¿Cómo te das cuenta de que una sociedad
comienza a deshumanizarse, a entrar en decadencia?
Cuando dentro del sistema que nos han creado ya no alcanzas la categoría
de ser humano, ni de persona, ni de cliente, ni de simple consumidor. Nada de
eso: ahora ya sólo eres “parte interesada”.
Cuando no tienes que levantar la cabeza para mirar a los ojos al que
está a tu lado, y escudriñar en su interior lo que por falta de comunicación,
por miedo, o por vergüenza, te está queriendo decir. En lugar de ello te
absorbes en la pantalla buscando la comprensión de los dispositivos
insensibles.
Cuando desde el mismo instante de la concepción ya han legislado sobre la
forma de matarte, y el vientre materno deja de ser el símbolo infalible de la protección;
deja de ser el primer hogar cálido y amoroso de todo hombre para convertirse en
una cueva de osos.
Cuando en aras del respeto por el prójimo te imponen la aceptación de su
proyecto personal e íntimo a costa del tuyo propio, no importa que ese proyecto
difiera enormemente de tus valores y creencias, pues lo importante es mantener
la concordia y el espíritu de paz.
Cuando tienes que hablar con miedo de no ofender a nadie para no herir a
quienes se sienten víctimas de un sistema que sólo deja de oprimir cuando
oprime a los que nunca antes fueron oprimidos.
Cuando tienes que recurrir a la piadosísima mentira para decir solamente
lo que los demás quieren escuchar. Si te obligan a mentir en favor de una
aparente buena causa, entonces no estás mintiendo, sino reforzando “la verdad”
que proviene de una mentira mil veces repetida.
Cuando te obligan a callar definitivamente para que no delates al rey que va desnudo, ni mucho menos trates de vestirlo. Si haces eso, como en la edad del oscurantismo, podrías ser borrado de la faz de la tierra, no digamos con una guillotina, pero sí con un botón en un teclado que dice “suprimir”.
Cuando crees que gozas de plena libertad, y resulta que esta es apenas
el circo de un imperio que te vende la felicidad a cuotas, que te alienta a
“ser tú mismo”, aunque tú no sabes cómo; que te dice que debes ser original,
que puedes ser lo que desees ser, que le des rienda a tus impulsos provenientes
de las pasiones más oscuras y escabrosas. Al final te despiertas para comprobar
que esa libertad era tan solo un espejismo: ilusión vana. Sabes que en el fondo
sigues siendo esclavo: el más sumiso de todos los esclavos.
Cuando rehúyes los abrazos por temor a contagiarte de una plaga, y los
besos se convierten en balas mortales.
Cuando el terror puede más que los impulsos del corazón, y evitas tener
contacto con tu padre porque no quieres infectarlo. Y es tan grande la
desgracia deshumanizante, que de todos modos el arma de la logia se acciona
contra aquellos que tanto le temieron. El sistema priva al padre de sus derechos,
lo envía al rincón más gélido de un hospital que hace las veces de patíbulo. Se
te prohíbe acompañarlo a pesar que juraste nunca abandonarlo. También has sido
alcanzado por la esquirla y piensas que no puedes resistir. Te sientes como un
traidor al haber tenido que abandonar a tu padre enfermo y dejarlo en las manos
del sistema, pero ya el sistema tenía previsto que así fuera. No sabes lo que
están haciendo con tu padre; allá, en ese lugar oscuro donde está sufriendo.
Tal ha sido la deshumanización, que a partir de ese día alientas un oscuro
resentimiento contra el orden que te despojó de lo que más amabas. Juras algún
día devolver el golpe, haciendo que dos o tres vuelvan a pensar: soñando con
que legiones de hombres se despierten y sometan al dragón, negándose a
entregarle su conciencia.
La sociedad se deshumaniza cuando esa misma plaga se repliega, se
olvida, se combate, se le busca un reemplazo que cause más horror. Y cuando se
piensa que ya se ha superado todo, te percatas de que sigue en pie la desconfianza
con respecto al otro; al que ya no sabes ni cómo saludar. Han cambiado las
costumbres, la cosmovisión: se comprueba el gran trabajo que ha hecho la
ingeniería social para deshumanizarte.
Una sociedad se deshumaniza, también, cuando las personas que la conforman no tienen siquiera la posibilidad de despedirse de sus muertos. Cuando el rito sagrado que supone toda muerte, el profundo duelo por el que es necesario pasar, ya no tiene cabida dentro de las nuevas convenciones culturales de la civilización. Negarle la oportunidad a un individuo de llorar frente al cadáver de su ser querido es negarle su condición de ser sintiente. La dictadura de la sanidad borró de un plumazo el deber de honrar el pariente que se va. De repente el ser querido ya no está. Desapareció. No hay certeza de dónde está su cuerpo: la corporación mortuoria se ha encargado de desaparecerlo. Aún sin vida, ese cuerpo sigue siendo sagrado para ti. Se han deshecho de él peor que si fuera un animal, sin permitir el doloroso, pero necesario ritual de la despedida. No hubo lugar para la introspección, para una mísera oración, para un remordimiento justo. El derecho de enterrar a tus familiares dignamente ya no te pertenece, y con él te han quitado el derecho de sufrir por su partida. ¿Existe algo más inhumano que eso? Y sin embargo te han obligado a ponderarlo, y hasta agradecerlo.
Finalmente, una sociedad se deshumaniza cuando cada día te dice que eres
un parásito que está desangrando al planeta, y que por tanto no debieras
existir. Que lo estás destruyendo con tu basura plástica, con los residuos de
tu consumo, y por ende deberás pagar por ello. Pagar, no con el dinero,
producto de tu esfuerzo, sino con la venta de tu conciencia al sistema de
poder. Ese sistema cuyos miembros y sus descendientes sí gozarán en las
generaciones venideras. Al final terminas siendo un sujeto atomizado, un
individuo deshumanizado que no encuentra su lugar en el mundo y sólo querrá
salir de él. El propósito del sistema queda así finiquitado, porque no son
ellos los que nos matan, sino nosotros los que nos matamos. Por nuestra propia
voluntad.
La sociedad se desmorona irremediablemente; el ser pierde su noción de trascendencia, ya no cree en nada que no sea el producto de su alienación: ha matado los dioses, ha desdeñado su propia idolatría humana. Es apenas un ente que se complace descendiendo a las profundidades. Ya no es humano, ya no es un ser.
A menos que vuelva a creer en Dios y comience a nadar contra la
corriente, nunca podrá redimirse del futuro negro que le espera. Que nos
espera.





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