sábado, 6 de enero de 2024

El presidente contra Barranquilla

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Muy tarde, el primero de enero, cuando el sol ya se había instalado en la cúpula del cielo y calentaba a su gusto los techos del palacio presidencial, el presidente Greco se despertó en medio de un calor soporífero y una tremenda resaca que lo devolvió a una realidad extenuante e indeseable. Las copas y los excesos de la fiesta de fin de año, ahora le pasaban factura, cuando habría dado lo que fuera por no tener que despertar. Pero como el calor y el dolor de cabeza habían hecho mella en su sueño, el presidente pensó que lo mejor era ponerse en pie otra vez. Ya no sentía agradable su cama, un revoltijo de sábanas y edredones contaminados por un tufillo pestilente. Se limpió las babas, se puso su levantadora de seda confeccionada en Milán, y marcó el número de su asistente desde el teléfono privado de su dormitorio.

    —Rodríguez, ya desperté. Que me traigan mi jugo de arándanos y mi café.

    —Sí señor, enseguida. —acató Rodríguez, quien esperaba con tensión la primera orden del día del presidente, la primera del año y la primera que le daría a él, que era nuevo en el cargo y justamente ese primero de enero debía tomar posesión del mismo. Por capricho de Greco, el asistente de presidencia era nuevo. Al último lo habían echado por filtrar a la prensa ciertas reuniones y actividades que el presidente no quería que se supieran, de modo que quedó terminantemente prohibido revelarle a los periodistas acerca de las actividades del mandatario que este no autorizara a divulgar.

    — ¿Y qué diremos cuando nos pregunten sobre su agenda del día, doctor? —preguntó esa vez el jefe de prensa, temiendo no ser capaz de enfrentar a los acuciosos medios de comunicación.

    —Digan que estoy en agenda privada. Punto.

    Así se cumplió la orden al pie de la letra, y desde hacía tiempo que los fines de semana y uno que otro día laborable, cuando se advertía la ausencia del gobernante, los medios eran informados de que el presidente no asistiría a ningún acto público por cuestiones de su agenda privada.

    —Rodríguez —volvió a llamar el presidente—. Tráigame también mis analgésicos, que no los veo.

    —Sí señor —dijo Rodríguez—, se los dejé dentro del cajón de la mesa de noche.

    —Entonces tráigame lo que usted ya sabe. No se demore.



    A media tarde, el presidente había acabado de salir del baño, todavía con la levantadora y las pantuflas, chorreando agua del pelo, cuando sonó el teléfono. Era la ministra del deporte.

    —Doctor, me informan de Panam Sports que hasta antier teníamos plazo de cancelar los ocho millones de dólares para la asegurar la sede de los Juegos Panamericanos. Quieren saber por qué no pagamos la suma.

    —Ah, esa joda de los juegos. ¿Y usted qué les dijo?

    —Que estamos haciendo todo lo posible por pagar a la mayor brevedad.

    —No esperan siquiera a que acabe el primero de enero para cobrar estos descarados —cuestionó el presidente, y mientras se cambiaba la levantadora por el pantalón tuvo una brillante idea—: Hagamos una cosa, ministra. Pregúnteles que si es posible contemplar otra sede diferente a Barranquilla. Que los hagamos en Colombia, pero en varias ciudades. Ni Barranquilla ni Medellín. Propóngales eso, dígales que el recurso está disponible, y hasta en efectivo si quieren, pero que queremos hacer unas modificaciones. Ya verá cómo esos angurriosos, cuando les habla uno de plata, se les encienden los ojos y dicen que sí. Arrancaron el año necesitados. Proponga eso, ministra.

    —Sí, doctor, hablaré con ellos y le estaré informando —dijo la ministra y colgó.

    El presidente soltó una risa burlona.

    —Que lloren por sus juegos porque no van a ser en Barranquilla —murmuró.

    El dos de enero, el presidente llegó a su despacho a las once de la mañana. Ordenó que no le pasaran llamadas, que no quería ver a nadie. Se sentó en su escritorio, se metió a Twitter y comenzó a trinar, que era una de las labores de su cargo que más disfrutaba. Realmente no era una función constitucional, pero el presidente Greco así la sentía. “Palestina es un territorio que merece la paz. Los niños de Palestina merecen ser felices”, escribió como primer trino. Lo envió. Al cabo de media hora ya superaba las sesenta mil lecturas. No estaba nada mal para ser el primero del día. Por la tarde escribió el segundo: “El país necesita una nueva reforma a la reforma tributaria. Debemos proteger al empresariado. Hay que bajar la tasa de renta corporativa y subir la de las personas naturales”.

    —Perfecto —pensó el presidente—. Que comience el 2024 con todo y que paguen todos.



    El dos de enero, el presidente llegó a su despacho a las once de la mañana. Ordenó que no le pasaran llamadas, que no quería ver a nadie. Se sentó en su escritorio, se metió a Twitter y comenzó a trinar, que era una de las labores de su cargo que más disfrutaba. Realmente no era una función constitucional, pero el presidente Greco así la sentía. “Palestina es un territorio que merece la paz. Los niños de Palestina merecen ser felices”, escribió como primer trino. Lo envió. Al cabo de media hora ya superaba las sesenta mil lecturas. No estaba nada mal para ser el primero del día. Por la tarde escribió el segundo: “El país necesita una nueva reforma a la reforma tributaria. Debemos proteger al empresariado. Hay que bajar la tasa de renta corporativa y subir la de las personas naturales”.

    —Perfecto —pensó el presidente—. Que comience el 2024 con todo y que paguen todos.

    Media hora más tarde, en pleno ejercicio de sus aspiraciones cocainísticas, el presidente fue interrumpido por el timbre del teléfono. Contestó airado.

    —¡Rodríguez, le dije claramente que no me pasara ni una puta llamada!...

    —Soy yo, presidente, la ministra del deporte —contestó la voz al otro lado.

    —¡Ministra! —se sorprendió Greco—. Disculpe, pero ando algo enredado, ¿qué pasó?

    —La gente de Panam Sports dice que ya no van a hacer los juegos en Barranquilla.

    —¡Perfecto! —exclamó con júbilo el presidente—. ¿En qué otras ciudades los vamos a celebrar?

    —Es que no serán ni en Barranquilla ni en ninguna parte. La organización declina la realización de los juegos en Colombia. Dicen que han sido muchos los incumplimientos y que se van para México o Paraguay.

    — Pero ¡cómo, ministra! ¿Usted no les propuso lo que yo le dije? Estamos preparados para hacer los juegos en cualquier parte. Ahí está Nariño, Chocó, Cauca, Boyacá, Cundinamarca, cualquier otro lugar de La Costa, menos Barranquilla, porque allá están mis enemigos, ni más faltaba que les voy a dar la gabela para que queden como unos grandes ejecutores. ¿Usted no les hizo la propuesta? ¿No les ofreció más plata?

    —Sí, presidente, pero no aceptaron. Retiraron la sede, ¿qué vamos a hacer?

    —Arrégleme ese problema, ministra. Yo dije claro que la plata la teníamos siempre y cuando no sea en Barranquilla. Trate por todos los medios de convencerlos para que no se nos vayan, porque tampoco nos conviene dar mala imagen. Dígales que tenemos unos centros deportivos muy buenos en Arauca, en Guainía, en el Putumayo. Acuda al llamado de los actores, los artistas, los deportistas; a todos para que nos devuelvan los Juegos Nacionales.

    —Son los Panamericanos, presidente.

    —Sí, esos mismos. No nos los pueden quitar. Sólo que no puede ser en Barranquilla, allá donde comenzó el gritico ese que lo están copiando en todas partes. ¡Arregle eso, ministra!

    —Pero presidente…



    Colgó. Acto seguido, el presidente abrió la botella de whisky, se sirvió un trago y maldijo su suerte. “Ahora me echarán la culpa también de este fracaso. Maldito sea mi antecesor, que se compromete y no me deja con qué hacer los pagos. ¿Por qué no puso los ocho millones de dólares en su gobierno?” Pensó Greco mientras apuraba el trago y mandaba el vaso contra la pared.

    La noticia del retiro de Barranquilla como sede de la organización de los Juegos Panamericanos corrió como el agua por todos los medios, y apenas iban tres días del año cuando ya el escándalo se destapó. Unos atacaron al presidente y lo señalaron como el gran responsable, mientras otros minimizaron su culpa: “los incumplimientos en los pagos vienen desde el gobierno anterior”, dijeron, y así le hicieron creer a una gran parte de la opinión pública que en realidad el presidente Greco no tenía nada que ver con la pérdida de los Panamericanos.

    —Hay que hacer una reunión de emergencia —solicitó el presidente, y de inmediato se comunicaron con Panam Sports, con la Gobernación del Atlántico y con la Alcaldía de Barranquilla. Todos fueron citados con carácter de urgencia a Bogotá, sólo que el presidente, en lugar de apersonarse de la situación, envió a la reunión a la timorata ministra del deporte.

    —Pida una prórroga, lleguen a un acuerdo, ofrezca otras sedes alternativas —instruyó el presidente a su ministra—. Si no queda más remedio que hacer los juegos en Barranquilla, pues acepte, pero que le den más tiempo. Y cuando se cumpla ese plazo volvemos a pedir tiempo, enredamos la situación y hacemos responsables a los Carr. Al final, lo único importante es que el gobierno salga limpio.

    —Pero presidente, si ya le echamos la culpa al gobierno anterior y nadie nos creyó —replicó la ministra,

    —Es que su antecesora cometió el error de dar una entrevista afirmando que me hizo la solicitud del dinero para los juegos, y que yo se lo negué. Debió haberle echado el agua sucia a Duque, pero no tiene astucia política. No sé en qué estaba pensando cuando la puse en ese cargo.



    La reunión no terminó en nada. Panam Sports se mantuvo en su postura de llevarse los juegos para otra parte. No confiaban en el gobierno de Greco, no tenían por qué andar rogando por los pagos como si fueran ellos una agencia de cobros, cuando a su disposición tenían a varias ciudades que se desvivían por obtener el derecho a ser sede de los Panamericanos. Barranquilla había perdido su oportunidad. Tal vez reconsideraran su postura, pero al mismo tiempo iban a considerar las ofertas de Asunción, Monterrey y Lima.

    Al final, el país perdería nuevamente: el deporte, el turismo, el comercio, la juventud y la niñez, el futuro mismo de la ciudad, ya que estos juegos hubieran dejado una semilla plantada en el espíritu de superación de aquellos niños con deseos de salir adelante en alguna disciplina deportiva.

    El presidente Greco se encerró en su despacho después de escuchar los noticieros y ver cómo su imagen terminaba de consumirse. El fracaso por haber perdido la sede de los juegos no se lo perdonarían, pero él tampoco estaría dispuesto a dejar que sus enemigos políticos se salieran con la suya. “¿Cómo podemos hacer unos juegos que cuestan millones de dólares cuando tenemos niños muriendo de hambre? ¿Por qué no entienden eso?”, trató de justificarse.

    Pero el que no entendía era él, que como no tenía idea de generar riqueza, no sabía que primero había que invertir para después obtener ganancias. No sabe que el problema del hambre no se soluciona con subsidios, sino con generación de oportunidades para salir de la pobreza. Y esas oportunidades, en gran parte, habrían podido brindarlas los Juegos Panamericanos del 2027.

    —De todas maneras, no iba a darse en mi gobierno, así que no se perdió nada —concluyó el presidente Greco antes de irse a la cama con su tradicional “perico” (café con leche).

    —A no ser —pensó en voz alta— que pudiera ser reelegido, y entonces ya sería otro cantar.  

    Esa noche, el presidente Greco no durmió por andar pensando en cómo diablos iba a proponer una reforma a la Constitución para aspirar a un segundo mandato.



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