguien por qué sentir orgullo de con quién se va a la cama; otro día se aprueba que pueda existir el “matrimonio” entre personas del mismo sexo; luego se permite que las parejas homosexuales puedan adoptar niños; más adelante se ve con buenos ojos el asunto de la niñez trans; luego se hace eco de que el sexo biológico no significa nada y que uno puede ser lo que quiera; más adelante se legalizan las drogas, el aborto, el robo; en fin, ahí nos van llevando, corriéndonos cada vez más la maldita ventana. Hasta que llega el día en que nos parecerá hermoso que un niño o niña pueda consentir su participación en una orgía con depredadores sexuales. Y a eso le llamamos inclusión, diversidad, igualdad; los tres lemas de la revolución progresista que está echando por tierra los valores de la humanidad.  

    Tengamos presente que si esta gente se ha atrevido a tanto es porque se lo hemos permitido con nuestro silencio y nuestra inacción. Esto ha permeado en nuestro sistema por falta de valentía de nuestra parte. No podemos unirnos como sociedad para rechazar duro estas iniciativas porque seguimos metidos en las redes, pensando en el partido de fútbol, en el paseo de vacaciones, en la rumba del fin de semana, en caerle bien a los demás, en cómo generar dinero para pagar las cuentas, en no ganarnos enemigos, pero somos incapaces de defender a nuestros propios hijos de una corriente que todo lo devora gracias a nuestra exasperante pasividad. Hablo como sociedad, porque en mi caso particular no tengo hijos, pero está claro que lo que estos degenerados, criminales, abusadores y pedófilos están haciendo con los niños es hablarles de su identidad sexual por delante, para poder sexualizarlos por detrás.

sábado, 11 de mayo de 2024

Perseguidores de Cristo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Recuerdo cuando en 1992, tras la recién estrenada Constitución Política de Colombia, miles de ciudadanos salieron a manifestarse, especialmente desde el sector educativo, contra el decreto que abolía la cátedra de religión en los colegios oficiales y dejaba la puerta abierta para aplicarlo a los privados. En ese entonces yo cursaba mi séptimo grado en el colegio Calasanz de Pereira y no entendía nada de determinaciones políticas, pero los sacerdotes escolapios nos decían que había que pronunciarse, porque sin la clase de religión, toda la esencia de la educación perdía su razón de ser. Y una de esas tardes, después de la jornada escolar, nos hicieron salir a la Plaza de Bolívar para reclamar por nuestra debatida catequesis junto con estudiantes, profesores y padres de familia de otros colegios de la ciudad.

    Me acuerdo que las consignas nos la daban escritas los profesores de cada curso en unos papelitos que debíamos aprendernos para salir después a entonar los mensajes en la calle y asimismo exigir que se restituyera la enseñanza religiosa en los colegios y nos respetaran la fe católica que hasta 1991 había sido declarada como la religión oficial del país.

    Nada de eso sucedió. Desde luego, la Constitución ya estaba redactada, aprobada y firmada, y lo que hicieran unos niños ridículos que no sabíamos ni dónde estábamos parados, y unos padres “camanduleros” que pagaban sus colegios de monjas y de curas, a los cuales les convenía continuar su proyecto eclesiástico para seguir obteniendo privilegios del Estado, no iba a servir de nada. Al menos así nos veían quienes se empeñaron en acabar con la clase de religión.

    El catolicismo dejó de ser el  único culto porque la Constitución estableció la libertad de cultos, y por tanto la enseñanza religiosa no podía imponerse como una cátedra obligada en los centros educativos. Fue así como la antigua clase de catequesis en la que nos enseñaban los conocimientos básicos de teología católica-cristiana quedó abolida de una vez y para siempre, sustituyéndose por materias como Comportamiento y Salud, Axiología, Ética y Valores, Convivencia Ciudadana, Cátedra de Paz, y por supuesto, la controvertida Educación Sexual Integral.



    Esta última, hoy día no es más que un instrumento para corromper menores y despertarlos a la práctica prematura y desordenada de las relaciones sexuales. En ello son cómplices los padres de familia inconscientes, los maestros indolentes, los directivos ambiciosos y los funcionarios de la educación que le vendieron su conciencia a las imposiciones del Estado para poder seguirse comiendo su plato de lentejas sin que nadie los molestara.

     Todo, con tal de quitar a Dios de la mente de los niños y los jóvenes. Máxime al Dios de los católicos, acusado de perpetrar los más horrendos crímenes de la Historia de la humanidad y de mil años de oscurantismo en donde la ciencia no pudo avanzar. Tema que habría que revisar, pues el desprestigio de la Iglesia ha servido para alimentar la narrativa de sus enemigos, quienes no reconocen, por ejemplo, que el modelo de la educación en las escuelas y universidades comenzó desde el mismo seno de la Iglesia. Baste recordar de dónde viene el término escolástica.

    Volviendo al tema, de eso se trataba el plan, puesto en marcha para que quienes no se sintieran parte del catolicismo pudieran tener la oportunidad de ser respetados en sus creencias. Lo cual está muy bien, pues estos no entendían por qué a sus hijos se les tenía que hablar en los colegios de la Doctrina de la Iglesia, del papa, de la Santísima Trinidad o de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. No se le puede imponer a nadie la fe por la espada.  

    Hasta cierto punto tenían razón. Sólo que estos padres no previeron que a través de la educación laica el Estado no les estaba otorgando propiamente el aval para profesar sus propias creencias. Al contrario, la educación laica habría de convertirse, treinta años más tarde, en la nueva religión. El laicismo, propuesto como modelo de comportamiento e independencia ideológica, no es tanto la decisión de subordinar las creencias al fuero interno de cada uno, como la imposición paulatina de una nueva doctrina oficial; lo que implica que ya no se educa en nombre de Dios, sino en el del Estado. Ni siquiera de la patria, sino en el del absoluto y soberano Estado, que es una cosa muy diferente.



    Nos preguntamos, entonces, en qué consiste esa religión laicista que nos conmina a abrir nuestra mente y no creer en relatos mitológicos que “lo único que le han dejado a la humanidad han sido guerras y odio en nombre de Dios”, como dirían los antirreligiosos. Y no debiera ser así, desde luego. Los hombres se han equivocado y han cometido toda clase de perversiones, incluso en la manera de amar a un ser superior, pero no por eso hay que olvidarse de Él. Pues bien, la ideología que se propuso como canje no es la defensa de ningún valor católico. Ni siquiera cristiano. No es la defensa de la vida, ni de la familia, ni de los derechos naturales que Dios ha concedido al hombre y que ningún ser humano debiera quitarle. En este sistema no existen las Sagradas Escrituras como fuente para la construcción de un Estado.

    La Carta Magna que nos rige desde 1991 y que ahora pretende ser reemplazada por el gobierno de turno en aras de validar una Constitución donde debe primar el laicismo (léase comunismo o ateísmo), ha sido válida para no tener un Estado confesional, algo en lo cual coincidimos la mayoría de los colombianos. Pero también fue la puerta de entrada a todo tipo de creencias que devinieron en la desaparición del Dios Creador. La libertad que nos dieron los hombres no ha sido suficiente para vivir en paz y armonía, como se supone que deberíamos vivir si aceptamos todas las confesiones y las respetamos unas a otras. No fue suficiente, porque al restarle valor al Dios cristiano de la cultura occidental permitimos que toda clase de afirmaciones sin sustento permearan la sociedad y las ponderamos como fruto de la libre expresión del ser humano. El resultado: la decadencia de nuestra sociedad.  



    En estos tiempos en que la palabra moral pasó ser un vocablo en desuso, tanto a nivel lingüístico como al nivel de la vida práctica, no nos debemos aterrar, pues, que los nuevos vientos traigan consigo la degradación que es propia de las sociedades en donde el juicio de lo bueno y de lo malo tiene que ser aplacado por el ethos reinante, cuyo dominio insiste en que la clave de la resolución de los problemas no está en la arrogante facultad de catalogar algo como bueno o como malo, sino definir ese algo en términos de la diferencia: ninguna opinión será buena ni mala per sé, simplemente, diferente.

    Vaya pues el eufemismo que se idearon los progres de los tiempos contemporáneos para decir que todo se valora según el criterio unívoco de cada quien. “Cada quien tiene su verdad”, dicen, por ejemplo, a modo de paraguas contra el buen juicio y el sentido común, que es lo mismo que decir “no existen hechos, sólo interpretaciones”. Con esa sombrilla moral se podrá uno proteger contra una leve brizna, pero el día en que caigan rayos y centellas todos vamos a salir chamuscados.

    Si la verdad estuviera en el corazón de cada uno, entonces seríamos buenos por naturaleza y la maldad se habría extinguido hacía rato. Seríamos seres de luz y no tendríamos necesidad de recurrir a Dios porque todos seríamos los dioses de nuestro universo. ¿No es acaso eso mismo lo que está experimentando la humanidad entera? Habitamos un planeta en donde somos ocho mil millones de planetas, cada uno con su propio sistema de luces y de sombras, y en donde existe esa misma cantidad de dioses para regir los destinos de la humanidad.

    Pero si nos atenemos a lo que dicen las Escrituras del cristianismo, tenemos que aceptar que nadie más que Dios decide lo que es bueno y lo que es malo. Y nadie más que Él es quien conoce la verdad. De hecho, Él es en sí mismo la verdad. ¿Y cómo se llega a esa verdad? Por un camino, que también lleva su nombre: el camino, la verdad y la vida de los que nos habló Jesús en las escrituras, además de señalarnos que es a través de Él como se llega al Padre.



    Hoy, cuando la fe en nuestro país y en el mundo sigue en picada, cuando creemos tontamente que las leyes humanas son las que nos van a salvar, encontramos cada vez más ancho el diámetro del hueco que abarca nuestro vacío. De nada sirven tratados de paz, acuerdos internacionales, asambleas de la ONU, organizaciones para la cooperación, fondos para ayuda, agendas medioambientales, luchas contra la discriminación racial, religiosa, étnica y demás, y no sé cuántas otras causas, constituciones políticas con sus respectivas reformas, asociaciones civiles, oficinas para la defensa de los derechos humanos, instauración de políticas educativas nuevas para combatir los abusos y las fobias, ministerios de la igualdad, discursos de reivindicación de las minorías, ideologías baratas que son adaptadas según las conveniencias de los grupos de interés; en fin, de qué sirven tantas leyes humanas, tantas políticas, tanta energía invertida por parte de unos e interés secundario de parte de otros, cuando nos hemos olvidado de las leyes divinas.

    Quitemos a Dios de nuestras vidas y estaremos destinados a fracasar. Con seguridad. Luego nos preguntamos por qué fracasan los países, las sociedades, las asociaciones de personas, los sistemas económicos, la educación, la mentalidad humana. Todo fracasa porque nos ausentamos de la verdad, nos despedimos de la moral, nos despojamos de la compasión. Eso que nos hace humanos no es la humanidad en sí, sino un pequeño componente divino con el cual fuimos confeccionados. Quitemos ese componente y sabremos lo que es el envilecimiento, la degeneración, el salvajismo, la maldad del corazón.



    Y con medidas aparentemente tan “igualitarias” e “inclusivas” como la de quitar la clase de religión de los colegios o cerrar las capillas en los aeropuertos con el simple pretexto de que debe haber libertad de cultos, estamos removiendo a Dios de nuestras vidas. O más bien nos lo están removiendo a la fuerza. Por congraciarse con la minoría, a la cual se le garantizan hoy todos sus derechos, se sacrificaron los derechos de la mayoría. ¿Habrá alguien que se atreva a quitar una mezquita en Medio Oriente sólo porque no se siente identificado con las creencias islámicas?

    Puede ser que a algunos no nos guste la religión o tengamos serios cuestionamientos contra el papa, pero en Colombia, por ejemplo, somos un país de mayoría católica-cristiana, y eso no hay que olvidarlo. Sólo que hoy gobierna la minoría; los que nos quieren despojar de nuestra fe, los que no creen en nada más que en el poder del Estado… y el Estado son ellos mismos.

    No por ello habría que volver a los tiempos de la inquisición ni a la persecución de los credos diferentes. Y en eso se están convirtiendo, precisamente, los laicistas: en los perseguidores de Cristo.  

sábado, 4 de mayo de 2024

Otra fecha que se robaron los comunistas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Los invito a que nos transportemos a una época coyuntural de la Historia Universal, como suelen ser casi todas las épocas vividas por la Humanidad. Está finalizando el siglo XIX, más exactamente, vamos al año de 1886. La industria metalmecánica y siderúrgica se expande rápidamente en los Estados Unidos, especialmente en el Estado de Illinois y su capital, Chicago, que por ser el único puerto con salida a la zona este del país a través de una imbricada conexión de lagos y ríos hacia el norte, se ha convertido en este tiempo en un punto clave para el desarrollo de la industria y un centro de economía mundial. Las fábricas tienen sus calderas encendidas a toda potencia día y noche, y así como las máquinas y los hornos no descansan, pareciera que los trabajadores que los operan tampoco lo pueden hacer. Hay un auge de la productividad, y es un momento para poner en marcha los avances y los descubrimientos científicos que trajo consigo la llamada Segunda Revolución Industrial.

    No obstante, las condiciones infernales en las que pueden trabajar las máquinas son imposibles para los seres humanos, quienes están expuestos a situaciones extremas de temperatura, gases, polvo, contaminación y mala higiene. Los obreros no tienen condiciones de seguridad, están asumiendo el riesgo de enfermarse y perder su vida, quedando así fuera de circulación antes que cualquier ingenioso artefacto surgido del avance tecnológico. Los seres humanos no son máquinas de trabajo, y eso tiene que hacérselo entender el obrero a los patronos capitalistas.



    Por otra parte, las protecciones legales son inexistentes y los salarios son apenas para subsistir en condiciones miserables. Hay que ver que en este tiempo de finales del siglo XIX se trabajan jornadas mínimas de dieciséis horas al día durante seis o hasta los siete días de la semana, y no se tiene contemplación para personas que por su condición no pueden desarrollar el mismo potencial físico, como los niños o los ancianos, que “trabajan en minas, fábricas e industrias en las mismas condiciones laborales degradantes que los adultos”.[1]

    Por dichas razones, los movimientos obreros activos de la ciudad de Chicago, azuzados por sindicalistas socialistas y anarquistas, se movilizaron el 1 de mayo de 1886 en diversas y masivas protestas que duraron más de tres días, en pos de unos derechos justos, entre los cuales exigieron una jornada laboral de ocho horas y mejores ambientes de trabajo.

    Pero las marchas no hubieran pasado de ser unas marchas comunes del movimiento obrero, como otras tantas que ya se habían intentado, si no hubiese sido por el componente trágico que tuvieron las del día tercero de la jornada. Ese día, mientras los obreros protestaban en la Plaza de Haymarket de Chicago, una bomba estalló matando a agentes de policía y varias personas que se encontraban allí. Como respuesta, las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra los manifestantes, agravando así el saldo trágico de la situación.



    Lo que siguió de allí en adelante fue una cruzada intensa de represión contra los líderes del movimiento sindical obrero por parte de los cuerpos policiales, los cuales detuvieron a más de treinta personas; tres de ellos fueron sentenciados a prisión, y cinco fueron condenados a muerte. A estos condenados se les conoció más tarde como Los Mártires de Chicago.

    Fue en 1889 cuando el Congreso Obrero Socialista estableció el 1 de mayo como la fecha para hacerle honor a los trabajadores del mundo: el Día Internacional del Trabajador, conmemorando al tiempo lo que fue La Masacre de Haymarket, en memoria de los obreros líderes del movimiento que fueron culpados y llevados al patíbulo.

    También en Francia, en 1919, surgió la confirmación oficial para la conmemoración de esta fecha, cuando se ratificó la jornada de trabajo de ocho horas. En 1920, la efeméride fue adoptada en la Unión Soviética. Allí se convirtió en una jornada importante que los líderes socialistas usufructuaron para animar a sus seguidores a unirse en la lucha contra el capitalismo. Especialmente, en los países del bloque socialista se hicieron grandes desfiles en los que el despliegue del poderío militar soviético estuvo a la orden del día.

    El 1o de mayo se convirtió, entonces, en una celebración de la que se apropió el Partido Comunista a nivel mundial, sobre todo en el escenario de la Guerra Fría. 



    Por esta y otras razones que aquí no vienen al caso, en países como Canadá y Estados Unidos no se acogió la fecha del primero de mayo como el día de los trabajadores, sino que la adoptaron en septiembre, para evitar que los sindicalistas radicales miembros del Partido Comunista, identificados como parte de la izquierda Internacional, salieran ese día a las calles y se valieran de ello como un pretexto para fortalecer una revolución comunista en los Estados Unidos. “El grueso del movimiento laboral no se identificaba con la izquierda radical, por lo que escogieron otro día”[2], y ese día se denomina actualmente el Labor Day, siendo el primer lunes de septiembre.

    Con la caída del socialismo y en especial con la disolución de la URSS en la década de los noventa, las marchas del día del trabajo perdieron fuerza, especialmente en Europa del Este. No obstante, en casi todos los países del mundo se siguió teniendo presente esta celebración al punto de que hoy se reconoce como un día feriado en honor a “las luchas históricas y logros de la clase trabajadora y del movimiento obrero”[3] para revalidar los derechos de los trabajadores y de los ciudadanos en general.  

    Sólo que durante todo el siglo XX y lo que va corrido del XXI hemos sido testigos de cómo la Internacional Comunista se apoderó de la defensa de los trabajadores como si sólo a esta ideología le perteneciera la clase obrera. Cada primero de mayo se enarbolan las banderas del martillo y la hoz y el comunismo saca pecho por los trabajadores, aunque sabemos que esta es una falsa defensa.  



    Hoy, cuando comprobamos el fracaso del comunismo en donde quiera que se ha querido implementar, este nefasto sistema trata por todos los medios de ponerse en pie con el disfraz del progresismo. Por fortuna, se está comenzando a ejecutar la operación inversa; es decir, que son los trabajadores los que le están arrebatando el sentido de la conmemoración del primero de mayo a la causa ideológica que los ha instrumentalizado desde siempre.

    Porque fueron las luchas de los verdaderos trabajadores las que lograron la mejora de los salarios y la reducción de la jornada laboral. Cuando la clase obrera presiona para obtener leyes justas y luego recibir con beneplácito unas mejores condiciones para continuar trabajando, son los anarquistas del comunismo los que se molestan con ellos porque estos últimos no quieren que el conflicto termine allí. No les interesa si los obreros tienen vacaciones, horas extras o pago de bonificaciones. Lo que buscan es utilizar al trabajador para llevarlo a una revolución.

    Al contrario de lo que predican, es al comunismo al que no le conviene que el proletario gane más, mejore su calidad de vida o tenga más tiempo libre, pues para ellos la felicidad del obrero es su principal enemigo. Si este percibe un mayor salario, eso lo empodera para adquirir bienes y servicios, y por tanto llegar a ser el dueño de su propiedad. Al comunismo le aterra esa salida digna. Para dicho sistema conviene más un trabajador derrotado, cansado, resentido, pobre, pues así es fácilmente manipulable, como en efecto ocurrió durante las revoluciones obreras de fines del siglo XIX y principios del XX.

    Porque el comunismo no representó nunca a los trabajadores, y paradójicamente fue el capitalismo el que los sacó de la pobreza, no al revés. El trabajador del siglo XX está interesado en cambiar de auto, comprar una casa y poder viajar. La izquierda, entonces, tuvo que buscar otros actores para su fallida revolución. Al no poder profundizar la división y el odio a través de la exacerbación del trabajador, que gracias a los avances tecnocientíficos ahorró tiempo y esfuerzo en su labor, viró hacia un nuevo sujeto para conducirlo a una lucha por la mal llamada “justicia social”: el intelectual. De ahí que las universidades se hayan convertido en centros de adoctrinamiento y semillas de resentimiento.



    Marx, que habló en favor de los obreros, nunca trabajó en su vida. Jamás vivió como un obrero, sino como un parásito. Primero de los ahorros de su familia, y luego del patrocinio que le brindó Engels, el hijo de un capitalista que también lo tuvo todo y se atrevió a desafiar a su padre.

    Por ello no nos extrañe ver hoy día a los comunistas que reniegan del trabajo duro. Muy pocos de ellos suelen ser obreros contratados en empresas del sector privado que quisieran salir adelante por sus propios méritos. Generalmente, se ubican en el sector público, pues las competencias en las que se especializaron no son apetecidas por el mercado ni desembocan en el trabajo material orientado a la producción, que es propio de los obreros que ellos tanto dicen representar. No hay nada más delicado que las manos de un comunista, que carecen de callos.

    El mismo comunismo, que es una ideología materialista, invita hoy a no tener nada, pero ser feliz a pesar de todo. Desde luego, ese despojo de los bienes materiales lo desea para sus militantes, mas no para los líderes de los partidos, que gustan vivir a cuerpo de rey y disfrutar de todos los bienes y servicios que el capitalismo ha generado. Los comunistas, que por excelencia han sido los propagadores de la violencia, hoy son los adalides de los derechos humanos y de la “justicia social”.

    Pero esa justicia social no es quitarle a los que tienen y darle a los que no tienen para tratar de compensar las carencias. Yo diría, más bien, que para ser justos lo que toca es ser responsables primero. Responsabilidad social, sería el nombre adecuado del término, pues es el compromiso de devolverle a la sociedad lo que es justo que ella reciba. Cuando actuamos con responsabilidad estamos al mismo tiempo siendo justos en correspondencia con los derechos de los demás. Esa debiera ser la tal “justicia social”.



    Pero no importa cuán legítima sea la manifestación de los trabajadores si la ideología empobrecedora que los pone en contra de sus patrones siempre está ahí para incitarlos a una fallida revolución de la que solo queda miseria y muerte.  

    El pasado miércoles 1o de mayo, por ejemplo, se evidenció el robo de la conmemoración internacional del trabajador por parte del presidente colombiano. Fiel a su tradición de apropiarse de lo público, se apropió de la marcha de los trabajadores para capitalizar sus intereses demagógicos, difundir el odio, la lucha de clases y la combinación de todas sus formas, así como la división de su propio país. Se aprovechó de una clase social, la clase trabajadora, para seguir esparciendo el veneno de un comunismo que no ha hecho otra cosa que empobrecer al pueblo y envilecerlo. Desde luego que llenó la Plaza de Bolívar, pero con gente de la minga indígena que mandó a traer del Cauca en las chivas destartaladas que van arrasando todo a su paso como si se tratara de un convoy de pandilleros, tanto que ni las normas de tránsito respetan.

    Y allí se congregaron, el Día del Trabajador, a gritarle vivas al presidente: los de la minga, que no trabajan, pero a los que hay que pagarles su venida con la plata del presupuesto nacional.



    Por su lado, los obreros, campesinos, mineros, jornaleros, informales y demás trabajadores honrados del país salieron a las calles a exaltar una lucha que cada año se conmemora en honor a ellos, que son los verdaderos héroes de la nación, pues son los que están en la base del aparato productivo. Pero se les veía en los rostros la decepción y la vergüenza. Por una parte, porque debieron ser ellos los protagonistas de una marcha que cada vez más se sigue satanizando por el prurito de la ideología aborrecible que se les coló en su causa. Por otra parte, porque el presidente colombiano les robó su celebración para exaltarse a sí mismo y lanzar ataques contra sus detractores hasta que saliera espuma de su boca.

    Así, El Día del Trabajador, que para el verdadero trabajador es un motivo de orgullo y reivindicación de su dignidad, quedó convertido en otra fecha más que se robaron los comunistas.





[1] National Geographic. (1 de mayo de 2023). ¿Por qué se celebra el 1 de mayo el día del trabajador? Historia y Cultura.

https://www.nationalgeographicla.com/historia/2023/04/por-que-se-celebra-el-1-de-mayo-el-dia-del-trabajador

[2] BBC News Mundo. (6 de septiembre de 2001). Labour Day: Por qué Estados Unidos celebra el Día del Trabajo en septiembre y no el 1de mayo. https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-

[3] Ibíd.

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