Ha llegado el momento de despedirse de lo
que a Rupertino Díaz le produce tanta dicha. Se encuentra ad portas de
un viaje inaplazable, obligatorio, inexcusable. Habría preferido tener que
quedarse en su morada solitaria sin más compañía que la de sí mismo, pero la
vida real es algo de lo cual un soñador como él no puede prescindir. Porque a
pesar de su idealismo, Rupertino Díaz sigue siendo carne y hueso para
alimentar.
La vida material tiene sus propias
urgencias: el cuerpo no se puede sostener por el mero arte de la ensoñación, la
reflexión, la deliberación estática que no conduce a nada. Y a veces no basta
la tierra propia para satisfacer las necesidades de un organismo haragán y
cómodo como el de Rupertino Díaz. Porque reza el dicho de que “nadie es profeta
en su tierra”, y menos lo puede ser este taciturno individuo que en ninguna
parte podría ostentar siquiera el título de adivinador.
Sí, tarde o temprano tendría que irse de su
país, pues allí no habría nada para él más que un fracaso perenne ya conocido
por todos sus allegados.
Rupertino será
siempre un perro de monte mientras su humanidad esté expuesta a la mirada del
otro; es decir, cuando sale de las cuatro murallas infranqueables de su
fortaleza se transforma en un animal huraño que teme el ataque de los demás
animales, y que sabe que una vez sea atacado, este no dudará en responder hasta
que su pellejo y sus vísceras queden desperdigadas por el suelo. Es una bestia
a la que se provoca fácil, pero asimismo es muy fácil de doblegar para
cualquiera de sus contendientes.
Rupertino no quisiera entrar en contacto
con los demás. Le teme a la experiencia nueva, al rostro desconocido, a la
pregunta de ocasión para romper el hielo, a la necesidad humana de socializar,
pues se ha vuelto un ser asocial, un misántropo, un conejo arisco que escapa de
cualquier prueba en la que deba entrar en contacto con la civilización y por
eso se esconde en su madriguera a observarlo todo desde allí.
El tiempo, otrora un asunto que él mismo
manejaba a su antojo, ahora será un tirano cruel que le prohibirá darse sus más
excelsos placeres literarios. Y mucho menos le será permitido darse las
licencias que le servían para su inspiración. En este nuevo país en el que pronto
se radicará Rupertino, hay que levantarse ya inspirado, dispuesto a producir,
sea cual sea el arte que se ejerza. Si la cuestión es que Rupertino quiere ser
novelista, ya debe tener estructurada esa novela en su cabeza, prácticamente
resueltos todos los problemas de sus personajes de principio a fin, porque no
hay tiempo de cambiar sobre la marcha, pues a la hora de la ejecución en el
procesador de texto, Rupertino deberá ser consciente de que, para alcanzar el
éxito de su cometido, tendrá que escribir a razón de un número determinado de
palabras por minuto. Lo importante, en el país a donde se dirige, es que la
producción se mantenga, nunca pare, siempre vaya en ascenso. Si es una
producción novelística, de igual forma habrá que calcularle sus tiempos y
movimientos para no exceder lo presupuestado. Tendrá que escribir con base en
metas cuantitativas. Cualquier desface en el logro de dichas metas reducirá la
competitividad frente a los demás novelistas que sí pueden producir su arte en
tiempo récord, y por tanto serán más prolíficos, más best-sellers, más
reconocidos y exitosos. Si Rupertino se conduce sólo por los chispazos de la
inspiración, difícilmente destacará en su arte.
A sólo tres días de emprender el viaje,
Rupertino le da una última ojeada a su casa y piensa en todo lo que va a
extrañar. ¿La encontrará así de acogedora cuando regrese, si es que algún día
regresa? ¿La encontrará así, tan suya, tan privada, tan exclusiva sólo para él?
Lo duda mucho, porque esa casa tampoco es de su propiedad. Si no es por la
caridad de sus familiares, Rupertino no podría vivir allí. Ellos tienen pensado
venderla, así que él tendrá que ir pensando, en unos meses, a dónde se meterá
con sus centenares de libros viejos, sus decenas de cuadernos de apuntes, sus
miles de archivos y borradores de novelas impublicables. Teme que llegue el día
en que tenga que tirar su trabajo de años a la basura, pero, al fin y al cabo,
ha sido un trabajo yermo, infructuoso, que de nada le ha servido.
Resignado y melancólico, Rupertino piensa
que lo mejor será no perseguir quimeras. Es hora de poner los pies sobre la
tierra.
—¿Por qué no se quiere ir? —le preguntan
sus amigos cuando lo ven reacio a la idea de marcharse.
—Porque lo malo es que allá sí toca
trabajar —responde sarcástico.
—Entonces, ¿por qué no se queda?
—Porque estoy muy viejo para seguir sin
trabajar.
—¿Y qué piensa hacer? —le preguntan de
nuevo.
—Que sea lo que Dios quiera.
—¿Cómo se ve usted en el futuro?
—No lo sé.
—¿Qué piensa de la vida?
—No la pienso.
Quienes hablan con Rupertino sienten
lástima de un pobre hombre que no tiene ni presente ni futuro, y que tal vez
insiste quedarse en un pasado en el que vivió del triunfo de sus padres.
Rupertino es un barco a la deriva. ¿Cómo se desenvolverá en la vida? No lo
sabe. ¿Está capacitado para seguir el resto del camino solo, ya que su anciano
padre ha fallecido? No, no lo está. Hay quienes quisieran ver a Rupertino sin
el apoyo de su familia por el simple morbo de saber cómo se defiende sin
soporte; por la dicha de verlo chapalear en el fango de la existencia. Hay
quienes sienten inquina contra Rupertino porque jamás ha tenido que luchar nada
para ganar algo en la vida, y de hecho nunca ha ganado nada porque todo se lo
han regalado. Hay quienes lo han humillado haciéndolo sentir que vale menos
porque no tiene méritos para mostrar. Será cuestión de tiempo para que a
Rupertino le reviente la burbuja de jabón en la que vive. Y si bien algunos lo
quieren ver aplastado por su acritud y su falta de entereza y de carácter,
además de su soberbia congénita, otros simplemente no lo consideran digno de
nada. Escasamente les genera un mínimo de compasión, y hasta piensan que
Rupertino es uno de esos seres que le sobran a este mundo. ¿Para qué existen
personas así?
Pero Rupertino, a pesar de quienes hablan
de él, de quienes se mofan de su fracaso, se ríen de su estupidez y su
incompetencia para vivir en el mundo real, sabe exactamente qué es lo que
quiere. Sabe qué es aquello que le da sentido a su vida: las letras. Ama ser un
hombre de letras a pesar de que todavía no tiene la convicción y la disposición
para ello. Le falta disciplina y mucho talento. Sin embargo, Rupertino intuye
que eso es en lo único en que podría destacarse en la vida, si es que a nadie
más le da por hacer lo mismo. Lo malo es que en este mundo de la emocionalidad
cada habitante es un escritor innato y se cree que tiene algo interesante para
decir. Así también lo cree Rupertino.
Si no puede lograr nada, si continúa en su
estado de derrota perpetua, si pierde al resto de su familia que lo subvenciona
y tiene que verse obligado al hambre, a la postración, a la soledad, a la burla
y a la humillación, Rupertino ya tiene cómo resolver ese problema. Ya que es un
ser orgulloso y altivo, además de ser un completo inútil, él viene preparándose
para cuando tenga que enfrentarse con el monstruo de la vida real. La solución,
tan simple, está al alcance de su mano, en la gaveta superior de su mesita de
noche.
Todos los días, antes de ir a dormir, abre
la gaveta y acaricia esa solución como si contemplara la posibilidad de
implementarla. Es un revólver calibre 38 marca Colt que le compró a un viejo
conocido por cuatro millones de pesos cuando el conocido tuvo que deshacerse de
él, pues de hallarlo la policía, constituiría una prueba grave en su contra.
Rupertino corrió el riesgo y se quedó con el artilugio. No sabe ni por qué lo
compró, pero presiente que tendrá que usarlo el día menos pensado. Si al
conocido vendedor no lo hubieran acribillado después en un ajuste de cuentas,
muy seguramente también le hubiera pedido que le consiguiera los proyectiles.
Por lo pronto, Rupertino se imagina que podría resolver sus problemas en el
momento en que asedie el desespero. Imagina también la posibilidad de darle una
mano a quienes hayan provocado su rabia y humillación. A lo mejor va a poder
ayudar a mucha gente que quizá tiene problemas. Podría acortarles un
tortuoso camino de sufrimiento. Porque, ante todo, hay que tener compasión por
los enemigos.






















