domingo, 26 de enero de 2025

El burro que se cree tigre

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Entre el amanecer del sábado y el domingo me hallaba tomando notas para escribir lo que sería la próxima columna de este blog, la cual versaría sobre el nombramiento que hace una semana hizo el sujeto Petro de dos nuevos integrantes para conformar la Junta Directiva del Banco de la República a partir de febrero y del peligro que esto representa, pues Petro, al quedar con mayoría en la Junta, va a encender la máquina de hacer billetes y de paso va a llevar a este país al descalabro, mucho peor de lo que ya lo ha llevado.

     En esas me encontraba, advirtiendo de los peligros de la emisión monetaria de la cual vamos a hacer objeto los colombianos cuando, por ejemplo, la señora Laura Moisá, nueva miembro de la Junta Directiva de la institución y comunista a ultranza (no es sino verla), asuma el liderazgo de la misma y aplique las políticas de su jefe para acabar con la moneda colombiana, con su economía y de paso con la nación entera por aquello de que un comunista jamás puede ser un economista porque es una contradicción en los términos.

     …Y de repente, la noticia que llega al celular: “El presidente Gustavo Petro no autorizó el ingreso de los dos aviones estadounidenses que traían, cada uno, a ochenta ciudadanos colombianos deportados desde del país del norte para su repatriación”.

     Hasta ahí me pareció otra más de las pataletas del sujeto este que nos gobierna, como cuando le da por escribir en su cuenta de X toda la noche lanzando trinos a diestra y siniestra, o cuando le da por insultar al presidente Trump desde Haití, o cuando le da por convocar a sus “fuerzas populares y revolucionarias” cuando el Congreso o las cortes no hacen lo que él dice. Otra más de sus berrinchadas de líder intergaláctico, pensé yo. Sólo que en La Casa Blanca no se lo tomaron tan a la ligera.




     La respuesta no se hizo esperar. Como Colombia no quiere cooperar, no quiere recibir ni a sus propios ciudadanos sindicados de cometer delitos en los Estados Unidos, Colombia tiene que atenerse a las consecuencias: aumento de aranceles para productos colombianos del 25%, y a partir de una semana, del 50%; suspensión de las visas de los integrantes del gobierno, de su bancada, de sus simpatizantes y de sus familiares, que creo que eso fue lo que más les dolió. Aparte, inspecciones reforzadas de aduanas y protección fronteriza, tanto de cargamentos colombianos como de personas naturales por razones de seguridad nacional; y por último, sanciones bancarias, financieras y de tesorería en su totalidad. Nada más estas serían las consecuencias, lo que significaría la ruina total del país. Todas las exportaciones de productos colombianos a Estados Unidos como flores, café, banano, aguacate, cartón, petróleo, carbón, textiles y demás productos agrícolas y mineros sencillamente desaparecerían con un arancel de 50%. Y encima, con sanciones bancarias y gravámenes a las remesas, ningún inversionista querrá acercarse a Colombia, si de hecho ya el gobierno los tiene espantados.

     Esas eran las nuevas medidas provisionales que se tomaban en La Casa Blanca hasta tanto el gobierno de Colombia no normalizara la situación, porque recibir a sus propios ciudadanos deportados es parte de sus obligaciones. Así se ha hecho durante toda la vida; incluso durante el gobierno de Biden, período en el que se recibieron a más de 14.000 colombianos deportados sin que Petro dijera una sola palabra en ese entonces por los aviones militares o civiles en que los traían o porque, por seguridad, los tuvieran que traer esposados, no fuera que ocasionaran una situación de emergencia durante el vuelo. Ahora que el presidente entrante de los Estados Unidos no es de sus afectos, quiso darse aires de importante, pero terminó ocupando el lugar que le corresponde: abajo, bien abajo de Donald Trump, como el burro amarrado que no puede darle pelea al tigre.




     Petro alegó desde su guarida trasnochada que no se le garantizaba un trato digno a los colombianos, y por eso rehusó a que los aviones aterrizaran, negando su entrada al espacio aéreo colombiano cuando ya estaban en pleno vuelo hacia nuestro país. Sus lloriqueos no pueden ser más infantiles: necesitaba “que le garantizaran a los compatriotas condiciones adecuadas con transporte civil y digno”, como si antes no se hubieran traído deportados a Colombia, fuera en aviones militares o civiles. “No los pueden tratar como delincuentes”, también dijo el sinvergüenza, porque tal vez no entiende que si en Colombia la inmigración ilegal no es delito, en Estados Unidos, y más ahora con el gobierno de Trump, entrar ilegalmente al país sí se considera un delito, y quienes cometen ese delito, por deducción son tratados como delincuentes.

     ¿Qué clase de estúpido e irresponsable tenemos en Colombia que se atreve a desafiar a la potencia más importante del mundo que, gústele a quien le guste, es también el principal socio comercial del cual dependemos económicamente? Mientras Petro juega a ser el líder revolucionario que va a salvar al mundo del imperialismo, Trump, que es un tipo serio y templado no juega a ser el presidente, sino que ejerce el derecho internacional de la defensa de su soberanía y de no permitir que ciudadanos que han entrado ilegalmente a su país cometan delitos dentro del mismo. Está en todo su derecho de deportarlos, como Petro está en la obligación de recibirlos, porque si no los recibe, también está violando el derecho de un ciudadano a la repatriación. Antes bien, son muy comedidos los Estados Unidos que se toman el trabajo de devolverlos en sus propios aviones, guardando las medidas de seguridad para los deportados y garantizando su derecho a la vida, por lo menos dejándolos libres en su país de origen. Vaya a ver si en otros países, como en la China, por ejemplo, a uno lo devuelven así tan amablemente si acaso ha cometido alguna trasgresión contra la ley. Ahora será el sinvergüenza el que tendrá que poner nuestro avión, pagar la gasolina, el piloto, la logística y todo lo relativo al operativo de repatriación con nuestros recursos, para ir por los mismos ciudadanos a los que les rechazó la entrada cuando ya estaban a punto de aterrizar. ¿Se puede ser más bruto en esta vida? Yo pensé que Maduro era un caso inigualable, pero Petro lo está superando.




     Con la llegada de Trump, los aranceles del 25% se habían hablado para países como China, Venezuela, o México. Colombia, hasta el momento, estaba excluido de esos aranceles. Hay que agradecerle al ex guerrillero que nos haya puesto en la mira de los Estados Unidos y estemos ahora en el bando de los países no cooperantes con la política americana. Aunque mejor, a ver si Trump nos da una ayudita para sacar a este inepto dictadorzuelo del gobierno. Ahora ellos nos verán con otros ojos. Las sanciones quedan en reserva, listas para ser firmadas si no se corrige el rumbo por parte de Colombia. No sólo porque Petro haya devuelto a los deportados que traían desde Norteamérica, sino por querer jugar al libertador de la humanidad poniendo en riesgo el futuro de todos los colombianos.

     Pero si antes estábamos en el llavero de La Casa Blanca, hoy ya nos salimos, y será difícil volver a ingresar. Tantos años de buenas relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, incluso teniendo una preferencia especial que nos situaba como aliado estratégico en la lucha contra el narcotráfico, lo cual hacía que se intensificara la ayuda económica y militar a Colombia, para que de la noche a la mañana un mandatario vicioso y desvergonzado arruine el esfuerzo que lleva construir un buen nombre, sólo para complacer a esa porción antiamericana de sus seguidores que dicen que “no tenemos que arrodillarnos al imperio”: pobres imbéciles que piensan que van a comer dignidad y revolución. De todos modos, mientras escribo esta columna, recibo la noticia de que al "líder intergaláctico" le tocó echarse para atrás y aceptar todos los términos del presidente Trump. La rebeldía le duró seis horas. Es que hay que saber con quién cazar peleas, y créanme que meterse con la primera potencia del mundo no es una buena idea, mucho menos si uno se llama Colombia, la Banana Republic por excelencia, cuyo dirigente se llama Gustavo Petro, guerrillero de siete suelas, y mucho menos si quien está al frente es un líder nato llamado Donald Trump, el nuevo alguacil que vino a poner orden en el condado. Repito, es la pelea de un burro que se cree tigre con un tigre de verdad.




     Hay personas que piensan que este sujeto de La Casa de Nariño no está bien de la cabeza, que es un megalómano, un sociópata, un hombre enfermo de odio y resentimiento, un narcisista, un frustrado con aires de grandeza. Y puede que tengan razón: él es todo eso, pero con un agravante: está completamente cuerdo, porque yo creo que todo lo que hace lo hace con plena conciencia, a propósito, sabiendo exactamente para dónde va y hacia dónde quiere conducirnos. Es el piloto de un avión que sabe que va a estrellar para que cincuenta millones de pasajeros se maten, con la salvedad de que en el último minuto él saltará en paracaídas y se salvará. Petro no es bruto, o más bien es un bruto de aposta. Hasta me atrevo a decir que sus errores gramaticales son muy bien calculados. Es así como desvía la atención de la opinión pública de los hechos del Catatumbo, por ejemplo, mientras reafirma en secreto sus negocios oscuros con el régimen de su protector, Nicolás Maduro. Fabrica un escándalo nuevo cada día para tapar otro; para que mientras nosotros estemos hablando de los trinos que publica en medio de sus borracheras, poniéndonos en riesgo incluso de perder la poquita economía que tenemos, él se muera de la risa a sabiendas de que puede hacer lo que sea y nadie lo va a sacar del poder. Ni siquiera cuando se le termine su período presidencial. Así como dijo que las elecciones en Venezuela no eran libres por el supuesto bloqueo de los Estados Unidos al país bolivariano, asimismo Petro buscará que le impongan un bloqueo a Colombia para tener la excusa de no poder convocar a elecciones y así quedarse eternamente: “¿cómo, si no ven que no podemos hacer elecciones libres?”, dirá el sinvergüenza, al mismo tiempo desatando el caos y provocando las llamas que nos han de consumir mientras él querrá reinar sobre las cenizas. Se va a quedar a como dé lugar, eso es seguro, y de nosotros depende que eso suceda.




     Mucho cuidado, colombianos, porque este sujeto funge como presidente es un Nerón, un incendiario, un tirano en ciernes, un hombre de las tinieblas; de esos que no duermen en la noche por estar fraguando sus planes siniestros, siempre embebido en sustancias alucinantes, cómplice de la oscuridad y enemigo de la lucidez que proporciona la luz del sol.

     Y ya lo dijo el sabio Séneca en el pasado acerca de los hombres que conspiran en la noche y duermen en el día:

…reprobable el que yace en el lecho, amodorrado, cuando el sol está ya alto, y comienza su vigilia a mediodía […] los cuerpos de estos hombres que se han entregado a las tinieblas se ven repulsivos, dado que presentan un color más preocupante que el de los que palidecen por enfermedad: lánguidos y frágiles, están blanquecinos y, aunque vivos, su carne es cadavérica. No obstante, podría afirmar que éste es el menos grave de sus males: ¡cuánta mayor oscuridad hay en su espíritu!; está atónito en su intimidad, se halla en tinieblas”.[1]

     Un presidente que trina una cosa a las tres de la mañana y luego publica lo contrario un par de horas después, es porque, o no ha dormido, o se ha levantado muy temprano. Sabemos que Petro no es de los que madrugan, por lo tanto, permanece en vigilia toda la noche, y para ello requerirá de ciertos estimulantes que lo mantengan en vilo. De ahí que en su espíritu no haya sino tinieblas. Es un ave nocturna, y por lo tanto, un ave de rapiña.



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[1] Séneca, Cartas a Lucilio.









sábado, 18 de enero de 2025

Los muros de la infamia

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








     Una encarnizada batalla cultural se vive hoy en diferentes ciudades del país como Medellín, Bogotá, Barranquilla, Cali, Ibagué, Manizales, Pereira, Bucaramanga, y casi todas ciudades capitales. Grupos de activistas de izquierda (de ultraizquierda, si cabe el término), vienen pintando murales, o más bien grafitis en los que hacen alusión, según ellos, a unas supuestas víctimas del “Estado paramilitar”, de Álvaro Uribe y de los capos de la mafia. Algunos de estos grafitis han sido mandados a borrar por las administraciones locales, como ocurrió en Medellín. Pero los activistas, financiados a lo mejor por un poder muy superior, los volvieron a pintar. No una, sino dos y hasta tres veces: los recursos y la obstinación de estos grafiteros parecen ser ilimitados. El alcalde de Medellín, por su parte, no los quiso borrar de nuevo. Se rindió contra un poder al que sabe que no le puede dar pelea: un alcalde no tiene el mismo presupuesto de un presidente.

     De modo que lo único que se ha podido hacer es que un puñado de ciudadanos patriotas hayan puesto un poco de pintura aquí y allá y les hayan decorado los murales a la izquierda, que no son otra cosa que un instrumento de campaña política. Al parecer están muy bien financiados para ganar esta batalla cultural, porque lo que comenzó en Medellín se ha extendido por todo el país, y los muros de la infamia se multiplicaron sin cesar. Lo anterior da origen al nuevo mito que surge tras el hallazgo reciente de unos cadáveres en el sitio conocido como La Escombrera, en Medellín, donde más o menos desde 1978 se ha venido utilizando este lugar para arrojar cuerpos humanos por parte de todo tipo de grupos criminales y terroristas de todas las épocas y todos los pelajes.




     A raíz de este macabro descubrimiento de restos humanos enterrados allí, volvió a hacer carrera otra narrativa izquierdista para poder capitalizarla políticamente con miras a las próximas elecciones: que la Operación Orión que el gobierno del ex presidente Uribe ordenó en la Comuna 13 de Medellín en el año 2002 para hacer frente al narcotráfico y a las pandillas que allí operaban, fue la que produjo toda esa cantidad de muertos, muchos de ellos “jóvenes inocentes” que hoy siguen llorando sus madres, las cuales han denunciado que la Policía y el Ejército fueron los autores de los asesinatos. De ahí que el lema principal del grafiti sea la frase “Las cuchas tienen razón…”, donde seguidamente pintan el rostro de Álvaro Uribe con el letrero de “Yo di la orden”, presentándolo como un ángel exterminador para endilgarle exclusivamente a él y a su gobierno la culpabilidad por las matanzas de cientos de personas que se vienen encontrando desde hace poco más de cuarenta años en La Escombrera.

     Aún hoy, cuando han pasado más de 14 años desde que Uribe dejó el poder, y cuando ya gobierna la extrema izquierda en el país, siguen enterrando allí los cuerpos de los asesinados, porque los grupos narcoterroristas, especialmente las milicias urbanas de las Farc (que sí, siguen existiendo y nunca han dejado de existir), del ELN, que gracias a Petro está repotenciado, y las bandas criminales que se derivan del paramilitarismo y la guerrilla, son los que hasta el día de hoy continúan arrojando cadáveres en ese sitio que se convirtió en el vertedero de residuos que deja el actuar de la empresa criminal.




     A la figura del ex presidente que más los debilitó hay que reventarla con el manido discurso del paramilitarismo que, en efecto, fue un fenómeno real, criminal y condenable desde todo punto de vista, pero que al asociarlo a Uribe y señalar a este como el orquestador de toda esa violencia, se ha caído en una campaña de desprestigio y difamación contra un ex presidente que, le guste a la gente o no, no tiene méritos para ser juzgado como paramilitar o como asesino, pues ninguna instancia lo ha condenado y tampoco nadie tiene pruebas para hacerlo.

     Por lo demás, la sugerencia de que fue él quien dio la orden para asesinar “inocentes” en la Comuna 13 de Medellín durante la Operación Orión, es pura y llana calumnia. Y si ese mensaje de difamación se pinta en un muro y tiene la anuencia del gobierno nacional, que de seguro es el que está pagando a sus militantes para que desprestigien a su contradictor más encarnizado, entonces cualquier grafiti u “obra artística” en la que se haga apología a la difamación, tendría que ser válida bajo la lógica izquierdista del “no tenemos pruebas pero tampoco dudas”; incluyendo los grafitis y murales en donde se recalquen los crímenes de grupos terroristas como el M19, por ejemplo, que asesinaron a miles de personas inocentes, y del que el presidente actual fue un miembro activo. De ello sí que se tienen todas las pruebas. Lo raro es que a la izquierda solo le importan las víctimas de un lado, pero pasan por alto las del bando que comparte su nefasta ideología. Estos grafitis deberían valer también si se pintan resaltando los muertos del bando contrario, que esos sí, repito, están probados y comprobados. ¿Qué tal, como muestra, comenzar con una nueva cifra como la de 18767 niños reclutados y asesinados por la guerrilla?




     Supongamos, por ejemplo, que alguien decida poner en duda la inocencia de esos “muchachos” que desaparecieron y por los cuales hoy las instrumentalizadas cuchas reclaman justicia por su asesinato. Supongamos que alguien decida pintar un grafiti que diga “Uribe tenía razón, esos muertos no eran inocentes, eran delincuentes”, digo no más, como ejemplo. ¿No se estaría incurriendo también en el delito de injuria y calumnia y se estaría revictimizando a los familiares de los muertos? Porque no nos consta quiénes fueron en vida los cuerpos hallados en La Escombrera; no sabemos si eran pillos o inocentes, no se ha dilucidado la investigación y no hay pruebas para decir que eran tan malos como los que los asesinaron.

     Del mismo modo, cuando no se puede comprobar la responsabilidad del Ejército y la Policía; cuando no se puede decir de quiénes fueron víctimas esos cuerpos encontrados si no hay un dictamen de la justicia al respecto; cuando ni siquiera se puede determinar en qué año fueron asesinados, ni bajo el gobierno de quién, ni por qué motivo; no se puede decir entonces que “las cuchas tenían razón”, porque este es un Estado de derecho, pero de derecho probatorio, y pruebas es lo que la izquierda nunca ha tenido. Culpar al Estado por unas masacres que no se han comprobado, como la cifra de los 6402 falsos positivos, que gracias al congresista Miguel Abraham Polo Polo se pudo establecer que era una cifra mentirosa, es un acto de difamación. Asimismo, no se puede decir que los cuerpos de la Escombrera le pertenecen a un gobierno y a un presidente en particular. Por eso mismo, ese mural, como tantos otros, debe ser borrado, pintado y repintado otra vez de gris, como deben ser los muros de los puentes en todas las ciudades. Además, porque hasta donde tengo entendido, uno no puede tomarse la atribución de ir a pintar una pared pública sin antes no ser autorizado por la autoridad local, de modo que solamente para ajustarse a la ley, esos grafitis no tienen razón de ser. Con un agravante, y es que no solo son atentatorios de la honra y el buen nombre, o van en contra de la estética urbanística de las ciudades, sino que además son mensajes que promueven el odio y la mentira; ese odio del que tanto se quejan los mamertos cuando se trata de descalificar el discurso del contrario.




     Si se trata entonces de ejercer un derecho a la libertad de expresión ciudadana, como dice el sinvergüenza que nos gobierna, invito entonces a todos los colombianos a que pintemos y escribamos consignas en todos los muros públicos de las ciudades para afearlas de la misma manera que hacen los petristas. Podríamos empezar con estas dos palabras: “Fuera Petro”, y que el presidente y sus borregos no puedan quejarse, porque en aras de la “libertad de expresión”, eso también sería arte, ¿o no?

     Pero no hay que tener más de dos dedos de frente para saber que el asunto de los grafitis no es debido a un dolor real hacia las víctimas halladas en La Escombrera y en cuanta fosa común debe haber en el país. En el fondo no es una “manifestación libre” de la comunidad para reclamar por unos muertos que no le importan a la izquierda, porque ni siquiera puede dar una lista con sus nombres. Y a las cuchas, que no son cuchas, sino madres, porque ni siquiera para reivindicarlas son tratadas con respeto, les digo que las están instrumentalizando y haciendo política con su dolor. En el fondo es pura falsa narrativa, impostura, desprestigio, repetición de la mentira hasta hacerla aparecer como verdad o posverdad. En el fondo no es más que una batalla cultural que llevan décadas haciendo para imponer sus ideas, así sea con mentiras o verdades a medias, que es lo mismo. Así le secuestraron el pensamiento a la juventud en los colegios y universidades, y al público en general a través de los medios de comunicación de tendencia izquierdosa, y ahora yendo por los muros de las ciudades. Así se venden para ir en pos de la batalla política, ya que así “ganaron” una vez con un número que escribieron a dos manos porque a alguien se le ocurrió decir que el número del chance para comprar la presidencia era el 6402 sin que nadie lo pudiera contradecir hasta ahora.




     Por eso necesitan nuevos muertos, nuevas fosas, nuevos culpables, nuevas cifras, que si no las hay se las inventan. Intentan reescribir la historia, imponer sus verdades, extender los simbolismos. Y en una batalla cultural los símbolos importan demasiado. No por nada llevan los zurdos sesenta años adorando la mítica imagen del Ché Guevara. En este caso tienen que recurrir al “culpable” de siempre. Sin un personaje como Uribe en el escenario político al cual poder echarle la culpa de todos los males del país, ¿cómo podría ganar la izquierda unas elecciones cuando demostraron que no pueden hacer ninguna campaña política limpia? Necesitan revivir a un enemigo, señalarlo, ensuciarlo, envilecerlo, porque los zurdos, como no tienen nada bueno qué mostrar acerca de ellos mismos, se sacan de la manga el más descabellado ardid para mostrar lo supuestamente malo de los otros.


sábado, 11 de enero de 2025

Qué pesar de Venezuela

Por Juan Felipe Giraldo Trejos









     Esta semana, mientras esperaba por el almuerzo en uno de los tantos restaurantes de comida corriente de la ciudad, me puse a mirar las noticias en el televisor del local, justo cuando estaban informando sobre la fallida posesión de Edmundo Gonzáles en Venezuela al tiempo que Nicolás Maduro, el usurpador, sí se posesionaba como presidente del país bolivariano por otros cinco años. Allí pasaban las imágenes del dictador y sus áulicos, acompañado de unos cuantos dictadorzuelos de la región como Ortega y Díaz-Canel, y algunos mandatarios de un puñado de países insignificantes en el concierto geopolítico, varios de ellos repúblicas de opereta del continente africano donde también reinan las dictaduras y otro tanto de islas caribeñas que son resorts con bandera. Escuché en ese momento a la comensal de la mesa vecina que pronunció en voz alta, no sin cierta indignación, esta frase que todos hemos dicho alguna vez: “Qué pesar de Venezuela”.

     Enseguida volteé a mirarla porque creí que me estaba hablando a mí, pero ella seguía absorta, concentrada en terminar su sopa mientras repetía en los intervalos de su deglución: “…qué pesar de Venezuela con ese asqueroso que la gobierna”. Yo tragué saliva de inmediato, no por lo suculento que se veía el almuerzo que me acababan de llevar, sino por el terror que me produjo esa frase, pensando no tanto en Venezuela, sino en Colombia. “Sí, qué pesar de Venezuela con lo que le está tocando vivir, pero también qué pesar de Colombia con lo que le va a tocar vivir en un par de años”, me dije mentalmente, porque la calaña de los tiranos que están en el poder, tanto allá como acá, es la misma.




     Piensen ustedes que la diferencia entre ambos países solamente está determinada por una cuestión cronológica. Así es: el futuro de Colombia es Venezuela. Ellos, nuestros hermanos venezolanos, vienen del futuro para advertirnos que nosotros estamos transitando por el mismo camino y correremos la misma suerte si no impedimos que esta cáfila de bandidos petristas que están en el poder se queden allí para siempre, o por lo menos durante unas dos o tres décadas, como les sucedió a ellos, que con eso ya es bastante para destruir a una nación entera.

     Sí, qué pesar de Venezuela, pero también qué pesar de mi Colombia. Por lo menos los venezolanos están en la parte final del tramo, porque con todo lo que ha sucedido, con el desprestigio internacional del régimen y con la aceptación por parte de la comunidad política de la idea ineludible de que al tirano sólo queda sacarlo por la vía armada, a bala limpia, como se dice coloquialmente; la libertad de Venezuela en cualquier momento va a llegar.

     Tal vez no este mes; tal vez no por acción de la ONU ni de los Estados Unidos, que estoy seguro que bajo el mando de Trump no se van a meter en ese conflicto; tal vez ni siquiera sea por la intermediación de algún gobierno amigo de la oposición venezolana o por un ejército de mercenarios, sino porque la misma ciudadanía, exacerbada por fin, se haya llenado de valor y decida salir a luchar a las calles y hacerse matar de un ejército ruin y mezquino que no se atreve a dar el golpe contra el tirano.




     Por desgracia, nadie de afuera va a salvar a este pobre país secuestrado por la dictadura socialista, o al menos eso creo yo. La solución tendrá que venir de adentro, así sea que los recursos y el plan provengan del exterior. Alguien, algún patriota valiente y al mismo tiempo un suicida temerario lo tendrá que hacer: alguien tendrá que matar al tirano, o en este caso a los tiranos. Alguien tendrá que esperar la oportunidad para disparar el primer tiro a la cabeza de Maduro apenas este baje la guardia, quizá dentro de algunos meses, cuando se crea que todo habrá vuelto a la normalidad. Y cuando esto suceda y haya una prueba fehaciente de que el dictador ha muerto, la turba se desatará y hará justicia por su propia mano, enfrentando a esos militares y a esos colectivos cobardes, que serán los primeros en salir corriendo, buscando hacerle lo mismo a Diosdado Cabello, a Padrino López, a Cilia, a Delsy, a todos esos chavistas que los llevan humillando más de 25 años.

     Es innegable que, si no surge un nuevo Óscar Pérez que se atreva esta vez con mejor suerte a hacer lo que hay que hacer, Venezuela no será libre nunca, porque nadie de afuera va a hacer por ella lo que deben hacer los de adentro. Ni siquiera María Corina o Edmundo, que ya han hecho bastante y que no pueden hacer mucho más. Porque a pesar de que un sector de la derecha los critica, no le podemos pedir a María Corina que se arme de una pistola y se vaya para el Palacio de Miraflores a buscar a Maduro. Eso sería tan irrisorio como hacer una excavación con cuchara. No va a pasar, pero sí puede haber alguien que esté dispuesto a inmolarse con tal de liberar a su pueblo. Tal vez uno que no tenga mucho que perder, que le sobren arrestos e inteligencia para llegar a Maduro con sutileza, y, sobre todo, que tenga acceso a un arma y buena puntería. Esa sería la única esperanza, porque a punta de marchas y desfiles está claro que no se logrará nada.




     Yo, personalmente, considero que María Corina no es igual a Guaidó, ni a Capriles, ni a Leopoldo López, sino que ha batallado mucho más contra el régimen: es más valerosa, más frentera, más patriota que los otros; una piedra en el zapato más difícil de sacar. Si al final resulta que todo ha sido parte de una puesta en escena y ella termina siendo otra vendida, todos quedaremos muy decepcionados, especialmente los venezolanos que se habrán suscrito a otro fracaso, pero sobre todo ese régimen habrá tenido que pagar un alto precio por el desprestigio internacional que María Corina Machado le hizo ganar. Tanto ella como Edmundo han evidenciado todo su atropello a la comunidad internacional y han hecho que en el concierto democrático se considere hasta la idea de una intervención armada por parte de potencias extranjeras o ejércitos de mercenarios. También hay que decir que no ha sido suficiente y que se han equivocado en la estrategia.

     Para comenzar, nunca tuvieron estrategia; es decir, debieron haber concebido un plan en estos últimos seis meses para ponerlo en marcha el mismo 10 de enero a sabiendas de que el dictador nunca entregaría el poder. Ellos lo sabían. A no ser que el plan fuera hacer que la dictadura se quedara para tener el pretexto de sacarla por la fuerza, y de ser así, se le reconocerá la astucia sólo en el momento en que esta haya caído. De ese modo le podrán tapar la boca a muchos, pero mientras eso no ocurra, dicho sector de la derecha los seguirá viendo como falsa oposición o como vendedores de falsas ilusiones.




     Se equivocó también Edmundo en haber solicitado audiencia con Biden cuando estuvo en los Estados Unidos en lugar de haberla solicitado con Trump, que es el presidente entrante que se posesionará en nueve días. Por eso Trump no quiso hablar con él, resentido por haber buscado a su encarnizado enemigo que ya no tiene poder alguno sobre la nación. De este modo será mucho más difícil que Trump quiera intervenir en Venezuela, porque él primero querrá arreglar los problemas con Rusia y con Ucrania, y posiblemente esto tarde entre seis meses y un año. Así, si Donald Trump logra que Putin le conceda alguna especie de aval para entrar en Venezuela a cambio de no financiar más a Ucrania y retirarse del conflicto, es posible que se pueda soñar con la intervención armada en el vecino país, pero también tendrá que vérselas con los chinos, con Irán, con Brasil y Colombia, todos apoyadores del régimen. Por eso, esa opción la veo descartada, porque tampoco encontraría apoyo de los vecinos. Sólo un ejército como el norteamericano puede hacerle frente al Ejército Bolivariano, que no tiene capacidad ni milicia, pero sí mucho armamento. Ningún otro tiene ese poder en la región, salvo el de Brasil, pero ya sabemos que Lula es un aliado del socialismo, lo mismo que el sinvergüenza presidente de Colombia.




     Así las cosas, qué pesar de Venezuela que tenga tan pocas perspectivas. Aun cuando logren derrotar al régimen, quedará nuevamente en manos de la izquierda, sólo que más moderada, pero al fin y al cabo, izquierda, porque ni María Corina ni Edmundo son de derecha. El socialismo ha permeado tanto en Venezuela, que de nada vale que cambien a Maduro, porque la mentalidad del venezolano promedio está anclada al chavismo, así no quieran saber más de Chávez. El día que un gobernante de verdadera derecha les diga que les va a sacar los subsidios, le van a armar otra “revolución”. Por eso Venezuela está condenada a seguir en el socialismo por mucho tiempo, porque ya verán que María Corina se convertirá en una heroína aclamada cuando por fin le llegue el día de gobernar, pero pasado un tiempo los venezolanos sentirán que las cosas no han cambiado mucho, que la dinámica del país sigue siendo la misma, porque su cultura ciudadana está profundamente enraizada en los postulados chavistas que los han transformado hasta el punto de que el día de mañana querrán seguir dependiendo de ese gran Leviatán llamado Estado, como en los viejos tiempos. ¿Hasta qué punto estarán los venezolanos dispuestos a salir de la zona mediocre de confort en la que los sumió el chavismo? Ya se verá.




     Lo malo es que mientras no caiga Maduro, ojalá bajo el peso de las balas, no caerá Petro. Si la dictadura se afianza otros cinco años, Petro se reelige, porque se sentirá con el aval para hacer lo mismo que su amigo y patrón, no importa que tenga que comprar las elecciones otra vez. Para eso tiene la ayuda económica del régimen venezolano, las instituciones que ya ha cooptado y juegan a su favor, la ayuda armada de las Farc, el ELN, sus guardias campesinas e indígenas y sus colectivos petristas que constreñirán a los electores, sobre todo en las regiones donde ellos son autoridad, y la publicidad de sus bodegueros prepago que le hacen eco. 
     
     Qué pesar de Venezuela si no defenestran al dictador, pero qué pesar de Colombia si repetimos la historia de nuestro vecino, porque si nadie nos hace la caridad de eliminar al tirano de Miraflores, no podremos sentar nunca el precedente para eliminar también nosotros al futuro tirano del Palacio de Nariño.






sábado, 4 de enero de 2025

El año que se viene

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








     El año que se viene me produce desconfianza. Lo miro con recelo; con el escepticismo que siempre me caracteriza y que algunos llegan a catalogar de pesimismo, pero que pocas veces me ha dejado equivocar, por infortunio.

     El año que se viene nos sitúa ya en el primer cuarto de siglo, y a partir del primero de enero los bebés que nazcan ya serán considerados parte de la generación Beta. Es el año de la Serpiente, según el horóscopo chino, la cual se asocia con la sabiduría, la intuición y el misterio. En este orden, será un año de muchos misterios cuya resolución requiere altas dosis de sabiduría. Para la ONU, será el Año Internacional de la Ciencia y la Tecnología Cuántica, lo cual quiere decir que el uso de la Inteligencia Artificial se exacerbará de un modo todavía más intenso, dejando a millones de personas no calificadas sin trabajo, avocadas a una renta básica universal, como lo es el propósito de la Agenda 2030. Como quien dice, a vivir más pobres y dependientes de las máquinas, lo cual nos colocaría a la mayor parte de los mortales en una condición de innecesarios.




     El mundo de la música comienza despidiendo al cantautor argentino Leo Dan, que madrugó el 1 de enero para ser uno de los primeros en marcharse de esta órbita terrenal en el nuevo año. Buenas canciones nos dejó para el recuerdo, como aquellas dedicadas a mujeres llamadas Celia, Fanny, Marisa, Susana, Raquel, Silvia Liliana, o Mary, porque Leo Dan era así, le gustaba cantar a sus enamoradas con nombre propio. Y cómo olvidar otros éxitos tan vibrantes como “Te he prometido”, “Cómo te extraño mi amor”, “Esa pared”, “Qué tiene la niña”, entre otros. Uno de los últimos íconos que quedaban de la balada de los años sesenta. Paz en su tumba.




     Dos posesiones presidenciales colmarán la atención del público comenzando el año. El 10 de enero se posesiona en su cargo el nuevo presidente de Venezuela, que más bien será el usurpador de siempre, porque Maduro y sus secuaces no piensan irse del poder. Ya Edmundo Gonzáles, el legítimo ganador reconocido por las democracias occidentales (excepto Colombia, que cada día es menos democracia), está haciendo lobby internacional anunciando su llegada para esa fecha. Veremos qué pasa, pero difícilmente habrá un cambio de dirección en Venezuela si no es el propio pueblo el que sale masivamente a pelear por su libertad. Y eso significa derramamiento de sangre, por desgracia, pero los dictadores solamente salen con los pies por delante.




     La otra posesión se llevará a cabo el 20 de enero, y es la del presidente Donald Trump, elegido por segunda vez el pasado mes de noviembre. Esta investidura, que pareciera no llegar pronto, pone a temblar a simpatizantes y detractores. Unos, porque temen un nuevo atentado contra Trump en la ceremonia, o incluso en los días previos, y otros porque temen que, si se posesiona y comienza a organizar la casa, se les va a caer el teatro que tienen montado para debilitar a su propio país. Ya el día de ayer se registró un atentado terrorista en la entrada del Trump Hotel de Las Vegas, en donde explotó un Tesla Cybertruck, dejando 7 heridos y 1 muerto. Es un anuncio de lo que podrían estar tramando.

     Esperemos que a Trump le vaya bien y pueda cumplir al menos la mitad de lo que prometió en campaña: que barra con la inseguridad y el crimen que se apoderaron de la nación, que le ponga freno a la inmigración descontrolada, que reivindique el papel de la familia en la educación, que detenga la inflación, que sea un garante para neutralizar los conflictos internacionales que hoy están al rojo vivo por cuenta de la mala política internacional del gobierno Biden, que vuelva a hacer grande a los Estados Unidos otra vez. El peligro es que el juez que lo condenó el año pasado, a raíz del proceso judicial que le montaron, le dicte sentencia y tenga que irse a gobernar desde la cárcel, o dejar todo en manos de su vicepresidente. Está en juego el futuro de Estados Unidos como potencia y como nación, pues algo así podría desencadenar una guerra civil en diferentes estados y conducir a una desmembración de la Unión Americana, Dios no lo quiera.




     Por lo pronto, ya comenzaron las masacres otra vez. En esta ocasión fue en Nueva Orleans, donde se produjo un tiroteo que dejó 16 muertos y más de 36 heridos. Trump tendrá que hacer grandes esfuerzos para velar por la salud mental de sus ciudadanos, que parecen estar desquiciados, aunque gran parte de esa violencia es gracias al consumo de drogas tan desaforado en que se encuentran los habitantes del país y a los controles tan laxos para el libre porte de armas, que de ninguna manera es el responsable de los atentados que hacen aquellos quienes por ningún motivo podrían portar armas, pues su condición no se lo permite.




     Si nos vamos a Colombia, lo que nos espera en 2025 es todavía más arduo que lo que se vivió en 2024. Ya empezó aumentando el costo de vida al punto de que el hambre está tocando la puerta de los hogares, y su efecto comenzará a sentirse después de las fiestas navideñas. Subieron los peajes, la gasolina, los alimentos, los materiales de construcción, los arriendos, los pasajes de taxis y buses, los servicios médicos; todo, como siempre. También subió el salario de los trabajadores, pero hay que saber que las subidas de pensiones y salarios no compensan el costo de vida. Todo esto sólo se traduce en una sola cosa: pérdida de capacidad adquisitiva.

     Los camioneros anuncian paro porque les van a subir el ACPM y piden apoyo del pueblo. El pueblo, a su vez, les dará el mismo apoyo que este gremio y muchos otros le han dado cuando han subido la gasolina u otros rubros que no les afecta directamente porque en Colombia cada quien va por sus propios intereses.

     Para febrero se espera un nuevo integrante de la Junta Directiva del Banco de la República nombrado por Petro. Si el presidente llega a tener mayoría en la Junta, olvidémonos de que vamos a comer en 2025, porque de inmediato logrará encender la maquinita de hacer plata. Cuando comience la emisión de moneda los colombianos tendremos que marcharnos del país para escapar de la miseria, o aprender a hacer figuritas de papel con los billetes que no tendrán valor alguno. Todos seremos millonarios, porque tendremos muchos millones de pesos, aunque no sirvan para comprar nada. Se prevé que 2025 sea el año del desempleo por el cierre de las pequeñas y medianas empresas, las más afectadas por el proceso de estanflación (estancamiento con inflación); esto, como producto de la radicalización de las medidas socialistas de Petro, que continuará adelante, más decidido que nunca, por la senda que nos conducirá al peor de los socialismos.




     Las EPS’s terminarán de quebrarse gracias al ilegítimo, y el sistema de salud estatizado las vendrá a sustituir. Si ya de por sí resulta un calvario pedir una cita médica con un especialista o reclamar medicamentos, no digamos lo que será cuando todos los buenos médicos se hayan marchado del país y quedemos en manos de los activistas cubanos con bata, o cuando tengamos que estar sometidos a la voluntad del gobernante de turno para poder acceder a un medicamento, condicionados a tener que brindarles el apoyo político o a sacar el “carné de la patria”, por ejemplo, para aspirar a algún ínfimo derecho ciudadano.

     Y si de seguridad hablamos para 2025, no esperemos que las fuerzas del Estado nos protejan, cuando las guerrillas y los grupos terroristas serán los que tendrán el dominio total del territorio, todo con anuencia del sinvergüenza. Les ha permitido imponer su ley de terror de tal modo, que no dudemos que el año que se viene estos grupos se conviertan en el nuevo ejército de Colombia, no para proteger a la población, sino para apuntalar la dictadura y oprimir a todo el que no esté con ellos.

     El año que se viene probablemente nos sorprenda con los apagones, los racionamientos de agua y la restricción del uso de internet, para que estemos preparados. Aparte de que como el gas será importado desde Venezuela, tendremos que pagar unas tres veces el aumento del precio en la factura. Quienes pretendamos tener una voz disidente en redes sociales, preparémonos para la agudización de la persecución por parte de las bodegas petristas, pues tendrán los colmillos todavía más afilados para acabar con los críticos de su mesías. Ya saben, es un año preelectoral, y el sinvergüenza prepara el escenario para su reelección desde ya.




     De manera que 2025 no me produce buena espina a pesar de las proyecciones optimistas de los que insisten en tapar la realidad, o a lo mejor porque a ellos los toca otra realidad. Pero habrá que seguir dando la pelea desde esta tribuna a pesar de todo lo que se tiene en contra. La batalla cultural y política precisa en este momento de más y mejores líderes, y como el mundo está despertando, los guerreros que se sumen no pueden dejarse desalentar por los resultados adversos del presente.

     Así que el año que se viene habrá que recibirlo, no con una copa de champaña en la mano para brindar por él, sino con los puños bien cerrados y prestos para enfrentar los duros retos que nos va a ofrecer, porque no me cabe duda de que no será un año muy amable, y que nos propondrá una guerra a muerte. Habrá que dársela sin miramientos.



miércoles, 1 de enero de 2025

El año que se va

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








     El año que se va no quedará en la retina del planeta por haber sido particularmente un año grato para recordar. Bien puede irse el 2024 al rincón del olvido, porque salvo dos o tres cosas buenas que pasaron a nivel internacional o a nivel deportivo, no hay mayor suceso por rescatar. Un año de esos que expiran con más pena que gloria, pero que también podría ser considerado como positivo dentro de unos cuantos años, cuando se le pueda comparar con los años que vendrán. Bajo el panorama actual del mundo, en donde se están operando cambios importantes para imponerse el nuevo orden mundial, las expectativas no parecen ser alentadoras.

     El año que se va será recordado por haber sido uno de los años más calientes de los que se tenga conocimiento, no sólo por las guerras vigentes que continuaron y no finalizaron, sino por las altas temperaturas que se registraron: 25.02°C en promedio fue la temperatura alcanzada; 0.79°C por encima del promedio histórico de 1991-2020. La temporada de verano en ciudades como Nueva York fue una de las más calcinantes que ha habido en la historia, y los fenómenos ambientales a nivel mundial como los huracanes, las sequías, los incendios forestales y demás, estuvieron a la orden del día, dándole motivos a los calentólogos para alarmar más a la población y anunciar el recrudecimiento del “cambio climático” por causa de la explotación indiscriminada de carbón y petróleo; discurso con el cual se llenan los bolsillos.




     Si nos vamos a Colombia, sería el año de los peores escándalos de corrupción del gobierno, superando lo que fue 2023 y 2022, que ya es mucho decir. Con el destape del escándalo de los carrotanques de La Guajira, en donde además se descubrió toda la podredumbre de la UNGRD y de la millonada que allí se robaron, se inauguró otro hito de la corrupción del régimen de Petro. Resultaron salpicados el director y el subdirector de la entidad, los presidentes de Cámara y Senado, varios congresistas, el director del DAPRE, dos ministros, la consejera para las regiones que fungió como mensajera y que al final fue la única detenida, la asistente del ministro de Hacienda y varios funcionarios intermedios, así como la mano derecha del presidente, que parece tener metidas las garras en todo lo pútrido de este desgobierno, y hasta el hijo adoptivo de este. Eso sí, el presidente salió limpio, qué insólito. Al parecer a Petro todo el mundo se le tuerce por iniciativa propia para favorecerlo a él sin que él lo haya solicitado.

     Y fue ese mismo presidente espurio el que durante todo el año alegó que le estaban fraguando un golpe Estado blando en su contra, mientras era él quien lo ejecutaba a través de las presiones y los sobornos a las cortes y al Congreso para que le aprobaran las reformas, le eligieran fiscal y contralor de bolsillo, y hasta magistrado de la Corte. Fue él quien se tomó el poder y cooptó las instituciones en un claro despliegue de autoritarismo. Los colombianos ni nos dimos por enterados pensando que era un loco, y hasta sus seguidores idiotas tuvieron la desfachatez de decir que a él no lo dejaban gobernar. Habrase visto tanto cinismo.




     El año que se va deja en Venezuela el sabor del fraude, a cargo de otro despreciable comunista, Nicolás Maduro, el dictador que en la cara de todo el mundo se le robó las elecciones a Edmundo Gonzáles, cuyo equipo de campaña sí pudo demostrar que era él quien las había ganado. Maduro se declaró presidente reelecto y se posesionará el próximo 10 de enero a sabiendas de que perdió. La Comunidad Internacional solicitó las actas que la dictadura nunca pudo hacer pùblicas porque quedaba en evidencia. Tampoco hacía falta: el fraude estaba consumado, no habría marcha atrás. Los presidentes demócratas, desde luego, reconocieron la victoria de Edmundo Gonzáles, como el caso de Javier Milei en Argentina y todos aquellos que no son socialistas ni de la rancia izquierda. Sobra decir que el sinvergüenza de Colombia está con el bandido mayor de Venezuela porque él es otro bandido.




     El año que se va fue testigo de la peor inauguración de unos Juegos Olímpicos en la historia: los Juegos de la Degeneración Olímpica, presentando un evento para burlarse de los valores de la fe cristiana y hacer gala de la inmoralidad sexual y del wokismo que tiene perdida a toda una generación. Serán recordados porque fueron los juegos en los que se aplaudió que hombres que se creen mujeres puedan golpearlas en torneos de combate físico, por ejemplo, o derrotarlas en deportes en donde en nombre de la “igualdad de género”, se evidenció la desigualdad más humillante. No me imagino lo que será el mundial de fútbol en 2026 si se mantiene la tendencia de estas ideologías degradantes que se hacen llamar progresistas.




     La Selección Colombia, por su parte, nos ilusionó y al final nos decepcionó en la Copa América, donde por primera vez en mucho tiempo teníamos un equipo competitivo como para soñar con ser campeones. Pero fue la Argentina de Messi (sin Messi, que salió lesionado) la que nos dio un golpe de realidad y nos venció en tiempo suplementario con un gol que fue producto del descuido y de la falta de testículos para al menos prolongar el resultado y forzar a los penales. Sólo que como los argentinos sí tienen las pelotas que a los colombianos nos hacen falta en el futbol, y además sí están acostumbrados a ganar, nos quitaron la Copa América, y nos tocó conformarnos con el segundo lugar que, de paso, es lo mejor que hemos conseguido en más de veinte años. ¿Qué más queríamos?




     Dentro de los hechos positivos a nivel internacional para quienes apoyamos el patriotismo y desdeñamos el globalismo, el triunfo de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos por segunda vez fue un triunfo celebrado por todos los buenos derechistas en el mundo. Yo, personalmente, gocé con las lágrimas de los progres, que se creen los adalides de la paz y los derechos humanos, y no han hecho otra cosa que favorecer el crimen, las guerras, la inmigración ilegal descontrolada, el consumo de droga, la descomposición social y familiar y la exacerbación de la diversidad sexual hasta niveles intolerables, entre otras depravaciones. El triunfo de Trump representa esperanza, no tanto por la persona de Trump, sino por las políticas que este promueve, las cuales van en consonancia con los valores patrios, el rescate de la familia, la libertad y la propiedad de la mayoría de los ciudadanos, antes que en el otorgamiento de privilegios a las minorías ruidosas y beligerantes. Si en plena campaña le hicieron tres atentados, y uno de ellos por poco lo mata mientras daba una conferencia a sus seguidores, es fácil suponer que muchos poderosos a los que les conviene la fragmentación y el posterior desmoronamiento de los Estados Unidos verían en peligro su posición con la llegada de Trump. Por ende, si lo intentaron asesinar era porque algo estaba haciendo que no le convenía a los asesinos.




     Biden, por su parte, demostró que era un inútil para ser el presidente, y hasta sus amigos del Partido Demócrata lo traicionaron y lo reemplazaron con la Francia Márquez norteamericana; es decir, con Kamala Harris, cuyos únicos argumentos fueron decir que venía de una familia pobre, luchadora, negra, que se había hecho a pulso, y como quien dice, los estadounidenses tenían la obligación de votar por ella. A Dios gracias que le fue peor de lo que le fue a Biden, porque se quedó esperando los supuestos 81 millones de votos que recogió su jefe político en 2020 y que esta vez no se vieron.

     Por su parte, 2024 fue el año del recrudecimiento de la guerra de Israel contra Hamás en Palestina, Líbano e Irán. Tal parece que el apoyo que obtienen los grupos terroristas islámicos por parte de gobiernos internacionales empeñados en destruir a Israel es lo bastante generoso como para tenerlo de enemigo de todo el Medio Oriente. Mientras tanto, Israel se defiende, pero mata civiles en el conflicto. Los daños colaterales que provoca son tan gravosos como los ataques a los que se ve sometido. Por desgracia, es una guerra de nunca acabar, porque los terroristas se camuflan en escuelas donde hay niños, en iglesias y en hospitales, poniendo a la población civil como escudo.




     El año que se va pierde a una gran periodista en Colombia, pero gana a una candidata presidencial. Vicky Dávila decidió lanzarse a la política, y como es una mujer valiente que le ha hecho una férrea oposición al sinvergüenza, yo le deseo todo lo mejor. Ella podría ser la outsider que necesita este país hastiado de los politiqueros. Creo que tiene carisma con la gente, pero no sé si tendrá la gallardía de gobernar con un ideario político de derecha, pues al parecer no quiere que la cataloguen en ningún bando. Lo malo es que en política hay que definirse, y no sé si ella sea capaz de asumir posiciones radicales para la defensa de la vida, honra y bienes de los colombianos sin contaminarse de la politiquería mañosa que se ha robado al país.




     Otros escándalos se destaparon durante el 2024. Diddy Combs, el rapero y productor musical estadounidense, fue descubierto y puso a temblar a medio Hollywood. Se supo que sus festines eran una oda a Sodoma y Gomorra, con menores de edad incluidos, con homosexualismo, drogas, prostitución, abuso sexual, videos pornográficos, armas y toda la putrefacción que se puedan imaginar. Los testimonios son contundentes, y más de una estrella de la política y de la farándula tiene miedo de que el rapero llegue a presentar pruebas. Su carrera está en las manos de Combs.

     También en 2024 los reguetoneros más “prestantes” del país se reunieron a crear en un estudio lo que sería el hit musical del año, y lo que resultó de allí fue una apología a la pedofilia, en una canción en la que sexualizaban a una niña de 14 años. Una vergüenza si pretendían que este bodrio sería lo que representaría a Colombia ante el mundo, tanto que decidieron titular ese fiasco con el código indicativo telefónico colombiano, +57. Estas son las figuras que están teniendo influencia sobre la juventud, de modo que no hay razón para extrañarnos ante el aumento de las cifras de prostitución infantil y abusos sexuales. No es el arte el producto que refleja a la sociedad, sino la sociedad la que es moldeada por los medios, la cultura y el arte.




     Por ello también en 2024 aprovechó la "modelo" de OnlyFans, Lily Phillips, para estar con cien hombres en un día y ganar seguidores, convirtiéndose en un hit en las redes sociales; un referente de las principiantes que recién empiezan en el negocio de la prostitución “virtual” como la alternativa económica más viable para las jóvenes de estos tiempos. Muy mal tenemos que estar como sociedad para promover esto. El año que viene nos prometió estar con mil.




     Y así, con el año que se va se fueron otros que ya no estarán el año que se viene, y que tal vez, sin saberlo, se salvaron de nuevos sufrimientos y dolores, pero se perderán también de nuevos gozos y alegrías, porque esa es la vida. En 2024 se despidieron reconocidos personajes, ya fuera por causa de la naturaleza, del destino, o de la vileza humana: políticos, científicos, periodistas, cantantes, deportistas, actores, escritores, artistas en general, espías y hasta delincuentes; en fin, gente mala y gente buena a la que le llegó su momento y que esperamos que para el 2025 sólo sea gente mala. Se fueron, en 2024, Sebastián Piñera, Alexei Navalny, Alberto Fujimori, Sasha Montenegro, O.J Simpson, Franz Beckenbauer, Paul Auster, Shannen Doherty, Liam Payne, Cesar Luis Menotti, Alain Delon, Mario Zagallo, Silvia Pinal, Jimmy Carter y algunos más; y en Colombia: Piedad Córdoba (eso dicen), Manuel Paredes, Rodolfo Hernández, Leonor Gonzáles Mina (la “Negra Grande” de Colombia), la “Gorda” Fabiola, Pedro Sarmiento, Julio Sánchez Vanegas, Omar Geles, Sandra Reyes, Margalida Castro, entre otros. Paz en su tumba.

     Ese fue el año que se fue, a esta hora, cuando no he terminado de escribir esta columna y ya es 1 de enero por la noche, porque el tiempo no da tregua, y ya me pone a pensar en el año que se viene. Aunque ya se nos haya entrado agresivamente el 2025, feliz año para todos.




Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...