Hace seis meses, miércoles 21
de junio de 2023, para ser exactos, se produjo una noticia que, en otra época
menos liberal y desapegada de toda fe en Dios, habría suscitado un escándalo a
nivel mundial: la ONU revisó el informe “Madrigal” sobre el uso del ejercicio
de la libertad religiosa, concluyendo que era una violación a los derechos
LGBT, y le dio la razón a su autora. En síntesis, el Consejo de Derechos
Humanos de la ONU admitió que la religión viola los derechos de las minorías
como la del lobby gay. Encontró que existen “contradicciones percibidas
entre la libertad de religión y la protección contra la violencia y la
discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género”.[1] Así
las cosas, la “narrativa progresista” que hoy abandera Naciones Unidas, estará
siempre por sobre la “narrativa religiosa” que esta misma unión censura.
Yo no escuché en aquel
entonces a ninguna institución de carácter religioso, a ninguna iglesia
cristiana, a ningún sacerdote católico, ni al Vaticano mismo, tan afín a la
ideología de la ONU, pronunciarse en contra de aquella determinación: que la
religión cristiana es un discurso de odio. El hecho es que el cristianismo cada
día sigue perdiendo más y más adeptos, y los pocos que se mantienen firmes en
su fe están comenzando a sentir temor ante la ola de persecución religiosa que
se les va a venir encima. Si ya la ONU decretó que la religión cristiana promueve
el discurso de odio, su siguiente paso, y sobre el cual está trabajando muy
asiduamente, es el de condenar, censurar y perseguir a todo individuo u
organización que predique la palabra de Dios. En aras de defender los derechos
de un lobby a los que nadie se está interponiendo legalmente, la
religión, que promueve unos valores de vida contrarios a la ideología LGBT, no
tardará en ser expresamente prohibida.
Lo interesante del informe en
cuestión no es tanto que la ONU, modelo de la secularización a nivel mundial,
se haya opuesto a la fe cristiana, pues esa postura ya la ha venido tomando
desde hace rato, sino la forma como lo hacen sus burócratas: a través de una
capacidad discursiva, retórica e imaginativa que ha excedido todos los límites.
Como ya no saben qué inventar para destruir la civilización occidental
cristiana, ahora se inventan que la doctrina de Cristo es antiderechos, y para
ello hacen acopio de todos los recursos de la palabra que pueden utilizar
mediante la tergiversación y la manipulación, en la cual son expertos.
Resulta que la ideología
posmodernista no calza con las enseñanzas de la Biblia, lo cual tiene muy
molestos a estos progres, que ven incompatibles las enseñanzas de un personaje
como el apóstol Pablo, por ejemplo, con las teorías deconstructivistas de estos
tiempos en decadencia que quieren a toda costa imponer como si fueran una cosa
de obligatorio entendimiento y aceptación. La no admisión de sus teorías por
parte de una gran mayoría cristiana implica que se está fomentando la
discriminación y la violencia contra quienes promueven los postulados del
posmodernismo: igualdad, inclusión y diversidad.
Para la señora Madrigal,
autora del informe que lleva su nombre y que la ONU acogió en su seno como si
fuera un dogma revelado, la religión solamente admite la heteronormatividad, lo
cual “permite, promueve y tolera la violencia institucional y personal y
discriminación contra las personas por su orientación sexual o género”.[2]
Afirma también que esto ha resultado en “una variedad de construcciones
normativas discriminatorias reforzadas a lo largo del tiempo”. Se queja de las
actitudes anti-LGBT de las corrientes religiosas, las cuales no admiten las
identidades diversas dentro de sus sistemas de creencias, siendo que un
principio esencial de la fe es amar al prójimo como a sí mismo.
A la señora Madrigal, experta
en Identidad de género, no le explicaron que ni la religión ni la Biblia, ni
las iglesias cristianas atacan a las personas por la orientación sexual que han
decidido elegir libremente. Lo que sí no es posible admitir ni tolerar, porque
dentro de los sistemas de creencias constituye una grave falta a la moral
cristiana, es la actitud, la conducta, el hecho de incurrir en prácticas
homosexuales. Dos cosas diferentes. Las iglesias censuran el acto, no la
persona. No se rechaza jamás al cristiano que por alguna razón ha incurrido en
esta conducta y quiere cambiar su estilo de vida. No sé en dónde está el
discurso de odio que alega insertarse en la ideología cristiana.
¿Que la religión le quita la
libertad al hombre al impedirle asumir su orientación sexual como él quiere?
Antes bien, la Biblia enseña que Dios le dio al hombre el libre albedrío para
que tuviera el discernimiento entre lo que está bien y lo que está mal, y
asimismo es el hombre el que elije cómo vivir. Desde luego, al ponerse por
fuera de las leyes de Dios, no es factible esperar que la doctrina cambie su
postura para que el pecador sea perdonado y aceptado. Así no funciona ninguna
fe religiosa. Es al contrario. La persona es quien debe amoldarse a las leyes
divinas, al sistema de sus creencias, de la fe que quiere profesar, porque todo
en la vida está regido por normas. Aceptar a Dios en el corazón implica dejar
de cometer los actos que Dios aborrece. Y los aborrece porque son
antinaturales, porque contradicen el principio de la vida, porque la unión
entre dos personas del mismo sexo no deviene en la alianza sagrada que Dios
estableció y que es llamada matrimonio, que proviene de la palabra Madre,
que es dadora de vida. No hay en la religión violación contra los derechos de
ningún grupo humano, no se promueve rechazo ni discriminación contra persona
alguna. Antes bien, la religión invita a la unión con Cristo, a llevar una existencia sin mácula, a seguir el ejemplo de Jesús.
Pero pretender culpar a la
religión por la violencia contra las personas homosexuales, y encima obligarla
prácticamente a cambiar sus postulados de fe para que estas personas no se sientan
discriminadas equivale a pretender cambiar las leyes de una empresa,
organización o país para que se adapten a mis gustos y preferencias, a mi
estilo de vida, a mi declaración de principios personales. Si la organización
no hace esto, ¿tendría yo el derecho de acusarla de violenta y discriminatoria
porque no me acepta como soy?
Tengo muchos conocidos y
amigos cuya orientación sexual es diferente a la heterosexual, que es la única
que acepta la iglesia. Pero independientemente de sus pecados y de los que
cometemos los demás, todos nos reconocemos igualmente pecadores ante Dios. No
es que haya unos pecados que se puedan pasar por alto y otros no. Desde luego,
los hay más graves, pero la postura religiosa siempre está llamada a amar al
pecador y rechazar al pecado, lo cual no quiere decir que para hacer sentir
amado al pecador la religión tenga que modificar sus estructuras y validar en ellas
la aceptación del pecado, transformándolo en una virtud, o en una condición
normal de cualquier cristiano.
La libertad que Dios le dio al
hombre es tan grande, que el hombre puede elegir no ser cristiano si acaso no
le gusta la fe cristiana. Dios puede cambiar al hombre, pero el hombre jamás
podrá cambiar a Dios, aunque se lo fabrique a la medida.
A pesar de que han corrido
seis meses desde el análisis del informe Madrigal por parte del Consejo de
Derechos Humanos de la ONU, lo he vuelto a traer de vuelta en este espacio
porque de llegarse a convertir estas recomendaciones en una política legal a
nivel internacional, los cristianos-católicos, los cristianos-evangélicos y
otras denominaciones religiosas estaremos asistiendo al fin de la profesión de
nuestra fe.
A las minorías sexuales nadie
les está negando el derecho de disfrutar de su sexualidad y buscar su felicidad
como bien lo consideren. Legalmente, a ninguna persona se le puede discriminar
por efectos de su orientación sexual, de modo que no cabe la etiqueta que le
imponen a las iglesias cristianas rotulándolas como antiderechos. Si la religión está en contraposición con la conducta de las personas
homosexuales, no es para generar ningún acto de violencia o discriminación,
sino para alentar una conducta de vida compatible con el punto de vista ético y
moral.
En caso de que los gobiernos
interfieran en los asuntos religiosos, como efectivamente pasa en lugares como
China, vendrá a tomar forma la pérdida del derecho a la libertad religiosa. Un
sacerdote o pastor ya no podrá, desde el púlpito, enseñar la Palabra de Dios
según como lo enseña la Biblia por temor a ser perseguido, y de hecho ya está
sucediendo en países como Nicaragua, y hace poco, en México, a un sacerdote se
le prohibió hablar mal contra la ideología de género porque supuestamente
estaba dando un discurso de odio.
Me quedan algunas preguntas: ¿debe suprimirse la libertad religiosa para darle relevancia a otra religión, como lo es la ideología de género? ¿Debe una persona creyente abstenerse de opinar a la luz de su fe sólo para no molestar a quienes no piensen de la misma manera? ¿Tiene menos derechos un cristiano por ser cristiano que una persona adscrita a la corriente LGBT por ser precisamente LGBT? ¿Deben las iglesias modificar sus dogmas de fe para normalizar las conductas que hoy son consideradas como pecados con el objeto de que las minorías sexuales no se sientan vulneradas en sus derechos? ¿Entrará el mundo en una época de Nueva Inquisición al revés en donde comenzarán a quemarse las biblias? ¿El problema es obedecer el mandato de Dios o aceptar las transgresiones de los hombres? ¿Quién está detrás de la persecución, no contra el lobby LGBT, sino contra los cristianos? Sería bueno que alguien respondiera.






No hay comentarios.:
Publicar un comentario