sábado, 24 de febrero de 2024

La solución

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Ha llegado el momento de despedirse de lo que a Rupertino Díaz le produce tanta dicha. Se encuentra ad portas de un viaje inaplazable, obligatorio, inexcusable. Habría preferido tener que quedarse en su morada solitaria sin más compañía que la de sí mismo, pero la vida real es algo de lo cual un soñador como él no puede prescindir. Porque a pesar de su idealismo, Rupertino Díaz sigue siendo carne y hueso para alimentar.  

    La vida material tiene sus propias urgencias: el cuerpo no se puede sostener por el mero arte de la ensoñación, la reflexión, la deliberación estática que no conduce a nada. Y a veces no basta la tierra propia para satisfacer las necesidades de un organismo haragán y cómodo como el de Rupertino Díaz. Porque reza el dicho de que “nadie es profeta en su tierra”, y menos lo puede ser este taciturno individuo que en ninguna parte podría ostentar siquiera el título de adivinador.

    Sí, tarde o temprano tendría que irse de su país, pues allí no habría nada para él más que un fracaso perenne ya conocido por todos sus allegados.

    Por ello deberá dejar el único espacio en el que no se siente un forastero para ir a convertirse en uno más en tierra ajena. Y ese espacio es su amplia y espaciosa casa, de la cual es el único habitante. Su casa es su república, su palacio, su reino infalible en donde no tiene que luchar contra el invasor o el colono; es decir, contra un huésped indeseable. Una vez que sale de ella, Rupertino se convierte de inmediato en un extraño, en un bicho raro, en una especie exótica que está en el hábitat equivocado, no importa que sean las calles de su misma patria o de la ciudad que lo vio nacer las que acojan su paso cansino.


Rupertino será siempre un perro de monte mientras su humanidad esté expuesta a la mirada del otro; es decir, cuando sale de las cuatro murallas infranqueables de su fortaleza se transforma en un animal huraño que teme el ataque de los demás animales, y que sabe que una vez sea atacado, este no dudará en responder hasta que su pellejo y sus vísceras queden desperdigadas por el suelo. Es una bestia a la que se provoca fácil, pero asimismo es muy fácil de doblegar para cualquiera de sus contendientes.

    Rupertino no quisiera entrar en contacto con los demás. Le teme a la experiencia nueva, al rostro desconocido, a la pregunta de ocasión para romper el hielo, a la necesidad humana de socializar, pues se ha vuelto un ser asocial, un misántropo, un conejo arisco que escapa de cualquier prueba en la que deba entrar en contacto con la civilización y por eso se esconde en su madriguera a observarlo todo desde allí.

    Ahora que Rupertino Díaz tiene que despedirse de su casa y que no sabe si regresará, piensa que quizá el cambio de escenario echará por tierra todos sus sueños. El sueño de ser un novelista fecundo, por ejemplo, tendrá que ser sustituido por la realidad de aprender a ganarse el pan con el sudor de su frente. De modo que el tiempo que antes utilizaba para leer, releer y luego reflexionar sobre lo leído, será cosa del pasado; de ese tiempo feliz en el que en su guarida imponía su propia ley


    El tiempo, otrora un asunto que él mismo manejaba a su antojo, ahora será un tirano cruel que le prohibirá darse sus más excelsos placeres literarios. Y mucho menos le será permitido darse las licencias que le servían para su inspiración. En este nuevo país en el que pronto se radicará Rupertino, hay que levantarse ya inspirado, dispuesto a producir, sea cual sea el arte que se ejerza. Si la cuestión es que Rupertino quiere ser novelista, ya debe tener estructurada esa novela en su cabeza, prácticamente resueltos todos los problemas de sus personajes de principio a fin, porque no hay tiempo de cambiar sobre la marcha, pues a la hora de la ejecución en el procesador de texto, Rupertino deberá ser consciente de que, para alcanzar el éxito de su cometido, tendrá que escribir a razón de un número determinado de palabras por minuto. Lo importante, en el país a donde se dirige, es que la producción se mantenga, nunca pare, siempre vaya en ascenso. Si es una producción novelística, de igual forma habrá que calcularle sus tiempos y movimientos para no exceder lo presupuestado. Tendrá que escribir con base en metas cuantitativas. Cualquier desface en el logro de dichas metas reducirá la competitividad frente a los demás novelistas que sí pueden producir su arte en tiempo récord, y por tanto serán más prolíficos, más best-sellers, más reconocidos y exitosos. Si Rupertino se conduce sólo por los chispazos de la inspiración, difícilmente destacará en su arte.

    A sólo tres días de emprender el viaje, Rupertino le da una última ojeada a su casa y piensa en todo lo que va a extrañar. ¿La encontrará así de acogedora cuando regrese, si es que algún día regresa? ¿La encontrará así, tan suya, tan privada, tan exclusiva sólo para él? Lo duda mucho, porque esa casa tampoco es de su propiedad. Si no es por la caridad de sus familiares, Rupertino no podría vivir allí. Ellos tienen pensado venderla, así que él tendrá que ir pensando, en unos meses, a dónde se meterá con sus centenares de libros viejos, sus decenas de cuadernos de apuntes, sus miles de archivos y borradores de novelas impublicables. Teme que llegue el día en que tenga que tirar su trabajo de años a la basura, pero, al fin y al cabo, ha sido un trabajo yermo, infructuoso, que de nada le ha servido.



    Resignado y melancólico, Rupertino piensa que lo mejor será no perseguir quimeras. Es hora de poner los pies sobre la tierra.

    —¿Por qué no se quiere ir? —le preguntan sus amigos cuando lo ven reacio a la idea de marcharse.

    —Porque lo malo es que allá sí toca trabajar —responde sarcástico.

    —Entonces, ¿por qué no se queda?

    —Porque estoy muy viejo para seguir sin trabajar.

    —¿Y qué piensa hacer? —le preguntan de nuevo.

    —Que sea lo que Dios quiera.

    —¿Cómo se ve usted en el futuro?

    —No lo sé.

    —¿Qué piensa de la vida?

    —No la pienso.

    Quienes hablan con Rupertino sienten lástima de un pobre hombre que no tiene ni presente ni futuro, y que tal vez insiste quedarse en un pasado en el que vivió del triunfo de sus padres. Rupertino es un barco a la deriva. ¿Cómo se desenvolverá en la vida? No lo sabe. ¿Está capacitado para seguir el resto del camino solo, ya que su anciano padre ha fallecido? No, no lo está. Hay quienes quisieran ver a Rupertino sin el apoyo de su familia por el simple morbo de saber cómo se defiende sin soporte; por la dicha de verlo chapalear en el fango de la existencia. Hay quienes sienten inquina contra Rupertino porque jamás ha tenido que luchar nada para ganar algo en la vida, y de hecho nunca ha ganado nada porque todo se lo han regalado. Hay quienes lo han humillado haciéndolo sentir que vale menos porque no tiene méritos para mostrar. Será cuestión de tiempo para que a Rupertino le reviente la burbuja de jabón en la que vive. Y si bien algunos lo quieren ver aplastado por su acritud y su falta de entereza y de carácter, además de su soberbia congénita, otros simplemente no lo consideran digno de nada. Escasamente les genera un mínimo de compasión, y hasta piensan que Rupertino es uno de esos seres que le sobran a este mundo. ¿Para qué existen personas así?



    Pero Rupertino, a pesar de quienes hablan de él, de quienes se mofan de su fracaso, se ríen de su estupidez y su incompetencia para vivir en el mundo real, sabe exactamente qué es lo que quiere. Sabe qué es aquello que le da sentido a su vida: las letras. Ama ser un hombre de letras a pesar de que todavía no tiene la convicción y la disposición para ello. Le falta disciplina y mucho talento. Sin embargo, Rupertino intuye que eso es en lo único en que podría destacarse en la vida, si es que a nadie más le da por hacer lo mismo. Lo malo es que en este mundo de la emocionalidad cada habitante es un escritor innato y se cree que tiene algo interesante para decir. Así también lo cree Rupertino.

    Si no puede lograr nada, si continúa en su estado de derrota perpetua, si pierde al resto de su familia que lo subvenciona y tiene que verse obligado al hambre, a la postración, a la soledad, a la burla y a la humillación, Rupertino ya tiene cómo resolver ese problema. Ya que es un ser orgulloso y altivo, además de ser un completo inútil, él viene preparándose para cuando tenga que enfrentarse con el monstruo de la vida real. La solución, tan simple, está al alcance de su mano, en la gaveta superior de su mesita de noche.



    Todos los días, antes de ir a dormir, abre la gaveta y acaricia esa solución como si contemplara la posibilidad de implementarla. Es un revólver calibre 38 marca Colt que le compró a un viejo conocido por cuatro millones de pesos cuando el conocido tuvo que deshacerse de él, pues de hallarlo la policía, constituiría una prueba grave en su contra. Rupertino corrió el riesgo y se quedó con el artilugio. No sabe ni por qué lo compró, pero presiente que tendrá que usarlo el día menos pensado. Si al conocido vendedor no lo hubieran acribillado después en un ajuste de cuentas, muy seguramente también le hubiera pedido que le consiguiera los proyectiles.

    Por lo pronto, Rupertino se imagina que podría resolver sus problemas en el momento en que asedie el desespero. Imagina también la posibilidad de darle una mano a quienes hayan provocado su rabia y humillación. A lo mejor va a poder ayudar a mucha gente que quizá tiene problemas. Podría acortarles un tortuoso camino de sufrimiento. Porque, ante todo, hay que tener compasión por los enemigos.


sábado, 17 de febrero de 2024

Sedientos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Supongamos que exista un país llamado Colombia, y dentro de él un departamento llamado La Guajira. Supongamos que ese departamento, en gran parte de su territorio, no cuenta con el suministro de agua potable y sus habitantes padecen diariamente la sed, el hambre y las malas condiciones de higiene y salubridad por todo lo que implica la falta de este recurso vital sin el cual no es posible ningún desarrollo ni ningún progreso, y tan siquiera es posible la vida. Supongamos que lo que estoy diciendo aquí solamente fuera producto de la imaginación retorcida de un columnista y que en realidad nada de eso estuviera pasando. Imaginemos entonces cuál sería la solución para este “hipotético” desabastecimiento en una de las regiones más abandonadas del país por parte del Estado a lo largo de su historia, y de la cual se han lucrado los políticos para hacer campaña con su desgracia, muchos de ellos prometiendo que, a partir del momento en que sean elegidos, los niños de La Guajira ya no sufrirán más por la escasez de alimento y agua, ni ningún habitante de esa cálida región, porque ellos se interesarán por erradicar ese problema de raíz.

    Si a cualquiera con dos dedos de frente le preguntan cuál sería la solución para que a La Guajira le llegue el suministro del preciado líquido, lo lógico sería responder que habría que construir primeramente un acueducto. Pero antes de eso, ubicar las fuentes hídricas que proveerán el agua para ser tratada en la planta de purificación, y no olvidar, desde luego, construir también las redes de alcantarillado, no sea que las aguas negras se rebosen e inunden los hogares.



    El acueducto, sí, eso es lo que le hace falta al 70% del departamento de La Guajira para que todos sus habitantes cuenten con el suministro de agua potable y se reduzca significativamente el hambre que padece esta región, pues una cosa va de la mano con la otra.

    ¿Por qué en tantos años no se ha construido un acueducto medianamente decente para no sufrir esta problemática que en definitiva conduce a la muerte de niños y ancianos? Falta de voluntad política, diría yo, es el motivo principal: corrupción, negligencia, clientelismo, falta de humanidad. Tal parece que a ningún dirigente nacional ni local le importa La Guajira.

    Pero supongamos que a Colombia ha llegado un gobierno con las banderas del cambio para que todo ese suplicio se termine. El gobierno, en cabeza de un presidente muy “iluminado”, ha invertido miles de millones en lo que sería el primer paso de una estrategia para acabar con la sed en La Guajira. Este paso consistió en comprar cuarenta carrotanques encargados de repartir el agua a las zonas más vulnerables del departamento. La inversión, de unos cuarenta mil seiscientos millones de pesos, salió por más del doble de lo que vale un vehículo de estas características, a razón de mil quince millones de pesos por carrotanque, que en un mercado normal tendría un precio de unos 450 millones de pesos. Sólo que el problema requería de una solución urgente y no se podía reparar en gastos ante el valor de la vida, que es lo que está en juego. De modo que cuando entraron los carrotanques al departamento lo hicieron en medio de una algazara festiva, entre pitos y maracas, y por un momento se despertó la ilusión de un pueblo urgido que, inocente, también celebró con júbilo la llegada del agua.



    Más el agua no llegó en los camiones vacíos que entraron a la ciudad. Parece ser que al presidente del cambio se le olvidó que el agua no se produce por acción del pensamiento y el deseo, sino que se necesita de un río, una quebrada o una fuente limpia para extraerla de allí y repartirla por las zonas donde más se precisa del recurso. Y esa fuente no se ha determinado con exactitud. Lo único de agua que tienen los carrotanques es la marca de agua pintada en la parte posterior de algunos vehículos con la silueta del presidente del cambio, como para que se sepa quién es el artífice de tanta grandilocuencia.

    Aparte, treinta de los cuarenta vehículos llevan hasta hoy, 17 de febrero, varios días estacionados en un parqueadero de Uribia sin cumplir la misión para la cual fueron adquiridos por el gobierno. La Fiscalía ya inició investigación por presuntas irregularidades en la compra de los mismos. Dicen desde la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres que para el jueves 22 de febrero ya deben estar distribuyendo el agua a las comunidades más necesitadas. Ojalá sea así.

    Pese a todo, la solución salomónica de este gobierno para la Guajira fue haber comprado los vehículos (con muchas dudas sobre el procedimiento), pero no haberse provisto del recurso. Habría valido más que esa inversión en carrotanques la hubieran destinado a construir el acueducto, que es una solución definitiva.



    Si la Fiscalía escudriña en los contratos de adquisición de estos vehículos, en la empresa que los suministró y en todo lo que se movió alrededor de esta operación, encontrará cosas bastante turbias; tan turbias como el agua que se está consumiendo en La Guajira, que es imposible de tomar. Para la muestra, que se investigue por qué razón el anterior dueño de la firma que proveyó estos vehículos ya no pertenece a este mundo: lo asesinaron hace poco, justo cuando salió a la luz el escándalo de los cuarenta camiones comprados a sobrecosto y que no han repartido ni una gota de agua. Cosas del gobierno de turno, diría yo. De esas cosas que sólo tienen explicación en la realidad paralela de los funcionarios del cambio, pues en la realidad verdadera la única explicación posible es que en todo este entramado habita el germen pestilente de la corrupción.

    De otra forma no se explicarían los asuntos escabrosos de un contratista proveedor que fue asesinado por razones desconocidas; de unos contratos ocultos cuyos términos no se conocen a profundidad; de una licitación asignada a una empresa sin experiencia (conformada en 2017 con un capital de apenas cinco millones) y cuyo objeto o razón social es vender productos de ferretería; de unos camiones costosísimos que se quedaron parqueados esperando a que les lloviera el agua del cielo; de un pretexto para hacer publicidad política con el rostro del presidente y la plata de los contribuyentes; en fin, todo lo oscuro y avieso que podría encontrarse si se indaga con sutileza en este nuevo negociado de la corrupción del gobierno. Lo mismo que antes, cuando las cosas no habían cambiado.



    Y mientras tanto, la población en La Guajira sigue padeciendo la sed y el hambre. Algunos celebraron cuando vieron los camiones llegar, pero nunca hay que ensillar las bestias antes de comprarlas. En este caso, pareciera que compraron apenas las sillas sin la bestia, como cuando se compran carrotanques para distribuir agua, sólo que sin agua para distribuir.   


sábado, 10 de febrero de 2024

Camino a la tiranía

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Si buscamos en el diccionario el significado de la palabra tirano, encontraremos lo siguiente:

“Tirano: dicho de una persona que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad. El que abusa de su poder”.[1]

    Si un gobernante, a sabiendas de que debe respetar la independencia de los poderes en una democracia constituida por las tres ramas del poder público que por mandato de la Constitución Política ejercen las funciones del Estado (ejecutivo, legislativo y judicial), insiste en presionar a uno de esos poderes para que elija el fiscal que necesita, y encima alienta a sus hordas de seguidores a que se tomen las calles y se manifiesten a las afueras del recinto donde ese poder opera, ese gobernante está pasando por encima del derecho para hacerse con el control autoritario de su país; por lo tanto, está en camino de convertirse en un tirano, si es que ya no lo es en su fuero interno.

    El pasado jueves 8 de febrero fuimos testigos en Colombia de una agresión contra el Poder Judicial por parte del Ejecutivo. El llamado del presidente de la República a sus seguidores para que salieran a manifestarse frente a las puertas de la Corte Suprema de Justicia con el fin de que esta elija pronto al fiscal de la terna propuesta por él, es una muestra clara de que el mandatario no quiere aceptar la independencia de la Corte, que debe ser autónoma en el tiempo para tomar sus decisiones. Es una muestra, también, de que no quiere respetar la Constitución que él mismo juro defender cuando se posesionó, y es un pequeño síntoma, además, de una forma de gobierno no democrático que viene desde la antigua Grecia, y la cual se conoce como tiranía.



    Un tirano es aquel que quiere imponer su poder por encima del poder de los demás. Gustavo Petro se está prefigurando en la imagen del tirano. Porque si bien en la democracia (al menos en teoría) el poder lo detenta el pueblo, en la tiranía el poder es detentado por una sola persona de manera despótica. Petro quisiera ser ese detentador único y omnipotente. No le gusta que la Corte se tome su tiempo para elegir a la fiscal de la terna de candidatas que él presentó, a las que, por cierto, el tribunal supremo todavía no le quiere dar el visto bueno. A ninguna. ¿Por qué será?

    Esto de la tiranía es un modelo arcaico en el que no necesariamente el gobernante toma el poder por la fuerza o como resultado de una lucha armada. En la mayoría de los casos, los tiranos en la historia han sido queridos en un principio por sus pueblos y han llegado al poder a través de elecciones democráticas, gracias a que aquellos supieron explotar al máximo la estrategia del populismo, que es básicamente saber conectar con las necesidades de los ciudadanos.



    Luego de ser elegido, el tirano comienza a ejecutar una serie de medidas que en un principio pueden parecer impopulares, pero que la gente intenta asimilar en razón de que “son necesarias para el bienestar del colectivo”. Después las medidas se tornan arbitrarias, demostrando así que el elegido no tiene espíritu conciliador y que no le importa pasar sobre quien sea para salirse con la suya. Posteriormente el carácter del gobernante adquiere el matiz del dictador, y en este punto la desconexión con el pueblo es total: gobierna de espaldas a la realidad y comienza la persecución a los detractores. Al final se convierte en un tirano que termina por imponer un régimen a sangre y fuego pasando por encima de la justicia, los derechos y las leyes. Esto es lo que constituye la tiranía, donde el poder es absoluto y unipersonal, mucho peor que una dictadura, aunque toda tiranía siempre es dictatorial.

    La historia de los imperios, los reinados, los países, los califatos y los estados, está plagada de tiranías. Desde los griegos hasta nuestros días, los nombres de Falaris, Nerón, Genghis Khan, Napoleón, Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Mao; o más recientemente los de Mengistu, Sadam Hussein, Fidel Castro, Vladimir Putin, Kim Jong-un, Xi Jinping, Daniel Ortega o Nicolás Maduro, entre otros, resuenan y resonarán en la historia como tiranos y como dictadores. No son lo mismo unos y otros, pero todo tirano es dictador, y un dictador encarnizado está a un paso de convertirse en un tirano.    

    El uso moderno de la palabra tirano se ha desfigurado de su acepción original y hoy se usa indistintamente contra un gobernante cuyas características son la arbitrariedad, el despotismo, la crueldad, la injusticia, entre otros. Se califica peyorativamente de tirano a cualquier rey o dirigente que utilice el totalitarismo como forma de gobierno, o haga uso de la aplicación de ideologías extremas. 



    Pero cuando el tirano comienza el ascenso a la cima del poder simula ser una oveja mansa y se hace querer del conglomerado. Ya instalado en su trono dictatorial, se quita la máscara y exhibe los colmillos del lobo que en realidad es. Y cuando hinca el diente en el cuello del cordero (pueblo) es demasiado tarde para removerlo del cargo. No hay mucho por hacer, pues ese tirano, a fuerza de oratoria, demagogia y victimismo, ha cooptado todos los poderes para hacerse con el poder supremo.

    Por lo general es el poder de la justicia el primero que quiere capturar, y es el que más le cuesta. Tarde o temprano lo termina logrando. Una vez el tirano detenta el control total de su país, se convierte en juez y parte; en gobierno sin oposición; en informador oficial; en dueño absoluto de los medios de comunicación, de producción, y de la propiedad privada; en el dictaminador de la opinión y en el benefactor de una sociedad que debe rendirle culto con tal de recibir su ración de alimento diario. Se convierte en el Estado mismo: todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, como decía Mussolini. Todo por el gobernante, nada contra el gobernante, ni siquiera el pensamiento.

    Volviendo al caso colombiano, hay que decir que el individuo que ocupa el cargo de presidente de la nación no es todavía un tirano ni un dictador. Ha llegado a su puesto por elección democrática y aún tiene que cogobernar con los otros dos poderes de la rama pública y las demás instituciones que mantienen en equilibrio el funcionamiento del Estado. Hay que decir que es un demócrata hasta que no se demuestre lo contrario, pero está en camino de ser un autoritario, con el agravante de convertirse en un tirano. Parece que tiene ese rumbo marcado, pues está dando todas las señas para sospechar que llevará a Colombia por el camino del totalitarismo.



    Quedó demostrado hace dos días frente a las puertas de la Corte Suprema. Hubo una asonada, una amenaza manifiesta por parte de un grupo de personas en actitud hostil que intentó entrar al recinto sin éxito, por fortuna. Pero no dejaron salir ni entrar a los magistrados de la Corte, y la presión desde las redes sociales fue que nadie entraba o salía de allí hasta que no eligieran al nuevo fiscal. Y ese intento de tomarse la Corte, con banderas del grupo terrorista M19 a bordo, nos recordó a los colombianos que en 1985 ese mismo grupo, para el cual militó el presidente, se tomó el Palacio de Justicia y quemó vivos a los magistrados. Sería fatal que la historia se repitiera por la instigación del presidente contra el poder judicial, pues esa protesta “pacífica” fue convocada por él mismo. Le urge que le nombren un fiscal sobre el cual sí pueda hacer las veces de jefe, porque a Gustavo Petro le gusta que la Fiscalía le obedezca y le investigue sólo lo que él quiere.

    Debe estar muy intranquilo el presidente ahora que su hijo está acusado de recibir dinero de ex narcos para su campaña presidencial; por haberse volado los topes electorales; por el escándalo que tiene en entredicho su gobierno con el abuso de autoridad de su mano derecha, la “zarina” Laura Sarabia, con un muerto de por medio; con el escándalo de los supuestos 15 mil millones que le consiguió Benedetti (que algo muy grave debe saber de Petro) para la campaña y que no se sabe de dónde provinieron; con el entredicho en el que se encuentra su legitimidad. Petro está asustado y no quiere que se investigue nada contra él. Por eso necesita presionar a la Corte, amenazarla con sus turbas iracundas de colectivos comprados a punta de subsidios. Por eso preferirá mil veces el camino del tirano al del demócrata.



    Por estas y otras tantas razones que los colombianos ya conocemos, se teme que este país se convierta en una dictadura. Una de izquierda, para más señas. Y de allí pasemos a la tiranía absoluta y definitiva. Porque estamos en manos de un sujeto megalómano al que le gusta que le rindan culto a la personalidad. Esa es la característica psicológica manifiesta en un tirano. El resto de su actuación como presidente pudiera enmarcarse dentro de la mera incompetencia, pero en el fondo me late que hay una aspiración a obtener el poder supremo.

    Pueda ser que no, aunque todo indica que un narciso en el poder es un tirano seguro.

 


[1] Real Academia Española. Rae.es


sábado, 3 de febrero de 2024

La deshonra de ser nominado a un Nobel

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Hace dos días escuché una noticia de esas que producen una mezcla de risa con indignación y que confirman que el mundo está más al revés que nunca: el diputado noruego Rasmus Hansson, ecologista a ultranza y, según el diario El País, un “acérrimo pacifista” [1], postuló como candidato al Premio Nobel de la Paz para este año, nada más y nada menos, que al luchador por las causas ambientales más importante del mundo mundial, presidente de los colombianos para dolor de muchos y tristeza de otros; al distinguido doctor Gustavo Petro Urrego.

    Sí, señores, no se ofendan ni se alarmen. Petro fue postulado para ser nominado al Nobel desde Noruega por un congresista “muy serio”, y seguro esa candidatura la tendrán en cuenta de aquí a noviembre, cuando al fin den a conocer el nombre del ganador. Supongo que si la nominación se hace oficial por la organización del Nobel, los colombianos tendremos que hacerle fuerza a nuestro presidente, ¿o no?

    Lo cómico del asunto es que el señor Rasmus tiene una forma muy particular de hacer política (como nuestro presidente Petro), sólo que a diferencia de Petro, este señor parece ser más simpático y hace llorar de risa, muy distinto del primer mandatario de los colombianos, que hace llorar de verdad (aunque a veces también da risa, y en otras da pena ajena). Hurgando en sus redes sociales, se han encontrado varios videos del congresista noruego en los que aparece usando atuendos y pelucas, haciendo diversas imitaciones y personificando a un hombre de la tercera edad, a un joven estudiante y a una ama de casa como parte de la estrategia de su campaña política en 2017 para la llegada al Congreso. Este político noruego me recuerda a un payasito que tuvimos por aquí en el Senado hace unos años, el señor Moreno de Caro, ¿lo recuerdan? El del lema “dejen jugar al moreno”. Yo diría que Rasmus Hannson es el Moreno de Caro noruego, y por ello no hay que enojarse con él por haber nominado a Petro al Nóbel, sino tenerle compasión.



    Así pues, es todo un payaso, o más bien utiliza la payasada para llamar la atención, y apuesto cien a uno a que el señor Rasmus nominó a Petro porque es un ecologista y pacifista que cree que, en verdad, el ex guerrillero colombiano es un hombre comprometido con la lucha contra el cambio climático y a favor de la paz mundial. El tipo no tiene ni idea de lo que es Colombia, no sólo porque nunca ha venido, sino porque es un progresista que se informa con los medios progres que le dan una idea totalmente equivocada de cuanto sucede por este platanal. Tanto él como Petro pertenecen a esa casta de políticos eco-catastrofistas que se tapan con la misma cobija y que sirven a la causa globalista de la Agenda 2030. El trasfondo de todo no es la paz ni la ecología, sino que lo que los mueve son los miles de millones de dólares que sostienen la causa y de la cual ellos son beneficiarios.

    Es muy posible que si lo nominan oficialmente, le den ese Nobel a Petro: El parlamento noruego hace parte del mismo entramado de políticos, grandes corporaciones, ONG’s y “filántropos” que apuntan en una misma dirección. Sus objetivos no son los objetivos que beneficien a la población mundial al otorgarle mayor libertad e independencia, sino todo lo contrario: planean el devenir del mundo para beneficiarse ellos por medio de causas que a la luz de la razón parecieran buenas. Sin embargo, lo que menos le interesa a esta gente es la paz y el medio ambiente, sino el negociado que se mueve alrededor de ello.

    El Premio Nobel de la Paz es toda una payasada desde el siglo XX, cuando se atrevieron a nominar a personajes tan nefastos como Hitler, Mussolini, o Stalin. Con semejantes visionarios no hace falta que la organización se esfuerce por elegir a los mejores. A esta altura del camino creo que el Nobel es más una deshonra que un reconocimiento.



    Pero es algo que se ve venir. Aunque la nominación no es oficial, ya comenzaron los mandaderos a hacer sonar el nombre del presidente colombiano. ¿Será que este señor Hansson estuvo en Davos recientemente y se encontró con Petro en la casa que el gobierno rentó por un millón de dólares por cuatro días? Habrá que ver si ese milloncito de dólares no fue destinado a otra causa más loable, como la de comprar una nominación a un Nobel. Perdón, la de promocionar a Colombia ante el mundo como “potencia mundial de la vida”.

    Desde el inicio de su presidencia, Petro viene buscando que lo nominen al premio Nobel de Paz, o a cualquier premio que haya por ahí circulando, que a él todo eso le sirve, pues es un hombre ávido de reconocimiento, sediento de aplausos, urgido de adulación. Cómo será, que le robó los aplausos a Biden en cierta conferencia de la ONU. Pero si es el Nobel, mucho mejor para él. Imagínense, dos presidentes colombianos con el máximo galardón de la paz a nivel mundial. ¡Qué orgullo! No importa que el país esté ardiendo en el infierno de la violencia por causa de los grupos que estos mismos presidentes permitieron robustecer bajo el manto de la “negociación de paz”; no importa que aquí las masacres no cesen de producirse a pesar de que la izquierda ya no las cuenta, como si no existiera nada de eso; no importa que estos dos personajes no hayan podido reducir el asesinato de líderes sociales, el secuestro, el hurto, la delincuencia y el narcoterrorismo. Y mucho menos Petro, que en algún momento de su vida tuvo mucho que ver con la guerra de este país. Ahora, porque un loquito de Noruega que no tiene ni idea de dónde está parado nominó a Petro al Premio Nobel de la Paz, dirá este que en verdad ha sido un buscador incansable de esa gesta para su país. Será la paz para los alzados en armas, más bien, pues ahora que el ejército no los persigue con vehemencia por orden del primer mandatario, pueden delinquir en paz.



    Y si no le dan el de la Paz, que le otorguen entonces el Nobel de Ecología, o de Ciencia, pues la perorata de sus discursos hablando contra el cambio climático le ha dado la vuelta al mundo, y es preferible premiarlo antes que seguirlo escuchando. Igual, con el nivel de los congresistas del storting noruego, pues qué más da un premio aquí u otro por allá. Si se lo dieron al traidor de Juan Manuel Santos, que entregó el país a la guerrilla con su mal llamado de “Proceso de Paz”, ¿por qué no dárselo a Petro, que no sólo está haciendo la paz, sino además está logrando la “paz total”? Le deberían otorgar el Premio Nobel de la Paz Total, y así nadie lo superaría nunca, porque nuestro presidente es insuperable: nadie lo supera en holgazanería, degeneramiento, mitomanía, prepotencia, victimismo, cobardía, inutilidad, hipocresía, y otras muchas más virtudes que al parecer son requisitos para aspirar al Nobel.



    Yo me atrevería a ir mucho más lejos que el chiflado diputado nórdico y lo nominaría para un Premio Nobel de Literatura, ya que nuestro presidente se la pasa escribiendo en “X” (antiguo Twitter) y vaya trinos de antología los que se manda. Si pensábamos que Petro hablaba mal porque nadie entendía su discurso, sino apenas sus seguidores que lo defendían diciendo que él era un hombre tan adelantado a su tiempo que el vulgo derechista era incapaz de captar sus profundas ideas; si pensábamos eso, repito, es porque no lo hemos visto en toda su dimensión, que es esa prosa demencial de la que es dueño al escribir. Es el único hombre que hace uso del lenguaje escrito sin necesidad de puntos, de comas, cambiando las palabras, comiéndose las letras, sin respetar las normas ortográficas, y aun así algunos logramos entenderle.

    Qué cosa tan maravillosa la redacción del presidente, y hasta en varias lenguas, como el último trino que publicó precisamente hoy, que incendió las redes y le dio de qué hablar a los noticieros con esa pastoral en la que acusó a la Fiscalía y a la oposición de que le querían dar un golpe de Estado, todo porque se le está cayendo su farsa presidencial con esos pequeños escándalos de las platas que su hijo le recibió a los narcos para su campaña, o ahora por haberse volado los topes de financiación permitidos por unos quinientos milloncitos que no se reportaron. Petro sabe que a la luz de la Constitución su gobierno es ilegítimo, que si no se comprueba que ingresó dinero de mala procedencia a su campaña, al menos sí se sabe que violó la ley de los topes electorales. Está como un tigre cuando lo acorralan, amenazando al país con el llamado a sus hordas violentas que él nombra con el eufemismo de “jóvenes rebeldes”, queriendo revivir la toma guerrillera de 2021, en donde quemaron medio país. Sólo que si esta vez las instituciones obrasen con justicia y se dictaminara que él tiene que salir del cargo, Gustavo Petro preferirá hacer que estalle la guerra civil en Colombia antes que abandonar su trono presidencial.

    Así y todo, ¿insisten en nominarlo para un Premio Nobel de Paz? Eso sería como si a mí me nominaran para un Nobel de Literatura. Yo, que no he escrito ni publicado una línea, que tengo en literatura los mismos logros que tiene Petro en la materia de la paz: nada



    Por eso quisiera invitar al congresista noruego a que venga a Colombia, sin escolta, sin acompañamiento de la Policía ni del ejército, sin armas, como un visitante cualquiera. Lo llevaría al Catatumbo, al Cauca, a una zona de conflicto para que vea cuál es la paz que ha logrado ese hombre que dice que lo inspira. No hay necesidad de ir tan lejos. Lo podríamos dejar en una calle cualquiera de Bogotá y lo pondríamos a vivir como un bogotano de un barrio humilde, a ver si todavía sigue pensando que Colombia es un remanso de paz. En una de esas de pronto quiere devolverse para Noruega, porque a lo mejor resulta que no le convence del todo la paz total y termina pidiendo más seguridad.



[1] El País. (4 de febrero de 2022). https://www.elpais.com.co/mundo/por-este-video-cuestionan-a-ramsus-hansson-el-congresista-noruego-que-nomino-a-petro-para-el-nobel-de-paz-0419.html









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