(Reflexión)
El mundial de fútbol nos dejó la enseñanza de que, por más armoniosos, altruistas, ejemplares y virtuosos que parezcan los eventos masivos del planeta a nivel deportivo, artístico, ecológico, político o en pro de cualquier causa social, siempre está fluyendo detrás una corriente de manipulación externa que sabe aprovecharse de la debilidad humana.
Después de ver lo que vimos; los escándalos, los intereses, las conspiraciones, las trampas, los cálculos políticos y hasta un descarado y frentero simbolismo satánico que ya no escandaliza a nadie, uno queda muy decepcionado; desprovisto de la fe en el hombre que se pierde de tanto en tanto con la guerra, el hambre, la violencia y los problemas que históricamente han afectado al mundo.
Sólo que la Historia nos recuerda también, de tanto en tanto, a la civilización utilizando el recurso de las treguas para sanear un poco esa enfermedad mental de los individuos que la componen y que son los causantes del desequilibrio natural producido cuando algo viene corrompido desde la concepción. Y esas treguas apelan al espíritu que traen consigo los eventos deportivos, las celebraciones religiosas, las fiestas patrias, las obras de beneficencia, los convites humanos para sacar adelante a una comunidad después de una catástrofe, las jornadas contra el hambre, la exaltación de la familia y cualquier manifestación que nos haga ser mejores como humanidad. Cualquiera de esos actos nos permite volver a creer, volver a soñar, aunque después se ensombrezca de nuevo el panorama y la especie retome sus oscuras prácticas de perversidad.
Pero ya ni en esas treguas puede uno animarse a la esperanza de que, en alguna cosa, por pequeña que sea, el planeta va a cambiar para bien. Todo se ha vuelto artilugio, quimera, distracción pasajera, circo caro y sofisticado, pero banal. Todo tan tristemente orquestado, tan absurdamente profetizado, como si se tratara de un guion escrito. Ya ni una celebración tan popular como lo ha sido el mundial de fútbol se escapa a la corriente siniestra de la agenda de tergiversación que se quiere imponer globalmente. Y uno no sabe quién la maneja, de dónde viene, dónde están los tales amos del universo, qué es lo que buscan, ni para qué hacen lo que hacen, pero ahí están los rituales, las representaciones, las incertidumbres que nos dejan, las dudas que nos siembran con sus acciones ambiguas; ocultas al sentido del hombre común que desconoce el misterio que le rodea, pero a la vista de todos por medio de sus instrumentos más visibles, llámense futbolistas, celebridades, empresarios, magnates, presidentes o reyes.
¿Qué es lo que nos quieren decir? Han volteado al derecho y al revés la portada de la revista Economist que, según los entendidos, es la revista de la élite. La han interpretado de mil formas buscando las señales y aterrizando los gráficos a la realidad mundial. Pero como siempre, los acertijos los resuelven tarde, cuando ya se han cumplido los hechos.
Muy tarde se vinieron a dar cuenta de que el campeón del mundial sería España, y que ese muñequito que pateaba el balón no representaba a Cristiano Ronaldo, sino a un español. Porque primero nos anunciaron que el campeón sería Portugal, pero que la élite cambió los planes cuando se los descubrieron. Muy tarde nos hicieron caer en cuenta de que los colores rojo y azul celeste del gráfico ya nos anunciaban cuál sería la final; que la copa de vino tinto derramándose y el bamboleo de un monacho que parecía ser Donald Trump trataban de predecir el terremoto doble en Venezuela y otros tantos que ha habido en estos días alrededor del mundo. Los más recientes en México, Filipinas y Japón, y contando, porque tal cual están las cosas, nos anuncian más.
El hecho es que el mundial se acabó, y en lugar de dejar lecciones valiosas a nivel deportivo, nos dejó a una audiencia más confundida y atemorizada, porque si hasta la insignificancia de un título de fútbol la convierten en un Caballo de Troya, qué diremos entonces de lo realmente importante que nos tienen reservados los poderosos a nivel de economía, de seguridad energética y alimentaria y del futuro del planeta. Y la respuesta es muy simple, y no habría que mirar ninguna portada de revista para saber lo que nos aguarda bajo la tutela de los enemigos de la humanidad: nada bueno.
Sí, a uno le indigna que a una selección, que no necesitaba ayuda, la llevaran de la mano hasta la final para después dejarla tirada, supuestamente, bajo la amenaza de algo muy grave, o sencillamente para que, por “extrañas circunstancias”, aparentemente haya decidido no ganar. Hablo de Argentina, pero también hablo del equipo francés que se pifió inexplicablemente en la semifinal. Como si se tratara de pactos secretos y planes trazados. Sí, a uno le aterra ver la mirada diabólica de Laura Pausini en la ceremonia previa al partido, como si estuviera poseída, cantando para el diablo, porque eso fue precisamente lo que hizo; y sorprende ver a la “sacerdotisa iluminatti” Shakira portando una falda cuya confección simula las llamas del infierno, justo cuando España y Francia (y hasta hace poco Canadá) arden en el fuego de los incendios forestales que vaya uno a saber qué cosa los provocó. Sí, es muy pavoroso dos terremotos seguidos en Venezuela, cosa que en mi vida había visto, sumado a la negligencia para socorrer a las víctimas. Todo muy coincidente, muy extraño.
Pero todas esas rarezas, mantos de dudas y simbolismo no aclaran nada, son teorías sin sustento que confunden mucho y sirven a los titiriteros del mundo para burlarse de la gente que, alarmada, recurre a todo tipo de interpretaciones, conjeturas y demás para hacerse acreedores, aunque sea en un reel de un minuto, a una verdad que nadie puede comprobar.
Verdad sí hay, desde luego, pero no la tienen los influenciadores ni los gurús de Youtube. En esta parte de la tierra desde donde escribo, hicimos nuestra la religión de un hombre que murió crucificado por decir unas cuantas verdades en su tiempo y anunciar un reino que no era de este mundo. Ese hombre nos enseñó que él era el camino, la verdad y la vida, y que no había otro más. Que lo que vale es su palabra, poner en práctica su mensaje de corazón antes que hacer caso de los mensajes de amor superfluos que los medios y la farsa de las superestrellas nos envían como una muestra de confraternidad. No hay amor verdadero sin tener a Dios por delante. Lo otro hace parte del falso discurso con el que nos quiere seducir el padre de la mentira.
Lo siguiente que viene en la portada de la revista son jeringas y misiles. Anuncian otra pandemia, un apagón masivo, más crisis económicas, un colapso financiero, una guerra mundial. Están quemando los campos, infectando las hortalizas y comprando tierras para provocar escasez y hambre. Lo de siempre, pero a gran escala.
Suficiente con eso como para ponerle más cuidado del necesario a las corrientes divergentes y a todas esas manifestaciones diabólicas de las que está llena la red. Si eso realmente es lo que nos preocupa, lo que tenemos que hacer es cuidarnos la espalda, porque ese famoso lucifer hace rato nos viene respirando en la nuca, insuflándonos con su aliento los más maquiavélicos deseos de ambición, egocentrismo, narcisismo, vanidad, soberbia, orgullo, repudio hacia el prójimo. Eso es lo que nos tiene podridos como humanidad. El culto al yo que heredamos de la era moderna y acrecentamos en la posmodernidad para terminar pensando que creernos dioses invencibles es un avance del pensamiento. Podemos llamarle como queramos: masonería, progresismo, satanismo, gnosticismo, ocultismo, brujería, nueva era. Al final todo conduce al rechazo de Dios como principio y fin del universo.
No obstante, de eso estamos saturados en el actual sistema: filosofías, lenguajes, militancias, modas, tendencias, trends, como le llaman ahora los neo-lingüistas. De eso es de lo que hay que cuidarse, porque se inventan cada cosa cada día para manipularnos con una trampa letal que saben diseñar muy bien para hacerla atractiva a nuestros débiles sentidos. El mundial, las canciones y los bailes, las películas y las series, los personajes, las celebridades, las polémicas, los arreglos bajo la mesa, las arengas, las celebraciones a rabiar… todo ello no remite a otra cosa que no sea la trampa de la distracción: la distracción que nos hizo olvidar para qué es que estamos de paso por el mundo.




