Por estos días en que los colombianos no
hemos hecho otra cosa que oír hablar del peligro inminente que se cierne sobre
el país con respecto a la posible instauración de una dictadura, cae como
anillo al dedo una frase que es atribuida a Calderón de la Barca y que dice
así: “La voz del pueblo es la más sonora salva”.
La voz del pueblo, decía el poeta
madrileño, aludiendo talvez a que la unión de todas las voces ciudadanas podría
ser más efectiva para salvarse de la tiranía que el ruido de las balas que
ocasionara la rebelión. A este sentido se sumaría Abraham Lincoln de manera muy
parecida cuando dijo que “una papeleta de voto es más fuerte que una bala de fusil”.
Pues bien, a esa voz que se hace sentir a través de los votos y la libre
expresión, hoy se le conoce como democracia.
La democracia que, también según Lincoln,
era “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, hoy no es más que
un simulacro venido a menos y la excusa perfecta de los dictadores para hacerse
con el poder perpetuo. Si desde la filosofía griega ya venía Hesíodo concibiendo
esa consecuente idea de que “la voz del pueblo es la voz de Dios”, y que por
tanto hay que obedecerla, no nos extrañe entonces que nuestros gobernantes contemporáneos
se sientan dioses. O más bien se proclamen ellos como dioses omnipotentes por
el hecho de haber sido elegidos popularmente en unas votaciones “libres”. De
ahí que se arroguen la potestad absoluta sobre sus representados y pretendan
imponer su voluntad, porque ellos son al mismo tiempo el Soberano:
el soberano pueblo y el Dios soberano.
Hoy, a más de 2500 años de lo sucedido en
Grecia, en Colombia se está experimentando una situación similar, ya incorporada
por varios de sus pares de la región que decidieron darle el puntapié a la
democracia y atribuirse, en nombre de un dictadorzuelo, la machacada voz del
pueblo.
Pero no sólo es a través de los votos como
un pueblo cansado (y hasta cierto punto arrepentido) de su gobernante, elegido
erróneamente, se puede expresar. También está contemplado, dentro su conjunto
de leyes redactadas en democracia, el derecho a la libre expresión, a la
manifestación pacífica, y con ello la derivación de la protesta social. La
marcha convocada para mañana, 21 de abril, es una muestra fehaciente de que el
pueblo colombiano quiere ejercer ese derecho a expresarse en contra de lo que a
todas luces se revela como un gobierno dictatorial. Antes de que esa puerta nos
sea clausurada, es preciso que salgamos todos a la calle y nos manifestemos
para constituirnos en la salva de la que hablaba Calderón de la Barca. No
sabemos si pueda ser la última vez que podamos marchar.
A esta nueva jornada de movilizaciones, ya característica desde que Gustavo Petro asumió el mando hace menos de dos años, se le ha denominado La Marcha de Todos. Es una invitación para que la ciudadanía salga a manifestarse por aquello que la tiene inconforme de este gobierno, como las reformas atentatorias contra la salud, el trabajo y el ahorro pensional, y ni qué decir de los escándalos de corrupción, los abusos, las arbitrariedades e irresponsabilidades a la hora de manejar las finanzas y el futuro político del Estado. O marchar por las razones que cada quien considere, pero, sobre todo, por la defensa de esa frágil y vilipendiada democracia que se corrompió y que es preferible sanear antes de que se convierta en dictadura, pues hacia allá estamos avanzando.
Porque si nos parece que la democracia,
como decía Churchill, “es el peor sistema de gobierno con excepción de todos
los demás que se han inventado”, con mayor razón debemos defenderla, pues no
les digo ya lo que es un sistema regido por un poder tiránico que
irremediablemente deviene en el silenciamiento y la sujeción carcelaria de los
individuos. Y eso si nos va bien.
Qué le hacemos, si hasta ahora no se ha
inventado nada mejor en política, y por eso Churchill tenía razón al decir que,
si quitáramos de la palestra todos los sistemas de gobierno de la historia y
dejáramos sólo el de la democracia, pues este sería el peor del mundo. El peor
porque no habría otro. Así, es preferible conservar la voz y el voto pese a que
no nos escuchen, que tener que callar para no sucumbir a la fuerza del Leviatán.
Porque siempre se puede estar peor. Lo
sabemos ahora que nos ha sabido a hiel el embeleco del tal “cambio”, que en
efecto fue un cambio de la tierra al infierno.
Claro que en los últimos años el país no ha
estado nada bien, no hace falta ser un analista para saberlo. Sin embargo,
Colombia ha sido una república con una tradición sólida de democracia a pesar
de la queja en contra de quienes la aclamaron durante mucho tiempo y hoy están
en el poder, precisamente por efecto de la misma democracia. De otra forma no
habrían ganado nunca.
Pero como los errores es mejor tratar de corregirlos,
aunque sea tarde, antes que permanecer en ellos, es menester que la ciudadanía
se manifieste, haga ruido, sienta su voz de protesta, exija la salida de
quienes están destruyendo la nación con sus quimeras de “decrecimiento”, porque
ni modo que nos tengamos que aguantar que nos quiten el país y nos lo
conviertan en la nueva Cuba o la nueva Venezuela, de la que salieron exiliados
más de ocho millones de ciudadanos buscando un plato de comida y convirtiéndose
así en los parias del continente.
Antes de heredar ese indeseable legado para
los colombianos, es preciso dar la pelea por nuestro país, no por una motivación
patriotera exacerbada, sino por una defensa del futuro, tanto de nuestra
generación como de la que nos sucederá. Está en juego la tierra, el derecho a trabajar
por la búsqueda de la felicidad, la libertad, la institución familiar, la
dignidad, la vida misma.
El grito al unísono de la marcha de mañana
debe ser nuevamente el “¡Fuera Petro!”; él y todos sus secuaces empobrecedores
y vendepatrias, y ojalá se escuche en todos los confines del territorio
nacional. Pero no simplemente gritar “fuera Petro” como un clamor de unos
ciudadanos que no tienen otra cosa más para mostrar que el mero deseo de expulsarlo,
sino exigir su salida inmediata a través de acciones concretas. Por eso las
arengas de mañana deben centrarse también en la aplicación del artículo 109 de
la Constitución, en el juicio político que la Comisión de Acusaciones (o más
bien de absoluciones) le debe al país contra ese indeseable, en proclamar la
caída del dictador como la única salida posible, en el apoyo a nuestro Ejército
Nacional y nuestra Policía que hoy están con las manos atadas, en la burla
porque ya este personajillo no tiene el apoyo de las calles; así, sin ambages
ni correcciones políticas porque aquí no hay cabida para las tibiezas.
No importa si se votó o no por ese
sinvergüenza, si se es de una corriente política o de otra, si la política nos
interesa o no. Pensemos en que, si no nos dolemos ahora por el futuro del país,
nadie se dolerá mañana por el de nosotros.
Es el momento de salir a la calle mientras
se pueda y dejar en claro que los colombianos no queremos dictadura, no
queremos agacharle la cabeza a los terroristas que se pasean orondos por pueblos
y ciudades con la anuencia de un presidente que todavía conserva su corazón de terrorista;
no queremos pagar un peso más por la gasolina, ni más alzas en los alimentos;
no queremos someternos a una salud estatizada, ni entregar los ahorros de
nuestra pensión para que los vuelvan una feria de repartijas, ni perder el
empleo cuando las empresas y los inversionistas decidan marcharse con sus
emprendimientos a otra parte, ni pagar tres veces más por el gas importado
cuando aquí lo podemos producir, ni sufrir racionamientos de agua potable y
cortes de energía eléctrica e internet al mejor estilo socialista, ni mucho
menos tener que abandonar el suelo patrio para que la camarilla de vagos
comunistas se quede con aquello por lo que jamás lucharon.
Que retorne la “libertad y orden” que
alguna vez nos identificó como un pueblo respetuoso de sus leyes y sus instituciones.
Hoy esa libertad está secuestrada por un régimen que nos pulverizó el orden; el
poco orden que podían garantizarnos nuestras fuerzas de seguridad, ya diezmadas
y desmoralizadas. Que se sienta que el indeseable presidente que tenemos tiene
a todo un país en contra. Seguramente la marcha no servirá para sacarlo del
poder, pero al menos golpeará duro en su ego. Si no sirven las marchas y la
ciudadanía se desgasta, pronto nos veremos avocados a un Paro Nacional, y de la
justicia depende que no lleguemos a esos extremos.
Todavía tenemos país por recuperar. Todavía hay una nación por la que se puede pelear, y esa nación, espero, se levantará mañana y hará sentir su voz como nunca la ha hecho para exigir que no nos monten una dictadura socialista. Eso jamás.







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