sábado, 5 de agosto de 2023

Barbie y la lucha de los sexos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Debo confesar que estuve sentado dos horas viendo la película Barbie. Lo siento, queridos lectores, sé que ustedes esperaban algo más serio de mi parte; que jamás me hubieran imaginado dedicándole tiempo a analizar piezas de un cine tan superficial e intrascendente, dirigido quizás a personas con poco desarrollo del intelecto, pero aunque es muy mala Barbie como película de comedia, es una fuente inagotable de discursos ideológicos dignos de ver con espíritu crítico. De otro modo no se justifican las dos horas de una historia llena de clichés.

    La película se ha convertido por estos días en un fenómeno de las redes sociales y los medios de comunicación, todo porque está de moda. Una moda que, por demás, será tan efímera como la fantasía que propone la historia en sus minutos iniciales, pues luego allí también abrumará la realidad que habrá perjudicado hasta a la muñeca misma.

    Lo curioso de este fenómeno de marketing no es tanto la calidad de la película, de la cual no hablaré porque considero que no soy experto en cine y para eso existen los críticos que podrían dar una mejor reseña. (A mí sólo me pareció que la película tiene una buena estética y una buena fotografía, y hasta ahí llega mi percepción cinéfila). El argumento, muy regular, por cierto, es el mismo mito de La Caverna de Platón. Lo curioso, retomando el punto inicial, es que el bombardeo publicitario en torno a la temática de Barbie haya calado tanto en la mente de sus seguidores, que muchos hasta se han ido disfrazados de Barbies y de ken para ir a ver la proyección en las salas de cine. Curiosa vertiente de ingeniería social que ahora está tomando forma en el séptimo arte.



    Porque Barbie, en sí, no tiene nada de especial. Es más de lo mismo: una película digna de nuestros tiempos decadentes. Por eso no me sorprende que haya causado tanto furor entre el público, compuesto en su mayoría por espectadores que solo van a pasar un rato de entretención sin detenerse a pensar con qué material es que están abonando su cerebro.

    Y parece que a muchos no les molesta que esto sea así. Aceptan que el mundo está tan perdido que no hay para qué molestarse en combatir contra su perdición. Bueno, cada quien es libre de elegir el producto que quiere consumir. Sé que muchas de las mujeres que en su niñez jugaron con Barbie (y quizá hombres) se identifican con la muñeca porque formó parte de las vivencias de su pasado. Además, Barbie es un producto que convoca a gente de todas las generaciones desde los años sesenta hasta nuestros días. Eso sí, hay que advertir que la película no es apta para el público infantil. No sé qué hacen niños de ocho o diez años viéndola y no sé por qué sus padres los llevan sin detenerse a pensar que los están exponiendo a semejante bombardeo de feminismo y a contextos que ellos no están preparados para asimilar aún, a no ser que les expliquen de una forma objetiva que lo que pasa allí no es para nada el reflejo de la realidad y que no deben creerse los mensajes de manipulación no tan cifrados que la película pretende dejar en el aire. 



    Porque si los adultos se han dejado contagiar por la fiebre de Barbie, no digamos cómo están las niñas, que son las que supuestamente conforman su público objetivo. Aellas será mejor seguirles presentando la versión animada. Esta Barbie de carne y hueso es demasiado imperfecta para lo que debiera ser el mundo cándido y mágico de la infancia (como lo era en un principio el mundo de Barbieland). No hay que dejar que se impregnen de las ideologías que están corrompiendo al mundo y que precisamente mantuvieron en pugna a Barbies contra Kens;  lo que en la sociedad actual se equipararía la lucha de los sexos. No es que uno sea un paranoico que ve conspiraciones en todos lados. Qué le hacemos, pues, si es que a eso es a lo que se ha dedicado Hollywood. No por nada su industria está en su peor momento de declive. Barbie, para la muestra, es una película que transpira progresismo a borbotones, (aunque también se burla adrede de eso mismo) y eso no se puede negar ni mucho menos callar. Que no nos culpen, entonces, a los que hacemos juicios críticos sobre una obra, un libro, una serie, una tendencia, una política, o lo que sea, de que somos unos fanáticos que queremos encontrarle la quinta pata al gato cuando lo que hacemos es denunciar una verdad cada vez más evidente: que hay una intención manifiesta de seguir fritándole el cerebro a la gente con ideas progresistas, y esas ideas, como se presentan tan sutiles y tan llenas de buenas intenciones, son las que hay que rechazar con vehemencia.    


    Es que el fenómeno Barbie ha sido tan contagioso, que hasta la Oficina de Comunicaciones de la Presidencia de la República de Colombia sacó el pasado 20 de julio un video promocional con el presidente Petro y su vicepresidente (no vicepresidenta) Francia Márquez con el ánimo de conmemorar nuestro Grito de Independencia, y todo ello inspirado en algunas escenas del trailer de la película. Se preguntarán ustedes qué tenía que ver Barbie con el 20 de julio y la política en Colombia, y yo les digo que mucho: ¿no se dan cuenta? Petro y Francia, y el resto de escuderos de este gobierno viven en el mundo perfecto de la muñeca que más ha vivido sabroso entre todas las muñecas creadas hasta el momento. Ella también tiene su mansión propia, usa zapatos Ferragamo, duerme con almohada de plumas de ganso, y anda en el medio de transporte que le da la gana, incluyendo helicóptero, además de ser la que maneja todo un país compuesto por mujeres felices y empoderadas, en donde los pusilánimes Ken viven aplaudiéndolas sin darse cuenta de cómo los pisotean. Así, trasplantado a la realidad, Colombia es Barbieland; Petro, Francia, y su corte de funcionarios son las Barbies que viven en su burbuja de perfección; y el pueblo raso somos los idiotas y humillados Ken a los que parece que nos gusta que nos maltraten.

    Pero no es de política de lo que vengo a hablar, sino de lo que me dejó la película Barbie y de por qué la considero otra más de las herramientas ideológicas del progresismo, además de toda la polémica que ha generado esta pieza del cine.

    Aparte de sacarme alguna sonrisa baladí, de incordiarme con una que otra contrariedad, de ocupar un tiempo de ocio que bien hubiera podido aprovechar viendo otra película más instructiva, o de proporcionarme el tema que me sirvió como material para escribir esta columna, debo admitir que la película Barbie no le aportó nada significativo a mi vida. Y tampoco tenía por qué hacerlo. Barbie es una de esas comedias light creadas en estos tiempos líquidos para distendernos de nuestras aburridas obligaciones e imbuirnos en un mundo que quisiéramos que fuera más perfecto, como el de Barbieland. Aparentemente, una película que no le hace daño a nadie y que no justifica la magnitud de su crítica. Aparentemente.



   Sólo que hasta en la fantasía de la sociedad sin conflictos puede pasar que el hechizo se rompa y acuda la realidad con toda su carga de “injusticias”. El feminismo, que está presente de principio a fin, intenta hacer una crítica al sistema, pero en lugar de ello termina por hacerse una burla a sí mismo. Por eso la película es cínica y contradictoria; en ocasiones pareciera que fomentara la ideología feminista y en otras pareciera que se riera de ella. Lo que critica no se sostiene, pues simplemente no existe. El “patriarcado” del “mundo real” es tan falso como Barbieland. Lo que se ve es más bien un feminismo de doble filo que reivindica al sistema capitalista en tanto que beneficia a la mujer, y lo ataca en tanto que la “oprime”. Así como la ha empoderado, también le ha impuesto la carga que lleva consigo el sello de la independencia. 

    Porque en la sociedad de nuestros tiempos se rechaza la maternidad, la subordinación al varón, el acto de servir a un hombre, el rol de ama de casa: todo ello ha sido por “la opresión del patriarcado”; ese fantasma al cual demonizan como el culpable de todos los problemas de las mujeres. Pero también suenan las alarmas si a pesar del empoderamiento, la independencia, la superación personal que ha tenido la mujer y su liderazgo en la sociedad, esa mujer no es feliz, se siente sola, insatisfecha, no soporta la presión que le impone el “maldito patriarcado”. Sí, otra vez, porque se necesita a quien echarle la culpa. Cuando la película lo trata de señalar se evidencia de que en realidad no existe ningún patriarcado. Ni siquiera en el “mundo real” a Ken le dieron un empleo por el solo hecho de ser hombre. Por eso el argumento se cae, se disuelve en el aire. “¡Oh, maldito patriarcado que sólo propende por mujeres sumisas y sirvientas! ¡Maldito capitalismo que ha generado toda una legión de mujeres independientes, pero solitarias e infelices!”. Esos son los mensajes que se dejan entrever durante el desarrollo de la película: una lucha por la liberación de las mujeres en un mundo lleno de problemas que aparentemente causan los hombres, aunque en este caso la guerra la hayan propiciado ellas con su manipulación y el poder más grande sobre la faz de la tierra: el poder de la seducción y la belleza femenina. Los Ken, que representan a los hombres del mundo, son los estúpidos, los que se pelean como bestias salvajes, los arrastrados, los eternos simpeadores, los accesorios, el juguete preferido de las Barbies… en otras palabras, la energía negativa, que como no pueden eliminar de Barbieland, la transforman en una sustancia manipulable. No dan a entender en la película la verdadera causa del problema: que han sido las mismas auto-imposiciones de la ideología del empoderamiento lo que ha llevado a la mujer contemporánea a su propia atomización.  

    La primera escena, por ejemplo, es un claro símbolo de ataque contra la maternidad, cuando las niñas destruyen sus muñecas bebés para glorificar el nuevo arquetipo de muñeca a seguir: el de la mujer adulta, soltera, libre, sin familia, sin religión, pero muy hermosa y exitosa materialmente. ¿Y qué opinar del menosprecio que le hicieron a la Barbie embarazada? Había que decir que lo mejor era no mostrarla de a mucho para no seguir fomentando la idea de ser madre en este mundo que apuesta por el antinatalismo 



    Y no es que Barbie haya sido concebida inicialmente así. De hecho, su creadora, Ruth Handler, la fabricó en honor a su hija y le colocó el mismo nombre de esta: Bárbara. Barbie no comenzó siendo un producto feminista. Más bien las feministas la detestaban por “fomentar estereotipos de belleza que causaban frustración a las mujeres que no lograban esos estándares”. Hoy, con el ánimo de equilibrar las cargas de la corrección política, Barbie ha pasado de alentar un ideal de belleza física y hasta intelectual, a ser una víctima del sistema.  El paraíso de fantasía gobernado por ellas se desmorona porque Ken adopta las ideas de ese supuesto sistema en el que el poder lo tenían los hombres, y lo lleva a Barbieland. Lo que me pareció contradictorio es que las Barbies parecían estar más  a gusto cuando le servían la cerveza a sus Ken. Al parecer ese mundo idílico tampoco funcionaba a la perfección. Por algo Barbie decide, al final, dejar de ser la muñeca plástica y convertirse en humana: convertirse en una verdadera mujer, con sus necesidades y deseos de mujer; entre ellas, la de poder ir al ginecólogo.

    Eso sí, nunca se exhorta a la complementariedad de los sexos, sino que por el contrario queda la sensación de que es ineludible esa división en la que no se entiende que hombres y mujeres no vinimos a esta tierra para competir, sino para cooperar. Barbie se va al "mundo real" sola porque nunca quiso al Ken, y además piensa que no lo necesita para salir adelante, como en la vida real. 



   La pregunta que podríamos hacernos es si la película Barbie es un aparato de adoctrinamiento progresista, o una burla hacia esta ideología. Me parece que son las dos cosas, pues los realizadores quieren quedar bien con Dios y con el diablo. Por momentos alienta el deseo del discurso feminista y por momentos lo pisotea, como cuando Ken llora porque dice tener una masculinidad deconstruida, y lo hace de forma tan burlesca, que en lugar de compasión, lo que produce es risa con mezcla de rabia. Y no se crea que esto ha sido un error de producción. La película no se equivocó: el mensaje es ambiguo para generar más confusión y explicar todo desde la perspectiva que más se ajuste a sus intereses. Por eso unos críticos dicen que la película es un panfleto feminista y otros dicen que es todo lo contrario, una bajada de línea al feminismo. Yo pienso que es usar la temática del feminismo como instrumento para seguir haciendo dinero.

    Barbie, recordemos, “es lo que quiere ser”, según lo que convenga. Esta es la ideología que se impone detrás de toda la producción. Sólo que pretende camuflarse entre la ironía y la corrección política. Pese a ello, es obvio que responde a los intereses de la élite que se apropió del cine para hacer cambios culturales.

    Y lo peor, un mensaje en clave de ideología de género en una escena en particular en la que Barbie le está hablando a unos obreros: “No tengo vagina y Ken no tiene pene. No tenemos genitales”. Ah… es que no podía faltar la promoción soterrada del “no binarismo”, en donde no se es ni hombre ni mujer, sino esa cosa manida que nos introdujo la psicología de pacotilla y que se reforzó con el nefasto lema de Barbie para terminar de tostar cerebros adoctrinados: “Tú puedes ser lo que quieras ser”. Sigan fabricando fantasías.

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