sábado, 18 de mayo de 2024

¿Y si dice sí?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    ¿Han escuchado hablar de La ventana de Overton?

    Joseph P. Overton (1960-2003), ex vicepresidente del Centro Mackinac de Política Pública, es considerado el autor de esta teoría. Este politólogo estadounidense desarrolló un modelo vertical de categorías políticas que varían en un rango de “aceptable” a “impensable” con relación a la intervención gubernamental y lo que el público considera como bueno o malo. Así, la viabilidad política de una idea se define por este hecho de opinión pública antes que por el pensamiento de los actores políticos.

    En otras palabras, La ventana de Overton es un tanteo a través del cual una política o una idea puede ser aceptada o rechazada por el público. Dependiendo de la respuesta, esta ventana estaría lo suficientemente abierta ante alguna medida disruptiva que en la sociedad pretenda implementarse. En caso de que no, el trabajo de los gobiernos, organizaciones internacionales, grupos de poder, entre otros, consiste en mover la ventana de modo que la sociedad admita y avale ciertas políticas públicas y tenga una preferencia especial por las opiniones que operen en beneficio de sus intereses a través de la promoción de ideas radicales, del cambio de mentalidad, de la redefinición de la moralidad, la exacerbación de las emociones, o de la mal intencionada desinformación. Para no ir más lejos, La ventana de Overton es una teoría que políticos, grupos de presión, ideólogos, intelectuales, activistas, medios de comunicación, entre otros, saben usar muy bien para realizar manipulación social y normalizar acciones que antes se habrían considerado censurables. Es para saber hasta dónde pueden llegar.   



    Y es precisamente a través de la aplicación práctica de esta teoría como ya han venido dando pasos en grande para legalizar la pedofilia en el mundo que se dice ser “libre”.

    Hace cuatro días apareció en Almería, España, un cartel promovido por el Ministerio de Diversidad de España en el que se ve el rostro de un niño de no más de diez años, y debajo el siguiente letrero: “si dice no, no es sexo, es agresión.”. La campaña supuesta para prevenir el abuso sexual infantil puede pensarse desde otra óptica: que sólo si el niño dice no, entonces es ilícita la relación sexual con él. Pero… ¿y si dice sí?  

    Menos mal tuvieron en cuenta el consentimiento de los niños; se ve que estos les importa mucho a los burócratas que promueven esas políticas. ¿Por qué no tendrán en cuenta también su opinión para poder votar, poder casarse o poder decidir cómo utilizar su tiempo libre? Es obvio que a los degenerados que están detrás de todo este lobby sexual contra los niños sólo les interesa corromperlos y tener vía libre para abusar de ellos. Quieren legitimar la pedofilia y violarlos a todos. ¿Somos conscientes los adultos de lo que le quieren hacer a la niñez del mundo? ¿O acaso nos han corrido tanto la ventana de Overton que esto no nos mueve a ninguna reacción y nos parece normal que el niño pueda consentir o no consentir una relación sexual, todo porque nos dijeron que esto hace parte de sus derechos fundamentales?

    De modo que si un niño, afectado por su ignorancia y su incapacidad de raciocinio, y movido por una curiosidad mal sana que le han inculcado adultos pervertidos dice que sí, entonces ahí ya no se consuma el abuso. Habrase visto la clase de porquería de personas que tenemos en los gobiernos que están legislando para empujar a los niños a la cama de los depredadores sexuales.



    Según Irene Montero, la abominable ex ministra de la Igualdad de España (Ministerio que en sí mismo es una abominación), todo niño, niña, y hasta niñe (¡imbécil!) tiene derecho a tener relaciones sexuales con quien quiera siempre y cuando el acto sea consentido. Esta tipa, que lo más suavecito que se merece es una cachetada en la cara, habla muy seguramente en nombre de Lucifer. Es una emisaria del mal, y mientras el diablo no la reclame para su infierno, esta tipeja debería estar pudriéndose en una cárcel.

    Por cierto, hace unos meses estuvo en Colombia asesorando a la vicepresidente Francia Márquez (otra emisaria del maligno) para que pusiera en marcha su fallido Ministerio de Igualdad, que ya está demandado. Pese a todo, dejó regada su semilla de corrupción y abuso de menores. No por nada, el Congreso colombiano va a aprobar un proyecto de ley que se llama “Inconvertibles”, que busca castigar a los profesionales y a los padres de los niños que sean tratados psicológicamente como producto de una disforia de género. Según esta ley, si el niño dice que se identifica con el sexo opuesto, ni los padres ni los médicos especializados tienen ningún derecho a realizarle una mal llamada “terapia de conversión”, que en realidad sería una terapia de afirmación, porque busca afirmar al niño en actitudes acordes con el rol del sexo biológico con el que nació. Bajo el amparo de que hay que respetar la identidad sexual del niño, que vaya uno a saber cómo adquirió esa identidad trastocada con su sexo, no se lo puede orientar profesionalmente ni educarlo en los valores que son facultativos de los padres en el seno del hogar en el que ese niño está creciendo.

    Desde luego, ni en esa ni en ninguna terapia está permitido atentar contra la dignidad humana de ninguna persona, y los casos de maltrato y tortura que se han denunciado tienen que ser castigados por la ley, faltaba más. Sólo que se ha llevado al extremo la satanización de las terapias de conversión, que de ninguna manera admiten profesionalmente los tratos crueles, ni los choques eléctricos, ni la destrucción de la integridad de la persona. Se trata más bien de un proceso terapéutico en el que el acompañamiento de los médicos, los consejeros espirituales y los padres es imprescindible. Lo violento, en todo caso, sería respaldar el tratamiento para encauzar la identidad sexual del niño hacia el sexo contrario a su sexo biológico y proporcionarle hormonas, medicamentos y hasta cirugías de amputación para amoldarlo a la imagen distorsionada que tiene de sí mismo.  



    Pero la sexualización de los niños es una perversión que no sólo legalizaron en España, sino que también se está extendiendo por los países latinoamericanos. En Medellín, Colombia, bajo el mandato del “presuntamente” corrupto alcalde Daniel Quintero, se impuso como política de su Secretaría de Cultura que los Drag Queen les “leyeran cuentos” a los niños en los jardines infantiles. Ya esta política se extendió a otras ciudades del país, y ahora estos hombres maquillados obscenamente están reemplazando a los payasos y a los titiriteros. ¿Por qué no dejan que los más indefensos de la sociedad vivan su infancia en paz en lugar de que les estén pudriendo la cabeza con los cuentos de la identidad sexual?

    De modo que todo se reduce a si el niño quiso o no quiso. Todo se suscribe a una voluntad que, dicho sea de paso, no está en capacidad de ejercer. ¿Puede un niño elegir a un gobernante, comprar una botella de licor o hacerse un tatuaje? Desde luego que no, porque entendemos que todavía no está capacitado para tomar esas decisiones; no es un ser autónomo ni independiente y además no posee la estructura ni las funciones cerebrales desarrolladas para poder tomar una decisión a conciencia. ¿Por qué, entonces, sí puede el niño elegir con quién acostarse? ¿Acaso esa no es una decisión que lo marcará para el resto de la vida? ¿Acaso está capacitado para decir que sí?

    Sentido común, que en la lógica del mundo al revés no existe. Un niño o niña jamás podrá tener derecho a las relaciones sexuales porque todavía ello no es de su dominio, y un adulto jamás podrá someterlo a la pregunta de si quiere hacerlo o no. El que lo haga es un pederasta, así de simple. ¿De qué consentimiento habla la asquerosa de Montero? Repito: un niño no puede saber qué es lo que está consintiendo simplemente porque es una persona en estado de vulnerabilidad e incapacidad de consentir, y mucho menos frente a un adulto abusador.



    De eso se trata el progresismo y sus aberraciones, que siguen destruyendo la vida de los más vulnerables: a los no nacidos los aborta, a los más pequeños los abusa, a los jóvenes los adoctrina, a los adultos los empobrece y a los viejos los mata dizque por dignidad. Por eso insisten con los tales derechos sexuales del niño. Pero permítanme tomarme la licencia de decir que un infante tiene derecho a muchas cosas, menos a tener relaciones sexuales. Debe tener derecho a la educación, a crecer en un ambiente sano, a tener una familia compuesta por un papá y una mamá, a ser protegido de los abusos por parte de quienes se inventan las políticas de la mal llamada “Educación Sexual Integral”.

    Pero el sexo no es un tema que deba tratarse con los niños a no ser que sea para advertirlos de los abusadores. Y eso es precisamente lo que no está haciendo la educación sexual. Al contrario, los manuales que les enseñan están llenos de basura ideológica y los alientan a prácticas sexuales prematuras y equivocadas, justo cuando no están en edad de comprender el tema. Les enseñan a explorarse el cuerpo, a hacerse tocamientos, a tocar el de los compañeritos, a asumir una identidad sexual que no se corresponde con su biología, les hacen preguntas indebidas. En síntesis, los corrompen en las escuelas y colegios, les desgracian la vida.  



    Vuelvo al inicio: ventana de Overton. Van empujando de a poco el marco para saber hasta dónde les permitimos que lleguen. Lo que antes era motivo de escándalo, con la apertura de la ventana de Overton se ha ido normalizando. Un día se celebra una fecha por el orgullo de una orientación sexual determinada en la que no tendría alguien por qué sentir orgullo de con quién se va a la cama; otro día se aprueba que pueda existir el “matrimonio” entre personas del mismo sexo; luego se permite que las parejas homosexuales puedan adoptar niños; más adelante se ve con buenos ojos el asunto de la niñez trans; luego se hace eco de que el sexo biológico no significa nada y que uno puede ser lo que quiera; más adelante se legalizan las drogas, el aborto, el robo; en fin, ahí nos van llevando, corriéndonos cada vez más la maldita ventana. Hasta que llega el día en que nos parecerá hermoso que un niño o niña pueda consentir su participación en una orgía con depredadores sexuales. Y a eso le llamamos inclusión, diversidad, igualdad; los tres lemas de la revolución progresista que está echando por tierra los valores de la humanidad.  

    Tengamos presente que si esta gente se ha atrevido a tanto es porque se lo hemos permitido con nuestro silencio y nuestra inacción. Esto ha permeado en nuestro sistema por falta de valentía de nuestra parte. No podemos unirnos como sociedad para rechazar duro estas iniciativas porque seguimos metidos en las redes, pensando en el partido de fútbol, en el paseo de vacaciones, en la rumba del fin de semana, en caerle bien a los demás, en cómo generar dinero para pagar las cuentas, en no ganarnos enemigos, pero somos incapaces de defender a nuestros propios hijos de una corriente que todo lo devora gracias a nuestra exasperante pasividad. Hablo como sociedad, porque en mi caso particular no tengo hijos, pero está claro que lo que estos degenerados, criminales, abusadores y pedófilos están haciendo con los niños es hablarles de su identidad sexual por delante, para poder sexualizarlos por detrás.

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