lunes, 15 de julio de 2024

La tercermundización del primer mundo

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Hace algunos años le escuché decir a uno de esos literatos de moda que le saben sacar provecho al catastrofismo y a la alegoría apocalíptica del “fin de los tiempos”, que el modelo arquetípico de la sociedad del siglo XXI no sería lo que desde nuestra posición subordinada hemos encomiado como el ideal del “primer mundo”, sino lo que absurdamente hemos padecido bajo una realidad quijotesca como la desventura del “tercero”.

    El escritor que hizo esta aseveración estaba muy en lo cierto, aunque esta verdad de Perogrullo ya la veníamos presintiendo a medida que ese primer mundo y ese tercer mundo se fueron desdiferenciando geográficamente a través del multiculturalismo, al punto de que hoy no se sabe dónde queda el uno y dónde el otro.

    Por desgracia, el literato lo dijo con una perspectiva calamitosa que en el fondo parecía disfrutar y de la cual sabía que le podía sacar un gran rédito editorial. Por desgracia, también, la realidad que este pensador auguró se está cumpliendo a rajatabla, y muy a mi pesar, el escritor se quedó corto.

    Y es que no hay necesidad de ser una cabeza muy brillante para saber que actualmente no son los países desarrollados los que imponen la pauta para el progreso de la humanidad, sino que, por el contrario, son los países más atrasados y relegados los que extienden sus tentáculos empobrecedores y sus esquemas antidemocráticos y antiliberales para que estos sean regidos en todo el globo terráqueo.


    Que si el camino a transitar en el ilustrado Siglo de las Luces era el mismo de la París revolucionaria y progresista, pues se dirá más bien que la París actual tiende a ser como cualquier capital latinoamericana que mantiene ardiendo en protesta y en falsa revolución; digamos, por ejemplo, que se parece más a una Bogotá enardecida en nombre de otros ideales revolucionarios, sólo que sin ningún sustento de alta filosofía política.

    Que si en la floreciente época victoriana fue admirada y venerada la Londres esquemática y de producción a gran escala gracias al avance tecnológico que trajeron las máquinas de la Revolución Industrial con sus cinturones de miseria incluidos ⸺que en realidad no eran otra cosa que un desaforado crecimiento de la economía y la demografía de los centros urbanos en contraste con los poblados rurales en donde no había nada que hacer ni de qué vivir⸺, pues hoy la Londres del Reino Unido cada vez más desunido que se nos ofrece a la vista, está ávida de probar las mieles de la decadencia de una Buenos Aires que en otro tiempo, mucho antes de caer en el socialismo, se jactó de ser una de las naciones más prósperas del mundo hasta que acabó con su riqueza y denigró su cultura. ¿Qué podemos aprender de las jugadas de los miembros de la realeza británica actual que no nos hubiera podido enseñar la casta de los Kirschner durante los veinte años que gobernaron? Para fortuna de los argentos esa casta tuvo que salir del poder y por lo menos se vislumbra una esperanza, aunque sea a largo plazo.


    Que si la Nueva York de principios del Siglo XX era una promesa de libertad y felicidad para millones de inmigrantes que arribaron a sus costas con el deseo de cumplir un sueño, hoy Nueva York sólo puede ofrecer nuevas cadenas de esclavitud y la concreción de las peores pesadillas. Sus habitantes aborrecen ya la promesa de echar raíces en una nueva tierra, pues esta se les volvió vieja y arisca para asentarse definitivamente. A pesar de ello, los nuevos asentamientos no paran de producirse por millones, y los inmigrantes hoy son legión en una ciudad que tiene de todo, menos neoyorquinos. Así, las favelas de Río de Janeiro, Buenos Aires y Caracas; las zonas calientes de los distritos de Lima y Quito; las comunas de Medellín, Cali y Bogotá; los asentamientos de “alto riesgo” en Managua, Tegucigalpa y San Salvador; los focos rojos de las colonias peligrosas en Ciudad de México, o cualquier esquina en cualquier rincón de Hispanoamérica, no tienen nada que envidiarle a la Nueva York del presente, ¿o al revés? Más bien Nueva York no tiene nada que cuestionar de ese sistema violento y retrógrado del subdesarrollo, porque ya es una ciudad de tercer mundo.

    Que si Milán imponía la moda, Amsterdam exaltaba el ambiente de liberalidad sexual, Berlín legaba una enseñanza de la historia para no cometer los mismos errores, Hollywood se convertía en la meca del cine y los efectos especiales, Tokio hacía de sus aparatos la entretención del hombre moderno, Berna rendía honores a la puntualidad, Madrid nos enseñaba a disfrutar la buena gastronomía o Atenas y Roma se volvían los referentes de nuestra cultura y nuestra civilización; pues ya no hay necesidad de acudir a esos lugares geográficos e históricos para encontrar lo que en el reino de la “no civilización” antes no se encontraba: en el tercer mundo también tenemos moda y antimoda, sexo desenfrenado, historia patria según quien la cuente, cine criollo sin superhéroes, artilugios artesanales para perder el tiempo y la vida, medición del paso de las horas sin necesidad de reloj, comidas típicas apreciadas a nivel internacional, y una cultura única que no necesariamente es la más civilizada. Si de eso se trata, el tercer mundo no tiene nada que envidiarle al primero, pero, asimismo, el primer mundo cada día se parece más a su par, no tanto en lo que tiene de bueno como en lo que tiene de malo.


    Sí, las naciones y las sociedades que otrora nos parecían descrestantes, ya no nos sorprenden. Por el contrario, nos decepcionan. En lugar de avanzar hacia un paradigma de belleza, respeto, buen ejemplo y crecimiento en todos los frentes, el retroceso ha sido tal que estamos nivelados por lo bajo: muy por lo bajo. Más bien por lo subterráneo, allí donde las ratas se agazapan y se blindan con su mediocridad.

    Porque como reza el dicho, “todo lo que sube, tiene que bajar”. Si se está en el primer lugar, se ha llegado al techo y sólo queda la caída vertiginosa, como le está pasando a los países desarrollados. Pero si se está en el tercer o cuarto lugar, lo lógico sería que se aspirara al primero. Sólo que en el tercer mundo hemos convenido en no salir adelante, sino en incitar a nuestros competidores más adelantados en la geopolítica mundial a que echen para atrás.

    ¿Y cómo es esto? Muy sencillo. Una de las armas “secretas” que han encontrado los enemigos del progreso, pero que paradójicamente se hacen llamar “progresistas”, se llama inmigración descontrolada. Y digo una de las armas porque son varias, pero me centraré en esta feroz manera de destruir una nación desde adentro.


    Mientras hordas de africanos invaden Europa cruzando el Mediterráneo para salvarse de la hambruna, lo propio pasa en Estados Unidos con respecto a Hispanoamérica. La incapacidad de contener sus fronteras en contra de lo que dicta la corrección política de que “el mundo debe ser para todos y todos tenemos el derecho de habitar en la parte del mundo que nos dé la gana” ha echado por la borda los esfuerzos de los ciudadanos para construir su Estado-nación. El problema no es que haya migración, pues siempre la ha habido, y hasta cierto punto es necesaria. No olvidemos que Estados Unidos es un país de migrantes de todas partes del mundo que han adquirido su ciudadanía de una manera distinta a la del nacimiento en suelo patrio y que han ayudado a la consolidación de esa unión como potencia. Pero si la migración no tiene un límite, ya sabemos lo que sucede. Peor aún, si no es condicionada a cumplir las normas del país al que se migra, no tiene razón de ser. Y eso es justamente lo que está sucediendo en los países del primer mundo que no han sido capaz de ponerle un freno a aquel fenómeno que está amenazando su soberanía.
Para la muestra un botón: El debate por la campaña presidencial del pasado 27 de junio en los Estados Unidos, por ejemplo ⸺que es algo más parecido a un show televisivo que a una exposición respetuosa de propuestas políticas para conducir un país—, es digno de una república bananera. Es una burla que sólo habíamos visto en nuestras republiquetas de cartón, pero que jamás se imaginaba ver uno en el país del norte: un candidato mental y físicamente incapacitado; el otro perseguido y condenado (por un juez migrante, por si acaso); insultos y ofensas van y vienen, pero nada en profundidad con respecto a las políticas que van a determinar el destino de la que se supone es la nación más poderosa del mundo. Ya pronto estará dejando de serlo.


    Y sí, ese mezquino debate puso en evidencia la decadencia de un país que no se puede considerar grande mientras no tenga un sentido de patria definido. Cuando todos vienen de afuera nadie se duele por lo que pasa adentro. De ahí la importancia de lo que representa Trump cuando dice que el mundo debe ser de los patriotas y no de los globalistas. Esa referencia de la patria que perdimos gracias a la cultura de la cancelación y al deseo de la gobernanza mundial es fundamental para mantener la paz y el orden. Sin patria no hay ley, sin ley no hay autoridad que la haga cumplir, y sin autoridad no hay seguridad.

    El problema es que el primer mundo se dejó imponer la cultura, las costumbres, las tradiciones, las celebraciones, el idioma, la comida, las fechas patrias, los discursos, y hasta los vicios y los defectos de quienes llegaron como advenedizos desde el tercer mundo. Y todo en su propio suelo. No hizo respetar su casa, no impuso sus valores nacionales, no exigió la consigna aquella de “al lugar que fueres, has lo que vieres”. Y como no utilizó las instituciones que contempla la ley para preservar su hegemonía y reforzar el amor de patria, los malos migrantes que no se quisieron adaptar a los lineamientos del nuevo país terminaron haciendo lo que les dio la gana.

    De manera que el discurso buenista de los “ciudadanos del mundo” le abrió la puerta a la anarquía y a la tercermundización del primer mundo como una nueva forma de colonialismo a la inversa. Yo diría más bien que de invasión.

 Reina el caos, la inseguridad, la incertidumbre, la pérdida del sentido de pertenencia. ¿Cómo se mantiene firme y en pie de lucha una nación cuyos habitantes no la sienten como propia y sólo están allí para extraerle lo máximo que puedan y luego devolverse a sus países de origen en donde no encontraron porvenir, pero siguieron manteniendo una lealtad de corazón por el hecho de sentirse del suelo en el que nacieron más que en el que lucharon?


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