Recuerdo cuando en 1992, tras la recién
estrenada Constitución Política de Colombia, miles de ciudadanos salieron a
manifestarse, especialmente desde el sector educativo, contra el decreto que
abolía la cátedra de religión en los colegios oficiales y dejaba la puerta abierta para aplicarlo a los
privados. En ese entonces yo cursaba mi séptimo grado en el colegio Calasanz de
Pereira y no entendía nada de determinaciones políticas, pero los sacerdotes
escolapios nos decían que había que pronunciarse, porque sin la clase de
religión, toda la esencia de la educación perdía su razón de ser. Y una de esas
tardes, después de la jornada escolar, nos hicieron salir a la Plaza de Bolívar
para reclamar por nuestra debatida catequesis junto con estudiantes, profesores
y padres de familia de otros colegios de la ciudad.
Me acuerdo que las consignas nos la daban escritas
los profesores de cada curso en unos papelitos que debíamos aprendernos para salir
después a entonar los mensajes en la calle y asimismo exigir que se restituyera
la enseñanza religiosa en los colegios y nos respetaran la fe católica que
hasta 1991 había sido declarada como la religión oficial del país.
Nada de eso sucedió. Desde luego, la Constitución ya estaba redactada, aprobada y firmada, y lo que hicieran unos niños ridículos que no sabíamos ni dónde estábamos parados, y unos padres “camanduleros” que pagaban sus colegios de monjas y de curas, a los cuales les convenía continuar su proyecto eclesiástico para seguir obteniendo privilegios del Estado, no iba a servir de nada. Al menos así nos veían quienes se empeñaron en acabar con la clase de religión.
El catolicismo dejó de ser el único culto porque la Constitución estableció la libertad de cultos, y por tanto la enseñanza religiosa no podía imponerse como una cátedra obligada en los centros educativos. Fue así como la antigua clase de catequesis en la que nos enseñaban los conocimientos básicos de teología católica-cristiana quedó abolida de una vez y para siempre, sustituyéndose por materias como Comportamiento y Salud, Axiología, Ética y Valores, Convivencia Ciudadana, Cátedra de Paz, y por supuesto, la controvertida Educación Sexual Integral.
Esta última, hoy día no es más que un
instrumento para corromper menores y despertarlos a la práctica prematura y
desordenada de las relaciones sexuales. En ello son cómplices los padres de
familia inconscientes, los maestros indolentes, los directivos ambiciosos y los
funcionarios de la educación que le vendieron su conciencia a las imposiciones
del Estado para poder seguirse comiendo su plato de lentejas sin que nadie los
molestara.
Todo, con tal de quitar a Dios de la mente de los niños y los jóvenes. Máxime al Dios de los católicos, acusado de perpetrar los más horrendos crímenes de la Historia de la humanidad y de mil años de oscurantismo en donde la ciencia no pudo avanzar. Tema que habría que revisar, pues el desprestigio de la Iglesia ha servido para alimentar la narrativa de sus enemigos, quienes no reconocen, por ejemplo, que el modelo de la educación en las escuelas y universidades comenzó desde el mismo seno de la Iglesia. Baste recordar de dónde viene el término escolástica.
Volviendo al tema, de eso se trataba el
plan, puesto en marcha para que quienes no se sintieran parte del catolicismo
pudieran tener la oportunidad de ser respetados en sus creencias. Lo cual está
muy bien, pues estos no entendían por qué a sus hijos se les tenía que hablar
en los colegios de la Doctrina de la Iglesia, del papa, de la Santísima
Trinidad o de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. No se le puede imponer
a nadie la fe por la espada.
Hasta
cierto punto tenían razón. Sólo que estos padres no previeron que a través de
la educación laica el Estado no les estaba otorgando propiamente el aval para profesar
sus propias creencias. Al contrario, la educación laica habría de convertirse,
treinta años más tarde, en la nueva religión. El laicismo, propuesto como modelo
de comportamiento e independencia ideológica, no es tanto la decisión de
subordinar las creencias al fuero interno de cada uno, como la imposición paulatina
de una nueva doctrina oficial; lo que implica que ya no se educa en nombre de
Dios, sino en el del Estado. Ni siquiera de la patria, sino en el del absoluto y
soberano Estado, que es una cosa muy diferente.
Nos preguntamos, entonces, en qué consiste
esa religión laicista que nos conmina a abrir nuestra mente y no creer en relatos
mitológicos que “lo único que le han dejado a la humanidad han sido guerras y
odio en nombre de Dios”, como dirían los antirreligiosos. Y no debiera ser así,
desde luego. Los hombres se han equivocado y han cometido toda clase de
perversiones, incluso en la manera de amar a un ser superior, pero no por eso
hay que olvidarse de Él. Pues bien, la ideología que se propuso como canje no
es la defensa de ningún valor católico. Ni siquiera cristiano. No es la defensa
de la vida, ni de la familia, ni de los derechos naturales que Dios ha
concedido al hombre y que ningún ser humano debiera quitarle. En este sistema
no existen las Sagradas Escrituras como fuente para la construcción de un
Estado.
La Carta Magna que nos rige desde 1991 y
que ahora pretende ser reemplazada por el gobierno de turno en aras de validar una
Constitución donde debe primar el laicismo (léase comunismo o ateísmo), ha sido
válida para no tener un Estado confesional, algo en lo cual coincidimos la
mayoría de los colombianos. Pero también fue la puerta de entrada a todo tipo
de creencias que devinieron en la desaparición del Dios Creador. La libertad
que nos dieron los hombres no ha sido suficiente para vivir en paz y armonía,
como se supone que deberíamos vivir si aceptamos todas las confesiones y las
respetamos unas a otras. No fue suficiente, porque al restarle valor al Dios cristiano
de la cultura occidental permitimos que toda clase de afirmaciones sin sustento
permearan la sociedad y las ponderamos como fruto de la libre expresión del ser
humano. El resultado: la decadencia de nuestra sociedad.
En estos tiempos en que la palabra moral
pasó ser un vocablo en desuso, tanto a nivel lingüístico como al nivel de la
vida práctica, no nos debemos aterrar, pues, que los nuevos vientos traigan consigo
la degradación que es propia de las sociedades en donde el juicio de lo bueno y
de lo malo tiene que ser aplacado por el ethos reinante, cuyo dominio
insiste en que la clave de la resolución de los problemas no está en la
arrogante facultad de catalogar algo como bueno o como malo, sino definir ese
algo en términos de la diferencia: ninguna opinión será buena ni mala per sé,
simplemente, diferente.
Vaya pues el eufemismo que se idearon los progres
de los tiempos contemporáneos para decir que todo se valora según el criterio
unívoco de cada quien. “Cada quien tiene su verdad”, dicen, por ejemplo, a modo
de paraguas contra el buen juicio y el sentido común, que es lo mismo que decir
“no existen hechos, sólo interpretaciones”. Con esa sombrilla moral se podrá
uno proteger contra una leve brizna, pero el día en que caigan rayos y
centellas todos vamos a salir chamuscados.
Si la verdad estuviera en el corazón de
cada uno, entonces seríamos buenos por naturaleza y la maldad se habría
extinguido hacía rato. Seríamos seres de luz y no tendríamos necesidad de
recurrir a Dios porque todos seríamos los dioses de nuestro universo. ¿No es
acaso eso mismo lo que está experimentando la humanidad entera? Habitamos un
planeta en donde somos ocho mil millones de planetas, cada uno con su propio
sistema de luces y de sombras, y en donde existe esa misma cantidad de dioses para
regir los destinos de la humanidad.
Pero si nos atenemos a lo que dicen las
Escrituras del cristianismo, tenemos que aceptar que nadie más que Dios decide
lo que es bueno y lo que es malo. Y nadie más que Él es quien conoce la verdad.
De hecho, Él es en sí mismo la verdad. ¿Y cómo se llega a esa verdad? Por un
camino, que también lleva su nombre: el camino, la verdad y la vida de los que
nos habló Jesús en las escrituras, además de señalarnos que es a través de Él
como se llega al Padre.
Hoy, cuando la fe en nuestro país y en el
mundo sigue en picada, cuando creemos tontamente que las leyes humanas son las
que nos van a salvar, encontramos cada vez más ancho el diámetro del hueco que abarca
nuestro vacío. De nada sirven tratados de paz, acuerdos internacionales, asambleas
de la ONU, organizaciones para la cooperación, fondos para ayuda, agendas
medioambientales, luchas contra la discriminación racial, religiosa, étnica y
demás, y no sé cuántas otras causas, constituciones políticas con sus
respectivas reformas, asociaciones civiles, oficinas para la defensa de los
derechos humanos, instauración de políticas educativas nuevas para combatir los
abusos y las fobias, ministerios de la igualdad, discursos de reivindicación de
las minorías, ideologías baratas que son adaptadas según las conveniencias de
los grupos de interés; en fin, de qué sirven tantas leyes humanas, tantas
políticas, tanta energía invertida por parte de unos e interés secundario de
parte de otros, cuando nos hemos olvidado de las leyes divinas.
Quitemos a Dios de nuestras vidas y estaremos destinados a fracasar. Con seguridad. Luego nos preguntamos por qué fracasan los países, las sociedades, las asociaciones de personas, los sistemas económicos, la educación, la mentalidad humana. Todo fracasa porque nos ausentamos de la verdad, nos despedimos de la moral, nos despojamos de la compasión. Eso que nos hace humanos no es la humanidad en sí, sino un pequeño componente divino con el cual fuimos confeccionados. Quitemos ese componente y sabremos lo que es el envilecimiento, la degeneración, el salvajismo, la maldad del corazón.
Y con medidas aparentemente tan “igualitarias”
e “inclusivas” como la de quitar la clase de religión de los colegios o cerrar
las capillas en los aeropuertos con el simple pretexto de que debe haber
libertad de cultos, estamos removiendo a Dios de nuestras vidas. O más bien nos
lo están removiendo a la fuerza. Por congraciarse con la minoría, a la cual se
le garantizan hoy todos sus derechos, se sacrificaron los derechos de la
mayoría. ¿Habrá alguien que se atreva a quitar una mezquita en Medio Oriente
sólo porque no se siente identificado con las creencias islámicas?
Puede ser que a algunos no nos guste la
religión o tengamos serios cuestionamientos contra el papa, pero en Colombia,
por ejemplo, somos un país de mayoría católica-cristiana, y eso no hay que
olvidarlo. Sólo que hoy gobierna la minoría; los que nos quieren despojar de nuestra
fe, los que no creen en nada más que en el poder del Estado… y el Estado son
ellos mismos.
No por ello habría que volver a los tiempos de la inquisición ni a la persecución de los credos diferentes. Y en eso se están convirtiendo, precisamente, los laicistas: en los perseguidores de Cristo.






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