sábado, 27 de marzo de 2021

Un poeta en la ciudad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos


    Un poeta en la ciudad es tal vez una especie en vía de extinción si es de aquellos que salen de su cueva inaccesible o dejan escapar el alma a través de su ventana secreta con el propósito de recorrer el “paisaje urbano del siglo que amanece”. Un poeta “de alas rotas” y de hablar pausado, de esos que son capaces de gastar horas sentado en una banca de un parque estremecido mirando el horizonte, como diluyéndose al paso de la gente, pero al mismo tiempo elevando sus ojos al cielo nublado y borrascoso para hallar la palabra precisa que tendría que aparecer en su siguiente verso aún no escrito. Un poeta que a pesar de ese soplo que le llega, se abstiene de escribir en el instante mismo de la iluminación, todo para no perderse el milagro de encontrar la ciudad utilizando sus señales.



    Ese poeta existe en mi ciudad. Es además filósofo, profesor universitario y pensador de oficio. Su nombre es Antonio Alberto Berón Ospina, y hace poco resultó ganador del Premio de Poesía de la colección de Escritores Pereiranos 2020 convocado por la Secretaría de Cultura de la ciudad con su poemario titulado Librería de viejo.

    Es, como diría un colega suyo, un hombre de ciudad. No de los que se quejan por la falta de tiempo, sino de los que utiliza el tiempo en la fugaz aventura de vivir por y para las palabras, pues como él mismo lo afirmara en uno de sus versos, “es un equívoco pretender aniquilarlas”. 

    El profesor Berón es un poeta preocupado, se le ve en sus ojos. No por publicar, ni por alimentar las vanidades personales de tantos escritores que incursionan en la literatura y hacen de ella su negocio. No. El profesor Alberto Berón es esa especie de poeta extraño que se preocupa por descubrir las claves de un lugar que guarda en sus piedras sus secretos. Quizá le suceda algo parecido a lo que le sucedía al escritor Joseph Roth, que veía en los sueños de su juventud las ciudades blancas que lo obsesionaron hasta el punto de que así se llamó una de sus novelas.

    No lo sé, pero lo que sí puedo intuir al escuchar de propia voz del autor algunos apartes del poemario titulado Librería de viejo que saldrá para el mes de agosto, es que el profesor Berón lleva también su ciudad interior, tan ideal y tan disímil de la física.


 


    Si Borges se obsesionó con sus ciudades de espejos, o Joyce con una ciudad enrevesada y circular que envolvía a sus habitantes hasta la locura, el profesor Berón no pudo escapar al influjo de la renovación urbana de una ciudad que llevaba en su memoria desde la infancia. Así como se le quedó anclada en el corazón la imagen de la Pereira de sus tiempos, la villa transformada y revestida de colores y ornamentos logró desconcertarlo, como a todos los que nacimos y crecimos en este suelo en los últimos cincuenta años.

    Brotó entonces la metáfora de la ciudad mujer, embellecida un poco más de lo necesario; acechada y codiciada por pretendientes embaucadores, mercachifles y corruptos. Ultrajada, pero siempre amada, y sobre todo narrada por sus literatos que son “pávidos a la crítica bajo la mirada cíclica del progreso”, como lo dijera en uno de los poemas del libro, Parque de los poetas. Esa Pereira que vivió ese proceso feroz de renovación urbana todavía sigue inquietando al escritor cuando el pasado cobra vida en su memoria. Porque la ciudad no es aquella que se fija en un punto geográfico, sino en el tiempo de nuestros corazones.


Walter Benjamin 


    Acérrimo seguidor de Walter Benjamin, el profesor Berón, como casi todo intelectual de izquierda, es simpatizante de ese marxismo romántico y decadente que tanto lamento y aborrezco. Pero como no se trata aquí de sacar a relucir el tema político (en el que estoy en un punto diametralmente opuesto al de la opinión del canon literario), sino el tema escritural, cabe resaltar que fue Benjamin quien lo cautivó profundamente a través de la mirada que este daría a la literatura moderna bajo su velo historicista. Es por ello que Alberto Berón reflexiona sobre cómo adaptar esa crítica para traerla al contexto de su ciudad. Y fue entonces, en su propio campo de acción, que se asumió en el papel del “poeta que revisa la vida de los poetas”. 



    En el conversatorio del pasado 23 de marzo que sostuvo con el también poeta Diego Alexander Vélez en el programa La Cueva de las Letras de la Biblioteca Pública de Pereira, el profesor Berón dejó registrada su visión ante la transformación de la urbe al afirmar que la ciudad no solo tiene hombres de negocios o políticos, sino poetas que cumplen un papel muy importante. La ciudad, según su mirada, es más que un conjunto de edificios, calles y fábricas. En ella moran más de setecientos mil poemas, quizá un millar de poemas en cada habitante que la compone. Y muchos poetas estarían dispuestos a “cambiar neveras por utopías de fuego”, o a “caminar y detenerse”, como se titula otro de sus libros, porque en ello radica la esencia de la vida, que toda ella es poesía y que a veces no requiere de palabras.

     Esperaremos con ansia la publicación del nuevo poemario, Librería de viejo, para disfrutar a este poeta que sigue dejando señales para encontrarnos en la ciudad.


sábado, 20 de marzo de 2021

Un duelo consigo mismo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    En la época de mis abuelos, y de los abuelos de mis abuelos, y la de los abuelos de ellos, y de ahí para atrás, sí que sabían arreglar los problemas como hombres. Bastaba que las palabras se emitieran con claridad para que fueran tomadas en serio y se les considerara con el rigor de una verdad profética. También a las acciones se les atribuía toda la carga honorífica del caso. Lo que se decía se cumplía y por cada acto se respondía hasta con la vida, si fuera necesario. Eran otros tiempos.

    Lo digo porque la vieja costumbre del “duelo” (ese combate en el que se enfrentan dos personas que se han desafiado individualmente para defender un honor o perpetrar una venganza) ya ha caído en desuso y hasta ha sido considerada ilegal en muchas sociedades, por aquello de que no debemos tomar la justicia por mano propia. Sí, esa práctica que se remonta desde la prehistoria humana y que se formalizó con esplendor en la Edad Media, al parecer no está bien vista bajo la óptica del hombre moderno.



    Aunque no olvidemos que también en la era pre-crisitiana los duelos fueron un método acertado para resolver disputas y para que el vencedor se encumbrara como un héroe y no como un asesino. El combate, eso sí, siempre debía ser por una causa justa, como las razones que tuvo David para matar a Goliat, en el que creo, fue el encuentro bíblico más famoso, resultando victorioso el joven y apacible pastor de ovejas que tumbó al gigante con una honda.

    Fue así como la respetabilidad de los hombres desde la época de la cristiandad, y en especial del medioevo, tuvo una correlación directa en proporción a los duelos que estos osaran disputar, o más bien de los triunfos que hubieran logrado conquistar sin importar a qué precio.

    Hasta la justicia estuvo de acuerdo con esta práctica: se reconoció el primer código de duelo (Code Duello) durante el Renacimiento italiano, y en la vieja Ley Germánica también estaba incluido. La costumbre de batirse a duelo era la forma más digna posible de saldar las deudas y quedar en paz con la conciencia.



    La formalidad para proponerlo era muy sencilla: el ofendido le hacía un gesto insultante al ofensor, de modo que este no lo pudiera resistir. Lo usual era golpearlo con un guante en el rostro, dar una palmada o tirarlo a los pies para que este lo recogiera y aceptara el desafío. De ahí proviene el célebre refrán que decimos en mi patria: “Al que le caiga el guante…”. Eso sí, todo debía estar conforme a las normas.

    Y la normativa tenía sus limitaciones. El recurso del duelo era exclusivo de ricos y de nobles. No cualquiera podía participar así como así, porque el honor no era cosa de villanos ni de plebeyos: se trataba de obtener un cierto prestigio venciendo a un hombre de importancia, o siendo vencido por él, lo cual sería más heroico todavía: una muerte con altura. Por esta razón a Voltaire le fue negada la posibilidad de participar en un duelo con el caballero de Rohan a pesar de haberlo solicitado. Por obvias razones el caballero conservó su posición y el filósofo fue expulsado de Francia.

    También estaba reglamentado qué tipo de armas se podían utilizar según el país, la época y la capacidad de los contendientes. Se usaba la espada, el sable, el cuchillo, y desde fines del siglo XVIII, la pistola, dependiendo de la gravedad de la ofensa. Eso sí, no podía haber ventaja para nadie, y si las armas eran de la misma casa matriz, mucho más equitativo el encuentro.

    Para asegurar la equidad se designaban los padrinos o “testigos de fe”, que eran los  que representaban los intereses de cada caballero, verificaban que no hubiera ventaja para nadie y se hacían cargo de su apoderado en caso de que falleciera durante el combate.




    Con el tiempo esa tradición se consideró una práctica bárbara, violenta, y quedó abolida de los códigos y las Constituciones de los países. Se decretó que fuera la autoridad legalmente constituida la que se encargara de resolver las diferencias por el honor personal.

    Entonces, como cayó en desuso, ya no fue necesario citar al oponente para saldar un agravio ni avisarle que se preparara para un duelo en franca lid, sino que simplemente se le atacó a la primera oportunidad, incluso por la espalda: una metodología descortés y trapera que aún sigue siendo la más utilizada en los tiempos que corren.

    Algo muy malo tenía que estar sucediendo en la civilización humana como para que las diferencias quisieran ser zanjadas a punta de cuchillo, de pistola, de bombardeos, de genocidios, de la cruel y despiadada eliminación de ese otro que no está en capacidad de defenderse, olvidando el viejo código de honor que tan útil resultó en el tiempo de los espadachines: el enfrentamiento cara a cara. 

    La nueva fórmula que nos vendieron las ideologías, en apariencia pacifistas, resultó ser peor: el diálogo con el enemigo. Parecía ser el “arma inofensiva” de los hombres civilizados, pacíficos y tolerantes que no tendrían que recurrir jamás a la violencia como forma de solución de los conflictos. Pero fue cuando se comenzó a abusar de este recurso que la cura resultó peor que la enfermedad. A partir de entonces, con la receta de la tolerancia, hubo que entrar a negociar la ley y los principios, tranzar con bandidos y hombres que no conocen de honor; entregar soberanías y claudicar ante los derechos más elementales, porque la obligación era que todo tenía que arreglarse por la vía pacífica, incluso con quienes se valían de ella para conseguir sus propósitos abyectos.

    Nos olvidamos de la vieja máxima de Karl Popper cuando dijo que en nombre de la tolerancia teníamos el derecho a no tolerar a los intolerantes.

    De modo que ante la ofensa no quedó más que recurrir al juez y llegar a un acuerdo con el oponente mediante una cita de conciliación, en vista de que el diálogo y hasta la confesión sustituyeron a la justicia. Y fue así como la profesión de abogado pululó por doquier, y los desafíos a duelo se cambiaron por las audiencias judiciales.



    Todo ese sistema se sigue conservando. En apariencia, porque el asunto ya opera de otra forma. El mecanismo más utilizado no es el diálogo ni la conciliación. Tampoco nos valemos de la actitud tolerante, ni del perdón que nos insta a poner la otra mejilla, a guardar silencio ante las agresiones, o a tragarnos nuestra dignidad, propinándonos el consuelo de decirnos a nosotros mismos que quien pierde no es el ofendido, que no toma las ofensas como algo personal, sino quien ofende, que a la larga es el que está sufriendo en su interior de la misma conducta por la cual acusa o agrede al otro. Nada de eso, señores.

    La solución que nos ofrecen desde las huestes progresistas es más simple: victimizarse. Eso sí que ha dado bastante lucro y ha sido la mejor manera que el hombre post-moderno ha encontrado para superar sus diferencias. Quejarse, llorar, patalear, reconocerse como un oprimido del sistema; en últimas, convertirse en víctima, ya que somos hombres tan débiles, que ni siquiera somos capaces de aceptar el pajazo mental de la sana autopercepción, ni de practicar la tolerancia, ni de buscar el tan mencionado diálogo para llegar a un entendimiento; y mucho menos de proponer un duelo limpio a la vieja usanza.

    Porque si en el pasado se alababa a quien salía victorioso en la contienda por saberse defender, el presente pondera a quien pueda colocarse en el papel de víctima sin necesidad de serlo. 

    Cómo cambian las cosas: los abuelos de esta generación entendían del “deber ser”, que incluía también el deber de preservar la dignidad alcanzada a lo largo de la vida con el sudor de la frente. En cambio los nietos se asemejan más a un grupo de chiquilines malcriados que solamente viven para exigir derechos y pedir privilegios como si estuvieran demandando el biberón.



    Siempre habrá alguien a quien echarle la culpa: a los padres, al Estado, a los maestros, a los empresarios. Pero al final del recorrido, a la hora de hacer el balance de nuestras vidas, nos corresponderá desafiarnos para tener un duelo a muerte con nosotros mismos.

    De ello dependerá si queremos salir victoriosos como tuvieron que hacerlo nuestros antecesores, o si seguiremos siendo las víctimas de un sistema opresor que nos figuramos más grave de lo que en realidad es.  





 



sábado, 13 de marzo de 2021

Dilemas del XXX

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Mi amigo Diego Faciolince, “el Facho Lince”, como le llamo cariñosamente, anda preocupado esta semana porque un raro virus que se inoculó en su teléfono celular le ha borrado de un tajo todas las aplicaciones de páginas pornográficas que él, buen consumidor de este material, tenía instaladas en su móvil.

    Siempre hemos sabido que algunos malwares informáticos que provienen de páginas con contenido para adultos fungen como una trampa que atrae al visitante y luego le dañan su dispositivo adrede, eliminando de un tajo los archivos con información importante, pero rara vez se había visto que el virus destruyera precisamente la funcionalidad de las mismas páginas de donde procede. Es decir, que estuviera alojado en una aplicación maliciosa para autodestruirse.




    Diego, que por su formación hedonista considera el porno como parte fundamental de su existencia, me expresaba esta preocupación:

    —No, weón, ya uno no puede ver porno tranquilo porque los virus dañan todas las aplicaciones, incluyendo las del mismo porno, qué cagada. Ahí se me enloqueció este aparato otra vez.

    — ¿Será una especie de Coronavirus informático? —me aventuré a presagiar.

    —Es posible. O será que también los progres de las Bigtech lo quieren censurar. —Me dice pensativo.

    —No me extrañaría —le digo yo—. El nivel del porno se está pasando de la raya. Fíjese que ya no buscan excitar con las imágenes del acto sexual, sino con todos los aditamentos que le han metido a la vaina. Hasta anuncian escenas fuertes que generan una expectativa tremenda, y cuando uno abre el video, se ve que han colocado la cámara en un ángulo en el que no se ve nada, y uno tiene que imaginarse lo que sucede, como en los tiempos en que no era permitido.

    —Sí, weón, es cierto. La otra vez anunciaban un video con lo mejor de la vida de una actriz porno muy famosa. Entré a verlo, y resultó que era una grabación escueta de lo que la señora hacía en el día a día en su casa con su familia, con los vecinos, los amigos, etc. La seguían desde que se levantaba hasta lo que hacía en la cocina, pero sin mostrar siquiera un hombro, como si fuera una ama de casa ejemplar. Me quedó una sensación muy rara, como si yo fuera un depravado que andaba buscando la malicia en donde no la había.

    —Son los tiempos, mi amigo —le dije sin extrañarme—. Hasta la representación de las escenas sexuales que la industria del porno ha sabido explotar tan bien se está volviendo moralista y ejemplar. Si antes el porno ofrecía a los espectadores la posibilidad de explorar el cuerpo sin límites y el abandono del ser a sus instintos más primarios, ahora es todo un decálogo de principios bien orquestados. Más que una industria, ya casi se le está considerando un arte tan puro y tan perfecto como el de la lírica o el de la música. No me extrañaría para nada que la Cultura de la Cancelación quisiera meter mano ahí.




    La conversación quedó de ese tamaño, y mi amigo el Facho Lince se despidió algo decepcionado, no tanto por el giro que los dueños del negocio le están dando a su pasatiempo pecaminoso, sino porque iba a tener que comprarse un celular con mejor tecnología para rastrear virus cibernéticos provenientes de las páginas pornográficas, de modo que el daño no se repitiera.

    Hace un par de noches me llamó mi amigo El Facho para decirme que había encontrado una manera más segura e interactiva (así dijo, interactiva) para ver porno sin que su celular se pusiera en riesgo: las páginas de modelos Webcam.

    —Toca pagar, pero uno va a la fija. Y la chica hace lo que uno le pida —me dijo muy animado—. Es como ser el director de tu propia película. La verraquera, ¿no?

    Yo no sé si mi amigo al fin haya resuelto los problemas con los virus informáticos que se alojan en estas páginas para adultos. Lo que sí sé es que ahora parece más satisfecho con los beneficios que está obteniendo gracias al enfoque que descubrió en su entretenimiento, aunque las malas lenguas cuentan que últimamente anda dilapidando todo su patrimonio, y no se sabe en qué.

    La cuestión es que la industria se ha vuelto inmediata, en vivo y en directo. Los productores ya no tienen que rodar las grandes películas de antaño en las que había que contratar a un libretista para que les escribiera el argumento, ni rentar locaciones costosas, ni contar con todo un set de grabación. El porno se volvió tan cotidiano que ahora cualquiera puede hacerlo con una cámara de un celular. Está al alcance de la mano y sin necesidad de salir del anonimato. Basta postear un video de cinco minutos en el que se muestre lo elemental y se le ponga un título bien llamativo que indique que la actriz trabaja en la empresa X o es una estudiante traviesa de tal universidad; o que se involucró a un actor improvisado que no estaba preparado para la situación, como un incauto domicilio que fue a llevar una pizza y terminó tirándose a dos exuberantes jovencitas en el mejor día de su vida. O basta con anunciarse como modelo WebCam, y el negocio fluye masivamente.


 


    Así las cosas, no demoran en anunciar las mejores escenas pornográficas con actores que no se quitan la ropa, ya sea por la censura que no tardará en venir desde los sectores oprimidos que no se sienten representados, como la AHPP (Asociación de hombres con pene pequeño); o porque la sobre exposición de la desnudez le hizo perder la sensibilidad a los espectadores que terminaron por aburrirse de un arte sin misterio. Tanta abundancia de piel por ahí desperdiciándose en la ingravidez de un video nos está haciendo perder el morbo, que es a la vez el aditivo necesario para avivar el milagro de la sexualidad.

    Por eso, a diferencia de mi amigo El Facho, yo prometí abstenerme de mirar las imágenes retorcidas de la obscenidad explícita. Espero poder cumplir mi promesa antes que la Academia Sueca de las Letras le otorgue un premio Nobel de Literatura a un guionista de películas porno, que como van las cosas, para allá vamos. Opté por quedarme con la imaginación, que es menos riesgosa, no cuesta nada, y si se recurre a ella con regularidad, esta puede a llegar a ser muy placentera.

    Y está libre de virus.

sábado, 6 de marzo de 2021

Agenda 2030, el camino a la perdición

Por Juan Felipe Giraldo Trejos


Ecologismo y globalismo:
El hombre occidental es el culpable



    La lista de los objetivos de la Agenda para el Desarrollo Sostenible que promueve la ONU, y de la que he venido hablando en artículos anteriores, continúa hasta completar 17 objetivos. He hecho mención extensa de los primeros cinco, pero hacerlo uno por uno no se justifica, pues a partir del quinto vienen los que podrían denominarse “objetivos del ecologismo y el globalismo”, devenidos ideologías abyectas, y en los que se abordan los temas del agua, la energía, el crecimiento económico, la infraestructura, la reducción de las desigualdades entre países, las ciudades, la producción y el consumo sostenibles, el cambio climático, los océanos, los bosques y la diversidad biológica; y por último dos objetivos de talante imperial como el asunto de la paz y la justicia, y las Alianzas.

    En síntesis, el paquete completo para imponernos gradualmente una calidad de vida que será modelo a seguir, independientemente de si esta nos vaya a gustar o no. Aquí ya se insinúa cómo debe ser el mundo en términos de producción y consumo, los artículos que se pueden utilizar, las posesiones que nos serán permitidas o restringidas, y la libertad de la que "gozaremos" para el desarrollo de un “ambiente sostenible”, y por ende para consolidar la cultura de ciudadanía mundial que deberemos adoptar.




    ¿Cómo se garantizaría el cumplimiento de agua limpia y energías renovables, de producción sostenible y ciudades amables con crecimiento económico e igualdad para todos, si no es con un poder centralizado que reúna en uno solo el mando de todas las naciones para controlar que sí se cumplan estos objetivos propuestos por la ONU? Me pregunto yo desde mi trinchera, pues admito que siempre me abruma la sospecha cuando leo acerca de propuestas tan cargadas de belleza e idealidad.

    El Ecologismo, que en esta agenda se quiere imponer a rajatabla, es otro vector de guerra revolucionaria, al igual que el Feminismo y la Ideología de Género, todos hijos del Progresismo o el Post-Marxismo, y que se agrupan en lo que se ha denominado como Nueva Izquierda, aunque no todo tiene que ver con ideas de izquierda o estrictamente marxistas.

    Es en todo caso otra manera para contrariar las leyes científicas y que se nutre de las minorías (movimientos indigenistas, migratorios, animalistas, ecologistas, feministas, antirracistas, y activistas en general contra el orden establecido) para engendrar las semillas de las que provienen los idiotas útiles que esa Nueva Izquierda utiliza. El ecologismo no es una propuesta para solucionar los problemas ambientales, sino otro frente de batalla que la ONU ha respaldado para encumbrar a la élite mundial a un poder que tiene por objeto suprimirnos de la faz de la tierra. Así de sencillo: arguye que la culpa del desequilibrio de la naturaleza es completamente del hombre blanco occidental hetero-patriarcal; que es por tanto quien debe desaparecer, o como mínimo quien debe someterse al nuevo orden global para que se restablezca el equilibrio perdido.



    Como el Ecologismo es parte del Nuevo Socialismo, pues no le queda de otra que atacar directamente al sistema capitalista: que muera el capitalismo, la economía de mercado, el modo de producción vigente y las leyes de la oferta y la demanda. Que reine el poder del Estado Global, el mandato divino del líder supremo que le traerá la felicidad a su pueblo. Así fue como Stalin vendió su revolución, y el resultado fueron más de cien millones de muertos. Un bonito panorama el que nos espera.      

    Cabe mencionar que esto de la agenda 2030 compagina con el proyecto del Gran Reseteo del que se hablara recientemente en el Foro de Davos. Son dos caras de la misma moneda en la que se pierde con cara o con sello.

    Desconocer que existe un proyecto de dominio mundial es no querer admitir que se ciernen sombras sobre el futuro. El proyecto está ahí y se está cumpliendo a los ojos de todos. Hablar de sus peligros no es otra Teoría de la Conspiración porque el proyecto en sí ya es una conspiración. Todo está escrito y es público. La ONU lo describe en su página y lo vende como una cosa bella, pero los que somos antiglobalistas estamos siendo tachados de antidemocráticos y de desinformadores. Esa es la estrategia: si tu opositor no piensa como tú, basta tildarlo de fascista. Si eres escéptico ante la agenda te ganas el mote de conspirador, enemigo, irracional, inhumano.




    Total, ellos son los que ostentan el monopolio de la verdad, y cualquiera que se oponga a la verdad que propone la Agenda 2030, es un candidato a la lista negra de la ONU; un sujeto al que habrá que cancelarlo primero por los medios virtuales, y luego volverlo un paria del planeta: confinarlo a esas zonas que en la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz,  se conocían con el nombre de Reservas Salvajes, fuera del Estado Mundial, donde no tenía nadie la posibilidad de ser reconocido como sujeto de derechos. Ni siquiera como ser humano. 

    Para allá vamos: hacia la pérdida de nuestras libertades por asegurar un pedazo de pan; hacia la renuncia de nuestros derechos a pensar diferente y expresar esos pensamientos; a entregarle nuestra intimidad y nuestra fe sagrada al poder que todo lo controla. ¿Qué otra cosa es esta agenda sino una sociedad totalitaria? Un moderno Socialismo en el que el Estado Mundial concentrará todo el poder, y ya no habrá a dónde escapar. Lo peor es que todos nos refugiaremos en ese silencio obligatorio propio del esclavo. Habremos de renunciar hasta de nuestro más elemental derecho a pensar por sí mismos.

 


Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...