sábado, 28 de septiembre de 2019

Verde Vs Gris

Por Juan Felipe Giraldo Trejos













  
 A nuestra ciudad llegó el cemento en las primeras décadas del siglo anterior, convirtiéndose este suceso en un paso determinante para la construcción de la reciente urbe que a partir de los años veinte cambió su fisionomía  tradicional por una que le daría un pomposo tinte comercial. 
    El otrora verde de praderas y follajes que inundaba esta tierra fértil y rica en vegetación, fue dándole paso a un gris desteñido y asfixiante que llegó para incrustarse en las aceras, en las calles, en los techos de Eternit de las viviendas modernas (que a su vez reemplazaron el ocre de las tejas de barro de las primeras casas), y en las vigas y columnas imponentes de todas las construcciones que comenzaron a levantarse precisamente cuando ese gran invento revuelto con arena atosigó el suelo y lo despojó de su naturaleza; cuando los nutrientes de la savia que alimentaban la espesa fronda fueron cambiados por los sílices, las alúminas, los álcalis y los azufres del dañino polvo gris. Ha ocurrido algo similar en las naciones del subdesarrollo y en algunas del primer mundo, en donde también el caos reina y el centro urbano es un nicho pestilente y contaminado. Pero como no es muy práctico lamentarse ni dolerse de manera general por el problema de la polución del planeta sin antes advertirlo en el propio terruño, me referiré a esta, la ciudad en la que habito, como punto de referencia para la reflexión ya tantas veces realizada por otros antes que yo y con similares conclusiones.

    En una entrevista que le hicieron al profesor e historiador Jaime Ochoa Ochoa para la conmemoración de los 150 años de Pereira en el año 2013, afirmó que esta creció de una manera desordenada, sin planificación urbanística ni arquitectónica, sin conciencia. Sus construcciones fueron eclécticas; copias de otras que los prohombres que impulsaron el progreso de esta tierra vieron en los grandes centros europeos y en la misma Nueva York. Dice el historiador que en el tránsito a la modernización, “casi ningún edificio se pareció a otro, salvo cuando llegaron los famosos conjuntos residenciales” [1] y los condominios que uniformaron las casas de la clase en ascenso. Para nadie es un secreto que este territorio fue desde el principio considerado lugar de paso, accidente del camino, cruce fortuito y no punto final de llegada. Los primeros habitantes que lo poblaron no se interesaron por establecer una acción de identidad colectiva, sino simplemente por echar raíces y generar riqueza, pues se recibió todo lo que llegó de afuera sin orden ni concierto.




    Y henos aquí desbocados, en la ampliación de la mancha gris como producto de una temible vocación comercial que ha devorado sin remordimiento el verde y todo aquello que se interponga por delante, máxime si se trata de medio ambiente. Como si de repente hubiéramos olvidado la importancia de esas matas de café que le propiciaron tanto auge a nuestra economía en los inicios del siglo pasado y que hoy apenas pueden sostenerse en pie.
    Mi ciudad, entonces, la vengo percibiendo como un ente de concreto adusto y asfixiante en el que no se volvió a construir un parque nuevo desde hace por lo menos quince años, como si con esos parquecitos de barrio ya fuera suficiente para entretener a unos habitantes maleables y desapercibidos de su espacio. Si pongo en la balanza el número de las zonas verdes de importancia que se han adecuado versus el número de centros comerciales que se han construido, ya me formo una idea clara sobre cuál lado de dicha balanza se inclinará. No nos debe extrañar entonces que la obra de albañilería se haya impuesto sobre este paisaje que una vez fue bosque. Ni un solo parque nuevo; podría apostar con el temor de ganar.
    Tal vez el consuelo que nos quede sea la siembra de no sé cuántos miles de árboles en las afueras del perímetro urbano, pero no entendemos que es en el corazón del sistema donde se requiere con urgencia la oxigenación. Otro consuelo es que remodelan los parques ya existentes y que han estado ahí casi que desde el inicio de esta villa, pero eso sí, no me cabe duda que la obra de cemento vuelve y le da otro golpe contundente a la obra de la naturaleza. Miremos nada más cómo intervinieron los parques de la Avenida Circunvalar durante esta administración. Claro que los embellecieron y los hicieron más amigables para el paseante, y agradables a la vista, ni más faltaba que no lo reconociera; no estoy en contra de la urbanización ni del sector de la construcción, quiero aclarar. Por el contrario, apoyo una renovación urbana, sensata, y con sentido ecológico, pero a mí no me engañan. ¿Cuánto pasto nos tapizaron con el vil mortero?, dejaron escasamente una pequeña porción de tierra a los árboles más viejos que estuvieron tentados de tumbar; como aquellos centenarios mangos y aquellas palmeras de playa que fueron echadas abajo no hace mucho. Reinaban sobre el Parque Olaya, que por cierto es el único pulmón urbano importante con que cuenta el centro de Pereira. Sin embargo, era preciso construir la estación de cable aéreo requerida en este punto. No había otro espacio mejor para realizarla, y como bien se sabe, resulta mucho más económico remover la naturaleza atravesada en el camino que comprar predios aledaños: la vocación comercial por encima de todo.
    El profesor y escritor Rodrigo Argüello en su libro Ciudad gótica, esperpéntica y mediática lo expresa de una manera contundente: “…el espacio urbano se ha convertido en un cuerpo inmovilizado por el yeso. Se pavimentan las calles, los caminos, los patios de las casas, de los colegios y las escuelas. La naturaleza en la ciudad es aplastada por planchas de cemento”.[2]   
    Y aunque lo menciona para describir en general a la metrópoli moderna, también Pereira, de alguna manera, lo viene siendo. Es una forma de vida urbana, y bien lo refiere el libro. Es una ciudad caleidoscópica como lo afirmó ese otro escritor de la comarca cafetera, Rigoberto Gil Montoya: “…ligada a la memoria de los seres que la componen y la han hecho visible en un tejido histórico y social (...)”[3].
    Me aventuro a pensar una hipótesis un tanto simple pero bastante metafórica para explicar que uno de los primeros signos que advirtieron sobre la pérdida de esta batalla del gris sobre el verde, tanto en la pequeña urbe como en los grandes emporios latinoamericanos y tercermundistas que se jactan de una simbólica renovación; fue la abolición definitiva del lugar más importante de la vieja casa: el patio.
    En principio, fue este un solar grande colmado de arbustos y floresta de toda clase que cuidaban las abuelas, cuando las primeras viviendas que se construyeron estaban en el centro de un espacio natural, rodeadas escasamente por alambrados, y chambranas, sin muros de piedra que propiciaran la dureza de los sentimientos. Luego, cuando se levantaron casas de balcones con fachadas coloniales en la parte céntrica o en los alrededores de la plaza importante y se prohibieron ciertas actividades de índole rural como dar de comer a las bestias en la calle; el patio quedó encuadrado en el centro de la vivienda, delimitado por largos corredores que albergaban los cuartos como en hilera. Las chambranas se situaron al interior rodeando ese imprescindible escenario, ahora recubierto con piedra, pues la aldea rural del inicio de sus tiempos se presentaba ya rebelde y anarquista como si obedeciera a un germen de independencia. Más tarde, los egregios padres de la villa copiaron las ideas arquitectónicas que vieron en sus viajes por el exterior, y se pensó que el solar debía ubicarse en el último rincón de la casa, en la parte de atrás, allí donde se escondiera de los transeuntes. Aún en esos tiempos podía conservar algo de su majestuosidad, siendo lugar de reunión de los adultos en las fiestas familiares; de distracción de los viejos anhelantes por respirar un poco de aire puro; solaz de los niños en sus juegos infantiles y sitio de flirteo para los adolescentes. Siempre representando el centro de las actividades hogareñas, incluso más que la misma sala. Poco a poco fue haciéndose más reducido y ahora las viviendas vanguardistas han minimizado la importancia del espacio abierto y lo reemplazaron por eso que eufemísticamente llaman la zona de ropas: cerrada, estrecha, húmeda y mural. Nos quitaron el patio de las casas y con él la posibilidad de tener un pedazo de vida natural con sólo abrir la puerta de la habitación. En los apartamentos ni hablemos de la palabra, borrada totalmente de su diccionario arquitectónico.
    Y así como en las viviendas, en la ciudad también venimos perdiendo los otros patios de nuestra geografía y de nuestra mente; es decir, los parques; cada vez más sitiados por la jungla del cemento, con el que el maduro sol de la aldea del maestro Eduardo López Jaramillo jugó alguna vez. “Lo demás es lo mismo: rostros, demoliciones, los milagros que puede hacer un blue-jean o una camisa a rayas cuando cruzan la esquina.”[4]

  
    28/09/19



[1] Pereira, 150 líderes – Jaime Ochoa Ochoa, Proyecto de investigación del programa de Comunicación Audiovisual y Multimedios, Facultad de
Diseño, Comunicación y Bellas Artes de la Fundación Universitaria del Área Andina, 2013
https://www.youtube.com/watch?v=JrHlXeM6aRc
[2] ARGÜELLO, Guzmán Rodrigo, Ciudad gótica, esperpéntica y mediática, Ensayos de simbólica (y diabólica) urbana, Ambrosía editores, Bogotá, 2004, Pág 21
[3] GIL, Montoya, Rigoberto, Pereira, visión caleidoscópica, Colección de escritores pereiranos, Pereira, 2001, Pág 25
[4] Carta en prosa (fragmento) de Eduardo López Jaramillo, recuperado en la cartilla Homenaje a Eduardo López 1947-2003

jueves, 19 de septiembre de 2019

Si Darwin viviera

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Si el pobre Darwin viviera sería hoy el blanco al cual las feministas apuntarían con toda su carga de odio y fanatismo. Su foto sería quemada junto con los libros que explican su teoría de la Selección Natural en cuanta marcha y manifestación pública de estas activistas del movimiento se presentara. De hecho no faltaría alguna jueza indignada de uno de esos tribunales express que tienen en países como España y que sirven exclusivamente para juzgar hombres, y que lo haría comparecer ante los estrados militantes del movimiento liberador femenino. “Señor Darwin”, le diría la temible jueza española con su toga negra y su ceño de implacable seriedad, evidenciando así la falta que le hizo un buen remezón la noche anterior. “Se le acusa a usted de discriminación y violencia contra la mujer. Se ha decidido declararlo culpable. Se le condena a vivir sin su miembro viril por el resto de la vida”. Y el auditorio atestado de este grupillo de resentidas feministas vitorearía a la jueza y aplaudiría la condena. “Sí, señores”, gritarían las más radicales. “Así es que se castiga al macho machote, ¡venga!. Y otras, ya tranquilas en sus veredas se sentarían a analizar la afrenta del monstruo y justificarían la pena conversando animadamente al calor de unos buenos tragos. “¿Cómo se le ocurrió decir que por la selección natural los hombres tienen una capacidad intelectual y física mayor que la de las mujeres? ¿Cómo es eso de que son más ingeniosos, valientes y enérgicos? ¿Cómo así que somos inferiores? ¿Qué nuestros cerebros son análogos a los de los animales? ¡Que le quiten el vergajo!”. Y de este modo le cobrarían a Charles Darwin lo que no le cobraron en el siglo XIX por su teoría revolucionaria sobre el origen de las especies y la selección natural en relación con el sexo.
    Pero ya en el presente, razonémoslo calmadamente, y en nuestro tribunal de El mundo al revés démosle una condena más sensata al pobre Darwin que a lo mejor no tenía la culpa de pensar como pensaba.
    En primer lugar su teoría evolutiva impulsa a concebir al mundo vivo como un resultado de la evolución desarrollada por medios materiales; y siendo la especie humana uno de sus productos, su origen también es material[1]. Analizándolo con detenimiento, uno podría pensar que resulta lógico que ni el hombre ni ninguna especie pudo haber salido de la nada, y que todo obedeció más bien a un proceso lento y lleno de grandes transformaciones; precisamente estas hicieron que el ser vivo cambiara hacia algo distinto o evolucionara. Nada que ver con aquella sagrada teoría de la creación divina del primer hombre y de la primera mujer que surgieron del soplo de la bola de barro, así como las demás especies. Bueno, al menos del hombre se puede decir, bajo esta presunción, que su origen fue estrictamente divino, mientras que la mujer fue más bien una creación colectiva en la que Dios puso el diseño y la magia, y el hombre el material de trabajo, como para que ella le debiera su alma a dos acreedores.
    Siendo así las cosas, a Darwin le salió el primer enemigo, que fue la iglesia, pues desvirtuó toda su teoría y la puso a tambalear. Paradójicamente esta institución hubiera podido hoy ser un aliado del movimiento radical feminista actuando en contra del pobre científico, qué va a saber uno. Alianzas malditas se han presentado muchas veces.
    Y se consolidó entonces la más feroz de las divisiones entre Dogma y Ciencia. Recordemos que ya en los siglos XVI y XVII se había producido la primera ruptura entre estos dos colosos que desencadenó en una batalla brutal ganada sin duda por La Iglesia con armas tan letales como la persecución, la tortura y la hoguera. A la ciencia le tocó bajar la cabeza por un par de siglos y saberse derrotada mientras planeaba dar su golpe de revancha. Hasta que apareció Darwin con una teoría tan descabellada como revolucionaria para la cual el oponente no estaba preparado, y fue así como al lado de la bíblica, Darwin encumbró su teoría evolucionista, ambas imposibles de comprobar en esa época y hasta el sol de hoy. 
    En segundo lugar, la teoría evolutiva impulsó a la valoración de la naturaleza humana[2], no sólo en su aspecto bilógico, sino en su comportamiento. De allí se desprendió el postulado del comportamiento social para explicar que la conducta humana puede entenderse en función de su interrelación con otros individuos y de estos con su sociedad[3]. Así mismo dichas relaciones conllevan al criterio de selección natural y por ende al de selección sexual. El primero sostenía que son los individuos más fuertes, más capaces, los que soportan mejor la presión de los cambios y los que mejor se adaptan a su medio, los que al final resultan triunfadores; los que sobreviven, y los que logran la mayor ascendencia dentro de su especie. El segundo criterio sostenía que habiendo logrado los individuos una ventaja importante a raíz del triunfo en la batalla que implica la exhibición de tamaño, fuerza, valor, competitividad y energía; estos serían seleccionados sexualmente para procrearse y perpetuar los genes; estarían avocados a la sobrevivencia y al dominio de la especie. Serían los más capaces los llamados al éxito para defender y sustentar a sus parejas y a sus descendientes. Un tanto nazi esta posición si se analiza a la luz de la supremacía de la raza dominante, pero estoy seguro que en aquel tiempo Darwin no lo hizo con mala intención. Es más, atinó a describirlo con mucha precisión, pues si se observa el comportamiento de los animales, las características del más fuerte son las que se imponen. Igual cosa sucede en los humanos. Los hombres más capaces (incluso los más despiadadamente capaces) son los que han demostrado vencer en la historia. El problema, creo yo, surge cuando en este reino moderno en el que predominan los igualitarismos impuestos se comparan las características femeninas en contraste con las masculinas. Ahí sí el analítico naturalista se subió al bus equivocado, porque no contaba que la especie humana tan dotada de razón y emoción, siendo esta última mucho más acentuada en el género femenino que en el masculino, también atesoraría una facultad que a punta de prensa y lobby acabaría convirtiendo en un derecho, especialmente en Colombia: el derecho a la protesta. Y si es por los derechos de la mujer, mucho mejor. ¿Qué se iba a imaginar Darwin que en los estertores del siglo que vivía, durante la Segunda Revolución Industrial, se produciría una clara aceleración del movimiento feminista que luego se acrecentaría después de la Primera Guerra Mundial en la que ellas, las mujeres, tuvieron que sustituir a los hombres que marcharon al frente? La conciencia del valor del género femenino fue lo que definitivamente alentó el movimiento de su bien ganada liberación, y fue especialmente en los años sesenta donde se dio la segunda oleada feminista aprovechando el auge la revolución hippie y la liberación sexual que impulsó la promiscuidad y el amor libre. ¿Qué podía saber Darwin de este asunto? Yo le diría a la supuesta jueza española que lo fuera a condenar en caso de que él estuviese vivo, que tuviera en cuenta los atenuantes para imponer su pena. Darwin vivió en plena época victoriana en la que la sociedad requería que cada uno de los sexos tuviera unas características por separado para su buen funcionamiento: que los hombres tenían que ser atrevidos, agresivos y aguerridos, y las mujeres delicadas, intuitivas, tiernas y sensibles. Que la fuerza era lo inherente a lo masculino y la debilidad era propia de lo femenino. Así las cosas, Darwin concluyó que la selección natural favorecía al hombre sobre la mujer, no por machismo, sino por esa lógica inocente impuesta por los cánones del pensamiento que hace que todo como está parezca normal, y de hecho sea aceptado tal cual es. En aquella época, hace apenas doscientos años o menos, hombres y mujeres eran diferentes en todo; y por otorgarle al hombre mayor poder —merecido o no—, se dedujo que la mayor capacidad intelectual y la mayor fortaleza eran de su exclusiva responsabilidad. Los cerebros femeninos, por desgracia, no podían alcanzar el mismo grado mental o físico que el hombre, todo por la selección natural. Hoy sabemos que no es así. Avances científicos como el del genoma humano han demostrado que las capacidades superiores no dependen de la selección ni del sexo. Otros factores como el medio ambiente, la preparación, las relaciones sociales, la salud síquica, entre otros, influyen en la consecución de las ventajas competitivas. En el fondo Darwin lo suponía, pues no en vano fue con una mujer (Caroline Kennard) con la que intercambió un par de cartas el año de su muerte en las que le reafirmaba su teoría a sabiendas de que el punto débil de sus argumentos sería muy bien refutado, especialmente por mujeres, y eso seguramente era lo que esperaba.
    Mujeres como Clémence Agustine Royal, famosa antropóloga que no sólo tradujo la obra de Darwin, sino que amplió la teoría de la evolución y quien fue una activista importante por la reivindicación de los derechos de la mujer. O como Antoinette Brown Blackwell, quien asumió la teoría de Darwin señalando la necesidad de aplicar la hipótesis de la selección natural también a las mujeres[4], y demostró que lo femenino era compatible con las ciencias naturales. Así como el macho compite con los de su misma especie por asegurar la supervivencia, yo digo que la hembra también compite en su género por asegurarse un poder nada despreciable en la historia de la humanidad: el poder del sexo. Fueron varias las discípulas a las que Darwin compartió secretamente sus ideas; las llamadas Darwinistas. Ellas contribuyeron al desarrollo de las claves femeninas en la teoría de la evolución.
    Por tanto no le tiremos tan duro al pobre Charles: le tocó vivir en un sistema de opresión en el que era preferible ir contra la iglesia que contra el orden político establecido de su tiempo. Al fin y al cabo la iglesia viene perdiendo su poder desde la Ilustración y hoy día no es más que un actor simbólico que de vez en cuando hace cosas buenas, y otras muy malas también, pero que no determina el actuar y el sentir de la mayoría. Tampoco era un misógino como se creía, a pesar de su barba blanca y de su escaso atractivo para ser favorecido en la selección natural por parte del sexo opuesto.
    Y si anteriormente hombres y mujeres eran tan irreconciliablemente diferentes en todo, incluso en los derechos de los que podían disfrutar; hoy el afán de equipararnos hasta en nuestra disímil sexualidad nos tiene a punto de volvernos locos. Ya no se sabe si el hecho de asumir el papel de macho que a uno le correspondió por haber nacido con un pene (así sea pequeño) y dos testículos es sano para la preservación de la identidad y el respeto a las libertades individuales; hoy en día se ha vuelto peligroso hasta ejercer la caballeresca actividad de la conquista con tanta interpretación perversa. Un piropo puede considerarse ofensivo y si uno se descuida termina en la cárcel con estas leyes progresistas que tienen al mundo más confundido que cuando Darwin expuso su teoría.
    Tal vez algunos biólogos y profesionales en el tema me digan que estoy totalmente errado; que no me he leído a Darwin (y es cierto); que ignoro a fondo la evolución de las especies y que así no funciona el tema; que no tengo sustento científico ni investigativo para decir lo que digo; que soy un idiota y no debí haber escrito este artículo; que me van a demandar con el tribunal express feminista; que debo investigar más porque de ciencias naturales no sé nada en absoluto. Puede que tengan razón, a mí eso no me importa. Yo no estoy preocupado por darle cabida a ninguna teoría sobre el origen de las especies, ni por alentar una discusión sobre machismo o feminismo. A mí lo único que me motivó a escribir este artículo fue la legítima preocupación de lo que podría pasarle al pobre Darwin si hoy, en pleno 2019, estuviera vivo. Eso sí que es realmente importante.  




[1] ÁLVAREZ, Eréndira y Fernández Ma. Cristina, Artículo “La mujer: Biología y Sociedad (2da parte)”, Revista­­­­­______, número 10, Segunda entrega.
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] SALMERÓN, Jiménez Angélica, Revista de divulgación científica y tecnológica de la Universidad Veracruzana, Volumen XXII, número 3

domingo, 15 de septiembre de 2019

De la moda, la barba y los hipsters


Por Juan Felipe Giraldo Trejos




De la moda

    Si la moda es una de las maneras de expresarse y mostrar al mundo quién es uno, ¿por qué a la moda le incomoda a quienes no seguimos su moda? Si ella hace gala de una naturaleza cambiante, ¿por qué también la sociedad no cambia su imbécil manera de desperdiciar dinero y termina de usar la ropa que todavía tiene en buen estado dentro del closet en lugar de lanzarse a la aventura de insertarse, precisamente, en lo que está de moda? Mucho me temo que este artículo no será del agrado de los adeptos a las boutiques y al estrén, y de una vez les digo que en mí encontrarán a un enemigo acérrimo de las tendencias modernas, a quien desde ya les declaro la guerra. Así que si no se sienten identificados con el tema, les ruego el favor de cerrar por hoy el documento y esperar una próxima oportunidad en la que me iré lanza en ristre contra los mal vestidos, que ahí sí nos podremos entender.
    Por el momento diré que en una de las cosas en las que sí estoy de acuerdo con los gurúes del fashion es que la forma de vestir, de peinarse, de lucir los accesorios; en últimas, la forma de verse, habla mucho de la persona. Por eso a veces preferiría no llevar nada puesto, para que no reparen en mi indumentaria ni hablen de mi. Lastimosamente hay que ataviarse cualquier chirajo y dejar que este hable por uno, como si las ideas no pudieran defenderse por sí solas.
    Me pregunto quién es el que impone y juzga si uno está mal o bien vestido. A quién se le dio semejante potestad que raya en el totalitarismo dictatorial. Me imagino que como todo en este mundo, siempre existe un poder superior, oculto entre bambalinas, que maneja los hilos de la moda. Un imperio tenebroso que nos uniforma y tiene el cinismo de hacernos creer que tenemos un swing original, cómo no. Sin embargo, tipejos como yo que se ponen lo primero que encuentran limpio y a veces no tienen la precaución mirarse al espejo y salen de cualquier manera; que se ponen la ropa hasta que el uso deteriora la prenda y no hasta que pase el relámpago del momento; y que menos conocen cuáles son las tendencias en vestido, peinado y calzado, nos hemos convertido en el motivo vergonzante de una sociedad que pretende estar a la moda. Una piedra que a la moda le incomoda.
    Sé que no es conveniente en este orbe de artilugio reflejar una presencia abandonada, primitiva, poco evolucionada del que no se preocupa por ganar la aceptación de la cada vez más exigente masa esnobista. Sé que se corre el riesgo de ser excluido. Que este tipo de conductas corresponden a individuos que no están sintonizados con lo que mandan los cánones de la estética y la belleza, y son motivo de burla porque no atienden los llamados publicitarios, hacen caso omiso de la apariencia y se olvidan de cultivar el buen gusto que comparte la mayoría. Le llevan la contraria a los mandamientos sociales y quedan rechazados por la poderosa industria de la moda y sus derivados. En otras palabras, no son ni quieren ser bellos. Yo sé todo eso, y sin embargo me niego por principio a formar parte del emporio. La verdad me abruma tanta esclavitud a la apariencia sabiendo que como lo decía El Principito, lo esencial es invisible a los ojos.
    Ahora bien, no porque sea primitiva la facha, necesariamente se incurre en una señal de desaprobación, sino porque si no es lo que se está usando, eso no luce. Si a los guardianes del glamour les da porque lo in es salir envueltos en costales de empacar café y dejarse el pelo enmarañado, ya no tendríamos loquitos en nuestras calles y acudiríamos a la boutique de confianza a comprar nuestro pedazo de fique de la mejor calidad colombiana.

De la barba

    Durante finales de los noventa y primeros cinco años de la década del dos mil, más o menos, el afeitado y evolucionado rostro de George Clooney dictaminó lo que debía ser el patrón masculino. La piel del rostro límpida, fresca, emanando fragancias varoniles que harían derretir a cualquier mujer; el cabello entrecano, corto al ras, bien delineada la patilla; camisa negra y gabán elegante de paño del mismo color, lucido con elegancia; usando los lentes de montura pequeña que le daban un toque de madurez y respetabilidad a su mirada. Todo en él denotaba sofisticación y evolución: era una visión aséptica la masculinidad. No había lugar a la primigenia. Atrás quedaban las melenas rockeras de los ochenta; sus pantalones rasgados. También fue hora de recoger las camisetas anchas de skate, las camisas leñadoras y las botas texanas que se impusieron en los noventa. Comenzaba la pureza de la moda para el nuevo milenio. Todo lo que fuera pelo de sobra hubo que eliminarlo, incluso en las partes donde antes los hombres no teníamos por qué rasurarnos. De las mujeres ni se diga. A ellas no les bastó con la simple cuchilla, sino que idearon otros métodos más dolorosos e incómodos, y por lo tanto más científicos. La cera, el hilo y la depilación láser les hicieron un nuevo hueco en el presupuesto. De alguna manera, los lampiños estuvieron en su cuarto de hora. Fue como un retorno a la moda de los cuarenta y cincuenta, pero con el sello propio del nuevo siglo. Entonces recuerdo que tres veces por semana tenía que pasarme la Gillette por mi cara para acceder a los besos tiernos de una novia que tenía por esa época, y que como la mayoría de las mujeres, aborrecían la barba. 
    Hasta que a mediados de los dos mil a un famoso le dio por imponer el look arcaico y hubo que dejarse crecer la barba. Fue la forma en que el sexo débil se conectó con la animalidad de un instinto protector que le atrajo de manera inconsciente. Esa barba espesa fue el símbolo de lo que anhelaba el sentimiento de fragilidad y delicadeza, y de paso otorgó mayor poder seductor a los hombres que pretendían emular, por ejemplo, a Brad Pitt y a otros íconos de la farándula que fueron vistos como los nuevos modelos a seguir. Hasta el mismo Clooney, tan bien puesto y refinado en la década anterior, decidió usarla ya en el inicio de su adultez tardía. A pesar de verse como unos ermitaños desaliñados, se trataba de Brad Pitt, de George Clooney, de Ben Affleck, de Leonardo Di Caprio, y todos “se veían tan masculinos”, según las voces que sabían del asunto. El prototipo del hombre metrosexual quedó obsoleto. Los que por cuestiones laborales tuvieron que ir afeitados al ras, o por falencias de la genética no pudieron cultivar vellos sugestivos en la cara, perdieron algo de participación en el mercado viril. Bajaron sus acciones por no tener el look actualizado con la moda. El hombre lampiño se vio desplazado de pronto por una horda de barbados que movieron en las féminas alguna hormona de su época prehistórica que no se civilizó, y así la onda cavernícola fue mucho más apetecida. Pero entonces los señoritos modistos, los estilistas (palabra que por cierto es un eufemismo de peluquero, que suena más original), los asesores de imagen y toda esa pléyade de insaciables que controlan el poder superior del cual nos han hecho esclavos, se inventaron que a la moda de la barba había que ponerle ese aderezo que precisamente nos complicó la vida a los que no lo tenemos. La misma palabra me resulta ofensiva: estilo. Que la barba tenía que ser lucida con estilo, para que aquellos alebrestados de barba crespa y frondosa, prolífica en amorfas contexturas, no se creyeran que podían entrar al club de los galanes así tan fácil. Se requería el conjunto de normas a seguir y crear una nueva corriente que además implicara ropa, zapatos y accesorios para generar todo un movimiento fashion que motivara a la sociedad cosmopólita a pensar en un cambio de imagen.

De los hipsters

    Se inventaron una tribu urbana llamada hipster, esa pseudo-cultura que adopta un estilo de vida con gustos alternativos, vintage (palabrita que ahora a todo el mundo le dio por usar y que me servirá para otro artículo), e independientes que dicen rechazar los valores de la cultura comercial y las convenciones sociales pero que ya nos las han impuesto en todos los almacenes de los centros comerciales. Ya hasta en los matrimonios le dicen a uno que la temática será hipster, y uno corra a buscarse unas gafas de retrasado, como si con la sola cara no fuera suficiente. Paradójicamente, al popularizar su propia tendencia, los hipster se conviertieron en todo aquello que no deseaban, o en todo lo que ellos pretendían rechazar.
    Siendo así las cosas, en el aspecto de la barba, no cualquier barba sirve para ser miembro del movimiento: debe ser larga, lacia y sedosa al mejor estilo del futbolista Messi. Hay que llevar unas gafotas de pasta gruesa y sicodélica que habría sido la dicha de Mr Magoo cuando era un adolescente. De haber existido en su tiempo él habría sido la sensación de la fiesta. Se requiere además unos pantalones de pitillo que favorecen poco a los que tenemos un trasero de conductor de camión, por lo cual no me apuntaría al club, porque es tan malo para un hombre no tener trasero como tenerlo muy bien formado. Hasta allá no. Y aparte de la indumentaria se necesita también del uso extenuado de los aparatos tecnológicos y las redes sociales, cosa para lo cual no poseo mucha habilidad, ¿o sí? En lo único que puedo coincidir con esta tribu es en el uso de prendas antiguas, pues tengo camisas que datan de la década pasada, algunas con un efecto envejecido pero enteritas. Insisto: la barba es lo principal, y no demoran los barberos en implementar el servicio para adecuar la imagen a lo que demandan sus arbitrios: el laciado de la barba.  
    De modo que como mi barba no se pareció nunca a la que tuvo Brad, sino a la de san Juan El Bautista, lo mejor fue dejarme una sombra incipiente que disimulara el descuido las primeras dos semanas, y ya cuando fuera tiempo de pulirla, sostener el cañazo por otras tres semanas más y asumir mi condición de desterrado feliz de la moda, pues ya es demasiada presión para mí este tipo de requerimientos sociales. Tampoco me crecen los bigotes al estilo Dalí, que era la otra opción. En el mejor de los casos puedo cultivar un bigote de charro mexicano, pero ese ya pasó de moda. Las gafas grandes menos lucen en la redondez de mi cara de nerd consumado, y los corbatines que en otros simbolizan un look vanguardista y rebelde, a mí sólo me acrecentarían el aspecto de la ñoñería.
    Espero, por lo pronto, que retorne una moda de esas que pasan y con el tiempo vuelven. La que más me favorecería, por ejemplo, podría ser la de los años treinta. No la de los años treinta inspirada en la elegancia de los gangsters, sino la de los años treinta del siglo primero, en plena época de Jesucristo.

14/09/19

lunes, 9 de septiembre de 2019

Los apotegmas de Lucía


Por Juan Felipe Giraldo Trejos                                                                                                




De nada sirve cerrar los ojos
para perderse en el sueño
si el monstruo tiene
su guarida adentro

Siete veces Lucía, Juliana Javierre


    Pocas veces se encuentra uno con una obra en la que se condensan, a través de la metáfora, el aforismo y la alegoría; los estados alterados del pensamiento, las tragedias de la vida y los misterios de los sueños; todo el sentido mismo de la existencia que a veces sólo puede ser entendido desde el receptáculo exclusivo de la psiquis ajena que otros no pueden horadar.
    He aquí que he encontrado esa obra en la que el símbolo se funde con la poética y surge la consciencia iluminada y esclarecida para revelarnos la pared de ladrillo que marca el final del sendero y que sería inútil traspasar si otra pared idéntica la sucede. Es la obra ganadora del XXXIV Concurso Anual de Novela Aniversario Ciudad de Pereira del año 2018 editada por la Secretaría de Cultura de esta ciudad y cuyo título es Siete Veces Lucía, de la joven escritora pereirana Juliana Javierre.
    Sobre Juliana puedo decir que tuve la fortuna, como pocas veces uno tiene con los escritores, de conocerla en persona en una charla del taller de escritura al que asisto. Al fin y al cabo es paisana mía y todavía uno se la puede topar en las actividades culturales de la ciudad. Me temo que si ella sigue así, con esa pluma tan desenvuelta y fascinante, a la vuelta de unos años no estará tan disponible para los seguidores que ya comenzamos a admirarla. Se acordarán de mí que es sólo cuestión de tiempo para que su nombre engalane el panorama de las letras nacionales, y seguro de las internacionales también. De pronto tendremos que resignarnos a verla afincada en los círculos de la élite intelectual, y cuando eso pase, difícilmente vendrá a Pereira a dar una charla. Tiene juventud y experiencia a la vez, dos condiciones que en ella no son mutuamente excluyentes, y hace tiempo dejó de ser promesa para convertirse en una realidad. Es profesional en estudios literarios, correctora de estilo, directora de un sello editorial, y además tiene un interesante trabajo sobre José Martí al que habrá que prestarle más atención.
    Independientemente que me haya encontrado esta obra en una jornada de caza literaria en la que estaba deseoso de escuchar las nuevas voces escriturales de la región, quiero decir que la novela de Juliana Javierre me aplacó las ansias y me sació bastante el desmedido apetito intelectual que a veces me embarga. Como no es alimento fácil de digerir, tuve que serenarme y leer despacio, tomando conciencia de que lo que es demasiado claro no es interesante, como le escuché decir al profesor Rodrigo Argüello. Así que atorado de vida, me encerré para devorar, caníbal, cada una de las páginas del libro, o como le sucedería a Lucía, la protagonista, devorar cada una de mis culpas.
    De entrada me encuentro con una serie frases que podrían inscribirse en el compendio de los aforismos profundos y que desarmarían a cualquier crítico feroz, y por supuesto, el corazón de un desprevenido lector que no puede más que aceptar que las máscaras pierden eficacia cuando se abusa de ellas. También como diría uno de los personajes, en este mundo mediado por el azar nos esforzamos en hacer que la ruleta nos sea cómplice. En lugar de uno luchar contra el destino mejor amistarse con él, no sea que a la vuelta de la esquina nos despojen de las máscaras que tantas veces hemos utilizado, ya sin lograr engañar a nadie. Y así debe uno volverse cómplice de Lucía, de Carlitos, de Carmen y de esos personajes que enfrentan a su manera la falsa certeza de su propia realidad, incluso hasta evadiéndola o reinventándola.
    Sobre la novela de Juliana Javierre, ¿qué puede uno decir?, que es un escrito inacabado —en el buen sentido de la palabra—, como todas las obras de arte; que me la he leído dos veces pero todavía no la he terminado de leer porque sigo esperando que Lucía me aclare las mil dudas que germinó en mi cabeza; que necesito que ella, la protagonista, no me deje absorto en mí mismo, soñándome posible en otra vida. Una mejor, más feliz donde me haya equivocado menos. Se puede decir que es una novela que no conviene a quienes desean seguir escondiendo el secreto familiar, esquivando la culpa y evitando enfrentar los fantasmas del pasado. Al final todo sale a la luz. No hay muro que no caiga. Y si existe el miedo a las consecuencias habrá que inventarse otros mundos en donde esa clase de trivialidades no tengan importancia. Porque también existe la posibilidad, en esta novela, de perderse. El lector puede perderse, no tanto en el hilo narrativo, sino perderse en las leyes propias de los que aquí gobiernan. Hay que tener mucho cuidado con cada palabra. Cada línea es una clave, una puerta de salida del laberinto en el que magistralmente la escritora nos introdujo. No sé cuál sería su intención, pero intuyo que conoce nuestras debilidades como lectores. A mí también me pasa con esta novela lo que le pasa a Carlos con Lucía. De ella, su oscuridad, es lo que más me atrae.
    Si se notan las cursivas, estas son extraídas de la misma boca de los personajes. Se podrá apreciar que la obra está estructurada con esas metáforas peligrosas que pueden quemar el cerebro de los que no suelen pensar mucho. Peligrosas pero hermosas e inteligentemente bien construidas. Y no es que sea una novela de complejos tintes siquiátricos, filosóficos ni sicológicos —a pesar que en sus páginas se entretejen muy bien las fases de la esquizofrenia y se teme perder el sentido de la existencia por el comportamiento de unos personajes en apariencia mentalmente trastornados—, sino que es en sí misma un fiel reflejo de la vida: nos habla de la desintegración familiar, de la violencia de una sociedad que mata a quienes la intentan alumbrar, de la incapacidad de prolongar los sueños cuando posibilitan ventanas que la realidad niega, como bien lo afirma un personaje; de las complejas relaciones de los seres humanos tan dados a caer en las trampas, los disfraces, el maltrato, el odio compartido en silencio que es donde nos encontramos. En cada página pesca uno la frase precisa que hace levantar la vista y acordarse de que uno es parte de esa naturaleza que nos atañe a todos. Reconozco que al principio no entendía, que me parecía estar cayendo en una celada típica de Cortázar, de esas que uno encuentra en sus cuentos o en la misma Rayuela. Sin embargo, robándome otra vez las palabras del narrador de la historia, no se necesita entender nada, sólo contarlo para que en las palabras ese hecho difuso vaya cobrando cuerpo. El mismo lenguaje poético le va dando la clave al lector. Las palabras no cobran vida. Ellas son la vida.
    Así pues, que Siete veces Lucía es la reafirmación de esa levedad que Kundera también nos reveló; la pequeñez que todos llevamos dentro y que creemos que es grandeza. Somos medio, jamás fin, lo reitera el personaje narrador en medio de la algarabía de voces y recónditos entendimientos consigo mismo.
    Recomiendo ampliamente la lectura de esta novela. Cualquiera que sea el objetivo, al terminar cada capítulo, el lector inevitablemente evocará una angustia de su pasado o se encontrará con la afinidad emocional que lo hará detener la marcha. Sí, garantizo que si todavía quedan sentimientos en el corazón, esta novela los hará palpitar. En caso contrario, la estética del lenguaje bastará para revelarlos.

09/09/19

¿Otra reflexión filosófica?


Por Juan Felipe Giraldo Trejos                                                                                                               
 Columna escrita el 5 de agosto de 2019                                                                                                 



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    “Estamos es un país en que se roban todo”. Es mi conclusión después de ver los noticieros y leer el diario. Acto seguido apago el televisor de un manotazo y rasgo el periódico —que por cierto es ajeno— con una furia descontrolada. Por culpa de las noticias me estoy quedando sin fondos de tanto mandar a arreglar el receptor de imágenes y tener que pagarle el periódico a al señor de la revueltería. Aclaro: él no lo utiliza para leerlo, sino para envolver la cebolla larga, y sólo rescata el crucigrama, que es lo único que verdaderamente vale la pena.
    Nada nuevo, por supuesto, pero no por eso dejo de escandalizarme, de indignarme, de deprimirme. Otra causa de alteración cardiaca para mi debilitado corazón que ya no bombea la suficiente sangre al cerebro y me está haciendo perder lucidez. Al menos así me lo hizo saber el editor de mis columnas. “¿Qué te está pasando, Juan?”, me reclamó cuando le envié el escrito a revisión, y así me dijo: “ya no veo la espontaneidad escritural que había en ti, ni se esboza la sonrisa en mi rostro al no hallar la picardía y el humor fino con que antes escribías, que era como el colofón lógico de una historia absurda. De un tiempo para acá te me estás pareciendo cada vez más a ese señor… ¿cómo se llama? El de Semana”. “A Coronell”, le dije yo tratando de recordarle el nombre del periodista al que mi editor se refería. “Eso, eso, a Coronell”, continuó con su monserga y no me quedó más remedio que escucharlo: “Te estás volviendo repetitivo, poco creativo, entregándome cada vez más columnas político-filosóficas y menos divertidas. Exceso de denuncia, nada te gusta. Te estás volviendo monotemático. Así como el periodista que te digo, que desde que casó la pelea con el eterno ex presidente se ha dedicado a montársela cada ocho días en cuanta columna, entrevista y video de Youtube le permite ser expresada su opinión. Antes era muy bueno porque nos sorprendía con sus investigaciones, pero ya se está volviendo aburridor con el temita, demasiado monótono, no habla sino de eso”. “¡Pero doctor…!”, le repliqué al editor haciéndole caer en cuenta que Daniel Coronell es prácticamente el periodista estrella de este país y que nadie ha llegado tan lejos en sus investigaciones sobre Álvaro Uribe o el ex fiscal Martínez como él, y que obviamente, no compartía su opinión, pues si hay un periodista duro en Colombia es él.  “¿Cómo dice usted eso?, ojalá yo tuviera una formación periodística e investigativa para dedicarme a desenmascarar toda la corrupción de nuestra maldecida clase política”. “Es que Juan, acuérdese que usted no escribe para Semana”, me dijo desafiante el doctor, ya sin tutearme, y entonces ahí sí bajé la guardia y agaché la cabeza sin interrumpirlo. “Acuérdese que usted escribe para El mundo al revés, y que su opinión política si acaso le interesará solamente a su mamita. Ese señor Coronell antes era un gran investigador, pero ahora se dedicó a sus obsesiones y a sus rencillas personales contra ciertos políticos con los que se odia mutuamente. Y se queda calladito cuando las cagadas las hace la contraparte. Nunca habla mal de Santos, por ejemplo, ni de sus funcionarios corruptos que también los hubo. Nunca se le ve hablando mal de la izquierda, ni siquiera cuando los grupos terroristas como que con ella simpatizan vuelan los oleoductos y contaminan los ríos, que eso sí que es grave para todos. Periodista que se cree adalid de la honestidad, el dios de una moral que él no puede representar, porque aunque no tengo cómo probarlo, mi intuición me dice que ese es otro de los que también tiene rabo de paja. Por ahí suena su menudo lío con algo relacionado en Panamá. Mejor dicho, este señor ha perdido toda la parcialidad y la neutralidad que debe tener un periodista y se ha vuelto un arrogante militante de quién sabe qué corriente ideológica”. Me lo hizo saber el editor, como quien dice, que era su opinión y no la mía la que debía primar en mis propias columnas. Siendo así las cosas, no me quedó más remedio que arrebatarle mi escrito de las manos y decirle lo que hacía rato quería decirle en la cara: “Sí señor, tiene razón. Ya no vuelvo a escribir otra columna filosófica. Qué jartera, ¿no?”.
    Lo malo que he descubierto con el reciente episodio, es que no hay un solo acto de la vida que no derive en una reflexión filosófica. Y yo, que siempre tiendo a la emoción visceral y al impulso atrabiliario, hago todo lo posible para sentarme a razonar, porque no quiero perder la objetividad como le ha pasado a tantos. Pero termino dilucidando los hechos a la luz de la lógica aristotélica o la razón cartesiana. Imagínense, un amateur de la escritura como yo que sin haber comenzado ya carezca de objetividad. Me puse entonces a la tarea de buscar nuevas fuentes de inspiración para no escribir tan filosófico y dar mejor un tinte de alegría —que tanto le falta a este país— a mis opiniones. En verdad me estaba volviendo demasiado trascendental, y he aquí cómo encontré la fórmula para dar el viraje. Escribí el siguiente párrafo al que le puse toda la ironía y la mordacidad posible de mi intelecto, a ver si se notaba el cambio:
    “Queridos lectores, a propósito de la conmemoración de los doscientos años de La batalla de Boyacá, fecha en la que Colombia se independiza definitivamente del Reino de España, quiero decirles que me encuentro muy orgulloso de esta gesta heroica perpetrada por nuestros combatientes del Ejército Libertador, con la cual se puso fin a un período de sometimiento y tiranía de nuestro pueblo. Es así como doscientos años después, todos los colombianos podemos vanagloriarnos de nuestra real independencia adquirida gracias a esos próceres que sacrificaron su vida para darnos libertad. Esta hace posible que hoy, con gran dignidad, no nos arrodillemos a los imperios dominantes. Ni por economía ni por protocolo podríamos hacerlo. Y no rendimos honores en tierras enemigas con arreglos florales, ni negociamos el principio de nuestra soberanía otorgándole la explotación del suelo a las multinacionales. Ni decretamos nuestras políticas a conveniencia de naciones poderosas cuyos intereses están marcados por la expansión de sus ideologías. Ya con doscientos años, queridos lectores, nuestra patria es una verdadera representación del orden y la moral, hecha y derecha, comandada por ilustres dirigentes y conspicuos hombres de intelectualidad sabiamente emplazados en las tres ramas de su Constitución”.
    Le mostré el encabezado de mi escrito nuevamente a mi editor, a ver si con esto se reía de tanto despliegue de ironía, pero lo que hizo fue darme una merecida palmada en la cara. “Usted es un cínico”, me dijo. “¿Usted cree que con burlarse así de la patria y de sus padres va a ganarse muchos lectores cuando este periódico sea una realidad? Se parece ya a ese periodista chabacán de Semana; ese… ¿cómo se llama?”. “¿Coronell?”, le refresqué el nombre para ayudarle, pero continuó. “No, hombre, el sobrino de Samper, el presidente que impuso el Cartel de Cali”. “Ah… Daniel Samper Ospina”, le dije cayendo en cuenta de quién me hablaba. “Sí, ese”, afirmó el editor. “el tipo que se dedicó a la extravagancia y a la charlatanería para denigrar del oficio de periodista. Un mequetrefe, un embustero, un payaso sin gracia que se cree que tiene estilo haciendo columnas y videos que resultan un hueso peor que los chistes de sábados felices, porque si al menos hiciera reír, uno diría, qué bueno, qué humor ácido tiene este señor. Pero no, él piensa que insultar a través del ridículo, burlarse de las particularidades físicas y caricaturizar sin elegancia a sus detractores va a engrandecer al periodismo, y lo único que hace es envilecerlo, como su tío, que envileció la política. Lástima que lo único que le heredó al papá fue la calva, porque ese otro señor por lo menos sí me divertía y sí se podía decir que era un señor. El hijo es solamente un patán, y así está usted con esta columna que escribió, burlándose de los doscientos años de la patria y de los próceres. Además qué mala redacción, déjeme decirle, qué falta de estilo y eficacia. Igualito a las crónicas del Samper sobrino.”.
    Sobra decir que mi columna no fue publicada en ese medio, como ninguna de las que escribí. El editor, en un arranque de furor uribesco me las rasgó en la cara, marica. Así de frente, pero mejor. No me hubiera gustado la táctica Juanmanuelista de haberme dado la palmadita en la espalda y después mandarme a través de un tercero una patada en el trasero sin que yo me diera cuenta, eso sí que me habría dolido. En cuanto a los periodistas mencionados, no los tengo en tan mal concepto. El primero incisivo y acucioso. El segundo mordaz  y creativo, todo hay que decirlo. Aunque sí tengo que distanciarme en cuanto a sus opiniones. Ellos, con su particular estilo, se quedaron anclados en una posición de ataque exclusivo al contradictor político, cosa que es bien polarizante. Pero no los juzgo. Sus razones tendrán.
    Y yo, que no tengo contradictores por no tener ideales políticos, me quedo en la mitad del asunto, rogando al cielo que  la justicia obre para todos. No que exima a unos y castigue a otros según la posición política. Porque aquí no es malo el que comete un delito sino el que no piensa como uno, y si el juez es del equipo ya estamos ganados. Es triste que todo lo tengamos que llevar a los extremos y responsabilizar al bando contrario por los problemas que nos aquejan. En caso de no tener el otro la culpa, uno alista el jabón, y a lavarse las manos. Vieja enseñanza de nuestros gobernantes. Y no sé por qué terminé hablando de esto si al fin y al cabo lo único que pretendía era escribir otra reflexión filosófica.

05/08/19

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