sábado, 26 de julio de 2025

La verdad del Chicharito

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Javier Hernández Balcázar, apodado como el “Chicharito” Hernández, es un futbolista mexicano ampliamente reconocido por su trayectoria internacional en diferentes clubes del mundo. Actualmente es delantero de las Chivas del Guadalajara y máximo goleador histórico de la selección mexicana. Por estos días el “Chicharito” ha sido objeto de controversia en las redes sociales porque hizo algo demasiado osado y peligroso para los tiempos que corren: se atrevió a dar su opinión.

     Es que Chicharito, al parecer, cometió el terrible pecado de salirse de la temática del fútbol en sus redes sociales para hablar de temas como el rol del hombre y de la mujer en la familia, de la masculinidad, la feminidad y el comportamiento de los sexos en la era contemporánea, como si no pudiera hablar de otra cosa que no fuera del balón. Y digo “pecado” porque sus opiniones van abiertamente en contra de la ideología progresista imperante que no admite posiciones encontradas. Es por esto que ha sido cancelado, por supuestamente “propagar videos con contenido retrogrado, misógino y perpetuadores de estereotipos machistas”, y de paso por fomentar el “sistema de opresión patriarcal”.

     Qué grave para la mentalidad del mundo al revés que Chicharito haya dicho cosas como que es bueno que una mujer sea liderada por un hombre, o que no les debería producir rechazo el tener que limpiar la casa si tienen a su lado a un buen proveedor que cumple con sus funciones responsable y cabalmente. 

     Las feministas se arrancan los pelos de las axilas al escuchar a este “salvaje”. ¿Cómo se le ocurre a este macho dar a entender que la mujer tiene que aportar algo en la relación, si la mujer es una diosa, un ser de luz que ya tiene su valor intrínseco por el solo hecho de haber nacido? ¿Cómo así que un hombre va a exigir que ella limpie y cocine por el solo hecho de que ese hombre suministre la despensa, pague los recibos y se encargue de sufragar todos los gastos del hogar, incluidos los gastos personales de ella que se hacen extensivos a las uñas, la peluquería y los tratamientos de belleza?




     Correré entonces la misma suerte de Chicharito. Que me cancelen a mí también si acaso no puede uno decir la verdad en este mundo de corrección política asfixiante, y eso que el delantero les habló bien suavecito. Porque veo que hoy en día las mujeres tienen todo el derecho a exigir, pero nadie tiene el derecho de pedirles una mínima contraprestación. Quieren hombres caballerosos que se encarguen de todo y que resuelvan siempre, pero cuidado con pedirles a ellas que les preparen un arroz con huevo, que eso ya es un abuso machista: “el hombre también tiene manos”, dicen ofendidas.

     Y esa contraprestación, desde luego, no tiene que ser económica. El hombre no mide el valor de una mujer por su capacidad de proveer si él es quien puede hacerlo. De hecho, poco o nada le importa si es exitosa profesionalmente o no, puesto que este es un criterio femenino para encontrar pareja, no un parámetro masculino. Al hombre coherente, identificado con el rol de su sexo, le interesa más bien una mujer que lo admire, le sea leal, servicial, esté pendiente de sus cosas, le brinde cariño, le dé buen trato y le dé paz. En otras palabras, una mujer que le dé su lugar y le reconozca su liderazgo. A esta altura las empoderadas ya deben estar maldiciendo este artículo y dando rienda suelta a su animadversión contra mí por lo que acabo de decir en lo referente al liderazgo, pero lo siento mucho, así creo que debe ser.

     Y no es machismo. Estoy de acuerdo en que eso del cincuenta-cincuenta tampoco funciona, porque en toda relación siempre hay alguien que ejerce directa o indirectamente el liderazgo. Nunca se presenta esa igualdad sustantiva de la que tanto habla el feminismo por la sencilla razón de que hombres y mujeres no somos iguales, y en ese desequilibrio natural de los sexos, es preferible que el liderazgo lo ejerza el hombre.




    De ahí la importancia de que los hombres asumamos nuestra masculinidad con entereza y no nos dejemos llevar por ese discurso de la deconstrucción que nos quieren imponer para volvernos débiles. Me atrevería a decir que a ninguna mujer le gustaría tener que cargar con la presión de ser la líder de la relación, porque esto le resta feminidad y la vuelve agresiva y dominante, características propias del sexo masculino que provocan el espanto del hombre si nota que la mujer las posee en modo superlativo. Y no, no es miedo a la mujer empoderada, combativa, independiente y libre que pintan como paradigma ideal de la sociedad actual: es simple y llano desagrado. No hay nada que aleje más a un hombre que la mujer indómita. 

     Sí, sabemos que en la mayoría de los hogares, por la situación económica y el sistema de vida, ya les corresponde trabajar y aportar a los dos sexos, así como distribuirse las labores domésticas. Pero en ese caso se está en una cooperación en el que cada uno aporta, no el cincuenta, sino el ciento por ciento para que las cosas marchen. Es el hogar en el que quien llega primero tiene adelantada la cena o la tarea del día, y el que más gana no tiene ningún problema en aportar más para pagar las cuentas sin atenerse a un supuesto equilibrio igualitario que a la larga resulta injusto. Es el tipo de relación de pareja más común en nuestros tiempos. Tal vez no sea la ideal, pero aun en ese caso, cuando ambos trabajan y se comparten las responsabilidades económicas y los deberes caseros; es decir, cuando el aporte que hacen es del mismo tipo, las cosas tienden a funcionar mientras se produzca un desprendimiento del anhelo egoísta que lleva a los cónyuges a competir el uno contra el otro. Lejos de esa competencia mal sana por ver quién es el que gana más, y por tanto, el que manda en la relación, lo que se requiere es trabajo en equipo: se comparte en equipo y se sale adelante en equipo.




     Pero existe el otro escenario, el de la merecida con complejo de cenicienta que aspira a encontrar un hombre solvente, trabajador, proveedor responsable, fuerte, protector, comprensivo, detallista, buen amante y demás, pero mucho cuidado con ir a exigirle algo a cambio. Mucho cuidado con establecerle límites, o llamarle la atención por una mala conducta suya al tomarse ciertas libertades que no le dan tranquilidad a su hombre. Si esto ocurre, inmediatamente a ese hombre hay que meterlo al saco de los opresores posesivos y controladores que las mujeres desprecian. ¿Cómo así que, si el hombre, que provee toda la seguridad y la economía del hogar, llega por la noche cansado de trabajar, la mujer debe recibirlo con un buen semblante y prepararle la cena? Faltaría más permitir semejante actitud machista.

     Pues bien, así está pensando la sociedad actual, que es la misma que critica al futbolista por emitir una opinión que incluso me pareció demasiado correcta políticamente, como también tratando de quedar bien con la audiencia y por momentos poniendo en un pedestal a las mujeres, y ya ven cómo lo trataron. Le piensan imponer sanciones sociales y económicas, entablarle demandas y destruirle su reputación. Su equipo de fútbol está pensando seriamente en retirarlo del plantel. Tal vez si el Chicharito hubiese sido más vertical y hasta más aguerrido para expresar sus juicios de valor como toda persona que tiene derecho a opinar en redes, lo habrían visto con más respeto y no se hubieran metido con él. 

     Lo cierto es que el mundo está diseñado para que operen ciertas ideologías a través de los medios de comunicación masiva como internet, la publicidad y los gobiernos, de modo que el hombre y la mujer fracasen en su misión como seres humanos conforme al rol del sexo que les correspondió por designios de la naturaleza. Por una parte, se pretende erradicar la masculinidad con el discurso de la deconstrucción y la “masculinidad tóxica” para vaciar de testosterona al varón y convertirlo en un pelele sometido y humillado. Nada más desalentador para suplir la necesidad de protección y seguridad que anida en la mujer. Por otro lado, se fomenta la pérdida de valores como la castidad, el decoro, la discreción, la delicadeza y la humildad que enaltecen a la mujer. Es con el discurso del empoderamiento como la han ido transformando en un monstruo arrogante y hostil que termina culpando al hombre de sus desgracias.




     Por eso, cuando Chicharito dijo que las mujeres están fracasando y los hombres estamos dejando de ser admirables, lo dijo tal vez por un fenómeno que pasa en el mundo occidental: las mujeres ya no quieren ser madres. Ni siquiera esposas, y menos esposas comprometidas con su pareja. Y los hombres nos dejamos castrar la virilidad.

     A la mujer de hoy se le celebran los vicios masculinos, el libertinaje, la infidelidad, la emancipación y la búsqueda de poder, pero es precisamente por esas cosas que, a pesar de su libertad y autorrealización, es menos feliz que antes. Cree serlo, pero en el fondo sabe que no.

     Al hombre se le dice que debe ser sensible, delicado, indulgente, llorar cuando quiera, ser un amigo más. Con razón el hombre promedio dejó de ser elegido para la procreación, y apenas un reducido porcentaje de hombres valerosos siguen siendo atractivos para ellas: justamente los más duros, los más combativos, los más arriesgados, los que nunca lloran, los que las dominan… los hombres superiores. La mujer, como en la época primitiva, sigue eligiendo la testosterona por encima del buen trato para tener su descendencia. 

     Por mi parte, creo que la crisis de las relaciones entre hombres y mujeres en este mundo hipersensible donde todo se considera opresión y misoginia, no se va a solucionar pronto. Al sistema no le conviene la armonía entre los sexos porque no quiere procreación ni familias sólidas. Quiere división, enfrentamiento, competencia, rivalidad. Quiere, entre otras cosas, que no se digan verdades como las que dijo Chicharito. La verdad de que los hombres y las mujeres están fracasando, no por el patriarcado, sino por el vaginocentrismo que les dijo a las mujeres que podían hacer de su sexo un instrumento de intercambio mercantil y a los hombres que tenían que rendirse ante ello. La sociedad del utilitarismo puro y duro.




sábado, 19 de julio de 2025

El escritor fallido

Por Juan Felipe Giraldo Trejos


(Cuento)







     Rupertino Díaz siempre soñó con ser escritor desde muy joven, prácticamente desde que era un niño y se le pasaban historias cojonudas por su cabeza.

     Como aquella en la que dos ratones pelean por un pedazo de queso, que se le ocurrió a la edad de 8 años. Nunca la escribió, pero diez años después, una idea similar fue llevada a la imprenta por un autor de superación personal que se le adelantó con una fábula llamada “¿Quién se ha llevado mi queso?”. Como las historias no son del que primero las piensa sino del que primero las registra y las publica, fue un tal Spencer el dueño final de las ventas y las regalías de un libro que la Crítica consideró como un Best-seller. Dos ratones peleándose por un simple pedazo de queso no sonaba tan atractivo como una fábula sobre el cambio, la adaptación y el miedo a lo desconocido protagonizada por unos ratoncillos y unos enanos que metaforizan un mundo lleno de incertidumbres y a la vez pleno de oportunidades. Rupertino, reacio al cambio y al movimiento, se decepcionó de sí mismo y de la escritura, hasta el punto de que no volvió a escribir durante muchos años. 

     Ya siendo mayor, a la edad de 24, se lanzó a la aventura de participar en un concurso de cuento cuyo requisito incontrovertible era hablar sobre la ciudad en la que había nacido. Le pareció cosa fácil, teniendo en cuenta que él conocía muy bien su terruño y sería capaz de extraer de allí una historia audaz y novedosa que descrestara a los jurados, o al menos los entretuviera un rato. Como mínimo, aspiraba a que este ejercicio escritural lo catapultara a ese bello oficio de contar historias y registrar todo lo que pasaba a su alrededor.




     Entonces se ideó una trama con un argumento cotidiano basado en la mayoría de las telenovelas de pandilleros que había visto, lo cual constituyó su fuente primaria de inspiración. No había sido muy inquieto para aproximarse a la verdadera literatura por medio de los libros y pensaba que eso de escribir simplemente consistía en contar cosas que pasan. En aquel tiempo sus ocupaciones eran de otra índole: estudiaba una carrera administrativa y se enredaba con materias empresariales y financieras que no tenían nada que ver con las quimeras de pandillas, ajustes de cuentas y reyertas de esquina barrial que se suscitaban en su mente agitada, siendo estas las que nutrirían los personajes de su obra. Y logró escribir un borrador y enviarlo al concurso, pero fue un trabajo en vano: el concurso era sobre cuentos de la ciudad, pero con un enfoque infantil; es decir, la temática de la violencia no cabía allí, porque se suponía que estos manuscritos se publicarían para rendirle un homenaje a la patria chica y enseñar a los niños a quererla. Con una historia amarillista y cliché basada en el peor aspecto a resaltar de su tierra natal, era poco factible que se lograra el objetivo. Así pues, fue descalificado. 

     Pasaron otros quince años sin que Rupertino se permitiera escribir una sola letra, nuevamente decepcionado de su inconstancia y su falta de gallardía para asumir su destino como escritor: un destino que cada vez le era más esquivo, no porque estuviera triunfando en otra actividad ajena a la literatura, sino porque precisamente no estaba triunfando en ninguna otra cosa, excusándose en una vocación tardía y apremiante.




     Entonces, a la edad de 39 años retomó su historia de pandillas y malandros para sí mismo, con la idea de autopublicarla y regalarla a sus amigos, o más bien regalarla a desconocidos por ahí en los buses y en las cafeterías, porque sus amigos no perderían el tiempo leyéndolo a él. Esta vez no fue un autor de renombre el que se le adelantó, sino un pobre pichón de escritor como él, quien publicó un cuento con el mismo título. Lo vio cuando, en un taller de escritura que Rupertino tomaba en la biblioteca, ese autor regional exhibió orgulloso su libro y lo intercambió con los asistentes por la módica suma de cincuenta mil pesos. Desde luego, Rupertino no lo compró, pero ojeó el libro que adquirió otro y pudo darse cuenta de que era una historia parecida, casi idéntica a la suya. ¿Cómo podía ser tan cruel el destino? El mismo título, los mismos lugares, similares personajes pandilleros y pendencieros, solo que moldeados con mayor contundencia discursiva. Apenas cambiaban los nombres, pero la esencia era la misma, mucho más perfeccionada. ¿Habría plagiado este autor regional su relato y se habría adelantado a publicarlo? Imposible. Nadie, excepto los jurados del concurso quince años atrás, conocía de esta novelita. A lo mejor el borrador descalificado, que había quedado por ahí rodando en los anaqueles de la biblioteca, no fue convertido en papel de reciclaje a tiempo y cayó en las manos de un suertudo que vio gran potencial en la historia, y que cambiándole algunos detalles, situaciones y lugares, obtendría un producto digno de publicarse y venderse, y así lo hizo. Pero eso era muy poco probable, pues habían pasado más de quince años y él era consciente de que su cuento no era tan bueno como para ser objeto de plagio. Tanto así, que Rupertino nunca registró su obra para el concurso; por tanto, los derechos de autoría de ese título no le pertenecían.




     Por otra parte, tampoco podía decirse que el libro del autor regional fuera un plagio, pues apenas era una historia muy semejante que tenía el mismo título y abordaba la misma problemática: una simple coincidencia. ¿Cuántas novelas no se habían escrito ya sobre pandillas y drogas en Colombia, siendo esto el pan de cada día en aquella sociedad violenta? 

     Recordó también que dos años después del concurso había sido víctima del robo del computador en donde tenía todos los archivos de sus escritos. Si ese computador robado iba a parar a manos de un lector curioso, este encontraría allí todo el material que Rupertino había escrito en su vida. Sería una buena oportunidad para apropiarse de esas historias si había de encontrarlas valiosas y lanzarlas al público lector con su nombre. En ese caso el plagio obraba como un indicador de las buenas dotes de escritor de Rupertino, lo cual no dejaba de ser halagador, dado el supuesto de que alguien juzgase meritorio su trabajo. Es decir, que si Rupertino Díaz resultaba ser un escritor talentoso, todo ese talento estaría al servicio de otro, con lo cual tampoco triunfaría en el mundo de las letras, a no ser que tuviera unas mejores ideas en los años venideros. Por desgracia, no fue así. Los años venideros fueron improductivos; apenas unos intentos débiles de redacción de ensayos y columnas efímeras y coyunturales que interesaban poco al público y que solo le servían de fogueo, pues con el auge de las redes sociales, todo el mundo se convirtió en un opinador profesional a través del uso de videos y programas de diseño más atractivos e ingeniosos que la tediosa lectura de un artículo.




     El día que cumplió cincuenta años, mirándose frente al espejo del baño cuando recién se acababa de levantar a las once de la mañana, cayó en la cuenta de que no había escrito ningún libro a esas alturas, y de que se le estaba haciendo tarde para cumplir ese sueño. ¿Habría tiempo para un intento más? ¿Por qué no? Pensó Rupertino, ya olvidado de una gloria que le fue esquiva y de una vanidad personal que se le había acabado con sus aspiraciones de ser escritor. Ahora escribiría por el mero placer de hacerlo, por el solo desahogo, porque tenía muchas cosas que gritarle al mundo y carecía del don de la oralidad. 
     
     Así que Rupertino encendió su ordenador portátil, el último que le había regalado su madre para que escribiera, y rebuscó en sus archivos el documento aquel del cuento de los pandilleros para reescribirlo por segunda vez, quizá con un poco más de malicia ganada a través de las lecturas adicionales que constituían su acerbo literario. Y ahí estaba, con el título de La Ciudad y yo, tal cual como lo dejó quince años atrás y como estaba escrito en la carátula del libro de aquel escritor regional que se lo ofreció por cincuenta mil pesos. De entrada, tenía que cambiar el título, los personajes, el espacio, las situaciones del argumento; todo lo que no funcionaba y que estaba allí reunido, simbolizando los defectos y las carencias escriturales que Rupertino tenía a sus 24 años. “Esto ya no sirve”, se dijo con tristeza, recordando al joven apasionado que cuando la escribió pensaba que estaba construyendo la gran trama de su vida. Seleccionó todo el documento y le dio “suprimir”. Comenzó de nuevo con el siguiente título provisional: “Novela 1”. Pensó en un personaje diferente, en una ciudad diferente, en una trama diferente. No se le ocurrió nada en ese momento; aun tenía el brazo frío y habría que volverlo a calentar con un par de lecturas motivantes, de modo que cerró el archivo y apagó el computador. Eligió un libro abultado de su biblioteca personal: El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, como para ir ambientándose en la aventura.




     Cuatro años después, Rupertino Díaz no termina de leer la novela de Dumas. Se encuentra por la página mil. Lo grave, es que todavía no encuentra el tono para comenzar a escribir una nueva historia suya, porque ese viejo relato de los pandilleros ya no existe en su cabeza ni en su computador, aunque en la vida real su ciudad de origen esté tomada por peligrosas bandas criminales, más terroríficas que las que había descrito en su cuento inacabado. ¿Logrará algún día Rupertino publicar un libro medianamente aceptable para no seguir siendo un escritor fallido, o será acaso que tiene que prestar atención a las señales del destino y no continuar en ese empeño infecundo?



sábado, 12 de julio de 2025

Un comunista con Iphone devorando la Gran Manzana

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

Columna







     Si hay que hablar de una ciudad que represente al mundo entero en tan solo una superficie de mil doscientos catorce kilómetros cuadrados, no cabe duda de que esa ciudad es Nueva York. No en vano la llaman la capital del mundo. Lo que no se encuentre en Nueva York en materia de fauna humana, no lo encontrarás en ninguna otra parte. Más de 180 idiomas pueden ser hablados allí de manera casual en los diferentes barrios y distritos que la componen, porque es una cápsula cultural única. A cualquier hora del día, en cualquier vagón del Subway, que es la insulina que transporta la energía vital de la metrópoli, te puedes encontrar arquetipos de todas las razas y nacionalidades sentados uno al lado del otro, como si se hubieran dado cita allí para una convención de diversidad cultural: hispanoamericanos, afroamericanos, indios, árabes, caucásicos, chinos, indochinos, europeos, oceánicos; en fin, que es un lugar donde nadie se queda sin representación, incluyendo a los neoyorquinos americanos natos; sí, esos gringos rubios de ojos verdes que ya hoy son minoría. 
     
     Pues bien, esta introducción sobre el multiculturalismo y el multi-etnicismo de Nueva York es para señalar hasta qué punto la ciudad dejó de ser norteamericana para convertirse en una ciudad del ámbito global, tanto que hoy día se figura que un inmigrante musulmán chiita, activista por la “liberación del pueblo palestino”, llegue a ser la máxima autoridad de la metrópoli en las elecciones programadas para noviembre.




     Resulta que el pasado 25 de junio se llevaron a cabo las elecciones primarias del Partido Demócrata para la alcaldía de Nueva York. El ganador, fiel representante de esa diversidad cultural que tiene la ciudad, fue el candidato Zohran Kwame Mamdani, un inmigrante indio, hijo a su vez de inmigrantes musulmanes y especialista en estudios africanos. En él convergen, tanto las raíces indias, como las africanas. Contrario a lo que se quiere mostrar, no es de origen humilde: su padre, nacido en Bombay y criado en Uganda, es un académico especializado en estudios poscoloniales y fue funcionario del Congreso Nacional Indio. Su madre, de ascendencia hindú punjabí, tuvo la oportunidad de estudiar Sociología en una universidad prestigiosa de Nueva Deli, y luego, becada en Harvard, hizo una carrera en artes audiovisuales. Desde luego, la mayoría de sus films han sido patrocinados por el Estado a través de organizaciones filantrópicas que la han subvencionado. No es de extrañar que con esta ascendencia, Mamdani sea un promotor del control estatal de los medios de producción, erigiendo al Estado como la fuente de poder supremo.

     Desde ya se perfila como el candidato más fuerte para quedarse con el puesto de Mayor de la ciudad en los comicios que se llevarán a cabo el próximo 4 de noviembre de 2025. Luego de vencer en las primarias a figuras de la talla de Andrew Cuomo, ex gobernador del Estado de Nueva York, y a Brand Lander, Mamdani se enfrentará en la elección definitiva al mismo Cuomo, quien decidió relanzarse por un partido independiente; a Eric Adams, actual alcalde de la ciudad que busca su reelección; y a Curtis Sliwa, el candidato del Partido Republicano, de espíritu combativo. 
     
     Su triunfo inicial, considerado una sorpresa política, lo está catapultando a ser el próximo alcalde de Nueva York. Dicen los medios que es ahora el más opcionado y que sus propuestas progresistas de congelamiento de alquileres, gratuidad del transporte y aumento del salario mínimo a 30 dólares la hora, están despertando la simpatía de los votantes potenciales. Pero ¿quién es este Mamdani y qué intención se vislumbra realmente detrás de sus propuestas? ¿Le convendría a Nueva York un líder de orientación marcadamente izquierdista, mucho más que la del actual alcalde Adams?




     No es para nadie un secreto que Nueva York se haya en una decadencia sistemática desde hace algunos años. El reconocimiento como ciudad santuario para recibir a toda clase de inmigrantes ha afectado mucho la seguridad, la limpieza y el orden de la antigua Gran Manzana, que viene en un retroceso crítico, asemejándose cada vez más a la distópica Ciudad Gótica del atormentado Batman. Parte de esta decadencia se debe a políticas progresistas que han implementado los últimos mandatarios y que han dado al traste con el otrora sueño americano, convirtiéndose en una pesadilla para quienes en alguna época de su vida lo cumplieron y ya están allí radicados, y para quienes apenas aspiran a hacerlo realidad.

     Con la posible llegada de Mamdani al primer cargo de la ciudad, la capital del mundo podría ahondar en su caos urbano y colapsar cuando los choques culturales, producto de las oleadas de migrantes con valores tan diferentes y opuestos al espíritu de la unión americana, provoquen una crisis irreversible hasta el punto de que “la ciudad que nunca duerme” se convierta en un insomnio de pánico permanente. 

     Pero el problema más grave no es tanto el de los migrantes pobres que se cuelan por la frontera y van a parar a Nueva York, y que al fin y al cabo están buscando un plato de comida y la oportunidad de salir adelante honradamente (aunque sin documentos) que no tuvieron en sus países de origen. El problema es cuando quienes migran, aparte de no compartir la cultura ni los valores originales de una nación formada bajo ciertas concepciones de la fe, la familia, la patria o el trabajo, tienen la posibilidad de llegar a un cargo de poder político e intentar transformar todo eso desde adentro, modificando así el ethos de un pueblo que se forjó con un sentido muy diferente. Ese pudiera ser el caso del joven Mamdani, que a pesar de que ya es candidato a sus escasos 33 años, me genera todos los temores.




     Es cuando menos paradójico que un musulmán socialista pretenda ser la primera autoridad de la ciudad cuyo símbolo es la libertad. Paradójico, teniendo en cuenta que Nueva York pondera un espíritu libre y es el centro mundial del capitalismo. Si uno revisa a vuelo de pájaro las propuestas de Mamdani, se puede percibir allí un tufillo social-wokista que no deja de inquietar. Por ejemplo, el congelamiento de alquileres, los supermercados públicos con precios controlados gestionados por el gobierno local, la transformación de 50 escuelas en centros de “resiliencia climática”, la gratuidad del transporte, la creación de la Oficina de Asuntos LGBTQIA+, o el aumento de impuestos y del salario mínimo hasta llegar a 30 dólares la hora para 2030, son medidas que solamente se consiguen a través de la vieja fórmula conocida: los privados serán los que tendrán que financiar todo el aumento del gasto público. En otras palabras, para que un segmento de la población reciba ciertos beneficios, habrá que restringírselos a otro segmento que ya trabajó y pagó por ellos.

     Desde luego que el Estado de bienestar es muy importante conservarlo, y más en una nación que siempre se ha preocupado por la gente, pero ese bienestar debe estar sustentado sobre una productividad generada por la empresa privada. Si se aumentan los impuestos a las grandes corporaciones para financiar programas sociales, se corre el riesgo de que a largo plazo desaparezcan tanto corporaciones como programas. Pero Mamdani, que se llama a sí mismo un “socialista democrático”, propende por una distribución real de la riqueza y una lucha encarnizada contra la desigualdad de ingresos. Dos conceptos que son marcadamente socialistas: distribución, desigualdad. No habla de generación de riqueza, que sería realmente la forma como se combate la pobreza. Porque si habla de desigualdad, no le apunta a que los pobres ganen tanto como los ricos, sino al revés: que los que hoy son ricos, o más bien clase media, sean tan pobres como los pobres. Ese es el peligro con este tipo de propuestas populistas que ofrecen la gratuidad como una forma de ayudarle a los más necesitados para que sigan hundidos en la pobreza.




     En el tema de la seguridad tampoco me deja tranquilo cuando afirma que “la violencia es una construcción artificial”. Me pareciera oír al patético presidente de Colombia cuando dice que si se deja de llamar delito al delito, entonces habrá menos delito. Y así está Mamdani, como todo un candidato de república bananera en la urbe más reconocida del mundo. ¿Y qué es eso de comprar las viviendas gradualmente en el mercado privado para convertirlas en propiedad comunitaria? Pues es comunismo puro y duro, de ese que va poco a poco absorbiendo la propiedad privada para hacerse con ella impunemente.

     Queda en manos de los electores neoyorquinos el futuro de su ciudad. Si se depuran por este joven comunista y oportunista activista pro-Palestina, doy por sentado que el futuro que le espera a Nueva York será desolador: aumento de la inseguridad por desfinanciación de la Policía y tolerancia al delito, aumento del consumo de drogas, aumento de los impuestos, aumento del costo de vida, aumento de la insalubridad, violación a la propiedad privada, restricción a la libertad política y religiosa, impulso de la ideología progresista para generar pérdida de identidad, desarraigo por la patria chica que le pertenece a todos, pero que en realidad no es de nadie. Todo eso lo profundizará Nueva York más de lo que ya está en caso de elegir a Mamdani como alcalde, porque sería la extrema izquierda caviar gobernando en el centro financiero mundial: nada más y nada menos que un comunista con Iphone devorando la Gran Manzana.



sábado, 5 de julio de 2025

El salón del ruido

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Cuento)







     Rupertino ingresó dubitativo en el salón del ruido. No sabía exactamente si debía estar allí, pero le dijeron que era por su bienestar físico y mental. Y toda búsqueda del bien implica la conciencia instintiva del sacrificio. Solo que no entendía cómo podría alguien encontrar bienestar mental y físico en aquella prisión de máquinas y fierros infernales; entre gritos de guerra, quejidos acuciantes y conteos imperecederos proferidos por la voz de un superior por cuya mínima desobediencia había que reiniciar el ciclo eterno, recreando el mito de Sísifo. 

     Daban ganas de huir de allí, pero al mismo tiempo daban ganas de esperar el desenlace de algo que probablemente sucedería en medio de toda esa caterva de locos que ejecutaban movimientos extraños con invenciones hechas para la tortura. “Aquí podría haber problemas”, se dijo mentalmente, convencido de que a la mínima provocación cualquiera de esas criaturas azuzadas por el convencimiento de su poder inexpugnable entraría en conflicto con alguna otra que intentase desafiarla. El salón del ruido, en definitiva, era un escenario propicio para la confrontación bélica, y así le hubiera gustado a Rupertino Díaz que sucediera. Él, espectador irredento de series y películas que le sembraron el germen de la violencia en lo más recóndito de su acobardado corazón, disfrutaba de ver sangre mientras no fuera la suya propia.




     Los asistentes se veían exhaustos, ansiosos, llenos de una adrenalina incontenible que les hacía disfrutar de su suplicio. Otros, en un salón especial en donde no tenían cabida los aparatos de muerte, bailaban frenéticos al ritmo de unos compases endiablados que parecían incitarlos a la lujuria. Eran golpes cadenciosos y repetitivos; percusiones demenciales llenas de enajenamiento, pero también sobrecargadas de una energía desafiante que animaba sin pudor a la maldad. Una convulsión carnavalesca de trajes ajustados y humedecidos; de transpiraciones de bestias en celo como las que se encuentran en la ardiente llanura africana. Allí, mientras unos bailaban y otros golpeaban sus hierros candentes contra el piso, y otros más corrían y pedaleaban sin llegar a ningún destino, se recreaba una escena digna del infierno de Dante, porque a Rupertino se le asemejó este lugar al averno donde van a parar los condenados. En este caso los condenados por su narcisismo, su vanidad y egoísmo; su búsqueda desaforada de la belleza exterior en detrimento de la bondad del alma. 

     Contagiado ya con el ambiente de los golpes ensordecedores, la música degradante y el culto al cuerpo, Rupertino intentó ser partícipe del espectáculo convirtiéndose en otro más de los actores de la farsa, pero cayó en cuenta de que no era del todo bienvenido a la función. El encargado de mover las poleas del telón lo ignoró por completo cuando quiso también mover él esas poleas. Se acercó para ver si lo integraban al ejercicio de jalar las cuerdas que hacían elevar pesadas barras de hierro como lingotes de oro negro, pero nadie le dio la oportunidad esperada. Tampoco nadie se tomó la molestia de convidarlo.




     De modo que Rupertino, sin saber a quién dirigirse, abordó al primer artista a su alcance y le habló con toda educación. Portaba este unos diminutos audífonos por los que parecía escuchar instrucciones de suma importancia, atendiendo a la única realidad posible para el sujeto: la de su ser interior. Por fuera de los audífonos el mundo no existía, así como tampoco ese ser grotesco que le intentaba preguntar algo y le interrumpía abruptamente su desempeño. ¿Quién lo dejó entrar? Lo alejó con un gesto de desagrado, pues tampoco valía la pena desgastarse con palabras para con aquel intruso.

     No supo Rupertino en qué momento intervenir. Los habitantes de aquel recinto hermético ignoraron su presencia como se ignora lo indeseable. Se dirigió a otro segmento de la obra, la sección de los culturistas probando la fuerza de sus brazos y aferrándose a sus plataformas para que nadie más llegara, porque un descuido en su representación teatral haría que los extras como Rupertino los reemplazaran sin éxito en la función circense. Algunos realizaban su gesta utilizando unos largos y pesados tubos de hierro a los que adherían círculos voluminosos para hacer más dolorosa su tragedia, como si fueran Atlas condenados a sostener el cielo sobre sus hombros, mientras otros representaban su papel empuñando pequeños cilindros de ejes cortos con los que podían demostrar su poderío; todos de diferentes pesos y tamaños según la importancia y experiencia del personaje.




     Mejor era comenzar por allí, en la seguridad las plataformas, en los dispositivos  acordes con su capacidad física: mejor empezar desde abajo, ir aumentando de nivel y acoplarse al ritmo doloroso de su destino de guerrero. Igual que en las poleas, nadie quiso que Rupertino se acercara allí. Intentó tomar uno de los rodillos cortos dispuestos en los estantes, pero los de su medida estaban ya ocupados por otros integrantes del salón del ruido. Ninguna de las plataformas estaba libre, y cuando creyó que alguna de ellas le pertenecía, aparecieron dos o tres gigantones con una parafernalia de platos y herrajes que dispusieron a su alrededor, le cambiaron la posición anatómica a la poltrona del castigo, la arrastraron de un lugar a otro y la hicieron suya por horas, haciéndole señas de que esperara su turno. Al parecer, aquella sesión estaba destinada solamente a los más experimentados. Rupertino no entendía en qué momento entonces podía interactuar con los demás jugadores del escenario, o cómo ser él un nuevo jugador. Por todo requerimiento para entrar en la dinámica del lugar, siempre recibió las mismas respuestas: “lo necesito”, “lo estoy usando”, “es mío”, “tardo bastante”, “está ocupado”. 

     Qué cosa compleja era este lugar, qué difícil ser aceptado y qué mala energía se sentía en aquel teatro de operaciones en donde cada uno andaba como un autómata preocupándose por ser mejor que el otro, pues el espíritu de competencia descarnada, aunque fuera silenciosa y bien disimulada, animaba constantemente la acción de unos y otros. Por esa razón no había allí aliados ni amigos, salvo que de antemano, o en un proceso largo de muchos sufrimientos, se hiciera uno de un compañero para soportar las tribulaciones de aquel lugar al que los miembros asistían para autoflagelarse y salir creyéndose mejores personas, aunque en realidad no lo eran.




     Se decidió por los artilugios propicios para desgarrar brazos y piernas. Las posibilidades de participar allí se incrementaban en la medida en que los participantes hicieran su parte de uno en uno, pero algunos se tomaban más tiempo que otros y ocasionaban retrasos en el progreso de los demás. Hubo quienes al terminar su ejecución se embelesaban con sus teléfonos personales y hasta hacían vida social y laboral en los intermedios, porque el mundo del bienestar físico dependía en sumo grado del bienestar económico y social. No había tiempo ni excusas para cesar la producción de dinero y la cosecha de relaciones. Hubo otros, y especialmente otras, que hicieron del escenario un set de grabación, un estudio fotográfico y una pasarela improvisada de manera simultánea, y llevaron su colección de cámaras, luces y trípodes para registrarse constatando su proceso, porque no bastaba con el esfuerzo personal que cada uno hiciese por sí mismo, sino que en la sociedad del espectáculo, hasta el más mínimo logro, como una simple gota de sudor, había que documentarlo, exhibirlo y cacarearlo como si de la máxima aspiración se tratase. Hacer pública la vida privada se volvió el requisito sine qua non del éxito en los tiempos modernos. 

     Fue así como Rupertino Díaz vivió su primera experiencia en el salón del ruido y la soberbia. Comprendió que era en estos lugares donde los habitantes de la ciudad purgaban los excesos de sus fines de semana y posaban de hombres y mujeres saludables, vigorosos y disciplinados, y por consiguiente de personas deseables para el universo. Bendecidos, afortunados, felices... fue su nuevo lema.




     Hubo otros tiempos en que estos lugares de agonía existencial se utilizaban para forjar el carácter, cultivar la fuerza, y hacer de la estética del cuerpo un arte excepcional sin necesidad de recurrir a los artificios de los filtros, las modas o los esteroides. Pero esos tiempos han quedado atrás, y a Rupertino lo convencieron de que en aquellos circos romanos donde pululaban gladiadores, esclavos y diosas de la juventud y la belleza, eran buenos para sentirse bien consigo mismo y de paso disimular los estragos de una glotonería incontrolable que lo había convertido en un antihéroe del esfuerzo y la voluntad. Le dijeron que esos salones, que también eran llamados gimnasios, se remontaban a la Antigua Grecia, donde además de ser centros de entrenamiento físico, también lo eran de formación intelectual y filosófica. Pero aquí de filosofía muy poco, a no ser que fuera la filosofía del “eterno presente”. Tampoco encontró mucho intelectualismo, sino más bien una exaltación de la ignorancia y la irracionalidad volcadas al culto del Yo. Y del entrenamiento físico apenas quedaba una mínima intención de hacerlo, no con el ánimo de fortalecer el cuerpo, sino simplemente con el objeto de adorar la imagen que devuelven los espejos carentes de objetividad.

     Por eso Rupertino salió desencantado de aquel salón del ruido, sin detenerse en aquella comunidad que parecía poseída por el demonio de la vanagloria; sin despedirse de nadie. Y salió directo al lugar en el que verdaderamente se sentía como en casa; allí donde lo mimaban y lo contemplaban como si fuera un rey ungido, y lo acogían con agrado, gustosos siempre de que él fuera un miembro constante de ese otro salón en donde también había ruido y multitudes, pero un ruido y unas multitudes mucho más libres y despreocupadas que sí lo dejarían actuar a sus anchas, sin tener que esperar una autorización, un turno, una banca, un dispositivo.

     Se fue para la panadería de su barrio a embutirse de roscones, buñuelos, empanadas y bizcochos. ¿Cómo no iba a sentirse mejor allí donde nadie le exigía cambiar para ser aceptado ni tenía que pedir el consentimiento de otros para hacer lo que mejor sabía hacer?




Por una nueva refundación

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