“Este es un barrio muy bueno, muy calmado,
muy seguro. Un sector, como se dice ahora, exclusivo”. Anunciaba el vendedor
de bienes raíces a un cliente interesado en adquirir una casa grande para vivir
con su familia, ojalá en un sitio apacible y de buen gusto.
El barrio se llamaba (y se sigue llamando)
el Popular Modelo. Fue una de las colonias pioneras de la clase emergente
compuesta por comerciantes y pequeños industriales que por allá a mediados de
la década del cincuenta encontraron en la ciudad de Pereira un lugar propicio
para progresar: un “oasis de bienestar y de paz”, como era vendida la ciudad en
las cuñas radiales de ese entonces.
Popular, porque sus primeros
habitantes no eran las familias de apellidos ilustres que le dieron honor a la
ciudad, sino los advenedizos y visionarios que fueron haciéndose a su pequeña
fortuna con arduo esfuerzo, comenzando desde abajo y tratando de avanzar en sus
aspiraciones sin llegar a ser del todo ricos. Es decir, los que con los años
vendrían a conformar el estrato medio-alto.
Modelo, porque fue uno de los
barrios antiguos que sirvió de inspiración para la construcción de otros vecindarios
que requería esa clase social en ascenso. Y aunque durante décadas no se fundaron
muchos parecidos a ese, cuando al fin la urbanización despiadada se tomó la
ciudad de Pereira, ya el espacio de las nuevas casas comenzó a ser muy reducido,
y ya la construcción se había modernizado. El Popular Modelo, entonces,
comenzaría a formar parte del inventario de casas viejas; las mismas casas que
hoy están siendo arrasadas para darle paso a la explosión comercial:
restaurantes, bares, asaderos, hamburgueserías, cafés, tiendas de ropa, bancos,
peluquerías, clínicas, consultorios, veterinarias, más locales de comida, tiendas
deportivas, gimnasios, salas de webcam, e ineludiblemente, antros y
discotecas en donde acude toda la diversidad sexual y cultural. En síntesis,
todo lo que implica el progreso.
Por otra parte, ese cliente al que el
vendedor le estaba hablando, me parece que es mi padre. Mi padre acompañado de
mi madre. Él intentando negociar la casa a un precio razonable (aunque en aras
de la verdad, la casa fue adquirida en un remate), y ella inspeccionando la
cocina, los cuartos, el patio, los baños; conociendo los recovecos de la que
sería su futura morada e imaginándose que allí encontraría su porción de
paraíso.
Fue en 1986 cuando nos fuimos a vivir al barrio
Popular Modelo. Yo contaba con escasos seis años, aunque por la nubosidad de
los recuerdos me parece que llegué antes. El trasteo se realizó en una de las
tractomulas de mi padre. La parquearon en la calle y nadie llamó a la autoridad
de tránsito como hubieran hecho ahora.
En la
cuadra de la carrera doce entre calles primera y segunda aprendí a montar
bicicleta, jugué al fútbol con los vecinos y también al escondite, y el poste que
nos servía para cantar el “1,2, 3 por mí” aún sigue en pie junto a mi casa, ya
un poco ladeado. En cada extremo de la cuadra existía lo que en ese entonces
llamábamos “policías acostados”, y sobre ellos dábamos toda clase de piques con
las bicicletas. Era posible subirse por las rampas de los parqueaderos y
pedalear a toda prisa por los andenes. Y aunque la calle era de doble vía,
nunca los escasos vehículos que por allí transitaban representaron un problema.
La gente conducía despacio. Los niños podíamos jugar afuera sin correr peligro.
Es más, la calle era nuestro espacio natural porque en la interacción con otros
niños redescubríamos el universo que los mayores habían olvidado. Era afuera donde
se suscitaba la vida, nos hacíamos superhéroes y nos ganábamos enemigos hasta
que llegaba la hora de comer y nos entraban. Uno conocía cada vecino, cada
integrante del barrio. Uno se daba cuenta qué amistad convenía y cuál no.
Era
tan residencial el sector, que para comerse una hamburguesa había que ir hasta
Monos, en la Circunvalar, más o menos a unas ocho cuadras, pues era la
hamburguesería más cercana que existía en 1987. Treinta y cinco años después, nada
más en la manzana donde vivo, hay más locales de hamburguesas que casas de
familia. Desde la calle cuatro hasta la urbanización La Aurora no había más que
casas; ni un solo negocio, excepto por el supermercado Comfamiliar y la
panadería Gnomos, que quedaba diagonal a la iglesia San Antonio, y en la que
vendían los mejores pasteles de arequipe y queso que jamás hube probado. Más
adelante montaron una caseta de guadua en el parque La Rebeca que se llamó “Ranchos
Perros”, y fui feliz allí comiendo porquerías hasta que me intoxiqué.
Del barrio recuerdo mucho los jardines
exteriores enrejados y sembrados con prados y árboles ornamentales. Todas las
casas los tenían. Nada más en nuestra cuadra hubo dos araucarias gigantescas;
una en el antejardín de don Ramón, el vecino que todavía vive y se mantiene
sentado en el corredor evocando tiempos mejores, y la otra en nuestro
antejardín. Creció tanto esa araucaria que pronto llegó a ser más alta que el
edificio de cuatro pisos de enseguida, pero hubo que cortarla porque ya sus
ramas se estaban enredando en el transformador que durante años estuvo
instalado en el poste, amenazando con provocar una tragedia eléctrica. Fue en
esos antejardines donde pudimos ocultarnos detrás de los arbustos, brincarnos
de la reja al pasto sin lastimarnos o revolcarnos en una pelea justiciera. Hoy
se han convertido en andenes y parqueaderos de motos, en negocitos de garaje,
en pavimento puro y duro. De nuestro jardín y nuestra araucaria solo queda un
recuerdo benévolo.
De los vecinos de hace treinta y siete años
todavía moran allí tres o cuatro: la señora del edificio, don Ramón, don
Danilo, y yo, que en reemplazo de mi padre quedé como el más joven. Los otros
se han ido a barrios más modernos, han vendido, o se han muerto. Las únicas
viviendas que permanecen intactas en aquel barrio pertenecen a los propietarios
de la generación vieja. El resto han sido modificadas o derribadas para
construir edificios y poner locales. Me atrevería a aseverar que mi casa es una
de las más originales, pues aún conserva sus pisos y su techo de madera. Esa
sigue siendo la casa grande en la que he vivido prácticamente todos mis años y
de la que no quisiera desprenderme nunca, aunque sé que ese momento va a llegar
muy pronto, tal vez este mismo año. Porque como decía mi padre, “todo tiene su
principio y su fin”.
El barrio Popular Modelo no es ni la sombra
de lo que fue ese otro barrio tranquilo y seguro que yo conocí. Es apenas una
prolongación del centro de la ciudad y una expresión de la necesidad de esa
clase emergente que al principio convirtió sus casas en pequeños negocios como
una alternativa al desempleo, y que luego traspasó su propiedad a comerciantes
mucho más avezados y poderosos que mejoraron el goodwill y transformaron
el sector. Posiblemente los descendientes de los antiguos propietarios han
tenido que migrar, no a otro barrio, sino a otro país.
Un día, alguien en el barrio Corocito puso
un fogón de carbón para vender arepas, y todos le fueron a comprar. Otro vio
los buenos resultados y también montó su venta de arepas, pero diversificó el
negocio con empanadas, papa rellena y plátano asado, y la clientela fue
brotando como si estuviera debajo de las piedras. Más vecinos se acogieron a la
idea, y en menos de una década todo el sector estaba inundado de asaderos de
carne y otros comederos que en el día funcionaron como restaurantes de comida
ejecutiva. Y así fueron llegando los de la comida rápida, la mexicana, la
italiana, la argentina, la cocina de autor; hasta que tuvieron que extenderse
al barrio vecino, es decir, al Popular Modelo. Como este se encuentra dos
estratos por encima de Corocito, los nuevos restaurantes mejoraron la
presentación de sus negocios y cobraron acorde con la estratificación, aunque
en esencia todo fue lo mismo. Como la arquitectura arcaica de las casas no
servía de mucho, optaron por demoler y volver a construir, ya con estructura
liviana, y ese barrio de casas semi coloniales y rejas en punta cambió
totalmente su fisonomía para convertirse en una mini zona rosa con todas sus
implicaciones: tráfico, ruido, inseguridad, invasión de espacio público, mendicidad,
suciedad, escándalos y molestias para los residentes.
Pero más allá de la decadencia de un barrio
otrora paradigma de la familia en ascenso, son muchas las historias por contar
de aquellas aproximadas quince manzanas que constituyen el Popular Modelo; ese
barrio que además es el hermano menor y adinerado de sus semejantes de Berlín y
Corocito. Estos últimos lo rodean y lo contemplan con delectación y envidia. Aspiran
algún día a ser como él, pues saben que no podrán igualar jamás a ese otro
hermano nacido en cuna de oro que tienen a un lado: La Circunvalar. Porque cómo
olvidar que hasta hace poco se consideraba que vivir en la Circunvalar era un
asunto de gente de la high. Con el auge del comercio el sector se ha
consolidado, pero se le ha perdido la clase.
Entre
las historias que se sucedieron en el Popular Modelo durante las casi cuatro
décadas en que he vivido allí, no puedo olvidar la del hombre que mató a su
madre, a su hermana y a su sobrino en la calle primera con carrera once, y que
luego dejó abierta la pipa del gas para incendiar la casa lanzando un fósforo
desde afuera. La explosión fue devastadora. Al hombre, un peligroso drogadicto,
lo capturaron las autoridades y lo condenaron. Fue en la cárcel donde lo
ajusticiaron los demás reclusos. Lo habían considerado un monstruo hasta que
por esos días capturaron a otro sujeto —ese sí el verdadero monstruo—, culpable
de haber violado y asesinado a más de ciento setenta niños en todo el país; de
apellido Garavito y que había estado viviendo tranquilamente en el barrio vecino,
el barrio Berlín, sin que nadie sospechara de sus fechorías.
O la vez que se presentó una balacera en la
calle 2 bis con carrera doce, en un ajuste de cuentas en el que cayó abatido un
joven de una familia prestante que se había metido en malos pasos. No fue el
único. Los muchachos del barrio crecimos, y algunos torcieron su camino,
encontrando un tempranero y trágico final. El hijo de un vecino corrió con esa
suerte. Por fortuna estuve protegido de las malas compañías y eso me salvó de darle
muchos dolores a mis padres. Yo mismo me salvé una vez de la violencia cuando en
el parque del barrio dejaron un petardo dentro de un tarro de pintura con puntillas.
Las esquirlas volaron por todas partes, y yo había acabado de pasar por allí
mientras me dirigía a mi casa.
Tampoco olvido la vez que en esa misma cuadra de la calle 2 bis, donde mataron al muchacho, grabaron las escenas exteriores de una de las películas más mentadas en la ciudad a inicios de la década del dos mil: “Las pereiranas”, con Nacho Vidal. Confieso que me vine a dar cuenta de ese suceso muchos años después, cuando vi el video (por pura curiosidad intelectual) y reconocí al fondo el Parque de La Rebeca mientras desde la carrera doce el camarógrafo seguía a una joven oriunda de mi región, ¡a veinte metros de mi casa! Luego aparecía la muchacha en un apartamento, ya sin minifalda y haciendo toda clase de cabriolas prohibidas para hombres casados. (Por fortuna sigo siendo soltero). Lo que me impactó no fue el hecho de que en ese momento ya filmaran porno colombiano, sino que el equipo de Nacho Vidal estuvo haciendo su producción a un paso de donde yo vivía y ni siquiera me di cuenta. Al menos habría podido ofrecerme como guionista.
Una antigua habitante del barrio se
encontró hace poco con mi vecina “cara de limón” del edificio. Hablaron y
rememoraron momentos alegres de cuando la señora vivió allí. “Ay, mija”, decía
la antigua habitante, “yo daría todo por volver a vivir por aquí. Esto es muy
amañador”. “¡¿Cómo?!”, respondió mi vecina con un dejo de insatisfacción: “eso
era antes, mija. Ya este barrio se puteó. Yo que llevo más de cuarenta años aquí
me voy a ir a vivir a un conjunto cerrado”.
Sabia decisión. Los residentes del Popular
Modelo ya no tenemos vida ni de día ni de noche. Cuando no son los griteríos de
los niños del jardín infantil o los silbidos del instructor de aeróbicos del
gimnasio animando a sus alumnas, es la música electrónica a todo taco del antro
gay o del bar de muchachitos puppies, o el extractor gigante de
la clínica oncológica haciendo su estruendo y contaminando el aire residencial.
Nada que hacer, allí nadie tiene paz. Ni siquiera el vecino de esa casa que
mantiene a oscuras, el que se pasa toda la noche en vela andando de un lado a
otro y asomándose por el visillo de la cortina. Él se da cuenta de todo lo que
ocurre en el barrio; es un espía silencioso. Y es un peligro, porque ese señor
todo lo escribe.
Lástima que de la casa del frente, donde están
las niñas del webcam, no se escuche ni un susurro ni se vislumbre una
sola sombra delatora. Lástima, porque le darían la razón a la vecina, y
entonces ya no sabríamos si cambiarnos de barrio o dejar que se termine de
putear.






Me transporte a aquella época en los inicios del barrio cuando no pasaban muchos carros y la vida era tan apacible, que se podía decir que era un remanso de paz, rodeada de árboles y los niños jugando tranquilamente en la calle, ahora me preguntó que cambio tan grande ha dado nuestro barrio ya no se puede ni dormir en paz, por el bullicio de todos los sitios que han inundado el vecindario, del barrio tranquilo y acogedor ya no queda nada y es así como tu lo dices de manera agradable y jocosa, se puteo el barrio.
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