Hay cuestiones que por más que
resulten inconcebibles, uno no entiende por qué se siguen normalizando en la
realidad, como si aceptar aquello, que está a todas luces mal, fuera en últimas
lo más aconsejable.
Me niego rotundamente a
comulgar con este estado de cosas, con esta imposición de ideologías de odio,
con esta lucha sin cuartel en la que ya la vida humana no importa, como si hubiéramos
retrocedido a los malos tiempos de la guerra, o como si más bien nunca
hubiéramos salido de ella y la estuviéramos recrudeciendo. Sí, más bien, porque
lo que se dice paz, en este país no hemos tenido, mucho menos después de la
falsa paz que nos impuso el sátrapa de Santos a las malas.
Al parecer vivíamos en una
falsa tregua. Aquí y en el resto del mundo.
Si uno mira para el Oriente
Medio, por ejemplo, se encontrará que Hamas
decidió atacar a Israel luego de un tiempo de aparente calma en la Franja de Gaza,
en donde nunca la ha habido. La respuesta de Israel fue tan contundente que
obligó al grupo terrorista a retroceder y a suspender sus ataques mientras se
reagrupa y vuelve a arremeter. La prensa internacional condena a Israel por
haberse defendido, pero nadie cuestiona que el grupo Hamas haya roto la tregua. Como si lo lógico fuera que el que se
defiende no tuviera derecho a ello; como si sólo primara el derecho del agresor.
Pero no nos vayamos lejos. En
Colombia, una Concejal (Concejal y no Concejala
para que no me vengan ahora a tratar de corregir con su estupidez gramatical
los del lenguaje inclusivo), de nombre Heidy Sánchez, que pertenece a uno de
esos partidos de oposición; pone un mensaje en redes sociales diciendo que las
ambulancias están llevando los heridos de las protestas y entregándoselos a la
Policía, y enseguida llueve la hondonada de ataques contra los diferentes vehículos
de la misión médica. A punta de piedra y palo los intersectaron y los vandalizaron.
Ni un solo pronunciamiento de los partidos de la paz, de los promotores del
paro, de los medios de comunicación leales al progresismo.
En otro lugar del país, entre
Buenaventura y Cali, le impidieron el paso a otra ambulancia. Hicieron bajar al
personal médico. Llevaban a una bebé entubada a la que obligaron a sacar del
vehículo, siendo esta una maniobra imposible para someter a ella a una criatura
que está en grave riesgo de muerte. El resultado fue que la niña no sobrevivió
y hasta ahora no hay un solo imputado por el hecho. ¿Y los de Derechos Humanos?
Me pregunto yo. ¿Por qué ahí sí no se han pronunciado los medios como CNN y el
resto de vendidos al globalismo de la ONU tampoco dicen una sola palabra? Ah,
me olvidaba que ellos sólo están vigilando a la Policía, no vaya a ser que a un
agente le dé por defenderse de un ataque contra su integridad.
Y para colmo la señora María
Antonia Pardo, jefe de prensa de un candidato a la presidencia de ese mal
llamado movimiento Colombia Humana, que
de humana poco; aseguró descaradamente que la niña de todas maneras se iba a
morir, como si la criatura fuera cualquier cosa; como quien dice, que no valía
la pena siquiera intentar trasladarla. Como quien dice, que sólo se trataba de
una niña pobre que seguro iría a sufrir mucho, entonces para qué.
Días atrás, también habíamos
padecido la muerte del niño Salvador, quien nació en plena ambulancia cuando en
medio del traslado su madre entró en trabajo de parto. Pero Salvador requería
atención médica oportuna, y los “pacíficos manifestantes” no dejaron pasar a la
ambulancia. Los criminales no se compadecieron de aquella criatura que acababa
de ver la luz hacía unos pocos minutos; no tuvieron piedad con una madre que
anhelaba tener a su primer hijo después de cuatro intentos fallidos. ¿Dónde
está la señora Bachelet condenando el hecho? ¿Dónde los tales veedores de la
ONU? ¿Qué han dicho los mamertos de la CIDH? Nada, silencio absoluto, porque ellos
son defensores de derechos siempre y cuando convengan a la causa que defienden
soterradamente.
Han atacado 126 misiones
médicas, violando todos los tratados internacionales, sobre todo el Acuerdo de
Ginebra acerca del sentido de humanidad que hay que tener por el personal de
salud y los enfermos, pero no veo activistas protestando por ello. No veo que
en las redes sociales, tomadas ya por la resistencia del Paro, alguien condene
estos hechos.
Hace rato esto ha dejado de
ser una protesta, y la CIDH, las ONG’s, la ONU y demás organismos de la
Comunidad Internacional no están dispuestos a reconocerlo. Ellos seguirán en su
juego de pedir que cesen las masacres, como si ya no se le hubiera prohibido a
la Policía utilizar sus armas y como si ya no hubieran maniatado al presidente
para que no ejerza la defensa de los colombianos azotados por ese terrorismo
urbano. Un presidente que prefiere entregar el país en manos de una caterva de
maleantes y ceder a la extorsión, y ni así dejan de falsear los hechos estos
idiotas útiles de los que nos quieren llevar al despeñadero.
Estamos en manos de un sinfín
de mafias: la del país, compuestas por los políticos demagogos que le echan
gasolina al fuego y aprovechan la pesca en río revuelto para hacer campaña; la
de los narcoguerrilleros de las Farc y el ELN, que son los que ponen las armas
y el dinero para agitar su revolución; la del Cartel de los Soles y el régimen
cubano, que son los que envían agentes secretos para infiltrarse y poner a
tambalear las instituciones; la de los promotores del paro, que son los que
movilizan a las masas adoctrinadas, los que dicen representar al pueblo, pero
el pueblo no se siente representado por ellos, y aun así es con los que hay que
negociar; todos hermanados en la misma causa de destruir la democracia, si es
que queda alguna.
Y una mafia tal vez más
peligrosa: la de los organismos internacionales, a la que creo yo que está
obedeciendo este gobierno Duque. Son todas esas instancias que acusan a las autoridades
colombianas de asesinas y que hacen ojos ciegos a los desmanes y al terrorismo
de los verdaderos violentos. Ellos están alineados con ese comunismo
internacional que aquí nos quieren implantar y del que ya nos han dado a probar
un poco. Cómo no, si a ellos los sostienen los metacapitalistas como Soros, a
través de fundaciones filantrópicas "que no le hacen mal a nadie" pero que
destilan un veneno ruin. Al final están aliados para luchar por un objetivo común
mientras en el medio queda la gente más indefensa: los enfermos, los niños, los
ancianos, los pobres, en fin, los ciudadanos.
Todo hace parte de la misma
estrategia.
Mientras tanto el mundo clama
por el respeto de los derechos humanos en Colombia, pero por los derechos sólo
de los izquierdos.







































