sábado, 25 de octubre de 2025

Comfama se le rinde al diablo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)









Cuando hayas entrado en la tierra que Jehová, tu Dios, te da,

no aprenderás a cometer abominaciones como las de esas naciones,

no ha de haber en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego,

ni quien practique adivinación o astrología, hechicería o magia.

Ningún encantador ni consultor de espectros o adivinos,

ni evocador de muertos, porque todo el que hace estas cosas

es una abominación para Jehová, tu Dios.

Y por estas abominaciones, Jehová, tu Dios,

echa estas naciones de delante de ti.


Deuteronomio 18:9-12


     Como si no tuviéramos suficiente con la maldad que campea en estos pagos de nuestra vilipendiada patria en manos de la peor clase de gentuza, ahora hasta a las cajas de compensación les ha dado por exaltar esa terrífica maldad, cuya puesta en práctica ha arruinado moral y espiritualmente a países como Haití y Cuba, sumidos en la miseria más degradante tras la incorporación, como parte de su idiosincrasia, de las formas más abominables de brujería y satanismo. Solo que esa malevolencia ya viene envuelta ⸺una vez más⸺ con el celofán de la “diversidad”, la “multiculturalidad”, “la amplitud de mirada” y todos esos aderezos que le ponen al veneno para hacerlo parecer como alimento.

     Me refiero particularmente al caso de Comfama, que decidió celebrar por estos días la Feria Popular de la Brujería. Qué cosa tan sanadora.

     La señora Paola Mejía, directora del Área Cultural de Comfama, dice que esta caja de compensación “tiene un proyecto educativo y cultural muy grande en el que se proponen conversaciones alrededor de diversos temas como literatura, cine, teatro”, y que estas conversaciones “siempre van enmarcadas a tejer puentes entre distintos puntos de vista”. El evento de los brujos es para “ampliar la mirada”, según ella, “para abrir una conversación muy importante para el país acerca de la diversidad”, en este caso no sexual, sino religiosa y cultural. La brujería, para la señora, es una categoría espiritual que goza de la misma respetabilidad de cualquier otra, y por ello el propósito del congreso es “generar una visión nueva sobre un país diverso que tiene muchas culturas y muchas manifestaciones espirituales”. Según esta defensora de brujos, esto es una práctica común y cotidiana conocida por la comunidad en general. “Porque hay que dejar que ello nos una y nos permita repensarnos para convertirnos en una sociedad cada vez más justa, más incluyente y más humana", fueron sus palabras en entrevista con la emisora La F.M.




     Qué hermoso suena ese discurso, qué causas más loables para rendirle honor al diablo. A esta señora la deberían echar a patadas, no sólo porque encubre místicas sórdidas y las vende como un bienestar para los trabajadores y sus familias, sino porque está utilizando los recursos que los empresarios pagan a Comfama para este fin. Recursos que, por cierto, deben ser retribuidos por ley a los empleados y a sus familias en forma de programas sociales. En lugar de ello, lo que se patrocina es un evento para promover la brujería. En el fondo, lo que alienta detrás de todo ese telón de buenas intenciones, de diversidades, encuentros, saberes y diálogos, es la más pura ideologización de los ciudadanos para normalizar lo que está mal. No se me hace raro que tal evento haya sido concebido bajo el auspicio de este gobierno. No me digan que la brujería es una cosa benigna y ancestral que aborda los saberes más profundos que nos otorga la naturaleza. Este congreso, de inofensivo, no tiene nada.

     Así como en la época de las Cruzadas se asesinaba en nombre de Jesucristo, hoy se apela al nombre de otras aparentes buenas razones para imponer, ya no la religión cristiana, sino la religión anticristiana.

     Tanto lo uno como lo otro está mal: está mal matar bajo la aparente bandera de la causa cristiana, como también está mal adoctrinar en nombre de la inclusión, máxime si de incluir lo malo se trata. Pero este relato, que es un anexo del discurso progresista empeñado en podrir todo lo que toca, le está costando a la sociedad su cohesión y su supervivencia. No sólo se ha producido con ello el más grande lavado de cerebro a través de ideologías como por ejemplo la ideología de género ⸺y ahora la de la brujería⸺, sino también el exterminio en masa de bebés que cada día son asesinados antes de nacer; el adoctrinamiento de niños a los que les arruinan su identidad sexual confundiéndolos y haciéndoles trizas su futuro; la disolución de las familias cuyos miembros se ven obligados a enfrentarse ante la narrativa de ver al otro como enemigo; en fin, la destrucción y atomización del individuo, tanto física como espiritual… y todo en nombre del amor y del respeto a las diferencias. Tendrían que empezar por respetar el legado de la civilización occidental judeocristiana, que no admite este tipo de prácticas macabras.




     Porque está claro que la época de la Inquisición ya pasó, por fortuna, y no hay que cazar a las brujas, ni perseguirlas para darles muerte. Allá ellos con sus conjuras demoníacas, pero en privado y lejos de las familias colombianas. Muy lejos, y tal vez en la clandestinidad, ocultos en las sombras por miedo a la condena social, que debería ser bastante ejemplarizante. Bastaría con impedir que sus ideas lleguen a hacerse extensivas a las instituciones del gobierno y empresas privadas que brindan apoyo. Entiendo que cada cual tiene la libertad para pensar y creer en lo que quiera, pues la espiritualidad pertenece al fuero privado. Lo que no está bien es que idolatrías tan abominables para la sana convivencia de las familias sean promovidas y ensalzadas como otro tipo de espiritualidad. Mucho menos cuando es una caja de compensación, que maneja recursos que no son propios, quien se encarga de ofrecer este nefasto mensaje. ¿No pondrían el grito en el cielo estos mismos promotores de la brujería si se financiara un congreso católico con la plata de Comfama, que no es un ente del todo privado, sino que se mueve con los recursos de las empresas? Porque eso de sembrar a Cristo en los corazones como que no es con ellos. Pero apoyar a los brujos, emisarios del ente que representa la malignidad en la tierra, eso sí que les suena bastante bien.

     Me da mucha pena, señores de Comfama, que dilapiden el dinero de los empresarios para beneficio de los trabajadores en congresos de brujos o nigromantes. No importa que la plata la administren ustedes, o sea de ustedes, porque el objeto de su existencia es cumplir con la labor social, la cual debe ser vigilada por el Estado, al que por cierto le debe agradar mucho este congreso desde sus estamentos superiores de gobierno.




     El hecho aquí es que están justificando prácticas que dañan al ser humano. ¿Acaso meterse con la brujería, la santería y el satanismo le ha dejado algo bueno a las sociedades en donde se realiza? Ahí está la ruina de países como Haití, Cuba, y la mayoría de los africanos, imbuidos en una maledicencia sin retorno; entregados a un culto que para nada puede considerarse cotidiano y normal; alternativo y ancestral. Con ese hueso a otro perro: ese tipo de eventos lo único que va a traer es destrucción, envilecimiento de la sociedad. Los pactos con el diablo nunca reportan beneficio espiritual, y eso fue lo que hizo Comfama al disfrazar un congreso de intenciones oscuras con el traje de la actividad lúdica y cultural.

     Hace unos años este aquelarre habría movilizado a la ciudadanía para sentar su voz de protesta. Hoy, en cambio, somos muy pocos los que nos atrevemos a condenar semejante despropósito. Y muchos ni siquiera tenemos alcance ni difusión, sino apenas las cuatro paredes de nuestro cuarto para expresarnos mentalmente. Debe estar bastante mal una sociedad que admite la brujería y el satanismo como parte de una expresión cultural y religiosa tan válida como la profesión de la fe cristiana. Han equiparado el mal con el bien hasta el punto de que hoy en día no sabemos en dónde termina el uno y dónde comienza el otro. Pero sigan creyendo en las promesas del encantador de serpientes, que así les irá. No le auguro mucho porvenir a esta caja de compensación ni a su directora cultural, porque será cuestión de tiempo para que, como dice el texto bíblico, Dios eche a los practicantes de estas abominaciones lejos de su tierra prometida.





sábado, 18 de octubre de 2025

De lejitos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Cuento)







     A veces basta una frase pronunciada al descuido, un comentario soltado al garete sin intención de herir a nadie, para que de repente, derivada de esa expresión que no necesariamente tiene por qué comprometer a quien la emite, surja una fama sempiterna e imborrable de algo que no se es.

     Le sucedió a un amigo mío hace poco, y quien en verdad lo hubiera conocido tan bien como yo, no se habría extrañado de que Rupertino Díaz fuera en el fondo un defensor acérrimo de los animales y de los desvalidos, quién lo creyera.

     A veces lo sorprendía soltando comentarios del tipo “lo último que yo haría en la vida sería recogerle mierda a un perro”, o, “por una declaración de principios, yo no llevo encargos cuando viajo al exterior”, o, “es una lástima que los niños pobres no pasen por este restaurante de este centro comercial para regalarles este sobradito de comida”, y cosas así, pero no por ello quería decir que Rupertino odiara a los perros, fuera un descomedido por no transportar regalos ajenos, o le tuviera bronca a los niños pobres. Lo que pasa es que cuando uno tiene una forma de decir las cosas, así tan escueta, cosa que es harto respetable, termina por ser señalado de mala gente, de soberbio, de quisquilloso; en fin, de todo lo que impide construir camaradería, que en muchos casos se vuelve amistad interesada. El problema surge cuando hay alguien que quiere poner límites, frenos, marcar distancia, evitar la manipulación, o solo pensar diferente. Ahí se prenden las alarmas y se oficializan las etiquetas.

     Y cuando Rupertino expresaba sus opiniones sin filtro, como la gente que es auténtica y no está pensando en quedar bien con nadie, se ganaba más de una enemistad, o por lo menos una que otra animadversión de parte de sus contertulios. Por esa razón sus amigos y conocidos comenzaron a desdeñarlo y él se quedó solo, a lo mejor porque lo malo no era el hecho de decir lo que pensaba, sino cómo lo decía. 




     Continuando con el tema de los perros y las mascotas en general, Rupertino dijo varias veces algo que fue mal entendido por su auditorio a partir de esta declaración:

     -A mí me gustan los perros y los gatos, pero de lejitos.

     Ello bastó para que se le asociara en adelante como un enemigo irreconciliable de los tiernos gaticos y de los amigables perritos, y nunca se pudo quitar de encima esa mala fama. Al fin que no se sabe quién es más radical: si el que emite sus opiniones sin corrección política, o el que las interpreta bajo el velo de su propia subjetividad y de allí parte para condenar: “si no te gusta tener perritos o gaticos en tu casa, es porque eres perrofóbico y gatofóbico”.

     Yo sé que quizás no me entienden con tanta retórica de vigilia, pero les voy a referir esta historia para que vean por qué una mala fama arruina la percepción que se tiene sobre un hombre.

     Era un jueves a las dos de la tarde en la lluviosa ciudad de Pereira. Rupertino aguardaba por su vuelo en la sala de espera del Aeropuerto Matecaña, pero la voz del parlante había acabado de anunciar que por motivos de mal tiempo, el vuelo hacia la otra ciudad lluviosa, la de Bogotá, se retrasaba hasta nueva orden.

     -Maldita sea -pensó Rupertino-, voy a perder la conexión a Nueva York.

     Por suerte, si el vuelo se cancelaba hasta el otro día, podía tomar un taxi hasta su casa y regresar al día siguiente sin tener por ello que verse obligado a pagar una noche de hotel. Estaba en su ciudad natal, ¿qué podía preocuparle si allí se sentía como un pez en el agua?




     Entonces la vio pasar: era una muchacha de unos veinte años, de figura esbelta y cabello rubio y sedoso como le gustaban a él. Arrastraba en una mano una maleta mediana de rodachines marca Vélez, fabricada en lona con apliques de cuero bovino y un diseño de grabados. La de él, en cambio, era una de esas Náutica de plástico color amarillo con la que venía viajando desde 2014 y a la que los delicados y cuidadosos operarios de Avianca ya tenían pelada por todos lados. En la otra mano tiraba de una cuerda larga en cuyo extremo vio lo que menos le gustó de ella: un Golden Retriever de unos 65 centímetros de altura, cuyo pelaje dorado y brillante se veía más cuidado que las crenchas de Rupertino. Era un perro de apoyo psicológico que ahora ya dejan subir a los aviones.

     El indiscreto pensamiento de mi amigo lo llevó a desear por lo bajo a aquella preciosura, que lo que le hacía falta no era un perro, sino un hombre como él para sacarla de la depresión que debía estar padeciendo. Una lástima no ser el elegido. Por fortuna, nadie pudo oír el murmullo. Todos los que esperaban en la sala estaban entretenidos viendo al animal. Todos, menos él, a quien no le llamaba la atención en lo más mínimo ir a acariciar al can. Los niños le buscaban juego y las señoras se acercaban a preguntarle a la chica que cuánto tenía, que cómo se llamaba, que si estaba adiestrado y cosas así, al tiempo que admiraban a la mascota con una actitud enternecida. Las orejas caídas, los ojos expresivos y la cola siempre en movimiento del Golden lo hacían ver más adorable y juguetón.

     Cuando la muchacha se sentó en la banca frente a Rupertino, leyendo absorta en su celular, el perro le movió la cola al mirarlo, y Rupertino le hizo una carantoña de lejitos, que era como le gustaban a él los animales. 




     -¿Quién será su vecino de asiento? -se preguntó divertido ante la posibilidad de que fuera él. Era muy poco probable que, entre aproximadamente 150 pasajeros, mi amigo contara con la buena o mala suerte de ser el compañero de viaje de la chica y su voluminoso can. Pensó que podría ser buena suerte si se presentaba la oportunidad perfecta para conocer a una hermosa mujer, ¿por qué no? La esperanza es lo último que se pierde. Y al mismo tiempo sería mala suerte si tenía que estar sentado al lado de un perro por casi una hora, respirando su aliento a sabiendas de que a él solo le gustaban los animales a muchos metros de distancia, en parte porque era escrupuloso y un poco alérgico.

     Se imaginó hablándole a la joven, proponiéndole un tema de conversación a propósito de su perro de apoyo emocional. Se vio a sí mismo tocándole la cabeza al Golden Retriever y diciendo lo bonito que era y cómo le gustaban a él los animales, inventándose historias de mascotas pasadas e inexistentes solamente para congraciarse con la damisela. Por otro lado, se imaginaría activando un mecanismo especial en su puesto, que consistiría en que se abriera un hueco en el piso y el perro fuera expulsado accidentalmente, y luego todo como si nada, pero que la muchacha no se diera cuenta de que había sido Rupertino el causante de su desgracia. Sería magnífico prescindir del can y quedarse con la bella joven. Convertirse él mismo en el perro de ella para que lo llevara a todas partes y se cambiara en frente de él. ¿Por qué a las muchachas bonitas les tienen que gustar los perros? 




     Todos esos pensamientos retorcidos pasaron por la cabeza de mi amigo en caso de que el azar existiera así tan perfecto, pero sabía que la probabilidad era casi nula. Incluso ni siquiera sabía si la hermosa mujer viajaría a Bogotá en el mismo vuelo, al cual ya le habían notificado un retraso de dos horas más por el mal tiempo. Ni modo. La chica se cansaría y se largaría antes de que su avión pudiera partir. De hecho, cuando anunciaron el vuelo de Cartagena en la otra aerolínea, ella se incorporó, agarró de la cuerda a su peludo amigo y se lo llevó quién sabe para dónde. Adiós oportunidad. No la volvió a ver más en la sala de espera. Tampoco entendió por qué el mal tiempo solamente era para su aerolínea, pues los aviones de la competencia sí despegaban normalmente.

     Se despidió en silencio, deseándole la mejor de las suertes a su fugaz amada y a su mascota. No era tan malo Rupertino después de todo. Estaba reconfortado por al menos haber visto algo agradable durante su espera, pero cuando trató de recordarla se decepcionó de sí mismo: en lugar de la hermosa mujer, el rostro que se le apareció en su mente fue el del Golden Retriever.

     El vuelo estaba nuevamente demorado. Otra hora más. Buscó a la muchacha con la vista, pero definitivamente se había esfumado de la sala. Tampoco vio al perro. Cuando llamaron para el abordaje, los 150 pasajeros se aglomeraron en una fila eterna. Se produjo un gran tumulto, no respetaron el orden de los grupos. Ya todos querían ingresar. Al fin, Rupertino pudo entrar al avión estrecho, que más parecía un bus de servicio intermunicipal. Buscó la silla 10B, la del centro, pero así la había reservado para que le costara un poco menos el tiquete. Nadie quiere ese puesto del medio en los aviones. Entonces, cuando llegó a su lugar, justo en la silla de la ventana, en la 10A, estaba ella. A sus pies, el Golden Retriever de 65 centímetros trataba de acomodarse sin éxito en un espacio imposible para su tamaño, quedándole parte de su cola en el espacio donde Rupertino debía poner sus pies. Pensó en pedirle a la asistente de vuelo que lo cambiara de puesto, pero su timidez no se lo permitió. ¿Por qué con sus familiares y amigos era tan valiente para expresar sus deseos, pero se amedrentaba ante los desconocidos? 




     -Buenas tardes -saludó resignado mientras acomodaba su maleta de mano en los compartimentos.

     -Buenas tardes- le respondió ella sin sonreír.

     Rupertino ocupó su asiento con alguna dificultad. La chica le preguntó apenada si le molestaba compartir un poco de su espacio con el perro, a lo que Rupertino le respondió con la más políticamente correcta de sus mentiras.

     -No, para nada. Por mí no hay problema.

     “Bueno”, se dijo Rupertino, “se me ha cumplido el sueño”. Ya preparaba una frase abridora; unos dos o tres comentarios acerca del perro para adentrarse por este camino al corazón de su futura conquista en los próximos 45 minutos. Mejor suerte no le habría podido traer aquel tierno Retriever. La muchacha parecía ser amable. Era la oportunidad perfecta. Sólo que cuando Rupertino volteó a verla para hablarle, ella ya se había puesto un antifaz y se disponía a dormir una siesta que duraría todo el corto trayecto hasta Bogotá. Se preguntó si estaría bajo el efecto de algún somnífero o antidepresivo que se acababa de tomar, mientras el perro, desde el suelo, lo miraba todo mancornado, como respondiéndole la pregunta y diciéndole: “compadre, aquí nos tocó entendernos entre usted y yo”.

     Para rematar, un gordo llegó a ocupar la silla del pasillo, y así Rupertino quedó como el jamón de un sándwich. No le quedó de otra que viajar con la cola del perro en sus zapatos, y al perro no le quedó de otra que mirar aterrado a Rupertino, como pidiéndole clemencia por un poco más de espacio. Cada uno alerta a cualquier movimiento, vigilándose mutuamente. El uno para no ser pisado, el otro para no ser mordido. 




     Al fin, en un acto para bajar la guardia y demostrar confianza, el perro posó su hocico en el zapato de Rupertino a manera de almohada y allí se quedó por lo menos los primeros veinte minutos del vuelo. Fue un avance osado, pero ya no había manera en que Rupertino lo pudiera rechazar. Fue una declaración abierta de amistad. De modo que la pierna izquierda de mi amigo quedó inmovilizada y encalambrada, pero todo ello fue por una buena causa. Mandó la mano a la cabeza del Golden, y este la levantó para dejarse acariciar. Rupertino aprovechó para estirar su pie en medio de la estrechez. Se tomó confianza y pasó su palma por el suave pelaje pardo del animal, imaginando que era el cabello mismo de la bella durmiente a su lado el que acariciaba.

     De ella no volvió a tener noticias hasta que aterrizaron en Bogotá. Despertó radiante y ni se dignó a mirar a su compañero de asiento, que para esas alturas era un entrañable camarada de su perro sin que ella lo supiera.

     La lección de esta historia es que no hay que menospreciar a nadie, porque el que menos se piensa puede resultar siendo un gran amigo tuyo. Digamos que sí. Así que no por haber dicho lo que Rupertino dijo alguna vez, quiere decir que este tenga algo contra los nobles amigos del hombre. No es que no le gusten, sino que le gustan de lejitos, porque nunca los podrá ver como a sus iguales, ni mucho menos como a miembros de su familia. Eso sí, podrá hacer excepciones y tomarlos como compañeros de viaje válidos con los que podría establecer una relación amistosa a 8000 pies de altura, bien lejos de la realidad terrestre.




sábado, 11 de octubre de 2025

¿Un Nobel con segundas intenciones?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)







     Se está hablando mucho de paz por estos días. El Comité Noruego del Nobel, con sede en Oslo, le concedió el Premio Nobel de Paz a María Corina Machado “por su incansable lucha a favor de la democracia de Venezuela”.

     Ayer, viernes 10 de octubre, se hizo el anuncio oficial al mundo. La líder opositora más férrea contra el régimen dictatorial de Nicolás Maduro, dedicó el premio al “bravo pueblo de Venezuela”, y expresó que este reconocimiento impulsa la lucha por la libertad de su país. También le agradeció al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, por el apoyo recibido y porque en los actuales momentos tiene en jaque al dictador y a sus secuaces por encabezar esa conspiración para introducir drogas al país del norte, llamada El Cartel de los Soles. Existen voces a favor y en contra de este reconocimiento para María Corina. Veamos.




Voces a favor

     A favor de ella se puede decir que ha sido una luchadora y aguerrida mujer que ha puesto al régimen contra las cuerdas. Nunca en los veinticinco años que lleva la dictadura chavista se le ha visto tan desdibujada en su imagen y tan aislada del mundo democrático. Ha perdido el espaldarazo de los países que en otro tiempo apoyaban el Socialismo del Siglo XXI, incluyendo otras dictaduras como la china y la rusa, y eso no solamente es por la lucha que ha hecho María Corina Machado desde adentro, sino por la llegada en enero del presidente Trump al poder en los Estados Unidos, el cual pateó el tablero geopolítico que se tenía hasta el momento y está comenzando a instaurar otro orden desde afuera. Bastaría con que moviera un dedo para sacar al narcotraficante de Nicolás Maduro directo a una cárcel en La Florida, pero quiere ser precavido para no sacrificar civiles innecesariamente. 

      Si algo ha hecho María Corina por su país, es jugársela por la democracia, al punto de que decidió apostar por unas elecciones que sabía que se las iban a robar, nada más para demostrar por enésima vez que en Venezuela la democracia es una farsa y que todo lo controla el régimen. Al final lo demostró y asestó el golpe de credibilidad más fuerte que ha sufrido el dictador. En eso hay que reconocerle su valor. Los que hoy celebramos el premio de María Corina Machado somos los demócratas, los partidarios del mundo libre, los que no queremos comunismo en ninguna parte de la tierra. Porque así ella aún no haya logrado la paz para su país, logró algo muy importante para el mundo: unirse en contra de la dictadura socialista. Lo primero es lo primero. Sacar a Maduro y a sus lugartenientes mafiosos, y después ver bajo qué principios ideológicos remiendan ese país, que no se recuperará de su retroceso ni gobernando diez María Corinas en seguidilla.




Voces en contra


     En contra de ella están los malvados de esta historia: los dictadores, los narcotraficantes, los comunistas, los violentos, la progresía chillona en pleno que solo llora por el ojo izquierdo y que en este momento solo escupe veneno contra María Corina. Si uno tiene esta clase de enemigos, quiere decir que va por buen camino. Por lo menos los casi diez millones de venezolanos que han tenido que salir huyendo de la dictadura la deben de apoyar: la gente común y corriente, la gente trabajadora, la gente honesta.

     En contra de ella están los socialistas y algunos radicales trumpistas, que a la vez son los más puristas de los principios de derecha, y que ven en María Corina a una opositora de mentiras; a un caballo de troya que soterradamente está dándole fuerza al régimen al haberse prestado a participar con un candidato de su movimiento en unas elecciones con apariencia democrática en medio de una dictadura despiadada. 

     Comencemos por los segundos, los del ala más trumpista y de derecha. Ni siquiera el presidente Trump reniega del premio para María Corina, sino más bien la felicitó. Un sector de seguidores suyo ve con recelo que ella, siendo una opositora tan aparentemente encarnizada del régimen violento, todavía sigue libre en Venezuela y la Guardia Bolivariana, que debe saber en dónde está, todavía no haya ido por ella. Ven con extrañeza cómo todos los youtubers y medios de comunicación la encuentran fácilmente y que los únicos que no puedan hacerlo sean los esbirros de Maduro. Para aquellos, ella es un instrumento servil a la dictadura: parte de la disidencia controlada, además porque ha sido ella el freno para una intervención armada en Venezuela por parte de Estados Unidos, ¿por qué?




     No les faltan tampoco razones de peso a quienes cuestionan este Nobel para la opositora venezolana. De hecho, lo consideran un arma de doble filo. ¿Cómo espera María Corina que caiga la dictadura y que Venezuela sea libre si no es con una intervención armada en la que obligatoriamente tienen que haber muertos y heridos? ¿Pretende acaso que Maduro salga por las buenas? En ese caso peca de ingenua, o hace las veces de idiota útil de la dictadura. Ahora con el Nobel de Paz no le queda bien a ella decir que si toca sacar a Maduro con los pies por delante, hay que hacerlo. Tal vez ese fue el salvavidas que el Comité Noruego, zurdo por antonomasia, le lanzó a Maduro para seguir preservándolo con vida; para frenar a Trump, ahora que el mandatario norteamericano también está consolidando su imagen de hombre de paz en Gaza. Así las cosas, no podría haber intervención militar en Venezuela y Trump tendría que retirar sus tropas y dejar que el cartel siga haciendo de las suyas, todo en aras de la paz que estaría siendo reivindicada a través de la reciente Nobel.

     El Comité Noruego, que ha estado galardonando durante los últimos años a líderes del progresismo mundial (véase el caso Obama y Juan Manuel Santos, por ejemplo), no puede ya hacerse el ciego ante las tropelías que desde los activismos de izquierda se vienen cometiendo contra los derechos humanos. Lo que tanto decían defender ahora es lo que menos les importa: han traicionado su causa, demostrando que nunca fue verdadera. 

     Quizás por ello el Nobel de Paz es un merecimiento que hoy está mucho más cercano a los líderes de derecha que a los de izquierda, como es el caso de Donald Trump, el real merecedor de ese premio. Y con seguridad, si acaso el Comité no se vuelve a torcer, debe ser el personaje postulado más importante al premio del año 2026.




     Y aunque María Corina Machado no es una líder de derecha propiamente, sino más bien de la social-democracia, que también tiene su germen progresista, hoy goza de un prestigio que la hace parecer de ultraderecha en el contexto de una dictadura socialista. Están tan graves las cosas en Venezuela, tan permeado el país por el Foro de Sao Paulo, que no hay una verdadera derecha, y lo más parecido que se pudieron conseguir fue a María Corina Machado, que todavía aspira a una salida pacífica del dictador y le pide a Donald Trump que no realice intervención militar. Ahora que es Premio Nobel de Paz, no le quedará bien a ella abogar por esa opción que de todos modos contempla el derramamiento de sangre. Ella no lo puede permitir con el reconocimiento que le acaban de dar: no hablaría muy bien de su pacifismo.

     Tal vez ese sea el freno que el globalismo, a través del Premio Nobel, le haya querido imponer a Donald Trump para que no haga intervención militar en Venezuela. Los otros que se encuentran enardecidos por este premio son, cómo no, los zurdos más zurdos y recalcitrantes. Petro, el gran perdedor de la humanidad, no ha podido contener su furia ni su envidia. Se está remordiendo porque quería ese premio para él, y todos los premios que reconozcan el liderazgo de alguna personalidad en cualquier campo. Quiere pasar a la Historia como alguien relevante en el planeta, pero no es más que un monigote que delira con reconocimientos en su narcotizada mente. Otra que tampoco lo puede soportar es la femi-socialista presidente de México, la señora Sheinbaum, que para no morderse la lengua y envenenarse, dijo que el premio de María Corina no le merecía ningún comentario. Ni siquiera por solidaridad con una persona de su mismo género. Sí, una mujer latinoamericana que volvió a ganar un Nobel, mínimo merece una felicitación, pero el feminismo de Sheinbaum es selectivo. Antes que feminista, se debe ser socialista, o si no, no vale.




Mi humilde opinión


     Personalmente, yo quisiera creer en el sector de los que hoy aplauden con esperanza y optimismo este galardón. Yo quiero estar con María Corina esta vez, aunque algo muy profundo de esa intuición que todavía me queda de mal pensado me dice que este Nobel es un dulce envenenado. Todo el mundo está aplaudiendo a la Nobel de Paz por su lucha por la democracia, pero… ¿la democracia para cuándo?

     Infortunadamente la libertad contra un tirano no se logra sin derramar sangre, y si María Corina quiere la libertad de su país, tendrá que hacer ojos ciegos a la palabra paz y declararle la guerra a muerte al régimen. Y cuando digo a muerte, es porque muertos es lo que va a haber cuando tengan que entrar por Maduro y los demás. No se puede ser tan ingenuo de seguir esperando la voluntad de entrega del tirano o la negociación. Con el diablo jamás se negocia, querida Nobel.






sábado, 4 de octubre de 2025

Entre páginas y antojos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)










     En este mundo moderno, diseñado para el puro goce y el placer de los sentidos, se me antojan dos pasiones que me resultan harto difíciles pasar por alto: la pasión por la lectura y la pasión por la comida.

     La primera me surgió desde niño, en el tiempo en que tenía la mente más despierta y hasta me era fácil aprender textos enteros de memoria. Fui un alumno aventajado del jardín infantil cuando decidí, a mis cuatro años, quedarme con el grupo de los niños a los que les enseñaban a leer en lugar de ir con los que estaban deseosos por pintar. Y todo por la pura rebeldía. Por eso creo que se me dio más fácil aquello de escribir un texto que aquello de dibujar hasta una simple línea con regla: me quedará siempre torcida. Mi terror en las pruebas psicotécnicas es que me pongan a dibujar un hombre bajo la lluvia, y mi alegría es que me pongan a echar carreta sobre cualquier tema, siempre que no se trate sobre mí. Nada más fatigoso que tener que contar cosas de uno mismo, porque en el fondo no soy más que un tipo aburrido que solo se sabe divertir estando solo.




     Como leer requiere de esfuerzo mental por comprender, a medida que se me ha agotado el sentido de la vista y me ha perjudicado la dislexia, producto también de esta innoble exposición a las pantallas de los celulares que entorpecen el cerebro, esta pasión se me ha ido tristemente apaciguando un poco, no porque ya no disfrute la lectura, sino porque cada vez me cuesta más trabajo entender lo que leo. Puedo tardarme cinco meses para terminar un libro que a una persona normal le llevaría en promedio terminar en un mes. Aun así, continúo deseando que esta pasión me domine, me capture por completo, no importa que al final de mi paso por esta dimensión, el balance de los libros leídos arroje una cifra muy inferior a la del resto de las personas. Si por esto soy menos culto que otros, no importa. Lo importante es que haya logrado disfrutar del proceso y aprehender el conocimiento escaso que obtuve de lo poquito que entendí leyendo. Así, esta pasión por la lectura es de aquellas cosas que me hacen bien, pero que el cuerpo (mi cerebro y mis ojos, sobre todo) cada vez más me las permite menos.




     La otra fuente de la que obtengo mi felicidad en la vida es un culto vergonzoso al hedonismo: la comida.

     Para mí, comer, a diferencia de leer, es de esas cosas que quisiera dosificar para efectos de mantener una buena salud nutricional, pero también es de esos placeres que el cuerpo (mi estómago, esencialmente) me pide a gritos y sin medida, aunque sé que no debo hacerle caso. Desearía que nutrirse intelectualmente fuera tan fácil y adictivo como nutrirse físicamente, pero es todo lo contrario. Cada vez me cuesta más leer y me apetece más comer. Complicado digerir la idea de un autor, pero super fácil y estimulante deglutir la preparación de un cocinero. O para ponerlo en otros términos, es más sencillo satisfacer el cuerpo que la mente, aunque conviene más procurar el alimento de esta última. Lo que requiere esfuerzo y exige renuncia de nuestra parte es lo que suele ser más conveniente, así como lo que no se debe disfrutar en exceso resulta ser lo más placentero, pero asimismo lo más pernicioso.

    Como los placeres carnales, por ejemplo (el sexo, el buen dormir, el disfrute de los sentidos). A todos nos sucede lo mismo. En mi caso me condeno particularmente por el apetito desmedido a la hora de enfrentarme a un plato. Comienzo y no quiero detenerme. No tanto así las otras veleidades de mi organismo licencioso. El sexo se me ha convertido en una rareza de la que poco me acuerdo, y el sueño reparador ya me parece una terapia extrema de la que despierto en las mañanas como si me hubieran acabado de dar una paliza. Sospecho que esas son las cuestiones propias de la edad. Ya saben, la proximidad de los cincuenta nos acerca a los padecimientos que antes veíamos desde la distancia en la figura de nuestros padres y abuelos. Achaques de vejez, le llaman, por lo que creo que me envejecí antes de tiempo.




     Pero volvamos al asunto gastronómico. Decía que comer es el gran gusto de mi vida, no tanto por una cuestión de exquisitez de paladar, sino por una cuestión de desmesurado apetito. Porque en ese proceso de disfrutar de la comida, lejos estoy de parecerme a un degustador de restaurante fino. Todo lo contrario, entre más sencilla y abundante sea la vianda, más impulsado me siento a despacharla, como si se tratase de un reto extremo.

     Es que a mí me gusta casi todo, por no decir que todo. Bueno, todo lo que se pueda encontrar en un supermercado de barrio, pues no hablemos ya de animales extraños, ni de ingredientes traídos de no sé dónde, ni de preparaciones exóticas internacionales. Háblenme de arroz, de yucas, de papas, de fríjoles y de lentejas, de comida casera, mejor dicho, porque es la comida que realmente quita el hambre. No me saquen de los cuatro animales básicos de la canasta familiar: res, cerdo, pollo, y pescado si alcanza, porque hasta eso se ha vuelto un lujo comer en estos tiempos. De resto, a mí me pueden dar lo que quieran, que mientras esta pasión por la comida me acompañe y esta hambre que me sobrepasa me haga rendir ante cualquier majestad culinaria de dos ingredientes, todo me va a parecer rico, sabroso, delicioso, en su punto, como para chuparse los dedos.




     Con esas señas les digo que yo habría sido un pésimo jurado de Master Chef. A todos los participantes les habría dado un diez, salvo por la presentación tan ingrata de sus preparaciones. Y no lo digo en cuanto a estética, sino en cuanto a cantidad. Por mí pueden ahorrarse las hojitas de adorno y las pintas con figuritas de salsas en las que no se puede revolcar ni una costrica de pan, y los espolvoreos de finas especias para darle unos toques de galantería al plato, pero que la mayor parte de ellas caen por fuera. Eso déjenlo para la foto a los que les gusta subir su fútil vida a las redes sociales. A mí déjenme servirme directo de la olla, porque yo sí tengo el criterio amplio para saber lo que es una preparación de calidad: un plato hondo tapizado en puro y delicioso arroz blanco, y un segundo piso con el resto de las cosas: la proteína, las tajadas de plátano maduro, las verduras, el principio, y más arroz. ¿Quién dijo que uno tiene que levantarse de la mesa aún con hambre? En mala hora aparecieron los nutricionistas sobre la faz de la tierra.

     De ahí que los que me conocen ya saben por qué no disfruto de ir a los restaurantes finos, que además son bien costosos, a ingerir una comida molecular que parece traída del futuro. Cenas aburridas, de corrección política e imposturas en donde por guardar las formas tiene uno que salir con la misma apetencia con la que entró a empetacarse en casa con lo que se tenga a la mano. Apenas veo que han servido la mesa, que el mesero ya no tiene nada más por traer y se queda parado por ahí con ganas de que uno baje la guardia para irle a recoger todo, me asalta el terror principal que me tiene atado a esta pasión por la comida: voy a quedar iniciado. Y cuanto más exquisito es el menú, más tengo la certeza de que mi estómago me hará el reclamo por haberle suministrado tan poca cantidad para su pretensión insaciable.




     Lo siento defraudarlos, queridos lectores, pero están ante un goloso irredento al que es mejor dotar de ropa para un año antes que llenarlo con comida de alta calidad. Esa comida es soberanamente adictiva, muy peligrosa para un hombre en rehabilitación como yo. Por eso les gusta tanto a las mujeres de avanzada: viene en pequeñas dosis, apenas para sus vientres planos y estilizados, y de ahí que siempre anhelan que se repita la experiencia. Para ellas no se trata de comer, sino de acrecentar su estatus social. Para mí, que voy a lo que voy, se trata de que uno vaya a un restaurante y quede satisfecho. No por nada los precios que uno paga en esos sitios, con valor del servicio incluido, equivalen al mercado de todo un mes.

     Ahora que los médicos me mandaron a hacer dieta por haberme excedido tantos años con la alimentación a base de harinas, grasas y pan con café, tuve que recurrir a mi otra gran pasión para ayudar a contrarrestar mi descarrío alimenticio: leer. Y así he hecho cada que tengo hambre o siento fatiga. En lugar de bajar a la cocina y abrir la nevera a ver con qué me encuentro, despisto el estómago con un libro bien sustancioso que alcanzo de la biblioteca y me embullo en sus páginas férreamente, no importa si las tripas me rugen sediciosas.

     Me ha servido mucho esta estrategia para bajar de peso y controlarme con la comida. El gran problema es que de tanto disciplinarme en ella, ahora estoy devorando libros. Ya los tengo todos desbaratados. Lo mejor será no volver a comprar libros de recetas.




Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...