sábado, 20 de marzo de 2021

Un duelo consigo mismo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    En la época de mis abuelos, y de los abuelos de mis abuelos, y la de los abuelos de ellos, y de ahí para atrás, sí que sabían arreglar los problemas como hombres. Bastaba que las palabras se emitieran con claridad para que fueran tomadas en serio y se les considerara con el rigor de una verdad profética. También a las acciones se les atribuía toda la carga honorífica del caso. Lo que se decía se cumplía y por cada acto se respondía hasta con la vida, si fuera necesario. Eran otros tiempos.

    Lo digo porque la vieja costumbre del “duelo” (ese combate en el que se enfrentan dos personas que se han desafiado individualmente para defender un honor o perpetrar una venganza) ya ha caído en desuso y hasta ha sido considerada ilegal en muchas sociedades, por aquello de que no debemos tomar la justicia por mano propia. Sí, esa práctica que se remonta desde la prehistoria humana y que se formalizó con esplendor en la Edad Media, al parecer no está bien vista bajo la óptica del hombre moderno.



    Aunque no olvidemos que también en la era pre-crisitiana los duelos fueron un método acertado para resolver disputas y para que el vencedor se encumbrara como un héroe y no como un asesino. El combate, eso sí, siempre debía ser por una causa justa, como las razones que tuvo David para matar a Goliat, en el que creo, fue el encuentro bíblico más famoso, resultando victorioso el joven y apacible pastor de ovejas que tumbó al gigante con una honda.

    Fue así como la respetabilidad de los hombres desde la época de la cristiandad, y en especial del medioevo, tuvo una correlación directa en proporción a los duelos que estos osaran disputar, o más bien de los triunfos que hubieran logrado conquistar sin importar a qué precio.

    Hasta la justicia estuvo de acuerdo con esta práctica: se reconoció el primer código de duelo (Code Duello) durante el Renacimiento italiano, y en la vieja Ley Germánica también estaba incluido. La costumbre de batirse a duelo era la forma más digna posible de saldar las deudas y quedar en paz con la conciencia.



    La formalidad para proponerlo era muy sencilla: el ofendido le hacía un gesto insultante al ofensor, de modo que este no lo pudiera resistir. Lo usual era golpearlo con un guante en el rostro, dar una palmada o tirarlo a los pies para que este lo recogiera y aceptara el desafío. De ahí proviene el célebre refrán que decimos en mi patria: “Al que le caiga el guante…”. Eso sí, todo debía estar conforme a las normas.

    Y la normativa tenía sus limitaciones. El recurso del duelo era exclusivo de ricos y de nobles. No cualquiera podía participar así como así, porque el honor no era cosa de villanos ni de plebeyos: se trataba de obtener un cierto prestigio venciendo a un hombre de importancia, o siendo vencido por él, lo cual sería más heroico todavía: una muerte con altura. Por esta razón a Voltaire le fue negada la posibilidad de participar en un duelo con el caballero de Rohan a pesar de haberlo solicitado. Por obvias razones el caballero conservó su posición y el filósofo fue expulsado de Francia.

    También estaba reglamentado qué tipo de armas se podían utilizar según el país, la época y la capacidad de los contendientes. Se usaba la espada, el sable, el cuchillo, y desde fines del siglo XVIII, la pistola, dependiendo de la gravedad de la ofensa. Eso sí, no podía haber ventaja para nadie, y si las armas eran de la misma casa matriz, mucho más equitativo el encuentro.

    Para asegurar la equidad se designaban los padrinos o “testigos de fe”, que eran los  que representaban los intereses de cada caballero, verificaban que no hubiera ventaja para nadie y se hacían cargo de su apoderado en caso de que falleciera durante el combate.




    Con el tiempo esa tradición se consideró una práctica bárbara, violenta, y quedó abolida de los códigos y las Constituciones de los países. Se decretó que fuera la autoridad legalmente constituida la que se encargara de resolver las diferencias por el honor personal.

    Entonces, como cayó en desuso, ya no fue necesario citar al oponente para saldar un agravio ni avisarle que se preparara para un duelo en franca lid, sino que simplemente se le atacó a la primera oportunidad, incluso por la espalda: una metodología descortés y trapera que aún sigue siendo la más utilizada en los tiempos que corren.

    Algo muy malo tenía que estar sucediendo en la civilización humana como para que las diferencias quisieran ser zanjadas a punta de cuchillo, de pistola, de bombardeos, de genocidios, de la cruel y despiadada eliminación de ese otro que no está en capacidad de defenderse, olvidando el viejo código de honor que tan útil resultó en el tiempo de los espadachines: el enfrentamiento cara a cara. 

    La nueva fórmula que nos vendieron las ideologías, en apariencia pacifistas, resultó ser peor: el diálogo con el enemigo. Parecía ser el “arma inofensiva” de los hombres civilizados, pacíficos y tolerantes que no tendrían que recurrir jamás a la violencia como forma de solución de los conflictos. Pero fue cuando se comenzó a abusar de este recurso que la cura resultó peor que la enfermedad. A partir de entonces, con la receta de la tolerancia, hubo que entrar a negociar la ley y los principios, tranzar con bandidos y hombres que no conocen de honor; entregar soberanías y claudicar ante los derechos más elementales, porque la obligación era que todo tenía que arreglarse por la vía pacífica, incluso con quienes se valían de ella para conseguir sus propósitos abyectos.

    Nos olvidamos de la vieja máxima de Karl Popper cuando dijo que en nombre de la tolerancia teníamos el derecho a no tolerar a los intolerantes.

    De modo que ante la ofensa no quedó más que recurrir al juez y llegar a un acuerdo con el oponente mediante una cita de conciliación, en vista de que el diálogo y hasta la confesión sustituyeron a la justicia. Y fue así como la profesión de abogado pululó por doquier, y los desafíos a duelo se cambiaron por las audiencias judiciales.



    Todo ese sistema se sigue conservando. En apariencia, porque el asunto ya opera de otra forma. El mecanismo más utilizado no es el diálogo ni la conciliación. Tampoco nos valemos de la actitud tolerante, ni del perdón que nos insta a poner la otra mejilla, a guardar silencio ante las agresiones, o a tragarnos nuestra dignidad, propinándonos el consuelo de decirnos a nosotros mismos que quien pierde no es el ofendido, que no toma las ofensas como algo personal, sino quien ofende, que a la larga es el que está sufriendo en su interior de la misma conducta por la cual acusa o agrede al otro. Nada de eso, señores.

    La solución que nos ofrecen desde las huestes progresistas es más simple: victimizarse. Eso sí que ha dado bastante lucro y ha sido la mejor manera que el hombre post-moderno ha encontrado para superar sus diferencias. Quejarse, llorar, patalear, reconocerse como un oprimido del sistema; en últimas, convertirse en víctima, ya que somos hombres tan débiles, que ni siquiera somos capaces de aceptar el pajazo mental de la sana autopercepción, ni de practicar la tolerancia, ni de buscar el tan mencionado diálogo para llegar a un entendimiento; y mucho menos de proponer un duelo limpio a la vieja usanza.

    Porque si en el pasado se alababa a quien salía victorioso en la contienda por saberse defender, el presente pondera a quien pueda colocarse en el papel de víctima sin necesidad de serlo. 

    Cómo cambian las cosas: los abuelos de esta generación entendían del “deber ser”, que incluía también el deber de preservar la dignidad alcanzada a lo largo de la vida con el sudor de la frente. En cambio los nietos se asemejan más a un grupo de chiquilines malcriados que solamente viven para exigir derechos y pedir privilegios como si estuvieran demandando el biberón.



    Siempre habrá alguien a quien echarle la culpa: a los padres, al Estado, a los maestros, a los empresarios. Pero al final del recorrido, a la hora de hacer el balance de nuestras vidas, nos corresponderá desafiarnos para tener un duelo a muerte con nosotros mismos.

    De ello dependerá si queremos salir victoriosos como tuvieron que hacerlo nuestros antecesores, o si seguiremos siendo las víctimas de un sistema opresor que nos figuramos más grave de lo que en realidad es.  





 



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