
A nuestra ciudad llegó el cemento en las primeras décadas del siglo anterior, convirtiéndose este suceso en un paso determinante para la construcción de la reciente urbe que a partir de los años veinte cambió su fisionomía tradicional por una que le daría
un pomposo tinte comercial.
El otrora verde de praderas y
follajes que inundaba esta tierra fértil y rica en vegetación, fue dándole paso
a un gris desteñido y asfixiante que llegó para incrustarse en las aceras, en
las calles, en los techos de Eternit
de las viviendas modernas (que a su vez reemplazaron el ocre de las tejas de
barro de las primeras casas), y en las vigas y columnas imponentes de todas las
construcciones que comenzaron a levantarse precisamente cuando ese gran invento revuelto con arena atosigó el
suelo y lo despojó de su naturaleza; cuando los nutrientes de la savia que
alimentaban la espesa fronda fueron cambiados por los sílices, las alúminas,
los álcalis y los azufres del dañino polvo gris. Ha ocurrido algo similar en las
naciones del subdesarrollo y en algunas del primer mundo, en donde también el
caos reina y el centro urbano es un nicho pestilente y contaminado. Pero como no
es muy práctico lamentarse ni dolerse de manera general por el problema de la
polución del planeta sin antes advertirlo en el propio terruño, me referiré a
esta, la ciudad en la que habito, como punto de referencia para la reflexión ya
tantas veces realizada por otros antes que yo y con similares conclusiones.
En una entrevista que le
hicieron al profesor e historiador Jaime Ochoa Ochoa para la conmemoración de
los 150 años de Pereira en el año 2013, afirmó que esta creció de una manera
desordenada, sin planificación urbanística ni arquitectónica, sin conciencia.
Sus construcciones fueron eclécticas; copias de otras que los prohombres que
impulsaron el progreso de esta tierra vieron en los grandes centros europeos y
en la misma Nueva York. Dice el historiador que en el tránsito a la
modernización, “casi ningún edificio se pareció a otro, salvo cuando llegaron
los famosos conjuntos residenciales” [1] y los
condominios que uniformaron las casas de la clase en ascenso. Para nadie es un
secreto que este territorio fue desde el principio considerado lugar de paso, accidente
del camino, cruce fortuito y no punto final de llegada. Los primeros habitantes
que lo poblaron no se interesaron por establecer una acción de identidad colectiva,
sino simplemente por echar raíces y generar riqueza, pues se recibió todo lo
que llegó de afuera sin orden ni concierto.
Y henos aquí desbocados, en la
ampliación de la mancha gris como producto de una temible vocación comercial
que ha devorado sin remordimiento el verde y todo aquello que se interponga por
delante, máxime si se trata de medio ambiente. Como si de repente hubiéramos
olvidado la importancia de esas matas de café que le propiciaron tanto auge a
nuestra economía en los inicios del siglo pasado y que hoy apenas pueden
sostenerse en pie.
Mi ciudad, entonces, la vengo
percibiendo como un ente de concreto adusto y asfixiante en el que no se volvió
a construir un parque nuevo desde hace por lo menos quince años, como si con
esos parquecitos de barrio ya fuera suficiente para entretener a unos habitantes
maleables y desapercibidos de su espacio. Si pongo en la balanza el número de las
zonas verdes de importancia que se han adecuado versus el número de centros
comerciales que se han construido, ya me formo una idea clara sobre cuál lado de
dicha balanza se inclinará. No nos debe extrañar entonces que la obra de albañilería
se haya impuesto sobre este paisaje que una vez fue bosque. Ni un solo parque
nuevo; podría apostar con el temor de ganar.
Tal vez el consuelo que nos
quede sea la siembra de no sé cuántos miles de árboles en las afueras del
perímetro urbano, pero no entendemos que es en el corazón del sistema donde se
requiere con urgencia la oxigenación. Otro consuelo es que remodelan los
parques ya existentes y que han estado ahí casi que desde el inicio de esta
villa, pero eso sí, no me cabe duda que la obra de cemento vuelve y le da otro
golpe contundente a la obra de la naturaleza. Miremos nada más cómo
intervinieron los parques de la Avenida Circunvalar durante esta administración.
Claro que los embellecieron y los hicieron más amigables para el paseante, y
agradables a la vista, ni más faltaba que no lo reconociera; no estoy en contra
de la urbanización ni del sector de la construcción, quiero aclarar. Por el
contrario, apoyo una renovación urbana, sensata, y con sentido ecológico, pero
a mí no me engañan. ¿Cuánto pasto nos tapizaron con el vil mortero?, dejaron
escasamente una pequeña porción de tierra a los árboles más viejos que estuvieron
tentados de tumbar; como aquellos centenarios mangos y aquellas palmeras de
playa que fueron echadas abajo no hace mucho. Reinaban sobre el Parque Olaya,
que por cierto es el único pulmón urbano importante con que cuenta el centro de
Pereira. Sin embargo, era preciso construir la estación de cable aéreo requerida
en este punto. No había otro espacio mejor para realizarla, y como bien se sabe,
resulta mucho más económico remover la naturaleza atravesada en el camino que
comprar predios aledaños: la vocación comercial por encima de todo.
El profesor y escritor Rodrigo
Argüello en su libro Ciudad gótica,
esperpéntica y mediática lo expresa de una manera contundente: “…el espacio
urbano se ha convertido en un cuerpo inmovilizado por el yeso. Se pavimentan
las calles, los caminos, los patios de las casas, de los colegios y las escuelas.
La naturaleza en la ciudad es aplastada por planchas de cemento”.[2]
Y aunque lo menciona para
describir en general a la metrópoli moderna, también Pereira, de alguna manera,
lo viene siendo. Es una forma de vida urbana, y bien lo refiere el libro. Es
una ciudad caleidoscópica como lo afirmó ese otro escritor de la comarca cafetera,
Rigoberto Gil Montoya: “…ligada a la memoria de los seres que la componen y la
han hecho visible en un tejido histórico y social (...)”[3].
Me aventuro a pensar una
hipótesis un tanto simple pero bastante metafórica para explicar que uno de los
primeros signos que advirtieron sobre la pérdida de esta batalla del gris sobre
el verde, tanto en la pequeña urbe como en los grandes emporios
latinoamericanos y tercermundistas que se jactan de una simbólica renovación;
fue la abolición definitiva del lugar más importante de la vieja casa: el
patio.
En principio, fue este un
solar grande colmado de arbustos y floresta de toda clase que cuidaban las
abuelas, cuando las primeras viviendas que se construyeron estaban en el centro
de un espacio natural, rodeadas escasamente por alambrados, y chambranas, sin
muros de piedra que propiciaran la dureza de los sentimientos. Luego, cuando se
levantaron casas de balcones con fachadas coloniales en la parte céntrica o en
los alrededores de la plaza importante y se prohibieron ciertas actividades de
índole rural como dar de comer a las bestias en la calle; el patio quedó
encuadrado en el centro de la vivienda, delimitado por largos corredores que
albergaban los cuartos como en hilera. Las chambranas se situaron al interior
rodeando ese imprescindible escenario, ahora recubierto con piedra, pues la aldea
rural del inicio de sus tiempos se presentaba ya rebelde y anarquista como si
obedeciera a un germen de independencia. Más tarde, los egregios padres de la
villa copiaron las ideas arquitectónicas que vieron en sus viajes por el
exterior, y se pensó que el solar debía ubicarse en el último rincón de la
casa, en la parte de atrás, allí donde se escondiera de los transeuntes. Aún en
esos tiempos podía conservar algo de su majestuosidad, siendo lugar de reunión
de los adultos en las fiestas familiares; de distracción de los viejos anhelantes
por respirar un poco de aire puro; solaz de los niños en sus juegos infantiles y
sitio de flirteo para los adolescentes. Siempre representando el centro de las
actividades hogareñas, incluso más que la misma sala. Poco a poco fue haciéndose
más reducido y ahora las viviendas vanguardistas han minimizado la importancia del
espacio abierto y lo reemplazaron por eso que eufemísticamente llaman la zona de ropas: cerrada, estrecha, húmeda
y mural. Nos quitaron el patio de las casas y con él la posibilidad de tener un
pedazo de vida natural con sólo abrir la puerta de la habitación. En los apartamentos
ni hablemos de la palabra, borrada totalmente de su diccionario arquitectónico.
Y así como en las viviendas,
en la ciudad también venimos perdiendo los otros patios de nuestra geografía y
de nuestra mente; es decir, los parques; cada vez más sitiados por la jungla del
cemento, con el que el maduro sol de la aldea del maestro Eduardo López
Jaramillo jugó alguna vez. “Lo demás es lo mismo: rostros, demoliciones, los
milagros que puede hacer un blue-jean o una camisa a rayas cuando cruzan la
esquina.”[4]
28/09/19
[1] Pereira, 150 líderes – Jaime Ochoa Ochoa, Proyecto
de investigación del programa de Comunicación Audiovisual y Multimedios,
Facultad de
Diseño, Comunicación y Bellas Artes de la Fundación Universitaria del
Área Andina, 2013
https://www.youtube.com/watch?v=JrHlXeM6aRc
[2] ARGÜELLO, Guzmán Rodrigo,
Ciudad gótica, esperpéntica y mediática,
Ensayos de simbólica (y diabólica) urbana, Ambrosía editores, Bogotá, 2004,
Pág 21
[3] GIL, Montoya, Rigoberto, Pereira,
visión caleidoscópica, Colección de escritores pereiranos, Pereira, 2001, Pág
25
[4] Carta en prosa
(fragmento) de Eduardo López Jaramillo, recuperado en la cartilla Homenaje a Eduardo López 1947-2003




