Muy
tarde, el primero de enero, cuando el sol ya se había instalado en la cúpula
del cielo y calentaba a su gusto los techos del palacio presidencial, el
presidente Greco se despertó en medio de un calor soporífero y una tremenda
resaca que lo devolvió a una realidad extenuante e indeseable. Las copas y los
excesos de la fiesta de fin de año, ahora le pasaban factura, cuando habría
dado lo que fuera por no tener que despertar. Pero como el calor y el dolor de
cabeza habían hecho mella en su sueño, el presidente pensó que lo mejor era ponerse
en pie otra vez. Ya no sentía agradable su cama, un revoltijo de sábanas y
edredones contaminados por un tufillo pestilente. Se limpió las babas, se puso
su levantadora de seda confeccionada en Milán, y marcó el número de su
asistente desde el teléfono privado de su dormitorio.
—Rodríguez, ya desperté. Que me traigan mi
jugo de arándanos y mi café.
—Sí señor, enseguida. —acató Rodríguez, quien
esperaba con tensión la primera orden del día del presidente, la primera del
año y la primera que le daría a él, que era nuevo en el cargo y justamente ese
primero de enero debía tomar posesión del mismo. Por capricho de Greco, el asistente
de presidencia era nuevo. Al último lo habían echado por filtrar a la prensa ciertas
reuniones y actividades que el presidente no quería que se supieran, de modo
que quedó terminantemente prohibido revelarle a los periodistas acerca de las
actividades del mandatario que este no autorizara a divulgar.
— ¿Y qué diremos cuando nos pregunten sobre
su agenda del día, doctor? —preguntó esa vez el jefe de prensa, temiendo no ser
capaz de enfrentar a los acuciosos medios de comunicación.
—Digan que estoy en agenda privada. Punto.
Así se cumplió la orden al pie de la letra,
y desde hacía tiempo que los fines de semana y uno que otro día laborable,
cuando se advertía la ausencia del gobernante, los medios eran informados de
que el presidente no asistiría a ningún acto público por cuestiones de su
agenda privada.
—Rodríguez —volvió a llamar el presidente—.
Tráigame también mis analgésicos, que no los veo.
—Sí señor —dijo Rodríguez—, se los dejé dentro
del cajón de la mesa de noche.
—Entonces tráigame lo que usted ya sabe. No
se demore.
A media tarde, el presidente había acabado de
salir del baño, todavía con la levantadora y las pantuflas, chorreando agua del
pelo, cuando sonó el teléfono. Era la ministra del deporte.
—Doctor, me informan de Panam Sports que
hasta antier teníamos plazo de cancelar los ocho millones de dólares para la asegurar
la sede de los Juegos Panamericanos. Quieren saber por qué no pagamos la suma.
—Ah, esa joda de los juegos. ¿Y usted qué
les dijo?
—Que estamos haciendo todo lo posible por
pagar a la mayor brevedad.
—No esperan siquiera a que acabe el primero
de enero para cobrar estos descarados —cuestionó el presidente, y mientras se
cambiaba la levantadora por el pantalón tuvo una brillante idea—: Hagamos una
cosa, ministra. Pregúnteles que si es posible contemplar otra sede diferente a Barranquilla.
Que los hagamos en Colombia, pero en varias ciudades. Ni Barranquilla ni Medellín.
Propóngales eso, dígales que el recurso está disponible, y hasta en efectivo si
quieren, pero que queremos hacer unas modificaciones. Ya verá cómo esos angurriosos,
cuando les habla uno de plata, se les encienden los ojos y dicen que sí.
Arrancaron el año necesitados. Proponga eso, ministra.
—Sí, doctor, hablaré con ellos y le estaré
informando —dijo la ministra y colgó.
El presidente soltó una risa burlona.
—Que lloren por sus juegos porque no van a
ser en Barranquilla —murmuró.
El dos de enero, el presidente llegó a su
despacho a las once de la mañana. Ordenó que no le pasaran llamadas, que no
quería ver a nadie. Se sentó en su escritorio, se metió a Twitter y comenzó a
trinar, que era una de las labores de su cargo que más disfrutaba. Realmente no
era una función constitucional, pero el presidente Greco así la sentía. “Palestina
es un territorio que merece la paz. Los niños de Palestina merecen ser felices”,
escribió como primer trino. Lo envió. Al cabo de media hora ya superaba las
sesenta mil lecturas. No estaba nada mal para ser el primero del día. Por la
tarde escribió el segundo: “El país necesita una nueva reforma a la reforma tributaria.
Debemos proteger al empresariado. Hay que bajar la tasa de renta corporativa y
subir la de las personas naturales”.
—Perfecto
—pensó el presidente—. Que comience el 2024 con todo y que paguen todos.
El dos de enero, el presidente llegó a su
despacho a las once de la mañana. Ordenó que no le pasaran llamadas, que no
quería ver a nadie. Se sentó en su escritorio, se metió a Twitter y comenzó a
trinar, que era una de las labores de su cargo que más disfrutaba. Realmente no
era una función constitucional, pero el presidente Greco así la sentía. “Palestina
es un territorio que merece la paz. Los niños de Palestina merecen ser felices”,
escribió como primer trino. Lo envió. Al cabo de media hora ya superaba las
sesenta mil lecturas. No estaba nada mal para ser el primero del día. Por la
tarde escribió el segundo: “El país necesita una nueva reforma a la reforma tributaria.
Debemos proteger al empresariado. Hay que bajar la tasa de renta corporativa y
subir la de las personas naturales”.
—Perfecto
—pensó el presidente—. Que comience el 2024 con todo y que paguen todos.
Media hora más tarde, en pleno ejercicio de
sus aspiraciones cocainísticas, el presidente fue interrumpido por el timbre
del teléfono. Contestó airado.
—¡Rodríguez, le dije claramente que no me
pasara ni una puta llamada!...
—Soy yo, presidente, la ministra del deporte
—contestó la voz al otro lado.
—¡Ministra! —se sorprendió Greco—.
Disculpe, pero ando algo enredado, ¿qué pasó?
—La
gente de Panam Sports dice que ya no van a hacer los juegos en Barranquilla.
—¡Perfecto! —exclamó con júbilo el
presidente—. ¿En qué otras ciudades los vamos a celebrar?
—Es que no serán ni en Barranquilla ni en
ninguna parte. La organización declina la realización de los juegos en
Colombia. Dicen que han sido muchos los incumplimientos y que se van para México
o Paraguay.
— Pero ¡cómo, ministra! ¿Usted no les
propuso lo que yo le dije? Estamos preparados para hacer los juegos en
cualquier parte. Ahí está Nariño, Chocó, Cauca, Boyacá, Cundinamarca, cualquier
otro lugar de La Costa, menos Barranquilla, porque allá están mis enemigos, ni
más faltaba que les voy a dar la gabela para que queden como unos grandes
ejecutores. ¿Usted no les hizo la propuesta? ¿No les ofreció más plata?
—Sí, presidente, pero no aceptaron. Retiraron
la sede, ¿qué vamos a hacer?
—Arrégleme ese problema, ministra. Yo dije
claro que la plata la teníamos siempre y cuando no sea en Barranquilla. Trate
por todos los medios de convencerlos para que no se nos vayan, porque tampoco
nos conviene dar mala imagen. Dígales que tenemos unos centros deportivos muy
buenos en Arauca, en Guainía, en el Putumayo. Acuda al llamado de los actores,
los artistas, los deportistas; a todos para que nos devuelvan los Juegos Nacionales.
—Son los Panamericanos, presidente.
—Sí, esos mismos. No nos los pueden quitar.
Sólo que no puede ser en Barranquilla, allá donde comenzó el gritico ese que lo
están copiando en todas partes. ¡Arregle eso, ministra!
—Pero presidente…
Colgó. Acto seguido, el presidente abrió la
botella de whisky, se sirvió un trago y maldijo su suerte. “Ahora me echarán la
culpa también de este fracaso. Maldito sea mi antecesor, que se compromete y no
me deja con qué hacer los pagos. ¿Por qué no puso los ocho millones de dólares en
su gobierno?” Pensó Greco mientras apuraba el trago y mandaba el vaso contra la
pared.
La noticia del retiro de Barranquilla como sede
de la organización de los Juegos Panamericanos corrió como el agua por todos
los medios, y apenas iban tres días del año cuando ya el escándalo se destapó.
Unos atacaron al presidente y lo señalaron como el gran responsable, mientras
otros minimizaron su culpa: “los incumplimientos en los pagos vienen desde el
gobierno anterior”, dijeron, y así le hicieron creer a una gran parte de la
opinión pública que en realidad el presidente Greco no tenía nada que ver con
la pérdida de los Panamericanos.
—Hay que hacer una reunión de emergencia —solicitó
el presidente, y de inmediato se comunicaron con Panam Sports, con la Gobernación
del Atlántico y con la Alcaldía de Barranquilla. Todos fueron citados con carácter
de urgencia a Bogotá, sólo que el presidente, en lugar de apersonarse de la
situación, envió a la reunión a la timorata ministra del deporte.
—Pida una prórroga, lleguen a un acuerdo,
ofrezca otras sedes alternativas —instruyó el presidente a su ministra—. Si no
queda más remedio que hacer los juegos en Barranquilla, pues acepte, pero que
le den más tiempo. Y cuando se cumpla ese plazo volvemos a pedir tiempo,
enredamos la situación y hacemos responsables a los Carr. Al final, lo único
importante es que el gobierno salga limpio.
—Pero presidente, si ya le echamos la culpa
al gobierno anterior y nadie nos creyó —replicó la ministra,
—Es que su antecesora cometió el error de
dar una entrevista afirmando que me hizo la solicitud del dinero para los
juegos, y que yo se lo negué. Debió haberle echado el agua sucia a Duque, pero
no tiene astucia política. No sé en qué estaba pensando cuando la puse en ese
cargo.
La reunión no terminó en nada. Panam Sports
se mantuvo en su postura de llevarse los juegos para otra parte. No confiaban
en el gobierno de Greco, no tenían por qué andar rogando por los pagos como si
fueran ellos una agencia de cobros, cuando a su disposición tenían a varias ciudades
que se desvivían por obtener el derecho a ser sede de los Panamericanos.
Barranquilla había perdido su oportunidad. Tal vez reconsideraran su postura,
pero al mismo tiempo iban a considerar las ofertas de Asunción, Monterrey y Lima.
Al final, el país perdería nuevamente: el deporte,
el turismo, el comercio, la juventud y la niñez, el futuro mismo de la ciudad,
ya que estos juegos hubieran dejado una semilla plantada en el espíritu de
superación de aquellos niños con deseos de salir adelante en alguna disciplina
deportiva.
El presidente Greco se encerró en su
despacho después de escuchar los noticieros y ver cómo su imagen terminaba de
consumirse. El fracaso por haber perdido la sede de los juegos no se lo
perdonarían, pero él tampoco estaría dispuesto a dejar que sus enemigos
políticos se salieran con la suya. “¿Cómo podemos hacer unos juegos que cuestan
millones de dólares cuando tenemos niños muriendo de hambre? ¿Por qué no
entienden eso?”, trató de justificarse.
Pero el que no entendía era él, que como no
tenía idea de generar riqueza, no sabía que primero había que invertir para
después obtener ganancias. No sabe que el problema del hambre no se soluciona
con subsidios, sino con generación de oportunidades para salir de la pobreza. Y
esas oportunidades, en gran parte, habrían podido brindarlas los Juegos Panamericanos
del 2027.
—De todas maneras, no iba a darse en mi
gobierno, así que no se perdió nada —concluyó el presidente Greco antes de irse
a la cama con su tradicional “perico” (café con leche).
—A no ser —pensó en voz alta— que pudiera
ser reelegido, y entonces ya sería otro cantar.
Esa
noche, el presidente Greco no durmió por andar pensando en cómo diablos iba a
proponer una reforma a la Constitución para aspirar a un segundo mandato.





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