sábado, 26 de agosto de 2023

Cacería de brujas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





   Resulta que una persona pública: un político, un cantante, un deportista, un escritor, un artista, o cualquier otro tipo de celebridad, no tiene vida privada. O la tiene, pero el público suele conocerla de “pe a pá”: al final todo se sabe.

    Le sucedió por ejemplo a Bill Clinton, expresidente estadounidense, que en su afán por satisfacer sus deseos más primarios mediante el arcaico rito de la felación (el cual nunca pasará de moda y siempre será tan bien recibido por la comunidad masculina a cualquier momento del día y en cualquier lugar), se procuró este ameno placer con una de las mucamas de la Casa Blanca y de paso se arriesgó a que todas sus “perversiones”, si es que se le puede llamar perversión a lo que todo el mundo hace en privado, quedaran al descubierto y su vida íntima fuera de conocimiento público.



    Le está sucediendo actualmente a otro expresidente de la misma nación, Donald Trump, quien es juzgado por la opinión más severamente de lo que fue juzgado Clinton, no por su ejecutoria como mandatario, sino porque al parecer le pagó a Stormy Daniels, una modelo y actriz porno, para que esta no revelara a los periodistas que Trump había tenido una aventurilla con ella por allá en 2006. Y al final, otra vez, todo se supo: la actriz decidió contar a los medios las andanzas del ex presidente para ponerlo en el ojo del huracán. Tal parece que la suma que de otro lado le ofrecieron a esta profesional de las artes amatorias para que sí revelara los detalles del intercambio sexual fue superior a los 130 mil dólares que le ofreció Donald para que no hablara.

    El escándalo se desató, y hoy Trump está a punto de ir a la cárcel, entre otras cosas, por ese presunto pago a la modelo en plena carrera por la presidencia de 2016, cosa que para las leyes de la unión americana constituye un delito grave puesto que, más que una picardía sexual, lo que aparentemente hizo Trump, en opinión de algunos jueces y detractores, fue un intento de sacar ventaja en la votación; lo que en otras palabras se conoce como fraude electoral. Se rumora que Trump intentó acallar a la mujer para que no comprometiera su imagen como candidato y no perjudicara su triunfo aplastante en las elecciones, ya que de haberse conocido públicamente su intrépido pecado, el pueblo estadounidense no lo hubiera elegido por "inmoral". Vaya manera ridícula de sacar de la vida política a una figura que en este momento se erige como la más opcionada para retornar al primer cargo de la nación. Como si el ser sexualmente disciplinado fuera un requisito indispensable para ser presidente de la primera potencia mundial —al menos por ahora— por encima de la capacidad para gobernarla.



    Recordemos que los escándalos de Clinton y Trump, aunque han sido los más sonados y difundidos por la prensa, no han sido los únicos. Desde los Padres Fundadores como George Washington y Thomas Jefferson hasta George Bush hijo, pasando por presidentes tan determinantes para la historia de los Estados Unidos en el siglo XX como Eisenhower, Franklin D. Roosvelt, y el mismo Kennedy, seguramente el más aventurero; así como Lyndon B. Johnson y Ronald Reagan; todos ellos han sido involucrados de alguna forma con escándalos sexuales. Algunos han sido comprobados y de sobra reconocidos, como la relación que mantuvo Kennedy con Mimi Alford, una becaria de la Casa Blanca que conoció cuando ella tenía tan sólo diecinueve años y con la que duró aproximadamente un año y medio; otros no han podido ser demostrados, y de ellos apenas quedan rumores que se hicieron vox populi, como las acusaciones de una mujer de Texas, Margie Schoedinger, contra George Bush hijo por una supuesta violación que este cometió contra ella en el año 2000. Poco tiempo después de que presentara la denuncia, la mujer se suicidó misteriosamente; o la supuesta aventura que Richard Nixon tuvo con una camarera en Hong Kong.(1) Todos estos deslices o acusaciones contra los presidentes estadounidenses han puesto de alguna forma a temblar la seguridad nacional. El sexo, como un poder infalible por el que se doblegan hasta los líderes de las naciones y los imperios más poderosos, vuelve a hacer de las suyas en el siglo XXI, cuando es la causa más risible que le han podido endilgar al ex presidente Donald Trump para acabar con su carrera política.    

    Es que la doble moral de los que hoy atacan a Tump y antes defendían a Clinton hace parte de la misma cacería de brujas que desata la persecución contra el republicano. Podemos estar de acuerdo en que son dos ex presidentes carentes de moralidad, pero sólo uno ha tenido costos políticos por sus actos. Porque a Clinton, siendo presidente en ejercicio, nunca le hicieron un juicio político ni lo destituyeron de su cargo. Antes bien, el Congreso lo respaldó y los jueces le dieron la absolución. Decían hace casi treinta años que su vida privada era de él, y que lo que hiciera en la Casa Blanca con su cuerpo y con sus amantes, a nadie, salvo a su esposa, tenía por qué importarle. Que al presidente lo habían elegido para que gobernara, y eso estaba haciendo. Y qué conveniente, que a partir de este hecho, tomó relevancia la carrera política de la esposa agraviada, es decir, de la misma Hillary Clinton, quien años más tarde sería candidata presidencial y competiría contra el mismo Trump en las elecciones para el período 2016-2020, las cuales perdió acusándolo de corrupto, cuando su marido, el mismo al que ella apoyó y perdonó, hizo de las suyas con la emocionante succionada que se dejó propinar.

    Hoy, a Trump le hacen cargos que no pueden comprobar sólo para que no tenga la posibilidad de volver a ser candidato presidencial y que así no pueda ganar las elecciones. Lo acusan de extraer documentos clasificados, de haber promovido la insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio, de manipulación electoral. El partido Demócrata le tiene terror, y temen que si Trump es candidato nuevamente, Biden y los globalistas tendrán que retrasar su agenda como en 2016, porque les daría una paliza monumental: nunca los Estados Unidos se habían visto tan mal gobernados como en la actualidad; nunca antes la primera potencia había visto tan comprometida su posición hegemónica frente China como en el presente.



    Por si fuera poco, si Trump vuelve a la Casa Blanca, otros secretos terminarían de salir a la luz pública, como es el caso del hijo de Biden, ya de sobra conocido por sus excesos y sus torcidos. Sólo que ahora su vida privada pasaría a la esfera de lo judicial en tanto que se adelantarían las investigaciones que el actual gobierno de los Estados Unidos pretende mantener en el olvido. Porque aquí no se trata solamente de comportamientos inmorales, sino delictivos y atentatorios contra la seguridad nacional. Y vaya que si a alguien le debieran levantar cargos, es a Hunter Biden y a su padre. No por sus desmanes sexuales —que seguramente los tendrán, pero eso a nadie le importa—, sino por sus oscuros negocios en los que se ve amenazada la soberanía y la democracia de la nación estadounidense.

    Desde luego, lo que urge es hacer el escándalo por Trump, desprestigiarlo, reducir su carrera política a ruinas para que nunca más pueda aspirar a la presidencia, no importa que sea a través de cargos falsos que hasta ahora no tienen sustento y han sido totalmente incomprobables. La cacería de brujas apenas comienza, y un “hereje” llamado Donald Trump está a punto de ser lanzado al abismo de la hoguera.



    Veremos si cuando lo tiren saldrá volando por sobre las cabezas de sus enemigos y se encumbrará en lo más alto de la montaña, allí donde no puedan vulnerarlo; donde finalmente pueda recomponer su destino: el suyo, y el de la nación norteamericana a la que tanta falta le hace un líder que la sepa conducir. Preferiblemente uno con cualidades morales, digno ejemplo a seguir

    Pero si ello no es posible, al menos un líder que no deje naufragar a su país, porque de lo que se trata ahora no es de salvar tanto la reputación como la supervivencia de la patria misma.

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1. Juan Claudio Matossian. (18 de noviembre de 2021). Las infidelidades y escándalos sexuales más sonados de los presidentes de Estados Unidos (más allá del caso Lewinsky). Vanity Fair.

https://www.revistavanityfair.es/articulos/escandalos-sexuales-presidentes-estados-unidos-lewinsky


sábado, 19 de agosto de 2023

Ruge un león argentino

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Tiene el aspecto y la actitud de un rockstar, lleva al viento su melena indomable y es dueño de una mirada de felino al acecho que hace temblar a sus oponentes. Su lenguaje engalanado de procacidad y agresividad, y su temeridad a prueba de fuego para señalar a los políticos corruptos de “la casta” —como él los llama—, diciéndoles en su cara lo inútiles y lo ladrones que han sido, le han hecho ganarse tantos simpatizantes como enemigos. Acaba de triunfar en las elecciones primarias de Argentina y se perfila como el más firme candidato a ocupar la presidencia de la nación en los comicios del próximo 22 de octubre, si es que gana en primera vuelta.

    Se trata de Javier Milei, el economista y político argentino, líder del movimiento La Libertad Avanza que hoy tiene en vilo a muchos oficialistas e izquierdistas, y que es celebrado por el votante de a pie que no tiene vínculos ni contratos con el Estado. Su frase “no vine a guiar corderos, vine a despertar leones”, es una muestra de que, si llega al poder en Argentina, lo hará para arrasar con todo vestigio de las fuerzas políticas que han gobernado durante las últimas décadas a esa nación.

    No quiere nada con el oficialismo: ni con el macrismo ni con el kirchnerismo peronista (por ahora). Se define a sí mismo como un libertario, aunque la prensa escéptica lo catalogue como de extrema derecha: ultraderecha es el término que han puesto de moda los de la otra orilla. Este ex arquero de las divisiones inferiores del club Chacaritas y ex vocalista de una banda de rock, no está en ningún extremo violento en el sentido que le dan sus contradictores, pero sí es un candidato políticamente incorrecto que no se adhiere a los postulados de la derecha cobarde que hasta hace poco gobernó en Argentina y que en 2019 permitió que llegase al poder la izquierda socialista y empobrecedora que tiene a esa nación sumida en la peor crisis económica y social de su historia.



    “El fenómeno Milei” ha roto todos los pronósticos en las elecciones del pasado domingo, cuando alcanzó un 30% de la votación en las llamadas PASO de Argentina (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias), que es como el equivalente a las consultas partidistas en Colombia, en donde se definen los candidatos que representarán a las coaliciones y a los partidos. En el caso de Javier Milei no hubiera habido necesidad de consulta, pues era el único aspirante de su movimiento La Libertad Avanza y no competía con ningún otro. No obstante, es obligatorio que todos los candidatos se sometan a una medición para saber cómo están las fuerzas en pugna. Pues bien, Milei se sometió a votación, y de una expectativa de apenas un 20%, sobrepasó a sus contrincantes, y eso que aún no estaban en la contienda directa.

    Lo cierto es que “El León de Argentina”, como se le empieza a conocer en las redes, ha generado mucha polémica por sus propuestas económicas y sociales basadas en el pensamiento de la Escuela Austríaca. Él se denomina como un “anarcocapitalista en teoría”, pero como un “minarquista en la vida real”. Esto es: promueve el libre mercado hasta los tuétanos, pero propende por un Estado reducido a su mínima expresión. Su posición con respecto al aborto, al cual se opone rotundamente; su rechazo a la mal llamada Educación Sexual Integral, que es un caldo de cultivo para adoctrinar a los jóvenes en la ideología de género; sus propuestas de acabar con el Banco Central, de dolarizar la moneda, de reducir el gasto público, de rebajar los impuestos y suprimir más de diez ministerios; su apoyo al libre porte de armas; su rechazo al ecologismo alarmista; su estilo agresivo, directo y pendenciero; todo eso ha hecho que a Milei se le considere como un ultraconservador y hasta como un fascista. Nada más lejos de la realidad.



    Porque Milei no es un pan de Dios, eso está claro. Es un populista de derecha que supo cómo generar un discurso contundente y sencillo de entender en contra de lo que él llama “la casta política”. Desenmascaró a los zurdos que gobiernan allí y a los tibios de centro que se hacen pasar por oposición y no son más que los idiotas útiles al servicio de un régimen que empobreció a la Argentina, otrora uno de los países más prósperos del mundo.   

    Y es que así tiene que ser, pues con la progresía de izquierda toca tratar de frente y sin anestesia. Milei ha sabido capotearlos, incluyendo a los periodistas del oficialismo y a las estrellitas de la farándula que no tienen idea de cómo se maneja un país, pero se dan el lujo de opinar y mover a la opinión, y a todos les ha cantado sus cuatro verdades con su lengua soez y sin filtros. Si fuese simplemente un buen economista que habla en lenguaje técnico o con palabras rebuscadas para no atentar contra la corrección política, el pueblo no le hubiera entendido, y hoy no sería el predilecto de las masas, porque es ahí donde ha logrado calar su discurso: rompiendo el paradigma de que sólo la izquierda es la única que toca la fibra de las clases populares.


    Pero el diputado Milei no solamente ha llegado donde está por su ímpetu para denunciar ni por su capacidad para poner a los contrincantes en su sitio. Su conocimiento en el área económica es impecable. Es licenciado en Economía de la Universidad de Belgrano, tiene dos maestrías y un doctorado honoris causa; catedrático durante más de 21 años en Macroeconomía, Microeconomía, Teoría Financiera y Matemáticas, tanto en Argentina como en el exterior, además de conferencista, consultor, escritor y columnista de diferentes medios. Se ha preparado toda su vida hasta llegar a ser un experto en la materia, lejos de la ideologización tan corriente de los políticos de nuestro continente y más cerca del conocimiento técnico imprescindible para dirigir la economía de un país. Sus propuestas económicas y sociales se corresponden con el movimiento denominado “Nueva Derecha”, que no es lo mismo que el espectro de la derecha tradicional. Representa una fuerza con aires renovados que no se vale de la victimización ni de las arengas lastimeras, así como tampoco de la retórica y los lugares comunes tan presentes en los discursos de los políticos tradicionales. Milei ha sido disruptivo, generador de odios y amores, y por ello ha causado tanta conmoción su liderato en los comicios primarios.


   Opinadores, políticos, celebridades, empresaurios de monopolios y demás figuras de izquierda lamentan la intención de voto por Milei. Han salido a desprestigiarlo y a decir que el señor es un peligro para la nación. Pero más que para la nación, es un peligro para ellos mismos. Temen que se les acabe la burocracia, los puestos, los contratos, los subsidios, las intermediaciones, las exenciones, la competencia desleal. En otras palabras, que se les dañe el negocio de la política. Por eso todos estos zurdos del establishment le temen a Milei, incluyendo los que se hacen pasar por demócratas de centro, que no han servido para nada. No les gusta que una nueva fuerza de derecha irrumpa en el espectro, pues eso significa la pérdida de unos privilegios imposibles de recuperar. No les conviene que la gente abra sus ojos.

    En Colombia, por ejemplo, tenemos el caso de un politiquero de oficio y vendepatria como lo es Humberto de la Calle, quien salió a quejarse por el peligro que representaba el posible ascenso de un candidato como Milei, no sólo para Argentina, sino para toda Latinoamérica. De la Calle y los bodegueros zurdos hablan de que los “fachos” volverán a ganar las elecciones sólo porque Javier Milei quiere arrasar con el status quo de los políticos, reducir el Estado y dejar que sean los privados los que impulsen la actividad económica, además de no financiar las causas que actualmente el Estado le financia —a nivel internacional— a la Nueva Izquierda.   

    Bien por Milei, que ojalá gane la presidencia de Argentina y que ojalá algún día en Colombia tengamos a un Milei que no tema enfrentarse con la verdadera casta, que son los que actualmente nos gobiernan: los que prometieron el cambio solamente para beneficiarse a sí mismos.


Desconozco el origen de Milei, sus alianzas, su probabilidad de ser un antidemócrata por el tinte autoritario que a veces pudiera confundirse con la pasión con que se expresa. No lo sé, en política no se puede meter la mano al fuego por nadie. Pero me identifico con las propuestas que hasta ahora ha lanzado en su país. Por algo hay que empezar. Ojalá gane la presidencia de Argentina y sea ese león que ruja contra la llamada “casta política”.

    No como le sucedió a cierto presidente en Colombia: toda su vida buscó el poder, y una vez que llegó a él a través de una simulada democracia, se convirtió en el más ruin de los oligarcas. Si en Colombia eligieron a un tipo con problemas mentales que está llevando al país a un abismo, ¿por qué no elegir a otro loco en Argentina? Sólo que este sí sería un loco bueno; uno que por lo menos entiende cómo sacar al país de esa “cordura” asfixiante a la que lo llevó el socialismo Kirchnerista. Uno que sabe que el Estado no tiene por qué meter las narices en el proyecto de vida de cada individuo “basado en el principio de no agresión y en la defensa del derecho a la vida, la libertad y la propiedad”, tal como definió la doctrina liberal el doctor en economía Alberto Benegas Lynch, y cuyo pensamiento adoptó el mismo Javier Milei.

    ¡Que viva la libertad!

sábado, 12 de agosto de 2023

Adiós al Estado de derecho

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    El panorama político del país ha estado bastante agitado durante las últimas semanas.

    El hijo del presidente ha confesado que entraron dineros de dudosa procedencia a la campaña presidencial de su padre. La fiscalía lo ha dejado libre a condición de que revele toda la verdad, aunque eso implique el riesgo de que Nicolás Petro desaparezca o lo desaparezcan. Y vaya que lo han intentado silenciar. Un abogado de apellido Henao que se hizo pasar como abogado de la defensa de Petrico Junior trató de contactarlo con la intención de llevarle un mensaje, y no pudo hacerlo. A través del apoderado de Nicolás Petro, el abogado David Telequi, se dejó en claro que el imputado no quiere hablar con nadie del gobierno y mucho menos con su padre, y que el único vocero válido en este proceso es el señor Telequi. Nicolás está dispuesto a continuar entregando información con tal de que siga siendo en libertad, porque si por algún motivo llega a pisar una prisión, ya sabe lo que le espera: un “suicidio” imprevisto y sin carta de despedida. Lo que uno no entiende es por qué se le da tantas largas a este proceso y apagan momentáneamente el ventilador que prendió Nicolás Petro tras su captura. Urge que hable lo más pronto posible antes que una fatal casualidad ocurra en este país en el que reinan el silencio y la impunidad. A veces el silencio se rompe, pero siempre queda en pie la impunidad, que ya es el sello característico de la justicia colombiana. Aquí nada pasa ni pasará.



    Como si fuera poco, se devela por parte de la Fiscalía un plan orquestado por el grupo narcoterrorista ELN para atentar contra la vida del Fiscal General de la Nación, de un general retirado del Ejército de Colombia (el general Eduardo Zapateiro), y de una congresista líder de la oposición, la senadora María Fernanda Cabal. Un plan del que, por cierto, el Ejército, en cabeza del general Luis Mauricio Ospina, tenía total conocimiento desde hace por lo menos dos meses, pero estaba impedido para revelarlo, seguramente por órdenes del ministro de defensa y del presidente. Ya saben, todo en aras de la “paz total”, o la “paz cocal”, como la llama la misma senadora Cabal. Los petristas furibundos con la prensa están diciendo que se trata de un entrampamiento para acabar con esta “hermosa paz” en que nos tiene viviendo el gobierno Petro. En todo caso la información se filtró desde el Comando Especial Estratégico del Ejército y ahora comenzarán las bajas y las destituciones.

    Lo que uno no tampoco entiende es qué hace el esposo de María Fernanda Cabal sentado en la mesa de negociaciones, representando al sector de la oposición, con aquellos que quieren matar a su señora. ¿Será que al doctor José Félix Lafaurie lo tienen chantajeado para que haga parte de esa mesa so pena de que el gobierno tome venganza contra los ganaderos que él representa? Peor aún, ¿será que está obligado a formar parte de esa comitiva para generarle un costo político a la carrera de su esposa, que es una de las figuras de oposición más relevantes en este momento y candidata firme a la presidencia de la República en 2026? ¿Será que el esposo de la futura candidata tiene que aceptar esa designación para proteger la vida de la doctora Cabal, quien sigue bajo amenaza?



    Porque donde sí cumplieron la amenaza fue en el país hermano del Ecuador. Allí  mataron al candidato presidencial de la derecha, Fernando Villavicencio, quien había realizado varias denuncias contra sus opositores involucrados en casos de corrupción y narcotráfico, incluyendo al mismo ex presidente Correa. Este último anunció que su “venganza sería contundente” mientras abrazaba a la representante de su partido, la señora Luisa Gonzáles, principal contrincante del candidato Villavicencio, tristemente asesinado esta semana. Y un agravante: los asesinos fueron sicarios colombianos. Como si no bastara, Villavicencio había involucrado en sus denuncias a personajes de la fauna política colombiana como la señora Piedad Córdoba (la que esconde la plata en el turbante y en los cuadros, no se nos olvide). Y nuevamente, el mismo Nicolás Petro, hijo del presidente colombiano, vuelve a ser el hilo conductor de una trama de corrupción a través de un primo suyo, Camilo Burgos, que es pareja de Raisa Vulgarín, una aspirante a la Asamblea de Ecuador por el mismo movimiento izquierdista de Revolución Ciudadana, el de Rafael Correa, y que ayudó a mover unos doscientos millones de pesos a Nicolás Petro desde Bogotá hasta Barranquilla. Esta denuncia también había sido hecha por el candidato asesinado en un video que publicó el 29 de julio, cuando denunció las amenazas contra su vida. Fatalmente se cumplieron esas amenazas. Tal parece que la mafia asesina ya es trasnacional y se llama Foro de Sao Paulo: una mafia que se ha encumbrado en los cargos de poder de los diferentes países y que ya no lucha contra la ley y las fuerzas de seguridad de los Estados, pues ahora la mafia es ley. O si no miremos quién gobierna en cada uno de los países que son leales al Foro.



    Pero los escándalos de este gobierno no paran: cae en España un cargamento de cocaína perteneciente a la banda de los “Petrosky”, la cual se dedicaba al envío de coca en maletas ocultas en vuelos comerciales. Sí, así se hace llamar ese grupo traqueto en honor al “impoluto” presidente Gustavo Petro. Es que como Petro es ahora compinche de los narcotraficantes, de los grupos terroristas y de los bandidos a los que propone pagar un millón de pesos para que no sigan matando, pues lo más elemental es que estos le rindan homenajes etiquetando los paquetes con su rostro sonriente en la figura del joker.

    Así las cosas, con un presidente que merece un juicio político por haber dejado entrar dineros calientes a su campaña, (y al que no le pasa nada… ¿en dónde he visto eso antes?); con un gobierno que ha permitido que los narcoterroristas sean los que manden en Colombia, pues está entregándole el país a ellos; con una cáfila de maleantes dirigiendo los destinos de una nación vilipendiada; con la amenaza de muerte a la democracia que está dispuesta a caer sobre todo aquel que ose pararse contra el régimen, como le pasó a Fernando Villavicencio en Ecuador; con la restricción impuesta a la libertad de opinión, en donde la única opinión que no peligra es aquella que va en la dirección de los que mandan; con un presidente que no respeta las instituciones y pretende acumular un poder supremo encarnado en unas milicias urbanas a las que disfraza de “pueblo” y a las que acude cada vez que necesita de su apoyo; con la indefensión total a la que están sometiendo a los ciudadanos, dejándolos expuestos a la delincuencia y sin poderse defender por sus propios medios; con el desmembramiento de la Fuerza Pública, cada vez más descuidada, más desfinanciada, más abandonada y señalada como la responsable de la guerra; con la manipulación de un sistema electoral que alcahuetea la compra y el trasteo de votos, permite que se vuelen los topes de gastos de las campañas políticas, o se hace el de las gafas cuando se comprueba la infiltración de la mafia en las mismas; con el cinismo con el que un gobierno justifica su inmoralidad, su maldad, su impudicia; con todo esto, repito, estamos asistiendo a la muerte del Estado de derecho. 



    La democracia es apenas un discurso de papel en nombre de la cual se permiten todo tipo de autoritarismos. La voz del pueblo ya no existe, el pueblo no elige con libertad, el concepto de ciudadanía es un mito cuando la voluntad de los ciudadanos está cooptada. Somos un país secuestrado dentro de sus propias fronteras; un continente amordazado por el comunismo internacional del que ya nadie, excepto ellos, quiere saber.

    Nuevamente, así las cosas, asistimos al fin de la democracia. Es el enseñoramiento de una dictadura, y a los dictadores no queda otro camino que el de sacarlos utilizando todas las herramientas que pone a disposición el Estado, incluyendo el uso de la fuerza.

    Lo otro es dejar todo como está y que el país se siga perdiendo; comenzar a hacer maletas y votar con los pies lo que unos inconscientes votaron con las manos, creídos que estaban ante la llegada de un salvador. El camino fácil es la claudicación, humillarse para conseguir la paz, y al final, quedarse con la guerra y con la humillación, como lo aseveraba Churchill. El camino difícil, por su parte, es oponerse con vehemencia a este mandato, dar la pelea, alzar la voz, marchar, hacerse sentir, exigir la renuncia inmediata de la cofradía que nos gobierna, no tolerar que nos cambien nuestro sistema profundo de valores que todavía existe en el pensamiento de aquellos que creemos en la disyuntiva de lo bueno y de lo malo. De lo contrario, habrá que decirle adiós al Estado de derecho, y con él a nuestra libertad.       

sábado, 5 de agosto de 2023

Barbie y la lucha de los sexos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Debo confesar que estuve sentado dos horas viendo la película Barbie. Lo siento, queridos lectores, sé que ustedes esperaban algo más serio de mi parte; que jamás me hubieran imaginado dedicándole tiempo a analizar piezas de un cine tan superficial e intrascendente, dirigido quizás a personas con poco desarrollo del intelecto, pero aunque es muy mala Barbie como película de comedia, es una fuente inagotable de discursos ideológicos dignos de ver con espíritu crítico. De otro modo no se justifican las dos horas de una historia llena de clichés.

    La película se ha convertido por estos días en un fenómeno de las redes sociales y los medios de comunicación, todo porque está de moda. Una moda que, por demás, será tan efímera como la fantasía que propone la historia en sus minutos iniciales, pues luego allí también abrumará la realidad que habrá perjudicado hasta a la muñeca misma.

    Lo curioso de este fenómeno de marketing no es tanto la calidad de la película, de la cual no hablaré porque considero que no soy experto en cine y para eso existen los críticos que podrían dar una mejor reseña. (A mí sólo me pareció que la película tiene una buena estética y una buena fotografía, y hasta ahí llega mi percepción cinéfila). El argumento, muy regular, por cierto, es el mismo mito de La Caverna de Platón. Lo curioso, retomando el punto inicial, es que el bombardeo publicitario en torno a la temática de Barbie haya calado tanto en la mente de sus seguidores, que muchos hasta se han ido disfrazados de Barbies y de ken para ir a ver la proyección en las salas de cine. Curiosa vertiente de ingeniería social que ahora está tomando forma en el séptimo arte.



    Porque Barbie, en sí, no tiene nada de especial. Es más de lo mismo: una película digna de nuestros tiempos decadentes. Por eso no me sorprende que haya causado tanto furor entre el público, compuesto en su mayoría por espectadores que solo van a pasar un rato de entretención sin detenerse a pensar con qué material es que están abonando su cerebro.

    Y parece que a muchos no les molesta que esto sea así. Aceptan que el mundo está tan perdido que no hay para qué molestarse en combatir contra su perdición. Bueno, cada quien es libre de elegir el producto que quiere consumir. Sé que muchas de las mujeres que en su niñez jugaron con Barbie (y quizá hombres) se identifican con la muñeca porque formó parte de las vivencias de su pasado. Además, Barbie es un producto que convoca a gente de todas las generaciones desde los años sesenta hasta nuestros días. Eso sí, hay que advertir que la película no es apta para el público infantil. No sé qué hacen niños de ocho o diez años viéndola y no sé por qué sus padres los llevan sin detenerse a pensar que los están exponiendo a semejante bombardeo de feminismo y a contextos que ellos no están preparados para asimilar aún, a no ser que les expliquen de una forma objetiva que lo que pasa allí no es para nada el reflejo de la realidad y que no deben creerse los mensajes de manipulación no tan cifrados que la película pretende dejar en el aire. 



    Porque si los adultos se han dejado contagiar por la fiebre de Barbie, no digamos cómo están las niñas, que son las que supuestamente conforman su público objetivo. Aellas será mejor seguirles presentando la versión animada. Esta Barbie de carne y hueso es demasiado imperfecta para lo que debiera ser el mundo cándido y mágico de la infancia (como lo era en un principio el mundo de Barbieland). No hay que dejar que se impregnen de las ideologías que están corrompiendo al mundo y que precisamente mantuvieron en pugna a Barbies contra Kens;  lo que en la sociedad actual se equipararía la lucha de los sexos. No es que uno sea un paranoico que ve conspiraciones en todos lados. Qué le hacemos, pues, si es que a eso es a lo que se ha dedicado Hollywood. No por nada su industria está en su peor momento de declive. Barbie, para la muestra, es una película que transpira progresismo a borbotones, (aunque también se burla adrede de eso mismo) y eso no se puede negar ni mucho menos callar. Que no nos culpen, entonces, a los que hacemos juicios críticos sobre una obra, un libro, una serie, una tendencia, una política, o lo que sea, de que somos unos fanáticos que queremos encontrarle la quinta pata al gato cuando lo que hacemos es denunciar una verdad cada vez más evidente: que hay una intención manifiesta de seguir fritándole el cerebro a la gente con ideas progresistas, y esas ideas, como se presentan tan sutiles y tan llenas de buenas intenciones, son las que hay que rechazar con vehemencia.    


    Es que el fenómeno Barbie ha sido tan contagioso, que hasta la Oficina de Comunicaciones de la Presidencia de la República de Colombia sacó el pasado 20 de julio un video promocional con el presidente Petro y su vicepresidente (no vicepresidenta) Francia Márquez con el ánimo de conmemorar nuestro Grito de Independencia, y todo ello inspirado en algunas escenas del trailer de la película. Se preguntarán ustedes qué tenía que ver Barbie con el 20 de julio y la política en Colombia, y yo les digo que mucho: ¿no se dan cuenta? Petro y Francia, y el resto de escuderos de este gobierno viven en el mundo perfecto de la muñeca que más ha vivido sabroso entre todas las muñecas creadas hasta el momento. Ella también tiene su mansión propia, usa zapatos Ferragamo, duerme con almohada de plumas de ganso, y anda en el medio de transporte que le da la gana, incluyendo helicóptero, además de ser la que maneja todo un país compuesto por mujeres felices y empoderadas, en donde los pusilánimes Ken viven aplaudiéndolas sin darse cuenta de cómo los pisotean. Así, trasplantado a la realidad, Colombia es Barbieland; Petro, Francia, y su corte de funcionarios son las Barbies que viven en su burbuja de perfección; y el pueblo raso somos los idiotas y humillados Ken a los que parece que nos gusta que nos maltraten.

    Pero no es de política de lo que vengo a hablar, sino de lo que me dejó la película Barbie y de por qué la considero otra más de las herramientas ideológicas del progresismo, además de toda la polémica que ha generado esta pieza del cine.

    Aparte de sacarme alguna sonrisa baladí, de incordiarme con una que otra contrariedad, de ocupar un tiempo de ocio que bien hubiera podido aprovechar viendo otra película más instructiva, o de proporcionarme el tema que me sirvió como material para escribir esta columna, debo admitir que la película Barbie no le aportó nada significativo a mi vida. Y tampoco tenía por qué hacerlo. Barbie es una de esas comedias light creadas en estos tiempos líquidos para distendernos de nuestras aburridas obligaciones e imbuirnos en un mundo que quisiéramos que fuera más perfecto, como el de Barbieland. Aparentemente, una película que no le hace daño a nadie y que no justifica la magnitud de su crítica. Aparentemente.



   Sólo que hasta en la fantasía de la sociedad sin conflictos puede pasar que el hechizo se rompa y acuda la realidad con toda su carga de “injusticias”. El feminismo, que está presente de principio a fin, intenta hacer una crítica al sistema, pero en lugar de ello termina por hacerse una burla a sí mismo. Por eso la película es cínica y contradictoria; en ocasiones pareciera que fomentara la ideología feminista y en otras pareciera que se riera de ella. Lo que critica no se sostiene, pues simplemente no existe. El “patriarcado” del “mundo real” es tan falso como Barbieland. Lo que se ve es más bien un feminismo de doble filo que reivindica al sistema capitalista en tanto que beneficia a la mujer, y lo ataca en tanto que la “oprime”. Así como la ha empoderado, también le ha impuesto la carga que lleva consigo el sello de la independencia. 

    Porque en la sociedad de nuestros tiempos se rechaza la maternidad, la subordinación al varón, el acto de servir a un hombre, el rol de ama de casa: todo ello ha sido por “la opresión del patriarcado”; ese fantasma al cual demonizan como el culpable de todos los problemas de las mujeres. Pero también suenan las alarmas si a pesar del empoderamiento, la independencia, la superación personal que ha tenido la mujer y su liderazgo en la sociedad, esa mujer no es feliz, se siente sola, insatisfecha, no soporta la presión que le impone el “maldito patriarcado”. Sí, otra vez, porque se necesita a quien echarle la culpa. Cuando la película lo trata de señalar se evidencia de que en realidad no existe ningún patriarcado. Ni siquiera en el “mundo real” a Ken le dieron un empleo por el solo hecho de ser hombre. Por eso el argumento se cae, se disuelve en el aire. “¡Oh, maldito patriarcado que sólo propende por mujeres sumisas y sirvientas! ¡Maldito capitalismo que ha generado toda una legión de mujeres independientes, pero solitarias e infelices!”. Esos son los mensajes que se dejan entrever durante el desarrollo de la película: una lucha por la liberación de las mujeres en un mundo lleno de problemas que aparentemente causan los hombres, aunque en este caso la guerra la hayan propiciado ellas con su manipulación y el poder más grande sobre la faz de la tierra: el poder de la seducción y la belleza femenina. Los Ken, que representan a los hombres del mundo, son los estúpidos, los que se pelean como bestias salvajes, los arrastrados, los eternos simpeadores, los accesorios, el juguete preferido de las Barbies… en otras palabras, la energía negativa, que como no pueden eliminar de Barbieland, la transforman en una sustancia manipulable. No dan a entender en la película la verdadera causa del problema: que han sido las mismas auto-imposiciones de la ideología del empoderamiento lo que ha llevado a la mujer contemporánea a su propia atomización.  

    La primera escena, por ejemplo, es un claro símbolo de ataque contra la maternidad, cuando las niñas destruyen sus muñecas bebés para glorificar el nuevo arquetipo de muñeca a seguir: el de la mujer adulta, soltera, libre, sin familia, sin religión, pero muy hermosa y exitosa materialmente. ¿Y qué opinar del menosprecio que le hicieron a la Barbie embarazada? Había que decir que lo mejor era no mostrarla de a mucho para no seguir fomentando la idea de ser madre en este mundo que apuesta por el antinatalismo 



    Y no es que Barbie haya sido concebida inicialmente así. De hecho, su creadora, Ruth Handler, la fabricó en honor a su hija y le colocó el mismo nombre de esta: Bárbara. Barbie no comenzó siendo un producto feminista. Más bien las feministas la detestaban por “fomentar estereotipos de belleza que causaban frustración a las mujeres que no lograban esos estándares”. Hoy, con el ánimo de equilibrar las cargas de la corrección política, Barbie ha pasado de alentar un ideal de belleza física y hasta intelectual, a ser una víctima del sistema.  El paraíso de fantasía gobernado por ellas se desmorona porque Ken adopta las ideas de ese supuesto sistema en el que el poder lo tenían los hombres, y lo lleva a Barbieland. Lo que me pareció contradictorio es que las Barbies parecían estar más  a gusto cuando le servían la cerveza a sus Ken. Al parecer ese mundo idílico tampoco funcionaba a la perfección. Por algo Barbie decide, al final, dejar de ser la muñeca plástica y convertirse en humana: convertirse en una verdadera mujer, con sus necesidades y deseos de mujer; entre ellas, la de poder ir al ginecólogo.

    Eso sí, nunca se exhorta a la complementariedad de los sexos, sino que por el contrario queda la sensación de que es ineludible esa división en la que no se entiende que hombres y mujeres no vinimos a esta tierra para competir, sino para cooperar. Barbie se va al "mundo real" sola porque nunca quiso al Ken, y además piensa que no lo necesita para salir adelante, como en la vida real. 



   La pregunta que podríamos hacernos es si la película Barbie es un aparato de adoctrinamiento progresista, o una burla hacia esta ideología. Me parece que son las dos cosas, pues los realizadores quieren quedar bien con Dios y con el diablo. Por momentos alienta el deseo del discurso feminista y por momentos lo pisotea, como cuando Ken llora porque dice tener una masculinidad deconstruida, y lo hace de forma tan burlesca, que en lugar de compasión, lo que produce es risa con mezcla de rabia. Y no se crea que esto ha sido un error de producción. La película no se equivocó: el mensaje es ambiguo para generar más confusión y explicar todo desde la perspectiva que más se ajuste a sus intereses. Por eso unos críticos dicen que la película es un panfleto feminista y otros dicen que es todo lo contrario, una bajada de línea al feminismo. Yo pienso que es usar la temática del feminismo como instrumento para seguir haciendo dinero.

    Barbie, recordemos, “es lo que quiere ser”, según lo que convenga. Esta es la ideología que se impone detrás de toda la producción. Sólo que pretende camuflarse entre la ironía y la corrección política. Pese a ello, es obvio que responde a los intereses de la élite que se apropió del cine para hacer cambios culturales.

    Y lo peor, un mensaje en clave de ideología de género en una escena en particular en la que Barbie le está hablando a unos obreros: “No tengo vagina y Ken no tiene pene. No tenemos genitales”. Ah… es que no podía faltar la promoción soterrada del “no binarismo”, en donde no se es ni hombre ni mujer, sino esa cosa manida que nos introdujo la psicología de pacotilla y que se reforzó con el nefasto lema de Barbie para terminar de tostar cerebros adoctrinados: “Tú puedes ser lo que quieras ser”. Sigan fabricando fantasías.

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