Resulta que una persona
pública: un político, un cantante, un deportista, un escritor, un artista, o
cualquier otro tipo de celebridad, no tiene vida privada. O la tiene, pero el
público suele conocerla de “pe a pá”: al final todo se sabe.
Le sucedió por ejemplo a Bill
Clinton, expresidente estadounidense, que en su afán por satisfacer sus deseos más
primarios mediante el arcaico rito de la felación (el cual nunca pasará de moda
y siempre será tan bien recibido por la comunidad masculina a cualquier momento
del día y en cualquier lugar), se procuró este ameno placer con una de las mucamas
de la Casa Blanca y de paso se arriesgó a que todas sus “perversiones”, si es
que se le puede llamar perversión a lo que todo el mundo hace en privado,
quedaran al descubierto y su vida íntima fuera de conocimiento público.
Le está sucediendo actualmente
a otro expresidente de la misma nación, Donald Trump, quien es juzgado por la
opinión más severamente de lo que fue juzgado Clinton, no por su ejecutoria como
mandatario, sino porque al parecer le pagó a Stormy Daniels, una modelo y actriz porno, para que esta no
revelara a los periodistas que Trump había tenido una aventurilla con ella por allá en 2006. Y al final, otra vez, todo se supo: la actriz decidió contar a los medios las andanzas del ex
presidente para ponerlo en el ojo del huracán. Tal parece que la suma que
de otro lado le ofrecieron a esta profesional de las artes amatorias para que
sí revelara los detalles del intercambio sexual fue superior a los 130 mil dólares que le ofreció
Donald para que no hablara.
El escándalo se desató, y hoy
Trump está a punto de ir a la cárcel, entre otras cosas, por ese presunto pago
a la modelo en plena carrera por la presidencia de 2016, cosa
que para las leyes de la unión americana constituye un delito grave puesto que,
más que una picardía sexual, lo que aparentemente hizo Trump, en opinión de
algunos jueces y detractores, fue un intento de sacar ventaja en la votación; lo que en otras palabras se conoce como fraude electoral. Se rumora que Trump intentó
acallar a la mujer para que no comprometiera su imagen como candidato y no
perjudicara su triunfo aplastante en las elecciones, ya que de haberse conocido públicamente
su intrépido pecado, el pueblo estadounidense no lo hubiera elegido por "inmoral". Vaya manera ridícula de sacar de la vida política a una figura que en
este momento se erige como la más opcionada para retornar al primer
cargo de la nación. Como si el ser sexualmente disciplinado fuera un requisito
indispensable para ser presidente de la primera potencia mundial —al menos por
ahora— por encima de la capacidad para gobernarla.
Recordemos que los escándalos de Clinton y Trump, aunque han sido los más sonados y difundidos por la prensa, no han sido los únicos. Desde los Padres Fundadores como George Washington y Thomas Jefferson hasta George Bush hijo, pasando por presidentes tan determinantes para la historia de los Estados Unidos en el siglo XX como Eisenhower, Franklin D. Roosvelt, y el mismo Kennedy, seguramente el más aventurero; así como Lyndon B. Johnson y Ronald Reagan; todos ellos han sido involucrados de alguna forma con escándalos sexuales. Algunos han sido comprobados y de sobra reconocidos, como la relación que mantuvo Kennedy con Mimi Alford, una becaria de la Casa Blanca que conoció cuando ella tenía tan sólo diecinueve años y con la que duró aproximadamente un año y medio; otros no han podido ser demostrados, y de ellos apenas quedan rumores que se hicieron vox populi, como las acusaciones de una mujer de Texas, Margie Schoedinger, contra George Bush hijo por una supuesta violación que este cometió contra ella en el año 2000. Poco tiempo después de que presentara la denuncia, la mujer se suicidó misteriosamente; o la supuesta aventura que Richard Nixon tuvo con una camarera en Hong Kong.(1) Todos estos deslices o acusaciones contra los presidentes estadounidenses han puesto de alguna forma a temblar la seguridad nacional. El sexo, como un poder infalible por el que se doblegan hasta los líderes de las naciones y los imperios más poderosos, vuelve a hacer de las suyas en el siglo XXI, cuando es la causa más risible que le han podido endilgar al ex presidente Donald Trump para acabar con su carrera política.
Es que la doble moral
de los que hoy atacan a Tump y antes defendían a Clinton hace parte de la misma cacería de brujas que desata la persecución contra el republicano. Podemos estar de acuerdo
en que son dos ex presidentes carentes de moralidad, pero sólo uno ha tenido
costos políticos por sus actos. Porque a Clinton, siendo presidente en
ejercicio, nunca le hicieron un juicio político ni lo destituyeron de su cargo. Antes bien, el Congreso lo respaldó y los jueces le dieron la
absolución. Decían hace casi treinta años que su vida privada era de él, y que
lo que hiciera en la Casa Blanca con su cuerpo y con sus amantes, a nadie,
salvo a su esposa, tenía por qué importarle. Que al presidente lo habían
elegido para que gobernara, y eso estaba haciendo. Y qué conveniente, que a
partir de este hecho, tomó relevancia la carrera política de la esposa
agraviada, es decir, de la misma Hillary Clinton, quien años más tarde sería
candidata presidencial y competiría contra el mismo Trump en las elecciones para
el período 2016-2020, las cuales perdió acusándolo de corrupto, cuando su
marido, el mismo al que ella apoyó y perdonó, hizo de las suyas con la
emocionante succionada que se dejó propinar.
Hoy, a Trump le hacen cargos que no pueden comprobar sólo para que no
tenga la posibilidad de volver a ser candidato presidencial y que así no pueda
ganar las elecciones. Lo acusan de extraer documentos clasificados, de haber promovido la insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio, de manipulación electoral. El partido Demócrata le tiene terror, y temen que si
Trump es candidato nuevamente, Biden y los globalistas tendrán que retrasar su
agenda como en 2016, porque les daría una paliza monumental: nunca los Estados Unidos
se habían visto tan mal gobernados como en la actualidad; nunca antes la
primera potencia había visto tan comprometida su posición hegemónica frente
China como en el presente.
Por si fuera poco, si Trump
vuelve a la Casa Blanca, otros secretos terminarían de salir a la luz pública,
como es el caso del hijo de Biden, ya de sobra conocido por sus excesos y sus
torcidos. Sólo que ahora su vida privada pasaría a la esfera de lo judicial en
tanto que se adelantarían las investigaciones que el actual gobierno de los Estados
Unidos pretende mantener en el olvido. Porque aquí no se trata solamente de
comportamientos inmorales, sino delictivos y atentatorios contra la seguridad nacional.
Y vaya que si a alguien le debieran levantar cargos, es a Hunter Biden y a su
padre. No por sus desmanes sexuales —que seguramente los tendrán, pero eso a
nadie le importa—, sino por sus oscuros negocios en los que se ve amenazada la
soberanía y la democracia de la nación estadounidense.
Desde luego, lo que urge es
hacer el escándalo por Trump, desprestigiarlo, reducir su carrera política a
ruinas para que nunca más pueda aspirar a la presidencia, no importa que sea a
través de cargos falsos que hasta ahora no tienen sustento y han sido totalmente
incomprobables. La cacería de brujas apenas comienza, y un “hereje” llamado
Donald Trump está a punto de ser lanzado al abismo de la hoguera.
Veremos si cuando lo tiren saldrá
volando por sobre las cabezas de sus enemigos y se encumbrará en lo más alto de
la montaña, allí donde no puedan vulnerarlo; donde finalmente pueda recomponer
su destino: el suyo, y el de la nación norteamericana a la que tanta falta le
hace un líder que la sepa conducir. Preferiblemente uno con cualidades morales,
digno ejemplo a seguir
Pero si ello no es posible, al menos un líder que no deje naufragar a su país, porque de lo que se trata ahora no es de salvar tanto la reputación como la supervivencia de la patria misma.
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1. Juan Claudio Matossian. (18 de noviembre de 2021). Las infidelidades y escándalos sexuales más sonados de los presidentes de Estados Unidos (más allá del caso Lewinsky). Vanity Fair.
https://www.revistavanityfair.es/articulos/escandalos-sexuales-presidentes-estados-unidos-lewinsky






















