sábado, 11 de junio de 2022

Entre dos males, el menor

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Siempre existirá el mismo dilema: tener que elegir entre dos alternativas que suponen, cada una por separado, un resultado negativo con sus respectivas consecuencias. Ninguna de dichas alternativas es deseable, sino todo lo contrario. De hecho, en ambas se sacrifica un bien personal o uno común. Hay un costo de oportunidad en esta decisión. No se pueden escoger las dos al tiempo ni se pueden evitar. Lo único seguro es que cualquier camino que se tome conducirá inevitablemente a una derrota; tal vez a la pérdida de la vida misma. No hay ganancia posible, pero es obligatorio elegir una de las dos. Sopesadas las opciones, habrá que determinar cuál de ellas es la que acarrea el menor daño posible. Precisamente ese es el nombre del principio: la ley del mal menor, que consiste en afrontar un dolor para evitar otro peor.


    Remontándonos a la mitología griega, hay que recordar que Ulises tuvo que afrontar este dilema cuando navegaba con sus hombres y tuvo que pasar por un estrecho canal en cuyas orillas opuestas se asentaban dos monstruos marinos que atacarían la embarcación sin clemencia. El uno era Escila, una criatura de pies deformes y seis cabezas que no dudaría en tragarse con cada una de sus bocas a toda especie humana o animal que se acercara por allí. El otro monstruo era Caribdis, quien sorbía y soltaba el agua negra para que toda nave que surcara su orilla se hundiera. Ulises, calculando que era mejor perder unos cuantos hombres y no que todos naufragaran, se arriesga a pasar más cerca de Escila que de Caribdis, perdiendo tan solo a seis de sus compañeros. Tuvo que elegir la alternativa del mal menor y de esta manera la dificultad no estropeó totalmente sus propósitos. De otra forma habrían muerto todos. 
    Fue Aristóteles en el S. IV antes de Cristo el primero que defendió este principio considerando la Virtud como el punto medio entre dos vicios, proponiendo que es aconsejable caer en el vicio menos inicuo cuando no se pueda mantener la recta conducta. Cicerón, en su momento, también defendió el principio del mal menor y lo postuló como un ejemplo de heroísmo antes que como una salida cómoda.
    En la Edad media, el VIII concilio de Toledo apoyó la perpetración de un mal menor ante un peligro inexcusable, entendiendo que había de elegirse el mal que provocara menos culpabilidad. Eso sí, aunque existiera la obligación de cometer el mal menor, no por ello se eximía de la responsabilidad y la culpabilidad, pues igual se estaba cometiendo un mal.
    No son pocos los aspectos de la vida moderna en el que se tiene que apelar a la ley del mal menor. Cuando una enfermedad ataca una parte del cuerpo y amenaza con extenderse y causar la muerte, el mal menor se concreta en la extirpación del órgano afectado o la amputación del miembro gangrenado. 


    En términos del belicismo, se suele decir que la guerra, aunque es un mal muy grande, es a veces el menor de los males, y es inevitable. Al menos así lo refería Orwell cuando hablaba de que "para sobrevivir a menudo debemos pelear, y para hacerlo hay que ensuciarse". Ya nos advertía desde mediados del siglo anterior de la necesidad de sacudirnos de la manipulación a la que nos someten los grandes poderes a través de la utilización del lenguaje y la propaganda, tanto así que consideraba la guerra contra estos enemigos como el mal menor.

 
    El socialismo, esa doctrina perversa que propugna por el control estatal de la propiedad y los medios de producción para "lograr la igualdad política, económica y social de todas las personas", muchas veces ha pretendido enfrentarnos al dilema del mal menor con su consabido y asqueroso lema de: "patria, socialismo o muerte". Tengo mis dudas sobre cuál sería el mal menor en este caso. Pienso que la muerte, frente a la alternativa de vivir en la patria socialista, no sería una opción tan indeseable. 
    Pero no siempre debe entenderse la ley del mal menor como la solución al dilema. Para Putin, por ejemplo, el mal menor está en invadir y destruir a su vecina Ucrania por miedo a que se le meta la OTAN y el globalismo a su territorio, y arropen a sus ciudadanos con el manto de unos valores culturales muy distintos a los que él desea para su nación. Él prefiere la guerra, a la que de seguro considera un mal menor en defensa de sus intereses. 
    El dilema también presenta sus propias debilidades cuando quienes lo promulgan se confunden o se fanatizan y terminan eligiendo el mal mayor. Sucedió en el Holocausto. Las justificaciones de la persecución a los judíos estuvieron precedidas de unas medidas leves que aparentemente eran aceptadas por el pueblo alemán pensando que si no cooperaban, las cosas podrían ser peores. Esas medidas fueron escalando, y el mal menor en el que se pretendió incurrir por evitar una tragedia mayor, alcanzó proporciones tan devastadoras que ya nada hubiera podido resultar peor. El efecto: más de seis millones de judíos asesinados de manera vil en campos de concentración.


    En psicología existe algo llamado Teoría de la Decisión, utilizada en mercadeo y en campañas electorales, y que procura orientar la preferencia del consumidor o el elector mediante comparaciones cuando se presentan dos opciones. Si se presenta una tercera opción con un cierto parecido a una de las dos primeras, el elector tendrá más clara su preferencia, pues podrá establecer paralelos que le sirvan de marco de referencia. Es justamente lo que viene sucediendo en la campaña electoral colombiana, donde se descubrió que uno de los candidatos apeló a una estrategia sucia de desprestigio de su contendor, consistente en relacionarlo hasta el cansancio con una figura decadente de la política nacional para restarle credibilidad: eso es asimilarlo a la tercera opción. Es lo que se conoció en las redes sociales como la "uribización de Rodolfo". Ya saben de qué pacto hablo. 
    En política la opción del mal menor se convirtió en la cruz de cada elección. Especialmente en los países latinoamericanos en donde el socialismo del Siglo XXI se ha expandido como maleza y constantemente amenaza a los países que aún no han incurrido en él. Chile y Perú fueron los dos ejemplos más recientes de cómo la ciudadanía tuvo la oportunidad de elegir un mal menor, puesto que ninguno de los candidatos era bueno, pero se quedaron con el mal mayor. ¿Acaso en Colombia vamos por el mismo camino? Todo parece indicar que sí.
    De mañana en ocho días tenemos elecciones presidenciales, y nuevamente estamos abocados al dilema del mal menor. Por una parte está Gustavo Petro, que bien podría ser el Caribdis de esta epopeya. De otro lado está Rodolfo Hernández, que sería el monstruo de Escila. Con el primero no parece haber lugar a la supervivencia. Con el segundo hay alguna luz de esperanza de que no todos sucumbamos, y que los más ilusos estemos entre los favorecidos. Es decir, el uno es un tiro en el pie, y el otro apenas un tiro al aire, como le escuché decir a un periodista. Aunque ese tiro al aire se nos puede devolver y pegarnos en la cabeza, y ese tiro en el pie a lo mejor pueda tener una curación a tiempo. No se sabe. Lo único cierto y comprobado es la suciedad de una de las campañas y la improvisación de la otra; la falta de ideas y programas; la política rastrera y concebida para favorecer a los mismos que siempre se han beneficiado del engaño al elector; la ambición por llegar al poder como meta final y no como medio para poner la política al servicio del pueblo. 


    Pero también aquí, como en la historia de Ulises, estamos sometidos al principio del mal menor. Ninguno de los candidatos es de mis afectos, no me identifico al cien por ciento con sus propuestas, pero si de escoger se trata, no lo dudo ni un instante. Elijo al que sabe generar riqueza y ha trabajado toda su vida para ello en el sector privado, generando además empleo y prosperidad para muchas familias, en lugar de elegir al que lleva la mitad de su vida delinquiendo y la otra mitad viviendo de la teta del Estado. Ese que dice que es el cambio, pero que no ha sabido generar un peso por su cuenta, porque todo lo ha extraído del sector público, de la plata de nuestros impuestos. Ese que no es capaz de crear un emprendimiento, pero que sí sabe cómo le podría quitar la plata al que produce para repartirla entre quienes tampoco saben producir. Ese jamás. Prefiero el que al menos nos brinda la tranquilidad para seguir en esta democracia endeble por otros cuatro años más. Lo otro es puro cuento de socialistas resentidos y de comunistas frustrados, y ese cuento ya abunda mucho en las universidades públicas y en la academia, donde se lee mucho de utopías pero no se sabe nada de la vida práctica.
    De modo que entre estos dos candidatos me voy por Rodolfo Hernández, que parece ser el mal menor. Un mal que dadas las circunstancias, y ante el peligro del monstruo que nos acecha, podría ser, a la larga, una bendición. 



    Lo otro es la tercera opción, la del voto en blanco dizque para salvar la dignidad: una dignidad que en este caso no sirve ni para limpiarse el trasero, aunque le vendría muy bien a Petro para que Rodolfo deje de sumar. Teniendo en cuenta que en segunda vuelta el voto en blanco no tiene ningún efecto jurídico, que no sirve para nada, es la opción más insensata e irracional que puede existir. Eso sí es votar el voto. Para esa gracia, mejor no votar. Aquí toca escoger, y no nos dejaron de otra. Entre Escila y Caribdis, es preferible hacer lo que hizo Ulises.  

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