Los sepultureros son las personas que por lo general trabajan en los
cementerios y se encargan del mantenimiento de las tumbas y panteones. Aparte
de excavar la tierra para sepultar a los muertos, el sepulturero tiene
encomendadas otras tareas, como la de trasladar los restos de los cadáveres de
un nicho a otro, incinerar los cuerpos o instalar las lápidas. Lejos de ser esa
figura hostil; ese ser solitario que vive entre los muertos y está impregnado
de su lóbrega energía, el sepulturero ejecuta una labor fundamental sin la cual
no podríamos despedirnos cristianamente de nuestros familiares fallecidos. Bueno,
cuando todavía era posible hacerlo y no nos habían quitado ese derecho, pues el
pretexto del arma biológica llamada Covid le sirvió al poder para
deshumanizarnos con respecto a la muerte de nuestros seres queridos, como si ellos
fueran animales. Por cierto, a los animales sí que se les puede hacer ritos
funerarios bajo los postulados de la ideología reinante.
Vuelvo al tema. Los sepultureros, en general, son personas de bien que están sirviéndole a la sociedad.
Pero hoy quiero hablar de otros sepultureros que sí creo que no deben
ser buenas personas ni tener limpia la conciencia. Obran mal a sabiendas de que
lo que están haciendo producirá consecuencias negativas.
Esos sepultureros son los gobernantes de los países.
Ellos son los que están enterrando a las naciones y su institucionalidad;
acabando con la economía y provocando las crisis que van en detrimento de los
territorios y las organizaciones que regentan. Lo saben y no les importa. Como
si no les doliera destruir su propia heredad. Menciono aquí algunos ejemplos de sepultureros de los que estamos llenos en el mundo.
Duque, en Colombia, fue el sepulturero de su propio partido político, el
Centro Democrático, y comenzó a cavar la tumba que profundizará Petro. Biden será
el sepulturero del partido Demócrata y es el de todo Estados Unidos con el mal
gobierno que está realizando. Trudeau es el de Canadá con su progresismo
extremo y el aval a todo lo que no es bueno para la sociedad canadiense. El papa
Francisco está siguiendo los pasos para ser el sepulturero de la iglesia católica al humillar a sus fieles pidiendo perdones que no tiene por qué pedir
y abriéndole la puerta a la ambigüedad y a la tibieza de la fe.
Como ven, los enterradores profesionales están haciendo muy bien su
labor de sepultar a los países y acabar con sus instituciones, con su
soberanía, sus valores patrios, sus leyes, su historia.
Siempre se ha sabido que no hay nada más apátrida que la extrema
izquierda, la cual no tiene amor por nada que no sea su utópica “revolución o
muerte” implementada a la brava a nivel mundial.
Por eso la izquierda es internacional, se da cita en foros mundiales,
hace sus acuerdos programáticos de la mano de la ONU y cuanta ONG les colabore
en su causa; planean y ejecutan el derrotero a seguir en cada uno de sus países
con el objetivo de empobrecerlos poco a poco, desdibujarlos, hacer infelices a sus
pueblos y someterlos por el hambre para entregárselos en bandeja de plata a la
Internacional Comunista, o en este caso, al globalismo, que puestos a hacer las
cuentas, son la misma cosa. ¿No son acaso los comunistas corporativistas los
que más se han lucrado con el capitalismo depredador de los oligopolios y beneficiado
de las grandes exenciones de impuestos o de los subsidios por parte de los
gobiernos con quienes pactan?
Porque viendo el panorama, así por encima, uno deduce que no hay ninguna
diferencia entre la élite dueña del planeta que pretende imponer un gobierno
único mundial, y el comunismo regido por las grandes corporaciones.
En otras épocas ya ha habido sepultureros que a conciencia enterraron a
sus países, provocaron la inflación y el hambre, y el único escape que le
ofrecieron a la población fue la hipersexualización de la sociedad, en especial
de los niños, como fórmula para un placer paliativo que le hiciera olvidar a
los ciudadanos sus dolores. Ese relajamiento de la conducta moral conllevó a la
degradación del ser humano, a su cosificación. Se despojó de toda su identidad,
se vació de su espíritu y se redujo a su mínima expresión. ¿Saben cuál fue el
resultado de ese proceso ruinoso? Una guerra que costó cincuenta millones de
muertos, otro tanto de desplazados, y una herida de muerte que nunca le
cicatrizó a la humanidad.
¿Acaso no fueron así los días que vivió la República de Weimar, ese período
nefasto de la Alemania derrotada de la Primera Guerra Mundial previo al
estallido de la Segunda? Pues bien, preparémonos, porque los sepultureros están
ejecutando las órdenes para que todo eso sea posible.





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