sábado, 30 de marzo de 2024

El derecho de aburrirse

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    En conversaciones con nuestro círculo de amigos, allegados, familiares o prospectos de pareja, es muy común escuchar la pregunta aquella por la cual nos podrían catalogar como seres aburridos o divertidos, y de paso insertarnos en la disyuntiva de cara a enfrentarnos con el rechazo o de permitirnos el feliz encuentro con la aceptación social: “¿qué haces para divertirte?”.

    Esa pregunta, tan personal como embarazosa, debiera formularse con la más estricta precaución en cualquier círculo social, puesto que considero que la diversión es algo tan ambiguo como relativo. Algunos que son duchos en el arte de las relaciones sociales y maestros de la conversación formulan el mismo interrogante en sentido contrario, dejando entrever cierta actitud prejuiciosa con la que ya nos encasillaron desde antes de responder, lo cual me parece un desfachatado atrevimiento: “¿Qué haces para no aburrirte?”.

    Diversión o aburrimiento, como las dos caras opuestas de una misma moneda, son tan solo dos probabilidades en la inmensa ruleta de las emociones, tanto positivas como negativas, que conllevan a pensar en dos términos dicotómicos en los cuales está implícito el dilema de la tesis y su antítesis: la alegría y la tristeza, lo bueno y lo malo, el llanto y la risa, la abundancia y la escasez, la motivación y el tedio, etc. Es decir, todo aquello que involucre una idea, concepto, proposición o razonamiento que a su vez entre en conflicto con la idea contraria.



    Según la teoría hegeliana, el pensamiento propone una afirmación inicial (tesis), a la que se opone una afirmación que lo refuta (antítesis), para de este modo, llegar a una nueva afirmación (síntesis).

    La verdad es que la síntesis a la que parece haber llegado el ethos de la sociedad contemporánea en cuanto a la díada de la diversión y el aburrimiento, es que la primera debe ser un imperativo de carácter obligatorio por aquello de que “lo único que verdaderamente importa es nuestra felicidad”; y que el segundo, referenciado de manera negativa por la cultura y visto con miras a generar el rechazo tajante, debe ser erradicado de una vez por todas del espíritu de la humanidad: nada más recusable en este mundo de apariencias que encontrar a un ser aburrido. Esta actitud hace aflorar el bostezo, activa el alejamiento inmediato y genera el consecuente rechazo social.

    El aburrimiento, por tanto, dejó de ser un estado de ánimo pasajero al cual muchas veces es bueno recurrir, para convertirse en un signo de malestar colectivo que en ninguna circunstancia debe ser tolerado, so pena de convertir al individuo que lo padece (o al que los demás señalan de padecerlo) en un paria de la sociedad. Si se extingue la llama de la diversión se pierde el sentido de la vida bajo la lupa de la conciencia que habita en el cuerpo social impregnado de deseos y autorrealizaciones fallidas.



    Todo parece indicar que al “hombre pensante” de hoy le cuesta toparse con aquello que no le produzca diversión. Y en ese sentido, amarra todas las actividades y realizaciones de su existencia a una función lúdica que a su vez se relaciona con la prolongación ilimitada del placer. El placer como lo divertido y la diversión como placer. Hasta el hecho mismo de ir a trabajar debe ser resignificado para el individuo de hoy, que encuentra tortuoso comenzar la jornada laboral después de un fin de semana movido y convulsionado en el cual cree encontrar el regocijo. Ese individuo quiere procurarse una diversión ilimitada hasta en una actividad que, se supone, debe fundamentarse en un ejercicio serio de la personalidad. Por ello se idea la manera de que su trabajo le resulte placentero: para no angustiarse.

    Luego, el sujeto contemporáneo tiene dos opciones: realizar su trabajo a través de la aplicación de la ley del menor esfuerzo, cosa que podría serle conveniente en cuanto disminuye el tedio producido por la falta de placer; o bien puede crear situaciones en las cuales ludifique todas sus actividades laborales y las relaciones con sus compañeros y sus superiores. Ninguna de esas opciones, por supuesto, se recomienda en todos los casos. Por una parte, hay que resaltar que el esfuerzo tiene sus recompensas. El facilismo tal vez sea cómodo, pero no ayuda al progreso. Por otra parte, hacer de las actividades serias y responsables un mero divertimento, implica perder el carácter de las mismas, pues terminan convirtiéndose en un simulacro de lo que debe ser la vida del hombre en cuanto al impulso de su voluntad y el desarrollo de sus facultades. El trabajo no siempre tiene que resultar divertido, y de hecho casi nunca lo es, de la misma manera en que las cosas que nos resultan aburridas, que son carentes de placer o que implican algún tipo de dolor (esfuerzo), pueden ayudarnos a ser mejores personas.



    El régimen de la felicidad declarada que nos propone la psicología positivista como una fórmula mágica para estar “muy bien” a toda hora, probablemente sea tan nocivo como un estado de aburrimiento perpetuo que se puede convertir en depresión. Es cierto que uno no tiene por qué atribuirse una importancia tan desmedida, pues ninguno de los humanos es inmortal. Nuestros problemas de hoy habrán de desaparecer en unos cincuenta años y con seguridad nuestra muerte habrá de borrarlos todos. Pero la mayoría de las veces también es bueno eso de tomarse la vida en serio. Mucho más que tomársela como un simple juego superficial. La superficialidad le pone fin a la trascendencia, y sin esta última no hay sentido de existir.

    Hoy, cuando tenemos todo al alcance, ya no de la mano, sino de un dedo, ni siquiera desearíamos moverlo. Por eso nos inventan la inteligencia artificial y nos la ponen todavía más “fácil” con nuevas tecnologías para que reconozcan nuestra voz, nuestro rostro; nos midan la temperatura, elijan por nosotros y hasta detecten nuestro estado de ánimo en un día cualquiera. Así nos invitan a que apliquemos la ley del menor esfuerzo y no cedamos a la tentación de aburrirnos. ¿Por qué aburrirse en este mundo hiperconectado e hipersensibilizado si lo tenemos todo para ser felices?

    Y no tener tiempo ni siquiera para aburrirse tampoco es tener tiempo para hacer un alto en el camino, reflexionar y corregir el rumbo; vivir la vida con sentido y de manera virtuosa, lo cual es la raíz de la verdadera felicidad: lo que podríamos llamar el verdadero divertimento.



    Los sabios filósofos de la antigüedad lo sabían muy bien. El ocio que les permitió el tiempo libre que tuvieron les hizo ver que era necesario el “aburrimiento” como señal de que al espíritu es necesario nutrirlo de la misma forma como al cuerpo hay que alimentarlo con comida. Sólo que ese alimento espiritual se obtenía en aquellos tiempos con la lectura, la meditación, el arte, y una suerte de vida contemplativa que no es otra cosa que un estado de paz interior tan escaso por estos lares posmodernos.

    Lo triste es que hoy día ni siquiera tenemos tiempo para aburrirnos. El agite de la cotidianidad nos ha privado de ese derecho. Aún teniendo tiempo, hemos desaprovechado el potencial del ocio productivo que trocamos por un embotamiento de la voluntad, estancando nuestras facultades mentales y haciéndonos involucionar a la edad de los hombres de las cavernas. Por lo menos estos últimos no desaprovecharon el tiempo para cazar y perfeccionar sus métodos hasta que su ocio les dio la clave para descubrir el fuego.

    El ocio, que antes significaba el momento para descansar, recuperar las fuerzas y despejar la mente: la recreación como acto de volver a crear (re-creación). Este ocio es hoy por hoy utilizado para dilapidarlo en los medios cuyo mensaje implícito es el de la diversión como fin último de todas las cosas. Porque ya sabemos, está prohibido aburrirse. Peor todavía, ser una persona aburrida o que no se sabe divertir bajo el concepto que tiene el mundo posmoderno de lo que es la diversión.

    Pero no se crea que quien es considerado aburrido —a la luz de la cultura gaseosa que tenemos— realmente sufra este “mal”. No está aburrido quien sabe estar consigo mismo, disfrutar de su soledad y encontrar para sí ese sentido existencial que la masa pretende hallar en las redes sociales (mediante la aprobación y los likes de otros tantos idiotas que andan en las mismas). Aburrido y triste debe ser, por ejemplo, no saber ni cuál es nuestra verdadera identidad, pues hasta eso constituye un producto del mercado identitario.



    Tal vez los que somos considerados “aburridos” por nuestro estilo de vida básico seamos los más devaluados en este bazar de apariencias donde lo que cuenta es tener un alto valor social, especialmente para entrar al mercado de las citas románticas. No obstante, muchos ignoran cuánta riqueza puede caber en nuestras parsimoniosas cabezas que encuentran diversión en el simple acto de disfrutar una comida sencilla o en el ejercicio (en apariencia tedioso) de tomar una hoja y un lapicero, y pasar el tiempo escribiendo pensamientos. Y mucho más básico todavía, el placer que los aburridos encontramos en el simple acto de pensar en silencio con la luz apagada y los dispositivos desconectados, porque consideramos que estamos en todo nuestro derecho de ser así, haciendo nada para divertirnos y disfrutando de nuestro elemental derecho de aburrirnos.

    Tal vez sea esta la respuesta a la pregunta de qué hace uno para divertirse: nada, absolutamente nada. Lo divertido es vivir sin tener que necesitar tanto para ser feliz. La necesidad de divertirse a toda costa es mucho más apremiante en los espíritus que constantemente viven aburridos de sí mismos.






 


sábado, 23 de marzo de 2024

Un gran perdedor

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Cuando el reloj marcó las 11:57 a.m., el presidente Greco abrió sus ojos irritados. Faltaban tres minutos para que se partiera el día, pero técnicamente podría decirse que el presidente despertó en las horas de la mañana. Afuera, un sofoco exasperante se apoderaba de los hogares del país desde hacía más de cuatro meses, en lo que constituía uno de los veranos más áridos de los que se tenía registro. El aposento presidencial, en cambio, gozaba de un fresco clima gracias a un moderno equipo de aire acondicionado que Greco había hecho instalar en su recámara. Por eso no se levantó de inmediato, sino que continuó retozando muy plácido y lozano hasta que le dolió el cerebro por tantas horas en posición horizontal.

    Al fin se puso en pie, pidió su perico mañanero, luego marcó el número de su asistente y mano derecha, Aura Saavedra, y encendió el televisor para saber qué decían de él, especialmente en ese canal que tanto detestaba llamado 7 Días.

    —Buenas tardes, doctor —entró saludando su querida funcionaria Saavedra.

    —Buenos días, doctora Saavedra. Aquí todavía no son las doce.

    —En mi reloj ya son las doce en punto, presidente. —replicó Aura.

    —No vamos a ponernos a discutir por nimiedades, doctora. Más bien cuénteme qué agenda tenemos para hoy. —Ordenó el presidente divertido. Al parecer iba a estar de buen humor ese día.

    La funcionaria le leyó con parsimonia el orden del día, a lo que Greco le hizo una observación:

    —No me diga, doctora, que otra vez tenemos que ir a La Costa. Ese calor es inhumano.

    —Es necesario, presidente —respondió Aura—. Allá hay mucha gente que quiere recibir el auxilio y está dispuesta a llenar el auditorio y aplaudir. Les damos un almuerzo bien suculento con gaseosa y de paso usted se faja un discurso prodigioso que llame la atención de la prensa.



    —¿Y no le parece que el de ayer estuvo bastante bueno? —preguntó Greco mientras una empleada de Palacio entraba sigilosamente a dejarle el perico sobre el escritorio de la habitación. El presidente tomó el pocillo, sorbió, y sintió que estaba bebiendo un elixir que lo revivificaba.

    —Está bien cargado este café —observó mientras le agradecía a la señora de los tintos cuando se retiraba con discreción—: ¡Gracias Marielly!

    —El discurso de ayer estuvo muy entretenido —retomó Aura Saavedra la conversación—, pero se nos estaba yendo la mano, presidente.

    —¿Lo dice por lo de la música uribista? No me podrá negar que ese tiro estuvo muy ingenioso.

    —No, presidente. Lo digo por esa propuesta de la constituyente. Parece que no cayó bien en algunos sectores, aunque yo sé que era lo mejor. Entre más ligero nos movamos con eso, más segura vamos a tener la candidatura de 2026.

    —Ya se irán acostumbrando —agregó Greco apurando de un sorbo el perico—. Por eso había que lanzar la propuesta con tiempo. Mire que hasta Villegas-Sosa nos está haciendo la segunda apoyando esa constituyente. Van a ver cómo al final la gente se familiariza con la propuesta y termina aceptando la consulta. Y como le dije a Villegas-Sosa, ¿qué tal que gane yo?

    —Va a ganar, señor. Eso no tiene pierde.

    El presidente corrió un butaco de la salita del recinto invitando a su asistente a que tomara asiento. Este, a su vez, hizo lo propio en la silla del escritorio. Añadió:

    —Más bien, Aura, a usted era a la que se le estaba yendo la mano. ¿Cómo me va a entregar ese papel diciendo que los del Clan estaban haciendo bloqueo en la vía? Mire que delante de todo el mundo yo mandé al general a que levantaran esos paracos, y resultó que le salimos dando bala a unos campesinos. Pilas con eso.

    —Sí señor, no volverá a suceder— se disculpó Aura Saavedra.

    —Menos mal era gente del vulgo —dijo el presidente—. Habrá que decir que era una toma de la ultraderecha que se infiltró.

    Se hizo un momento de silencio mientras el presidente Greco terminaba de urdir el plan. Luego le comentó a su empleada de confianza:

    —Le diré al general que coja dos o tres zambos de esos, que les ponga unas pruebas irrefutables del golpe blando que me quieren hacer, que les encuentren explosivos, números de celulares de políticos de la oposición, qué sé yo.

    —¿No será muy fuerte eso? ¿Qué tal investiguen, doctor? —preguntó Aura dubitativa.

    —Para nada. Acuérdese que ya la Fiscalía está de nuestro lado.

    —¿Ya pensó con qué vamos a desviar lo de ayer? Usted sabe que a la prensa hay que darle todos los días de comer.

    —Esta semana estuvo pesada —comentó Greco con satisfacción. Intentó darle otra sorbida al pocillo, pero no se acordaba que ya había agotado el contenido en su totalidad. Dejó el pocillo a un lado. Continuó hablando:



    —En Cali apoyé a La Primera Línea en pleno monumento; luego propuse la constituyente en Tuluá; le herí el orgullo a los de la oposición con lo de la música uribista; le di órdenes al ejército en Tierralta, en vivo y en directo, para que sepan quién manda aquí; le dije a alias El dentista que era un traqueto; ¿qué más me invento ahora? Le cuento, doctora Aura, que esto de generar un escándalo diario para mantener a la opinión pública ocupada es desgastante. Ya se me acabaron las ideas.

    —A usted nunca se le acaban las ideas, presidente —Lo aduló la funcionaria. —¿Qué tal si vuelve a hablar de los astros y las constelaciones? Por ejemplo, lo del Armagedón, que la otra vez le dedicaron horas al “pequeño error” creyendo que usted de verdad no sabía de qué estaba hablando. Ahí lo podemos relacionar con la guerra y la paz.

    —Eso ya lo dije en la ONU.

    —¿Lo de los palestinos volvió a prenderse? Aprovechemos para asemejar a Israel con la oposición. Los unos fabricando armas y los otros proponiendo el porte —lo animó Aura Saavedra, pero el presidente no se veía convencido.

    —No, doctora, necesito algo más actual. Qué bueno que en Rusia pasara algo, ahora que la oposición allá está enardecida con la muerte de Navalni. Cualquier cosa me sirve para despistar incautos.

    —¡Ya sé, doctor! —exclamó Aura—. Mejor váyase con todo contra la vaca de Antioquia. Ahí sí le aseguro que la prensa responde con dos piedras en la mano. Con eso ya le damos tema al país y de paso se olvidan del asuntico que tenemos entre manos.



    —Buena idea, doctora —apoyó Greco—. Ese tema hay que seguirlo exprimiendo. Hay que meter miedo, decirle a los de sistemas que impulsen la campaña para que digan que en esa vaca hay plata del narcotráfico. Les montamos el proceso consignando una suma que no puedan explicar, y listo, confiscamos la cuenta. También pienso hacer un discurso sobre la revolución, y digo que El dentista no es un verdadero revolucionario.

    —No se diga más, presidente —convino la mano derecha de Greco—. Ya me pongo en los preparativos del discurso. Viajamos esta noche para que amanezca en Montería.

    —¿Y cuándo para Venezuela? —consultó el presidente.

    —La otra semana le agendo una salida al exterior, presidente. Maduro está deseoso de verlo.

    —Qué bueno, porque este infierno de país ya no me lo soporto —se quejó Greco. Aura quiso soltar una risa burlona, pero la adustez del presidente no se lo permitió. A punto de retirarse del aposento del presidente, este la llamó para preguntarle algo, al parecer con carácter más confidencial.

    —¿Qué ha escrito Dávalos después de la última indirecta que le mandé?

    —Uy, presidente, no me recuerde ese apellido.

    —Ah, es cierto que a usted no le trae buenos recuerdos ese apellido. Pero yo me refiero es a Jaqui.

    —Ella está ofendida. Se mandó un discurso en Twitter.

    —Mejor, porque con eso mantiene ocupados a los influencers de derecha que tanto la adoran. Hay que seguirla tallando.

    —¿Le hacemos lo mismo que le hicimos al otro Dávalos?

    —No, doctora —aclaró Greco contrariado—, no hay necesidad de la violencia. Con que la desprestigiemos es suficiente. De todas maneras, medio país la odia. A mí me tiene harto, y si tengo que montarle su escándalo también se lo monto. Ya Levis me está ayudando con eso.



    Finalmente, Aura Saavedra se retiró. El mandatario se quedó pensando en cuál sería su siguiente movimiento. Tenía que salir con algo que fuera realmente explosivo en su próximo discurso, pues toda la estupidez, la locura y la payasada de la que lo acusaba la oposición eran parte de su estrategia, y él lo sabía muy bien. Greco no era tan estúpido como lo querían hacer ver sus detractores. Era plenamente consciente del lugar al que quería conducir al país.

    En el Congreso no le aprobaban sus reformas todavía, y así estaba pactado con algunos congresistas de la oposición. Si no lograba convencerlos con “mermelada” para que le aprobaran todo, podría también utilizar la táctica inversa: pactar con ellos el fracaso de sus reformas y así tener la excusa para desatar el caos en las calles con sus “fuerzas populares”, a quienes también tenía bien aceitadas con subsidios y ayudas de migajas. Con cualquiera de los dos lados de la moneda, Greco ganaba. Y seguiría ganando hasta que se cansaran de criticarlo y tuvieran que aceptarlo como el único salvador. Una estrategia neroniana: incendiar el país para gobernar sobre sus cenizas; provocar la guerra para ser el pacificador; dividir al pueblo para ser el único que lo pueda unificar con su propio pensamiento impuesto a base de culto a la personalidad.

    El presidente Greco no estaba dispuesto a ceder el poder cuando su período terminara. Eso jamás. No había alentado a su amigo y vecino comandante a que instaurara un régimen perpetuo para terminar sometido a la pusilanimidad de la democracia. Si su pupilo pudo tener éxito en su cometido, con mayor razón lo tendría él, que llevaba más de cuarenta años detrás del poder para agarrarlo y no soltarlo jamás. De eso se trataba la revolución que a su manera entendía, y ello no era un simple período presidencial de cuatro años. Por esta razón se burlaba de sus contradictores y de la prensa opositora cada vez que se hablaba de las elecciones de 2026, o las de 2030. ¡Estúpidos! Claro que no habrá otras elecciones en las que no gane él o alguno de los suyos. Por eso el afán de la constituyente; por eso el empeño en romper relaciones con Israel para debilitar a las fuerzas de seguridad del Estado, cuyas armas provienen de allá. Por eso el interés en las reformas, y próximamente en una reforma electoral en la que se aprueben las máquinas mágicas que lo darán siempre como ganador.



    El presidente Greco sabía exactamente para dónde iba, y no por casualidad sus descaches y salidas en falso de un día servían para tapar los del día anterior. Y así, entre cortina de humo y cortina de humo, el presidente podría escabullirse sin que nadie lo notara hacia la eternización de su figura como nuevo paradigma de adoración. El nuevo Mao se levantaba ante Colombia, país que tendría que cambiar al Sagrado Corazón por el rostro del nuevo líder redentor de la humanidad que se llamaría Octavio Greco. Cómo fantaseaba el presidente. Por ello le ordenó a su asistente que no le programase nada para ese día, porque quería tener “agenda privada”. Necesitaba estar consigo mismo para poder vivir tranquilo su mayor ensoñación.

    Acompañado de su whisky y de un nuevo café con leche, del cual se declaraba adicto, el presidente no salió de su recinto hasta bien entrada la noche. Ordenó que le llevaran una jugosa carne al vino y se deleitó viendo una serie de su plataforma favorita acerca de la educación sexual para los niños. A la una de la mañana, cuando terminó de ver cuatro capítulos seguidos, le llegó la hora de trinar. Lo hizo sin parar, como un energúmeno al que no le importaba comerse las palabras, las tildes y las normas de redacción; lanzando comas y puntos en el sitio equivocado y disparando condenas a dos manos contra sus enemigos.



    Nuevamente la tomó contra la periodista Jaqui Dávalos, quien lo sacaba de quicio. Muy en el fondo, el presidente se negaba a admitir que odiaba a esta periodista porque lo ponía en evidencia y le recalcaba su inferioridad, pero asimismo lo ponía a temblar de la emoción cada que la veía en su noticiero. Sabía que la aborrecía como periodista de oposición, pero la amaba en secreto como mujer. Amaba su valentía, su arrojo, su indómita convicción por entregar su vida a la verdad, aunque eso significara llevárselo por delante.

    Sí, el presidente Greco se había enamorado de Jaqui Dávalos, aunque ese sentimiento estuviera en contra de sus más profundas inclinaciones.

   —Tengo que dejar de tomar tanto café.

    Se dijo a sí mismo porque a lo mejor le estaba poniendo mucha sacarina, o alguien le mezclaba una sustancia rara en la cocina de Palacio a su café. Era muy extraño, porque Marielly era su empleada de confianza y no cabría la menor posibilidad de que lo traicionara. Como hubiera sido, le preocupaba pensar que sus adicciones fueran el producto de un despecho mal canalizado: ni siquiera en sus fantasías lograba ser correspondido por Jaqui Dávalos. Ni con todo el poder que Greco ostentaba, ni siendo el salvador de la humanidad que pretendía ser, lograría jamás que Jaqui lo mirara de manera diferente a como lo estaba mirando en ese momento: como un muy mal presidente, un prospecto de tirano, un socialista declarado, un emisario del mal, un cobarde acanallado, un hombre derrotado, un resentido, un gran perdedor.


23/03/24


El país que perdimos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    El pasado 10 de febrero publiqué en este blog una columna titulada Camino a la tiranía, en la que hablé del camino que está recorriendo Colombia bajo el mando del sujeto que tenemos por presidente. En ese entonces no me atreví a llamarlo dictador, aunque todo lo que venía haciendo se enrutaba en esa dirección. Cuando convoca a sus colectivos petristas compuestos por la minga indígena, las llamadas guardias campesinas, los vándalos de la Primera Línea y la gran masa de funcionarios públicos como medio para ejercer presión al Congreso o a las cortes para que hagan lo que él quiere, se quita de momento el disfraz de presidente y nos deja ver su verdadero rostro dictatorial.

    Hace un mes, precisamente, los colombianos fuimos testigos del chantaje del presidente a la Corte Suprema de Justicia para que le nombraran a su fiscal de bolsillo mediante la turba que —con la excusa de la protesta social— se apostó a las afueras del recinto y secuestró temporalmente a los magistrados, a quienes no dejó salir por unas horas, exponiéndolos a una real situación de peligro.

    En la columna mencionada advertí que no se podía decir todavía que Gustavo Petro era un dictador, porque era complicado demostrarlo, pero que sí estaba haciendo sus pinitos para convertirse en uno, y que de no hacer un viro en su manejo del país, nos llevaría, más que a una dictadura, a una tiranía. Pues bien, lo que todos sospechábamos y anticipábamos se hizo realidad el pasado viernes 15 de marzo, cuando en el discurso que pronunció frente al esperpéntico Monumento de la Resistencia en Cali, propuso una nueva constituyente para Colombia en caso de que no le aprobaran sus reformas; hecho que por sí solo lo convierte en dictador.



    Porque basta la sola insinuación de cambiar las “reglas de juego” para saber que lo que quiere Petro es quedarse en el cargo con facultades de rey soberano. Basta escucharlo diciendo que todo se hará conforme el clamor de la “fuerza popular”, como si en esa fuerza estuviera representada toda una nación. ¿Y qué es eso de la “fuerza popular? Una amenaza vedada, sin duda, propio de los dictadores que suelen recurrir a esa abstracción llamada “pueblo” para justificar sus bellaquerías contra el pueblo real.

    Esta vez el dictador ha ido demasiado lejos. Ha pateado el tablero para hacer el juego con sus propias normas. Ya no le sirve una constitución promulgada hace apenas 33 años, que además ha sido excesivamente garantista y a la que prometió respetar. Ya no gusta de esas reglas democráticas, pues lo que busca es que las leyes se ajusten a su criterio, y no al revés.

    Una constituyente en este momento de la historia es una insinuación muy peligrosa en un país que no necesita otra constitución, sino otro gobierno. Aquí el asunto no es si la constituyente tendrá el visto bueno de las mayorías en el Congreso para ser aprobada, sino la razón verdadera de por qué se propone. No es el qué, sino el por qué y el para qué. A Petro no le gusta la democracia, menos el equilibrio de poderes. Si tiene que pasar por encima del Congreso lo hará sin miramientos, y si lo tiene que cerrar, lo cierra. Ya entendimos que lo suyo no es la carta de la democracia, sino la del chantaje.


 


    Resulta que para sacar una ley de referendo en la que sea posible convocar a una Asamblea Nacional Constituyente, hay que tramitarla a través del Congreso de la República y obtener allí las mayorías.

    Pero el presidente no utilizará ese camino, a no ser que ya esté seguro de que va a ganar. Ya dijo que además del Congreso, existen otros caminos, y sabemos cuáles son los que prefiere. Para él, el dilema no está en obtener las mayorías, sino en contar con la “fuerza popular” a la que se refirió en la entrevista concedida al diario El Tiempo. Y esa “fuerza popular” no es otra cosa que sacar a sus colectivos petristas a la calle, a sus mingas compradas, a sus “jóvenes rebeldes” de la Primera Línea, a sus vándalos y terroristas para que amedrenten a la población, (como lo hizo en 2021), a los cien mil delincuentes a los que les ha sustraído la conciencia con el subsidio de un millón de pesos para que después lo voten y lo protejan como si fueran su ejército personal. Esa “fuerza popular” en la que se escuda el dictador es sinónimo de guerra; una guerra civil que sumiría al país en la más profunda miseria. Que Dios no lo permita.



    Y como si fuera poco, tenemos a nuestros politiqueros cómplices de esta debacle: los congresistas que siguen recibiendo dádivas por debajo de la mesa sin que les importe el futuro de su patria, o los que buscan algún rédito electoral a futuro. Por algo ninguna moción de censura contra ningún ministro de Petro tiene éxito. Por algo discuten y discuten las reformas y nunca se atreven a archivar los proyectos. Algunos hasta han contemplado la posibilidad de cómo se dividirían las fuerzas en caso de que se tuviera que votar una constituyente, pero... ¡¿qué están haciendo?! Eso no debiera siquiera considerarse. Hacerlo es seguirle el juego a Petro, como lo hace Vargas Lleras, que piensa que si dejamos que nos lleven a un plebiscito para someter la constituyente a la opinión pública, Petro va a perder. Al contrario, va a ganar. Siempre va a ganar. De otra forma no se atrevería siquiera a sugerirlo. Y va a ganar porque ya debe tener todo perfectamente calculado para ello.

    Y si no, ahí está la “fuerza popular”, siempre dispuesta a obedecer al dictador y a pasar por encima de la ley, porque para Petro nada puede estar por debajo de la entelequia de su “pueblo”.

    El tema no es si jurídicamente es posible la constituyente, si el presidente la presentaría al Congreso o buscaría “otros mecanismos”, si habrá mayorías para que la aprueben, si el Congreso estaría dispuesto a estudiar la propuesta. El tema, colombianos, es que la sola intención de proponerla es una amenaza para el país; un chantaje vil, un descarado golpe de Estado, un intento por instaurar una dictadura, un atentado para derrocar la democracia con la que el mismo personajillo miserable se eligió. Sepamos bien esto, compatriotas: si queremos volver a las urnas algún día, no podemos permitir que Gustavo Petro avance ni un milímetro con esta propuesta de doble filo. La constituyente es la antesala a una dictadura como la que ocurrió en Venezuela con el mismo truco cínico de representar el deseo del “pueblo”.


    El otro camino, ya sabemos cuál es: el mal llamado “estallido social”, que en realidad es un paro armado con “las narcomingas”, “las guardias campesinas”, “las guardias indígenas”, “las primeras líneas”, “los jóvenes en paz”, “los gestores de paz”, los bodegueros e influencers prepago; es decir, las milicias a su servicio subsidiadas con la plata de los contribuyentes en las que el ELN y las Farc tienen gran participación. Ese otro camino es el incendio de Colombia, el derramamiento de sangre, la guerra civil, el despojo de la propiedad. Por eso el dictador debilitó a la Fuerza Pública, sacó a sus generales, desplazó su inteligencia, infiltró los organismos de seguridad y protección, le ordenó al Ejército y a la Policía no actuar contra el narcotráfico ni contra el crimen. Por eso el dictador obedece las órdenes del tirano de Venezuela y le cede nuestro petróleo, y le compra gas para llenarle los bolsillos a costa de nuestra pobreza.

    En un país serio este señor hace mucho rato tendría que estar en la cárcel en lugar de proponer cambiar las leyes de cincuenta millones de colombianos bajo la amenaza de instigar a sus doscientos mil áulicos (quizás menos) a tomarse a sangre y fuego la nación. Esta minoría violenta no debe decidir por el resto, no se puede permitir que nos lleve a la dictadura de izquierda socialista con la que sueña el dictador para equipararse con su mejor amigo y socio, Nicolás Maduro (porque entre criminales se entienden).

    ¿Qué pudiéramos hacer? Salir, hacer sentir nuestra voz, llenar las calles y hacer resistencia pacífica como se hizo en la marcha del pasado 6 de marzo. Tal vez las marchas no tengan efectos prácticos en lo político, pero sí que golpean el ego del dictador y lo desprestigian ante la comunidad internacional.


    Y mientras el dictador se quita el disfraz de presidente para mostrarse tal cual es, la lacra petrista compuesta de lo peor de la sociedad se frota las manos con la ola de violencia que se le viene a este país. Los enemigos de Colombia son los que hoy están gobernando y los que votaron por ellos son los responsables de habernos metido en semejante cagadón.

    Ya no vale que se arrepientan ahora que el tiempo nos dio la razón a quienes desde un principio nos resistimos al ascenso de este emperador; el Nerón colombiano que incendia su propia nación para gobernarla sobre sus cenizas.

    A Colombia la condenaron desde aquel 19 de junio de 2022, cuando el usurpador fue reconocido como primer mandatario en esa elección dudosa y cuya financiación se comprobó que fue con dineros mal habidos. Ahí sellamos la pérdida, sólo que todavía continuamos en una penosa caída libre.

    Lo único que queda por hacer es tratar de detener al dictador en su carrera desenfrenada por destruir todo lo que ha costado tanto esfuerzo construir, no sea que dentro de dos años largos, cuando talvez ya no tengamos la oportunidad de votar, nos estemos lamentando, no por el país que nos dejaron hecho añicos, sino por el país que ya perdimos.  









Del feminismo y otros demonios

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    El pasado 8 de marzo se conmemoró en el mundo libre el Día Internacional de la Mujer. Esta fecha, institucionalizada por Naciones Unidas a partir de 1975, ha sido reconocida históricamente por su intención de exaltar las bondades y la importancia de las mujeres dentro de la sociedad. Pese a ello, a medida que pasan los años, la conmemoración viene ganando un prestigio cada vez más negativo por su asociación al caos y a los actos vandálicos que opacan los verdaderos motivos de la celebración.

    El Día de la Mujer, otrora una jornada para reconocer las virtudes que engalanan a las damas del mundo, hoy ha sido absorbido por el movimiento feminista que es, ante todo, un movimiento político y revolucionario: en el mal sentido.

    Para entender por qué las marchas del 8M (que es como se ha identificado en los últimos años a la manifestación del 8 de marzo) se fueron convirtiendo en una excusa para la violencia y el vandalismo por parte de algunas de sus participantes, hay que saber que “el Día Internacional de la Mujer tiene sus raíces en el movimiento obrero de mediados del siglo XIX, en un momento de gran expansión y turbulencias en el mundo industrializado en el que la mujer comenzó a alzar cada vez más su voz”.[1]


    Lo que fueron los primeros intentos de feminismo no se conocían tal y como los conocemos ahora. De hecho, la palabra ni siquiera existía. Los movimientos derivados de las revoluciones liberales que se preocuparon por la igualdad de los sexos en los siglos XVII y XVIII, por ejemplo, se conocieron con el nombre de sufragistas, porque exigían el derecho de la mujer al voto, o igualitaristas porque abogaban por la igualdad ante la ley. A posteriori, a este tipo de feminismo, que aún no se llamaba así, se le denominó como “feminismo liberal”, y se enmarca en lo que hoy se llama "primera ola del feminismo".

    Pero el feminismo a partir del siglo XIX parte de una connotación que no está basada exclusivamente en la batalla de un sexo para reivindicar sus derechos aplastados por el otro sexo, sino también en la lucha de una clase social oprimida que sería luego instrumentalizada en razón a su vulnerabilidad en la sociedad: la clase trabajadora, y en especial las mujeres de esa clase, constituyeron el sujeto a disputarse en la guerra contra la explotación burguesa, no para la defensa de la mujer, sino para la del obrero-mujer. Esta defensa fue alimentada por un monstruo hambriento que con el tiempo llegó a convertirse en uno de los demonios más mortíferos del planeta: el marxismo. De ahí que el feminismo de hoy sea violento, revolucionario, vandálico, soez y sobre todo victimista: su semilla se inserta en la ideología marxista que aboga por todas las formas de lucha revolucionaria. Es un movimiento político cuya doctrina no abarca el anhelo de todas las mujeres. Por ende, sólo representa a aquellas que sí se adscriben a esa ideología en particular. 

    La lucha de las mujeres obreras por mejorar sus condiciones laborales y sociales fue lo que detonó el "feminismo de segunda ola". Estas obreras, desde luego, estaban impregnadas por el discurso idealista de la “conciencia de clase” en favor del proletariado, de modo que más que una lucha para reivindicar a las mujeres, era para la reivindicación de las obreras. En el fondo, lo que encubrieron las primeras protestas por los derechos de las mujeres durante el auge la Revolución Industrial fue la protesta ya manifiesta para exigir los derechos del proletario, o en su defecto, de la proletaria.


    Las condiciones de vida en ese entonces eran difíciles para ambos sexos. En el caso de la mujer se hacía más complicado porque esta no estaba integrada a la sociedad como ciudadana: no tenía derecho al voto, no podía manejar sus cuentas, no tenía acceso a la educación y su esperanza de vida era mucho menor que la de los hombres debido a las malas condiciones que tenían para traer hijos al mundo y a los maltratos a los que eran sometidas por sus maridos.

    Pero no fueron las protestas de las mujeres las que exclusivamente propiciaron la mejora en dichas condiciones. De hecho, no ha sido en la calle como se han ganado sus derechos. Es cierto que más mujeres se manifestaban en las marchas que se realizaban a principios del siglo XX para pedir mejores salarios, reducción de la jornada laboral y derecho al voto, y que cada vez constituían un movimiento más grande, pero el espaldarazo determinante que han tenido los movimientos feministas ha sido dado por el Socialismo. Fue el Partido Socialista de América el que declaró el Día Nacional de la Mujer en 1908 en Estados Unidos. Quien en 1910 impulsaría que ese día se conmemorara a nivel internacional, sería una comunista: Clara Zetkin[2]. Así, la injerencia de un partido político avalando el movimiento feminista va mucho más allá de un clamor por los derechos de las mujeres.



    Ya en el siglo XX la sociedad ve venir la “tercera ola del feminismo”, situada más o menos a principios de los años cincuenta en Occidente. Con el fracaso de la revolución proletaria fracasa el feminismo marxista y se adviene lo que es conocido como el “feminismo de género”, cuyo origen podría estar explicado en la frase célebre de Simone de Beauvoir aparecida en su libro El segundo sexo y con la cual se dio inicio a la deconstrucción de la mujer: “No se nace mujer, llega una a serlo”. La frase, cuyos defensores dicen que es metafórica, como para indicar que la mujer antes de ser mujer pasa por una serie de etapas de formación hasta llegar a la madurez, alberga el peligroso y errático germen la ideología de género. Su intención es la de concebir a la mujer desprovista de toda esencia, como si fuera una categoría a la que se llega por intermediación de la cultura. La mujer, entonces, es un concepto artificial, construido, que tendrá que ser llamado por la sociedad a deconstruirse. Y es ese feminismo el que teoriza la noción de “patriarcado” como un sistema que oprime a la mujer y en el que el hombre es un gran dominador.




    Bajo esta narrativa acaece la etapa subsiguiente del feminismo, conocida como “feminismo radical”, más o menos en los años setenta del siglo XX, con exponentes como Kate Millett o Shulamith Firestone, el cual es la exacerbación del feminismo hasta límites insospechados, haciendo de la vida sexual un asunto político. “Lo personal es político”, escribiría Millett alentando a llevar la sexualidad a una lucha en la que se reconoce a un enemigo, porque lo político, como decía Carl Schmitt, se estructura en torno a la división que toma como modelo la dicotomía amigo/enemigo.[3] De esta forma, se consolida la identidad de la mujer en detrimento de la existencia del hombre. Ese feminismo radical es el que se viene agudizando desde la época de la "liberación sexual" hasta nuestros días, deviniendo en un odio demoledor contra el hombre. Y como toda desventaja de la mujer se explica por la mano invisible del patriarcado en una sociedad en donde la humanidad entera tiene que sufrir, se apela al Estado para que resuelva estos problemas de aparente desigualdad. Si de lo que se trata es de que la mujer deje de ser oprimida por una cultura sistemática que premia al hombre, pues el feminismo radical se encargará de “hacer justicia” y para ello debe forzar a una “guerra de sexos” en donde tienen claro que el hombre es enemigo y que representa todo lo malo sobre la faz de la tierra. Incluso una filósofa como Andrea Dworkin llegó a plantear que toda relación heterosexual era una violación contra la mujer.

    Y no basta con satanizar al sexo opuesto bajo el feminismo radical. También dentro de esta ideología se impulsó la legalización del aborto, la destrucción de las distinciones culturales entre hombres y mujeres y entre niños y adultos, promoviendo de paso la proliferación de géneros de las agendas LGBT… y la pedofilia; además de romper con los esquemas de la moda, conminando a que las características femeninas cada vez sean más masculinas y viceversa, y que los roles impuestos por el capitalismo clásico viren radicalmente (lo cual beneficia aún más al capitalismo), pues proclaman que este sistema se acabe y que se instaure en su lugar un modelo donde el Estado sea el que se encargue de suplir todas las necesidades de las personas, especialmente de las mujeres. Palabras más, palabras menos, que se imponga el socialismo.



    Habrán notado que en el primer párrafo de esta entrada puse en cursiva la frase “mundo libre” para remarcar que el 8M es bien recibido en las sociedades en donde más se ha avanzado en igualdad de derechos y consecución de la libertad. Esas sociedades corresponden al mundo occidental; lo que hoy conocemos como civilización judeo-cristiana. Curiosamente, es en esta parte del planeta donde el feminismo extremo abandera los reclamos más duros y apasionados por la igualdad de las mujeres frente a los hombres; justo allí, donde se ha avanzado en mayor medida en el tema de derechos humanos.

    ¿Por qué no existe feminismo radical en las sociedades islámicas o en el régimen de la China comunista? Porque saben que allí sus marchas no durarían un suspiro y que, paradójicamente, se reclama la igualdad de sexos en los países donde más igualdad se respira, incluso muchas veces rompiéndose esa igualdad en favor del sexo femenino sin que la otra mitad de la población proteste por ello.

    Aun así, uno se pregunta: si ya la ley reconoce que en efecto existe igualdad de trato entre hombres y mujeres y que está prohibido desconocer cualquier derecho civil, político, social o religioso para la mujer, quien no puede ser excluida ni marginada de la sociedad como se hizo hasta hace poco más de medio siglo, ¿por qué los colectivos feministas siguen reclamando con brutalidad un espacio que hace rato la sociedad les otorgó y del cual hoy las mujeres son prácticamente las dominadoras? La respuesta no es porque no se lleve a la práctica el derecho que las normas les conceden en aras de su libertad, dignidad y de la protección especial que requieren ante el hecho biológico evidente de su inferioridad física. La verdadera respuesta es que el feminismo no busca un reconocimiento de igualdad de derechos ante la ley entre hombres y mujeres, sino una supremacía del sexo femenino sobre el masculino devenida en odio hacia el varón. Al feminismo de hoy no le conviene la emancipación de la mujer ni su realización como madre de familia, trabajadora independiente, empleada de alto rango, y mucho menos como ama de casa dependiente de un hombre proveedor (lo cual también debería ser considerado como una opción válida para la mujer que no desea insertarse al mercado laboral), pues esto supondría el fin de su discurso. Al feminismo, por el contrario, le conviene que los “modelos patriarcales” que tanto refuta se sigan perpetuando en una especie de círculo vicioso, pues así puede seguir manteniendo viva su ideología divisoria, sus instituciones de pacotilla financiadas por las grandes corporaciones, y su burocracia estatista que se alimenta de los contribuyentes. Si la mujer continúa siendo oprimida, el feminismo seguirá teniendo su razón de ser.



    El 8M, pues, ha perdido seriedad, simpatía, relevancia. No es una marcha feliz como debiera ser en razón de todos los logros que han alcanzado las mujeres en la historia. Es una fecha que ya no brilla por la exaltación, pues la mujer posmoderna ya no quiere ser exaltada. Si acaso brilla por algo, es por el resentimiento, el odio hacia el varón, el discurso contra un modelo al que le llaman patriarcado, el cual, dicen, “no ceja en sus intenciones de atropellar a la mujer”.  

    Así como en la Edad Media se utilizó el miedo como una forma de mantenerse alejado de los demonios, las brujas y los fantasmas, el feminismo hace uso de la narrativa patriarcal para mantener a las mujeres alejadas de los hombres. Este movimiento es el verdadero demonio. Inculca la idea de culpar al hombre por todo lo malo que le pasa a la mujer, fomenta la enemistad y corta los lazos entre los dos únicos sexos que existen en la naturaleza. Y es una lástima que la única manera que tenga para visibilizarse sea apropiándose de la conmemoración del 8M, haciéndose sentir a través del vandalismo, la destrucción y los falsos rituales simbólicos.

    No hay feminismo bueno, no hay nada que rescatar allí; salvo a las mismas feministas, pobres jóvenes utilizadas por una ideología que les robó su feminidad.




 [1] BBC News Mundo (8 de marzo de 2024). Cuál es el origen del Día de la Mujer (y por qué se conmemora el 8 de marzo).

 https://www.bbc.com/mundo/articles/c51l4e48dvmo#:~:text=El%208%20de%20marzo%20es,por%20Naciones%20Unidas%20en%201975.


[2] Ibíd.

[3] Cf. Carl Scmidt. El concepto de lo político.


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