Ensayo
Cuando hablamos de la coexistencia de diversas sociedades en el mismo espacio geográfico provenientes de culturas, lenguas, religiones, historias y tradiciones disímiles con el objeto de que convivan pacíficamente, generalmente hablamos del concepto de multiculturalismo. Esta forma de entender y organizar la sociedad con reconocimiento e igualdad de derechos para cada uno de los actores nace de una noble idea, como lo es la de que todos vivamos en armonía, nos reconozcamos, nos aceptemos como iguales y obtengamos la protección de los estados que nos deben garantizar nuestros derechos, especialmente cuando somos un grupo minoritario.
Hasta ahí todo suena muy altruista, muy loable y hasta muy coherente, pues qué más quisiéramos que el mundo viva en paz de una vez por todas. El problema surge cuando esta convivencia activa pierde sus reglas claras y la cultura dominante de un país comienza a ser engullida por la cultura débil a resultas de una tolerancia sin límites que convierte las causas múltiples y diversas en un pretexto para hacer desaparecer los valores primigenios de una sociedad. Dicho de otro modo, cuando las mayorías pierden sus derechos para satisfacer a unas minorías que no siempre están buscando la igualdad, sino la supremacía.
Esto puede verse reflejado en todos los ámbitos: político, racial, económico, social, religioso, sexual, identitario, cultural, deportivo, etc. En la mayoría de los casos, obra un tipo de multiculturalismo promovido por las agendas de la ingeniería social que han hecho su aporte a la deconstrucción del concepto de patria o Estado-nación para transferirlo al ambiguo categórico de la ciudadanía mundial, que propende por la no pertenencia a un país en específico, sino por la condición de ser un habitante del mundo. Sobre todo, aplica para los países receptores de migración.
Veamos, por ejemplo, lo que sucede en el mundial de fútbol, para mirar uno de los aspectos más básicos del multiculturalismo, como lo es el fútbol y el deporte en general. Ya constituyen una cuarta parte los jugadores que son ciudadanos por naturalización, adopción, o descendencia, y que representan a sus selecciones en comparación con los nacidos dentro del país. Si antes era la excepción, hoy parece que es la regla, no importa si no existe el amor filial por la camiseta o el sentimiento de fervor patriótico que tradicionalmente caracteriza a los deportistas.
Veinticinco por ciento de los futbolistas de la presente Copa Mundial de la FIFA 2026 no nacieron en el país que están representando. Muchos ni siquiera tienen raíces allí y su único nexo con esos pueblos es que son hijos de nacionales que a su vez migraron de otros países y continentes. Es por esto que una parte sustancial de los jugadores no se ajustan al fenotipo autóctono que caracterizaba otrora a los habitantes de los países representados.
Uno antes sabía que los canadienses y los gringos eran los monos; que los escandinavos eran todavía más monos, casi albinos; que los alemanes eran los fortachones grandotes; los ingleses igualmente grandes, pero más estilizados; los franceses de ojos claros y cabellos castaños; los españoles trigueños de ojos oscuros y piel oliva, los italianos narizones y apuestos, los eslavos blancos con rasgos caucásicos los del norte y más aturcados los del sur; los orientales de ojos rasgados y pelo erizado; los africanos de raza negra; los árabes trigueños o morenos, barbados y de pómulos marcados; y los latinoamericanos los más mestizos: medio blancos, medio negros y medio indígenas. Por lo menos así era en la generalidad, pero ya todos esos estereotipos son retrógrados, especialmente para los países de primer mundo.
Ahora cualquiera puede ser de cualquier país, porque ya no importan las diferencias raciales, y prácticamente tampoco las culturales. El islam se ha tomado a Europa por la migración africana, y Estados Unidos cada vez más es un país de hispanos. Faltará poco para que el idioma más hablado sea el español y la religión predominante en el viejo continente sea la musulmana. Todo apunta a que los pobladores originales de las potencias extranjeras serán desplazados por habitantes del tercer mundo. El planeta, que vive un invierno demográfico en lo que antes podía llamarse países industrializados y ricos, se encuentra en un boom de superpoblación justamente en las zonas más pobres y atrasadas. Esto es lo que ocasiona el fenómeno de migración y su consecuente fenómeno de multiculturalidad y multiracialidad.
Por supuesto que como inmigrante no critico la inmigración legal y ordenada como un proceso intrínseco de la civilización y la conformación de los pueblos, sino la ilegal y desproporcionada como producto de una agenda que promueve oleadas de migrantes a países aparentemente estables para causar precisamente lo contrario: desestabilización. Porque todo multiculturalismo forzado, acompañado además de una filosofía basada en el discurso de la persecución contra las minorías, genera un resquebrajamiento interno de las sociedades que no se podrían mantener si en toda relación humana se encuentran razones para pretextar la discriminación y la opresión.
Miremos, por ejemplo, el caso de la Selección Argentina en el mundial de fútbol pasado, Qatar 2022, cuando se desató la polémica del por qué en la Selección Argentina no había jugadores negros. El artículo lo publicó el Washington Post tras el triunfo de Argentina sobre Países Bajos en los cuartos de final con el propósito de avivar el machacado debate del racismo, ya que no es un secreto que este es un diario de corte progresista y sus columnistas están bastante comprometidos con la causa woke.
Al ver que las selecciones europeas junto con Estados Unidos y Canadá tenían un elevado porcentaje de jugadores de origen afro o hispano, y que incluso en algunas como Francia y los Países Bajos los primeros llegan a ser mayoría, el diario quiso poner sus ojos en la única selección de aquel mundial, y creo que del actual, que no tenía un solo jugador negro en su plantilla, porque quería buscar un pretexto para encender la dialéctica de la raza oprimida versus la opresora.
Pero lejos de ser un tema de discriminación, muchos expertos llegaron a la conclusión de que la verdadera causa de este fenómeno es la composición racial del país gaucho, el cual fue la nación del mundo que recibió la mayor afluencia de población europea a finales del siglo XIX e inicios del XX en proporción a sus habitantes. Italia y España aportaron entre el 75% y el 80% de ese caudal migratorio. De ahí que en Argentina predominen los blancos no rubios con influencia mora de los italianos del sur e influencia indígena de los pobladores nativos originarios.
En otras palabras, Argentina le paró tan pocas bolas al tema de la raza, que en su territorio no hubo espacio para la segregación ni la discriminación como en el Apartheid, sino que todos los grupos que se encontraban allí después de la Colonia se mezclaron de forma indiscriminada, sin prevalencia absoluta de ninguna raza sobre la otra. Es por ello que la comunidad afro-argentina de finales del siglo XIX y principios del XX ha quedado diluida en el mestizaje aleatorio que allí se dio, resultando en que la tez actual de los pobladores de Argentina no sea blanca totalmente, ni negra por completo.
No fue una política deliberada de blanquear la raza para hacer desaparecer a los negros, como sugiere el artículo, sino una simple cuestión de mestizaje. De otra parte, hay que tener en cuenta que en Argentina no se ejerció el colonialismo europeo sobre África como sí lo ejercieron las potencias del viejo continente, lo cual dio por resultado que Europa llevara esclavos, tanto a su territorio original, como a sus otras colonias en América: Estados Unidos, La Nueva Granada, Haití, Brasil, y todo el litoral Atlántico. Pero a la Argentina no llegó la misma cantidad de población negra esclavizada, además de que su economía no dependía de plantaciones intensivas ni de búsqueda de oro, para lo cual la demanda de mano de obra esclava fue menos necesaria.
Llegados a este punto, hay que reconocer y aceptar que los fenotipos, las etnias o las razas ya no le pertenecen a las naciones, sino al mundo. Igual sucede con las ciudadanías. Poco a poco va dejando de importar el lugar donde se nace, intercambiándose el suelo patrio por el país a donde es más conveniente pertenecer.
Para seguir a tono con el fútbol, ese deporte de multitudes, es inútil tratar de identificar a los jugadores de un país por sus rasgos físicos, su religión, su cultura o su lugar de nacimiento. Basta lo que diga el carnet FIFA para saber qué camiseta defiende. Aunque eso en verdad no importa: mañana simplemente pertenecerá a la selección del planeta Tierra, cuando el mundo quede pequeño para hacer un campeonato. Seguirá siendo un deporte, pero practicado por múltiples razas y culturas de toda la galaxia; allá, cuando en realidad, en aras del multiculturalismo, las culturas tiendan a ser una: la de la inevitable aldea global.
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