(Crónica)
El delantero estrella del equipo recibe un pase largo de su compañero, amortigua la pelota con el pecho, avanza por la franja izquierda y se acerca peligrosamente para quedar mano a mano con el portero mientras dos defensores lo persiguen; uno ya le ha dado alcance e intenta obstruirlo con su cuerpo, y el otro se adelanta para cubrir el sector contrario y evitar que tire un centro que pueda ser capitalizado por un buen cabeceador. El atacante dribla al defensa, lo saca del camino, dispara al marco con una potencia arrolladora y el balón se incrusta en el fondo de la red. El guardameta está vencido, el zaguero queda rezagado en el piso y el otro no alcanza a llegar para cubrir el arco a pesar de haber estirado la pierna lo más que pudo. El grito de júbilo retumba en el estadio, la hinchada enloquece y los jugadores se dirigen a la esquina de la cancha a celebrar con un paso de baile caribeño que ya tenían preparado.
Pero un juez de línea señala algo con el banderín en su mano. Las cámaras apuntan al árbitro central de la contienda que sujeta los auriculares en su oído para escuchar el llamado de sus colegas del VAR. Algo sucedió. Esa celebración no tiene lugar por el momento y habrá que aplazarla para dentro de dos minutos o más, si acaso se convalida la anotación. Los jugadores se toman la cabeza sin poder creer, el árbitro va a la pantalla para revisar, retorna a la cancha, hace el cuadrado con los dedos en el aire, y anuncia a través del micrófono que después de haber visto las cámaras, el delantero que recibió el pase se encontraba en posición de fuera de juego, por lo tanto, se anula la jugada y no hay gol. El público rechifla, los jugadores protestan, encaran al juez, se ganan una tarjeta amarilla. El delantero que ha marcado vocifera y golpea el pasto con la rabia que da la frustración por el esfuerzo perdido. ¡No puede ser! Los del equipo contrario aplauden… la celebración ha sido en vano.
Pasar de la alegría a la amargura en tan poco tiempo suele ser bastante más perjudicial que una euforia prolongada, pero así son las reglas del fútbol con las medidas que la FIFA viene implementando oficialmente desde el mundial Rusia 2018 para corregir y prevenir los errores arbitrales ante la imposibilidad del juez central de ver las jugadas polémicas por la rapidez del momento. Hoy día, cuando el asistente de video se ha implementado en casi todos los torneos de la FIFA, se cuenta con una herramienta indispensable para despejar dudas, pero lejos de aquietar las polémicas, parece haberlas acrecentado más. La razón es que independientemente de la cantidad de sensores y avances tecnológicos para mirar con no sé cuántos ángulos de no sé cuántas cámaras si hubo o no hubo una falta, si el jugador la tocó con la mano, si estaba adelantado, si el balón traspasó la línea, o si hizo algún gesto imperdonable, la polémica sigue encendida: las decisiones, al fin y al cabo, las siguen tomando los seres humanos, tan susceptibles de equivocarse como en los tiempos en que la única herramienta era el pito del árbitro.
Con un agravante, y es que ya no se está sujeto al criterio de un réferi que tiene que tomar una decisión en el momento exacto de la jugada, sin derecho a ver cámaras de ninguna índole y armado nada más que de su buen juicio y de la ayuda de los asistentes de línea, sino que se depende del criterio de una camarilla de jueces en una cabina apartada y dotada con todos los artilugios de la tecnología para aclarar o empañar aún más las jugadas, porque todo es posible utilizando gráficos en 3D. También pueden tomarse el tiempo del mundo para discutir y decidir qué hacer, ya sea haciendo cábalas, especulando el alcance de sus sugerencias al árbitro, o recibiendo órdenes misteriosas y ocultas para cambiar el curso de un partido. Siempre habrá una mano negra, y la transparencia del VAR puede ajustarse a los intereses en juego sin ningún problema.
Antes, por lo menos, el árbitro tenía que impartir justicia a la vista de todos, con el riesgo de equivocarse o acertar amparado en la siempre vulnerable condición humana. Pero hace rato venimos notando que, si para algo han servido las máquinas modernas, es para hacer una trampa todavía más sofisticada.
Así pues, con el VAR se mató la espontaneidad de lo que siempre fue el fútbol. Si esos errores arbitrales que en el pasado eran imposibles de revertir hoy pueden ser evitados para el bien de la justicia futbolera, también es cierto que la alegría de cantar un tanto se perdió para siempre. Nos castraron el placer de celebrar aquello que se consigue con dificultad, especialmente por parte de los equipos chicos. Uno grita gol con desconfianza, uno reprime el gozo hasta que el árbitro señala la mitad del campo y deja de sostenerse esos audífonos, porque muy posiblemente habrá una falta previa, una posición adelantada, una mano invisible, una salida del balón o cualquier cosa que nos pueda aguar la fiesta. La anotación ya no se celebra, sino que se revisa. El corazón a veces no puede con tanta incertidumbre, y el sabor del gol deja un regusto amargo cuando se enfría el grito en la garganta por esperar el dictamen de esa cosa frívola y desnaturalizada llamada VAR.
¿Más justicia gracias al VAR y las ayudas tecnológicas como la cámara del árbitro y el sensor del balón? No estoy tan seguro. Para empezar, este mundial de 2026 ha sido el de las polémicas, los goles anulados, las faltas sancionadas a destiempo, las acusaciones de trampa y los favorecimientos a cierto equipo. A pesar de tanta ayuda, no se está midiendo con la misma vara. Las quejas vienen desde el mundial de Qatar, pero esta vez se han hecho más evidentes. Varios equipos han sentado su voz de protesta alegando que se han visto perjudicados por decisiones del VAR. El problema no era la falta de tecnología, sino la falta de ética.
En este sentido, no sirve de nada la función del Árbitro Asistente de Video (VAR, por sus siglas en inglés) mientras la FIFA insista en seguir llevando de la mano a un ídolo para darle más de lo que se merece. Lo quieren inmortalizar en el olimpo de los dioses, pero precisamente la magia de los dioses radica en que a ellos nadie les regaló nada y son lo que son por la batalla que dieron en franca lid. ¿Qué necesidad hay de manchar el talento de un genio con prebendas inmerecidas? Más bien lograron que el genio se ganara la antipatía del público que una vez lo admiró. Pasará a la historia por sus títulos cuestionados gracias a la organización mafiosa que está arruinando el fútbol y que él alguna vez, cuando no ganaba nada en el campo de juego, también cuestionó.
Sólo que ahora que viene ganando títulos guarda un plácido silencio. Una vergüenza. Para muchos queda claro que la FIFA ya tenía a su campeón desde antes de comenzar este torneo, y es por ello que recurrió al instrumento (VAR) que ella misma implementó con el fin de tenerlo todo bajo control. Incluso lo tuvo en el mundial pasado, pero en aquella ocasión fuimos indulgentes y consideramos que en verdad el jugador se lo merecía a pesar de ciertos cuestionamientos de penales regalados que nunca constituyeron nada más allá de sospechas. Pero esta vez se han pasado de la raya.
Lo que sí es cierto, es que cada vez más le quitan la emoción original al fútbol para convertirlo en una dictadura de merchandising. Los dispositivos, las pausas de hidratación, los dobles raceros, el aumento de partidos y cupos, los premios inventados, las decisiones amañadas, el negocio por el negocio; todo ello, ha convertido al deporte de las multitudes en un burdo circo decadente en donde siempre presentan la misma función y ya se sabe cómo termina.
Pero a pesar de la FIFA y del señor Infantino, nos seguirá gustando el fútbol, incluso con sus mundiales sospechosos y arreglados, porque el talento no se acaba, y aunque unas leyendas se despidan en este mundial, otras estarán por venir. Asimismo, esperamos que se vayan los malos dirigentes, los ambiciosos, los vendidos, los que están matando el fútbol, porque mientras la FIFA y sus torcidos despedazan el deporte, el público estará siempre ahí, apoyando de corazón a sus equipos y viviendo una fiesta con pasión para no dejarlo morir.
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