Por Juan Felipe Giraldo Trejos
Ni siquiera en medio de esta
tragedia pandémica se aplacan los instintos carroñeros de aquellos cuya
naturaleza es la avaricia y la corrupción, así como tampoco se les olvida para
qué es que fueron concebidos.
Ahí están los contratistas y
los funcionarios de algunas alcaldías y gobernaciones, inflando precios de lo
lindo en los productos con los que se supone van a calmar el hambre de los más
necesitados, licitando con sobrecostos y partiendo la tajada para que sea el
Estado el que tenga que asumir el excesivo gasto, y cada vez a los colombianos
nos toque pagar más por la comida; ahí están robándose la comida de los pobres.
Ahí están los bancos en lo
suyo, como si nada pasara, ofreciendo préstamos con bajo interés para ayudar
en la crisis. Mirando a ver cómo siguen amarrando al ciudadano de a pie de
las que sabemos para tenerlo esclavo pagando una deuda impagable, hasta que finalmente
lo embarguen y lo dejen en la calle, porque saben que el ciudadano, aunque
quiera obrar de buena fe, no va a poder retornarles su préstamo venenoso cuando
se venga la recesión. Ahí están cobrando las cuotas de manejo como siempre, sin
que uno en un mes haya hecho ni un ínfimo retiro, y multiplicando sus ganancias
con los cobros por transferencias electrónicas, ahora que todos tenemos que
insertarnos necesariamente en la onda del pago virtual. Y lo peor es que cuentan
con el total respaldo de la ley, que en este caso sí opera. Con razón están ayudando con tan buenas intenciones, con
ese espíritu de desprendimiento que los ha caracterizado; saben que eso lo
recuperan en un corto lapso de tiempo, y entre más se demore el virus más frotan
sus manos los banqueros. Los muy miserables tienen la sartén por el mango y
jamás están dispuestos a dejar de ganar. ¿Cuándo pierden los bancos?
Ahí está el Banco de la República,
más preocupado por sus cifras que por inyectarle liquidez a la economía pensando
en que de pronto no se le cumplen las metas financieras, como si este año a
alguien se le fueran a cumplir las metas en el mundo.
Ahí está el gobierno con su
ortodoxia económica cargado de buenas
intenciones, pero una vez más por el camino equivocado, dizque a través de
préstamos en las entidades financieras cuando sería mejor que la plata le
llegara directamente a las empresas, especialmente a las pequeñas y medianas,
las cuales necesitan pagar su nómina porque de lo contrario corren el riesgo de
desaparecer. La plata debiera llegar también a las cuentas de las personas naturales que tienen negocios, de los cuales a duras penas sobreviven, y que cuentan con
dos o tres empleados de cuyos trabajos dependen también sus familias. Pero no,
hay que seguir con la maldita ortodoxia e insertar los recursos en donde menos
deberían ser insertados: otra vez en las arcas de los poderosos bancos que pueden
darse el lujo de decir quién come y quién no. El gobierno, nuevamente, rinde
pleitesía a los dueños de los grandes capitales al tiempo que le sonríe al
pueblo y le promete la ayuda que sabe que no le va a llegar. Se los compruebo:
arriésguense a salir a la calle para pedir un préstamo, hoy 16 de abril, con
motivo de pagar la nómina de su microempresa a ver si no lo devuelven con las
manos vacías. Los desafío.
Ahí están las empresas de
telecomunicaciones, entre ellas las tales Tigo
y la otra turbia que ni quisiera mencionar, ofreciendo planes de bajo costo para
engramparnos más, y a lo que esto pase subir la tarifa y darnos en la mula; con
sus lemas chimbos de te damos más, o queremos
que tu vida sea más fácil. Si de verdad me quisieran facilitar la vida no
me estarían mandando mensajes con anuncios amenazadores de que me van a cortar el
plan del celular y el internet en plena cuarentena, cuando no puedo ni debo
salir exclusivamente a pagarles sus facturas, ¿acaso no saben que hay que
quedarse en casa? Pero ellos no tienen la sensibilidad humana ni siquiera para
dar un compás de espera hasta que termine el período de encierro, como si allá
afuera no nos estuviera esperando la muerte. Como quien dice de malas, salga a
pagar lo que nos debe, gánese una multa y una porción de coronavirus.
“¡Ah, pero es que usted no es
recursivo!”, me espeta mi amigo Diego Faciolince, a quien cariñosamente, y sin
que él lo sepa, yo lo llamo Diego Facholince, el Facho Lince. Me explica que para eso existen los pagos electrónicos,
“la tecnología, weón, úsela”. No me venga a decir a mí, dinosaurio de las telecomunicaciones,
que a través del pago electrónico la vida se me hará mucho más sencilla. Eso dígaselo
a los cibernéticos y a los de la generación Millenial
en adelante, que son los que mantienen pegados de esos aparatos. He desperdiciado
varios días tratando de conectarme infructuosamente con las plataformas, digitando
mis datos personales sin saber quién los está viendo, con el temor de que un hacker me infiltre, para venirme a dar
cuenta, mucho tiempo después, que lo primero que se necesita es tener cuenta en
el banco, ¡valiente gracia! Y lo mismo estarán pensando miles de personas que
escasamente saben contestar el teléfono, pues estos dueños de las telecomunicaciones
no entienden que no todo el mundo tiene acceso a esos medios de pago que ellos
tanto publicitan, y no por eso se les debe castigar quitándoles el servicio,
porque si no lo saben, estamos en una emergencia a nivel mundial. Si los que
viven de un arrendo no pueden en este momento cobrarle a sus inquilinos por
obra y gracia de la crisis, ¿por qué los operadores de telefonía, televisión e
internet no pueden también esperar una quincena más a que la gente pueda salir
a darles su plata para que se llenen? Ah, no. Son políticas empresariales. Ese
es el talante de las compañías que más se necesitan en este momento, pero que
están dispuestas a castigarnos al menor retraso, que por cierto es un retraso
por fuerza mayor. (Esta mañana estaba planeando mi venganza para cuando me cortaran
el servicio. Al término de la cuarentena saldría de aquí y exigiría con
ademanes de guapo mi cambio de plan. Ya no más mensualidad de mi parte, señores,
se les acabó el chorro de los sesenta mil pesitos. ¡Me cambian la línea a
prepago de inmediato!... Ya no hay necesidad, pues esta mañana se acordaron del
decreto 464 de 2020. Milagrosamente ampliaron el plazo de pago hasta el trece
de mayo, cosa que me parece bien. Lástima que no hubiera sido por una
iniciativa solidaria de la empresa, sino por orden del gobierno, ¡buena esa,
Ivancho! Eso sí, no voy a corregir la columna para dejar constancia de mi furia
de ayer. A la compañía de telefonía celular le digo que “si ya ampliaste el plazo, haz caso omiso de este mensaje”).
Ahí está también la industria
farmacéutica que incluye laboratorios, distribuidores, cadenas de droguerías,
instituciones de entrega de medicamentos para pacientes del sistema de salud,
entre otros. Muchos de ellos se están haciendo su agosto. Están guardando o
encareciendo los medicamentos. Si les llega un surtido de tapabocas, guantes,
gel antibacterial, alcohol, y suministros de protección, guardan las existencias
aduciendo que su uso ahora está restringido porque se están destinando estos
elementos a quienes más los necesitan, que son las clínicas y los hospitales.
Uno entiende, pero entonces ¿por qué caros sí se consiguen? Es el argumento
propio para inflar el precio. Y no digamos lo que está pasando con la
Azitromicina y la Hidroxicloroquina, dos medicamentos esenciales que a falta de
vacuna, se están usando en el tratamiento del Covid-19. Ya se está descubriendo
extra oficialmente que en las fases iniciales de la enfermedad, estas
sustancias pueden aminorar los síntomas
de la infección si son utilizadas a tiempo, antes que el virus pase a las vías
respiratorias inferiores como los bronquios y los pulmones. Algunos médicos sostienen
que pueden salvar vidas. La OMS todavía no se pronuncia y sólo dice que no
existen pruebas para decir que el tratamiento sea efectivo y que tocaría
realizar más ensayos. No sabe uno si a lo mejor, en caso de aprobar su
utilización, se pueda dañar el negocio de la futura vacuna, que quién sabe cuánto
irán a cobrar por ella. Lo malo es que como tanta gente está preguntando por
estos dos medicamentos en las farmacias, ya no se encuentran disponibles, o
están cobrando cinco veces por ellos, o están recurriendo a la exigencia de la
fórmula médica, cuando siempre habían sido medicinas de venta libre. Es que pareciera
que hubiera un espíritu perverso flotando en el ambiente que no quisiera que la
gente se curara de inmediato. A lo mejor no haya solución, pero si existe la
menor carraspera en la garganta, yo me acojo al concepto de médico cubano Misael
Gonzáles, quien posiblemente detuvo el avance del poderoso virus en su
organismo y en el de varios pacientes con una buena dosis de dichos medicamentos.
Ahí están todos a quienes por
falta de espacio no menciono, pero que se están lucrando de la tragedia humana.
No menciono a las funerarias que justo ahora están cobrando más por los
entierros, porque ellas siempre han sido mercaderes de la muerte. En otra
rabiecita me acordaré de más buitres que pescan en río revuelto.
Sin embargo están también los que
luchan por el bien de la humanidad y quieren encontrarle una solución a esto: el
personal médico que hace lo que puede: soldados peleando una guerra sin
armas; la policía que está pendiente que no desobedezcamos el aislamiento preventivo (los del tránsito se
pueden ir a la paila mocha), el ejército, los empresarios buenos que sí los hay,
los campesinos que nos siguen salvando la vida porque sin ellos esto sería
peor, los trabajadores en los supermercados y plazas, los domicilios, los
transportadores; tanta gente que se arriesga por este país y por los que envío todo mi caudal de fuerza positiva.
Yo nada puedo hacer. Se me
ocurren cosas siniestras, acciones realmente extremas por las que podría ir a
prisión, pero me acuerdo entonces que no soy nadie para detener la avaricia y
la corrupción del mundo, y menos la injusticia; que sólo soy un hombre contra
las corporaciones.

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