sábado, 31 de julio de 2021

El amante infalible

Por Juan Felipe Giraldo Trejos 





    El amante infalible no podía fallar esa noche, pero falló.

    El hecho de sentirse como el mejor amante del mundo en los años más vigorosos de su juventud, según su propio ego, le había otorgado un honor para sí con el cual no podía desentonar. Se construyó una imagen de amador profesional con una antología completa de aventuras que despachó sin tribulaciones y que quedaron incrustadas en lo mejor de sus recuerdos núbiles. Recuerdos que formaban parte de un pasado que con cada segundo se fue desvaneciendo en una idea vaga. La colección de clímax sexuales poco a poco se agotó, y entendió el amante infalible que su gloria se hacía añicos y el presente le enrostraba su fracaso estrepitoso como amante.

    La verdad es que nunca fue tan bueno como creyó serlo. Sus parejas de ocasión siempre se daban de bruces contra el sinsabor que les quedaba después de la experiencia con Don Juan.

    Nunca, ninguna, experimentó el orgasmo como es debido; como decían las revistas femeninas que había que experimentarlo. Él tampoco tuvo la certeza de haber llevado al nirvana del placer a ninguna de sus conquistas, la mayoría pagadas con el vil metal que compra la felicidad de los amores empacados al vacío. Jamás ninguna dio las gracias ni le reiteró sus satisfacciones, ni conservó su número. Todas guardaron silencio y dejaron que el amante se convenciera de su falso poderío. Jamás ninguna quiso repetir con él, esbozando el argumento de no confundir los corazones y no ensuciar los sentimientos fraternos. 

 



    El día en que más necesitó que su vara mágica hechizara el deseo de una doncella memorable, lo traicionó el cuerpo. El amante infalible se enfrentó a su realidad y tuvo que asumir con estoicismo la condena que le imponía su destino. Nunca más se irrigarían sus campos para cosechar el ímpetu que lo llevara a ganar las batallas cuerpo a cuerpo. Su terreno era un erial yermo que ya no daba frutos.  

    Si por obra de la buena suerte lograba que una triste torcaza anidara en las sábanas de su cama, el amante sabía que aquella sería la primera y última oportunidad que tendría para desplumar la pajarita. Intentaba devorarla con las ansias de un gato que ha perdido sus colmillos y sus garras, y ha tenido que dejar la presa intacta. Cundía nuevamente el silencio y la vergüenza ajena, más por parte de ella, que de él, porque al amante infalible ya no le importaba su prestigio ni su vida. Ya no hacía nada por escapar de sí mismo, porque sólo la certeza de morir y olvidarse de las obligaciones de la carne era lo que le obsesionaba. Estaba hecho una piltrafa en las riberas de su soledad, padeciendo la Tristeza post-coitum sin siquiera el coitum


   

    Al amante infalible lo acompaña una melancólica sensación de hartazgo y de inutilidad. No se duele de los placeres ajenos, sino de su propia incapacidad para prodigarlos. La última vez que el azar quiso recompensarlo, como una muestra clara de que Dios le da pan al que no tiene dientes, no pudo desplegar su otrora destreza y se conformó tan sólo con besar. Con el beso descubrió el amor. Y el amor lo llevó a aceptar que tenía que multiplicarse en otros.

    La amante del amante infalible ha sido autorizada para tocar la puerta de encuentros tangibles, ilegítimos y corporales. Ella lo disfruta todo en su presencia, descifrando así los nuevos códigos del amor libre. Al llegar a casa, ambos satisfechos y hastiados de las cópulas interminables, sobre todo ella, se recuestan uno junto al otro y concilian el sueño en un reconfortante abrazo que los une en medio de la desgracia y la fortuna. En medio de los arrumacos se reconocen en las almas, saliendo a dar un paseo por las regiones encantadas de Cupido. Y ellos son felices sabiendo que lo ingrávido de su amor, esas almas juguetonas, es lo único que no compartirán con nadie.



    El amante infalible sabe que lo mejor está por venir. Que no es este mundo material el escenario para desplegar toda su capacidad amatoria. Espera morir pronto porque allá, en ese paraíso perdido de la inexistencia, está el lugar en el que su espíritu podrá amar libremente hasta la consumación de los tiempos, cuando por fin el cuerpo se separe, y la carne se haya transformado en polvo.   

sábado, 24 de julio de 2021

Confunde y vencerás, sobre todo al niño

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



 

    Antes de comenzar este artículo, quiero aclararle al público lector que respeto el fuero íntimo de cada quien. Con ese asunto no me meto. Cada uno verá cómo se expresa en su ámbito sexual. Que me parezca a mí moral o no, es una discusión sin importancia. Se podría dar el debate en el plano religioso, o el de la ética y los valores, o a la luz del comportamiento humano, pero en ese caso nadie saldría ganando ni perdiendo; sería sólo una cuestión de ideas subjetivas. Por eso reafirmo: cada quien haga con su cuerpo lo que le parezca, y entre más reservados seamos con nuestra sexualidad, mucho mejor.

    Dicho esto, y antes que me caigan a palos los militantes de cierta ideología, pienso que lo que debe hacer una persona con sentido común, independiente de sus creencias, es no mezclar las preferencias sexuales con la política. Es decir, no hacer de lo privado algo público sobre lo que se tiene que legislar; no fomentar en la sociedad un comportamiento que, repito, debe ser personal y relativo al fuero interno en donde ningún Estado debe intervenir. De hecho, lo privado debiera ser el último bastión de resistencia contra el poder reinante. Sobre la vida privada no debiera decidir este poder.




    Pero no faltan estos grupillos de mala intención que saben que tienen al Estado de su lado para que legisle conforme a sus caprichos, y que en caso de no ser así, pueden acudir a las comisiones internacionales, todas ellas manejadas por izquierdosos post-modernos que presionan a los países través de sus ONG’s y sus estamentos financieros para que desarrollen la agenda que les conviene. Es el caso de países como Argentina, Costa Rica, Chile, España, Canadá, Estados Unidos, entre otros, donde las políticas identitarias y de género están cobrando tanta importancia y están siendo aplicadas con tanto énfasis por los gobiernos que las imponen.



    El siguiente caso, para ejemplificar lo que trato de explicar, ocurrió en Argentina. Resulta que una entidad del gobierno está realizando una convocatoria de nombre “Ciudad Diversa, Palabras Mixtas para las Infancias”.[1] Esta convocatoria consiste en un concurso para premiar creaciones en diversas modalidades culturales y artísticas tales como comics, podcasts, o poesía “con perspectiva de género LGBTIQ para las infancias”. Léase bien que no dice “la infancia”, como debiera ser, pues en psicología se reconoce un rango de edad al que se designa con este nombre; sino “las infancias”, como si una persona pudiera gozar de varias etapas de infancia en su vida independiente de la edad que tenga. Desde allí el concurso le abre la puerta a toda clase de conjeturas sobre cuál podría ser una edad propicia para ser infante.  

    No obstante, las condiciones de la convocatoria misma lo aclaran, no vaya a ser que resulten mal pensados como uno que a todo le quieran meter suspicacia. Las edades para participar oscilan entre los ocho a los doce años; los cuatro a los siete años; y los cero a los tres años.

    Yo me pregunto: ¿qué creación artística puede realizar un menor de un año, o dos o tres, y hasta de doce años que contenga perspectiva de género “para fomentar la inclusión, la integración, la no discriminación frente a las diferentes identidades de género en las infancias”? Vaya si hay que ser un desalmado hijo de perra para promover el homosexualismo en los niños prácticamente desde que nacen. ¿Acaso a los creadores de los currículos educativos y las convocatorias se les acabaron los temas de enseñanza y no se les ocurre en qué áreas de la vida debe formarse a un niño que no sea exclusivamente en la diversidad sexual? Por eso digo, que cada quien cuando crezca haga de su culo un candelero, pero respeten a los infantes, que además son hijos ajenos, porque no creo que los que promueven este tipo de convocatorias lo hagan buscando dañar a sus propios hijos.




    Al igual que el escritor, pensador e influencer argentino Horacio Giusto, quien es precisamente la persona que denuncia esta convocatoria en su país a través de un video grabado en su programa de radio La Resistencia[2]; si a mí como padre (en caso de que lo fuera) me vienen a decir que van a capacitar a mi hijo en la perspectiva de género o en la ideología Queer, yo con mucho gusto los capacito a ellos con un puño en la cara bien puesto. No porque tenga nada en contra de los que siendo mayores de edad elijen este estilo de vida, sino porque me parece una completa Corrupción de Menores sembrar en la cabeza de los niños la idea de que la desviación de su sexualidad es algo positivo, inclusivo, amistoso, fraterno, y cuantos epítetos más quieran asignar los ideólogos de esta aberrante conducta. Y digo aberrante porque no está bien orientar la educación de un niño hacia la estimulación temprana de su sexualidad, y menos adoctrinarlo para decirle que sentirse y verse del sexo opuesto es una conducta muy natural y que debe ser celebrada por la sociedad.

    En todo caso, si algo hay que enseñarles a los niños, es a aceptarse, respetarse y respetar a los demás con el sexo con el que nacieron y no alentarlos para que pretendan cambiar lo que no se puede cambiar. Negar la naturaleza es negar a Dios.

    Hoy es en Argentina, que ya es país pionero en todo lo indeseable gracias a su gobierno arrodillado al globalismo. Poco a poco esta macabra ideología estará imponiéndose en Colombia —si es que acaso ya no lo están haciendo— y el resto de países con un ahínco desdeñable. Ya nos estará llegando el turno. 




    Bueno, no me voy muy lejos. Hace poco recibí la invitación para asistir a un un seminario virtual de literatura infantil y juvenil llamado LIJPE, en el que participaban conferencistas de toda Latinoamérica, aunque el evento era en Pereira. Me entró una sutil suspicacia cuando vi las fotos de los ponentes: en las mujeres se notaban algunos capules recortados o motilados al ras; también mechones verdes y pelos alborotados, mucha gafa progre, rostros sin maquillar, en fin. Los ponentes masculinos no me parecieron tan extraños, aunque un poco delicados en su manera de hablar para mi concepto. Me dije a mí mismo que estaba siendo demasiado banal juzgando por las meras apariencias, cosa que no está bien y lo admito. Mis sospechas no hubieran pasado de ser meros juicios a priori si no hubiera sido por el mensaje de bienvenida en el cual escribieron la siguiente frase: “Queridxs amigxs”. Así, con ese lenguaje “inclusivo” que no sólo es una aberración idiomática, sino que ya uno sabe la intención del seminario, o por lo menos la tendencia a la que se le apunta. En últimas todo parte de la misma raíz: género. Vuelve y juega. La insistente divulgación de los postulados basados en la diversidad sexual, no para evidenciar el respeto por las diferencias, sino para acrecentarlas, porque no entiende uno por qué hay que utilizar ese lenguaje en un seminario que precisamente, es de literatura infantil y juvenil.    

    Lo grave es que alguien se atreve a redactar este tipo de proyectos con la más absoluta impunidad y no pasa nada. Más grave aún es que la sociedad no se pronuncie al respecto. Todo se ha normalizado tanto, todo nos parece tan avanzado y vanguardista, que el intolerante y el retrógrado —y el que termina siendo demandado— es uno por poner el grito en el cielo.




    En aras de la equidad, la inclusión y la comprensión, y cuanta justificación se encuentran, hacen lo que sea para confundir y manipular a las personas, y sobre todo a los que intelectualmente no tienen las herramientas para defenderse.



[1] https://www.buenosaires.gob.ar/cultura/festivales-de-buenos-aires/palabras-mixtas-para-las-infancias

[2]https://www.youtube.com/watch?v=9GhyJMxCvHY&t=389s


sábado, 17 de julio de 2021

Un tipo complicado

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Apenas he parpadeado y me encuentro con que ya es el mañana de un ayer en el que hacía planes que al fin no se concretaron.

    Muchos proyectos se han quedado encajonados, pendientes para realizar en un futuro próximo que con el tiempo se volvió pasado. Ya es tarde para retomarlos. Ha corrido tanta agua debajo del puente, que lo que en ese entonces me parecía una idea original y emocionante, hoy me hace tenerle compasión a ese hombre ingenuo que creyó estar descubriendo el agua tibia con ideas copiadas de otros. Esas ideas fueron felizmente concebidas y ejecutadas por sus brillantes autores.

    La generación que me sucedió me ha superado con creces. Hoy uno conoce muchachos de veinticinco años que ya hablan dos o tres idiomas, han viajado por el mundo, tienen una experiencia laboral y social envidiable, una popularidad avasalladora, unos estudios superiores inalcanzables, una facilidad para resolver todo a través de los dispositivos, una fortaleza física inagotable, el don de una belleza incomparable, y hasta han obtenido cierta solidez financiera que les permite independizarse y vivir solos desde los dieciocho años. Su psicología está modelada por un sincretismo de ideas orientales Nueva Era con el pragmatismo moderno de occidente, y ello les otorga un toque de luminosidad. Poco recurren al cristianismo tradicional. Y aunque aparentemente son tan exitosos en el mundo material, poseen una fragilidad espiritual que los hace quebrarse ante el menor obstáculo. A veces vuelven a levantarse, pero echan culpas a diestra y siniestra a los de la generación que los precedimos hasta el punto de ponernos como ejemplos para no seguir.

    Y tal vez lo seamos: los muchachos saben por dónde va la movida de este mundo que cambió sin que nos diéramos cuenta, y hay gente como yo que ni siquiera ha podido saber de qué juega en este partido de la vida. Por lo visto de nada.



    Si no fuera por el amor de mi madre ya estaría muerto. Mi padre se me ha adelantado en el camino, o más bien me lo han arrebatado los ejecutores de la eugenesia que están eliminando a nuestros ancianitos para no generarle gastos al sistema. Todas las noches sueño que estoy con él haciendo lo que me faltó hacer en vida suya: tratando de entenderlo, consintiéndolo, cediéndole la potestad de disponer de mi tiempo como él considerara pertinente, pues en el fondo él quería que yo fuese un hombre útil a la sociedad y no este despojo de incertidumbre que no sabe qué hacer con su existencia y que cree que tecleando sandeces evitará el colapso.

    No conozco un tipo más desubicado que yo, más anacrónico ni más desinteresado por el porvenir. Tienen razón las mujeres en no salir conmigo. Yo mismo no me llevaría a ninguna parte, porque saldría aburriendo hasta a mi propia sombra. Aunque eso de ser un tipo aburrido tiene sus ventajas: no hay que discutir con nadie, no hay que hacer lo que a uno no le gusta, no hay que sufrir por amor, y para la diversión basta con prodigarse uno sus propios deleites.





    La lectura, por ejemplo, es el placer más solitario y egoísta del que nos jactamos los aburridos. Y si se acompaña de un buen café en un sitio donde lo sepan preparar, es doble placer. Un paseo a media tarde por un parque cercano es otra de mis diversiones. Sentarse en una banca a la sombra de un árbol y chuparse un cono me parece más atrayente que enfrentarme a los deportes extremos; a los retos de la aventura en los paisajes agrestes y recónditos que no me provoca conocer.    

    A estas alturas de mi vida sufro de una pereza incurable para realizar actividades bulliciosas y nocturnas. Sólo trasnocho en las cuatro paredes de mi casa. Tampoco le jalo mucho a los programas mañaneros y silenciosos, esos de meditar y caminar por la playa: te los regalo. Le tengo aversión a los centros comerciales, a los parques de diversiones estilo Disney, a los paseos verdes y a todo lo que tenga que ver con la naturaleza en general. No me gusta acampar ni pasar incomodidades. Soy cero espíritu ecológico. Tampoco fumo marihuana ni creo en la Pacha Mama.





    Por otro lado le rehúyo a los conciertos y a las discotecas donde no ponen sino reguetón y cantinazos; y ahora con el coronavirus, a las aglomeraciones de todo tipo.

    Si de lo que se trata es de ir a comer, ahí sí me tientan con sobradas razones, pero nada de restaurantes finos donde le sirven a uno un bocado que se despacha en dos mordiscos y sólo queda en el plato el decorado con hojas y una figura hecha con salsa; y en el estómago el hambre intacta. Que me den comida típica, con arroz, fríjoles y tajadas de plátano, que no me interesa ser muy refinado ni hacer dieta. Eso sí, tampoco quiero dejarme engordar, y para compensar el exceso prefiero matarme en el gimnasio.



    Me gusta el ejercicio, a mi ritmo, con las máquinas tradicionales que fueron inventadas para eso. Ya por el estado físico no le dedico tanto tiempo como antes al deporte, pero como dice una amiga, “no hay que dejarla caer”. Lo que ella no sabe es que se me ha caído varias veces.

    Tampoco es que me maten los programas muy cultos. Me gusta, sí, la música clásica y cuando se podía iba a las retretas de la banda Sinfónica, pero sin exagerar, porque no sé diferenciar entre una sonata y un concerto.

    Si es una obra de teatro, me gustan las sencillitas, nada de esas puestas en escena cargadas de simbolismos casi siempre encubriendo quejas contra el sistema que un parroquiano como yo no logra comprender. Dicen que hay que desarrollar la sensibilidad artística para saber apreciar las buenas obras, pero mi sensibilidad es un poco dura y escondida, así que el teatro me cuesta mucho apreciarlo, sobre todo porque me cuesta entender a los actores que siempre viven tan afectados por todo lo que pasa. Tampoco me llevé muy bien con la poesía, que es otro de los géneros al que no le cojo el tiro a pesar de mi predilección por el mundo de la literatura. Sobre todo esa poesía metafísica que tanto gusta a las nuevas generaciones. No sé: ahora a cualquier cosa le llaman poesía.



    Y si hablamos de cine, tengo para decir que me gusta mucho el buen cine, si es que lo que es bueno para mí es bueno para los demás. Prefiero las películas históricas, reales, interesantes, que narran un conflicto con el que me pueda identificar, o que me dejen algún aprendizaje. Los temas tradicionales nunca pasan de moda: el amor, la muerte, la soledad, la guerra, las pasiones humanas. Nada de cómics, súper héroes, vampiros, hechiceros, señores con poderes, ni guerras de galaxias, ni distopías futuristas. Para distopías ya estamos viviendo una en la tierra, con esa tenemos. Tampoco persecuciones en ningún tipo de medio de transporte donde lo que sobra es bala y al protagonista no le pasa nada. Y menos esas complejas al estilo Matrix donde todo lo resuelve la tecnología. Tiene uno que hacer primero un curso de sistemas. Demasiada mentira (o verdad) ya es un despropósito, y cada vez me convencen menos los efectos especiales.       

    En fin, creo que no hay mucho por rescatar de mi forma de ser que le pueda ser de utilidad al prójimo que quiere divertirse. Creo que soy más valorado por el amigo que tiene problemas y de alguna manera lo puedo ayudar, por aquella persona a la que sólo le bastaría mi compañía aunque fuera para conversar. Y eso me gusta más. Porque en el fondo nada puede generar más alegría que realizar un acto de servicio por alguien. Y nada infunde tanta satisfacción como la posibilidad de ser consuelo en los momentos difíciles. Eso me hubiera gustado ser para mi padre, una compañía en sus últimos instantes de vida, pero la situación no me lo permitió. 


    

    Teniendo en cuenta toda esta confesión que hice de mí mismo, creo que la vida que más se me ajusta es la del escritor. La de un hombre reflexivo que piensa más de lo que hace: un hombre lento, no un hombre de acción. Podría hacer muchas cosas para cambiar, pero si a uno le gusta su zona de confort ¿para qué debería cambiar? ¿Para congraciarse con los demás? Estoy seguro de que salir a enfrentar la vida, viajar, conocer otras culturas, abrir mi mente, explorar, arriesgarme, salir del nicho, etc., no me haría más feliz. Sólo me haría más valiente, más culto, más experimentado, más interesante, más rico, más avispado, o lo que fuera, pero no más feliz.

    No a todos nos gusta lo mismo, ni todos perseguimos idénticos propósitos. A lo mejor soy feliz así, con mi tranquilidad y la posibilidad, no de hacer lo que quiera, sino de no querer hacerlo; no de vivir con lo que tengo, sino con lo que me hace falta.

    Para otros, seguiré siendo un tipo muy complicado al que no le gusta nada, y no los culpo por pensarlo.

sábado, 10 de julio de 2021

CIDH, Comisión Interamericana de Derechos de Hampones

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    El pasado miércoles 7 de Julio salió a la luz el informe que la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) realizó tras su visita a Colombia con motivo del mal llamado Paro Nacional en el que se presentaron los graves hechos de violencia que ya conocemos: bloqueos de vías, vandalismo, terrorismo, y la alteración en general del orden público en el país.

    Lo que vivimos los colombianos durante los meses de mayo y junio todavía no ha finalizado por completo, ya que la amenaza de eso que podría considerarse el nuevo grupo terrorista llamado “Primera Línea”, todavía sigue latente. Porque en mi opinión, esto es ese colectivo surgido de las protestas, que no son tales, sino una toma guerrillera urbana.




    El informe, como esperábamos, es totalmente parcializado y favorable a los agresores en lugar de defender a la ciudadanía y a los policías atacados que también tienen derechos humanos. Si la CIDH vino a Colombia, fue porque el gobierno del presidente Duque autorizó su entrada y confió en que serían objetivos e imparciales, porque no había nada que ocultar por parte de sus instituciones ni era cierta la narrativa de la izquierda sobre los abusos sistemáticos de autoridad de la policía y el ESMAD contra los “manifestantes”. De facto, valdría la pena recordarle a la CIDH que es el Estado el que tiene no sólo el derecho, sino el deber de usar la fuerza cuando la protesta se torne violenta y se accionen las vías de hecho. En ese momento el ejercicio de la manifestación se convierte en una violación de los derechos de otros. Es algo tan obvio que uno no debería gastar las energías escribiendo una columna de reclamo a la CIDH.

    Qué equivocados estaban el presidente y sus funcionarios de gobierno por pensar que una comisión que se basa en los informes que les dan ONG’s y medios de comunicación sesgados y alineados con la internacional comunista y el globalismo, financiados en su mayoría por la Organización de Sociedades Abiertas del vejete Soros; iba a ser objetiva, parcial y justa. Además de que los funcionarios de esta comisión gustan de hacerse fotografiar sonrientes con algunos políticos izquierdosos que promovieron y alentaron toda esta debacle, todo ello mientras estos funcionarios estaban de paseo por Colombia documentando la película que posibles libretistas de novelas de narcos les narraron.




    La CIDH fue más allá, y ni siquiera los promotores del paro tuvieron tantas agallas para decir semejante cantidad de mentiras. Porque estos mamertos internacionales invirtieron la realidad para que el mundo viera sólo lo que ellos quisieron ver, al mejor estilo del emperador del cuento de Andersen; el mismo que va desnudo creyendo que tenía un vestido mágico y al que sólo la sinceridad de un niño tuvo el valor de contrariar.

    Así son estos sujetos de la CIDH. Basta saber su origen y su filiación política para entender el objetivo que persiguen. Adscritos a la ONU, de la que no se puede esperar sino manipulación e intromisión en la soberanía de los países, hacen todo lo posible por producir un discurso que vaya en contravía con las instituciones democráticas, porque de lo que se trata es de debilitarlas, de modo que el sistema se desmorone y entre a gobernar un grupo de poder afín a sus intereses. Duque parece ser uno de sus lacayos. No de otra forma se puede uno explicar que haya sido tan condescendiente cuando aceptó que vinieran a Colombia para elaborar un informe en el que atacan a su propia policía. Pero tal parece que él les ha obedecido en algunos lineamientos por miedo, y necesitan uno que les obedezca por convicción. Que sea un agente mucho más volcado hacia la corriente zurda, y ya lo deben tener en la mira.     




    Del informe no es mucho lo que se pueda decir. Está publicado en la página oficial o en cualquier portal noticioso. Ahí se puede leer como si fuera un documento precioso, pero es tan solo un escrito basura.

    La CIDH comienza por cambiar el lenguaje, por ejemplo, y usa el eufemismo para suavizar el delito. Ya sabemos cómo la izquierda sabe utilizar las palabras como arma de manipulación. A los bloqueos les dice “cortes de ruta”, como si fuera una cuestión inocua en la que simplemente se corta un paso con la justificación de protestar y ya, como si aquello no infartara todo un país que ve paralizado su desarrollo económico. Y lo peor es que los avala como una simple expresión de la protesta, qué cinismo.

    Tampoco toma en cuenta los informes del estado colombiano con relación a los actos de vandalismo y terrorismo, eso no lo ve. No ve la agresión a los agentes de la Policía, ni los ataques a las ambulancias que llevaban niños que dejaron morir. No dice nada de los incendios al sistema de transporte, los saqueos a los comercios, la quema de edificios públicos y el atentado contra el patrimonio cultural. No emite una mísera opinión del motociclista que fue degollado con un alambre atravesado de lado a lado de la vía en inmediaciones del Portal de las Américas en Bogotá; no se pronuncia sobre la quiebra de cientos de empresas, el desabastecimiento, el desempleo generado y la tragedia económica para una nación en quiebra. No, eso no es importante para la CIDH. Para ellos lo grave fue que la fuerza pública intentara reprimir a los “manifestantes” que simplemente tiraban bombas molotov porque necesitaban expresarse. Hablan de un presunto vandalismo, pero que no se puede comprobar. Lo que para ellos sí es comprobado es el abuso de autoridad, que dan por cierto. Es que además se extralimitaron en sus funciones y oficiaron como jueces por adelantado.



    Y qué decir de sus recomendaciones en asuntos internos de Colombia. Ahora resulta que la CIDH es la que dice que el gobierno tiene que cumplirle a las Farc con los acuerdos de La Habana, como si ya no le hubieran cumplido lo suficiente. Y que la Policía debe estar a cargo del Ministerio del Interior y no del de Defensa, desconociendo totalmente que en la historia del país tuvimos una policía política que nos hizo un grave daño durante la época de la violencia partidista, precisamente porque era un cuerpo armado político y no civil, como lo dicta nuestra actual constitución. Incluso, aunque sea el Ministerio de Defensa quien la regenta, la Policía Nacional no tiene formación y entrenamiento de carácter militar, sino civil.




     Cabe recordar que el Sistema Interamericano de Derechos Humanos se compone de dos cuerpos. Uno es la CIDH, que no es un órgano jurisdiccional, sino de observación y verificación, y el otro es la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que sí es un tribunal de justicia. La primera genera informes con conclusiones y recomendaciones; la segunda genera sentencias de obligatorio cumplimiento para el estado colombiano, porque Colombia es miembro de dicho tribunal y por tanto se somete a las decisiones de esa corte. Ese será el segundo paso, cuando la Corte Interamericana emita las sentencias que obliguen al estado a cambiar todas sus políticas, sus leyes a través de una nueva Constitución; a suprimir su cuerpo policial, a entregar la soberanía de su poder judicial y hasta de su territorio si fuere el caso. Cualquier decisión que favorezca a los enemigos del sistema democrático para quitarle fuerza al pueblo.

    Así las cosas, el globalismo tendrá pista libre para implantar aquí su agenda contra la Familia, el Estado y la Religión, esas súper estructuras que tanto odian los marxistas. Hay que acabarlas, según ellos. No importa si la sigla CIDH, en últimas, se termina transcribiendo como la Comisión Interamericana de Derechos de Hampones.




sábado, 3 de julio de 2021

Se dice de mí

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    La gente habla del prójimo cuando está ausente. Uno hace lo mismo cuando los demás no están escuchando. Siempre he querido hacerme invisible y acercarme con maña para saber lo que dicen de mí. Tal vez no me causaría sorpresa si emiten un juicio negativo.

    Uno piensa que es de una manera, pero los demás suelen conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Ellos nos ven desde afuera, nos miran desde el cuerpo ajeno y son capaces de identificar el tipo de persona que somos, que puede ser muy diferente al que nosotros pensamos.

    Uno, en cambio, se ve desde adentro, desde lo que cree ser. Tal vez se pretenda engañarse a sí mismo, pero los demás saben cuándo estamos mintiendo. (A no ser que uno sea un actor del carajo: en ese caso se requiere de muchos años de práctica en el engaño).

    De todas maneras las mentiras se caen por su propio peso. En mi caso es muy fácil descubrirlo. Soy muy malo para mentir, y por eso me abstengo en lo posible de hacerlo. Además de que no le veo mucho sentido a eso de cambiarle la percepción de la realidad al otro cuando la de uno está irreparablemente trastocada. 





    El problema es que también la verdad que manifiesto resulta en muchas ocasiones difícil de creer. Y cuando ya no le creen a uno ni la verdad, no queda de otra que amistarse con la soledad, visitar al psiquiatra, o tratar de convertirse en escritor. Esto último lo he intentado varias veces y al parecer es la fórmula ideal para terminar siendo honesto. Escribiendo es la manera que encuentro para ser siempre coherente.

    De mí dicen que debo tener algún problema, que porque no es normal que un tipo a la edad mía piense como pienso, viva como vivo, le guste lo que me gusta, y diga lo que digo. Y yo le digo a los demás todo lo contrario: que soy tan exacerbadamente normal para esta sociedad, que de seguro voy a terminar enloqueciéndome. 

    De mí podrán decir muchas cosas, o peor aún, no dirán nada, y yo creyendo que soy tan importante como para estar en boca de otros. Me recuerda a la cantante popular a la que le resbala que hablen de ella: “que hablen de mí, que hablen de mí, eso no me importa…”. Intuyo que lo que ella quiere es que hablen, mal o bien, pero que hablen, porque siendo invocados por el pensamiento de los otros somos revalidados como entes corpóreos que están presentes, que dejan marca. Lo triste es que nadie se acuerde de uno.



    Por eso si de mí hablan y emiten cualquier concepto, no saben cómo le agradezco al que lo haga. Por lo menos eso quiere decir que alguien me recuerda. Si lo que se dice es bueno me confirma una imagen positiva ante un tercero. Si lo que se dice es malo, me da la oportunidad de demostrar cuán equivocado (o acertado) está el interlocutor.

    Así está la cosa. Es increíble hasta qué punto se necesita de los demás para que nos reafirmen. Es lo mismo que sucede en las redes sociales cuando la avidez de likes es lo que nos mueve en un mundo que ni siquiera es real, aunque cada día absorba más nuestra realidad.

    Y es que tomó tanta fuerza la importancia de la revalidación de los demás, que ya hasta lo convirtieron en mandato irrefutable con nombre de “políticas de género”. Ya saben a qué me refiero; a esa imposición de reconocer al otro como él quiere reconocerse y no como es en realidad. Y todavía peor, de aceptarlo y darle privilegios porque supuestamente los que no somos como él lo hemos oprimido en el pasado.


 

    De mí dicen que he fracasado en la vida, que soy un hombre triste, un pusilánime, un bueno para nada, un sin carácter, un resentido. Mal haría yo en tratar de defenderme y obligar a la gente a que me vean como yo quisiera que me vieran, ni más faltaba. La realidad no se puede negar. Al contrario, me encanta tener esa imagen tan negativa en el pensamiento del prójimo, pues eso me da la agradable libertad para no tener que quedar bien con nadie. Nada mejor que se hable mal de uno, que piensen lo que quieran pensar. No hay que mover un dedo para cambiar el concepto de la gente.

    Yo, por mi parte, trato de vivir en consonancia con esa idea que los demás tienen de mí, pero por más fracasado y deprimido que intente sentirme, la verdad es que nunca me siento tan feliz y exitoso como cuando estoy solo, conmigo mismo, en mi  palacio de cristal que es mi casa. Sólo me hace falta tener a mi padre vivo, aquí a mi lado para que la dicha sea completa.

    Yo no sé, pero la posibilidad de tener todo el tiempo libre para dedicarme a hacer lo que me gusta es el único éxito que yo puedo concebir. El resto es un premio extra en caso de que me llegue (el dinero, la pareja, la posición social). Cuando se está dispuesto a pagar el precio de la ignominia por la pasión que a uno lo mueve, poco importa la opinión de los demás. Hay quienes necesitan mucho para sentirse feliz. Otros tal vez nos conformemos con poco, pero ese poco es el todo en el que se nos va la vida.



    Y están los que piensan lo contrario: que soy un afortunado, un soltero sin compromiso, un consentido de mami, un hombre que lo tiene todo por delante para triunfar, un privilegiado del sistema, un talentoso en potencia que si no ha llegado lejos es porque no ha querido. En últimas, un hombre feliz.

    Cualquiera de las dos posiciones es válida y la acepto. Lo importante es que yo mismo sepa quién soy; qué decir de mí, o más bien qué escribir, que para efectos de la verdad, me resulta mucho más conveniente lo segundo.

    Por el momento me tranquiliza saber que de lo que urjo no es de compañía, sino de autodominio para no dejarme llevar por las pasiones ni por el desbocado temperamento de mi personalidad, y llegar así a reaccionar como un iracundo. Por el momento está todo en calma, aunque no sé si el día de mañana explote. Por el momento cualquier cosa que se diga es ganancia. Ya veremos si mañana pensaremos igual. 



 





 



Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...