sábado, 20 de enero de 2024

¿Alguien ha visto su cadáver?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    En la tarde de hoy me disponía a redactar la columna que, como es costumbre, escribo cada sábado y luego subo a este blog para dejarla a consideración de mis cuatro lectores infaltables: mi mamá; mi amigo Rupertino; mi amiga Cata, La progre; y un odiador de izquierda que sólo me sigue para dejarme insultos en los comentarios, aunque por su manera de hacerlo, estoy sospechando que se trata de una cuenta duplicada por la misma Cata, esa amiga mía que parece guardarme un rencor sincero y que nunca me abandona.

    Así las cosas, mis lectores no serían sino tres, pero todos de muy buena calidad. ¿Para qué más?

    Decía que me disponía a depurar temas para ver si por fin publicaba mi artículo a tiempo, pues a veces suelo subirlo con uno o dos días de retraso, según lo que me demore en realizar el texto. Pero como la clave del éxito escritural consiste en ser disciplinado, precisamente hoy me senté juicioso frente al computador para opinar sobre lo que más me impactó durante la semana: el discurso del presidente argentino Javier Milei en el marco del Foro Económico Mundial. Porque fue un discurso anti globalismo en pleno corazón de la élite globalista. Lo que pasa es que como fue a principio de semana, la noticia al día de hoy ya estaba machacada. Todo el mundo ha dado su opinión, y la mía se ha asemejado bastante en torno a lo que ya han dicho los patriotas de derecha. De manera que bastará con decir que dicho discurso de Milei, el cual celebro con alegría, fue una pedrada en la cabeza para toda la izquierda progresista y catastrofista climática, que es la que dirige el teatro del mundo.


    Pensando en un tema más vigente abrí el navegador de google, y allí estaba la noticia, con apenas una hora de haberse publicado: murió Piedad Córdoba. Bueno, aquí va a ser, pensé, porque seguramente a partir de hoy los noticieros estarán hablando de este personaje hasta la saciedad. Hablarán tanto de Piedad Córdoba, que terminarán rindiéndole homenajes, haciéndole especiales, repasando todas sus entrevistas, su vida y obra, y si nos descuidamos, la saldrán beatificando. Ya oigo voces diciendo por ahí que fue una mujer combativa, luchadora, incansable, perseverante. Habrase visto las estupideces que uno tiene que escuchar. También se puede ser un incansable y combativo para hacer el mal.

    Porque hay que ser demasiado buenista, demasiado estúpido, demasiado cobarde, o demasiado alcahueta para pronunciarse como se están pronunciando hoy algunos políticos de la oposición y algunos periodistas que han trinado sobre la supuesta muerte de esta señora. Y digo supuesta porque a mí, hasta hoy sábado 20 de enero a las cinco de la tarde, no me consta que se haya muerto. Es una información que están dando en los noticieros y en las redes sociales, pero habrá que ver para creer. Con tantos engaños a los que estamos expuestos los habitantes del planeta, yo hasta dudo de la muerte de Kissinger, que parecía que nunca se iba a morir. Sobre esto hablaré más adelante.

    Lo que sí creo es que la corrección política nos ha arruinado tanto la vida, que cuando se muere un enemigo político, que aparte es una persona de mala entraña, salimos a lamentar su muerte y a desear que descanse en paz, cuando todos sabemos que esta señora, por más muerta que esté, nunca va a tener paz en su alma: se fue sin pagar por sus fechorías, sin confesar sus delitos y sin arrepentirse; razones suficientes para revolcarse en su tumba por el resto de la eternidad. Se fue vistiendo el traje de la impunidad.

 

    Pocos dicen las cosas como son. Yo entiendo a los medios, que no quieren ganarse una demanda por presunta difamación, pues hasta que un juez no condene, el medio no puede condenar. Pero tampoco es razón para que ahora que se murió esta señora salgan a exigir respeto por su figura. Por Piedad Córdoba, quien no respetó a los que pensaban diferente a como ella pensaba. Y los políticos de la oposición bastante tibios. En especial los del Centro Democrático, que hasta ahora asumen una posición de mucho respeto para con la muerte de este personaje, y hasta alguien por ahí la llamó “mujer combativa”. Para más fue el senador del partido verde, JP Hernández, quien dio un comunicado sin un ápice de autocensura y dijo lo que pensaba de ella. Por cierto, la "honorable parlamentaria" le cambió alguna vez las iniciales a JP por las de HP en un aparente lapsus lingüístico, y eso dijo de él: que era un HP. A ella no le costaba nada acudir al lenguaje soez si este le era de utilidad. Ya conocimos de su lengua viperina, y no sería nada raro si la muerte de la ex senadora hubiese sido el resultado de habérsela mordido.

    Porque hay que ver quién fue en realidad Piedad Córdoba, o como la llamaban en los computadores del terrorista Raúl Reyes, Teodora de Bolívar. Era ella quien le daba instrucciones al segundo de las Farc sobre cómo debían presentar a los secuestrados ante los medios; sobre quién debía y no debía salir del cautiverio. Ella, toda una comandante de la organización, hacía política con la vida de los secuestrados fungiendo como mediadora entre el gobierno y las Farc, aunque era una soterrada guerrillera de ese grupo criminal.



    Además, amiga íntima del dictador Chávez, a quien defendía a capa y espada, apoyando incluso que el pueblo hiciera filas eternas para recibir comida si así lo requería “la revolución socialista” que tanto pregonaba. Desde luego, ella nunca tendría que hacer ninguna fila, pues el tirano Chávez hacía desocupar los centros comerciales para que ella comprara a sus anchas. Y comprar es un decir, porque todo se lo regalaba el régimen. Era una chavista consumada, y ya con eso es suficiente para decir que era una mala persona. También apoyaba a Maduro, el jefe del Cartel de los Soles, por quien el Departamento de Estado ofrece una recompensa de quince millones de dólares por información que permita su captura, y no olvidemos su entrañable amistad con su socio Alex Saab, el empresario testaferro del régimen de Maduro, recientemente liberado gracias a la ineptitud y la complacencia con la dictadura socialista del presidente Biden.  

    Piedad era toda una joyita. Se vio envuelta en los escándalos de la Farcpolítica, un proceso que apenas iba a reventar después de más de quince años. Estaba siendo investigada por peculado por apropiación, falsedad en documento público y enriquecimiento ilícito. Su hermano confesó que era un narco, y los Estados Unidos le tenían la mira puesta a la senadora, a quien le estaban preparando un pedido de extradición siguiendo el hilo conductor del familiar mafioso. Esta señora estaría involucrada en esos mismos torcidos. No nos olvidemos que a la misma Piedad le encontraron el equivalente a doscientos millones de pesos dentro de su turbante cuando trató de ingresarlos a Honduras, y otro tanto escondido en unos cuadros. ¿Por qué no declaró ese dinero? ¿De dónde lo había obtenido? No pudo justificarlo y por eso dejó que se lo confiscaran. La hermana de Piedad Córdoba también intentó entrar a la cárcel de La Picota un dinero escondido en su entrepierna, seguro para finiquitar el Pacto de la Picota que bien sabemos que se está llevando a cabo. Todos estos hechos de ella y de su familia solo demuestran que no estaban obrando con rectitud. Al contrario, Piedad estaba manchada hasta el turbante con dineros sucios.



    Poco después de la operación en que fue abatido el terrorista Raúl Reyes, se supo de la influencia de Córdoba en las Farc. El procurador Ordoñez, en ese tiempo, la destituyó, pero la Corte desestimó las pruebas contra ella porque fueron obtenidas en un operativo militar en tierra extranjera, no porque no fuera cierto que alias Teodora tenía grandes nexos con los terroristas de las Farc.  

    El candidato a la presidencia de Ecuador asesinado en agosto del año pasado, el señor Fernando Villavicencio, la había acusado de lavado de dinero y nexos con el Cartel de los Soles a través del mismo Saab, en lo que constituía todo un entramado de corrupción, lo mismo que a Rafael Correa. Según la esposa de Villavicencio, Piedad Córdoba amenazó con que lo iba a desaparecer en respuesta a las acusaciones del candidato. En efecto, a Fernando Villavicencio lo asesinaron sicarios colombianos a solo diez días de las elecciones. El crimen se estaba investigando y la ex senadora se veía muy comprometida.

    Dicen que uno no debe alegrarse por la muerte de nadie, porque todos vamos a morir, y quizá en formas más terribles. Pero no seamos hipócritas, hay muertes que a uno sí le dan un fresquito en el alma, o por lo menos alguna pequeña sensación de que se hizo justicia. En este caso fue justicia divina, la mejor de todas. Porque si esperamos a la justicia colombiana, Piedad Córdoba jamás iba a ser condenada por ninguna causa, como tantos políticos que han estado envueltos en todos los escándalos y hoy siguen tan campantes viviendo como reyes ingleses con la plata de nuestros impuestos. Pero así como ella no tuvo humanidad ni consideración con las vidas de los secuestrados, tampoco hay que mostrar consideración por su muerte. Es la muerte de una bandida.



    Ahora, lo que me preocupa es que esta no sea una noticia real, sino un llamado deepfake. Porque a nadie le convenía más la muerte de Piedad Córdoba que a Piedad Córdoba, ahora que estaba atravesando un momento complicado en donde su carrera política se venía abajo y se hallaba a un paso de ir a la cárcel. Su hermano reconoció ser narcotraficante, y el mismo Petro sacó a Piedad Córdoba del pacto Histórico hasta que no se aclarara su situación. La justicia le tenía el ojo puesto, y no sería raro que ella tuviera que hacer una de sus jugadas maestras para evadir las responsabilidades de sus actos. Es que a esta gente le conviene que se olviden de ellos para poder disfrutar de sus fortunas robadas. Mientras los den por muertos, nadie los va a buscar. Que no sea que después aparezca la señora con la piel de otro color y el rostro transformado por allá en Venezuela, al lado de su amigo Maduro. No nos debería sorprender.

    Que no suceda como sucedió en una película que vi hace tiempo, en donde uno de los malvados asesina al héroe y le da el parte a su jefe. Mientras le está contando cómo lo hizo volar en pedazos, el héroe redivivo reaparece en medio de un escándalo colosal para liquidar a toda la seguridad del capo maleante, quien asustado se dirige a su lugarteniente y lo increpa: “¡Imbécil!, ¿en serio lo mataste? ¿Viste su cadáver?”.



    Hasta ahora no han mostrado el cadáver de Piedad Córdoba, nadie lo ha visto. Sólo sus escoltas, quienes fueron los que la llevaron a la clínica, pero allá dijeron que había llegado sin signos vitales. Ojalá no reviva después, como revivió Iván Márquez cuando dijeron que se había muerto y resulta que no. Lo mismo dijeron de Santrich: que lo habían asesinado, pero esta es la hora que tampoco nadie ha visto su cadáver, salvo en una fotografía, pero ya sabemos lo que la ciencia puede hacer con las fotografías. Seguramente la próxima semana tendrán el cuerpo de Piedad Córdoba en cámara ardiente en el Capitolio y allí el pueblo podrá cerciorarse de que en efecto se murió la mala hierba. Y puede ser que sí, que sea verdad que haya sufrido un infarto y haya muerto, pero como reza el dicho, “hierba mala nunca muere”, y por eso a uno hasta le da desconfianza creer en las noticias. Ojalá no peleche de nuevo en otro campo.



 


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