sábado, 30 de diciembre de 2023

En busca del tiempo perdido frente a la TV

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    De la misma manera como Rupertino Díaz terminó el año 2022, asimismo terminó el 2023: acostado en el sofá de su casa, muy seguramente viendo por televisión La Gran Fiesta de los Hogares Colombianos que conduce y dirige el reconocido presentador Jorge Barón, ya en su etapa de decadencia y senilidad.[1]

    Pero no es de don Jorge Barón, respetado señor, de quien se trata esta historia, sino del desconocido Rupertino Díaz, un insignificante ciudadano colombiano que hace parte de la misma masa ignota que se tiene que entretener con cualquier cosa el último día del año para no sentir que en realidad no sólo se está acabando un año más del calendario, sino que se le está acabando la vida completa sin haber hecho nada de provecho; yaciendo en su sofá como un autómata, día tras día desde el primero de enero del año que finalizó, y continuando así hasta el próximo 31 de diciembre, porque seguramente Rupertino destinará gran parte del nuevo año perdiendo minutos frente al televisor.

    Su niñez fue dirigida por la pantalla chica, por allá en los años ochenta, cuando presentaban los mejores dibujos animados de la historia, que sí eran buenos dibujos. En ese entonces los héroes luchaban contra el mal, cuya representación característica no venía dada por el hombre blanco capitalista heteropatriarcal y cristiano, como ahora, sino por toda clase de monstruos ambiciosos, corruptos, egoístas, destructores, rencorosos, viciosos y holgazanes que querían apoderarse del mundo, y cuya piedra en el zapato eran los héroes que Rupertino admiraba. Al final los maleantes eran vencidos y la vida afuera continuaba aparentemente normal, aunque de vez en cuando no dejaban de acechar algunos de los temores reales para los cuales no existían héroes capaces de mitigar el miedo: la bomba atómica, una guerra nuclear, la guerrilla, el narcotráfico, un secuestro, un volcán en erupción, la posibilidad de quedarse solo, etc. Rupertino creció viendo en la televisión que el mal nunca triunfaba, pero pronto se dio cuenta de que la realidad era muy diferente.   



    También en su adolescencia, desde los doce hasta los dieciocho, se la pasó acostado en un sofá muy similar, pegado al televisor, malgastando esa década de los noventa donde ya en su casa contaban con un VHS para realizar las grabaciones de los programas favoritos, de modo que el goce frente a la pantalla se pudo dar por partida doble. Fue el tiempo de las películas de alquiler, de las series juveniles y de acción los fines de semana, de los programas de concurso y de bromas en la calle, de los partidos de fútbol por el regreso de Colombia a los mundiales, de las nuevas telenovelas que trataban la problemática del país, de los magazines musicales, ahora con rock en español, y presentados por las jóvenes vedettes de la televisión, que eran las hijas de las vedettes de los años setenta. A Rupertino lo asaltaban las hormonas viendo a Angie Cepeda y a Viena Ruiz en el Calendario Sueños del 94; soñaba teniendo un romance con Carolina Acevedo, con Ana Lucía Domínguez, con la misma Carolina Gómez, Señorita Colombia. Fue la década de Natalia París y Sandra Muñoz en su mejor momento. La considerable cantidad de televisión que vio en su adolescencia precipitó la madurez sentimental de Rupertino hacia una serie de amores malogrados por creer que para conquistar mujeres bastaban los osos de peluche y las esquelas de Timoteo, tan famosas en la época. Pronto comprendió que a las únicas mujeres que les gustaban todos esos detalles romanticones y melosos eran a las de las telenovelas que él veía, y eso porque esos detalles provenían de galanes como Manolo Cardona, Naren Daryanani, Rafael Novoa, Andrés Juan, y demás, o de lo contrario también se hubieran ganado su rechazo. A Rupertino le faltaba y le seguirá faltando mucho para aspirar a ser siquiera la décima parte de un galán de telenovela. Pero no importaba, él seguía regalándole su atención al televisor, porque el televisor lo estaba maleducando y le estaba alimentando las estúpidas fantasías que luego le cobrarían con dolor en la adultez.



    Y fue en la adultez temprana donde tampoco se despegó Rupertino del aparato pérfido. El agravante fue que ya para esa época se acrecentó la televisión por cable, y Rupertino se sumió por horas pasando canales, viendo fútbol de otros países, series de otros países, divas y galanes de otros países, y todos los refritos que pasaron repetidos y que no se pudo ver en su juventud. Comenzaban los años dos mil, y Rupertino nada que se despegaba del televisor. Ya no eran dibujos animados, ni películas de alquiler, sino toda la gama de canales y más canales que no alcanzaba a dar la vuelta en una hora. Se volvió adicto al zapping y ya no miraba nada con devoción; ningún programa en particular, porque de cada canal veía un trozo y así se hizo a una idea de cómo estaba el mundo: de cada cosa atrapó un pedacito en su cerebro, llegando a los treinta años con un poco de retazos de imágenes en la mente que no le permitieron un recuerdo duradero. Y para colmo, el viejo VHS fue reemplazado por el DVD, el aparato de reproducción laser en el que no sólo podía ver videos musicales de sus artistas favoritos, sino el resto de películas que no se vio en el cine, que hasta se encontraban vigentes en cartelera, porque los DVD’s piratas se conseguían fácil en los semáforos de cualquier esquina, de modo que Rupertino no tenía excusa para pararse del sofá y dejar la abulia. Fue así como lo sorprendió una nueva década sin haber hecho nada más que mirar y mirar televisión, siempre acostado en el sofá. Ya el milenio, comenzado hacía diez años, iniciaba el tránsito a los años veinte, con la novedad de que no sería el televisor lo que tendría anclado a Rupertino a su sofá, sino el celular lo que lo tendría prisionero en cualquier lugar y a toda hora.



    Cuando llegó la marejada de los “teléfonos inteligentes”, Rupertino encontró una nueva forma de entretención. Dejó a un lado el viejo televisor porque en el internet lo encontraba todo: videos, música, fotos, chismes, y hasta amigos virtuales. Se quedaba horas y horas pegado a esa otra mini pantalla que era el celular, y de ese modo se olvidó de estudiar, de trabajar, de prepararse para el futuro. Dejó de ver las telenovelas y los programas televisivos de otros tiempos por estar husmeando la vida del prójimo. Con la aparición de las redes sociales, Rupertino encontró que la vida de los individuos comunes y corrientes era mucho más interesante que la de los héroes de las películas, y así se dedicó por entero a buscar ex novias que lo dejaron por no hacer más que mirar televisión, enemigos que se salieron con la suya y ahora estaban en mejor posición que él, ex compañeros que se dieron la gran vida y gozaban de la fama y el prestigio que Rupertino hubiera querido para sí; en fin, se dio cuenta de que la gente había avanzado con el mundo, y él seguía allí como un espectador de la vida ajena desde su móvil, sin mover un dedo para cambiar la propia. Al contrario, fue en la red donde Rupertino encontró una infinidad de posibilidades de entretenimiento, con lo cual estuvo incluso demasiado ocupado hasta para entretenerse. No podía dar abasto con tanta notificación, con tanto contenido por mirar, con tantos videos represados, con tanta información que la gente subía a diario en sus páginas y que él no alcanzaba a evacuar. Había de todo: programas informativos, conferencias, entrevistas, debates, shows de comedia, asesorías sobre cómo ligar con mujeres, películas viejas y nuevas, recomendaciones de películas y series, reseñas de las mismas, opiniones sobre libros, temáticas en general, y opiniones a las opiniones, críticas a las críticas y reacciones a las reacciones. Cada personaje particular que luego fue conocido como influencer tenía algo para decir, y Rupertino necesitaba saber qué era, pero no podía verlos a todos. Al final tuvo que escoger entre unos cuantos para que lo entretuvieran, pero se cansaba pronto y cambiaba, ya no de serie, ni de película, ni de canal de televisión, sino de canal de Youtube, de Short, de Reel, de cada pequeño fragmento de video que no duraban ni un minuto y que a Rupertino le parecían eternos, porque era mucho lo que tenía que ver. Pasaba y pasaba el dedo para continuar, uno tras otro, durante horas, hasta que en sus ojos se esbozaban los bastones negros que le tenían entorpecida la vista desde hacía tiempo. 



    Así recibió Rupertino el 2024: inmutable, improductivo, impertérrito, impotente.  Sin siquiera levantarse a mirar por la ventana los juegos pirotécnicos que estaban reventando al frente de su casa. Se mantuvo acostado en su sofá, absorto en el celular, que a veces coincidía con lo visto en el televisor, porque estos aparatos también se modernizaron para no quedarse atrás y se convirtieron en Smart Tv’s. Era imposible despegarse: streams, notificaciones, fotos de sus conocidos en lugares improbables, nuevos videos de sus Youtubers favoritos, recomendaciones para ver. No podían cerrarse sus ojos que ya ardían en el fuego azul del display del celular.

    Porque Rupertino sentía que había perdido gran parte del conocimiento del mundo mirando sólo televisión, y que esa oportunidad que se había ido le iba a hacer falta para mirar todo lo que tenía que mirar en internet, en donde estaba la verdadera entretención. Lo sorprendió el 2024 perdiendo el tiempo frente a la pantalla, y así se le iba a ir todo el año, como se le habían ido los cuarenta y tantos años anteriores, anhelando vivir la vida de los demás al tiempo que hacía todo por desvivir la suya. 




[1] A propósito del presentador, este debe ser otro de esos personajes extraños a los que no les gusta reunirse con la familia en Nochebuena y Año Nuevo, pues lleva no sé cuántos años pasando esas fechas lejos de su casa, armando la fiesta en otro toldo, con un poco de gente que ni conoce y promoviendo unos artistas que tampoco nadie conoce, o que conocen tanto, que ya nadie quiere ver. El vetusto conductor se las arregla para que los únicos dos días del año en que tenga que trabajar de manera obligatoria, sean el 24 y el 31 de diciembre. El resto del año pueden contar con él, si acaso no está discutiendo con su alter ego Jorgito, el portero de un edificio desconocido que al parecer es más añejo que el presentador y que le conoce todos los secretos. En una de esas a Jorgito le da un ataque de sinceridad y hace quedar mal a don Jorge.

 


sábado, 23 de diciembre de 2023

La batalla comienza por casa

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Quienes me conocen a fondo saben que en este momento hago parte (o por lo menos aspiro a ser parte) de ese grupo de “activistas” que están luchando por sus propios medios para dar la batalla cultural contra el progresismo. Y cuando hablo de los propios medios no me refiero sólo a lo económico, sino también al conjunto de dones y capacidades que mi Dios nos dio a cada uno para poder defender los principios y los valores que nos identifican a quienes estamos a favor de seguir dando dicha batalla. Es decir, cada uno aporta lo que puede aportar y de la manera en que lo puede hacer.

    Los intelectuales y los más ilustrados escriben libros; los que son buenos para la oratoria hacen debates con base en el conocimiento adquirido en esos libros; los influenciadores y otros activistas de redes sociales ponen sus canales a disposición para oficiar como difusores de las ideas, y ellos mismos también aprovechan su elocuencia y su reconocimiento para ofrecernos su punto de vista. Otros, que son buenos para el diseño y el manejo de programas de software, se dedican a hacer memes, compilaciones, ilustraciones, videos, reels, gifs, caricaturas, montajes, datos comparativos, historietas; en fin, todo lo que constituye el mundo del internet y de las redes sociales y que pueda servir como arma ideológica para esparcir las ideas. Otros escribimos columnas de opinión, unos con mayor aceptación que otros, es cierto, pero independientemente de las pocas o muchas lecturas que cada quien puede tener, de alguna manera se trata de influir con nuestras posturas a nuestro entorno más cercano, no importa que sea un nicho reducido.



    Hay quienes pintan murales, realizan manifestaciones públicas o cadenas de oración; todo depende del rol que se ocupe en este mundo para defender los valores tradicionales. Los hay quienes dictan conferencias a auditorios especializados. Otros producen cine, música, fotografía, literatura, teatro, artes diversas que contribuyen a seguir dando esta batalla en todos los frentes. No se necesita ser un experto, sino simplemente seguir el dictado del sentido común. Por ello cada cual aporta a la batalla utilizando el talento del que fue dotado por naturaleza, y de esa manera los granos de arena se van haciendo montañas.

    Pero hay una forma de aportar a la batalla cultural que a veces se menosprecia, y considero que es una de las más importantes: la educación que se imparte a los hijos en el seno del hogar. Allí está la semilla que se tiene que sembrar si en verdad queremos salvar a las generaciones venideras. Nuestra generación, al parecer, es un caso perdido.

    De nada sirve, en la intención de redireccionar la mentalidad que se cierne sobre el colectivo, la labor del intelectual que intenta aterrizar y desacralizar el discurso hegemónico; del maestro que no pretende adoctrinar con falsas y perniciosas ideologías; del escritor que está cambiando la narrativa dominante; del influenciador que no teme hablar con la verdad y sin miedo a la censura a pesar de que no aumente su cifra de seguidores; del dirigente político que quiere hacer las cosas con honestidad; del periodista que no se vende al poder; del comunicador que no contribuye a difundir la información falsa; del buen líder de opinión que no se sesga por simpatizar con sus partidarios ávidos de escuchar lo que quieren escuchar; de la figura de la farándula y el espectáculo que no teme perder popularidad por expresar una postura disidente que no está acorde con la corriente de su entorno; de nada vale la labor de ninguno de estos sujetos si no se educa al niño para que tenga un discernimiento consciente del bien y del mal, que son dos categorías tan vigentes como objetivas. Por ello el papel de los soldados de la primera línea de defensa, que son los padres, es el más importante en esta batalla cultural. Si esa primera formación que se le da al niño en su hogar paterno no va direccionada a abrazar los valores que hoy la sociedad posmoderna ha pretendido relativizar, nada se habrá sembrado en el corazón del infante, y en el futuro cosecharemos hombres semejantes a la mala hierba, como los que en efecto rigen los destinos de la humanidad.



    El primer educador es el padre de familia. El primer moldeador de la personalidad de su hijo es aquel que tiene a su cargo la responsabilidad, no sólo de procurar la manutención de este, sino además su educación moral y espiritual. Eso incluye el derecho que tiene el niño a ser disciplinado, antes que nada, para que desde su tierna infancia se vaya haciendo a la idea de que todo cuesta y que nada será fácil en este mundo al que ha venido por voluntad del Creador. Que el hombre tiene tanto deberes como derechos, y la obligación principal es ser persona de bien, para lo cual requiere una alta dosis de constancia, esfuerzo, disciplina, tenacidad, y todas las virtudes dignas de ser cultivadas, ya que no son innatas. Esa debería ser la primera lección que se le debiera dar al niño para revestirlo de una mentalidad fuerte desde temprana edad, atendiendo a ese sabio adagio que dice que hay que corregir al niño de hoy para que no llore el hombre del mañana.

    El deber, siempre el deber por delante, comenzando por el mínimo deber de hacer la cama sin falta, como bien nos lo remarca el psicólogo canadiense Jordan Peterson.



    Por ahí comienza el fundamento de toda batalla cultural: tender la cama, ordenar el cuarto, realizar los deberes domésticos, organizar la ropa, levantarse a tiempo, ser puntual, trabajar duro, no procrastinar, no ceder espacio a la pereza, no permitir los vicios; cosas tan simples y a la vez tan dificultosas de hacer, que parecieran no tener ninguna profundidad ni relevancia cuando se comparan con la tarea de emprender una batalla cultural para cambiar la mentalidad del mundo. Ahí volvemos a otra sabia y elemental frase: si no cambio yo, mi mundo no cambia. De ahí que los problemas del orbe estén más adentro de nosotros mismos que afuera. Esa guerra interna que llevamos a todas partes, que nos ha vuelto intolerantes, belicosos, narcisos, solitarios, inmanentes, es lo que está dando al traste con la humanidad. Luego nos quejamos por el mundo al revés, y se nos olvida que los que estamos al revés somos los que de alguna manera contribuimos a toda esta debacle social con nuestra permisividad ante lo que está mal y que aceptamos como normal.

    Nos hace falta un poco más de mirada crítica para rechazar aquello que a fuerza de repetición y sobreexposición hemos aceptado en vista de que la sociedad ya lo aceptó. Sobre todo, nos hace falta mucha autocrítica para con nosotros mismos, que somos seres envalentonados por la mezquindad de ver solamente los yerros ajenos y no los propios: a la hora del autoexamen resulta que cada uno es perfecto, y si acaso se equivoca, tiene una “justificación” muy grande para hacerlo. Estamos conformes con los defectos que el exterior pondera como virtudes; transamos en silencio con la mentalidad antivalores que ya hasta nos parece buena, pues la conciencia colectiva nos dice que debemos aceptarnos y querernos como somos.

    Que no nos confundan. La batalla cultural comienza a ganarse cuando reconocemos la viga de nuestro ojo y hacemos todo para quitarla de allí.



    No es aceptándonos sin condiciones, sino corrigiéndonos incesantemente como podremos aspirar a que algún día los hombres compartamos una conciencia de mejoramiento continuo en donde se rechace tajantemente todo lo que huela a la mediocridad posmodernista y victimista. Donde no haya cabida para el atentado contra la moral y las buenas costumbres que, por cierto, no son para nada subjetivas.

    Hay mucho terreno por arar, esto apenas comienza, como cuando comenzó la humanidad por allá en los albores de las cavernas; como sigue recomenzando cada vez que asiste a un período coyuntural de su historia y se encuentra con el concepto del hombre nuevo, recargado, redimido, reconstruido y todos los adjetivos que se le quiera colocar.



    Al final volvemos a trocar nuestro destino, porque de esos hombres nuevos que han nacido de cada revolución no queda más que un remedo de ser humano entregado a sus pérfidas corrupciones. De ahí la importancia de rectificar el camino ordenando primero la casa, allí donde están la familia, los hijos, los lazos, el futuro.    


sábado, 16 de diciembre de 2023

Este celular se autodestruirá en cinco segundos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Yo quisiera escribir de otra cosa que no fuera de política, abordar algún tema que suscite una inquietud más sincera y amena entre los lectores, a ver si este blog al fin despega y despierta el interés de aquellos que quisieran algo diferente, porque soy consciente del tedio en el que se encuentra el público lector en lo tocante a lo político: nadie quiere saber nada de Petro y sus secuaces.

    Repito, yo quisiera hablar de algo distinto, pero cómo, si cada semana este gobierno encabezado por un sujeto de mala estirpe genera por lo menos tres o cuatro temas bochornosos para tratar, y es inevitable no opinar sobre de ellos. Es que el presidente tiene un sentido del ridículo muy poco desarrollado, y no hay que desaprovechar la oportunidad de mofarse de él, con un poco de lástima por nosotros mismos, porque al final, quien se mofa es él.

    La última con la que nos salió este presidente es digna de risa, pero de risa nerviosa. De ese tipo de risa al que es mejor no darle rienda suelta. Es un chiste amargo que más bien provoca una seria preocupación y enciende las alarmas sobre la clase de mandatario que tenemos. Ya decían algo similar los sabios estoicos: “solo hace falta un giro de la fortuna para que la crueldad, la ambición y el desenfreno de los hombres salga a flote”, y ese giro se llama poder. Pues sí, la última propuesta de Petro es implementar en los teléfonos móviles un software que inutilice el sistema operativo de los mismos cuando estos se reporten como robados. Y esa propuesta es una exigencia que hizo el mandatario al Ministerio de las TIC para que la lleve a cabo. Es decir, que cuando a usted o a mí, querido lector, nos roben el celular, nosotros podamos hundir un botón para que este se destruya a sí mismo en menos de cinco segundos, al mejor estilo de “Misión Imposible”. No que se genere una explosión que ponga en riesgo nuestras vidas, ni más faltaba. Ya de explosiones estamos hasta el cogote con las que nos hizo el M-19 y ahora los grupos terroristas amigos de este gobierno. De lo que se trata es de que el procesador se invalide internamente con la orden que le dimos, y así el celular deja de funcionar, quedando supuestamente inservible para el pícaro que nos lo hurtó.



    Me pregunto en dónde van a ubicar ese botón que autodestruirá el celular para joder al ladrón. Desde luego, tendrá que ser un comando a distancia, porque me temo que la brutalidad de este gobierno es tal, que sería capaz de poner el botón autodestructivo en el mismo celular que el ladrón se llevará corriendo. Ya habrá que andar con dos celulares dentro de poco: uno para que se lo roben, y el otro para activar desde allí el comando que hará que el celular robado se “inmole”. Vaya forma de combatir el robo y la delincuencia. Entonces habrá que hacer lo mismo con los vehículos, con las joyas, con el dinero, con las propiedades, con el ganado y hasta con los niños: para que no se roben nada, a todo habría que implantarle un chip de autodestrucción. Como quien dice, si no es para mí, no será para nadie.

    Bueno, hablando en serio, si esta es la alternativa más inteligente que tiene el gobierno para combatir el robo de celulares, mejor que nos olvidemos de seguir hablando por teléfono, porque no se me olvida que fue el mismo Petro el que, siendo alcalde de Bogotá, propuso una solución todavía más salomónica para evitar el robo del celular: no lo saquen a la calle.

    En ese caso me da más miedo la vigilancia y el espionaje del gobierno que el atraco.

    Uno esperaría que un mandatario se pronunciara en favor de aumentar el pie de fuerza para incrementar la seguridad, que le otorgue mayores herramientas jurídicas y operativas a la Policía, que genere un plan para incrementar el número de unidades, que dote con más patrullas y equipo de seguridad a los uniformados para el servicio de los ciudadanos, que los incentive a luchar contra la delincuencia común; en fin, que tenga un plan para reforzar la seguridad en las ciudades, sea con más autoridad, con endurecimiento de las penas, con mano fuerte contra los criminales. Eso esperaría una persona del común de quien se supone que ostenta el poder en el país. Pero sabiendo quién está al frente, lo mejor es no esperar nada en favor de la seguridad, sino todo lo contrario: lo que hay que esperar es la manera de hacerle la vida más fácil a los delincuentes, y para eso está Gustavo Petro, un ex delincuente muy orgulloso de su pasado.



    Así las cosas, la propuesta de Petro va por otro lado, y es el de tener el poder de controlar lo que hablamos, lo que escribimos y lo que guardamos en nuestros dispositivos personales, como en el panóptico propuesto por el filósofo posmodernista Foucault para “vigilar y castigar”.

    Pero no creamos que esta es una idea original de Petro, no. A él no le da para tanto. Ya la idea ha sido puesta en marcha desde 2015 y se ha usado en varios países del mundo como en Estados Unidos o Inglaterra, donde seguramente tienen una tasa de robo más baja que la de Colombia por cada cien mil habitantes. Se llama tecnología Kill Switch, y es una aplicación que ha resultado ser útil a usuarios que una vez han perdido su celular (no necesariamente por robo), han decidido inutilizarlo para proteger la información que ellos consideran de tipo confidencial, tal como archivos financieros, cartas personales, extractos, escrituras, conversaciones privadas, o videos y fotografías en las cuales incluso su vida íntima pueda resultar comprometida.

    Sí, esto ya lo vienen haciendo algunos usuarios de forma voluntaria en otras ciudades como Londres, donde tal vez no se roben tantos celulares como en Bogotá. Lo preocupante aquí no es el software de esta aplicación en sí, o que lo estén haciendo en países del primer mundo, sino que lo vayan a hacer en Colombia como resultado de un decreto presidencial que nos obligue a todos a tener inserta esta tecnología en nuestros teléfonos móviles. Porque la desconfianza para con este gobierno es muy grande. ¿Tendrán en cuenta, cuando nos obliguen a implementar la aplicación antirrobo en el celular, que los ciudadanos tenemos derecho la privacidad de nuestras comunicaciones y al Habeas Data?



    En todo caso, en un país como Colombia, si bien esta medida puede ser útil para evitar la sustracción de información confidencial de los celulares al momento de ser hurtados, no es la solución al flagelo de la delincuencia común, entre otras cosas. Sería ingenuo pensar que por tener la capacidad de inutilizar el teléfono cuando se lo roben, esto va a disuadir a los ladrones de seguir haciéndolo.

    Yo me acuerdo que hace unos diez años nos obligaron a hacer fila a todos los usuarios de telefonía movil en las oficinas de los operadores para registrar nuestros nombres y cédulas, y asociarlos a los dispositivos de nuestra propiedad, dizque para evitar el robo de los mismos a través del bloqueo del código IMEI, de manera que no pudieran nunca volver a ser utilizados dentro del país. De nada sirvió, porque se siguieron robando los celulares. A lo mejor los podían activar en los países vecinos o les servía a los atracadores para sacarles partes, como en efecto lo harán cuando implementen la aplicación autodestructiva. ¿Acaso los ladrones solamente roban el celular por el afán de conseguir la información de nuestras claves y sustraernos el dinero de las cuentas, o ver nuestros archivos personales? Para ello no haría falta tener el artilugio a la mano sabiendo el grado de conocimiento e impunidad que han alcanzado los hackers, los cuales pueden sustraer nuestros datos sin siquiera estar presentes físicamente. Además, no olvidemos que estos dispositivos también son valiosos por los repuestos: el display, la batería, los circuitos, las tarjetas de video y sonido, y sobre todo el coltán y los materiales conductores que son la materia prima de dichos aparatos.

    De modo que como medida de emergencia y de carácter voluntario, la propuesta podría ayudar en parte a que los celulares pierdan atractivo para el ladrón, siempre y cuando este software no sea obligatorio para todo el mundo por decreto, porque si se convierte en una imposición, mucho me temo que la información y los asuntos más privados de nuestra vida, incluyendo nuestras conversaciones y archivos confidenciales, caerán en muy malas manos, máxime cuando estamos en un gobierno con tites autoritarios al que dentro de muy poco no se le podrá criticar, sabiendo que a futuro los blogs como este y los medios de oposición estarán en vía de desaparecer.  



    En todo caso, ya me imagino para dónde va la propuesta de Petro: nos quieren hacer minería de datos. No es una teoría de la conspiración, sino una preocupación real. No se puede ser ingenuo. Con un software en el que es posible destruir el procesador del celular a distancia, también es posible tener a disposición cualquier clase de información que se encuentre en ese celular. Ya me imagino cómo tendrán los ojos puestos sobre los que se oponen al régimen que de a poco se viene configurando, con lo que la facultad de tener acceso a nuestras conversaciones y archivos es la manera más expedita para levantar cargos y perseguir opositores acusándolos de traidores o de golpistas. Casos se han visto en otras dictaduras que no tenían en su tiempo medios tecnológicos de tal magnitud. Con la vigilancia y el rastreo al alcance de su mano, más grande es para el régimen la posibilidad de manipular, silenciar, exiliar, encarcelar, o desaparecer de alguna manera a sus enemigos políticos.

    Y mientras los ciudadanos creemos que haciendo que el celular se autodestruya con solo apretar un botón le vamos a dificultar la tarea a los ladrones, asimismo le estamos facilitando la tarea a la Inteligencia de un gobierno que no quiere críticos, y que también podrá destruirnos en cinco segundos.

    Por si las moscas, esta columna no tiene el software de la autodestrucción. Así, querido lector, que si no desea que alguien rastree qué fue lo que estuvo leyendo, más vale que no visite este blog, no sea que se den cuenta que usted estuvo curioseando la opinión de un ciudadano con ideas de derecha.



sábado, 9 de diciembre de 2023

¡Fuera Petro!

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    La frase que le da título a esta entrada parece ser la que más estamos gritando los colombianos últimamente. Han pasado 16 meses insufribles desde que el presidente de la República se posesionó. Se aproxima la culminación del año 2023 y ya podemos tener un panorama general de lo dañina que ha sido su gestión.

    Y no sólo lo por que ha hecho, sino también por lo que tiene pensado seguir haciendo.

    Con las reformas que se están tramitando en el Congreso (en especial la de la salud que fue aprobada en Cámara), con las salidas en falso del presidente una y otra vez, con los efectos de la inflación que está golpeando el bolsillo de los ciudadanos, con la total impunidad con la que están actuando los grupos narcoterroristas ante la complacencia del presidente y su inepto ministro de defensa, con todo lo malo que ha resultado ser el tan afamado “cambio”; ya podemos vislumbrar en el horizonte lo que se viene si se sigue dando trámite a las políticas nefastas de Gustavo Petro: la ruina total para Colombia.

    “¡Fuera Petro!” es el clamor que se escucha en los estadios de fútbol, en los eventos multitudinarios, en los conciertos en las reuniones familiares, matrimonios, cumpleaños y hasta baby showers. Recientemente se escuchó en un concierto de la cantante Karol G en Medellín. Por fortuna para el presidente, el campeonato de fútbol ya está en su etapa final y muy pronto no habrá gente en los estadios abucheando su nombre. Y Karol G se demora un rato para volver a presentarse en Medellín. Pero quedan las fiestas decembrinas, las novenas, los conciertos de fin de año, las ferias de Cali, Manizales y demás. Mejor dicho, lo que quedan son eventos de multitudes en donde las personas tendrán oportunidad de unirse a la arenga si así lo desean. Seguro que mientras estemos haciendo el conteo regresivo para despedir el 2023, vamos a gritar la frase en cuestión con una furia inusitada, porque no solo queremos que se acabe el año, sino que se acabe este gobierno. De modo que el 31 de diciembre estaremos deseando: “¡Feliz Año y Fuera Petro!”.



    Así las cosas, al presidente le tocará prohibir el fútbol, los conciertos, las fiestas populares y demás aglomeraciones en donde la voluntad del colectivo se vea tentada a entonar el cántico de moda.

    Pensar que todo comenzó en el partido de la Selección Colombia contra Brasil el pasado 16 de noviembre en el Metropolitano de Barranquilla, cuando justamente se encontraba presente el padre del jugador Luis Díaz, quien hacía poco había sido secuestrado y liberado por el ELN, con quien supuestamente Petro está conversando de paz. Y cómo no, luego de que Lucho Díaz anotara dos sendos golazos a Brasil, el sentimiento patrio de los espectadores afloró y trascendió de lo deportivo a lo político. Luís Díaz se convertía en un ejemplo de superación, su padre en un símbolo de libertad, y el presidente de la República en un antagonista repudiado hasta el cansancio. De ahí para acá no hay evento alguno en un estadio de Colombia donde no se grite por unos segundos la consigna que es deseo de los colombianos: ¡Fuera Petro!

   Lo cómico e irrisorio del asunto es que algunos bodegueros petristas por cuenta del presupuesto nacional, todavía se empeñen en defender el buen nombre del presidente. No sólo se justifican diciendo que todos los videos que han pasado de diferentes estadios y eventos públicos son montajes de la derecha en donde interfieren el audio, sino que además, cuando les queda imposible demostrar el supuesto montaje, dicen que en realidad lo que grita la gente no es “¡fuera Petro!”, sino “¡fuerza Petro!”, "porque el pueblo quiere mucho al presidente y le desea lo mejor". Es que por el ruido se pierde un poco la vocalización de la frase, pero en realidad le están es mandando fuerza a Petro, según sus áulicos.



    Qué ironía. Yo también, en un principio, escuchaba mal la proclama en medio de la distorsión auditiva que produce el barullo de cientos de personas. Hasta me alcancé a sorprender de manera grata cuando creí que la gente le había perdido el miedo a la corrección política y a la persecución, y que, furiosos como estaban con el presidente por tantas mentiras que ha dicho, lo que le gritaban era “¡Fuera Petro!”, pero con M en lugar de F. Confieso que alcancé a sentir una perversa y contradictoria alegría. Bueno, yo no deseo que Petro se vaya de este mundo; con que se vaya del país es suficiente. Si es posible, que del Palacio de Nariño salga directo a una cárcel, que es en donde debería estar pagando por los delitos que cometió cuando era guerrillero y cuando decidió lanzarse a la presidencia haciendo chanchullos con mafiosos. Eso sí, que se vaya para nunca más regresar, como si de verdad estuviera muerto… políticamente.

    Hay que decir que él, con sus reformas, sí estará condenando a la muerte a muchos colombianos que no podrán acceder a un tratamiento médico adecuado para combatir una enfermedad, ni a una pensión digna en su vejez.

    Pero eso a Petro no le importa, como no le importa que sea el personaje más odiado del año en Colombia. A él lo único que le interesa es conservar su poder, mantener su riqueza y convertirse en un reyezuelo que goza de los más altos privilegios, y obligar a la gente a que lo quiera, así sea de dientes para afuera. Al mejor estilo de Kim Jong-un: el culto a la personalidad en su máximo esplendor.

 

   Como no tengo el poder para remover a un presidente en ejercicio y apenas tengo esta pequeña tribuna que muy pocos conocen y que no alcanza siquiera a despeinarle un cabello al ex guerrillero, aplaudo a todos aquellos que se atrevan en adelante a gritar la frase que sintetiza el deseo del colombiano promedio. Hay que corearla sin miedo, públicamente, hacer un video de cada acto de abucheo y subirlo a las redes para ver si por fin el presidente entiende que el pueblo no lo quiere y que lo más sensato es que se marche. Desde luego, él jamás lo hará por su propia voluntad. Yo también, en cuanto pueda, me uniré al grito que rechaza a ese sinvergüenza.

    ¿Que esto es fomentar el odio y la violencia para con la figura de un presidente? Escucho que dicen los defensores. No me hagan reír. ¿Acaso no recuerdan que fue el mismo Petro el que azuzó a los vándalos para que en 2021 se tomaran las calles del país y desestabilizaran la democracia con la violencia y las tantas muertes que costó la toma guerrillera? ¿Acaso no fue él mismo un violento cuando tomó la decisión de pertenecer a un grupo terrorista que asaltó el mayor recinto de la justicia en Colombia? ¿Acaso no participó el señor Petro de muertes y secuestros, y por lo tanto no fue un fomentador del odio y la violencia?  ¿Acaso no fue instrumentalizando el discurso de resentimiento entre las clases sociales como llegó al poder este sujeto?

    Yo sí quisiera saber qué hace más daño: un grito popular que pide la salida del presidente, o las vías de hecho, que son las que le gustan al narciso para usar contra su propio pueblo.

    Mientras tanto que se siga escuchando este nuevo himno. Este país merece algo mejor que el gobernante que tenemos. Y no sólo porque pertenezca a una ideología contraria, la cual yo considero altamente peligrosa para los intereses de la nación, sino porque es sencillamente un enemigo sentado en el trono presidencial.


    Lo he dicho varias veces en estos artículos: Petro no es un mal presidente, porque un mal presidente es el que por cobardía o negligencia deja de hacer lo que es bueno para su país. Petro, aparte de que es cobarde y negligente, también es un mal ser humano. Es un enemigo público. De ahí que todo su programa de gobierno se encamine a la generación de miseria, lo cual sólo podría entenderse desde la posición de alguien que no quiere a su patria.

    Por eso que se siga repitiendo la proclama, a ver si se hace realidad antes de 2026; a ver si algún milagro detiene la caída en la que va Colombia. Por el bien del país, ¡fuera el socialismo del siglo XXI!, ¡fuera la estatización fascista!, ¡fuera el progresismo!, ¡FUERA PETRO!





sábado, 2 de diciembre de 2023

Muy de buenas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Querido compatriota, trabajador asalariado, empresario independiente, prestador de servicios, rebuscador, informal, o cualquiera que sea la modalidad honrada en que se gane su sustento:

    ¿Qué pasaría si el día en que le deben de pagar a usted la nómina, consignarle el producto de sus ventas y/o servicios, o recibir el importe que ha sido fruto de su esfuerzo honesto, como quiera que usted trabaje para ganarse el pan con el sudor de su frente; qué pasaría, repito, si usted mira el saldo de su cuenta y advierte que en efecto le ha ingresado el dinero correspondiente, pero se lo han ingresado duplicado o triplicado?

    Seguramente usted sabría que se trata de un error e inmediatamente se comunicaría con el banco para rechazar el excedente en la cantidad consignada, o al menos para que investiguen de dónde provino ese monto adicional, así como así. Desde luego, usted no quiere problemas y sabe que a nadie le consignan el sueldo, las utilidades, la renta, los honorarios o los servicios prestados… al doble.

    A nadie, a no ser que sea un trabajador del gobierno petrista. Ahora entiende uno por qué era que querían llegar al poder, y por qué ese apoyo tan violento e incondicional de los petristas para con su mesías: es que vivir de la teta del Estado es el sueño de todo izquierdista que no sería capaz de tener éxito en el sector privado. Por eso persiguen tanto los puestos de la burocracia.


    Pues sí, resulta que este mes los funcionarios públicos han recibido el pago de la nómina multiplicado por dos y por tres gracias a un error en el “sistema de pagos” del Ministerio de Hacienda. El propio ministro Ricardo Bonilla, en el colmo del ridículo, se encuentra haciendo un llamado para que los beneficiarios del error no se gasten ese “regalito” tan generoso que les mandó el gobierno. Los funcionarios, parece que se quieren hacer los de las gafas con tal que no los obliguen a devolver el dinero, y muchos se atreven a preguntar, al mejor estilo del presidente anterior tan odiado por ellos, “¿de qué plata me hablas, viejo?”

    Lo peor es que, aunque a estos funcionarios se les haya consignado hasta el triple, el Estado no puede dar por pagado de manera adelantada el período siguiente, en el hipotético caso de intentar equilibrar el déficit de la nómina estatal, ya que esto va en contra de la ley, siendo además un error reconocido por la misma oficina del Ministerio de Hacienda. El que a los funcionarios de gobierno se les haya pagado de más, incluido al presidente y a sus ministros, como si esto fuera un pequeño préstamo que la nación les hubiera hecho de manera generosa con el dinero de nuestros impuestos, supone un costo inmenso para los colombianos en tanto que de alguna manera habrá que reponer el monto excedido. No importa, pues al fin y al cabo el pueblo es quien lo paga.

    Ahí están los ministros desesperados, tanto el de Hacienda como el de las Tic’s, haciendo llamados para que no retiren la cantidad adicional del banco, y a ver si este puede congelar los montos consignados por error. Lo que no saben los ingenuos es que lo primero que debieron haber hecho la mayoría de nuestros honorables empleados de la burocracia, fue retirar el dinero de sus cuentas apenas se enteraron de la lotería que el gobierno les había regalado por cuenta de los colombianos trabajadores. Ya muchos se gastaron esa plata y no están obligados a devolver nada, y sabemos que no lo van a hacer. ¡Una belleza!: el gobierno equivocándose a favor del gobierno.



    Es que no son capaces de hacer nada bien estos ineptos del “gobierno del cambio”. Se equivocan, coincidencialmente, para beneficiarse ellos mismos. Así cualquiera. Es esta la mas clara muestra de que en realidad querían el poder para “vivir sabroso” ellos, no la totalidad de los colombianos.

    Todavía el ministro de Hacienda no ha sido capaz de explicarle al pueblo por qué se pagó la nómina duplicada y triplicada en algunos casos, ni quién o qué motivó tamaño error que va a tener un impacto negativo en los recursos de la nación.

    En un país serio eso daría para la salida inmediata del ministro y su séquito de colaboradores, además de abrirle un expediente por malversación de fondos. Me parece que Ricardo Bonilla es el Massa colombiano; ese ministro de Economía de tan mala aceptación por parte de los argentinos, quien acabó de perder las elecciones presidenciales ante Javier Milei.

    ¿Se imaginan donde la encargada de nómina de una empresa del sector privado le girara el cheque triplicado a los empleados de la empresa? Decir que la despedirían es poco. No sólo pierde su trabajo, sino también el buen nombre. Un error de tamaña magnitud está lejos de considerarse una torpeza, un simple descuido, una falta de atención para pasar a considerarse un hecho derivado de una mala voluntad; un desangre económico adrede, un desfalco realizado con toda intención. Mínimo, esa encargada de nómina perdería sus beneficios laborales, su liquidación y hasta su libertad. No duden que la despedirían por deshonesta y terminaría tras las rejas, así no se hubiera robado nada para ella, pero sí hubiese distribuido los recursos entre todos los empleados sin una buena razón. 


    Sólo en Colombia, en el sector oficial, que es todavía más delicado, no sucede esto. El ministro sigue tan campante, como si nada.

    ¿O será que este desfalco es parte de los incentivos y las gabelas del Black Friday del 24 de noviembre, a ver si los funcionarios públicos pueden hacer unas compritas adicionales para dinamizar la economía?

    Es una desgracia este ministro, un impresentable, un incompetente, un incapaz: un fiel representante de la cáfila de desvergonzados que nos gobiernan. Lo increíble es que permanece en el cargo como si su error fuera un mero gaje del oficio. Pero claro, hay que ver también quién es su jefe.

    Si a Karen Abudinen, ex ministra de las Tecnologías de la Información y Comunicación del gobierno de Iván Duque, le tocó salir de su cargo por el escándalo de los setenta mil millones que le esquilmaron unos contratistas timadores, y cuyo error fue haber sido demasiado confiada, siendo que la ex ministra no se robó un peso de esa plata, pero tuvo que pagar con la denigración de su apellido y la condena social sin pruebas en su contra, ¿qué no habría que hacerle a este ministro, al que su error terminó por beneficiar a los funcionarios, a los políticos y a él mismo?

    La diferencia es que en el caso de corrupción de Centros Poblados se ha ido recuperando el dinero (apenas 3.500 millones de pesos) a través del embargo a los contratistas implicados, estando varios de ellos procesados y condenados, como Emilio Tapia. Para el caso de la nómina duplicada, hay que contar con la buena voluntad de los funcionarios para que devuelvan la plata, aunque por ley no estarían obligados a hacerlo, a no ser que le abran una investigación disciplinaria y penal a cada uno.

    El ministro piensa que saliendo a ofrecer disculpas va a solucionar el fraude. Un perdón destemplado borraría su ineptitud, y los medios se olvidarían pronto del episodio porque los escándalos son caudal propio en este gobierno.



    Así son los funcionarios petristas: no son capaces siquiera de pagar una nómina de manera correcta, y así pretenden encargarse de la salud del pueblo. Igual, a ellos qué más les da. Están allí porque lo que les interesa es vivir del erario público que sostienen los que sí trabajan. Por eso se equivocan de tal modo que el error los beneficia.

    Mientras tanto, a los ciudadanos de a pie nos seguirán golpeando las alzas del combustible, y especialmente de los alimentos, y tendremos que vernos avocados a unos sacrificios imposibles en un país que en apenas quince meses de gobierno petrista ya le vio la cara al hambre y a la tiranía, tragándose la incertidumbre que no permite dilucidar un buen futuro.

    A lo mejor los funcionarios que recibieron el pago doble y triple sigan el ejemplo moral de la vicepresidente Francia Márquez, de manera que respondan, cuando se les solicite el reintegro del excedente consignado por error, esa frase que inmortalizará a Francia en los anales de la ignominia: “¡De malas!”.

    Aunque ellos sí son muy de buenas.

 

sábado, 25 de noviembre de 2023

Y rugió el león

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Con el 55,69% de la votación total en las elecciones presidenciales de Argentina, el economista Javier Milei llegó a la presidencia de la república el pasado domingo 19 de noviembre. Su contendor, el actual Ministro de Economía de ese país, Sergio Massa, obtuvo el 44,3% de los comicios y reconoció su derrota.

    Una derrota que no sólo es de Massa, sino de todo el oficialismo argentino y de toda la izquierda latinoamericana. De ahí que el motivo de felicidad sea grande, pues es un golpe que se asesta al corazón del Socialismo del Siglo XXI, la doctrina degradante que se ha encargado de llevar miseria, violencia y corrupción a los países donde ha sido implementada. Gracias al cielo, el domingo 19 ganó la libertad en Argentina; por lo tanto, ganó el pueblo.

    Javier Milei se dio a conocer en la palestra pública por ser un economista —con un estilo muy particular y original— que daba conferencias y entrevistas acerca de la superioridad del capitalismo como sistema económico. De allí pasó a ser invitado permanente en los programas especializados en economía, y en no pocas veces apareció en televisión despotricando de la “casta política”, como él la llama.

    Fue también, durante varios años, un profesor universitario que se hartó de ver cómo su país se hundía en la miseria por los malos manejos que le dieron los políticos izquierdistas y socialdemócratas de centro que durante 25 años estuvieron gobernando a la Argentina. Por su estilo aguerrido, su mirada de fuego, su melena indómita, su espíritu combativo y su lengua sin filtros para con los políticos de la casta, Milei caló en lo más hondo del sentimiento del argentino promedio, víctima de las absurdas medidas económicas que tomaba el kirchnerismo y que lo tenían cada vez más empobrecido y dependiente del gobierno, así como sustraído de la libertad y la iniciativa que necesitan todas las personas para emprender el camino de su prosperidad y felicidad.


     Por esta razón se animó a lanzarse a las huestes de la política, y en poco menos de tres años alcanzó la presidencia de la nación, pasando solamente por el cargo de diputado, a donde llegó siendo uno de los más votados, además de queridos. Estando en el parlamento argentino decidió donar su sueldo a través de una rifa mensual que se ganaba un ciudadano cualquiera previamente inscrito, lo que lo llevó a ser todavía más odiado por la casta política de su país: Milei utilizaba la misma estrategia que utilizaron ellos por años, que fue apelar al sentir del pueblo. Por eso se dice que Milei es un populista, no porque sea un mentiroso y un demagogo, sino porque su forma de hacer política fue llegarle al pueblo y transmitir con franqueza el pensamiento de muchos de esos anónimos que no tienen voz ni voto, pero que se sienten representados con su discurso.

    Milei ascendió vertiginosamente en su corta carrera política porque se identificó con el pueblo, y el pueblo se identificó con él. Su pensamiento se sintetizó en la búsqueda de la libertad, y con ella la generación de oportunidades para todos a través de la iniciativa privada combinada con libre mercado. Se considera un liberal-libertario y no es un político profesional como aquellos que llevan toda la vida viviendo de la política y usufructuando de ella, que son los mismos a los que él llama “la casta”: no son otra cosa que los burócratas que aspiraban a mantenerse en sus cargos mientras el kirchnerismo oficialista pudiera continuar en el poder.



    Pero Milei es un hombre decente, al parecer sincero, que no se valió del pueblo para instrumentalizarlo y sacar provecho político de sus necesidades, sino que supo traducir las penurias del ciudadano: lo que necesita la Argentina es un estado austero; un manejo de la moneda no inflacionario como la dolarización, que en este punto es inevitable; y una dinamización creciente de su aparato productivo para contrarrestar la deuda, la inflación y el hueco fiscal. En otras palabras, para Milei y la mayoría de los argentinos, lo que necesita el país es recuperar su economía y retornar a un capitalismo competitivo en el que se suprima la intervención del Estado y se frenen los monopolios: competitividad pura y dura.

    También necesita de una batalla cultural para desenmascarar todas esas ideologías victimistas que le han costado billones a la nación y que han servido para generar más burocracia pagada con el dinero de los contribuyentes. La cantidad de presupuesto que debiera invertirse en calmar el hambre del pueblo con generación de empleo, con educación tecno-científica, con obras públicas, etc., en este momento se está yendo para las arcas de los ideólogos a través de ministerios inoperantes, imprácticos y derrochones, con los cuales el presidente electo también está en completo desacuerdo. La mentalidad del Estado benefactor llega a su fin con Javier Milei.  



     Todo hay que decirlo: si otro hubiera sido el contexto, Milei no hubiera sido nunca presidente. Pero es que la izquierda lo ha hecho tan mal en el país del sur, que la gente ya se encuentra cansada de todos esos politiqueros tradicionales que llevan décadas devengando del Estado y lo único que han hecho, aparte de robar, es empeorar la calidad de vida de los ciudadanos. Por eso, esta vez, han preferido a un hombre proveniente de la academia, no importando su estilo pendenciero y sus palabras agresivas contra los políticos de izquierda. Al contrario, esa soflama, que era como una declaración de guerra, fue lo que enardeció a muchos argentinos que estaban tan o más indignados que Milei, y por ello le dieron su voto de confianza. El fracaso de la izquierda socialista y de la derecha cobarde y rancia supusieron el triunfo de una nueva derecha, lo cual es otra muestra más de que los gobernantes que se empeñan en imponernos ideologías nefastas y economicismos tibios, lo único que consiguen es llevar a sus países al más estruendoso fracaso y a la más terrible hambruna, como en efecto lo hace el socialista mayor de Latinoamérica, el guerrillero Gustavo Petro, quien poco a poco va destruyendo los cimientos sobre los que se edificó su propia nación con una impunidad vergonzosa.



    Y es que son los socialistas del siglo XXI los únicos que lloran el triunfo de Milei porque saben que es una derrota contundente para ellos. Llora la izquierda en Argentina y en Latinoamérica porque se les acaba de dar uno de los peores golpes de su historia. Por fin se ha derrotado al Foro de Sao Paulo y al Grupo de Puebla (por lo menos momentáneamente en Argentina); esos dos engendros socialistas y parasitarios que venían de triunfo en triunfo colocando presidentes en la región a dos manos e imponiendo su visión de las cosas con sus falsas narrativas: esa visión de que los victimarios son las víctimas, y las víctimas los victimarios. ¿Les suena eso en algún país conocido?

    Fue la misma Cristina Kirchner, vicepresidente de Argentina y prácticamente la dueña del país, quien le envió hace unos años un mensaje a sus opositores que criticaban el modelo socialista, en el cual les decía: “Si no les gusta el modelo, armen un partido y ganen las elecciones”. Pues bien, eso es lo que ha hecho Javier Milei: armó su partido, ganó las elecciones y le ha callado la boca a los zurdos de mierda, como él también los llama. ¡Y qué callada les metió!

    Sólo esperamos que Milei cumpla con lo que prometió y no se tuerza en el camino; no se venda a la agenda globalista ni a la progresía mundial que en el fondo no es más que el disfraz renovado del comunismo internacional. En otras palabras, que gobierne con los postulados de la nueva derecha, la única y verdadera derecha, porque ya sabemos que cualquier atisbo de la izquierda en su gobierno echaría al traste todas las ejecutorias y reformas que Milei tendría que realizar. 


    Si permite nuevamente la filtración de la ponzoña izquierdista, Argentina tendrá que olvidarse para siempre de salir del fango en el que la dejaron los socialistas; de “comenzar el fin de su decadencia”, como el mismo Milei lo ha proclamado. Si se permite pactar con la casta, tener siquiera en cuenta su opinión, que se olviden los hermanos argentinos de recuperar algún día su país: con la izquierda a metros. Ellos, cuando han tenido el poder se han dedicado a despilfarrar, a llenarse los bolsillos, a silenciar la opinión disidente, a empobrecer al pueblo coartándole su iniciativa y despojándolo de su propiedad. Que se hagan las cosas como Milei lo dijo en su discurso: “Dentro de la ley, todo. Fuera de la ley, nada”.

    Esperamos que este nuevo presidente electo en Argentina se dedique a reducir el Estado y a ofrecer alternativas de solución para devolverle la esperanza a los argentinos de que en su tierra sí se puede lograr la prosperidad y el progreso económico a través del trabajo, el emprendimiento, la empresa privada, el comercio libre; y no de los subsidios, la burocracia, el nepotismo, los empleos públicos como única vía para progresar; es decir, nada que los haga depender de la voluntad de un Estado leviatán y sus gobernantes. Que Milei haga prevalecer las ideas de la libertad.

   

    ¡VIVA LA LIBERTAD, CARAJO!



Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...