Mi amigo Diego Faciolince, “el Facho Lince”, como le llamo
cariñosamente, anda preocupado esta semana porque un raro virus que se inoculó
en su teléfono celular le ha borrado de un tajo todas las aplicaciones de
páginas pornográficas que él, buen consumidor de este material, tenía instaladas
en su móvil.
Siempre hemos sabido que algunos malwares informáticos que provienen de
páginas con contenido para adultos fungen como una trampa que atrae al
visitante y luego le dañan su dispositivo adrede, eliminando de un tajo los
archivos con información importante, pero rara vez se había visto que el virus
destruyera precisamente la funcionalidad de las mismas páginas de donde
procede. Es decir, que estuviera alojado en una aplicación maliciosa para autodestruirse.
Diego, que por su formación hedonista
considera el porno como parte fundamental de su existencia, me expresaba esta
preocupación:
—No, weón, ya uno no puede ver porno
tranquilo porque los virus dañan todas las aplicaciones, incluyendo las del mismo
porno, qué cagada. Ahí se me enloqueció este aparato otra vez.
— ¿Será una especie de Coronavirus
informático? —me aventuré a presagiar.
—Es posible. O será que también los progres
de las Bigtech lo quieren censurar. —Me
dice pensativo.
—No me extrañaría —le digo yo—. El nivel
del porno se está pasando de la raya. Fíjese que ya no buscan excitar con las
imágenes del acto sexual, sino con todos los aditamentos que le han metido a la
vaina. Hasta anuncian escenas fuertes que generan una expectativa tremenda, y
cuando uno abre el video, se ve que han colocado la cámara en un ángulo en el
que no se ve nada, y uno tiene que imaginarse lo que sucede, como en los tiempos
en que no era permitido.
—Sí, weón, es cierto. La otra vez
anunciaban un video con lo mejor de la vida de una actriz porno muy famosa.
Entré a verlo, y resultó que era una grabación escueta de lo que la señora
hacía en el día a día en su casa con su familia, con los vecinos, los amigos,
etc. La seguían desde que se levantaba hasta lo que hacía en la cocina, pero
sin mostrar siquiera un hombro, como si fuera una ama de casa ejemplar. Me
quedó una sensación muy rara, como si yo fuera un depravado que andaba buscando
la malicia en donde no la había.
—Son los tiempos, mi amigo —le dije sin
extrañarme—. Hasta la representación de las escenas sexuales que la industria
del porno ha sabido explotar tan bien se está volviendo moralista y ejemplar.
Si antes el porno ofrecía a los espectadores la posibilidad de explorar el
cuerpo sin límites y el abandono del ser a sus instintos más primarios, ahora
es todo un decálogo de principios bien orquestados. Más que una industria, ya
casi se le está considerando un arte tan puro y tan perfecto como el de la
lírica o el de la música. No me extrañaría para nada que la Cultura de la Cancelación quisiera meter
mano ahí.
La conversación quedó de ese tamaño, y mi
amigo el Facho Lince se despidió algo
decepcionado, no tanto por el giro que los dueños del negocio le están dando a
su pasatiempo pecaminoso, sino porque iba a tener que comprarse un celular con
mejor tecnología para rastrear virus cibernéticos provenientes de las páginas
pornográficas, de modo que el daño no se repitiera.
Hace un par de noches me llamó mi amigo El Facho para decirme que había
encontrado una manera más segura e interactiva (así dijo, interactiva) para ver
porno sin que su celular se pusiera en riesgo: las páginas de modelos Webcam.
—Toca pagar, pero uno va a la fija. Y la
chica hace lo que uno le pida —me dijo muy animado—. Es como ser el director de
tu propia película. La verraquera, ¿no?
Yo no sé si mi amigo al fin haya resuelto
los problemas con los virus informáticos que se alojan en estas páginas para
adultos. Lo que sí sé es que ahora parece más satisfecho con los beneficios que
está obteniendo gracias al enfoque que descubrió en su entretenimiento, aunque las
malas lenguas cuentan que últimamente anda dilapidando todo su patrimonio, y no
se sabe en qué.
La cuestión es que la industria se ha vuelto inmediata, en vivo y en directo. Los productores ya no tienen que rodar las grandes películas de antaño en las que había que contratar a un libretista para que les escribiera el argumento, ni rentar locaciones costosas, ni contar con todo un set de grabación. El porno se volvió tan cotidiano que ahora cualquiera puede hacerlo con una cámara de un celular. Está al alcance de la mano y sin necesidad de salir del anonimato. Basta postear un video de cinco minutos en el que se muestre lo elemental y se le ponga un título bien llamativo que indique que la actriz trabaja en la empresa X o es una estudiante traviesa de tal universidad; o que se involucró a un actor improvisado que no estaba preparado para la situación, como un incauto domicilio que fue a llevar una pizza y terminó tirándose a dos exuberantes jovencitas en el mejor día de su vida. O basta con anunciarse como modelo WebCam, y el negocio fluye masivamente.
Así las cosas, no demoran en anunciar las
mejores escenas pornográficas con actores que no se quitan la ropa, ya sea por
la censura que no tardará en venir desde los sectores oprimidos que no se
sienten representados, como la AHPP (Asociación de hombres con pene pequeño); o
porque la sobre exposición de la desnudez le hizo perder la sensibilidad a los
espectadores que terminaron por aburrirse de un arte sin misterio. Tanta
abundancia de piel por ahí desperdiciándose en la ingravidez de un video nos
está haciendo perder el morbo, que es a la vez el aditivo necesario para avivar
el milagro de la sexualidad.
Por eso, a diferencia de mi amigo El Facho, yo prometí abstenerme de mirar
las imágenes retorcidas de la obscenidad explícita. Espero poder cumplir mi
promesa antes que la Academia Sueca de las Letras le otorgue un premio Nobel de
Literatura a un guionista de películas porno, que como van las cosas, para allá
vamos. Opté por quedarme con la imaginación, que es menos riesgosa, no cuesta
nada, y si se recurre a ella con regularidad, esta puede a llegar a ser muy
placentera.
Y está libre de virus.




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