sábado, 25 de julio de 2026

La trampa de la distracción

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Reflexión)







     El mundial de fútbol nos dejó la enseñanza de que, por más armoniosos, altruistas, ejemplares y virtuosos que parezcan los eventos masivos del planeta a nivel deportivo, artístico, ecológico, político o en pro de cualquier causa social, siempre está fluyendo detrás una corriente de manipulación externa que sabe aprovecharse de la debilidad humana.

     Después de ver lo que vimos; los escándalos, los intereses, las conspiraciones, las trampas, los cálculos políticos y hasta un descarado y frentero simbolismo satánico que ya no escandaliza a nadie, uno queda muy decepcionado; desprovisto de la fe en el hombre que se pierde de tanto en tanto con la guerra, el hambre, la violencia y los problemas que históricamente han afectado al mundo.

     Sólo que la Historia nos recuerda también, de tanto en tanto, a la civilización utilizando el recurso de las treguas para sanear un poco esa enfermedad mental de los individuos que la componen y que son los causantes del desequilibrio natural producido cuando algo viene corrompido desde la concepción. Y esas treguas apelan al espíritu que traen consigo los eventos deportivos, las celebraciones religiosas, las fiestas patrias, las obras de beneficencia, los convites humanos para sacar adelante a una comunidad después de una catástrofe, las jornadas contra el hambre, la exaltación de la familia y cualquier manifestación que nos haga ser mejores como humanidad. Cualquiera de esos actos nos permite volver a creer, volver a soñar, aunque después se ensombrezca de nuevo el panorama y la especie retome sus oscuras prácticas de perversidad. 




     Pero ya ni en esas treguas puede uno animarse a la esperanza de que, en alguna cosa, por pequeña que sea, el planeta va a cambiar para bien. Todo se ha vuelto artilugio, quimera, distracción pasajera, circo caro y sofisticado, pero banal. Todo tan tristemente orquestado, tan absurdamente profetizado, como si se tratara de un guion escrito. Ya ni una celebración tan popular como lo ha sido el mundial de fútbol se escapa a la corriente siniestra de la agenda de tergiversación que se quiere imponer globalmente. Y uno no sabe quién la maneja, de dónde viene, dónde están los tales amos del universo, qué es lo que buscan, ni para qué hacen lo que hacen, pero ahí están los rituales, las representaciones, las incertidumbres que nos dejan, las dudas que nos siembran con sus acciones ambiguas; ocultas al sentido del hombre común que desconoce el misterio que le rodea, pero a la vista de todos por medio de sus instrumentos más visibles, llámense futbolistas, celebridades, empresarios, magnates, presidentes o reyes.

     ¿Qué es lo que nos quieren decir? Han volteado al derecho y al revés la portada de la revista Economist que, según los entendidos, es la revista de la élite. La han interpretado de mil formas buscando las señales y aterrizando los gráficos a la realidad mundial. Pero como siempre, los acertijos los resuelven tarde, cuando ya se han cumplido los hechos.

     Muy tarde se vinieron a dar cuenta de que el campeón del mundial sería España, y que ese muñequito que pateaba el balón no representaba a Cristiano Ronaldo, sino a un español. Porque primero nos anunciaron que el campeón sería Portugal, pero que la élite cambió los planes cuando se los descubrieron. Muy tarde nos hicieron caer en cuenta de que los colores rojo y azul celeste del gráfico ya nos anunciaban cuál sería la final; que la copa de vino tinto derramándose y el bamboleo de un monacho que parecía ser Donald Trump trataban de predecir el terremoto doble en Venezuela y otros tantos que ha habido en estos días alrededor del mundo. Los más recientes en México, Filipinas y Japón, y contando, porque tal cual están las cosas, nos anuncian más. 




     El hecho es que el mundial se acabó, y en lugar de dejar lecciones valiosas a nivel deportivo, nos dejó a una audiencia más confundida y atemorizada, porque si hasta la insignificancia de un título de fútbol la convierten en un Caballo de Troya, qué diremos entonces de lo realmente importante que nos tienen reservados los poderosos a nivel de economía, de seguridad energética y alimentaria y del futuro del planeta. Y la respuesta es muy simple, y no habría que mirar ninguna portada de revista para saber lo que nos aguarda bajo la tutela de los enemigos de la humanidad: nada bueno.

     Sí, a uno le indigna que a una selección, que no necesitaba ayuda, la llevaran de la mano hasta la final para después dejarla tirada, supuestamente, bajo la amenaza de algo muy grave, o sencillamente para que, por “extrañas circunstancias”, aparentemente haya decidido no ganar. Hablo de Argentina, pero también hablo del equipo francés que se pifió inexplicablemente en la semifinal. Como si se tratara de pactos secretos y planes trazados. Sí, a uno le aterra ver la mirada diabólica de Laura Pausini en la ceremonia previa al partido, como si estuviera poseída, cantando para el diablo, porque eso fue precisamente lo que hizo; y sorprende ver a la “sacerdotisa iluminatti” Shakira portando una falda cuya confección simula las llamas del infierno, justo cuando España y Francia (y hasta hace poco Canadá) arden en el fuego de los incendios forestales que vaya uno a saber qué cosa los provocó. Sí, es muy pavoroso dos terremotos seguidos en Venezuela, cosa que en mi vida había visto, sumado a la negligencia para socorrer a las víctimas. Todo muy coincidente, muy extraño. 




     Pero todas esas rarezas, mantos de dudas y simbolismo no aclaran nada, son teorías sin sustento que confunden mucho y sirven a los titiriteros del mundo para burlarse de la gente que, alarmada, recurre a todo tipo de interpretaciones, conjeturas y demás para hacerse acreedores, aunque sea en un reel de un minuto, a una verdad que nadie puede comprobar.

     Verdad sí hay, desde luego, pero no la tienen los influenciadores ni los gurús de Youtube. En esta parte de la tierra desde donde escribo, hicimos nuestra la religión de un hombre que murió crucificado por decir unas cuantas verdades en su tiempo y anunciar un reino que no era de este mundo. Ese hombre nos enseñó que él era el camino, la verdad y la vida, y que no había otro más. Que lo que vale es su palabra, poner en práctica su mensaje de corazón antes que hacer caso de los mensajes de amor superfluos que los medios y la farsa de las superestrellas nos envían como una muestra de confraternidad. No hay amor verdadero sin tener a Dios por delante. Lo otro hace parte del falso discurso con el que nos quiere seducir el padre de la mentira.

     Lo siguiente que viene en la portada de la revista son jeringas y misiles. Anuncian otra pandemia, un apagón masivo, más crisis económicas, un colapso financiero, una guerra mundial. Están quemando los campos, infectando las hortalizas y comprando tierras para provocar escasez y hambre. Lo de siempre, pero a gran escala. 




     Suficiente con eso como para ponerle más cuidado del necesario a las corrientes divergentes y a todas esas manifestaciones diabólicas de las que está llena la red. Si eso realmente es lo que nos preocupa, lo que tenemos que hacer es cuidarnos la espalda, porque ese famoso lucifer hace rato nos viene respirando en la nuca, insuflándonos con su aliento los más maquiavélicos deseos de ambición, egocentrismo, narcisismo, vanidad, soberbia, orgullo, repudio hacia el prójimo. Eso es lo que nos tiene podridos como humanidad. El culto al yo que heredamos de la era moderna y acrecentamos en la posmodernidad para terminar pensando que creernos dioses invencibles es un avance del pensamiento. Podemos llamarle como queramos: masonería, progresismo, satanismo, gnosticismo, ocultismo, brujería, nueva era. Al final todo conduce al rechazo de Dios como principio y fin del universo.

     No obstante, de eso estamos saturados en el actual sistema: filosofías, lenguajes, militancias, modas, tendencias, trends, como le llaman ahora los neo-lingüistas. De eso es de lo que hay que cuidarse, porque se inventan cada cosa cada día para manipularnos con una trampa letal que saben diseñar muy bien para hacerla atractiva a nuestros débiles sentidos. El mundial, las canciones y los bailes, las películas y las series, los personajes, las celebridades, las polémicas, los arreglos bajo la mesa, las arengas, las celebraciones a rabiar… todo ello no remite a otra cosa que no sea la trampa de la distracción: la distracción que nos hizo olvidar para qué es que estamos de paso por el mundo.






martes, 21 de julio de 2026

El mundial de la ignominia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Por fin se acabó el circo, se ejecutó el ritual, se liberó a la bestia y se bajó el telón de la puesta en escena más descarada que se haya visto.

     No sé si en verdad esto fue una conspiración masónica o producto de la casualidad; si todo estaba guionado de antemano por una cofradía poderosa que pretende apoderarse de la mente de los habitantes de la Tierra, como dicen los teóricos de las redes sociales, o si más bien las cosas se dieron como resultado de la espontaneidad. No tengo prueba de nada y dudo mucho que se trate de poderes ocultos para elevar el nombre del anticristo, porque si de eso se trata, hace mucho rato que nos vienen diciendo en nuestra cara de qué va la cosa anticristiana y no nos hemos querido dar cuenta. No necesitan usar mensajes subliminales, aunque les encante hacerlo, para decirnos hacia dónde pretenden conducir a la humanidad. El plan está a la vista, por si no se han dado cuenta, y parte de él se expone en esa cosa ambigua y bien intencionada llamada Agenda 2030, y más recientemente Agenda 2045. De que hay un plan, lo hay, pero no se suscribe a un tétrico mundial de fútbol. Más bien el mundial se usa para seguir alimentando el engaño.

     Y el engaño sirvió para sustraer nuestra atención de lo verdaderamente importante, para que por un mes y medio no pensáramos en otra cosa más que en el mundial y lo convirtiéramos en un evento memorable de nuestras vidas, máxime cuando incrementaron el número de selecciones que participan en él, haciéndolo extensivo a personas de muchas más nacionalidades: un evento más de la agenda globalista.

     Nos hicieron desviar la mirada hacia el espectáculo futbolero, movidos por el sentimiento de la aguerrida competencia entre las naciones que gira en torno a un balón y once hombres por equipo en el campo de batalla. Al final fue otra guerra proxy; otra jugada maestra de los grandes poderes que se inventan gestas deportivas, espectáculos de medio tiempo, pausas publicitarias, apuestas millonarias, premios para batir récords; en fin, todo un aparataje al servicio de cualquier causa, menos a la del espíritu deportivo. Si por algo ha de recordarse este torneo, es por haber sido el mundial de la ignominia, donde el juego limpio, el respeto por el contendor y la exaltación de los valores competitivos brillaron por su ausencia. 




     Llevo viendo mundiales desde que tenía diez años, por allá cuando hicieron el de Italia 90. También he contribuido al circo dejándome seducir por los cantos de sirena que se dejan escuchar con el fútbol. No es que antes no haya habido circo, sino que ahora está más tecnificado y es mucho más masificado gracias a internet, de manera que es imposible escapar de él. Por eso estaba esperando este mundial con ansias; emocionado por tener la posibilidad de verme los enfrentamientos por televisión ahora que ando fuera del país y puedo sintonizar un canal de señal abierta donde sí compraron los derechos de transmisión de todos los partidos, no como sucede en Colombia, que toca pagar. Ni más faltaba.

     Y así estaba entretenido viendo el fútbol como si el tiempo se hubiera detenido y en el planeta no estuviera sucediendo nada grave; fervoroso con Colombia, obnubilado con Francia, sorprendido con Noruega y Cabo Verde, escéptico con Argentina, esperanzado con Inglaterra, expectante con Portugal, etc.

     Hasta que me entró esa sensación malsana que me hizo pensar que de pronto todo estaba arreglado, como aseveraban los influencers. Goles anulados por doquier; jugadas polémicas que el mentado VAR se reservaba el derecho a revisar según el equipo en cuestión; faltas que se pitaban en unos partidos sí y en otros no; tarjetas que se mostraban o no dependiendo de la importancia del jugador; ídolos celebrando a rabiar, como si se les debiera algo; equipos que milagrosamente remontaban en el último segundo del tiempo de reposición; equipos que se dejaban remontar como si hubieran entregado el partido; equipos que extrañamente se olvidaban de jugar al fútbol de un juego a otro, y hasta la intervención de un presidente de gobierno para que la FIFA cambiase sus lineamientos y no sancionara con una fecha de suspensión a un jugador que había sido expulsado en un partido anterior. Todo eso me olió mal, me llevó a pensar que de verdad este mundial sí parecía una puesta en escena concertada para que unos equipos llegaran por caminos que iban más allá de lo futbolístico. 




     Los partidos de Argentina, por ejemplo, fueron mostrados como una gesta épica lograda en el último minuto, a veces con ayudas y marrullas para llevarlo a la final, aunque muchos no lo quieran ver. El Francia-España fue tan sospechoso que hizo dudar de la voluntad de los jugadores franceses para ganar. Sí, todo ello resultó bastante raro, con un sino medio trágico, como si un titiritero estuviera moviendo los hilos desde adentro. Esa omnipresencia del señor Infantino en todos los partidos siempre me causó mala espina. 

     Pero no me atrevería a decir que estos presuntos arreglos sean cosa del diablo, los masones o la predestinación, sino más bien de los apostadores, que acaso trabajen para el “maligno”. La mano oculta de este mundial no es otra que la de las apuestas, donde muchos especulan y se enriquecen, y para ello son capaces de comprar conciencias. Y no creo que las conciencias de los dirigentes de la FIFA sean muy difíciles de vender por una buena suma.

     En mis tiempos también había trampas, también había corrupción en la FIFA y protestas por los arbitrajes, pero al final todo pasaba a un segundo plano y terminaba quedando en la retina la foto del campeón legítimo que levantaba la copa para la posteridad. Bueno, excepto las veces en que Argentina no ganaba y acusaba a la organización de que les habían robado el mundial, como en aquella final de 1990 contra Alemania, cuando impugnaron el penal en contra diciendo que no había existido, o en la final de 2014, también contra Alemania, cuando pidieron un penal a su favor que no fue pitado en el momento en el que el jugador Higuaín fue atropellado por el arquero Neuer en una intervención riesgosa.




     Y puede ser que sí, que a Argentina le hayan robado en unas y regalado en otras, como cuando le dejaron hacer un gol con la mano a Maradona, pero eso les pasa a todos los equipos. No le han robado solamente a ellos, como si fueran el ombligo del mundo. Recordemos que en 2002, por favorecer a Korea del Sur, le robaron a Italia y a España. Tampoco todas las veces que han ganado ha sido por favorecimientos. Hace cuatro años hicieron un buen mundial, aunque les hubieran pitado varias faltas dudosas en el área a su favor que Messi no dudó en capitalizar en goles. Esta vez también lo estaban haciendo, pero la pelota se manchó por culpa de ellos mismos y del mismo Messi, que aceptó gustoso las ayudas descaradas, cuando no lo hubieran necesitado, pues tenían equipo de sobra para llegar limpiamente a la final. Sólo que hasta el ídolo se contagió de esa mala conducta que lo llevó a actuar como un bribón y un llorón, denigrando lo que hasta el momento había sido una brillante carrera.

     Y fue mejor así, que no se ganaran esta copa, porque habrían perdido más si la ganaban. Habrían perdido el respeto del mundo, que de por sí los aborrece futbolísticamente, no porque hayan vencido a los rivales, sino porque son tan malos ganadores como perdedores, y en el deporte hay que saber perder y saber ganar. Y peor aún, habrían corroborado esa tesis abyecta de que Infantino quería darles la cuarta copa para que Messi se retirara siendo bicampeón, como Pelé. Mejor que no ganaron, aunque sigan diciendo que les robaron. La Historia seguirá reconociendo a Lionel como el mejor, con una copa ganada en franca lid, pero con una polémica a sus espaldas por lo que fue el 2026. El Messi humilde, el que no ganaba nada y era buena persona dentro y fuera de la cancha, me merece más respeto que el de los dos últimos mundiales, cuando todavía no se le había dañado el corazón. 




     Lo cierto es que mientras el mundo se estaba derrumbando a pedazos con terremotos por doquier, guerras en Medio Oriente, crisis económicas y revueltas sociales, la población estaba absorta con el circo a falta de pan. El resultado fue una división más profunda entre las naciones. 

     Este mundial, como la política, la religión y la guerra, solo sirvió para hacer enemistades, para adorar ídolos de barro, para destruir familias, para alimentar odios y exacerbar nacionalismos. No nos hizo mejores personas. Porque el fútbol se convirtió en otra falsa fe para manipular; en una trampa perfecta para que cayéramos los incautos que pensábamos que íbamos a ver un mundial en grande, y terminamos viendo un ritual de enajenación.






sábado, 11 de julio de 2026

El día en que la FIFA mató el fútbol

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Crónica)







     El delantero estrella del equipo recibe un pase largo de su compañero, amortigua la pelota con el pecho, avanza por la franja izquierda y se acerca peligrosamente para quedar mano a mano con el portero mientras dos defensores lo persiguen; uno ya le ha dado alcance e intenta obstruirlo con su cuerpo, y el otro se adelanta para cubrir el sector contrario y evitar que tire un centro que pueda ser capitalizado por un buen cabeceador. El atacante dribla al defensa, lo saca del camino, dispara al marco con una potencia arrolladora y el balón se incrusta en el fondo de la red. El guardameta está vencido, el zaguero queda rezagado en el piso y el otro no alcanza a llegar para cubrir el arco a pesar de haber estirado la pierna lo más que pudo. El grito de júbilo retumba en el estadio, la hinchada enloquece y los jugadores se dirigen a la esquina de la cancha a celebrar con un paso de baile caribeño que ya tenían preparado.

     Pero un juez de línea señala algo con el banderín en su mano. Las cámaras apuntan al árbitro central de la contienda que sujeta los auriculares en su oído para escuchar el llamado de sus colegas del VAR. Algo sucedió. Esa celebración no tiene lugar por el momento y habrá que aplazarla para dentro de dos minutos o más, si acaso se convalida la anotación. Los jugadores se toman la cabeza sin poder creer, el árbitro va a la pantalla para revisar, retorna a la cancha, hace el cuadrado con los dedos en el aire, y anuncia a través del micrófono que después de haber visto las cámaras, el delantero que recibió el pase se encontraba en posición de fuera de juego, por lo tanto, se anula la jugada y no hay gol. El público rechifla, los jugadores protestan, encaran al juez, se ganan una tarjeta amarilla. El delantero que ha marcado vocifera y golpea el pasto con la rabia que da la frustración por el esfuerzo perdido. ¡No puede ser! Los del equipo contrario aplauden… la celebración ha sido en vano. 




     Pasar de la alegría a la amargura en tan poco tiempo suele ser bastante más perjudicial que una euforia prolongada, pero así son las reglas del fútbol con las medidas que la FIFA viene implementando oficialmente desde el mundial Rusia 2018 para corregir y prevenir los errores arbitrales ante la imposibilidad del juez central de ver las jugadas polémicas por la rapidez del momento. Hoy día, cuando el asistente de video se ha implementado en casi todos los torneos de la FIFA, se cuenta con una herramienta indispensable para despejar dudas, pero lejos de aquietar las polémicas, parece haberlas acrecentado más. La razón es que independientemente de la cantidad de sensores y avances tecnológicos para mirar con no sé cuántos ángulos de no sé cuántas cámaras si hubo o no hubo una falta, si el jugador la tocó con la mano, si estaba adelantado, si el balón traspasó la línea, o si hizo algún gesto imperdonable, la polémica sigue encendida: las decisiones, al fin y al cabo, las siguen tomando los seres humanos, tan susceptibles de equivocarse como en los tiempos en que la única herramienta era el pito del árbitro.

     Con un agravante, y es que ya no se está sujeto al criterio de un réferi que tiene que tomar una decisión en el momento exacto de la jugada, sin derecho a ver cámaras de ninguna índole y armado nada más que de su buen juicio y de la ayuda de los asistentes de línea, sino que se depende del criterio de una camarilla de jueces en una cabina apartada y dotada con todos los artilugios de la tecnología para aclarar o empañar aún más las jugadas, porque todo es posible utilizando gráficos en 3D. También pueden tomarse el tiempo del mundo para discutir y decidir qué hacer, ya sea haciendo cábalas, especulando el alcance de sus sugerencias al árbitro, o recibiendo órdenes misteriosas y ocultas para cambiar el curso de un partido. Siempre habrá una mano negra, y la transparencia del VAR puede ajustarse a los intereses en juego sin ningún problema.

     Antes, por lo menos, el árbitro tenía que impartir justicia a la vista de todos, con el riesgo de equivocarse o acertar amparado en la siempre vulnerable condición humana. Pero hace rato venimos notando que, si para algo han servido las máquinas modernas, es para hacer una trampa todavía más sofisticada. 




     Así pues, con el VAR se mató la espontaneidad de lo que siempre fue el fútbol. Si esos errores arbitrales que en el pasado eran imposibles de revertir hoy pueden ser evitados para el bien de la justicia futbolera, también es cierto que la alegría de cantar un tanto se perdió para siempre. Nos castraron el placer de celebrar aquello que se consigue con dificultad, especialmente por parte de los equipos chicos. Uno grita gol con desconfianza, uno reprime el gozo hasta que el árbitro señala la mitad del campo y deja de sostenerse esos audífonos, porque muy posiblemente habrá una falta previa, una posición adelantada, una mano invisible, una salida del balón o cualquier cosa que nos pueda aguar la fiesta. La anotación ya no se celebra, sino que se revisa. El corazón a veces no puede con tanta incertidumbre, y el sabor del gol deja un regusto amargo cuando se enfría el grito en la garganta por esperar el dictamen de esa cosa frívola y desnaturalizada llamada VAR.

     ¿Más justicia gracias al VAR y las ayudas tecnológicas como la cámara del árbitro y el sensor del balón? No estoy tan seguro. Para empezar, este mundial de 2026 ha sido el de las polémicas, los goles anulados, las faltas sancionadas a destiempo, las acusaciones de trampa y los favorecimientos a cierto equipo. A pesar de tanta ayuda, no se está midiendo con la misma vara. Las quejas vienen desde el mundial de Qatar, pero esta vez se han hecho más evidentes. Varios equipos han sentado su voz de protesta alegando que se han visto perjudicados por decisiones del VAR. El problema no era la falta de tecnología, sino la falta de ética. 




     En este sentido, no sirve de nada la función del Árbitro Asistente de Video (VAR, por sus siglas en inglés) mientras la FIFA insista en seguir llevando de la mano a un ídolo para darle más de lo que se merece. Lo quieren inmortalizar en el olimpo de los dioses, pero precisamente la magia de los dioses radica en que a ellos nadie les regaló nada y son lo que son por la batalla que dieron en franca lid. ¿Qué necesidad hay de manchar el talento de un genio con prebendas inmerecidas? Más bien lograron que el genio se ganara la antipatía del público que una vez lo admiró. Pasará a la historia por sus títulos cuestionados gracias a la organización mafiosa que está arruinando el fútbol y que él alguna vez, cuando no ganaba nada en el campo de juego, también cuestionó. 

     Sólo que ahora que viene ganando títulos guarda un plácido silencio. Una vergüenza. Para muchos queda claro que la FIFA ya tenía a su campeón desde antes de comenzar este torneo, y es por ello que recurrió al instrumento (VAR) que ella misma implementó con el fin de tenerlo todo bajo control. Incluso lo tuvo en el mundial pasado, pero en aquella ocasión fuimos indulgentes y consideramos que en verdad el jugador se lo merecía a pesar de ciertos cuestionamientos de penales regalados que nunca constituyeron nada más allá de sospechas. Pero esta vez se han pasado de la raya. 




     Lo que sí es cierto, es que cada vez más le quitan la emoción original al fútbol para convertirlo en una dictadura de merchandising. Los dispositivos, las pausas de hidratación, los dobles raceros, el aumento de partidos y cupos, los premios inventados, las decisiones amañadas, el negocio por el negocio; todo ello, ha convertido al deporte de las multitudes en un burdo circo decadente en donde siempre presentan la misma función y ya se sabe cómo termina.

     Pero a pesar de la FIFA y del señor Infantino, nos seguirá gustando el fútbol, incluso con sus mundiales sospechosos y arreglados, porque el talento no se acaba, y aunque unas leyendas se despidan en este mundial, otras estarán por venir. Asimismo, esperamos que se vayan los malos dirigentes, los ambiciosos, los vendidos, los que están matando el fútbol, porque mientras la FIFA y sus torcidos despedazan el deporte, el público estará siempre ahí, apoyando de corazón a sus equipos y viviendo una fiesta con pasión para no dejarlo morir.




sábado, 4 de julio de 2026

Un deporte, múltiples razas y culturas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

Ensayo







     Cuando hablamos de la coexistencia de diversas sociedades en el mismo espacio geográfico provenientes de culturas, lenguas, religiones, historias y tradiciones disímiles con el objeto de que convivan pacíficamente, generalmente hablamos del concepto de multiculturalismo. Esta forma de entender y organizar la sociedad con reconocimiento e igualdad de derechos para cada uno de los actores nace de una noble idea, como lo es la de que todos vivamos en armonía, nos reconozcamos, nos aceptemos como iguales y obtengamos la protección de los estados que nos deben garantizar nuestros derechos, especialmente cuando somos un grupo minoritario.

     Hasta ahí todo suena muy altruista, muy loable y hasta muy coherente, pues qué más quisiéramos que el mundo viva en paz de una vez por todas. El problema surge cuando esta convivencia activa pierde sus reglas claras y la cultura dominante de un país comienza a ser engullida por la cultura débil a resultas de una tolerancia sin límites que convierte las causas múltiples y diversas en un pretexto para hacer desaparecer los valores primigenios de una sociedad. Dicho de otro modo, cuando las mayorías pierden sus derechos para satisfacer a unas minorías que no siempre están buscando la igualdad, sino la supremacía.

     Esto puede verse reflejado en todos los ámbitos: político, racial, económico, social, religioso, sexual, identitario, cultural, deportivo, etc. En la mayoría de los casos, obra un tipo de multiculturalismo promovido por las agendas de la ingeniería social que han hecho su aporte a la deconstrucción del concepto de patria o Estado-nación para transferirlo al ambiguo categórico de la ciudadanía mundial, que propende por la no pertenencia a un país en específico, sino por la condición de ser un habitante del mundo. Sobre todo, aplica para los países receptores de migración. 




     Veamos, por ejemplo, lo que sucede en el mundial de fútbol, para mirar uno de los aspectos más básicos del multiculturalismo, como lo es el fútbol y el deporte en general. Ya constituyen una cuarta parte los jugadores que son ciudadanos por naturalización, adopción, o descendencia, y que representan a sus selecciones en comparación con los nacidos dentro del país. Si antes era la excepción, hoy parece que es la regla, no importa si no existe el amor filial por la camiseta o el sentimiento de fervor patriótico que tradicionalmente caracteriza a los deportistas.

     Veinticinco por ciento de los futbolistas de la presente Copa Mundial de la FIFA 2026 no nacieron en el país que están representando. Muchos ni siquiera tienen raíces allí y su único nexo con esos pueblos es que son hijos de nacionales que a su vez migraron de otros países y continentes. Es por esto que una parte sustancial de los jugadores no se ajustan al fenotipo autóctono que caracterizaba otrora a los habitantes de los países representados.

     Uno antes sabía que los canadienses y los gringos eran los monos; que los escandinavos eran todavía más monos, casi albinos; que los alemanes eran los fortachones grandotes; los ingleses igualmente grandes, pero más estilizados; los franceses de ojos claros y cabellos castaños; los españoles trigueños de ojos oscuros y piel oliva, los italianos narizones y apuestos, los eslavos blancos con rasgos caucásicos los del norte y más aturcados los del sur; los orientales de ojos rasgados y pelo erizado; los africanos de raza negra; los árabes trigueños o morenos, barbados y de pómulos marcados; y los latinoamericanos los más mestizos: medio blancos, medio negros y medio indígenas. Por lo menos así era en la generalidad, pero ya todos esos estereotipos son retrógrados, especialmente para los países de primer mundo. 




     Ahora cualquiera puede ser de cualquier país, porque ya no importan las diferencias raciales, y prácticamente tampoco las culturales. El islam se ha tomado a Europa por la migración africana, y Estados Unidos cada vez más es un país de hispanos. Faltará poco para que el idioma más hablado sea el español y la religión predominante en el viejo continente sea la musulmana. Todo apunta a que los pobladores originales de las potencias extranjeras serán desplazados por habitantes del tercer mundo. El planeta, que vive un invierno demográfico en lo que antes podía llamarse países industrializados y ricos, se encuentra en un boom de superpoblación justamente en las zonas más pobres y atrasadas. Esto es lo que ocasiona el fenómeno de migración y su consecuente fenómeno de multiculturalidad y multiracialidad.

     Por supuesto que como inmigrante no critico la inmigración legal y ordenada como un proceso intrínseco de la civilización y la conformación de los pueblos, sino la ilegal y desproporcionada como producto de una agenda que promueve oleadas de migrantes a países aparentemente estables para causar precisamente lo contrario: desestabilización. Porque todo multiculturalismo forzado, acompañado además de una filosofía basada en el discurso de la persecución contra las minorías, genera un resquebrajamiento interno de las sociedades que no se podrían mantener si en toda relación humana se encuentran razones para pretextar la discriminación y la opresión. 




     Miremos, por ejemplo, el caso de la Selección Argentina en el mundial de fútbol pasado, Qatar 2022, cuando se desató la polémica del por qué en la Selección Argentina no había jugadores negros. El artículo lo publicó el Washington Post tras el triunfo de Argentina sobre Países Bajos en los cuartos de final con el propósito de avivar el machacado debate del racismo, ya que no es un secreto que este es un diario de corte progresista y sus columnistas están bastante comprometidos con la causa woke.

     Al ver que las selecciones europeas junto con Estados Unidos y Canadá tenían un elevado porcentaje de jugadores de origen afro o hispano, y que incluso en algunas como Francia y los Países Bajos los primeros llegan a ser mayoría, el diario quiso poner sus ojos en la única selección de aquel mundial, y creo que del actual, que no tenía un solo jugador negro en su plantilla, porque quería buscar un pretexto para encender la dialéctica de la raza oprimida versus la opresora.

     Pero lejos de ser un tema de discriminación, muchos expertos llegaron a la conclusión de que la verdadera causa de este fenómeno es la composición racial del país gaucho, el cual fue la nación del mundo que recibió la mayor afluencia de población europea a finales del siglo XIX e inicios del XX en proporción a sus habitantes. Italia y España aportaron entre el 75% y el 80% de ese caudal migratorio. De ahí que en Argentina predominen los blancos no rubios con influencia mora de los italianos del sur e influencia indígena de los pobladores nativos originarios.

     En otras palabras, Argentina le paró tan pocas bolas al tema de la raza, que en su territorio no hubo espacio para la segregación ni la discriminación como en el Apartheid, sino que todos los grupos que se encontraban allí después de la Colonia se mezclaron de forma indiscriminada, sin prevalencia absoluta de ninguna raza sobre la otra. Es por ello que la comunidad afro-argentina de finales del siglo XIX y principios del XX ha quedado diluida en el mestizaje aleatorio que allí se dio, resultando en que la tez actual de los pobladores de Argentina no sea blanca totalmente, ni negra por completo. 




     No fue una política deliberada de blanquear la raza para hacer desaparecer a los negros, como sugiere el artículo, sino una simple cuestión de mestizaje. De otra parte, hay que tener en cuenta que en Argentina no se ejerció el colonialismo europeo sobre África como sí lo ejercieron las potencias del viejo continente, lo cual dio por resultado que Europa llevara esclavos, tanto a su territorio original, como a sus otras colonias en América: Estados Unidos, La Nueva Granada, Haití, Brasil, y todo el litoral Atlántico. Pero a la Argentina no llegó la misma cantidad de población negra esclavizada, además de que su economía no dependía de plantaciones intensivas ni de búsqueda de oro, para lo cual la demanda de mano de obra esclava fue menos necesaria.

      Llegados a este punto, hay que reconocer y aceptar que los fenotipos, las etnias o las razas ya no le pertenecen a las naciones, sino al mundo. Igual sucede con las ciudadanías. Poco a poco va dejando de importar el lugar donde se nace, intercambiándose el suelo patrio por el país a donde es más conveniente pertenecer.

     Para seguir a tono con el fútbol, ese deporte de multitudes, es inútil tratar de identificar a los jugadores de un país por sus rasgos físicos, su religión, su cultura o su lugar de nacimiento. Basta lo que diga el carnet FIFA para saber qué camiseta defiende. Aunque eso en verdad no importa: mañana simplemente pertenecerá a la selección del planeta Tierra, cuando el mundo quede pequeño para hacer un campeonato. Seguirá siendo un deporte, pero practicado por múltiples razas y culturas de toda la galaxia; allá, cuando en realidad, en aras del multiculturalismo, las culturas tiendan a ser una: la de la inevitable aldea global.







Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...