Apenas he parpadeado y me encuentro con que ya es el mañana de un ayer
en el que hacía planes que al fin no se concretaron.
Muchos
proyectos se han quedado encajonados, pendientes para realizar en un futuro
próximo que con el tiempo se volvió pasado. Ya es tarde para retomarlos. Ha corrido
tanta agua debajo del puente, que lo que en ese entonces me parecía una idea
original y emocionante, hoy me hace tenerle compasión a ese hombre ingenuo que
creyó estar descubriendo el agua tibia con ideas copiadas de otros. Esas ideas fueron
felizmente concebidas y ejecutadas por sus brillantes autores.
La
generación que me sucedió me ha superado con creces. Hoy uno conoce muchachos
de veinticinco años que ya hablan dos o tres idiomas, han viajado por el mundo,
tienen una experiencia laboral y social envidiable, una popularidad avasalladora,
unos estudios superiores inalcanzables, una facilidad para resolver todo a
través de los dispositivos, una fortaleza física inagotable, el don de una
belleza incomparable, y hasta han obtenido cierta solidez financiera que les
permite independizarse y vivir solos desde los dieciocho años. Su psicología
está modelada por un sincretismo de ideas orientales Nueva Era con el pragmatismo
moderno de occidente, y ello les otorga un toque de luminosidad. Poco recurren
al cristianismo tradicional. Y aunque aparentemente son tan exitosos en el
mundo material, poseen una fragilidad espiritual que los hace quebrarse ante el
menor obstáculo. A veces vuelven a levantarse, pero echan culpas a diestra y siniestra
a los de la generación que los precedimos hasta el punto de ponernos como ejemplos
para no seguir.
Y
tal vez lo seamos: los muchachos saben por dónde va la movida de este mundo que
cambió sin que nos diéramos cuenta, y hay gente como yo que ni siquiera ha
podido saber de qué juega en este partido de la vida. Por lo visto de nada.
Si
no fuera por el amor de mi madre ya estaría muerto. Mi padre se me ha
adelantado en el camino, o más bien me lo han arrebatado los ejecutores de la
eugenesia que están eliminando a nuestros ancianitos para no generarle gastos
al sistema. Todas las noches sueño que estoy con él haciendo lo que me faltó
hacer en vida suya: tratando de entenderlo, consintiéndolo, cediéndole la
potestad de disponer de mi tiempo como él considerara pertinente, pues en el fondo
él quería que yo fuese un hombre útil a la sociedad y no este despojo de
incertidumbre que no sabe qué hacer con su existencia y que cree que tecleando
sandeces evitará el colapso.
No
conozco un tipo más desubicado que yo, más anacrónico ni más desinteresado por
el porvenir. Tienen razón las mujeres en no salir conmigo. Yo mismo no me llevaría
a ninguna parte, porque saldría aburriendo hasta a mi propia sombra. Aunque eso
de ser un tipo aburrido tiene sus ventajas: no hay que discutir con nadie, no
hay que hacer lo que a uno no le gusta, no hay que sufrir por amor, y para la diversión
basta con prodigarse uno sus propios deleites.
La
lectura, por ejemplo, es el placer más solitario y egoísta del que nos jactamos
los aburridos. Y si se acompaña de un buen café en un sitio donde lo sepan
preparar, es doble placer. Un paseo a media tarde por un parque cercano es otra
de mis diversiones. Sentarse en una banca a la sombra de un árbol y chuparse un
cono me parece más atrayente que enfrentarme a los deportes extremos; a los
retos de la aventura en los paisajes agrestes y recónditos que no me provoca conocer.
A
estas alturas de mi vida sufro de una pereza incurable para realizar actividades
bulliciosas y nocturnas. Sólo trasnocho en las cuatro paredes de mi casa.
Tampoco le jalo mucho a los programas mañaneros y silenciosos, esos de meditar
y caminar por la playa: te los regalo. Le tengo aversión a los centros
comerciales, a los parques de diversiones estilo Disney, a los paseos verdes y
a todo lo que tenga que ver con la naturaleza en general. No me gusta acampar
ni pasar incomodidades. Soy cero espíritu ecológico. Tampoco fumo marihuana ni
creo en la Pacha Mama.
Por
otro lado le rehúyo a los conciertos y a las discotecas donde no ponen sino reguetón
y cantinazos; y ahora con el coronavirus, a las aglomeraciones de todo tipo.
Si
de lo que se trata es de ir a comer, ahí sí me tientan con sobradas razones,
pero nada de restaurantes finos donde le sirven a uno un bocado que se despacha
en dos mordiscos y sólo queda en el plato el decorado con hojas y una figura
hecha con salsa; y en el estómago el hambre intacta. Que me den comida típica,
con arroz, fríjoles y tajadas de plátano, que no me interesa ser muy refinado
ni hacer dieta. Eso sí, tampoco quiero dejarme engordar, y para compensar el
exceso prefiero matarme en el gimnasio.
Me
gusta el ejercicio, a mi ritmo, con las máquinas tradicionales que fueron
inventadas para eso. Ya por el estado físico no le dedico tanto tiempo como
antes al deporte, pero como dice una amiga, “no hay que dejarla caer”. Lo que
ella no sabe es que se me ha caído varias veces.
Tampoco es que me maten los programas muy cultos. Me gusta, sí, la música
clásica y cuando se podía iba a las retretas de la banda Sinfónica, pero sin
exagerar, porque no sé diferenciar entre una sonata y un concerto.
Si
es una obra de teatro, me gustan las sencillitas, nada de esas puestas en escena
cargadas de simbolismos casi siempre encubriendo quejas contra el sistema que
un parroquiano como yo no logra comprender. Dicen que hay que desarrollar la
sensibilidad artística para saber apreciar las buenas obras, pero mi sensibilidad
es un poco dura y escondida, así que el teatro me cuesta mucho apreciarlo,
sobre todo porque me cuesta entender a los actores que siempre viven tan
afectados por todo lo que pasa. Tampoco me llevé muy bien con la poesía, que es
otro de los géneros al que no le cojo el tiro a pesar de mi predilección por el
mundo de la literatura. Sobre todo esa poesía metafísica que tanto gusta a las
nuevas generaciones. No sé: ahora a cualquier cosa le llaman poesía.

Y
si hablamos de cine, tengo para decir que me gusta mucho el buen cine, si es
que lo que es bueno para mí es bueno para los demás. Prefiero las películas
históricas, reales, interesantes, que narran un conflicto con el que me pueda
identificar, o que me dejen algún aprendizaje. Los temas tradicionales nunca pasan
de moda: el amor, la muerte, la soledad, la guerra, las pasiones humanas. Nada
de cómics, súper héroes, vampiros, hechiceros, señores con poderes, ni guerras
de galaxias, ni distopías futuristas. Para distopías ya estamos viviendo una en
la tierra, con esa tenemos. Tampoco persecuciones en ningún tipo de medio de
transporte donde lo que sobra es bala y al protagonista no le pasa nada. Y menos
esas complejas al estilo Matrix donde
todo lo resuelve la tecnología. Tiene uno que hacer primero un curso de sistemas.
Demasiada mentira (o verdad) ya es un despropósito, y cada vez me convencen
menos los efectos especiales.
En
fin, creo que no hay mucho por rescatar de mi forma de ser que le pueda ser de
utilidad al prójimo que quiere divertirse. Creo que soy más valorado por el amigo
que tiene problemas y de alguna manera lo puedo ayudar, por aquella persona a
la que sólo le bastaría mi compañía aunque fuera para conversar. Y eso me gusta
más. Porque en el fondo nada puede generar más alegría que realizar un acto de
servicio por alguien. Y nada infunde tanta satisfacción como la posibilidad de ser
consuelo en los momentos difíciles. Eso me hubiera gustado ser para mi padre,
una compañía en sus últimos instantes de vida, pero la situación no me lo permitió.

Teniendo en cuenta toda esta confesión que
hice de mí mismo, creo que la vida que más se me ajusta es la del escritor. La
de un hombre reflexivo que piensa más de lo que hace: un hombre lento, no un hombre
de acción. Podría hacer muchas cosas para cambiar, pero si a uno le gusta su
zona de confort ¿para qué debería cambiar? ¿Para congraciarse con los demás?
Estoy seguro de que salir a enfrentar la vida, viajar, conocer otras culturas,
abrir mi mente, explorar, arriesgarme, salir del nicho, etc., no me haría más feliz.
Sólo me haría más valiente, más culto, más experimentado, más interesante, más
rico, más avispado, o lo que fuera, pero no más feliz.
No
a todos nos gusta lo mismo, ni todos perseguimos idénticos propósitos. A lo
mejor soy feliz así, con mi tranquilidad y la posibilidad, no de hacer lo que
quiera, sino de no querer hacerlo; no de vivir con lo que tengo, sino con lo
que me hace falta.
Para
otros, seguiré siendo un tipo muy complicado al que no le gusta nada, y no los
culpo por pensarlo.