sábado, 18 de junio de 2022

Con ganas de suicidarnos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Al fin ha llegado el día tan esperado y tan temido. Mañana, domingo 19 de junio, los colombianos elegiremos nuevo presidente de la república. Suponiendo, claro está, que la palabra “elegir” esté correctamente utilizada en este acto. Porque a decir verdad (para felicidad de muchos y tristeza de otros), yo creo que al presidente hace rato nos lo eligieron desde afuera y no nos hemos dado cuenta.

    Si me equivoco mañana y resulta que no gana el candidato de la extrema izquierda, sino que se nos hace el milagrito y en lugar de ello gana el viejo, saldré a decir que cometí un grave error y que juzgué mal. Que mi opinión es completamente sesgada y que esta columna no tiene valor alguno, para que nadie más la vuelva a leer, aunque mucho me temo que yo la seguiré escribiendo con los mismos errores y los mismos sesgos.

    Sí, reconoceré que soy un hombre de poca fe y que el electorado colombiano no es tan imbécil como yo creo que es. Ojalá me equivoque. Ojalá me callen la boca. O en este caso, que se me entumezcan los dedos para no seguir escribiendo sandeces y ustedes no tengan que leerlas. Pero mucho me temo que aquí el presidente ya está puesto, y estas son las razones de mi desalentador pesimismo:



 1. La narrativa de la izquierda. Es indudable que la Internacional Comunista ha hecho un gran trabajo en Latinoamérica cubriendo todos los frentes —especialmente el cultural— para ganar adeptos y simpatizantes que ante los problemas de pobreza, corrupción y violencia que viven estos países, encuentran un bálsamo de consuelo en el discurso izquierdista de la igualdad, la justicia social, la reivindicación de los derechos de las minorías y la lucha contra la opresión. Causas que desde ningún punto de vista se pueden desconocer, sobre todo porque parten de problemáticas reales; sólo que a la izquierda, en lugar de mitigar esas problemáticas, le interesa acrecentarlas más. Así se mantendrá vivo su discurso. Como la lucha contra la pobreza, apelando al odio de clase, de modo que los más pobres se sienten identificados con la idea de que son pobres porque los ricos les han robado su dinero. No importa si se trata de empresarios, o industriales que han hecho su fortuna a pulso. La narrativa les dice que la riqueza de otros les pertenece en partes iguales: la redistribución del ingreso como política central de un sistema socialista es la base de toda expropiación. Y esa narrativa ha logrado salir triunfante en las universidades, los colegios, la academia, los medios de comunicación hegemónicos, las redes sociales y los organismos internacionales que dicen ser de tipo no gubernamental. 



    Así lo afirma Julio César Iglesias en su libro “¿Y si gana Petro?”, que es todo un “manual para sobrevivir a la extrema izquierda” en caso de que mañana resulte vencedora:      

 

Lo que explica la muy probable victoria de Gustavo Petro en las próximas elecciones tiene que ver con el éxito que ha tenido la izquierda más radical en viralizar su narrativa sobre la situación de Colombia, es decir, su explicación sobre el pasado y el presente del país.[1]

 

    De modo que este sector político, al adjudicarse la propiedad de la verdad y querer reescribir la Historia, puede darse el lujo de seguir generando problemáticas que antes no existían, o no eran motivo de conflicto. Por ejemplo, insufla aires de revolución utilizando las diferencias naturales que se pueden presentar en la sociedad con base en las características de la población: sexo, raza, clase social, religión, orientación sexual, educación, ingresos, lugar de procedencia, grupo étnico, etc. Y digo diferencias naturales porque en toda sociedad siempre van a existir las desigualdades. No por nada los seres humanos somos todos diferentes, y la igualdad que se promueve debería ser sólo ante la ley.

    Para la izquierda, en cada una de estas categorías poblacionales, hay un conflicto potencial digno de explotarse, y han sabido cómo hacerlo a través de la narrativa. Lastimosamente, para que un país se desarrolle necesita de menos ideólogos y de más visionarios. Una vez la izquierda llega al poder, los problemas que ella misma ha originado con su narrativa, lejos de solucionarse, se acrecientan, pero vaya si les ha sacado buenos réditos electorales.



    2. Petro ha hecho lo que le ha dado la gana. Así de claro. Si de verdad estas fueran unas elecciones limpias, las instituciones del Estado, que se supone que deben vigilar que haya transparencia electoral, habrían tenido que sancionar a este candidato, o al menos llamarle la atención por haber comenzado a hacer campaña en plaza pública cuando todavía no estaba permitido por el Consejo Nacional Electoral; por reunirse con los directivos de la empresa encargada de aportar el software para el conteo de los votos, lo cual es supremamente grave; por hacer campaña sucia contra sus contendores; por emborracharse en la tarima; por los desmedidos gastos de su campaña política, que aunque no han rebasado el tope, es el candidato que más dinero ha invertido sin que se investigue de dónde salen sus recursos; por ser apoyado por los grupos delincuenciales del país y él mismo aceptar este apoyo; por rodearse de politiqueros corruptos y engrasarse con las maquinarias que toda la vida han detentado el poder y se han robado el país. Pero como es Petro, el candidato de izquierda, el que tiene el buen visto de la CIDH, no pasa nada. Como es el candidato de la Fundación Rockefeller, de la ONU, del Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla, del Socialismo del Siglo XXI y la Internacional Comunista, el globalismo de Soros, y el FEM, no pasa nada. Petro ha hecho y deshecho siendo candidato, y esto nos abre los ojos ante lo que podría hacer siendo presidente. Sus nexos con los politiqueros tradicionales que están siendo investigados por corrupción tampoco son motivo de alarma. Al parecer sus seguidores le aceptan todo, y a sus detractores nos toca tragarnos ese sapo en silencio. Un candidato así no teme perder, pues sabe que pase lo que pase, ya es presidente. No por nada está seguro de que va a ganar las elecciones, y que si no gana alegará fraude, y el país “retornará a las tinieblas”, como él mismo aseguró. Tanto que si pierde, él volvería a sus andanzas de juventud intentando revivir el M19, del cual aseguró que aún conservaba su espíritu. ¿Así de arreglado está el tamal?



    3. La Registraduría Nacional no es garantía de transparencia. Se vio en las elecciones parlamentarias. De la nada le aparecieron más de 390.000 votos al Pacto histórico sin que hubiera un reconteo, sin que desde la orilla opuesta alguien protestara. Ni modo. Se trata de Petro, hay que dejarlo llegar. Así no más, Alexander Vega dijo que fue un error de los jurados y como que aquí no pasó nada grave. Debió renunciar porque no quedó claro lo que sucedió. Después de tres meses, los colombianos aún no tenemos la certeza de quiénes quedaron de congresistas. Con una Registraduría que en cualquier momento puede meter la mano, y un software proveído por INDRA, una empresa cuyos directivos son cercanos al ex guerrillero; no hay garantía de transparencia. Es casi seguro que encontrarán la manera de ponerle los votos que hagan falta.



    4. No hay rival. Del otro lado tampoco podemos esperar mucho. Rodolfo Hernández no tiene una agenda clara, no le podría sostener un debate a Petro, no tiene los datos en la cabeza, y su única arma de campaña es decir que hay que “acabar con todas esas ratas sinvergüenzas de los politiqueros”. Con ese lugar común le ha bastado para llegar a segunda vuelta, y aunque tiene un gran apoyo popular, hace falta más que eso para derrotar a toda esa cofradía de bandidos dispuestos a hacer lo que sea para tomarse el país. A veces pienso que lo del viejito en segunda vuelta fue una jugada de la izquierda para dejar por fuera a Fico Gutiérrez, a quien consideraban el candidato de Uribe. Dejar a Fico eliminado en primera vuelta significó el entierro del uribismo. Y entonces hacen que llegue Rodolfo para enfrentarlo o para acallarlo, como en efecto han hecho. Saben que es más factible proponerle una unión, y aunque el ingeniero no la aceptó para no defraudar a sus electores, en el fondo sabemos que es más afín a Petro de lo que los colombianos creemos. Rodolfo, al igual que el ex guerrillero, también apoya la agenda globalista, la legalización de la droga, y el diálogo con el ELN para terminar dándole los mismos privilegios que se le dieron a las FARC. De modo que Petro está solo en la contienda, no tiene rival. A lo mejor podría perder las elecciones, pero su ejército de violentos urbanos harían que el viejo gobierne para los intereses del Pacto Histórico.



    5. La estupidez humana no tiene límites. Esta es la razón más importante por la que pienso que Petro va a ganar las elecciones, y ojalá me equivoque. El votante colombiano es estúpido. Se deja llevar por las apariencias y las desacreditaciones; por los estilos y la retórica; por la emoción y el sentido de humanidad que le presentan desde afuera. No por nada el partido de Petro se llama la “Colombia Humana”; además del tamal, del ladrillo, de los cien mil pesos o de un puesto de trabajo a cambio del voto para un político que luego te va a desangrar. Los petristas están hechos de la misma sustancia con que se coció el uribismo. Y hasta con ingredientes peores. La desesperación convierte en áulicos a ciudadanos que se dejan llevar por caudillos y reyezuelos, por líderes cuyo culto a la personalidad los convierte en dioses. Así llegaron Hitler y Lenin al poder; Mussolini, Stalin, Hugo Chávez, y posiblemente llegue Petro: gracias a unos esbirros que se dejaron seducir por el canto de sirenas. No sé si llenarme de coraje o dejar salir la risa cuando veo, por ejemplo, a esos maestros de Fecode sumándose a la campaña de Petro. Me cuentan que en las aulas de clase le hacen repetir arengas y cantar coros a los estudiantes en favor de ese encantador de serpientes. Y si no, pregúntenles a los niños del colegio La Asunción en Medellín. Peor todavía esos jóvenes que defienden a capa y espada a su mesías. Universitarios que se supone, tienen criterio para discernir, y aún así se enceguecen ante las evidencias que les muestran. Lo niegan todo, lo justifican, no les importa lo que haga el candidato, pues ese es su salvador y así lo quieren seguir viendo. No hay nada que hacer. Para Petro, es vital que esa estupidez se siga manteniendo para garantizar su llegada al poder.



    Siendo así las cosas, no veo con optimismo la elección de mañana. Aunque confieso que en el fondo albergo la esperanza de que la estratagema no le salga al pacto diabólico y gane el mal menor.

    Pero ¿qué se puede hacer ante nuestras ganas de suicidarnos? Cuando un país elije el socialismo es porque a sus habitantes se los carcome la envidia y el resentimiento, o porque sufren de una incurable estupidez: la misma estupidez de los que piensan que vamos a vivir sabroso odiando la riqueza ajena cuando no podemos fraguar la propia.



[1] Iglesias, Julio César. ¿Y si gana Petro? Guía para sobrevivir a la extrema izquierda. Edición electrónica. Colombia. 2022. P 22.


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