sábado, 13 de agosto de 2022

Los sepultureros

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Los sepultureros son las personas que por lo general trabajan en los cementerios y se encargan del mantenimiento de las tumbas y panteones. Aparte de excavar la tierra para sepultar a los muertos, el sepulturero tiene encomendadas otras tareas, como la de trasladar los restos de los cadáveres de un nicho a otro, incinerar los cuerpos o instalar las lápidas. Lejos de ser esa figura hostil; ese ser solitario que vive entre los muertos y está impregnado de su lóbrega energía, el sepulturero ejecuta una labor fundamental sin la cual no podríamos despedirnos cristianamente de nuestros familiares fallecidos. Bueno, cuando todavía era posible hacerlo y no nos habían quitado ese derecho, pues el pretexto del arma biológica llamada Covid le sirvió al poder para deshumanizarnos con respecto a la muerte de nuestros seres queridos, como si ellos fueran animales. Por cierto, a los animales sí que se les puede hacer ritos funerarios bajo los postulados de la ideología reinante.

    Vuelvo al tema. Los sepultureros, en general, son personas de bien que están sirviéndole a la sociedad.

 


   Pero hoy quiero hablar de otros sepultureros que sí creo que no deben ser buenas personas ni tener limpia la conciencia. Obran mal a sabiendas de que lo que están haciendo producirá consecuencias negativas.

    Esos sepultureros son los gobernantes de los países.

    Ellos son los que están enterrando a las naciones y su institucionalidad; acabando con la economía y provocando las crisis que van en detrimento de los territorios y las organizaciones que regentan. Lo saben y no les importa. Como si no les doliera destruir su propia heredad. Menciono aquí algunos ejemplos de sepultureros de los que estamos llenos en el mundo.   

    Duque, en Colombia, fue el sepulturero de su propio partido político, el Centro Democrático, y comenzó a cavar la tumba que profundizará Petro. Biden será el sepulturero del partido Demócrata y es el de todo Estados Unidos con el mal gobierno que está realizando. Trudeau es el de Canadá con su progresismo extremo y el aval a todo lo que no es bueno para la sociedad canadiense. El papa Francisco está siguiendo los pasos para ser el sepulturero de la iglesia católica al humillar a sus fieles pidiendo perdones que no tiene por qué pedir y abriéndole la puerta a la ambigüedad y a la tibieza de la fe.

    Los demás presidentes de la socialdemocracia y la extrema izquierda, al parecer, pretenden ser los sepultureros de sus propias naciones: Amlo sepultará a México con su política de la reforma eléctrica y su retórica autoritaria. Bukele, si no se modera, podría sepultar a El Salvador con mucha limpieza. Pedro Sánchez está sepultando a España con la debacle de su economía, lo mismo que el argentino Alberto Fernández a la Argentina. De Venezuela o Cuba ni hablemos, que esas hace rato fueron sepultadas por sus dictadores bien muertos y enterrados Castro y Chávez, respectivamente, y Maduro sigue continuando la tarea destructora en esta última. Evo, aparte de haber sepultado a Bolivia, que nunca estuvo tan muerta como ahora, la sigue atosigando en cuerpo ajeno para no dejarla descansar en paz. Chile será sepultada por Borich junto con su constitución ideologizada y Mapuche; y otro Pedro, esta vez de apellido Castillo, estará sepultando al Perú cuando se dé cuenta que no tiene nada que hacer allí y que la pala con la que le está echando tierra a su país realmente no es de él. Colombia, que fue previamente administrada por dos enterradores globalistas profesionales con experiencia internacional, como lo fueron Santos y Duque, ahora contrató al mayor de todos los enterradores: el ex guerrillero Petro, cuyo programa de gobierno está hecho para sepultar a este país, no digamos bajo la tierra, sino anegarlo en las profundidades del mar. Él, que tanto habla del cuidado del agua, nos va a ahogar en el fondo de una ciénaga pestilente con sus intenciones de no darle respiro al ciudadano honesto que se gana el pan con el sudor de su frente, al que por supuesto, asfixiará con una reforma tributaria diciéndole que es “por su bien”; por el bien de todos los que quieran vivir sabroso a costillas de papá Estado; o sea, a costillas del pueblo trabajador. Ortega, el de Nicaragua, ya pasó de ser un enterrador para convertirse en un incinerador de su propio país. Llegó ya al punto de prescindir de los oficiantes religiosos, porque lo de él no es la ceremonia litúrgica, sino el horno crematorio.



    Como ven, los enterradores profesionales están haciendo muy bien su labor de sepultar a los países y acabar con sus instituciones, con su soberanía, sus valores patrios, sus leyes, su historia.

    Siempre se ha sabido que no hay nada más apátrida que la extrema izquierda, la cual no tiene amor por nada que no sea su utópica “revolución o muerte” implementada a la brava a nivel mundial.

    Por eso la izquierda es internacional, se da cita en foros mundiales, hace sus acuerdos programáticos de la mano de la ONU y cuanta ONG les colabore en su causa; planean y ejecutan el derrotero a seguir en cada uno de sus países con el objetivo de empobrecerlos poco a poco, desdibujarlos, hacer infelices a sus pueblos y someterlos por el hambre para entregárselos en bandeja de plata a la Internacional Comunista, o en este caso, al globalismo, que puestos a hacer las cuentas, son la misma cosa. ¿No son acaso los comunistas corporativistas los que más se han lucrado con el capitalismo depredador de los oligopolios y beneficiado de las grandes exenciones de impuestos o de los subsidios por parte de los gobiernos con quienes pactan?

    Porque viendo el panorama, así por encima, uno deduce que no hay ninguna diferencia entre la élite dueña del planeta que pretende imponer un gobierno único mundial, y el comunismo regido por las grandes corporaciones. 



    De modo que vayamos viendo a qué intereses responden los enterradores. Deben acatar las órdenes de afuera, y no están haciendo más que cumplir su tarea. Tienen patrones de ojos rasgados, expertos en informática, príncipes de la nobleza, terratenientes que provocan burbujas inmobiliarias, aventureros espaciales, dueños de medios de comunicación, almacenadores de semillas transgénicas, productores de comida sintética para el futuro, inversores de la bolsa, filántropos de las causas nobles, consejeros presidenciales y diplomáticos de larga data, o banqueros poderosos que ya están cansados de contar plata y sólo quieren disfrutar del mundo sin tanta gente que les pida para un pan. También los hay burócratas de organizaciones internacionales que se financian con los impuestos que pagan otros, que saltan de cargo en cargo, de manera que nunca se les ve vacantes. Otros son ecologistas de escritorio, urgidos de controlar las fuentes energéticas y los recursos de los países subdesarrollados que en realidad son los más ricos en minerales y materias primas. A esos países se les ha dado la orden de no desarrollarse para que no contaminen el planeta, y los sepultureros así lo han acatado. Están dejando enterrada su riqueza; reservándola para sus patrones.



    En otras épocas ya ha habido sepultureros que a conciencia enterraron a sus países, provocaron la inflación y el hambre, y el único escape que le ofrecieron a la población fue la hipersexualización de la sociedad, en especial de los niños, como fórmula para un placer paliativo que le hiciera olvidar a los ciudadanos sus dolores. Ese relajamiento de la conducta moral conllevó a la degradación del ser humano, a su cosificación. Se despojó de toda su identidad, se vació de su espíritu y se redujo a su mínima expresión. ¿Saben cuál fue el resultado de ese proceso ruinoso? Una guerra que costó cincuenta millones de muertos, otro tanto de desplazados, y una herida de muerte que nunca le cicatrizó a la humanidad.

    ¿Acaso no fueron así los días que vivió la República de Weimar, ese período nefasto de la Alemania derrotada de la Primera Guerra Mundial previo al estallido de la Segunda? Pues bien, preparémonos, porque los sepultureros están ejecutando las órdenes para que todo eso sea posible.

    Quiera Dios que entren en razón y utilicen el palustre más bien para desenterrar los valores que yacen bajo los escombros de nuestro ser

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