En la tarde de hoy me disponía
a redactar la columna que, como es costumbre, escribo cada sábado y luego subo a
este blog para dejarla a consideración de mis cuatro lectores infaltables: mi
mamá; mi amigo Rupertino; mi amiga Cata, La progre; y un odiador
de izquierda que sólo me sigue para dejarme insultos en los comentarios, aunque
por su manera de hacerlo, estoy sospechando que se trata de una cuenta
duplicada por la misma Cata, esa amiga mía que parece guardarme un rencor
sincero y que nunca me abandona.
Así las cosas, mis lectores no
serían sino tres, pero todos de muy buena calidad. ¿Para qué más?
Porque hay que ser demasiado
buenista, demasiado estúpido, demasiado cobarde, o demasiado alcahueta para
pronunciarse como se están pronunciando hoy algunos políticos de la oposición y
algunos periodistas que han trinado sobre la supuesta muerte de esta señora. Y
digo supuesta porque a mí, hasta hoy sábado 20 de enero a las cinco de la
tarde, no me consta que se haya muerto. Es una información que están dando en
los noticieros y en las redes sociales, pero habrá que ver para creer. Con
tantos engaños a los que estamos expuestos los habitantes del planeta, yo hasta
dudo de la muerte de Kissinger, que parecía que nunca se iba a morir. Sobre
esto hablaré más adelante.
Lo que sí creo es que la
corrección política nos ha arruinado tanto la vida, que cuando se muere un
enemigo político, que aparte es una persona de mala entraña, salimos a lamentar
su muerte y a desear que descanse en paz, cuando todos sabemos que esta señora,
por más muerta que esté, nunca va a tener paz en su alma: se fue sin pagar por
sus fechorías, sin confesar sus delitos y sin arrepentirse; razones suficientes
para revolcarse en su tumba por el resto de la eternidad. Se fue vistiendo el
traje de la impunidad.
Pocos dicen las cosas como
son. Yo entiendo a los medios, que no quieren ganarse una demanda por presunta
difamación, pues hasta que un juez no condene, el medio no puede condenar. Pero
tampoco es razón para que ahora que se murió esta señora salgan a exigir
respeto por su figura. Por Piedad Córdoba, quien no respetó a los que pensaban
diferente a como ella pensaba. Y los políticos de la oposición bastante tibios.
En especial los del Centro Democrático, que hasta ahora asumen una posición de
mucho respeto para con la muerte de este personaje, y hasta alguien por ahí la
llamó “mujer combativa”. Para más fue el senador del partido verde, JP
Hernández, quien dio un comunicado sin un ápice de autocensura y dijo lo que
pensaba de ella. Por cierto, la "honorable parlamentaria" le cambió alguna vez
las iniciales a JP por las de HP en un aparente lapsus lingüístico, y eso dijo de él: que era un HP. A ella no le
costaba nada acudir al lenguaje soez si este le era de utilidad. Ya conocimos
de su lengua viperina, y no sería nada raro si la muerte de la ex senadora hubiese
sido el resultado de habérsela mordido.
Porque hay que ver quién fue
en realidad Piedad Córdoba, o como la llamaban en los computadores del terrorista
Raúl Reyes, Teodora de Bolívar. Era ella quien le daba instrucciones al segundo
de las Farc sobre cómo debían presentar a los secuestrados ante los medios;
sobre quién debía y no debía salir del cautiverio. Ella, toda una comandante de
la organización, hacía política con la vida de los secuestrados fungiendo como
mediadora entre el gobierno y las Farc, aunque era una soterrada guerrillera de
ese grupo criminal.
Además, amiga íntima del
dictador Chávez, a quien defendía a capa y espada, apoyando incluso que el
pueblo hiciera filas eternas para recibir comida si así lo requería “la
revolución socialista” que tanto pregonaba. Desde luego, ella nunca tendría que
hacer ninguna fila, pues el tirano Chávez hacía desocupar los centros
comerciales para que ella comprara a sus anchas. Y comprar es un decir, porque
todo se lo regalaba el régimen. Era una chavista consumada, y ya con eso es
suficiente para decir que era una mala persona. También apoyaba a Maduro, el
jefe del Cartel de los Soles, por quien el Departamento de Estado ofrece una
recompensa de quince millones de dólares por información que permita su captura,
y no olvidemos su entrañable amistad con su socio Alex Saab, el empresario
testaferro del régimen de Maduro, recientemente liberado gracias a la ineptitud
y la complacencia con la dictadura socialista del presidente Biden.
Piedad era toda una joyita. Se
vio envuelta en los escándalos de la Farcpolítica, un proceso que apenas iba a
reventar después de más de quince años. Estaba siendo investigada por peculado
por apropiación, falsedad en documento público y enriquecimiento ilícito. Su
hermano confesó que era un narco, y los Estados Unidos le tenían la mira puesta
a la senadora, a quien le estaban preparando un pedido de extradición siguiendo
el hilo conductor del familiar mafioso. Esta señora estaría involucrada en esos
mismos torcidos. No nos olvidemos que a la misma Piedad le encontraron el
equivalente a doscientos millones de pesos dentro de su turbante cuando trató
de ingresarlos a Honduras, y otro tanto escondido en unos cuadros. ¿Por qué no
declaró ese dinero? ¿De dónde lo había obtenido? No pudo justificarlo y por eso
dejó que se lo confiscaran. La hermana de Piedad Córdoba también intentó entrar
a la cárcel de La Picota un dinero escondido en su entrepierna, seguro para
finiquitar el Pacto de la Picota que bien sabemos que se está llevando a cabo.
Todos estos hechos de ella y de su familia solo demuestran que no estaban
obrando con rectitud. Al contrario, Piedad estaba manchada hasta el turbante
con dineros sucios.
Poco después de la operación
en que fue abatido el terrorista Raúl Reyes, se supo de la influencia de
Córdoba en las Farc. El procurador Ordoñez, en ese tiempo, la destituyó, pero
la Corte desestimó las pruebas contra ella porque fueron obtenidas en un
operativo militar en tierra extranjera, no porque no fuera cierto que alias
Teodora tenía grandes nexos con los terroristas de las Farc.
El candidato a la presidencia
de Ecuador asesinado en agosto del año pasado, el señor Fernando Villavicencio,
la había acusado de lavado de dinero y nexos con el Cartel de los Soles a
través del mismo Saab, en lo que constituía todo un entramado de corrupción, lo
mismo que a Rafael Correa. Según la esposa de Villavicencio, Piedad Córdoba
amenazó con que lo iba a desaparecer en respuesta a las acusaciones del
candidato. En efecto, a Fernando Villavicencio lo asesinaron sicarios
colombianos a solo diez días de las elecciones. El crimen se estaba
investigando y la ex senadora se veía muy comprometida.
Dicen que uno no debe alegrarse por la muerte de nadie, porque todos vamos a morir, y quizá en formas más terribles. Pero no seamos hipócritas, hay muertes que a uno sí le dan un fresquito en el alma, o por lo menos alguna pequeña sensación de que se hizo justicia. En este caso fue justicia divina, la mejor de todas. Porque si esperamos a la justicia colombiana, Piedad Córdoba jamás iba a ser condenada por ninguna causa, como tantos políticos que han estado envueltos en todos los escándalos y hoy siguen tan campantes viviendo como reyes ingleses con la plata de nuestros impuestos. Pero así como ella no tuvo humanidad ni consideración con las vidas de los secuestrados, tampoco hay que mostrar consideración por su muerte. Es la muerte de una bandida.
Ahora, lo que me preocupa es
que esta no sea una noticia real, sino un llamado deepfake. Porque a
nadie le convenía más la muerte de Piedad Córdoba que a Piedad Córdoba, ahora
que estaba atravesando un momento complicado en donde su carrera política se
venía abajo y se hallaba a un paso de ir a la cárcel. Su hermano
reconoció ser narcotraficante, y el mismo Petro sacó a Piedad Córdoba del pacto
Histórico hasta que no se aclarara su situación. La justicia le tenía el ojo
puesto, y no sería raro que ella tuviera que hacer una de sus jugadas
maestras para evadir las responsabilidades de sus actos. Es que a esta gente le
conviene que se olviden de ellos para poder disfrutar de sus fortunas robadas.
Mientras los den por muertos, nadie los va a buscar. Que no sea que después
aparezca la señora con la piel de otro color y el rostro transformado por allá
en Venezuela, al lado de su amigo Maduro. No nos debería sorprender.
Que no suceda como sucedió en
una película que vi hace tiempo, en donde uno de los malvados asesina al héroe
y le da el parte a su jefe. Mientras le está contando cómo lo hizo volar en
pedazos, el héroe redivivo reaparece en medio de un escándalo colosal para liquidar
a toda la seguridad del capo maleante, quien asustado se dirige a su
lugarteniente y lo increpa: “¡Imbécil!, ¿en serio lo mataste? ¿Viste su
cadáver?”.
Hasta ahora no han mostrado el
cadáver de Piedad Córdoba, nadie lo ha visto. Sólo sus escoltas, quienes fueron
los que la llevaron a la clínica, pero allá dijeron que había llegado sin
signos vitales. Ojalá no reviva después, como revivió Iván Márquez cuando
dijeron que se había muerto y resulta que no. Lo mismo dijeron de Santrich: que
lo habían asesinado, pero esta es la hora que tampoco nadie ha visto su
cadáver, salvo en una fotografía, pero ya sabemos lo que la ciencia puede hacer
con las fotografías. Seguramente la próxima semana tendrán el cuerpo de Piedad
Córdoba en cámara ardiente en el Capitolio y allí el pueblo podrá cerciorarse
de que en efecto se murió la mala hierba. Y puede ser que sí, que sea verdad
que haya sufrido un infarto y haya muerto, pero como reza el dicho, “hierba
mala nunca muere”, y por eso a uno hasta le da desconfianza creer en las
noticias. Ojalá no peleche de nuevo en otro campo.







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