El pasado miércoles, 17 de agosto, un grupo
de cuatro autobuses repletos de gente ingresó a la ciudad de Nueva York y terminó
su recorrido directamente en el condado de Manhattan. Aunque los vehículos no
pertenecían a ninguna empresa de transporte adscrita al estado de Nueva York, las
placas de Texas permitieron dilucidar cuál
era el propósito que los traía a la Gran Manzana.[1]
La escena se viene repitiendo con
frecuencia en las últimas semanas: decenas de inmigrantes indocumentados
están arribando provenientes del estado de Texas, desde donde los envían en calidad
de asilados para entrar a formar parte de los miles de “neoyorquinos sin hogar”.
El problema migratorio en los Estados
Unidos se le está saliendo de las manos al gobierno. Parece que desde los
estados fronterizos direccionan a los recién llegados a otros lugares como si
fueran mercancía, especialmente desde Texas a Washington y Nueva York, con el
fin de descongestionar los refugios para inmigrantes que ya no dan abasto en la
frontera.
Una bomba de tiempo se está activando, pues
por mucha que sea la hospitalidad de los gobernantes en los estados demócratas que están recibiendo a los solicitantes de asilo, la verdad es que muy pronto
no tendrán espacio para alojarlos, pues se sabe que son miles los que esperan
su turno y que cada día están ingresando muchos más al país del norte. Esta
situación está desbordando la capacidad de los albergues en Nueva York, por
ejemplo, que luego de la pandemia vieron incrementada su ocupación en un 13% adicional.
Para no rebosarlos más, el alcalde Eric Adams propuso que llevaran a los asilados a varios hoteles de la ciudad. Son más de
1300 habitaciones en trece hoteles y se han reservado 5000 habitaciones más
porque se espera que el flujo de migrantes siga aumentando. ¿Quién corre con todos
estos gastos de hotel y manutención? La administración local,
por supuesto, aunque en realidad eso lo pagan los ciudadanos con sus impuestos.
Se estima que esta situación pasará de ser coyuntural a convertirse en permanente; que los migrantes seguirán arribando a la ciudad que nunca duerme y que para dentro de un año se triplique la cantidad de personas que hay que distribuir en los diferentes albergues y hoteles de la ciudad. No se sabe cómo afectará esto al turismo, a la industria hotelera; cómo impactará a la ciudad en cuanto a condiciones sanitarias y de seguridad de los habitantes. Tampoco se ha previsto cómo será el proceso de adaptación de las personas en una cultura que no conocen, con un idioma que no hablan y con una preparación para desempeñar trabajos que no se sabe si sean los que la ciudad esté demandando. En otras palabras, si realmente la economía pueda resistir una sobreoferta de mano de obra no calificada que conlleve peligrosamente a aumentar la tasa de desempleo, y por ende la pobreza en Nueva York. Dentro de poco se conocerán los resultados de esta política migratoria, y se pronostica que no serán muy buenos, ni para los moradores ya establecidos, ni para los que recién llegan.
Eso de que por ley Nueva York está obligada
a ofrecer refugio a quien lo solicite, va a generar consecuencias muy negativas
a los ciudadanos, que en muchos barrios de la ciudad se están oponiendo a que
se habiliten mas albergues justo cuando Estados Unidos está atravesando la peor
de sus crisis económicas en muchos años. “El país no está bien, no hay
capacidad de recibir a tantos, y menos si toca sostenerlos”, es el clamor
general que se escucha en gran parte de la ciudadanía.
Lo
cierto es que independientemente de las razones humanitarias que hayan hecho
posible la llegada de los asilados a ciudades como Nueva York, no hay duda de
que esto constituye uno de los dolores de cabeza más grandes del gobierno
Biden, que junto al del manejo de la inflación tienen su popularidad por el
piso. Es factible que esa inmigración descontrolada genere un gran problema en
todos los órdenes: en lo económico, lo social y en lo cultural, y ello dejará
una profunda herida en el sentimiento nacionalista de los americanos.
Recibir de manera deliberada a personas de tantas partes, al final, termina convirtiendo a la nación en un sancocho de ingredientes diversos que nadie se quiere consumir. En otras palabras, en un reino en exceso multiculturalista que va a tener de todo, menos un amor verdadero por la patria que lo gestó. Y eso termina por destruirla.
Porque una cosa son los migrantes que
llegaron por sus propios medios, sorteando miles de dificultades, pero
convencidos de lograr su sueño americano aportando con su trabajo a la nación
que los acogió, armonizando con sus valores y sus tradiciones; y otra cosa es
el que llega en oleadas, azuzado y patrocinado por organizaciones con oscuros
intereses, solamente para que un gobierno extranjero los acoja y los sobrelleve
a punta de ayudas humanitarias, pero sin ningún proyecto de adaptarse a la segunda
patria.
Estados
Unidos y Nueva York, en particular, representan todavía una esperanza para
millones de indocumentados que han tenido que salir de su tierra por los malos
gobiernos que ellos mismos ayudaron a encumbrar.
Pero no se crea que esta ilusión de cumplir
el sueño americano es un cuento de hadas. Sólo los que han arribado allí entre
miles de dificultades, y han salido adelante obteniendo un nivel de vida como
para vivir apenas con dignidad, saben del duro sacrificio por el que tienen que
pasar.
Mientras familiares, conocidos y amigos que se quedan en sus países de origen piensan que el sueño americano es una pretensión para “llenarse de billete”, como se dice en Colombia, el inmigrante ha tenido que renunciar a su familia, a sus comodidades, a su profesión, a su autonomía, al estatus ganado en su tierra para insertarse en un sistema en el que él es un cuerpo extraño, y a veces necesario. No son conscientes los otros de cuánta soledad hay que padecer, cuántos desaires, cuánta discriminación, cuánta humillación. Sólo lo sabe el que está allí, abrigado con guantes y gorro en diciembre, a menos diez grados de temperatura, esperando un tren que va repleto de tantos como él.
Sí, mucha gente critica al inmigrante; lo trata como un apátrida o un
cobarde, le quita mérito a su aventura diciendo que irse es la peor forma de
solucionar los problemas porque a donde quiera que vaya lo acompañarán. Pero
nadie sabe la pena que lleva este entre pecho y espalda.
Al final el sacrificio puede valer la pena o no, según como se haya trasegado, según la suerte, qué sé yo. La fiesta nunca es igual para todos, pero es la fiesta. Sólo salen adelante los que mejor se adaptan y entienden el valor que tiene ese sueño que una vez los tentó a dejar la patria de nacimiento.
Y no es un desastre colectivo,
como dicen muchos pensadores y críticos de esos que tanto pululan, pues se
limitan a ver la decadencia de la sociedad del consumo y el derroche, pero
omiten que una vez esa sociedad que tanto amonestan fue salvación para muchos.
Esos que despotrican de los valores capitalistas y libertarios son los primeros
en tocar sus puertas cuando en sus países las cosas van por mal camino. Como
hoy en Colombia, que ha llegado un gobierno cuyos desafueros empobrecedores y cuyo
autoritarismo desmoralizador provocará la diáspora. Y adivinen para dónde
querrán irse los antiyanquies.
Un
amigo muy querido que hace cinco años está allá me dio este consejo que nunca
se me va a olvidar: “si usted quiere triunfar aquí, tiene que vivir 'a la
americana'.”. Vivir “a la americana”, no suena mal. Pero ¿qué es aquello de vivir
“a la americana”? Es vivir de acuerdo a los valores y la cultura propias de ese
país: reconocer sus manifestaciones patrióticas, estudiar lo profundo de su
geografía y de su historia, habituarse a sus costumbres, adaptarse a su clima
con un estoicismo de piedra, aprender su idioma, relacionarse con los nativos
desde una perspectiva de honestidad e integridad a prueba de fuego, y en últimas,
poner en práctica la educación universal de la ética y las buenas maneras. En
otras palabras, no llegar allá pensando en hacer daños, cometer delitos. Porque
el americano valora mucho la actitud del hombre de bien. Y la valora más en un
foráneo.
Centenares de canciones,
novelas, películas, documentales y demás, se han producido sobre aquellos que un
día deciden dejar su patria y embarcarse en un rumbo extranjero. Por estos días
se está estrenando una película en Colombia sobre un hombre que se va en busca
del sueño americano, pensando que se va a forrar en dólares. Luego la
realidad le pega de frente, y entiende que todo cuesta sacrificio, que nada es
fácil y que al final terminará enamorándose de ese sueño si se enamora del
proceso que tiene que vivir.
Estados Unidos, a pesar de lo
que digan quienes lo ven desde la distancia; quienes han estado allí de paso y
se han desagradado con su locura colectiva, con la xenofobia y el racismo de
unos pocos que no representan al americano promedio; quienes odian su invierno,
su verano, sus ratas, sus cocodrilos, osos y mapaches, su idioma enrevesado y
su comida chatarra; Estados Unidos, a pesar de la decadencia en la que lo han
dejado caer sus malos gobernantes con políticas como las de acoger a todo el
que llegue cuando es momento de mirar para adentro, sigue siendo un gran país. Es
el bote que ha salvado la vida de quienes naufragaron en sus barcos. Un bote
que podría estar roto y será cuestión de tiempo para que también se hunda, pero
un bote que al fin y al cabo le dará respiro al foráneo por unas cuantas horas
más. O días, o años, o el resto de su vida.
Por eso uno entiende que a diario lleguen miles de personas intentando entrar en su territorio, porque a pesar de todo sigue representando el último reducto de la libertad. Pero lastimosamente no hay cama para tanta gente, y no puede haberla, pues es imposible que el país del norte pueda recibirlos a todos sin perjudicar a los que ya están.
[1] Andy Newman, Raúl Vilchis. (23 de agosto de 2022). ¿Nueva York sigue
siendo santuario del mundo? Una oleada migratoria lo pone a prueba. The New York Times. https://www.nytimes.com/es/2022/08/23/espanol/migrantes-autobuses-texas-nyc.html







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