sábado, 13 de diciembre de 2025

De procastinadores y arrepentidos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Reflexión)







     A poco menos de un mes para que finalice el año ya comienzan a hacerse los balances de lo que fue este 2025. Si lo que realmente importa, como lo enseña la lebenphilosophie, es la vida como valor fundamental en el sentido de que debemos sorprendernos y agradecer por el solo hecho de poder despertar cada mañana —que eso ya es mucho decir—, entonces este año será de un éxito abrumador para las más de ocho mil millones de personas que lograrán llegar vivas a diciembre 31 en el Planeta Tierra. Dios quiera que no tengamos que contar más muertos en estos 17 días que faltan, o más bien descontar.

     Uno hace un repaso de lo que fue el año, cual si la vida fuera un ciclo similar al que efectúan las empresas al cierre del período contable. Allí se asientan las experiencias que constituyen los activos y los pasivos de nuestra empresa personal, según lo mucho de positivo o negativo que haya en cada uno de los movimientos realizados. Lo que se encuentra como patrimonio resultante siempre será una queja, una amargura, una frustración por todo aquello que no se pudo hacer, obtener o mejorar. Siempre quedan sueños truncos y obras inconclusas que prometemos zanjar para el período siguiente. Siempre hay promesas incumplidas y asuntos inacabados que muchas veces no son siquiera los del año en curso, sino las ejecutorias atrasadas de años anteriores que se siguen posponiendo y que parecieran ocupar un lugar sempiterno en la lista de los pendientes.

     Le llaman a eso procrastinación. A todos nos ha pasado.




     En mi caso llevo procrastinando la publicación de un par de libros que todavía no salen de mi cabeza y que, aunque los prometo cada año a familiares y amigos, nunca les cumplo, porque siempre tengo la justificación inaceptable de que todo está en proceso, de que faltan detalles, de que estoy a punto de terminar cuando ni siquiera he podido comenzar. O peor todavía, cuando ya he comenzado y me quedo a mitad de camino, perdido en unas nebulosas que me impiden finiquitar el libro que una vez intenté en vano, como si estuviera entrando en un puente partido en dos y no tuviera manera de cruzar al otro lado, pero tampoco me fuera posible regresar.

     Les soy sincero: el día que logre editar un libro en cuya portada aparezca mi nombre, mucho me temo que será mi debut y mi final como escritor. Me da pavor que pueda llegar a sentir ese sospechoso alivio de la satisfacción personal, que es tan comprometedor y traicionero a la vez. Correría el riesgo de relajarme y decir “bueno, ya he cumplido mi promesa”, y ante la certeza de la “cosa juzgada”, que en este caso sería “cosa terminada”, sentirme liberado de toda atadura hasta el punto tal de no querer escribir nunca más.

     Porque eso suele ocurrirles a los artistas de una sola obra. Luchan toda su vida por terminarla, y cuando lo hacen se dan cuenta del vacío tan grande que les queda una vez son conscientes de que ya no tienen más obra por corregir, por pulir, por reformar; y que en cambio tienen que comenzar un nuevo emprendimiento desde cero. Ese aplazamiento no es otra cosa que refrenar su trabajo para mantener viva la esperanza de poder terminarlo, pero sin terminarlo nunca para no perder esa esperanza. Muy parecido a lo que le sucedía al coronel Aureliano Buendía con sus pescaditos de oro. Tal vez es el mismo síntoma del trabajador que ve cercana la hora de su retiro y se llena de terror ante la posibilidad de levantarse un día y no tener empresa a dónde ir.




     O puede el artista caer en el otro escenario: el de volverse adicto a publicar y comenzar una cruzada prolífica de obras y más obras con las cuales no permitiría que el público se diera a basto, para entrar luego en un período de atosigamiento artístico que al final también le va a dejar un vacío igual al de aquel que solo pudo hacerlo por una única vez. Y ojo, que esto no solamente aplica para los artistas, sino para cualquier tipo de oficio o profesión que se pueda medir por resultados.

     Entonces subyacen dos miedos que inducen a la procrastinación. El primero es el miedo de haber agotado las ideas. El miedo, por ejemplo, que le tiene el escritor a la página en blanco. Sobreviene la excusa de la falta de preparación, del cansancio, de la escasez de tiempo libre o de la pérdida de la inspiración. El otro es el miedo de desatar el monstruo febril de la imaginación. El artista se esclaviza, es preso de sus delirios y sus fantasías, y se olvida del mundo material por el puro placer de crear su mundo paralelo. Uno se compromete de tal manera con su proyecto, que relega todos los otros compromisos, porque el torrente de las ideas no da espera y no se puede desaprovechar. Es, por el contrario, sentirse demasiado preparado, demasiado combativo para acometer la obra; lleno de ideas que temen perderse en el fragor de la batalla. De este otro miedo se sale victorioso o muerto, pero nunca derrotado por no haber dado la pelea.

     Así, uno empeña su palabra a final de año para no prorrogar más aquello en lo que tanto se ha invertido. Se hace un nuevo pacto, se instituye otra fecha que posiblemente tampoco será la definitiva. En ese caso habrá que correr el riesgo de ser un artista efímero, de una sola obra sin reconocimiento; o lanzarse hacia el espejismo de la gloria, y entonces, ahí sí, empezar a trabajar duro, porque una vez se está metido en el vicio de escribir, de pintar, de realizar cualquier actividad pragmática o artística, es muy difícil salirse de allí. En esa instancia se habrá tomado una decisión de vida: aceptar irremediablemente que uno es eso que hace y que lo seguirá haciendo por convicción y vocación; sin pena, con la frente en alto y dispuesto a asumir las tres grandes desventuras del artista: la soledad, la pobreza y el fracaso; o contrariar ese destino manifiesto y continuar difiriendo la felicidad para la otra vida.




     Con demasiada frecuencia me sale en los videos de YouTube una canción de una publicidad que dice: “la procrastinación no es tu culpa, es una mentalidad rota alimentada por la autocompasión”. Si los expertos en psicología afirman que la autocompasión alimenta el fracaso y se manifiesta a través del círculo vicioso de la postergación, hay que creerles. Pero también es necesario poner de parte de uno para hacer un alto en el camino hacia ese fracaso y echar marcha atrás.

     Desde luego que es culpa nuestra no ponerle un freno a la desidia para con nuestros propósitos. Todo se trata de un proceso que hay que ir abordando paso a paso. Una cosa a la vez. Porque si hay algo que el aplazamiento sistemático nos crea, es una autopercepción errada de nosotros mismos. Nos acostumbramos tanto a dilatar lo que nos conviene hacer, que al final terminamos pensando que no podemos, que somos inferiores al desafío. Dejamos de creer en nosotros. Dejamos de soñar en grande porque pensamos que vamos a abdicar. La existencia se nos vuelve un caos y el sueño de coronar nunca llega. Después de todo, la gran mayoría de las personas fracasa en sus planes, pero eso no tiene por qué condicionarnos. Cada día es digno de trazar un nuevo plan para empezar de cero.

     Mi pequeña recomendación para el próximo año, que en el fondo no es más que un consejo para mí mismo, es que nos volvamos a enamorar de ese proyecto que creemos insalvable. Que abramos la agenda y le demos un cupo allí, muy sutilmente, día por día, hasta que lo tengamos integrado otra vez por completo. Que, si la procrastinación no es nuestra culpa, como asevera el comercial, que sea culpa nuestra retomar, combatir la indisciplina, hastiarnos del temor para enfrentar el reto. No importa que no nos salga bien a la primera, ya habrá tiempo para mejorar.

     Cualquier sacrificio que haya que hacer es mejor que sentir la culpa por no hacerlo, pero esto lo he venido a saber después de muchos años de vivir hundido en el fango de la mediocridad. Que, si de algo está infestada la humanidad moderna, es de procrastinadores y arrepentidos, y de ese costal hay que salir a como dé lugar. Porque si no, nos sorprenderá el próximo 31 de diciembre repitiendo el consuelo de que “para el otro año sí”, pero al final resulta que no.








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