No entendemos, o no queremos
entender que estamos atravesando por la peor crisis que ha podido sufrir la humanidad
después de la segunda guerra mundial. Quizás la pandemia ya se le ha montado
por encima a la guerra en su grado superlativo de destrucción, no por la
cantidad de muertos, que todavía no son millones —y ojalá que no lo sean—, sino
porque nunca la población del planeta sintió tanto miedo, en todo el mundo, y
al mismo tiempo.
Las dos guerras mundiales
tuvieron la gran ventaja de ser excluyentes, porque no a todos los países les
correspondió su cuota de sangre. Latinoamérica, por ejemplo, a pesar de ser una
región tan golpeada por la pobreza, las dictaduras, la violencia o la corrupción
—que en últimas se podrían agrupar todas en un solo paquete de males con una
única raíz—, quedó a salvo de esos dos baños de sangre del siglo pasado, y
también de la peste española y otras pandemias; y hasta ahora, a Dios gracias,
no la ha tocado la guerra nuclear. Y si bien el Covid-19 nos tiene metidos
debajo de la cama a muchos que sí creemos que en este momento el miedo nos puede
salvar la vida, es cierto también que todavía no nos ha atacado con la sevicia
con que asoló Europa y ahora está azotando a Estados Unidos. Claro, en Brasil y
en Ecuador está causando estragos, y posiblemente en México lo haga; nosotros vamos
en camino.
En Colombia por ejemplo, la semana
pasada pasamos de 2200 a más de 2400 contagiados en un día. (Hoy 13 de abril terminamos
oficialmente en 2852). Entre viernes y sábado, si no estoy mal, pasamos de 80 a
101 muertos, cosa que no se había vivido en los días anteriores. Hoy vamos en
112 fallecidos. Esas son las cifras. Pero no es volteando la cara o cambiando
el canal de las noticias —para no contaminarnos
de malas energías con la realidad que nos presentan— como vamos a salir del
problema.
Nos dijeron que nos quedáramos
en casa y muchos no hicieron caso. Nos tomamos las excepciones de la cuarentena
para ir a la tienda o sacar el perro a miccionar varias veces al día, como si
se tratara de un programa fenomenal para evitar el aburrimiento. Después nos pusieron
el pico y cédula en las ciudades y tampoco nos valió. No es a los dos mil ochocientos
y punta de contagiados que registran las autoridades en Colombia a los que yo
les temo. No, mi queridos, lo realmente espeluznante es lo que todavía no se ha
contado. Lo que anda por ahí, libre y asintomático, prendiéndose del aire que
respiran las fosas nasales indefensas. El sub registro es a lo que yo le tengo
verdadero pavor, porque es lo que nos tiene evitando al vecino, al tendero, al
domicilio, al portero del edificio, a nuestros familiares, y hasta nos tiene huyendo
de nosotros mismos: todos somos enemigos potenciales.
Al miedo lo acompaña también
la zozobra, la preocupación de lo que será el día de mañana para quienes
dependen de un empleo y están en riesgo de perderlo (o lo han perdido ya); para
quienes viven del rebusque en la calle y no lo pueden hacer; para quienes
tienen un negocio, ejercen un arte, viven de las remesas o las pequeñas rentas;
para los que están por fuera del sistema; en fin, para todos aquellos que no
tenemos la vida asegurada ni podemos darnos el lujo de guardarnos un año en
cuarentena a ver si quedamos vivos. Creo que por más que lo evitemos, vamos a
tener que salir, y olvidémonos que la situación ya va a estar controlada. Lo
dijeron los expertos, que el maldito bicho se va a quedar conviviendo con
nosotros como un criminal al acecho durante mucho tiempo. Tanto, que el intruso
tendrá tiempo de establecerse, echar raíces, formar una prole y nacionalizarse.
A lo mejor en un país serio —que seguro no va a ser Colombia— descubran la
vacuna y lo neutralicen, pero para cuando eso suceda ya estará hecho el daño
con las consiguientes secuelas; ya el virus habrá mutado en otros virus
para los cuales tampoco habrá vacuna a la mano y comenzará de nuevo la función.
Es que dadas las circunstancias uno no puede ser muy optimista.
Y las secuelas no sólo van a
ser a nivel de salud, que ya de por sí es muy grave. Se augura que después de
esto vendrá la más dura recesión económica que a nivel mundial haya vivido la
especie humana en toda su historia. Y tendremos extendida otra peste: la del desempleo.
Espero que no repitamos la
historia del siglo XX. También avanzado en una quinta parte, se hizo célebre
por la pandemia de la gripe española, la cual duró poco más de un año y alcanzó
a matar a cincuenta millones de personas. Al principio no se registraron muchas
muertes y por ello se pensó que no iba a ser grave. Pero al surgir el rebrote
se dispararon los fallecimientos a unos niveles que hoy, con mucha más población
que hace cien años, y con el mundo tan conectado, nos costaría imaginar. La
ventaja fue precisamente esa, que las personas no tenían la posibilidad ni
la necesidad de viajar con frecuencia; por lo menos no de hacerlo masivamente, como ahora que la cosa
es bien distinta. Y entonces la peste desembocó en una recesión económica de monstruosas
proporciones que se conoció luego con el nombre de La Gran Depresión. ¿Recuerdan
La Gran Depresión o La Crisis del 29? Las imágenes eran desoladoras: miles de
obreros sentados con hambre en los andenes esperando que las fábricas abrieran.
Me aterra el pronóstico de los
que han estudiado, porque si uno revisa, la única solución que le encontró la
humanidad a esa crisis del 29 fue la Segunda Guerra Mundial. Y de esa mejor ni
hablo. ¿Será acaso aquel panorama el que aguarda al mundo? Mejor no haber
escrito esta columna y haber producido un pensamiento tranquilizador para ponerlo
como un meme de Facebook, pero tengo un deber con mi conciencia.
Es que todavía no estamos
conscientes de lo que se nos viene pierna arriba, y somos tan ingenuos de asegurar
que de esto vamos a salir fortalecidos. Con hambre y con deudas no coge fuerza
nadie. Mucho me temo que la humanidad que ahora hace promesas y se agarra virtualmente de la mano con canciones de
esperanza, vaya a sostener su palabra cuando finalmente pueda salir a recoger
las ruinas de lo que era su orden mundial, y entonces la batalla por sobrevivir
la llevará a considerar al otro como a su enemigo. Los abrazos que nos
prometimos volverán a aplazarse, y Dios quiera que no sea así, pero cuando
estemos evaluando el desastre vamos a mirar inevitablemente la viga en el ojo
ajeno y a buscar culpables. Las consecuencias: se intensificarán los cierres de
fronteras, los odios, las soberbias, la xenofobia, los totalitarismos. Por mucho
que nos preparemos no vamos a tener la fuerza para resistir. Si ahora nos proponemos,
podemos meterle un golpe en el vientre a la pandemia y hacerle agachar la
erguida línea que mantiene, pero hay que acatar la cuarentena y después de ella
tomar medidas drásticas de protección para aplanar la curva, como dicen los expertos. De
todos modos hasta que no encuentren la vacuna tocará sobrellevar esta amenaza a
cuestas.
Si no podemos, entonces los de
esta generación habremos pasado a la historia con un recuerdo vergonzante, y vendrán otras generaciones, las más
jóvenes, a seguir combatiendo por la supervivencia de la especie y a tratar de
imponer otro orden mundial; seguro uno de corte oriental y dragonesco, con índices
de crecimiento demográfico desproporcionado, inclinado a producir en masa una copia
idéntica del anterior sistema, pero mucho más barata y de mala calidad; y
al que no le tengo ni cinco de confianza.
Yo sí preferiría perecer en
este desorden. Y después hagan lo que quieran.

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