sábado, 21 de diciembre de 2024

Luces en el cielo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Por estos días hay razones para estar preocupado en los Estados Unidos, y por ende en el mundo entero: se azuza la entrada de una guerra nuclear contra Rusia por parte del gobierno americano para dejarle el problema al presidente entrante; se reportan avistamientos de ovnis en diferentes ciudades del país; los pájaros vuelan desorientados sin una causa aparente y los accidentes en las carreteras se disparan a un nivel sospechoso, como hace unos años lo fueron los accidentes de trenes. Hay una locura colectiva en el país del norte, y quienes están más tranquilos son aquellos que ignoran todo lo que está sucediendo a su alrededor por estar prestando su atención mayoritariamente a las series de las plataformas y a las redes sociales.

    Pues bien, ojalá esto simplemente fuera cosa de unos pájaros locos o unos conductores imprudentes, o de un gobierno belicista que amenaza con provocar una guerra. El descontrol en este país viene desde hace mucho rato, y se ve reflejado en el desvarío del que habita en La Casa Blanca; en el caos que todos los días se agita en la frontera con México; en la economía con niveles de inflación estrambóticos para un país acostumbrado a la estabilidad; en la salud mental de sus habitantes proclives a la crisis existencial y a las adicciones; en la pérdida del sentido y el mal manejo del albedrío de la gente.




     Ahora les ha dado por los ovnis, pero les llaman “drones”. Mejor dicho, no se sabe qué son. El gobierno ha minimizado su importancia reduciéndolos a ser simplemente vehículos aéreos no tripulados manejados a control remoto para el entretenimiento y la investigación. Drones. ¿Drones de quién? Tampoco se sabe. La explicación absurda que da el Secretario de Seguridad Nacional, el señor Alejandro Mayorkas, es que como las leyes de la FAA sobre la seguridad espacial se han vuelto tan laxas en lo relativo a los drones, pues que estos dispositivos ahora pueden volar por cualquier lugar del espectro espacial sin problema alguno. Desde luego, no es cierto. Los drones tienen que cumplir unos lineamientos. De hecho, cuando estos se están aproximando a zonas sensibles como aeropuertos, bases militares o edificios gubernamentales, pues están imposibilitados para operar, porque quedan inhabilitados de inmediato: sus circuitos se apagan o no responden a las órdenes del operador a distancia hasta el punto de que a veces se precipitan a tierra o ni siquiera encienden. Sólo los que vienen sobrevolando desde hace 20 días en Estados Unidos lo pueden hacer libremente.

     ¿Se trata de una tentativa para distorsionar la realidad por parte del gobierno de los Estados Unidos? Pues precisamente para evitar que proliferen las llamadas “Teorías de la Conspiración”, el gobierno debería ser el primero en salir a explicar con la verdad qué es lo que sucede con estos tales drones. Algo ocultan, desde luego, o algo quieren hacer creer. Tal vez es el gobierno el primer interesado en que la teoría conspirativa se esparza para que el pánico cunda entre la población. Claramente se han visto cantidades de objetos que vuelan por el cielo de Nueva York, de New Jersey y de otros estados de la Costa Este, pero afirman que esto no debe ser motivo de preocupación, pues son drones recreativos y comerciales, y que todo obedece a una neurosis colectiva que no tiene razón de ser.




     Fue en 2020 cuando el gobierno de Trump desclasificó información confidencial en la que se confirmaba la existencia de ovnis y los avistamientos de estos objetos a los que decidieron llamar UAPs (Fenómenos Anómalos No Identificados). Entonces el mundo entero yacía encerrado bajo la pandemia y no se podía tener certeza de su veracidad. No era el momento propicio para sacar a relucir esta información, y más parecía la justificación de un fenómeno que podía presentarse en cualquier momento, como si se tratara de una cosa muy natural, aunque sabemos bien que la aparición de este tipo de objetos en el cielo no nos deja de causar sorpresa y temor precisamente por su carácter incognoscible.

     Ahora, nuevamente Trump, ya como ex presidente y al tiempo como presidente electo, le exigió al gobierno que los derribara, pues es lo que manda la ley. Habla de que si esas naves extrañas provienen de un garaje, el Ejército tiene la obligación de descubrir ese garaje e investigar quiénes operan esas naves desde allí. La administración Biden se niega a hacerlo, ya que desestima esta invasión de aparentes drones. Desde luego que el gobierno conoce bien de qué se trata, los militares saben bien de dónde despegaron, hacia dónde se dirigen y a hacer qué. Al parecer, la invasión de estos objetos está siendo controlada desde algún punto del país o del mundo, y por eso el gobierno le ha restado importancia: no quiere decir qué es lo que sucede en realidad.




     Los presuntos drones tienen formas y diseños exóticos: triangulares, circulares o amorfos en algunos casos. Luces sicodélicas, fulminantes y titilantes que se funden unas con otras a gran velocidad. Parecen hologramas y vuelan muy cerca de los techos de las casas y edificios. Lo hacen en espiral, describiendo ondas o en línea recta, como si poseyeran vida propia o un cerebro inteligente los operara a control remoto. En algunos casos son del tamaño hasta de un automóvil, de más o menos seis pies de largo. Algunos testigos los han visto y los han grabado con sus celulares mientras estos vuelan sobre las casas, sobre los terrenos, sobre entidades militares, sobre bases en donde hay arsenal militar y hasta sobre la residencia del presidente Trump. Reportan los avistamientos para que les expliquen qué es lo que pasa y a qué se debe esto, pero no obtienen explicación racional. Los habitantes están tan preocupados por la invasión de “drones”, que ya han comenzado a dispararles por su propia cuenta ante la pasividad de las autoridades. ¿Quién querría que un objeto extraño del tamaño de un automóvil vuele impune sobre el techo de su casa? Atestiguan que el ruido que producen estos aparatos es ensordecedor, muy similar al ruido que producían los llamados “cielomotos” que se escucharon en diferentes partes del mundo en 2020, mientras los ciudadanos estaban aterrorizados y encerrados como producto de la pandemia del Covid-19. Recuerdo que una vez escuché uno de estos cielomotos, y créanme que el sonido que producen es muy distante de ser el de un gran trueno producto del choque de unas nubes con otras, porque es un rugido tan artificial que le hace pensar a uno en un misil dirigiéndose a la tierra. Los científicos del Establecimiento dijeron en esa ocasión que esto era tan común que no había motivo para asustarse, pero la gente despierta sí que sabe que esto no es cierto, porque semejantes ruidos no se habían llegado a escuchar de la manera en que se escucharon por esos días.




     Pero volvamos a los mentados drones. ¿Cómo no pensar que estos artilugios están siendo manipulados desde una organización que trasciende las fronteras de los Estados Unidos con anuencia del mismo gobierno? Desde una base en algún lado del mundo, desde un gobierno foráneo, o desde el mismo Pentágono, desde el Kremlin, qué sé yo. Definitivamente no es producto de la espontaneidad, sino de una articulación de sociedades milimétrica y eficiente.

    Es bien conocido que existe un proyecto llamado el Blue Beam Project, también conocido como Proyecto de la Iluminación Divina, creado por el periodista canadiense Serge Monast, el cual ha sido catalogado como un teórico de la conspiración, quien argumentaba que los eventos ufológicos y divinos “son producciones elaboradas por grupos de poder como el Gobierno de Estados Unidos o la NASA que tendría como objetivo el control social mediante la histeria colectiva y la incertidumbre para así establecer un nuevo orden mundial”.[1] Sugiere que el mismo gobierno de los Estados Unidos está montando toda una urdimbre para hacer pensar que los alienígenas existen y que de hecho preparan una invasión sobre la Tierra. A través de hologramas y puestas en escena que simularían un escenario muy real harían entrar a la población en pánico colectivo, y más si esto viene acompañado de una destrucción sistemática y unos cuantos muertos para hacerlo todavía más creíble. No parece que fuera una Teoría de la Conspiración, sino una conjetura muy factible teniendo en cuenta que ya en otras ocasiones han hecho entrar a las personas en pánico colectivo, como lo hicieron por ejemplo cuatro años atrás con una pandemia de dudoso origen. Ya saben: inspirar terror como arma de control. ¿Realmente se trata de una invasión alienígena, como desde algunas esferas del gobierno se pretende insinuar, y si es así por qué no lo dicen directamente, no nombran la palabra? En ese caso sería una invasión extraterrestre muy conveniente a los intereses del NOM ahora que Trump está a menos de un mes para posesionarse en su cargo de presidente por segunda vez.




     Por otra parte, existe otra hipótesis mucho más realista y posible para explicar la aparición de misteriosos objetos voladores no identificados sobre el cielo, y es que se ha reportado por parte de la Comisión Reguladora Nuclear de Estados Unidos que desde el pasado 2 de diciembre ha desaparecido en New Jersey un tipo de material radioactivo clasificado como menor a categoría 3. Según el informe de la Comisión, encontraron los contenedores del material radioactivo vacíos o averiados; es decir, los contenedores aparecieron, pero los desechos nucleares se perdieron y no se sabe a dónde fueron esparcidos. John Ferguson, CEO de Saxon Aerospace, experto en sistemas aéreos no tripulados, ha dicho en entrevista que la relación de esta pérdida de material peligroso con la aparición de los presuntos drones se podría explicar en que estos últimos están volando por los aires del país en búsqueda de dicho material radioactivo. También es posible que estén a la caza de alguna ojiva nuclear de las más de ochenta que desaparecieron en Ucrania después del colapso de la Unión Soviética y se teme que alguna de estas ojivas haya podido llegar a territorio norteamericano, según Ferguson. La información que el CEO de Saxo Aerospace maneja se la ha tratado de transmitir al gobierno norteamericano, pero no le han hecho caso. Es posible, pues, que haya complicidad del mismo gobierno en la introducción de una o más ojivas nucleares perdidas en Ucrania a territorio norteamericano. ¿La razón? Ferguson afirma que para nadie es un secreto que la actual administración está presionando para entrar en una guerra con Rusia, y el hallazgo o quizá la lamentable detonación de un arma nuclear de semejante envergadura podría ser el motivo inventado para declarar la guerra aduciendo de que Rusia atacó a Estados Unidos, no importa si para ello tienen que arrasar con una ciudad entera. Esto, repito, se trata de una hipótesis propuesta por el señor Ferguson, pero el Ejército de los Estados Unidos tiene la obligación de investigar y aclararle a la población la verdad sobre estos avistamientos para que no se sigan tejiendo teorías que a la larga los puedan perjudicar.




    Y mientras estos objetos voladores no identificados surcan el espacio aéreo de los Estados Unidos y la población anda angustiada ante lo que podría ser la semilla de un eventual ataque terrorista o una tecnología dura para robar información de los dispositivos de la gente a través de técnicas de escaneo, los enemigos de la nación deben estar secos de la risa y frotándose sus manos por la oportunidad que se les abre ante el colapso nervioso y tecnológico que podría estar viviendo su rival más encarnizado. Se ríe Xi Jing Ping, se ríe Putin, se ríe Irán y todos los que sienten alguna inquina por la que poco a poco está dejando de ser la primera potencia del mundo ante ataques como estos. El ridículo es de marca mayor, y el silencio es la única respuesta de un gobierno que no quiere dar explicaciones, pero que sabe muy bien lo que está haciendo.



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[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Blue_Beam_Project

Nota: los datos y las imágenes utilizadas para este artículo están basados en la investigación periodística de la periodista Isabel Cuervo publicada en su canal de Youtube. 
https://www.youtube.com/watch?v=-lmy4gbKZDk&list=PL18sLbvMjYxd__HXSrTWSVhlDmhHMUeqM






sábado, 14 de diciembre de 2024

Nueva York es una mierda

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








     “Nueva York es una mierda”, piensa Rupertino Díaz cuando oficia en el papel de transeúnte desmoralizado y desata su inconformismo contra todo aquello que lo rodea. Agrava su percepción y se detiene a renegar en cualquiera de las calles pestilentes de la ciudad en la que el destino lo puso momentáneamente para probarlo y comprobarle que también el “primer mundo”, cada vez más parecido al tercero, le ha quedado grande.

     No se refería Rupertino a la ciudad apodada “La Gran Manzana”, no, sino a la verdadera Nueva York: la Nueva York de los inmigrantes. Porque una cosa es lo que muestran en la televisión, en las películas de Hollywood de los años ochenta, cuando la metrópoli vivía su máximo esplendor reflejado en sus luces de fantasía y sus rascacielos de opulencia situados en el condado de Manhattan (Bajo Manhattan para ser exactos); y otra cosa es verla desde el otro lado de la isla: desde el peligroso Bronx, el desafiante Brooklyn o la convulsionada Queens, allí donde se encuentra el alma de aquella ciudad santuario para indocumentados y delincuentes, que están lejos de ser lo mismo.

     Sí, otra cosa es apreciar a la ciudad de Nueva York desde adentro, como la estaba viendo Rupertino en ese instante. “Definitivamente”, piensa él, “la gente que no conoce Nueva York en vivo y en directo está totalmente engañada por lo que se imaginan que es”.




      La primera vez que Rupertino visitó la ciudad fue hace diez años. Apenas pudo dar una ojeada por encima, se le vino a la mente una comparación: “Esto es Cali”, pensó, sólo que con muchos más negros de los que hay en Cali (porque lo auténtico es decir negros y no afroamericanos), y además con una buena dosis de las otras razas que en su tierrero natal no era muy común ver: chinos, indios, rusos, árabes e hispanos con acentos diferentes al suyo. Y Rupertino no elucubraba esta comparación porque fuera racista o clasista, o algo por el estilo, sino porque lo que él había visto de Nueva York en las películas y lo que le habían contado era otra cosa. Lejos de impresionarse por lo que vio, más bien se llevó una feliz decepción. No le pareció grave que no fuera una ciudad de ensueño cuya infraestructura no estuviera tremendamente robotizada, puesto que Rupertino realmente se encontraba en el condado de Queens, en donde lo que predomina es la diversidad étnica y el modo de vida foráneo de cada vertiente de la inmigración: Queens es lo más parecido que hay a la capital del Valle del Cauca en Colombia, lo reitera Rupertino, o a cualquier ciudad del tercer mundo; con sus ventajas y sus dificultades, su comercio, su mugre, su libertad, su entretención y su individualismo.




     Lo que sí lo sorprendió fue el llamado Subway, o tren subterráneo, que a pesar del envejecimiento y el parcial deterioro en el que se encontraban sus instalaciones, no se podía negar que los gringos eran unos magos para haber construido semejante obra de ingeniería en las profundidades insondables de la metrópoli. Allí hay una ciudad debajo de otra, casi que ajena a aquella que la contiene y que a duras penas le presta sus escotillas para respirar en los andenes. Se podría pensar que los neoyorquinos se la construyeron a las ratas con la condición de que estas les dejaran pasar por allí sus trenes a toda velocidad. Nunca se sabe en Nueva York si se camina por suelo firme o si se está pisando el techo de la ciudad subterránea de las estaciones del Subway.

     Y a pesar del movimiento, de la exactitud, de la vigilancia, de la medición, de la información y la sofisticación, Rupertino piensa que Nueva York es una mierda. “¿Por qué dice eso?”, le preguntan quienes lo escuchan cuando ha regresado a su país de origen y él solo atina a contestar: “una mierda porque sí”.

     Explayándose en su respuesta cuando su estado de ánimo se lo permite, se concede a sí mismo una licencia para renegar a sus anchas. “¿Les parece poco?”, pregunta moviendo la cabeza sin siquiera haber expuesto qué es lo que a él le parece demasiado, y da rienda suelta a sus impulsos reprimidos:




     —Apenas sales de la casa te encuentras con un basurero de 830 Km2, porque es la ciudad del mundo que más basura produce. No dan abasto las canecas ni las bolsas, ni el camión recolector que pasa en determinado horario, pues la basura se desborda y se expande en todas direcciones, y nunca en Nueva York verás una calle que se mantenga limpia por dos minutos. En todas las esquinas, basura; tirada o recogida en bolsas, qué más da, pero todo es sucio en Nueva York; desaseado, abandonado, desatendido. El aire de la ciudad es un aroma que se confunde con el pescado podrido o el cadáver de una rata y se disimula con el humo apestoso que producen los que fuman marihuana en cada esquina. Siempre huele a algo en Nueva York, pero nunca es un buen olor.

    »Aparte, te subes al transporte público y lo único que encuentras es gente apelmazada, pero nunca un puesto. Vas al mercado y hay tanta gente que pierdes más tiempo haciendo turno para pagar que eligiendo lo que vas a llevar; entras a una cafetería y está tan concurrida que no encuentras donde sentarte tranquilo a tomar un café; vas a entrenar al gimnasio y tienes suerte si encuentras una mancuerna disponible, y si acaso la encuentras olvídate de hacer ejercicio, porque no hay banco: gente, gente, gente y más gente; a toda hora y en todo lugar un exceso de gente en Nueva York, que por ser tantos pierden su valor como personas, porque ya se vuelven masa. Lo peor es que la gente tampoco quiere ver a la otra gente. Todos nos estorbamos en Nueva York, todos sobramos, y así cada día sigue llegando más gente hasta el punto de que ya no cabemos en la ciudad. Luego dicen que el mundo está superpoblado, pero no es así. Lo que sucede es que todos se han ido a Nueva York, a esa mierda que no sé qué tanto de bueno tiene. Y cuando no es gente son carros. El tráfico es imposible, peor que en Bogotá, que ya es mucho decir. Trancones y más trancones, y carros invadiendo el carril por donde uno va hasta provocar accidentes lamentables.




     » ¿Y me van a hablar de la cultura? Pero si allá la cultura angloamericana hace rato se acabó, por Dios. Allá ya nadie respeta nada, ni las zonas de parqueo, ni los semáforos, ni la fila para ingresar al bus, ni el espacio individual, pues hay que cederle siempre el paso al que viene andando en sentido contrario como un toro que quiere embestir. Ni hay cultura de respeto por los ancianos ni por las mujeres, a quienes a cada rato avientan a los rieles del tren. ¿Cultura? Será la cultura de la muerte, tal vez, por esa misma razón de que en Nueva York, como en toda metrópoli, estamos comenzando a odiarnos unos a otros, y tal vez eso explique por qué hay tanto loco en esta ciudad. Ciudad de enfermos mentales, de marihuaneros, de drogos, de bandidos y holgazanes hispanoamericanos que quieren ser mantenidos por el Estado; ciudad de parásitos, de idiotas que piensan que el mundo les debe algo, de avivatos que se la quieren ganar toda con el menor esfuerzo; en fin, ciudad de progresistas. No, allá no hay cultura, sino todo lo malo de todas las culturas, porque nadie está dispuesto a adaptarse a la cultura del país, sino que cada cual pretende imponer su modo de vida en el espacio que no le corresponde. Multicultura, le llaman a eso, pero en vez de ponerse en guardia contra los peligros, porque están destruyendo la cultura tradicional, lo aplauden y lo ponderan como diversidad.

     »¿Y el clima qué tal? Fríos incompatibles con la vida y calores delirantes que lo ponen a uno a gritar si se recibe el sol por más de dos minutos. Un sofoco que no deja respirar, o un hielo que lo pone a uno a temblar y lo obliga a portar una cantidad de trapos encima que después uno no sabe qué hacer con ellos. Porque todo es extremo en Nueva York.

     »Que sí, que muchos parques y muchas cosas bonitas, pero esos son meras distracciones para que la gente se olvide de que vive en Nueva York, donde la felicidad no es posible y donde se llega a comer un poco de mierda, que no le debiera sentar mal a nadie, pero allá hasta la mierda hace daño, porque en vez de forjar mejores personas, nos ha vuelto más soberbios, pues le hacemos creer a los que están en nuestros países de origen que estamos triunfando, pero insisto, lo que estamos es comiendo mierda, que esa igual se la puede uno comer en su país.




     Por esas razones Rupertino regresó a su ciudad, Pereira, una pequeña provincia ubicada en el Eje Cafetero colombiano, delimitada por dos ríos caudalosos y enclaustrada entre un páramo y un valle caluroso que la hacen poseedora de un temible aguacero diario bordeando el mediodía.

     Cuando por fin se instaló en Pereira después de casi cinco años de ausencia, la encontró como si fuese una ciudad ajena, distante, más extranjera y displicente que la misma Nueva York. De un momento a otro su ciudad ya no era suya. Sus amigos lo veían con recelo, sus familiares con desdén por haberse ido en medio de tanta crítica para Pereira, sus conocidos no podían ocultar algo de sorna para con Rupertino. Entonces cayó en la cuenta de todo lo que aborrecía de su tierra natal antes de haber emprendido el viaje fuera de ella: el desempleo, las deudas, la insolvencia económica, los acreedores, la fama de inútil, las broncas con sus allegados, las burlas de sus enemigos, el recuerdo de los desamores, la incompetencia propia que le producía estar allí, la falta de motivación, los chismes parroquiales, las mujeres interesadas, las actitudes venenosas, el arribismo de sus conocidos que se ufanaban de haber conseguido más que él sin haber necesitado irse del país, la imposibilidad de tener metas en la vida, el panorama sombrío, la falta de un plan de escape ante los desmanes autoritarios del gobierno de turno, la mentalidad mamerta de tantos de sus contertulios que se quedaron con la vista puesta en el terruño, la mentalidad mediocre como la de él, de la cual nunca pudo escapar, en fin. Lejos de sentirse a gusto en Pereira, el espíritu del inconformismo empezó a hacer mella en Rupertino, nuevamente, para invocar el antiguo mecanismo del repudio.




     De nuevo, los malos sentimientos comenzaron a aflorar al constatar que en su ciudad aclamada tampoco llegaría a obtener ninguna clase de éxito en ningún proyecto. “Pereira es una mierda, Colombia es una mierda”, gritó mientras elaboraba su esquema de huida. ¿Hacia dónde? Probablemente hacia Nueva York, que era el único destino en donde podría evadirse mientras allí estuviera su madre, la única que lo volvería a recibir. Pero ella quería regresar a Colombia apenas considerara cumplido su periplo allí, así que esa puerta de escape podría cerrársele en cualquier momento. ¿A dónde más huir? ¿Hacia qué horizonte dirigir su mirada si Rupertino en todos lados se hallaba en el lugar equivocado?

     Él, inadaptado por naturaleza, rebelde desde el nacimiento, confundido irredento y contradictor de sí mismo, estaba sospechando que al lugar que fuera, todo habría de parecerle una mierda, tal vez porque la mierda no se hallaba en ninguna parte más que en su espíritu díscolo y desencajado. Tal vez la mierda era él y todo lo que generaba a su alrededor, porque era Rupertino con su ánimo sombrío y funesto quien entristecía las calles de su linda Pereira; quien encochinaba a la majestuosa Nueva York.

     Lo único que se puede hacer con la mierda es limpiarla, erradicarla, disolverla, borrarla de la faz de la tierra. De ahí que Rupertino se encuentre en una sinsalida, porque no sabe qué hacer con él.





sábado, 7 de diciembre de 2024

Los nuevos parias

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Una organización mafiosa y socialista encumbrada en el poder; un presidente al que le importa un comino la suerte de su país y está decidido a arruinarlo para entregárselo a unas corporaciones supraestatales a cambio de algún reconocimiento que infle sus delirios de grandeza; unos servidores públicos arrodillados a una causa infame con tal de no perder sus posiciones; y unos partidarios incondicionales a un gobierno que les da migajas y creen ser feliz con ello. Esta es la síntesis de lo que vive Colombia a nivel político. La camarilla que hoy detenta el control del Estado está haciendo transitar a Colombia por una senda que, si no cambia de rumbo, nos va a llevar a convertirnos en los nuevos parias de América Latina.

     El panorama político y económico es cada vez más oscuro, cada vez más parecido al del hermano país, devorado en las fauces de la trampa socialista. La gente comienza a hacer sus maletas, a cerrar sus negocios, a poner en venta sus casas, a retirar sus ahorros y a comprar los pasajes solo de ida hacia un lugar donde la peste de la izquierda no los pueda tocar.

    Son pocos los lugares que están libres de ideologías zurdas en el mundo, porque ahora se aparecen camufladas con la indumentaria de otros movimientos que a la postre también devienen en ruina moral y económica: el Progresismo, la Social-democracia, la Tercera Vía, el Socialismo Corporativo, entre otros. Siendo que son formas de gobierno y organización social tan diferentes unas de otras; siendo conceptos que incluso podrían estar en las antípodas o no tienen relación alguna, todos estos sistemas apuntan a lo mismo: el empobrecimiento general de los ciudadanos; la atomización del ser humano al verse abocado a la pérdida de su cultura, sus tradiciones e identidad; y la pérdida de las libertades.




     Colombia no es la excepción, sino otro laboratorio para que se ejecuten estas políticas al máximo. De ahí que se comience a votar con los pies lo que hace dos años se votó en las urnas por injerencia de la propaganda del odio y la mentira que llevó a más de uno a creer en cuentos de hadas. Esa obstinación revanchista por la promesa de un cambio, especialmente por parte de las nuevas generaciones, terminó dándole la entrada a una casta política de izquierda que acentuó las perversidades y las malas prácticas que tanto le criticaban a la derecha. Dijeron que eran diferentes, pero en realidad eran otra camarilla que aspiraban a ser gobierno para comportarse peor que reyezuelos déspotas, interesados más en los privilegios que obtendrían antes que en la gente que los puso allí.

     Al votar por la política del decrecimiento, del regresionismo, del aislamiento comercial, de la alineación con el eje del mal en el concierto internacional, votaron también por las posiciones a la baja de las calificadoras de riesgo, que previamente mantenían una visión positiva sobre el país y ahora nos evalúan con una calificación poco favorable. Votaron por el aumento de las tasas de interés, por la fuga de capitales y la disminución de la inversión extranjera. Votaron por la desaceleración económica, el nulo crecimiento, y hasta por la exigencia de visado desde Reino Unido, donde permitieron la entrada de colombianos sin el requerimiento de la visa por algún tiempo. Hacía falta que llegara un gobierno de corte socialista para que revocaran la medida.




     No es un secreto que las directrices con las que se está manejando el país vienen generando la peor de las incertidumbres ante la subida de los precios de los alimentos, del combustible o de las materias primas (aunque digan que tienen la inflación controlada), y ante el aumento de la pobreza y el desempleo. De paso se desató una epidemia de escepticismo cuando siempre nos hemos caracterizado por ser una nación que mantiene la esperanza. La política económica está más enfocada en las ideologías que en la realidad de los ciudadanos. La clase media, que históricamente ha sido la columna vertebral de la economía nacional, está desapareciendo. Los más vulnerables, en nombre de quienes orquestaron todo este desastre, se enfrentan al hambre física. A este paso seremos un país vacío, una patria errante.

     Según Migración Colombia, la fuga masiva de ciudadanos al extranjero comenzó como un cuentagotas, pero poco a poco se está convirtiendo en un grifo abierto. Aunque la migración ha sido un fenómeno recurrente debido a los conflictos armados, el desempleo y la falta de oportunidades, parece que esta ha adquirido nuevas dimensiones: “más de mil personas al día abandonan el país con la intención de establecerse en el extranjero.”[1] Los destinos son muy variados: Estados Unidos, España, y algunos países latinoamericanos, como Chile y Ecuador, son los sitios que más eligen los compatriotas para establecerse.




     No se trata sólo de personas con pocos recursos, sino también de empresarios, profesionales y gente con cierto nivel de educación los que se ven obligados a marcharse porque el panorama ya no ofrece las oportunidades que antes hubo. El efecto que esto produce es doble pobreza. Por un lado, la salida de capital humano no solo empobrece a Colombia, sino también a las naciones que reciben a los colombianos. La mayoría es mano de obra no calificada que llegan a engrosar las cifras del desempleo o del empleo de baja remuneración, lo cual no es un aporte significativo de talento para las sociedades prósperas. Los territorios invadidos por un exceso de migrantes incrementan sus costos sociales y ponen en riesgo su cultura y su soberanía. Es por ello que países como Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea tienen sus ojos puestos sobre Colombia desde una perspectiva de desconfianza. Antes éramos un socio estratégico para ellos; ahora nos ven como un obstáculo y al mismo tiempo un futuro problema que se les podría salir de las manos por la diáspora que se les avecina. Las consecuencias, desde luego, las pagarán los expatriados legales que ya han hecho su proceso en otro lugar y que se han radicado cumpliendo las reglas a cabalidad, pero a ellos les tocará cargar con la cruz de la mala imagen y el rechazo que suscitará la diseminación de colombianos por todo el mundo, tal como sucede hoy en día con los venezolanos.




     Así las cosas, con una economía destruida por la ineptitud y la mala sangre del gobierno apátrida, con la inseguridad rampante que es tolerada por este mismo; con el irrespeto a la propiedad privada y la persecución a cualquiera que ha logrado hacerse con cualquier peso; con el resentimiento y el odio que exhala el presidente contra la supuesta clase acomodada, que no es otra que la clase que ha trabajado y ha logrado capitalizar algún ahorro; no nos quedará de otra que someternos a un exilio permanente que a la larga se convertirá un exilio sin retorno

     Si no se toman medidas urgentes para cambiar este rumbo, los colombianos terminaremos siendo despreciados y marginados en el contexto internacional, como los nuevos parias que seremos en el exterior. O viviendo en un país sin perspectivas de progresar, de hacer empresa, de encontrar un buen empleo, de formar familia, de ser libre, de vivir una vida medianamente normal. Es casi igual a vivir en una prisión en donde no hay otro remedio que esperar el día en que por fin se salga de ella, como esperamos los colombianos el 7 de agosto de 2026, que es la fecha en la que constitucionalmente se terminaría este gobierno, si acaso no puede ejecutar su plan de perpetuarse. Porque es seguro que lo va a intentar. Y en una de esas, si continuamos con este adormilamiento frente a todas las impudicias que ha cometido este guerrillero y sus secuaces, se podrá salir con la suya.



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[1] Agustín Ricci. (5 de junio de 2024). Esta es la impresionante cifra de colombianos que se van del país: ¿cuál es su principal destino?. La República. https://larepublica.pe/datos-lr/colombia/2024/06/03/esta-es-la-impresionante-cifra-de-colombianos-que-se-van-del-pais-cual-es-su-principal-destino-lrtmco-97617

sábado, 30 de noviembre de 2024

El país de los estoicos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








     En estos días en que he vuelto a estar más activo socialmente; en que he salido un tanto de mi ostracismo de académico aficionado y he tenido la oportunidad de hablar con familiares y amigos a raíz del suceso que cada año nos convoca a reunirnos, como lo es la visita de un ser querido que reside en el extranjero, he estado pensando con preocupación en el futuro incierto que se nos avecina a todos, y he llegado a la conclusión de que lo más duro está por venir. Y no precisamente lo mejor es lo que está por venir, como dice el refrán, sino lo peor.

     Lamento el tono pesimista de mi entrada de esta semana. Habría sido mejor atisbar en la vida secreta de ese personaje llamado Rupertino Díaz, que a veces nos hace algún guiño de complicidad ante el infortunio humano, o nos aburre con su fracaso perenne, pero el contacto con otras personas en los días recientes me ha procurado una dosis de realidad que no puedo dejar pasar. Rupertino podrá morir cualquier día con dignidad en el momento en que su creador deje de convocarlo en sus historias, pero la gente del común, mi familia, mis amigos, yo mismo, al contrario, no tenemos esa posibilidad de escabullirnos del futuro con el manido recurso de la fantasía. En esta vida corpórea no hay escapatoria: algo tendremos que inventarnos, alguna decisión tendremos que tomar, para algún lugar nos tendremos que ir, aunque nos convirtamos en los nuevos parias.

     Si uno se queja de la situación con aquellos que son afines a los propios pensamientos, encontrará que en el fondo de toda queja alienta un mensaje de resignación, pero también de esperanza. “Esto está muy duro, pero Dios proveerá”, o “Dios quiera que todo mejore”, dicen las personas invocando la mediación del Ser supremo, porque si nos atenemos a las acciones humanas, aflora el desencantamiento.




     En el caso de ese país que se olvidó del Sagrado Corazón por estar resintiendo de la bienaventuranza ajena, las lamentaciones de los buenos se han escudado en el silencio, porque estos no se quieren parecer en nada a los necios que hasta hacía poco berreaban a todo pulmón exigiendo sus reivindicaciones. La mayoría de las personas honestas y trabajadoras pasan el trago amargo a punta de estoicismo, la escuela de la antigua filosofía griega que nos dice que si nos caemos nos tenemos que volver a levantar y que hay que hacer lo que haya que hacer para no quedarnos en el piso.

     Colombia es un país de aguantadores en donde la mayoría ha tenido que llevar su procesión por dentro, mientras que una minoría ruidosa alega ser víctima de las circunstancias y de una historia que ni siquiera ellos vivieron en carne propia. Aquí, cuando se trata de renegar del panorama que nos aguarda, son pocos los que se atreven a señalar a los culpables o a poner el dedo en la llaga. Nadie quiere hablar de política a profundidad, de economía, de religión, de cultura, de ningún tema que pueda ser motivo de discordia o que nos inste a sacarnos de la zona de confort. ¿Para qué, si ya suficiente tenemos con los problemas que nos plantea el día a día? ¿Para qué devanarnos los sesos buscándole soluciones a los problemas que otros han causado si al fin y al cabo no podemos ni solucionar nuestras propias afugias personales?




     Estamos en un punto tan crítico que sentimos que cualquier opinión que emitamos será utilizada en nuestra contra, pues con toda esta polarización que existe al respecto, uno ya no puede estar seguro de lo que piensa, y mucho menos de lo que habla. No falta el que se alebreste por algo que alguien dijo y le quiera dar cátedra para poner en evidencia la ignorancia ajena con respecto a un tema en el que ese alguien medianamente se desenvuelve, pero sobre el cual tiene el derecho de opinar. Ya saben que hoy en día todo el mundo es experto en todo, aunque nadie sepa de nada. Y lo peor, que los demás siempre saben más que uno. Nuestra opinión no cuenta si hay otro que considera que tiene una mejor, y por lo general siempre es así. ¿Que si hay una guerra en Siria y alguien celebró la caída de Bashar al-Assad? Mucho cuidado, porque puede haber un Basharista a las espaldas que lo haga a uno sentir un tonto con el enunciado de la siguiente réplica: “A lo mejor usted dice eso porque no conoce la historia”, y ya está. El argumento infalible para anular la opinión del otro. También está la típica frase de “debería informarse mejor”, o “no hable de lo que no sabe”, que es básicamente lo mismo. Uno no sabe nada, porque los que saben son los demás.




     Volviendo a Colombia, encuentro que aquí la gente guarda sus reservas al opinar en vivo y en directo por la misma cultura de censura que se está promoviendo desde los grandes medios de comunicación y las redes sociales. O más bien, aquí los únicos que tienen derecho a opinar son los influencers y periodistas de oficio de los programas radiales o televisivos. De hecho, las personas los seguimos y escuchamos su opinión, pero poco nos atrevemos a dar la nuestra en las conversaciones presenciales. Por ello, extraño los tiempos en que uno podía alegremente reunirse a despotricar del presidente al calor de un tinto o unos aguardientes, y así, entre copa y copa, se arreglaba el país en una noche de tertulia. Ahora las reuniones se caracterizan porque cada uno está metido en su celular con su influenciador particular o su entretenimiento de turno, como si estuviera atrapado en una cápsula, y ya nadie se atreve a interactuar con nadie. Y si lo hacen, el tono de la conversación es tan sutil y moderado que es vergonzoso permitirse un acaloramiento, justo en los tiempos en que más motivos tenemos para estar indignados.

     Lo políticamente correcto es lo que prima hoy, y por ello el miedo de incomodar es tan latente. No sólo eso, sino que la gente está cansada de hablar siempre de lo mismo. Para evitar debates y malas vibraciones preferimos adentrarnos en los tópicos más gaseosos posibles: la farándula, la vida misma de las personalidades, pero vista desde el ámbito más superficial. Entonces se habla de que un sinvergüenza “le puso los cachos” a la primera dama con un travesti, pero no se ahonda en la gravedad que tiene para el país estar presididos por un hombre de baja estatura moral. En tiempos de mi padre el rumor de un mandatario degenerado y adicto era motivo suficiente para provocar la defenestración. Ahora lo que menos importa es la honorabilidad, porque entre más hampón sea el sujeto, más posibilidades tiene de triunfar en la política.




     Pero como todo ha cambiado, y dicen que es por el progreso del Hombre, pues la mayoría de las personas contribuyen a la espiral del silencio para no perder la comodidad de no tener que defender posturas. Más bien se entra en la onda tan propagada de la empatía, a pesar de que muchas veces es de dientes para afuera. Lo que sea, con tal de no sumarle negatividad al universo emocional que cada uno se ha construido para sí mismo.

     Así, la gente buena va aceptando que el mundo es tal cual se les presenta y no hay por qué quejarse tanto. Que si el presidente es el peor ladrón de todos los que ha habido, es normal, porque todos han robado; Que si medio país se está marchando a otro lado por la mala situación económica y el desempleo, no hay por qué asustarse, pues igual, en Colombia la migración es producto de un malinchismo que se nos viene contagiando desde hace décadas. Que si están cerrando los negocios y están vendiendo las casas y los apartamentos no es porque soplen los vientos socialistas, sino porque la mala situación es por todas partes, así que no culpen al gobierno. Que si la izquierda está acabando con el país, no hay que hacer aspaviento ni criticar, porque cuando estuvo la derecha no estábamos mejor.




     Bajo esa lógica nos han obligado a practicar el estoicismo por resignación. Nadie habla, nadie opina, nadie se queja, nadie critica en voz alta, pero todos sabemos lo que nos pasa. Nos da miedo quedar mal, perder amigos, volvernos impopulares o invisibles. Por eso ha aflorado la indiferencia, la impavidez, la insensibilidad. No porque nos hayamos vuelto muy serenos y hayamos decidido tomar las cosas tal y como vienen, sino porque hay una mordaza invisible que nos insta a dejar todo tal y como está.

     Si en algún momento alguien quiere reaccionar y levantar la cabeza ante esta sumisión silenciosa en la que nos mantienen, los necios berretas nos harán saber que el mundo siempre ha estado mal, que el pasado nunca fue mejor, que nada hay por aprender ni rescatar de él, pues todo hay que destruirlo para comenzar a edificar desde cero con otros constructores. Por eso nos conminan al silencio, a no quejarnos, a no protestar, a no reflexionar sobre el presente ni aprender de las lecciones del ayer, porque sin pasado ni presente les será más fácil robarnos el futuro.











sábado, 23 de noviembre de 2024

De cómo nos iremos a una Constituyente para que el guerrillero se perpetúe en el poder y nos imponga una dictadura

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     El pasado martes 19 de noviembre, mientras los colombianos se entretenían con el partido de la Selección Colombia frente a Ecuador, que por cierto terminó en derrota para el combinado patrio, en el Congreso de la República nos estaban metiendo un gol de inusitada gravedad: el gol definitivo para sepultar las aspiraciones de los colombianos, no de clasificar a un mundial, sino de librarnos de la peste petrista que está haciendo todo lo posible por permanecer en el poder después del 7 de agosto de 2026.

     Este era un partido en el Congreso que no se podía perder, pero la izquierda aprovechó la entretención futbolística y la desconcentración del pueblo colombiano para asegurarse el trono presidencial a perpetuidad. De la misma manera en que la Selección anda de capa caída, el pueblo colombiano no levanta cabeza gracias a la elección de un guerrillero como presidente.

     Y no me refiero a una nueva Reforma Tributaria, que muy pronto vamos a tener que soportar, sino a uno de los hechos más bochornosos en lo que tiene que ver con la obligación del Congreso de elegir a los magistrados de las altas cortes mediante un sistema de ternas elaboradas por el Consejo de Estado, la Corte Suprema y el Presidente de la República, respectivamente. En este caso, se trata de la elección del nuevo magistrado de la Corte Constitucional, el señor Miguel Efraín Polo Rosero, petrista de corazón, y ahora una ficha más del guerrillero en su aspiración de ser el amo y señor de este platanal por los siglos de los siglos.




     Este sí es el verdadero golpe blando a la democracia. Gracias a esa votación tan irregular Petro quedará con mayoría en la Corte Constitucional, y eso que falta por elegirse a dos magistrados más que, aunque no los ternará el presidente, serán nombrados en enero de 2025 de la misma forma como se eligió al recién designado Miguel Efraín Polo: comprando congresistas, como sabe hacer el "Gobierno del Cambio”. Para eso tiene la chequera nacional, y para eso contamos con legisladores de la peor calaña que no conocen de principios. Porque de no ser por el hambre de dinero de estos politiqueros del Legislativo, Petro no tendría los alcances que tiene.

     La forma en la que Miguel Efraín Polo Rosero fue elegido parece sacada de una de esas películas de género bizarro en donde todo es retorcido, oscuro, surrealista y tétrico a la vez. Para empezar, la primera votación se había realizado el lunes pasado, obteniéndose un extraño empate de 50 votos a favor y 50 en contra del magistrado, pero al final se descubrió que resultaron más votos que votantes, como si alguno o algunos hubieran votado dos veces. La votación se suspendió y se reanudó al día siguiente. Fue en el transcurso de una sola noche cuando desde el gobierno pudieron voltear a siete congresistas para que votaran a favor del candidato ternado por Petro en lugar de que le dieran el voto a la candidata Claudia Dangond, quien era la más opcionada. ¿Que cómo estos congresistas cambiaron de opinión? No se sabe, pero todo apunta a que hubo una nueva repartición de “mermelada” parlamentaria, o un gran miedo a Gustavo Petro, que cuando quiere y como quiere mete las manos en las votaciones del Congreso, como si fuera él el dueño del recinto. Es que hay que tener mucha suerte para encontrarse siete votos a última hora de un día para otro. O tres millones de votos en veinte días.




     Tampoco se puede esperar nada de un Congreso sin escrúpulos, sin sentido de patria, sin principios. Muchos de los senadores y representantes a la Cámara que ganan 48 millones de pesos al mes no tienen méritos para estar allí, y eso involucra a gente de todos los partidos. Hasta los movimientos cristianos como el MIRA se vendieron a Petro.

     El momento de mayor descaro fue cuando varios de los senadores y representantes pasaron uno por uno al cubículo a votar, valiéndose del teléfono celular para tomarle foto al voto o hacer un video del procedimiento, no se sabe con qué fin.




    Se vienen meses de zozobra. Si Petro consigue la mayoría en la Corte Constitucional, como efectivamente parece que va a ser en enero, podría sacar sus hordas violentas y sus “primeras líneas” a la calle e incendiar el país bajo cualquier pretexto, como que no lo dejan gobernar sus detractores, que el Congreso no le aprueba sus reformas para que se produzca el “cambio”, o que le quieren hacer un golpe blando. Así, todo será cuestión de declarar un Estado de Emergencia debido a la situación de orden público y a la imposibilidad de controlar a lo que él llama “las fuerzas populares” por parte de las fuerzas de seguridad, a las que por cierto les dará la orden de no intervenir, so pena de ser castigadas y difamadas. Una vez haya declarado el Estado de Emergencia podrá gobernar a su antojo por decreto, posiblemente posponiendo las elecciones de 2026 ante la “falta de garantías electorales” por los mismos desmanes que su gente ha causado. Así, las elecciones se aplazan y él pediría poderes especiales a su corte de bolsillo para ampliar el período presidencial o quedarse hasta cuando considere que puede volver a convocar a elecciones.

     O podría, simplemente, elaborar un Decreto de Emergencia en el que convoque a una Constituyente. Como ya tiene las mayorías en la Corte Constitucional, no tendrá ningún problema en que se lo aprueben. Una Constituyente para ser reelegido, desde luego, o incluso para ampliar el período presidencial por dos años más, de modo que ya no piense en gobernar por dos períodos de cuatro años, sino por dos de seis: doce años de esclavitud, peor que una película de Hollywood.




     Si el sinvergüenza cuenta con mayoría en la Corte Constitucional, ¿qué problema tendrá en que le aprueben la Constituyente para buscar su reelección? Mucho peor, ¿qué problema habrá en que decida reelegirse sin necesidad de Constituyente, sino tan sólo gobernando por decreto a través de los poderes especiales que le otorgue la Corte? Lo mismo hizo Chávez en su tiempo, y en este “gobierno del cambio” todo puede pasar.

     Ya con la Corte Constitucional cooptada, con la Procuraduría, la Fiscalía, la Contraloría, la Defensoría, y demás órganos de Control metidos en su bolsillo; con la Policía y el Ejército de su parte; con el sometimiento irrestricto de la Registraduría y con el Congreso comprado, no hay nada que impida que Petro sea presidente en 2026 de la manera en que tenga que serlo, ampliando el período, reeligiéndose, o ambas. La dictadura está prácticamente asegurada para Colombia. Ese fue el golazo que nos metieron el martes pasado.




     Sin embargo, como de lo que hay que hablar es de fútbol mientras el país se hunde en la miseria, la gente todavía está hablando de lo mal que está jugando Colombia y del mal presagio que se anuncia por la pérdida de dos partidos consecutivos. ¡No, queridos compatriotas, es hora de despertar! Lo que pasó el martes 19 de noviembre en el Congreso es muy grave y no nos damos por enterado: comenzó el fin de la democracia en Colombia. 
     
     Mientras tanto, los congresistas que votaron por el magistrado Polo a esta hora deben estar pasando la cuenta de cobro para que les desembolsen esa platica a través de la UNGRD o del Departamento de Prosperidad Social. O les consignen directamente a sus cuentas, qué más da. Ellos no tienen vergüenza, pero sí tienen guardada la foto del voto en sus celulares. Es el comprobante de que sí hicieron bien el mandado.


sábado, 16 de noviembre de 2024

La presidente periodista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Ha renunciado la periodista Vicky Dávila a su cargo de Directora de la Revista Semana. Lo veíamos venir, por lo tanto, no nos sorprende. Sus alocuciones e intervenciones en todo evento empresarial o conversatorio en donde ella fuera invitada, así nos lo dejaron ver. También sus videos en redes sociales y los trinos de su cuenta de X eran una clara muestra de una periodista que hablaba como una candidata en campaña y hasta lanzaba propuestas económicas que para nada resultaban ser descabelladas. El pasado jueves 14 de noviembre Vicky Dávila dio el primer paso en su aspiración presidencial al renunciar a su cargo de directora del medio periodístico más importante de Colombia, y la noticia, como la misma esencia de Vicky, generó el contento de muchos y el descontento de otros. Vicky es una mujer de odios y amores, como deberían ser todas las personas coherentes con su pensamiento. Nada hay que me genere más desconfianza que un hombre (o en este caso una mujer) sin enemigos.

     Desde luego, todavía no es oficial que se vaya a lanzar a la presidencia, pero es algo que se da por descontado. Muchos se preguntan si su renuncia será acaso parte de una estrategia populista o la aspiración seria de una patriota que quiere ser presidente de su país apelando a la figura del outsider, es decir, a la figura del candidato antipolítico que está por fuera del establecimiento tradicional de la política. Veremos qué sucede.




     Mi humilde opinión sobre esta noticia político-periodística, con tintes incluso farandulescos, es que si alguien ha hecho oposición al cartel mafioso del Palacio de Nariño, ha sido la señora Vicky Dávila, hasta el punto de que tiene a todos los izquierdópatas con los pelos de punta, porque a ellos, más que a nadie, les ha molestado por mucho el salto de la periodista. Mientras estos descargan su veneno, Petro tiembla: el que la futura candidatura de Vicky Dávila haya caído mal en los sectores gobiernistas es un buen síntoma. El que sus enemigos sean Petro y toda la mamertería colombiana, afines a este desbarajuste de gobierno, es una medalla de guerra. No me disgusta para nada la idea de una presidente periodista, talentosa, con valentía y liderazgo, conocedora de los temas de la nación, y además muy bella. Nada que ver con el impresentable ignorante que nos gobierna.




     Porque el primer ataque del zurderío resentido no se hizo esperar: que cómo se podía apoyar la candidatura de una mujer de “extrema derecha”, “aliada de clanes paracos” y hasta “uribista”. Que eso sería volver a la guerra, como si viviéramos en un remanso de paz. Que cómo es posible que la gente pretenda votar por alguien que no tiene ninguna experiencia en la administración pública, que nunca ha ocupado un cargo de elección popular, que no ha pasado por un Congreso o una alcaldía, y que nunca se ha sometido a ninguna votación democrática. Pues para dolor de los zurdos y petristas, esa ausencia de roce político es precisamente la fortaleza de Vicky. Que nunca haya sido una política de oficio es lo que la hace ser diferente; por lo menos no está contaminada del germen de la corrupción, no tiene aún los vicios y las prácticas putrefactas de nuestra clase política por antonomasia. Porque de Vicky Dávila se puede decir lo que quiera, menos que es de extrema derecha, que tiene alianzas con clanes mafiosos, que es una periodista vendida a un partido o a un sector político, o que es uribista, pues ella ha dicho lo que ha querido y nadie ha podido coartarle su libertad de expresión. Hasta ahora. El fruto de su trabajo así lo demuestra.

     Por otra parte, no sé cuál es el miedo que los mamertos le tienen a una periodista cuando no le tuvieron miedo a un guerrillero. Mientras Vicky Dávila se preparaba en su juventud estudiando la carrera de Comunicación Social, el actual presidente de Colombia pertenecía a un grupo terrorista y empuñaba el fusil contra ciudadanos inocentes. Qué diferencia tan grande hay entre armarse de una cámara y un micrófono y armarse de un fusil. Tal parece que en la lógica izquierdista es menos grave lo segundo, porque hace poco más de dos años los mismos que hoy critican a Vicky por buscar la candidatura presidencial, eran los mismos que le aplaudían a rabiar al ex guerrillero asesino. Sí, asesino, porque en algún momento de su vida como delincuente tuvo que haber jalado el gatillo contra algún otro ser humano, ya que no es creíble que el fusil lo portara apenas como un adminículo decorativo.




    Y arremeten nuevamente las “bodeguitas” al decir que Vicky será una fascista que le quitará los derechos a los menos favorecidos, que se irá en contra de la clase trabajadora, que retornarán las masacres y regresará el paramilitarismo si se le permite ganar las elecciones. La están quemando desde ahora, diciendo que es la de Uribe, que es de extrema derecha, que es ultraconservadora, racista, clasista y homofóbica, casi que medieval, y eso que faltan poco menos de dos años para las elecciones, si acaso las hay. Lo cierto es que están desesperados los zurdos porque ella no es de su bando. Por supuesto que Vicky despierta muchas más simpatías en la derecha patriótica y que la victoria de Trump en Estados Unidos resulta ser un trampolín para ella lanzarse y sumarse a la ola de una nueva derecha que está tomando mucha fuerza en distintas partes de la región, pero lejos de ser todo aquello de lo que ya la están acusando los militantes de Petro, es la persona que quizá en Colombia tiene la mayor coherencia y la autoridad para ser candidata presidencial. Su oposición a Petro ha sido real, con pruebas, y su trabajo ha derivado en investigaciones que a la justicia colombiana, ya cooptada por el régimen, le ha tocado asumir, aunque no quiera.

     Pero hagamos un breve recorrido de quién es Vicky Dávila y por qué está levantando tanta roncha su intención manifiesta de llegar al centro del poder político en Colombia.




     Comenzó en el mundo del periodismo en la década de los noventa, y desde entonces ha dejado huella en cada uno de los medios por los que ha pasado. Primero estuvo en Noticiero QAP, luego en Caracol, donde comenzó a hacerse conocida. Después fue a RCN Radio y de allí a Noticias RCN, donde se hizo célebre por el gran cubrimiento de reportería que realizó a raíz del terremoto del Eje Cafetero en 1999. En la FM marcó un hito en los programas radiales de la mañana y además se le recuerda por haber sido una de las que destapó el escándalo de “La Comunidad del Anillo” al interior de la Policía Nacional, en la cual se conoció una presunta red de prostitución donde se vieron involucrados altos oficiales de la Fuerza Pública, congresistas y otros funcionarios del Estado acusados de promover ascensos u ofrecer dinero a los policías a cambio de relaciones sexuales. Este informe le valió su salida del medio gracias a los malos oficios del sátrapa de Juan Manuel Santos. La franja del mediodía de la W Radio fue la que tuvo más rating en el tiempo en que la periodista la estuvo liderando. Finalmente la dirección de la revista Semana la catapultó como la mejor periodista del país. Desde allí destapó escándalos de alto impacto en la política, especialmente en los dos primeros años del gobierno Petro. Fue así como se conoció la forma como este llegó al poder financiado con dineros del narcotráfico y gracias a los pactos con lo peor de la clase política del país, reconocido incluso por su propio hijo, hoy protegido por la fiscalía de bolsillo del presidente.

     Así las cosas, ¿más de veinte años de periodismo en donde además dirigió medios de comunicación no son suficiente experiencia para poder gobernar un país? Porque Vicky ha liderado procesos, grupos de trabajo, ha tenido personas bajo su mando. Carisma y liderazgo no le faltan, como tampoco conocimiento.




     El estilo directo y sin miedo de Vicky para confrontar el poder le ha valido que una parte del país la aborrezca, y otra parte (donde me incluyo) la aprecie. Porque no importa que Vicky no sea del todo una mujer con ideas de derecha (en algún recodo de su cerebro todavía alberga por ahí alguna neurona progresista), pues tendrá que mejorar mucho su conocimiento para implementar una estrategia contundente de batalla cultural contra la izquierda si no quiere que se la coman viva. No importa que la acusen de tomar posiciones que supuestamente favorecen a un sector político, o que digan que es amarillista, que sólo le importaba el rating; que será la defensora de los grandes cacaos del país si llega a ser presidente. Más bien ha demostrado estar en contra de los monopolios al irse contra los dueños de las EPS y de los fondos de pensiones que transaron con Petro para que este pudiera imponer sus reformas a la salud y a la pensión. Lo que importa es que en este momento es la enemiga número uno del principal enemigo de Colombia, Gustavo Petro, y la noticia de su candidatura presidencial se recibe con beneplácito en vista de que la oposición en Colombia no ha logrado calar en el sentimiento del electorado, ni ha sido una verdadera oposición: demasiado pasiva para mi gusto. Lo que importa es que si Vicky quiere ser presidente, se cuide de las alianzas, los pactos y las fotografías con los politiqueros de la clase tradicional de este país y no permita que la utilicen como caballo de batalla para que esos mismos políticos obtengan réditos electorales más adelante.

     Enhorabuena por Vicky Dávila si se lanza a la arena política. Le deseo todo lo mejor. Ya está liderando las encuestas sin siquiera haberse lanzado oficialmente, lo que tiene molestos a los políticos de profesión, tanto de izquierda como de derecha. Pero qué le hacemos, si el país está cansado de los estafadores que sólo piensan en sus propios intereses, y lo que necesitamos es una opción diferente a lo que ya estamos acostumbrados. Bravo por Vicky, aunque la extrañaremos como periodista para que le siga descubriendo las porquerías a este gobierno de bandidos.




Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...