sábado, 20 de abril de 2024

Marcha contra la instauración de una dictadura socialista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





 

    Por estos días en que los colombianos no hemos hecho otra cosa que oír hablar del peligro inminente que se cierne sobre el país con respecto a la posible instauración de una dictadura, cae como anillo al dedo una frase que es atribuida a Calderón de la Barca y que dice así: “La voz del pueblo es la más sonora salva”.

    La voz del pueblo, decía el poeta madrileño, aludiendo talvez a que la unión de todas las voces ciudadanas podría ser más efectiva para salvarse de la tiranía que el ruido de las balas que ocasionara la rebelión. A este sentido se sumaría Abraham Lincoln de manera muy parecida cuando dijo que “una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil”. Pues bien, a esa voz que se hace sentir a través de los votos y la libre expresión, hoy se le conoce como democracia.



    La democracia que, también según Lincoln, era “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, hoy no es más que un simulacro venido a menos y la excusa perfecta de los dictadores para hacerse con el poder perpetuo. Si desde la filosofía griega ya venía Hesíodo concibiendo esa consecuente idea de que “la voz del pueblo es la voz de Dios”, y que por tanto hay que obedecerla, no nos extrañe entonces que nuestros gobernantes contemporáneos se sientan dioses. O más bien se proclamen ellos como dioses omnipotentes por el hecho de haber sido elegidos popularmente en unas votaciones “libres”. De ahí que se arroguen la potestad absoluta sobre sus representados y pretendan imponer su voluntad, porque ellos son al mismo tiempo el Soberano: el soberano pueblo y el Dios soberano.

    Ese fue uno de los peligros que los griegos no previeron, y por el cual el intento de una forma representativa de gobierno en la que los ciudadanos tenían la posibilidad de participar en la toma de decisiones —durante el apoteósico Siglo de Pericles—, a la postre resultó fallido. Y se derrumbó ese paradigma de organización política porque las oligarquías retornaron al poder, cansadas de ser desplazadas por una masa de votantes que no siempre eligió lo mejor para las polis. Entonces la propia democracia fue utilizada como pretexto por los déspotas para usurpar la voluntad de sus representados.


    Hoy, a más de 2500 años de lo sucedido en Grecia, en Colombia se está experimentando una situación similar, ya incorporada por varios de sus pares de la región que decidieron darle el puntapié a la democracia y atribuirse, en nombre de un dictadorzuelo, la machacada voz del pueblo.  

    Pero no sólo es a través de los votos como un pueblo cansado (y hasta cierto punto arrepentido) de su gobernante, elegido erróneamente, se puede expresar. También está contemplado, dentro su conjunto de leyes redactadas en democracia, el derecho a la libre expresión, a la manifestación pacífica, y con ello la derivación de la protesta social. La marcha convocada para mañana, 21 de abril, es una muestra fehaciente de que el pueblo colombiano quiere ejercer ese derecho a expresarse en contra de lo que a todas luces se revela como un gobierno dictatorial. Antes de que esa puerta nos sea clausurada, es preciso que salgamos todos a la calle y nos manifestemos para constituirnos en la salva de la que hablaba Calderón de la Barca. No sabemos si pueda ser la última vez que podamos marchar.

    A esta nueva jornada de movilizaciones, ya característica desde que Gustavo Petro asumió el mando hace menos de dos años, se le ha denominado La Marcha de Todos. Es una invitación para que la ciudadanía salga a manifestarse por aquello que la tiene inconforme de este gobierno, como las reformas atentatorias contra la salud, el trabajo y el ahorro pensional, y ni qué decir de los escándalos de corrupción, los abusos, las arbitrariedades e irresponsabilidades a la hora de manejar las finanzas y el futuro político del Estado. O marchar por las razones que cada quien considere, pero, sobre todo, por la defensa de esa frágil y vilipendiada democracia que se corrompió y que es preferible sanear antes de que se convierta en dictadura, pues hacia allá estamos avanzando.



    Porque si nos parece que la democracia, como decía Churchill, “es el peor sistema de gobierno con excepción de todos los demás que se han inventado”, con mayor razón debemos defenderla, pues no les digo ya lo que es un sistema regido por un poder tiránico que irremediablemente deviene en el silenciamiento y la sujeción carcelaria de los individuos. Y eso si nos va bien.

    Qué le hacemos, si hasta ahora no se ha inventado nada mejor en política, y por eso Churchill tenía razón al decir que, si quitáramos de la palestra todos los sistemas de gobierno de la historia y dejáramos sólo el de la democracia, pues este sería el peor del mundo. El peor porque no habría otro. Así, es preferible conservar la voz y el voto pese a que no nos escuchen, que tener que callar para no sucumbir a la fuerza del Leviatán.

    Porque siempre se puede estar peor. Lo sabemos ahora que nos ha sabido a hiel el embeleco del tal “cambio”, que en efecto fue un cambio de la tierra al infierno.

    Claro que en los últimos años el país no ha estado nada bien, no hace falta ser un analista para saberlo. Sin embargo, Colombia ha sido una república con una tradición sólida de democracia a pesar de la queja en contra de quienes la aclamaron durante mucho tiempo y hoy están en el poder, precisamente por efecto de la misma democracia. De otra forma no habrían ganado nunca.



    Pero como los errores es mejor tratar de corregirlos, aunque sea tarde, antes que permanecer en ellos, es menester que la ciudadanía se manifieste, haga ruido, sienta su voz de protesta, exija la salida de quienes están destruyendo la nación con sus quimeras de “decrecimiento”, porque ni modo que nos tengamos que aguantar que nos quiten el país y nos lo conviertan en la nueva Cuba o la nueva Venezuela, de la que salieron exiliados más de ocho millones de ciudadanos buscando un plato de comida y convirtiéndose así en los parias del continente.

    Antes de heredar ese indeseable legado para los colombianos, es preciso dar la pelea por nuestro país, no por una motivación patriotera exacerbada, sino por una defensa del futuro, tanto de nuestra generación como de la que nos sucederá. Está en juego la tierra, el derecho a trabajar por la búsqueda de la felicidad, la libertad, la institución familiar, la dignidad, la vida misma.   

    El grito al unísono de la marcha de mañana debe ser nuevamente el “¡Fuera Petro!”; él y todos sus secuaces empobrecedores y vendepatrias, y ojalá se escuche en todos los confines del territorio nacional. Pero no simplemente gritar “fuera Petro” como un clamor de unos ciudadanos que no tienen otra cosa más para mostrar que el mero deseo de expulsarlo, sino exigir su salida inmediata a través de acciones concretas. Por eso las arengas de mañana deben centrarse también en la aplicación del artículo 109 de la Constitución, en el juicio político que la Comisión de Acusaciones (o más bien de absoluciones) le debe al país contra ese indeseable, en proclamar la caída del dictador como la única salida posible, en el apoyo a nuestro Ejército Nacional y nuestra Policía que hoy están con las manos atadas, en la burla porque ya este personajillo no tiene el apoyo de las calles; así, sin ambages ni correcciones políticas porque aquí no hay cabida para las tibiezas.



    No importa si se votó o no por ese sinvergüenza, si se es de una corriente política o de otra, si la política nos interesa o no. Pensemos en que, si no nos dolemos ahora por el futuro del país, nadie se dolerá mañana por el de nosotros.

    Es el momento de salir a la calle mientras se pueda y dejar en claro que los colombianos no queremos dictadura, no queremos agacharle la cabeza a los terroristas que se pasean orondos por pueblos y ciudades con la anuencia de un presidente que todavía conserva su corazón de terrorista; no queremos pagar un peso más por la gasolina, ni más alzas en los alimentos; no queremos someternos a una salud estatizada, ni entregar los ahorros de nuestra pensión para que los vuelvan una feria de repartijas, ni perder el empleo cuando las empresas y los inversionistas decidan marcharse con sus emprendimientos a otra parte, ni pagar tres veces más por el gas importado cuando aquí lo podemos producir, ni sufrir racionamientos de agua potable y cortes de energía eléctrica e internet al mejor estilo socialista, ni mucho menos tener que abandonar el suelo patrio para que la camarilla de vagos comunistas se quede con aquello por lo que jamás lucharon.



    Que retorne la “libertad y orden” que alguna vez nos identificó como un pueblo respetuoso de sus leyes y sus instituciones. Hoy esa libertad está secuestrada por un régimen que nos pulverizó el orden; el poco orden que podían garantizarnos nuestras fuerzas de seguridad, ya diezmadas y desmoralizadas. Que se sienta que el indeseable presidente que tenemos tiene a todo un país en contra. Seguramente la marcha no servirá para sacarlo del poder, pero al menos golpeará duro en su ego. Si no sirven las marchas y la ciudadanía se desgasta, pronto nos veremos avocados a un Paro Nacional, y de la justicia depende que no lleguemos a esos extremos.

    Todavía tenemos país por recuperar. Todavía hay una nación por la que se puede pelear, y esa nación, espero, se levantará mañana y hará sentir su voz como nunca la ha hecho para exigir que no nos monten una dictadura socialista. Eso jamás.


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