sábado, 28 de febrero de 2026

Cuando la cruz es prohibida

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Ensayo)







     El 20 de marzo de 2022, unos diez encapuchados en actitud beligerante irrumpieron en la celebración de la santa misa en la Catedral Primada de Bogotá para leer un manifiesto panfletario sin importar el terror que estos subversivos generaron en los asistentes a la liturgia, ni la violación flagrante de su derecho a profesar el culto de su elección. El grupo, comandado por alias Simona, cabecilla de La Primera Línea y relacionada con políticos y artistas que apoyaban el Pacto Histórico, salió impunemente del lugar luego de haber obligado a los asistentes a presenciar su “acto no violento” de protesta con consignas contra la Iglesia y el Estado, o haberlos hecho huir por el terror que generaron.[1]

     La verdad es que este fue un hecho exento de violencia física y daños materiales, no porque el grupo irruptor fuera de corte pacifista, sino porque los feligreses que se encontraban orando en su mayoría eran personas que no podían defenderse de la agresión verbal y psicológica. Si alguien hubiese impuesto la defensa de la fe por la fuerza y hubiese hecho respetar la ceremonia poniendo fuera de combate a los agresores, se habría hecho acreedor de una doble sanción: una, por parte de los defensores (políticos de izquierda, activistas, enemigos de la Iglesia) del grupo miliciano que alegarían una flagrante violación de sus derechos humanos, y otra por parte de las autoridades civiles y eclesiásticas, que hubieran desaprobado la defensa por mano propia, además de que aquello no iba en consonancia con las enseñanzas del propio Jesucristo.





     Esta falta de respeto y atentado contra la libertad religiosa no tuvo ninguna consecuencia para los alborotadores. No se protestó por ello, no se detuvo a nadie ni se levantaron cargos contra nadie por un atentado contra la fe. De haber ocurrido lo contrario, es decir, si un grupo de fanáticos católicos hubiera ingresado por la fuerza, por ejemplo, a una reunión de comunistas, ateos, satánicos o cualquier otra denominación anticristiana en la sede donde estos suelen practicar sus ritos o profesar abiertamente sus ideologías con el fin de obligarlos a escuchar una parábola sobre las enseñanzas de Jesucristo o darles un sermón a la fuerza para intentar convertirlos a la religión, la respuesta hubiera sido de una magnitud desmesurada, y la violencia se habría hecho presente contra los asaltantes católicos, porque dirían que ya no estamos en tiempos de las cruzadas ni mucho menos de la Inquisición. Se habrían justificado los golpes para hacer valer el derecho a la libertad de asociación, de culto y de confesión política; las demandas no se hubieran hecho esperar; el escándalo hubiera saltado a la palestra pública y se habría castigado a los intrusos. Esto, para decir que en los tiempos que corren, aun en los países de mayoría católica y/o cristiana, es permitido violar la libertad de culto si se trata de adorar al Dios cristiano, que tal parece que no importa para los estamentos civiles que han propendido por un laicismo tácito como una política de Estado.

     Es cierto que a nadie se le puede imponer una fe, porque esto tiene que ver en mayor medida con una decisión personal, motivada posiblemente por una educación familiar. Pero una vez elegida esa fe, el principio que nos habla del respeto por la libertad de culto es el que debe primar, y eso implica no impedir al otro que haga uso del ejercicio del derecho a profesar su religión. Profesarla tanto dentro como fuera de su iglesia. No se deja de ser católico o cristiano cuando se sale del templo, así como el que es hincha de un equipo de fútbol no deja de serlo porque esté fuera del estadio. Con mayor razón si se trata de un asunto tan sagrado como la creencia en Dios, que nos impele a llevar unas pautas de comportamiento acordes con unas normas religiosas para las cuales hemos estado dispuestos a modificar nuestra forma de pensar y actuar. En este sentido, obligar a un fiel dentro de su propia iglesia a escuchar un panfleto político de corte comunista o anticristiano es una imposición contra la libertad de elección de fe, de la misma forma que no se puede obligar a un militante LGBT a realizar carteleras que hablen en defensa de la familia tradicional, o a un ateo a que lea La Biblia, porque las creencias políticas y religiosas no pueden imponerse por la fuerza.





     Tal fue el caso de Jack Phillips, dueño de la pastelería Masterpiece CakeShop en Lakewood, Colorado. Resulta que en 2012 el señor Phillips se negó a elaborar un pastel de boda para una pareja del mismo sexo alegando que aquello estaba en contra de sus creencias religiosas. El señor no juzgó la boda, no criticó ni ofendió a los contrayentes. Simplemente les manifestó que por motivos religiosos no podía colaborar con la hecha de su pastel. En Chicago debe haber cientos de reposteros que no tienen esa objeción religiosa y hubieran estado dispuestos a hacer el pastel para los novios, pero estos últimos no se contentaron con buscar a otro pastelero, que habría podido brindarles el servicio que querían con mayor gusto y dejar la cosa allí, puesto que de lo que se trataba era de llevar a cabo su proyecto personal de matrimonio como una prioridad, sino que hicieron de la negativa un caso judicial. Se quejaron ante la Colorado Civil Rights Commission, que falló en contra del pastelero por discriminación. Exigían castigo para Jack Phillips, indemnización económica y la obligatoriedad de cumplirles con el servicio negado. Con el revuelo que produjo el caso, aquello escaló hasta la Corte Suprema de Estados Unidos, que no reafirmó la sentencia de la Comisión Civil de Colorado cuando finalmente falló en 2018, pero apenas por un motivo técnico, pues la Comisión no había sido neutral respecto a la religión de Phillips, o más bien había sido hostil con su fe, lo cual violaba la neutralidad exigida por la Primera Enmienda. A pesar de que la Corte revocó la decisión original de la Comisión, el pastelero no pudo volver a invocar su derecho de negarse a prestar un servicio que fuera en contra de sus creencias religiosas. No fue multado económicamente, pero la reputación de su negocio se vino abajo, pues los medios ayudaron a esparcir la información de que su dueño era una persona homofóbica. Además, se le impusieron sanciones administrativas como: 1. Dejar de discriminar, lo que lo obligaba a tener que prestar obligatoriamente sus servicios para cuantas parejas gay se lo solicitaran. Como una forma de venganza, muchos activistas de la comunidad comenzaron a requerir de sus servicios para que les horneara pasteles con sugestivos diseños alusivos al homoerotismo con los que el pastelero no comulgaba. 2. Asistir a cursos de capacitación en normas antidiscriminación, tanto él como su personal. 3. Presentar informes periódicos de cumplimiento a la comisión sobre cómo atendía a sus clientes de la comunidad LGBT.[2]

     Como se ve, ni a Jack Phillips ni a los parroquianos de la Catedral Primada de Bogotá les respetaron su libertad de culto. Al segundo fuera del templo, a los primeros dentro de él. 





    Así como estos, millones de casos se han documentado en los que se evidencia la persecución a la fe cristiana, pero ya no con tintes civiles o políticos, sino con connotaciones mucho más graves, en donde no se paga con multas o interrupciones de la ceremonia religiosa, sino con la propia vida de una manera sanguinaria. 

     Nigeria, país africano en donde se presentan sistemáticamente masacres de cristianos sin precedentes, en las que incluso matan a niños en las escuelas y desaparecen familias enteras a manos de radicales islamistas,[3] es el ejemplo más descarnado de lo que sucede cuando la cruz es prohibida. Tal parece que el próximo delito a tipificar en esta persecusión religiosa será el de ser cristiano. 

     "El mundo yace bajo el poder del inicuo", dice La Biblia, y es cierto. Como en la época de los cristianos primitivos, un poder despiadado nos quiere convertir en mártires si insistimos en andar de creyentes. Se prohibe la fe, se aniquila la doctrina cristiana. Algo muy malo está fraguándose desde que no se tolere a quien trata de llevar una vida acorde con una  religión que predica el amor de los unos por los otros. 


     



     La religión cristiana es sin duda la más perseguida en el mundo: una prueba más para confirmar que sólo la fe en Cristo es la verdadera, y sólo ella es la que nos salva. Se comienza por un veto a un negocio en nombre de una ideología anticristiana, por el irrespeto a una conmemoración en una catedral, por la profanación de las iglesias, por la vituperación de los símbolos religiosos, por el cierre de capillas en los aerpuertos, por la prohibición de hablar de Dios en las oficinas y de orar frente a los abortorios. Se termina con persecusiones a sacerdotes como las que tienen lugar en China, Cuba o Nicaragua; en hostigamientos a pastores y ministros de iglesias cristianas a los que persiguen, encarcelan y torturan por llevar el mensaje del Evangelio y en genocidios de población civil como los ocurridos en Nigeria, Siria, y varios países de África solamente por pertenecer a una Iglesia. 

     Repito, algo muy malo debe haberse apoderado de las almas de los hombres para que estos se hayan ensañado con los seguidores de un Dios al que consideran su enemigo. Sólo que este magnánimo Dios ha prometido librar a la humanidad de tanto oprobio, así tenga que reconstruir el planeta en su cometido de arrancar el mal de raíz. Estamos seguros de que cumplirá sus promesas. Mientras tanto la persecusión arrecia, se envilece, se vuelve más ruin. Podrán matar a los creyentes, pero nunca acabarán con la fe. Saben que al final van a perder la guerra, porque la iglesia de Cristo no morirá jamás.   








[1] Infobae. (21 de marzo de 2022). Hasta la fe nos quieren expropiar: el país reacciona a los encapuchados que protestaron dentro de la Catedral Primada de Bogotá. Infobae. https://www.infobae.com.

Gómez, L. (21 de marzo de 2022). Protesta de encapuchados interrumpe misa en la Catedral Primada de Bogotá. El Tiempo. https://www.eltiempo.com/noticia-ejemplo

[2] Liptak, A. (2018, June 4). Supreme Court sides with baker who turned away gay couple. The New York Times. https://www.nytimes.com/2018/06/04/us/politics/supreme-court-gay-wedding-cake.html

[3] Andreína Barreto. (22 de septiembre de 2025). Te explicamos los asesinatos de cristianos registrados en Nigeria. El diario. https://eldiario.com/2025/09/22/te-explicamos-asesinatos-de-cristianos-en-nigeria/

sábado, 21 de febrero de 2026

Abundan los animales

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     La más reciente locura del mundo al revés es ahora creerse un animal. En eso va la evolución del homo sapiens. Hace unos cuarenta años, cuando se pensaba que gracias al avance de la ciencia y la tecnología la humanidad sería una especie pletórica de conocimientos y de perfeccionamiento continuo, como nos lo sugerían las películas de ciencia-ficción, hoy asistimos al espectáculo del retroceso humano: gracias al progresismo, el hombre no avanza para convertirse en un ser superior, sino en un animal. No una bestia dotada de capacidades sorprendentes, fuerza extraordinaria y habilidades increíbles, sino un pobre émulo de mascota irritativa intentando caminar en cuatro patas, adornada con colitas y orejas de felpa, y oculta por una triste máscara para no mostrarle al mundo la ruina moral en la que se encuentra.

     Hasta hace cinco días yo ni siquiera había escuchado la palabra con la que los denominaban. Hoy no quiero ni hablar de eso, pues me apena contribuir a la estupidez colectiva nombrándolos como si fueran una comunidad normal en vez de decirles lo que son: locos ridículos. De hecho, esta columna no debiera existir, pero fue el pasado Miércoles de Ceniza, cuando en el mundo predominante del catolicismo debía estarse hablando de la cuaresma que se iniciaba, que el movimiento se tomó las redes viralmente, seguro porque así lo habían agendado para sabotear a Cristo. No es casualidad que todas las imágenes que nos llegaron de estos extraviados se hubieran grabado mayoritariamente en Occidente o en el mundo capitalista: EEUU, y principalmente en Latinoamérica, en países como Argentina, Chile, México y Colombia. También un poco en España y Europa, aunque allá por ahora están con el problema de la islamización, además de que el tema es cuento viejo. 




     Como no podía ser de otra forma con estos movimientos identitarios, la comunidad nació en los Estados Unidos, y de allí se fue exportando para el resto del mundo desde finales de los ochenta y principios de los noventa a través de foros online entre personas que se sentían conectadas por medio de la mitología del Hombre Lobo. Allí comenzaron a hablar de sueños recurrentes con animales, de sensaciones de “ser” o “haber sido” un animal y de experiencias espirituales o psicológicas relacionadas con animales verdaderos. Lo decretaron como una revelación interna y personal. Hoy esta comunidad ha crecido, y también se ha deformado por completo. Son un grupo de alucinados que se hacen llamar therians, vocablo que proviene del griego antiguo thēríon, que significa bestia salvaje, o del término therianthrope, que los define como criatura mezcla de humano y animal. Se utilizó la palabra therian para describir a personas que se identifican espiritual o psicológicamente con un animal no humano, como parte de una identidad personal y no como un concepto mitológico.

     Aunque este movimiento es una comunidad descentralizada sin estructura jerárquica aparente, que no tienen presidente, líder espiritual, ni comité, es más que elemental que existe un reducido grupo al que le conviene que los seres racionales se extingan sobre la Tierra. Es decir, ningún movimiento con este alcance en redes sociales y que está ocupando las primeras páginas de información en el mundo, puede sobrevivir espontáneamente sin apoyadores financistas o ideológicos. No se sabe que reciban apoyo directo de empresas, ONG’s, gobiernos o fundaciones, pero ya están siendo llevados a los medios de comunicación hegemónicos para darse a conocer, están diseminados por todas las plataformas digitales, y hasta organizaciones médicas y académicas han invitado a la sociedad a reconocerlos y comprenderlos. 




     A mí, personalmente, no me cabe duda de que por ahí entre bambalinas anda un director de orquesta que los ha unificado en torno a una exposición mediática al unísono y de forma viral. No nos extrañe que estén las organizaciones no gubernamentales compuestas por burócratas e ideólogos que avalan estas tendencias con discursos en nombre de la tolerancia; y universidades en donde les fabrican sus rebuscadas teorías. Véase por ejemplo lo escrito por la Universidad de Cambridge invitando a ver con buenos ojos esta ridiculez, o la convocatoria hecha por la Universidad de los Andes en Colombia para reunirlos como si se tratara de hacer un simposio académico. Ahí es donde uno se pregunta ¿quién les paga a estas instituciones que se dicen ser serias como para prestarse a contribuir con la locura colectiva y la estupidez humana, allí, donde se supone que se paga hasta veinte millones de pesos por semestre para ser educado profesionalmente?

     Así pues, no se crea que esto de los therians es un pasatiempo inofensivo de unos muchachitos incomprendidos que se criaron sin Dios ni ley y que están apenas un poquito traumatizados por la realidad dura de este mundo que los trata con crueldad. Nada de eso. Aquí lo que existe es una gran inteligencia para manipular a esas mentes débiles con el fin de seguir destruyendo al ser humano desde adentro, tal como lo han hecho con la ideología de género. 




     Porque la raíz que comparten los tales therians y los del movimiento de las letras (LGBTQ+++) es la misma: “tú eres lo que tú quieres ser”, no importa si eso que te consideras contradice la realidad probada con los simples hechos. Escuela posmoderna en su máximo esplendor. Nuevamente, deconstructores de la identidad que han exacerbado como han querido la ideología de género y ahora la teorizan en forma de ideología de especie. ¿Por qué limitarse solamente a autopercibirse como hombre, mujer, ninguno o los dos al tiempo y por raticos, cuando se puede uno autopercibir un perro, un gato, un cocodrilo, una estación de tren, un extraterrestre, un helicóptero, un niño de cinco años, una planta o cualquier cosa que demande una atención especial por parte de la sociedad? Por cierto, esos ejemplos que nombro ya son casos reales que se han presentado de lunáticos que se autoperciben lo que uno menos se imagina.

     Porque ahí está la verdadera intención de volverse un therian de la noche a la mañana: conformar un nuevo grupo de oprimidos para que el Estado los tenga que reconocer y otorgarles prerrogativas (como en efecto algún cónclave poderoso ya lo ha hecho al darles nombre), y luego, en nombre del reconocimiento de los derechos de esa minoría oprimida, el resto de los mortales normales tengamos que pagarles sus máscaras, sus croquetas, sus citas con el veterinario, y hasta de pronto sus operaciones para implantarse colas, colmillos, alas o qué sé yo qué otras quimeras, porque la locura no tiene límites. 




     No sería extraño tener que subsidiarlos por ser una especie sin raciocinio apropiado para cumplir con un contrato de trabajo. ¿Y por qué no aceptarles sus cartillas y sus cursos sobre cómo ser un therian en las aulas escolares y los jardines infantiles? ¿Qué tal cuando muerdan a alguien o agredan a los demás con el pretexto de que son animalitos que reaccionan a los instintos? No se les podrá llevar a la cárcel ni hacerlos responsables de nada. De pronto sacrificarlos no sería una mala idea, pero entonces alegarán que su transformación es parcial e involuntaria y que por eso debe respetárseles esa mitad de humanos que tienen. Ya los veo quedando impunes de todas sus acciones animales.

     El principio activo es el mismo: el trastorno identitario. Los actores podrán ser otros, pero igual de trastornados. Ya no son transgénero, sino trans-especie, lo que equivale a otro desconocimiento del sentido común. Y el mensaje de las organizaciones que lo promueven es igual: tolerancia, comprensión, empatía, y mucho amor para estas personas a las que hay que dejarlas ser lo que quieran.

     Y sí, no me cabe duda de que a estos muchachos —porque la mayoría son jóvenes—, les faltó amor desde la infancia. Si nos pusiéramos a revisar caso por caso, vamos a encontrar un patrón de familias disfuncionales al por mayor. Pero también les faltó mucha disciplina y mano fuerte por lo mismo. Sin un padre que los moldee en una conducta estoica y los aleccione cuando sea necesario, y una madre que les inculque valores, un individuo tiene todas las probabilidades de perderse en la búsqueda de su identidad. De ahí que se terminen identificando con lobos blancos sin ser capaces de vivir a menos de cuarenta grados bajo cero en el ártico. 




     Mi conclusión de este tema es que esta locura es otra muestra más de la decadencia de la humanidad. Hombres y mujeres que no se aceptaron a sí mismos tal cual eran, que primero no aceptaron su género, su identidad como hombre o como mujer, y ahora no pueden aceptar siquiera que son seres humanos. Están perdidos porque no saben quiénes son, a qué vinieron al mundo, cuál es el propósito de su vida. Por eso se deshacen de su “Yo humano” para construirse un “Yo animal”, tal como los fundamentos que heredaron de las teorías del género, basadas en deshacerse de la esencia para rearmarse con la contingencia. En el fondo saben perfectamente lo que son, pero si el mundo al revés les avala que puedan tapar el sol con un dedo, se aprovecharán de esa ventaja.

     Por eso pienso que no están tan locos como creemos, sino que quieren inventarse una excusa para no afrontar su realidad humana. El mundo les ha quedado grande. Trabajar les parece una dura imposición del sistema. Así los ha educado el progresismo. Volverse hombres les cuesta tanto que más bien se quedan jugando al zoológico, esperando un protector que los acoja a falta de padres guías, formadores, correctores y ejemplarizantes. Y ese protector lo encontrarán próximamente en el Estado benefactor, que les dará palmaditas en la cabeza literalmente como a un perrito y les aplaudirá mientras le carga al otro medio mundo, al que trata de ser normal, su manutención, para que todos sean cada vez más pobres y sometidos. 

     Por esta vía del lavado de cerebro el poder obtiene sus esclavos. Por eso no sorprende que, en esto de las autopercepciones, cada vez haya menos gente que quiera autopercibirse como un estudiante aplicado, un trabajador esforzado, un profesional responsable, un adulto cuerdo y funcional que quiera contribuir con su granito de arena a la sociedad. Abundan los animales; los humanos animales, que son los peores.






miércoles, 18 de febrero de 2026

Bad Bunny, instrumento político de ingeniería social

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Cuando el empresario Noah Assad escuchó por primera vez a Bad Bunny en la plataforma de SoundCloud, por allá en 2016, nunca pensó que menos de diez años después ese “nuevo artista” por el que apostaba le iría a hacer retornar su inversión de una manera tan rentable. Posiblemente no vio un talento formado, pero sí un diamante en bruto. Y más por lo de bruto que por lo de diamante, se atrevió a darle una oportunidad en Rimas Entertainment, empresa discográfica de la cual era copropietario. Con un poco de asesoría de imagen, de aleccionamiento y de marketing bien aprovechado, ya que no podía hacerse mucho con la voz ni con la dicción, el producto en ciernes se pudo pulir y se hizo viable cultural y comercialmente. Porque, ante todo, Bad Bunny no es un artista, sino un producto de entretenimiento confeccionado para realizar ingeniería social conforme a unos intereses preconcebidos y bien delineados.

     El joven cantante que hasta hacía poco trabajaba en un supermercado en Puerto Rico como cajero y empacador, y que cantaba en los parqueaderos mientras recogía carritos de mercado, se hizo conocer especialmente con el tema Diles, con el cual alcanzó cierto nivel de fama en las plataformas. Por este medio llegó a oídos de DJ Luian, un famoso DJ del género urbano en Puerto Rico. Luian invitó a Bad Bunny a participar con ciertos artistas del círculo de la música en el que se movía. En uno de estos eventos lo escuchó Assad, el productor, quien finalmente lo contrató para grabarle su primer disco.

     Así, en menos de diez años, Bad Bunny pasó de ser un anónimo cajero de supermercado a la figura más influyente del reguetón, y hoy anda convertido en un postizo activista a favor de los inmigrantes con el cometido de utilizar su imagen para ejercer presión contra el gobierno actual de los Estados Unidos. En ese lapso de tiempo se ganó 6 Grammys anglosajones, 18 Latin Grammys, 16 premios Billboard, 54 premios Billboard latinos, entre otros; y hace diez días fue la estrella central del evento deportivo más importante y visto en Norteamérica, el Super Bowl.





     Pero la historia de Benito Antonio Martínez Ocasio, como es su nombre de pila, no es tan simple ni cándida como parece. El muchacho trabajador del supermercado que balbuceaba tonadas con escasa pronunciación pudo haberse esforzado para lograr sus sueños, eso no se lo critica nadie, y está muy bien que así sea, porque en un mundo de libre mercado y sana competencia el mérito y el esfuerzo deben ser recompensados. De hecho, este es el mejor mensaje que deja Bad Bunny en su presentación: que se puede salir adelante viniendo de abajo. Pero se le olvidó decir que esa superación solo es posible en un mundo capitalista como el que funciona en Estados Unidos. A pesar de que se superó y obtuvo el éxito material, la carrera de Bad Bunny está plagada de sombras; precedida de oscuros vínculos con un ex agente chavista, con la agenda progresista, y con un activismo impostado de izquierda para acometer una batalla cultural en favor de esa ideología y contra lo que ellos llaman el imperio yankee.

     El agente chavista fue viceministro de Seguridad Jurídica y alto oficial militar bajo el gobierno de Hugo Chávez en los inicios de la dictadura bolivariana. Nada menos que Rafael Jiménez Dan, el fundador de la empresa Rimas Entertainment, la que produjo el primer disco del “cantante” y de la cual el productor Noah Assad también era copropietario. Aunque los medios insisten en afirmar que Jiménez Dan nunca tuvo que ver nada directamente con Bad Bunny, y que para cuando este llegó a la empresa ya Jiménez Dan no estaba al frente, es vulgar la coincidencia de pensamiento entre uno y otro. El reguetonero, al final, terminó siendo un instrumento para atacar a los Estados Unidos, como lo ha hecho por décadas el chavismo y la izquierda latinoamericana del Foro de Sao Paulo.





     Por el lado de la agenda progresista, emparentada con todos los movimientos de izquierda anticristiana y de la Internacional Comunista, no existe otro “artista” que haya abanderado más estas causas que el mismo Bad Bunny. Ha apoyado la independencia de Puerto Rico, ha criticado las políticas migratorias del presidente Trump, ha repudiado instituciones como ICE, se ha mostrado partidario de la inmigración ilegal y descontrolada y con ello ha agudizado aún más la polarización, ha apoyado el aborto, se ha deconstruido, se ha vestido de mujer, se ha besado con otros hombres, ha representado toda suerte de símbolos masónicos en el escenario, ha ofendido a la religión cristiana, ha vituperado a la mujer, ha envilecido el sexo y ha promovido el pecado de mil y una formas. Es el representante por excelencia de una serie de movimientos de los que él es la figura visible sin saber exactamente qué contienen de fondo, porque es tan solo un idiota útil del wokismo. Lo más seguro es que ignore que en el trasfondo del asunto se mueven los verdaderos ajedrecistas que hacen de la política un espectáculo de manipulación y se encargan de llenar sus bolsillos por decir frases obvias, apelar a lugares comunes y ofrecer discursos superfluos que no dicen nada. Si al señor no le dio el talento para cantar, mucho menos para pensar.

     Seguidamente, este activismo que el conejo malo ha ejercido desde que surgieron los manifiestos independentistas de 2019 en Puerto Rico, sin poseer un ápice de formación en política, le ha sido útil para ganar adeptos que lloran a moco tendido cuando menciona su país o dice con su dicción de mononeuronal frases tan llenas de cliché como que “lo único más poderoso que el odio es el amor”. Pues eso lo sabemos todos, y es precisamente su postura de falso salvador y su provocación la que nos está haciendo ganar el odio de los propios estadounidenses.




     Para empeorar la cosa, el poco respeto que había ganado la comunidad hispana entre los americanos se pierde cuando dejan que personajes de la calaña de Benito agarren un micrófono y tiren arengas contra un gobierno elegido democráticamente por una amplia mayoría de los ciudadanos americanos. A Bad Bunny se le olvida que estar contra ICE es estar a favor de la inmigración ilegal y descontrolada que causa caos y un gran costo económico y social para la nación americana, allí donde él tiene sus mansiones y sus negocios en los que, estoy seguro, no está albergando a ningún inmigrante con todo pago.

     Aparte de lo mal cantante que es, Bad Bunny nos hizo quedar a todos los hispanos como un zapato. En primer lugar, la mayoría de los hispanos no hablan con esa jerga que es producto de la falta de lectura en voz alta y de un buen fonoaudiólogo. Si cada que dijera "Eh", o "Ey", le resolviera la situación legal a un inmigrante, pues hasta le aplaudiríamos sus canciones. Pero su forma de cantar es particularmente grotesca y antiartística. Tampoco todos los hispanos son puertorriqueños, ni todos heredamos su música, su folclor y sus costumbres. Eso de la unión que pregona es para unirnos en ese cáncer común de la baja cultura generalizada en todos nuestros países, incluyendo Estados Unidos: el reguetón. De por sí es música para mentes inferiores, para satisfacción de los más primarios y animalescos instintos. Haciéndonos quedar como simios que se mueven grotescamente emulando el acto sexual no hará que desde el norte nos vean con mucha simpatía. En otras palabras, el perreo, la sinvergüenzada y la mariconería no son los determinantes de la cultura hispana. Los verdaderos valores culturales de nuestra comunidad cultural e histórica son mucho mejor que esa payasada progresista llena de simbología y ritualidad pagana. Se me olvidaba, por cierto, que la cereza del pastel la puso la señora Lady Gaga, que le falta en moralidad lo que le sobra en capacidad vocal, con esa especie de gesto coronando al demonio Baphomet. Una gran voz al servicio del anticristo.




     Si después de ese fiasco de presentación de medio tiempo los estadounidenses se llevan un peor concepto del que ya tenían sobre los hispanos y comienzan a aborrecernos más, no los culpo. Lo que han visto no es una abstracción de la cultura latina, que no es realmente latina, sino hispana, pero tampoco representa a los hispanos. Ni siquiera los mismos puertorriqueños se sienten representados con lo que encarna Bad Bunny. Tampoco todos quieren que Puerto Rico sea un Estado independiente porque se perderían de beneficios económicos y políticos. Parte importante de la población de la isla está feliz con saber que desde que nacen no solamente son ciudadanos puertorriqueños, sino también estadounidenses, con ciertas restricciones en su ciudadanía, claro, pero al fin y al cabo ciudadanos. Claro que Puerto Rico también quiere “ser como Hawái”, para ponerlo en términos de una mala canción de Bunny, interpretada esa vez por el progresista y no menos independentista Ricky Martin, que es mejor cantante, pero igual de mamerto, promotor de la agenda “arco iris” y de momento acusado por un sobrino de acto sexual abusivo.

     Raro que figuras de la talla de Bad Bunny, Ricky Martin o Residente detesten tanto el actuar de los Estados Unidos, pero obtengan sus mejores ingresos como fruto de sus actividades en ese país. Deberían renunciar a la ciudadanía americana que se les otorga por ser de Puerto Rico y no volver a recibir un peso que se produzca en los Estados Unidos si de verdad son coherentes. Pero estos hipócritas se llenan los bolsillos cada que hablan a favor de las causas woke. Eso sí, les importan cinco los pobres, los inmigrantes, los negros, los homosexuales, las mujeres o los latinos.

     Pienso que si de lo que se trataba era de mostrar algo de la cultura puertorriqueña, y ya no digamos que hispana, en Puerto Rico hay muchos mejores cantantes, que también hablan y cantan en inglés y no están jugando a la militancia, y que habrían dado el espectáculo que los norteamericanos, que al fin y al cabo son los que están pagando para tener su evento magno, se merecen. Nicky Jam, Luis Fonsi, Chayanne o el mismo Daddy Yankee son mejores ejemplos de cantantes que habrían podido hacer una más digna presentación en el Super Bowl.




     Entonces, si Bad Bunny no puede ser ningún embajador de la cultura hispana, no le da para representarnos como cantante, y ni siquiera sirve como emisario para exaltar nuestro idioma español (pues ni hablar sabe), además de que sus canciones promueven toda clase de antivalores, siendo la promiscuidad y la lujuria los que encabezan la lista, ¿por qué los organizadores del espectáculo lo llevaron para presentarlo frente a los millones de norteamericanos que ven el Super Bowl? ¿Por qué le dan premios Grammy como si no hubiera un mañana?

Creo que nada es gratuito. Que existe todo un engranaje detrás de este tipo de artistas con el fin de adormecer a una multitud que ya no pide buena música, no exige poesía, no aspira a la belleza. Tanto el artista como la masa han sido sustraídos de su mente crítica. Los amos de la industria musical, que son los mismos amos del mundo, se han encargado de que esta parte del entretenimiento sea la herramienta política para controlar sus mentes. El cantante, que debe ser un ícono de la cultura de la decadencia, se convierte en arma de ingeniería social. El público, que debe adorar al artista, es el blanco de esta arma, el objetivo a derribar. Sin seres pensantes, a los dueños del mundo no podrán removerlos de sus sillas, y con artistas como Bad Bunny, cuya música está hecha para embrutecer a la masa, porque el reguetón representa todo lo que está mal en la vida, tienen el porvenir asegurado.















sábado, 14 de febrero de 2026

Los verdaderos miserables

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Ensayo)







     A mediados del siglo XIX, uno de los intelectuales y políticos más influyentes de Francia, Víctor Hugo, escribía esta frase en un apartado de su obra célebre Los Miserables: “Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Su palabra necesita mucho combustible y el combustible es el prójimo”. En una época marcada por la pobreza extrema, la injusticia social y las tensiones políticas de la Francia post-napoleónica que desembocaron en las revoluciones proletarias del siglo XIX, era común encontrar este tipo de personas que se apropiaban de una sagacidad verbal para aprovecharse de la miseria y la ignorancia generalizadas e insuflar con sus palabras una chispa de revolución que ardiera en las agitadas mentes de los despojados y desarraigados.

     Con el pasar del tiempo y el auge de la producción industrial, los medios de comunicación y el internet, esta clase de usurpadores de la voluntad humana ascendieron a las jerarquías gubernamentales más altas y llegaron a ser monarcas, reyes, comandantes, presidentes, primeros ministros, magistrados, o cualquiera que sea la denominación del cargo a ocupar según los estamentos de cada Estado. En cualquier caso, gente con poder que satisfizo tanto su necesidad de hablar, que a través de sus palabras terminaron seduciendo —o en muchos casos engatusando y secuestrando— el pensamiento de los que por su necesidad material y espiritual no tuvieron otra alternativa que creerles o hacerles creer que los seguían de corazón. Este es, en gran parte, uno de los resultados del ejercicio de la política a través de un sistema venido a menos, ya entrado el primer cuarto del siglo XXI: la democracia.   





     Trasladando el escenario histórico de la Europa del siglo XIX a la realidad de la Colombia de 2026, vemos que el panorama no ha cambiado mucho. Se podría decir que no ha cambiado nada en ninguna parte del mundo, pero ubiquémonos en nuestro espacio geográfico, que es el que conocemos, para inferir que, aunque los actores son diferentes, los personajes se repiten como en una especie de opereta que no cesa de reproducir la misma función cada año. Ya hemos escuchado bastante aquello de que “la historia sucede una vez como tragedia y se repite como farsa”.

     Haciendo esta adaptación de la farsa, tenemos al dirigente maldito, cuya necesidad de hablar y de ser protagonista lo ha hecho ser cada vez más malo y detentador de una bajeza sin escrúpulos: malo de corazón y de raciocinio, porque hay malos que saben que son malos, pero este es uno que se cree bueno, o se lo hace creer a la masa que lo azuza con ardor de la misma manera que un tronco seco aviva el fuego.

     Le sigue, por otro lado, el comité de los aplausos, compuesto por serviles aduladores cuya función es celebrar todo lo que diga el dirigente, no importa cuán descabellado sea. Son los sobadores de chaquetas de la organización a los que no les queda más alternativa que recibir una paga efímera, pero tentadora, a cambio de solamente entregar una dignidad que nunca en la vida han tenido.

     Y por último, el colectivo sustraído de su identidad individual condenado a ser parte de una categoría equiparable a la de ánima en pena, tan indiferente y apático a la vida por causa de su miseria, que está dispuesto a aferrarse a cualquier tabla de salvación, no importa si es la misma tabla que lo adentra en las profundidades de un océano de muerte. Ya no esperan recibir jugosa paga, sino apenas que les tiren unas migajas para no morir de hambre. De esta clase de individuos hablaba el mismo Víctor Hugo cuando en alguna disquisición de su novela decía que “en cierto grado de miseria se apodera del alma una especie de indiferencia espectral y se ve a los seres como a ánimas en pena”.  





     Con la tragedia de las inundaciones que vive Monteria y la afectación de gran parte de la geografía nacional a raíz del duro invierno que se viene presentando desde el inicio de este año, se evidenció en nuestro país que hay un “líder” cuya necesidad de hablar es tanta, que no le importa volverse un indolente y un cínico si de ganar protagonismo se trata. Mientras hablaba del ron y la borrachera en un recinto a buen recaudo, miles de personas que ya parecen almas en pena por tanto que han sufrido, están con el agua al cuello, han perdido sus enseres, sus animales, sus viviendas y su trabajo. No tienen con qué comer, hacia dónde ir, no saben qué hacer. Continúan esperando la ayuda de un Estado cuyos administradores se han robado todo, como en épocas pasadas, pero más especialmente en este régimen de saqueo que los ha dejado inermes ante la vida. Lo peor es que el gobernante de turno, que en Colombia es representado por el presidente, encarna al más abyecto de los seres. Decir que es indiferente a la tragedia es poco. Decir que todo ocurrió porque no hay dinero gracias a que no le han dejado hacer las reformas que necesita para la supuesta ayuda es más que desobligante, cuando todo el país conoce las cifras del robo que le han hecho a la nación, casualmente desde la institución que debía estar encargada para atender estas emergencias naturales. 





     Mientras el tirano continuaba usando al prójimo, es decir, a su auditorio para tomarlo como el combustible que necesita para que exploten sus palabras y resuenen de vuelta los aplausos y las falsas aprobaciones, y hacía tergiversaciones y propinaba humillaciones a sus dependientes que lo esperaban tirados en el suelo a las afueras del recinto para mendigarle por una ayuda, el pueblo, que está hambriento de cualquier cosa, menos de revolución, clamaba por una mano misericordiosa que le permitiera sobrellevar su pena. El malo, cuya vanidad solamente se satisfacía con hablarle a un grupo de miserables ya sometidos por un cargo burocrático, no tenía esa mano para dar, o tal vez no hacía parte de sus prioridades. 

     En Montería necesitan frazadas, alimento, utensilios, ropa, medicinas, entre otras ayudas. Es allí donde donde hoy requieren los planes y programas que debieron haberse puesto en marcha si no hubieran saqueado los recursos que tenían que haber sido destinados para atender los desastres que son previsibles en nuestro país. Porque nada hay más fácil de predecir en Colombia que un deslizamiento, el desbordamiento de un río, una sequía, o cualquier emergencia ambiental. ¿Cómo, después de tantos años de catástrofes que se repiten seguimos siendo un país sin preparación?





     Las imágenes son desoladoras, tristes, impactantes. Una vez más la furia de la naturaleza nos demuestra que no somos nada frente a su poder de devastación. Pero eso implica que como sociedad deberíamos estar preparados para cuando alguna de estas tragedias suceda, ya que, si no podemos evitarlas, al menos sí deberíamos saber cómo afrontarlas y reponernos a sus consecuencias. Al menos el Estado debería tener reservado el monto para reconstruirse cada vez que la naturaleza lo golpee. Solo que es imposible e iluso pedirle a los malos y a los incompetentes que cuiden los recursos que todos aportamos mediante los impuestos. No hay dolor de patria, no hay amor por la humanidad, no hay interés de ayudar al prójimo, y eso implica que tampoco hay proyecto de Estado-nación. 

     Pero al igual que en la época de Víctor Hugo, donde tenían un país convulso y políticamente inestable, aquí ni siquiera tenemos un medio esbozo de lo que queremos ser como sociedad. Estado, Nación, Patria, República, Gobierno; todos conceptos que la mayoría ni siquiera sabemos diferenciar.

     En fin, si acaso seremos una república bananera, porque los líderes reflejan el carácter de sus pueblos. Con el hablador compulsivo que ostenta el trono, o cualquier perpetrador de su proyecto, estamos condenados a perecer como nación democrática, pues los verdaderos miserables no son aquellos que viven oprimidos por la injusticia social: los que sufren, sino los ruines, mezquinos y despreciables a quienes no les importa el sufrimiento: los que hacen sufrir.





sábado, 7 de febrero de 2026

La Ciencia no es incompatible con la Religión

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Ensayo)







     Al principio de la historia humana, los fenómenos de la naturaleza fueron explicados por la religión. A medida que el hombre fue avanzando en la ciencia y expandiendo su conocimiento, la religión perdió el dominio sobre la explicación de esos fenómenos y fue desplazada del centro del escenario. Esto acarreó problemas de índole ética y religiosa a escala planetaria.

     El doctor en economía y político argentino Agustín Monteverde, en su obra Mitos, dogmas y epopeyas: Del viejo Dios a la nueva ciencia[1], nos remite a un análisis profundo y concienzudo sobre la relación histórica entre la ciencia y la religión examinadas desde cuatro áreas del desarrollo científico: evolución, neurobiología, genética y cosmofísica. En cada una de estas áreas se han destacado grandes figuras de la ciencia que también han asumido una postura en relación con el tema de los valores morales, pero sobre todo con la creencia en un Dios que no necesariamente queda excluido por el avance del campo científico.

    El tema de la ciencia y la religión siempre ha estado en una permanente dicotomía; en una constante contradicción que se hizo trágicamente notoria desde los tiempos del oscurantismo. Erróneamente se suele asociar este período con toda la Edad Media, pero la llamada “edad oscura” no es tanto un período de la historia como una tendencia o actitud para restringir el conocimiento y la ciencia de parte de ciertos sectores de la iglesia durante la época medieval. Tal oscurantismo se podría situar más bien a partir de la caída del Imperio Romano en el siglo V, que es cuando los bárbaros dominan la escena y se apaga la llama del saber. Durante el caos barbárico, los únicos que mantienen encendida dicha llama son los monjes, creadores de las universidades, fundadas y administradas por la iglesia. De modo que la visión de la Edad Media como oscurantista fue más bien una construcción crítica de los humanistas y los ilustrados de la época. 





     El doctor Monteverde nos lleva a un análisis que ponga en tela de juicio aquello de que la verdadera potencia de la ciencia sea convertirse en juez de la fe, y que si bien ambas estudian fenómenos por separado, que parecieran disímiles y proporcionalmente inversos, están más cerca de convergir al final en un mismo punto de llegada de lo que todos nos imaginamos.

     El libro parte de cuatro hitos fundamentales de la ciencia que nos llevarían a pensar que con ellos se rebate la religión: el evolucionismo, que con la teoría de la Selección Natural acabaría con el mito bíblico de la Creación del hombre; la neurobiología, que por su campo cognitivo muestra que los procesos que antes podían atribuírsele al alma, pueden explicarse ahora con las reacciones químicas y las descargas eléctricas que se dan en el cerebro, encontrando que las emociones y los pensamientos responden a funciones subyacentes a este más que a una entidad inmaterial para explicar la mente; la genética, que invalidaría la creencia en la existencia de Dios, porque al descubrir la matriz helicoidal del ADN, muchos doctos de la ciencia lo tomaron como el descubrimiento del secreto de la vida; y la cosmofísica, que haría tambalear la dialéctica de Dios como principio y fin del universo, porque con la teoría del Big Bang se establece el hallazgo de otra teoría: el mundo, surgido de la gran explosión, se ha creado por sí solo.   





     No obstante, la historia ha encontrado que las grandes figuras de estas ramas de la ciencia eran (o lo fueron en algún momento de su vida) creyentes convencidos. El mismo Darwin, cuando escribe El origen de las especies, le dedica tres citas en el epígrafe al papel que juega la divinidad en la creación. Él decía en un principio que su teoría era plenamente compatible con la religión. De hecho, se formó para ser teólogo en Cambridge, pero después empezó a dudar de la Biblia como palabra de Dios. Luego tomó una postura agnóstica. Su caso fue similar, pero en sentido inverso, al de otros tantos científicos que han tenido una religiosidad profunda, después han dudado, y al final, casi en su lecho de muerte, admiten que realmente sí creyeron en la existencia de un Dios.[2]  

     Otros casos que se mencionan de científicos consagrados que han cambiado la historia del conocimiento humano son los de Jerôme Lejeune, candidato a ser canonizado, quien descubrió el cromosoma responsable del Síndrome de Down y se le considera el padre de la genética moderna; Léon Foucault, quien demostró la rotación de la tierra con su péndulo; John von Neumann, el arquitecto de la computación moderna; Francis Collins, director del proyecto genoma humano; todos convertidos al cristianismo. Es cierto que Francis Crick, uno de los que descubrió el mapa genético del ADN en forma helicoidal, era ateo. Pero Mendel, que aportó la investigación fundamental de la genética basada en las leyes de la herencia, era un monje, y sus investigaciones las hizo en un monasterio.[3] George Lemaître, un sacerdote de la Iglesia Católica, fue quien prescindió la Academia Pontificia de las Ciencias. A él se deben los aportes sobre el “átomo primigenio”, que fue la base directa para establecer finalmente la teoría del Big Bang.[4] Max Weber, que no fue un científico de ciencias duras, sino un sociólogo, concluyó que las religiones monoteístas se abrían a la razón científica para explicar el orden del mundo, acabando de paso con el mito de la magia.

     A partir de algunos ejemplos de científicos creyentes y de cómo cada descubrimiento, en lugar de echar por tierra la fe nos acerca más a Dios, el doctor Monteverde derriba la manida creencia de que religión y ciencia no pueden encontrarse, o que son enemigas naturales. 





     Una de las colisiones históricas entre ciencia y religión que se refutan en el libro es aquella campaña de la Santa Inquisición contra los científicos en la Edad Media. Las persecuciones a Giordano Bruno y Galileo Galilei, por ejemplo, fueron muy diferentes. Ambos han quedado registrados como mártires de la ciencia porque el tribunal despótico que mandaba en esa época condenó al primero a la hoguera y al segundo al destierro supuestamente por su conocimiento.  

     En el caso de Galileo, este no era un enemigo de la iglesia ni estaba tratando de demostrar que la Tierra giraba en torno al sol, lo cual ya se sabía desde el siglo III antes de Cristo, cuando Eratóstenes de Cirene midió la circunferencia de la Tierra usando una vara para comparar la altura del sol en dos ciudades diferentes con una precisión extraordinaria y un margen de error de apenas un 5%.[5] También Copérnico había hecho los cálculos para demostrarlo 150 años antes de Galileo, y sin embargo no fue condenado por ello. Y el mismo Aristóteles en el siglo IV antes de Cristo había dado argumentos en favor de la forma esférica del planeta, tales como la sombra curva de la Tierra en los eclipses, la desaparición de los barcos en el horizonte, o la variación de las constelaciones según la latitud,[6] de modo que en el siglo XVII no había lugar para pensar que la tierra era plana. 





     Lo que estaba trabajando Galileo era el invento del telescopio para demostrar el movimiento de traslación. Los científicos de la época desconfiaban de ello, y en 1613 se produce la primera disputa. La iglesia no ve como algo demostrable el funcionamiento del telescopio y le sugiere a Galileo que lo exponga como una teoría o hipótesis para un modelo de cálculo. Un amigo personal de Galileo (Maffeo Barberini), que más adelante se convertiría en el papa Urbano VIII, le encarga al científico un libro para que él exponga tanto el sistema heliocéntrico como el geocéntrico, sin darle la razón a ninguno de los dos, de modo que el verdadero surgiera por sí solo a partir de los cálculos que Galileo obtuviera. Pero el científico cometió un error para la época inquisitorial: escribió el libro a modo de diálogo, con un personaje llamado Simplicio en clave de mofa defendiendo el sistema geocéntrico. Los enemigos de Galileo en la comunidad científica esparcieron el rumor de que con este personaje Galileo se estaba refiriendo al Papa. Esto provocó la ira de Urbano, quien defendía el modelo heliocéntrico, y a raíz de un malentendido que se tomó como personal de parte del papa, Galileo fue acusado de herejía, llevado a juicio y condenado al destierro en Florencia, donde se fue a vivir, no como un expatriado, sino como un conde, al lado de sus hijas religiosas. No fue cierto que fuera torturado y menos condenado a muerte.[7]

     A Giordano Bruno sí lo condenaron brutalmente a la hoguera, pero contrario a lo que se piensa, no fue por enseñar el heliocentrismo, sino por un cúmulo de enseñanzas teológicas y filosóficas que el tribunal consideró heréticas, tales como negar los dogmas cristianos, la divinidad de Cristo, la virginidad de María, entre otras enseñanzas graves para la Santa Inquisición.[8] Lo mataron por sus ideas anticristianas, mas no por su juicio científico. Cabe decir que independiente de la causa por la que haya sido, la Santa Inquisición, como se hacía llamar el tribunal de entonces, era una corte despiadada que no tenía piedad alguna para con los que se oponían a sus creencias religiosas. De hecho, la mayoría compartían la visión heliocéntrica, mas no la visión anticristiana. 





     Otra colisión histórica entre religión y ciencia, a propósito de la polémica por el asunto de si la Tierra era redonda o plana, se puede ver en el episodio de Colón y los clérigos de la iglesia de Salamanca, en donde la historia que escuchamos desde niños no ha sido exactamente como nos la contaron. Nos dijeron que Colón era el inteligente, el adelantado, el que sabía que la tierra era redonda, mientras que los sabios clérigos eran unos ignorantes que pensaban que la Tierra era plana. No fue así. La discusión versó sobre cuestiones de distancias y medidas, pues Colón pensó que las indias estaban más cerca de lo que él creía, a mitad de camino en el Océano Atlántico. Cuando llegó a la América aún no descubierta pensó que había llegado a la India. Los sabios de la Junta de Salamanca convocada por los reyes habían previsto, en una evaluación técnica del proyecto de Cristobal Colón, que la India quedaba mucho más lejos de lo que él pensaba, que su cálculo del tamaño de la Tierra estaba subestimado y que el viaje era inviable, porque necesitarían una cantidad de provisiones imposibles de llevar en las embarcaciones de ese tiempo. De no haber sido porque Colón se topó con el continente americano, él y todos sus marineros habrían muerto durante la expedición. Los sabios tenían razón. Ellos, que indudablemente creían en el poder supremo de Dios, no se apartaron ni un ápice del conocimiento que para esa época les proporcionaba la ciencia. Una vez más, fe y ciencia no fueron incompatibles, sino aliadas. No colisionaron, sino que se apoyaron. Otra cosa es que con el tiempo se haya deformado la realidad, y en crónicas y relatos posteriores se hayan burlado de los sabios y romantizado la obstinada empresa de Colón.  





     Pero si vamos a hablar del más crucial punto de ruptura entre la religión y la ciencia, debemos situarnos en uno de los períodos más sanguinarios de la historia que rompe con el dominio de la fe para dar paso al dominio de la razón: la Revolución Francesa. Fue a partir de allí cuando la militancia de la razón adquirió un matiz incluso mucho más religioso que la religión misma, hasta el punto de proclamar el culto a la diosa Razón. Se llevó por delante a la religión y a la misma sensatez en esta fallida revolución. Si se tuviera que hablar de un oscurantismo en la historia es precisamente el que aconteció menos de un siglo después de que el mundo proclamara las luces. Es decir, cuando el “nuevo hombre” del que hablaba la revolución se encegueció en nombre de la razón. Cuando en 1794 fue juzgado por el Tribunal Revolucionario, Antoine Lavoiser, el gran químico francés condenado a muerte, pidió clemencia para que lo dejaran vivir y terminar sus investigaciones. Se dice aunque los documentos no lo registran tal cual que el presidente del tribunal le contestó: “La República no necesita químicos ni sabios”.[9] Al final, fue guillotinado, no por su ciencia, sino por haber sido acusado de tener tratos con la élite que ellos decían detestar.

     Traigo a colación un pasaje del libro del doctor Monteverde, en donde nos ilustra cómo endiosaron a la razón como producto de una locura colectiva que ensombreció a la mente humana:

 

El culto divino fue entonces reemplazado por el culto de la razón. El 20 de Brumario de 1793 del Calendario Revolucionario (10 de noviembre del Gregoriano) la convención proclamó, a sugerencia de Pier Chaumet, a la diosa Razón. La catedral de Notre Dame de París se convirtió en templo de la Razón. A la nueva divinidad se le concedió el altar mayor y fue representada con la iconografía grecorromana de Sophia (sabiduría). La dama de la libertad pasó a sustituir a la Virgen María en los altares. El culto a la Razón constituyó una derivación sincrética de las distintas corrientes de pensadores ilustrados y enciclopedistas, logias masónicas y clubes políticos.[10]

     



     

     El mito, entonces, de la relación entre ciencia y religión, es que la comunidad científica tiene que ser atea o no creyente para que pueda ser creíble su trabajo. Es interesante cómo el libro del doctor Monteverde nos arroja un dato clave: la mayor parte de los premios Nóbel de ciencias duras han sido creyentes. Dos tercios son cristianos, le siguen los judíos, e incluso hay musulmanes. Esto para anotar que no excluye el hecho de ser científico con el de ser creyente.

     El hecho es que ni la fe puede escindirse de la razón, ni la razón de la fe. En la encíclica Fides et ratio, decía Juan Pablo II lo siguiente: “Fe y razón son las dos alas con que el espíritu humano se eleva al conocimiento de la verdad”. [11] La fe cristiana es eminentemente racional. No hay las contradicciones tan obtusas que se quieren hallar en el binomio ciencia-religión. Lo que sí hay es una conveniencia de ciertos sectores interesados en erosionar la fe como guía moral.  

     Para la religión hay valores que son intocables: los valores naturales que emanan de los diez mandamientos. Al desaparecer la idea de Dios como faro que conduce al navegante, se encumbra una dictadura secular que puede desnaturalizar esos valores. Por ejemplo, no dirán que por la ley de Dios no está permitido que un hombre mate a otro, sino que serán ellos los que determinarán dónde comienza la vida y quién la institucionaliza. 





     De modo que los ataques de la ciencia a la religión no tienen base. La ciencia no puede convertirse en fiscal de la fe. Por el contrario, los hombres de ciencia entienden que la ocurrencia de los fenómenos y sus explicaciones nunca excluyen a Dios de la cuestión. La ciencia puede ser el mecanismo por el que el hombre se acerque al conocimiento de Dios y reafirme su existencia. Descorrer un velo no es necesariamente llegar a la verdad, sino a un nuevo velo que debe ser descorrido de nuevo para encontrar una verdad más profunda. Porque la ciencia está plagada de actos de fe, así como la vida. Y un acto de fe se establece por aquello que no se puede ver. Cuántas cosas hay en la ciencia que no se pueden ver y no se sabe si existen: el átomo, la onda de luz, el QUaR, que es una partícula subatómica y se usa para calcular, aunque nadie la ha visto. El científico cree en otras disciplinas aparte de su campo de estudio para apoyar el suyo. Cree en la teoría de la gravedad, la da por supuesta, para así poder establecer otras teorías. No importa si no sabe cómo demostrarla, pero sabe que la ley está ahí y funciona. La Teoría de la Relatividad, como otro ejemplo, se apoya en un supuesto que es indemostrable e incomprobable, y sin embargo se adopta como cierta. Muchas teorías científicas se validan por actos de fe. 





     Lo que sí hay es una religión de la existencia del No-Dios, de negar a Dios, y si para ello hay que negar la evidencia científica, se hace. Si es verdad que la ciencia ha triunfado por encima de la religión, que el siglo XXI es totalmente cientificista y toda verdad se deriva solo de las ciencias empíricas, por qué cuando la realidad evidencia una lógica sin necesidad incluso de ser validada por la ciencia, en donde no hace falta ser científico para confirmarlo, ¿por qué allí, entonces, el absurdo que niega la evidencia no requiere de la ciencia y se asume como verdadero? ¿Por qué hay una selectividad que dice que nos valgamos de las ciencias cuando conviene y las desdeñemos cuando sus demostraciones no concuerden con la ideología imperante?

     ¿Cuán racional es el hombre? No tanto como él cree. No es plenamente racional ni objetivo. La cuestión es que por ahora no hay otra vía para llegar a Dios, más que tener fe, puesto que el objeto de la ciencia no es demostrar la existencia ni la inexistencia de Dios, sino generar conocimiento racional, objetivo, sistemático, exacto, contrastable, verificable y falseable. Pero tampoco desde la fe ciega se puede llegar al progreso científico que genera conocimiento. Utilizar la ciencia como ideología es destruirla, hacerla subjetiva, irracional, estéril, improductiva. Utilizar la fe como fuente única de comprensión es enceguecer la mente humana, estancarla, paralizarla en su ámbito de realidad para revestirla de sobrenaturalidad. De ahí que Bernard Heissenberg concibiera esta sentencia que sintetiza a la perfección la idea de esta entrada: El primer sorbo de ciencia te hace ateo, pero en el fondo del vaso Dios te está esperando.






[1] Cf. Agustín Monteverde, Mitos, dogmas y epopeyas. Del viejo Dios a la nueva ciencia, (Buenos Aires: Grupo claridad, 2021).

[2] Cf. Charles Darwin, Autobiografía, (Barcelona: Crítica, 2008).

[3] Cf. Vicente Martínez, El origen del universo, (Barcelona: Crítica, 2005).

[4] Cf. Ibíd.

[5] Cf. Cleomedes, Sobre los movimientos circulares de los cuerpos celestes, (Madrid: Gredos, 1995).

[6] Cf. Aristóteles, Sobre el cielo, (Madrid: Gredos, 1995).

[7] Agustín Monteverde, Mitos, dogmas y epopeyas, p. 131.

[8] Cf. Miguel Ángel Granada, Giordano Bruno: Universo infinito, unión con Dios, perfección del hombre,
(Barcelona: Herder, 2018).

[9] José Manuel Sánchez Ron, Lavoisier y la Revolución Francesa: mito y realidad. Revista de Historia de la Ciencia 12, no. 2 (2009), pp. 45–62.

[10] Agustín Monteverde, Mitos, dogmas y epopeyas, p. 29.

[11] Juan Pablo II, Fides et Ratio: Sobre las relaciones entre fe y razón. (Ciudad del Vaticano: Librería Editrice Vaticana, 1998), n. 1.

 






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