Al fin ha llegado el día tan
esperado y tan temido. Mañana, domingo 19 de junio, los colombianos elegiremos
nuevo presidente de la república. Suponiendo, claro está, que la palabra
“elegir” esté correctamente utilizada en este acto. Porque a decir verdad (para
felicidad de muchos y tristeza de otros), yo creo que al presidente hace rato
nos lo eligieron desde afuera y no nos hemos dado cuenta.
Si me equivoco mañana y
resulta que no gana el candidato de la extrema izquierda, sino que se nos hace
el milagrito y en lugar de ello gana el viejo, saldré a decir que cometí
un grave error y que juzgué mal. Que mi opinión es completamente sesgada y que
esta columna no tiene valor alguno, para que nadie más la vuelva a leer, aunque
mucho me temo que yo la seguiré escribiendo con los mismos errores y los mismos
sesgos.
Sí, reconoceré que soy un
hombre de poca fe y que el electorado colombiano no es tan imbécil como yo creo
que es. Ojalá me equivoque. Ojalá me callen la boca. O en este caso, que se me
entumezcan los dedos para no seguir escribiendo sandeces y ustedes no tengan
que leerlas. Pero mucho me temo que aquí el presidente ya está puesto, y estas
son las razones de mi desalentador pesimismo:
Así lo afirma
Julio César Iglesias en su libro “¿Y si gana Petro?”, que es todo un “manual
para sobrevivir a la extrema izquierda” en caso de que mañana resulte
vencedora:
Lo
que explica la muy probable victoria de Gustavo Petro en las próximas
elecciones tiene que ver con el éxito que ha tenido la izquierda más radical en
viralizar su narrativa sobre la situación de Colombia, es decir, su explicación
sobre el pasado y el presente del país.[1]
De modo que este sector político, al adjudicarse
la propiedad de la verdad y querer reescribir la Historia, puede darse el lujo
de seguir generando problemáticas que antes no existían, o no eran motivo de
conflicto. Por ejemplo, insufla aires de revolución utilizando las diferencias
naturales que se pueden presentar en la sociedad con base en las características
de la población: sexo, raza, clase social, religión, orientación sexual,
educación, ingresos, lugar de procedencia, grupo étnico, etc. Y digo
diferencias naturales porque en toda sociedad siempre van a existir las
desigualdades. No por nada los seres humanos somos todos diferentes, y la
igualdad que se promueve debería ser sólo ante la ley.
Para la izquierda, en cada una de estas
categorías poblacionales, hay un conflicto potencial digno de explotarse, y han
sabido cómo hacerlo a través de la narrativa. Lastimosamente, para que un país
se desarrolle necesita de menos ideólogos y de más visionarios. Una vez la
izquierda llega al poder, los problemas que ella misma ha originado con su
narrativa, lejos de solucionarse, se acrecientan, pero vaya si les ha sacado
buenos réditos electorales.
2. Petro ha hecho lo que le ha dado la
gana. Así de claro. Si de verdad estas fueran unas elecciones limpias, las
instituciones del Estado, que se supone que deben vigilar que haya
transparencia electoral, habrían tenido que sancionar a este candidato, o al menos
llamarle la atención por haber comenzado a hacer campaña en plaza pública
cuando todavía no estaba permitido por el Consejo Nacional Electoral; por
reunirse con los directivos de la empresa encargada de aportar el software para
el conteo de los votos, lo cual es supremamente grave; por hacer campaña sucia
contra sus contendores; por emborracharse en la tarima; por los desmedidos gastos de su campaña política, que
aunque no han rebasado el tope, es el candidato que más dinero ha invertido sin
que se investigue de dónde salen sus recursos; por ser apoyado por los grupos
delincuenciales del país y él mismo aceptar este apoyo; por rodearse de politiqueros
corruptos y engrasarse con las maquinarias que toda la vida han detentado el
poder y se han robado el país. Pero como es Petro, el candidato de izquierda,
el que tiene el buen visto de la CIDH, no pasa nada. Como es el candidato de la
Fundación Rockefeller, de la ONU, del Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla, del
Socialismo del Siglo XXI y la Internacional Comunista, el globalismo de Soros,
y el FEM, no pasa nada. Petro ha hecho y deshecho siendo candidato, y esto nos
abre los ojos ante lo que podría hacer siendo presidente. Sus nexos con los
politiqueros tradicionales que están siendo investigados por corrupción tampoco
son motivo de alarma. Al parecer sus seguidores le aceptan todo, y a sus
detractores nos toca tragarnos ese sapo en silencio. Un candidato así no teme
perder, pues sabe que pase lo que pase, ya es presidente. No por nada está seguro
de que va a ganar las elecciones, y que si no gana alegará fraude, y el país
“retornará a las tinieblas”, como él mismo aseguró. Tanto que si pierde, él
volvería a sus andanzas de juventud intentando revivir el M19, del cual aseguró
que aún conservaba su espíritu. ¿Así de arreglado está el tamal?
3. La
Registraduría Nacional no es garantía de transparencia. Se vio en las
elecciones parlamentarias. De la nada le aparecieron más de 390.000 votos al
Pacto histórico sin que hubiera un reconteo, sin que desde la orilla opuesta
alguien protestara. Ni modo. Se trata de Petro, hay que dejarlo llegar. Así no
más, Alexander Vega dijo que fue un error de los jurados y como que aquí no
pasó nada grave. Debió renunciar porque no quedó claro lo que sucedió. Después
de tres meses, los colombianos aún no tenemos la certeza de quiénes
quedaron de congresistas. Con una Registraduría que en cualquier momento puede
meter la mano, y un software proveído por INDRA, una empresa cuyos directivos
son cercanos al ex guerrillero; no hay garantía de transparencia. Es casi
seguro que encontrarán la manera de ponerle los votos que hagan falta.
4. No hay rival. Del
otro lado tampoco podemos esperar mucho. Rodolfo Hernández no tiene una agenda
clara, no le podría sostener un debate a Petro, no tiene los datos en la
cabeza, y su única arma de campaña es decir que hay que “acabar con todas esas
ratas sinvergüenzas de los politiqueros”. Con ese lugar común le ha bastado para
llegar a segunda vuelta, y aunque tiene un gran apoyo popular, hace falta más
que eso para derrotar a toda esa cofradía de bandidos dispuestos a hacer lo que
sea para tomarse el país. A veces pienso que lo del viejito en segunda
vuelta fue una jugada de la izquierda para dejar por fuera a Fico Gutiérrez, a
quien consideraban el candidato de Uribe. Dejar a Fico eliminado en primera
vuelta significó el entierro del
uribismo. Y entonces hacen que llegue Rodolfo para enfrentarlo o para
acallarlo, como en efecto han hecho. Saben que es más factible proponerle una
unión, y aunque el ingeniero no la aceptó para no defraudar a sus electores, en
el fondo sabemos que es más afín a Petro de lo que los colombianos creemos.
Rodolfo, al igual que el ex guerrillero, también apoya la agenda globalista, la
legalización de la droga, y el diálogo con el ELN para terminar dándole los
mismos privilegios que se le dieron a las FARC. De modo que Petro está solo en
la contienda, no tiene rival. A lo mejor podría perder las elecciones, pero su
ejército de violentos urbanos harían que el viejo gobierne para los intereses
del Pacto Histórico.
5. La estupidez humana no tiene límites. Esta es la razón más importante por la que pienso que Petro va a ganar las elecciones, y ojalá me equivoque. El votante colombiano es estúpido. Se deja llevar por las apariencias y las desacreditaciones; por los estilos y la retórica; por la emoción y el sentido de humanidad que le presentan desde afuera. No por nada el partido de Petro se llama la “Colombia Humana”; además del tamal, del ladrillo, de los cien mil pesos o de un puesto de trabajo a cambio del voto para un político que luego te va a desangrar. Los petristas están hechos de la misma sustancia con que se coció el uribismo. Y hasta con ingredientes peores. La desesperación convierte en áulicos a ciudadanos que se dejan llevar por caudillos y reyezuelos, por líderes cuyo culto a la personalidad los convierte en dioses. Así llegaron Hitler y Lenin al poder; Mussolini, Stalin, Hugo Chávez, y posiblemente llegue Petro: gracias a unos esbirros que se dejaron seducir por el canto de sirenas. No sé si llenarme de coraje o dejar salir la risa cuando veo, por ejemplo, a esos maestros de Fecode sumándose a la campaña de Petro. Me cuentan que en las aulas de clase le hacen repetir arengas y cantar coros a los estudiantes en favor de ese encantador de serpientes. Y si no, pregúntenles a los niños del colegio La Asunción en Medellín. Peor todavía esos jóvenes que defienden a capa y espada a su mesías. Universitarios que se supone, tienen criterio para discernir, y aún así se enceguecen ante las evidencias que les muestran. Lo niegan todo, lo justifican, no les importa lo que haga el candidato, pues ese es su salvador y así lo quieren seguir viendo. No hay nada que hacer. Para Petro, es vital que esa estupidez se siga manteniendo para garantizar su llegada al poder.
Siendo así las cosas, no veo con optimismo la elección de mañana. Aunque confieso que en el fondo albergo la esperanza de que la estratagema no le salga al pacto diabólico y gane el mal menor.
Pero ¿qué se puede hacer ante nuestras ganas
de suicidarnos? Cuando un país elije el socialismo es porque a sus habitantes
se los carcome la envidia y el resentimiento, o porque sufren de una incurable
estupidez: la misma estupidez de los que piensan que vamos a vivir sabroso odiando
la riqueza ajena cuando no podemos fraguar la propia.
[1] Iglesias, Julio César. ¿Y si gana Petro? Guía para sobrevivir a la
extrema izquierda. Edición electrónica. Colombia. 2022. P 22.








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