"Matar el tiempo no es lo mismo que tiempo pa' matar, no seas bruto", escucho que Willie Colón pregona en el piso de arriba, donde mi vecina lo pone a todo trueno en estos tiempos de pandemia. Lo canta a dúo con él, como si aquello del tiempo pa' matar al fin fuera un sueño que se le estuviera cumpliendo. Y de hecho pareciera que sí, que incluso a toda la humanidad se le concedió, a la brava, ese deseo de tener más tiempo para sí misma.
"El tiempo es oro", reza el viejo adagio, y encima, desde las redes sociales, los noticieros, el mundo de los influenciadores (a los que se les dio por bautizarse con la palabra en inglés para ser más creíbles), y demás medios nocivos de desinformación, nos venden ideas para aprovechar mejor el tiempo en casa durante esta cuarentena. La presentadora de farándula y otros desocupados que no saben con qué llenar sus espacios light me obsequian unos tips muy valiosos con los que puedo seguirme manteniendo en forma desde casa, como si ellos ya conocieran la existencia de esta impúdica panza que llevo cultivando desde hace dos meses y se avergonzaran de ello más de lo que mi antiguo yo se avergonzaría. Sí, escribí bien: mi antiguo yo; porque este yo del aislamiento obligatorio, el que deambula como un zombie de la nevera a la cama y de la cama a la nevera, y que dormita como un perico en invierno sin hacer nada productivo en la vida, ya no se avergüenza de su prominente barriga y su cara fofa de hombre bonachón. Pareciera que me hubiera disfrutado la vida cuando en realidad no he hecho otra cosa que poner en ejecución dos deliciosos verbos: comer y dormir.
Es que ahora no estoy en modo ejercicio, y aunque en los últimos veinte años fui un asiduo visitante del gimnasio del barrio, donde ya me conocen hasta las camisetas para cada sesión de rutina, prometo que no romperé mi disciplina de engordamiento voluntario hasta que no reabran el espacio adecuado que yo requiero para realizar deporte. Eso de improvisar arriesgados ejercicios al lado de la cocina, que es la única parte de la casa donde hay más o menos amplitud, es una criminal tentación que me conducirá, como siempre, a abrir la nevera y mirar qué hay. No, por favor. Ahora no. El gimnasio por el momento queda pendiente, pues tengo muchos videos que ver en Youtube y en Facebook, y no son precisamente tutoriales para aprender inglés ni para hacer tapabocas caseros.
Cómo les dijera. Me he percatado que tengo mil cosas que hacer aquí en mi casa; cosas que llevo posponiendo años y años porque aparte de indisciplinado, soy un procrastinador irremediable. Entonces se me juntó lo que tenía que hacer con las nuevas actividades propuestas por los medios, y ahora no sé a cuál de todas atender. Mucho me temo que no voy a tener tiempo de hacer nada de lo que tenía en mente.
Escribir, por ejemplo, se me convirtió en un proyecto a largo plazo. A tan largo plazo, que ni con cinco encierros por distintas clases de coronavirus alcanzaré a terminar mi novela corta que reposa en los anaqueles del aplazamiento, llenándose de polvo y cubriéndose de olvido. Es que los titulares sobre las divas mexicanas que fueron rechazadas en Televisa, o los goles del mundial de España 82, o las peleas con policías de tránsito por comparendos injustos -que registra la gente en su legítimo derecho de grabar el procedimiento y colgarlo en las redes-, o las bromas de la brasilera que muestra las nalgas, no me dan tiempo para hacer nada en esta temporada. Por Dios, es que son muchas cosas. Aún no comienzo a leerme ninguno de los más de setecientos libros que tengo en la lista para llegar a ser un buen escritor, y no sé cuándo comenzaré. Tengo temor de que de pronto ya no me alcance la vida para hacerlo a este aletargado ritmo de un libro cada dos meses. Necesito que se amplíe más la cuarentena, por favor, señor presidente (¿o señora alcaldesa de Bogotá?).
Dicho esto, no sé si a alguien le pase lo mismo que a mí. Si en verdad está aprovechando su tiempo para cocinar recetas nuevas, aprender otro idioma, jugar juegos de mesa con su familia, leer, hacer origami, regar las matas, sacar al perro cinco veces al al día, o si lo están utilizando, como yo, en las tareas tan importantes y urgentes que me imponen desde la pantalla del celular o del televisor.
"Estás perdiendo el tiempo", me dijo una amiga que se jacta de leer un libro por semana y que disfruta como ninguna de las obras de Marx y Engels. Se ha leído El Manifiesto Comunista tres veces en este mes porque me dice que cada vez que lo lee aprende cosas nuevas y se amplía su visión de cómo debería ser el mundo si estos líderes del Neoliberalismo no lo hubieran deteriorado tanto con su consumismo mal sano y su avaricia, que es lo que nos tiene como nos tiene. No sé por qué, pero creo que mi amiga Catalina debe ser de las que se persigna con la izquierda. En todo caso, le refuté que yo no perdía el tiempo, pues lo tengo de sobra, y de esa manera puedo inventarme actividades para matar el tiempo como yo quiera. Me contestó con su tono burlón de erudita socialista de estrato seis de la misma forma como Willie Colón lo dice en su canción: "Matar el tiempo no es lo mismo que tiempo pa' matar, no seas bruto". A mi amiga Cata la bauticé como Cata la marxista, sin que ella lo supiera, por supuesto. Aunque me hizo caer en cuenta de lo que muchos seres humanos, incluyéndome yo, estamos haciendo en medio de esta pandemia: estamos matando el tiempo, aburriéndonos, engordándonos, deprimiéndonos, con ganas de que esto pase para volver a ser los sujetos ocupados e interesantes que éramos antes, pues nos duele estar encerrados con nuestros seres queridos, alejados de todo lo que supone el feliz encuentro en el comercio, el sistema de vida soberbio que critica mi amiga Cata. Pues les cuento que a partir de hoy eso va a cambiar, señores. No porque me vaya a sentar a escribir con disciplina, a ver si algún día publico algo decoroso, ni porque vaya a aprender inglés, que tanto lo necesito, ni porque quiera poner en práctica esas deliciosas recetas de los chefs que pretenden pintarnos una sonrisa en la tediosa cocina, ni porque vaya a leer los textos represados, ni a expulsar con el aseo las ignoradas energías que se esconden en mi casa. Nada de eso. Lo que va a cambiar es simplemente la actitud frente a la cuarentena. De ahora en adelante me levantaré con más ánimo a comer y a seguir viendo televisión hasta que anochezca, porque en estos tiempos de emergencia no es bueno ponerse a inventar. Se los digo yo, que solamente se me vienen las ideas brillantes cuando precisamente no tengo oportunidad de escribirlas, o me encuentro ocupado. Ahora estoy como un libro en blanco.
Que viva el encierro, que siga la cuarentena, que no se acabe el tiempo libre porque ahora sí lo podemos matar con gusto cuando anteriormente su escasez era la que nos mataba a nosotros. Bendita cuarentena que me permite ahondar sobre la vida de los personajes de El Chavo, y repetirme todos los capítulos de Alerta Aeropuerto, cuando viajar con droga en un avión era algo tan seguro e inofensivo en comparación con el Covid-19.

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